Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Una carta airada

Esto nunca ocurrió, espero.

 Mi desde ahora denostado G. P.:

Lo vi a usted en un autobús de línea. El S, creo recordar. Recuerdo también su actitud vergonzante y su comportamiento inadecuado al descubrir mi presencia entre los pasajeros. No ha dejado usted de ser ese alumno osado y malcriado que machacaba a Comte y a Durkheim, y trastocaba absurdamente el mundo para adaptarlo a su modo miope de mirar las cosas. Nunca reparó entonces en lo importante y no lo hace ahora. Algunos -y usted es uno de ellos- llaman imaginación a su incapacidad para entender la vida, para disociar lo necesario de lo trivial. Cuando me acusó de empujarlo, me sentí profundamente molesto. Si no hubiera sido por mí, le recuerdo con ánimo de sonrojarle, seguiría usted haciendo crucigramas para Le Point. Y si quienes dicen leerle, realmente le leyeran o por lo menos fueran algo más instruidos, habrían como yo descubierto que sus saltos de caballo dejan demasiadas casillas en blanco. No se tratará más bien de una de esas rutas de muestreo que tan mal le enseñaron –o aprendió- en la asignatura de “Técnicas de Investigación Social I”. No, no entiendo ni justifico su actitud. Además, deje de presumir de sus orígenes, resultan inequívocos: ningún gentil tendría la arrogancia de ir por ahí sin un botón en el abrigo.

Se despide desatentamente y esperando no volver a verlo a usted en ningún autobús, ni en el metro, ni en un libro, este que fue su amigo,

R. Q.

Angélica González Gopar

23 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

La vie ne fait pas de cadeaux

Hoy no me levanto. Afuera llueve. El funambulista está muerto, al domador se le escapó el león, el jefe de pista se ha fugado con la contorsionista y el payaso ya no me hace reír. Uno, dos, tres. Un trago de agua. Hoy quiero dormir. No éramos más que dos entre un millón. Granos de arena en el desierto. Sí, como usted bien dijo casi a gritos una vez y me repite ahora al oído: “La vie ne fait pas des cadeaux”. No, nada de cadeaux. La vida entiende más de derechazos a la mandíbula y de golpes bajos, o de autos que se despeñan para que algún idiota pueda presumir de haber realizado el trayecto Orly-París en una hora, o en un minuto, o en una vida ajena. Llueve en la Gran Vía de Madrid y en los Campos Elíseos. Llueve en Orly, y la vida no hace regalos. Cuatro, cinco, seis. Son más de las once y diez. El reloj ya no sonríe. La vida entiende de ira y muerte, de multitudes atrapadas en aeropuertos y de quienes no llegan a su destino. El león está muerto, la contorsionista se aburre, el payaso se ha fugado con el domador y dos se separan por unas horas y uno de ellos no vuelve y esas horas pasan lentas, teñidas de alcohol, de olor a flores de tanatorio. Las horas son eternas. Siete, ocho, nueve. Una sirena, un tritón y un carro de fuego. Diez y once, voilá, el número mágico. A los Campos Elíseos, Monsieur chauffeur. Once. Uno menos, coma; uno más, vómito. No, definitivamente, no me levanto. El domador fustiga al payaso, el funambulista ha caído en picado sobre la pista central, al león se lo han llevado los del zoológico, la contorsionista expiró hace dos meses en el Saint-Louis, y el jefe de pista espera en la cama que el once sea su número de la suerte.

   Angélica González Gopar

22 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

HH. AA.

Allí estábamos los cuatro, con caras de circunstancias, mirando aterrados el sobre que sostenía Enrique, convencidos de que encerraba la terrible verdad que todos conocíamos, pero no nos atrevíamos a pronunciar: cáncer.

-No me siento con fuerzas para abrirlo -dijo Enrique-. Si alguno quisiera hacerme el favor…

-Yo no creo que pueda -rehusó circunspecto Matías-. Ya sabes, tengo el corazón débil y una mala noticia como ésta podría matarme.

Roberto declinó gentilmente la apertura del sobre con un gesto: “Mi hipertensión”, se excusó. Sí, ya sabíamos, su hipertensión, que precisamente la noche anterior le había dado un buen susto y le había tenido casi tres horas esperando en la sala de urgencias del ambulatorio al inútil del médico de guardia, que lo había despachado en dos minutos diciéndole que no había sido más que un ataque de ansiedad. Ni analítica, ni electro, ni derivación al médico de cabecera. ¡Una vergüenza!

-Sólo quedas tú, Felipe. ¿Te importaría?

-Hombre, si no hay más remedio…, aunque ya sabes que también ando delicado del hígado, un tumor con total seguridad. Dentro de una semana, que se me hará eterna, me entregan los resultados de la ecografía. Pero, anda, dame. Hoy por ti y mañana por mí. Y que sea lo que Dios quiera.

Abrí con solemnidad el sobre, como si fuera un juez que estuviera a punto de leer una sentencia de muerte.

-¿Y bien? Dímelo sin rodeos. Prefiero enfrentarme a la verdad por dura que sea, a vivir engañado hasta el momento final.

-A ver, bla, bla, bla…, megacisterna magna

-¡Oooh! –replicaron con espanto los otros.

-Lo sabía -dijo Enrique visiblemente alterado, echándose manos a la cabeza-, sabía que había algo malo ahí dentro. Y dice si es muy grave eso. ¿Moriré pronto?

-… por lo demás –continué leyendo–, los resultados se hallan dentro de la normalidad, no apreciándose signos patológicos …

-¿Quieres decir que no hay tumor cerebral?

-No, parece que no.

-¿Ni un derrame, ni un coágulo?

-Pues tampoco.

-Y eso de la cisterna, ¿será más grave que un tumor cerebral?

-Pues no lo sé. No nos pongamos en lo peor…

-Yo he leído algo sobre eso –intervino Matías-, creo que puede presionar el cerebelo y producir taquicardias, o algo así; o darte convulsiones. Al principio, pensé que mis arritmias podían deberse a alguna presión sobre el cerebelo, pero no; al final, como sabéis, lo mío no tenía que ver con eso. Es más grave, intuyo.

-Ahora que lo dices, a veces tengo palpitaciones. Yo lo achacaba a la cosa valvular –indicó Enrique, mientras sacaba el frasco de tranquilizantes del bolsillo de la chaqueta y se ponía uno debajo de la lengua.

-También tiene que ver, el cerebelo digo, con los movimientos musculares involuntarios -agregó Matías-, ya te digo, convulsiones y eso.

-¿El médico en casa?- pregunté.

-No, la “Wikipedia”-aclaró Matías.

-Ah.

-¿Quiedes decid que eso puede provocadme una epidedsia, un Padkinson o adgo así? -indagó Enrique, a quien apenas se le entendía palabra porque no podía mover la lengua para evitar tragarse el tranquilizante.

-O una esclerosis múltiple… ¿Podría producir esclerosis múltiple? –inquirió temeroso Roberto.

Sentí, de pronto, como toda la sangre de mi cuerpo subía hasta la cabeza y se me agolpaba entre las sienes.

-¡Esclerosis múltiple! Acabo de recordar -les dije, casi en estado catatónico, mientras buscaba apoyo en el respaldo de una silla- que un tío de mi mujer murió de eso precisamente. ¿La habré contraído? ¿Y si la flojera del verano pasado no se hubiera debido a un virus tropical, como creí, sino a una crisis de esclerosis múltiple? Y como yo nunca he estado en el Caribe…

Me miraron compungidos y resignados. Se acercaron a abrazarme. Sí, claro, ellos ya habían pensado en esa posibilidad.

-Cuando a uno le toca, le toca. Sé fuerte, Felipe, sé fuerte. Recuerda cuando sospeché que era seropositivo, con aquel sarpullido por todo el cuerpo que parecía sarcoma de Kaposi. Me armé de valor, se lo conté a mi novio y me fui unos meses de casa para no contagiarlo. Viví solo y en silencio mi enfermedad. ¡Menos mal que resultó ser una intoxicación alimentaria!

Asentí. Sí, Roberto nos había dado a todos una lección de valentía y serenidad. Aunque a Dionisio, su novio, le pareciera que si Roberto tenía motivos para creerse contagiado, por algo sería. Aquello acabó con siete años de feliz convivencia. Lo que es no comprender que una enfermedad se coge como y donde menos uno se la espera, que te acecha agazapada en cualquier rincón hasta que, por fin, te atrapa y te destroza, sin que puedas hacer nada por evitarlo.

-Y mi hepatitis Bnos recordó Enrique-. Iba siempre al lavabo con mi botellita de lejía para no contagiar a nadie en la oficina. ¡Y, encima, me tomaban el pelo los compañeros de trabajo!

¡Pues claro que lo recordábamos! Le dijeron que era estrés, pero nosotros sabíamos lo que era en realidad. Como el cáncer de pulmón que fulminó a Oliverio, que en paz descanse. Su mujer, obviamente enajenada por el trágico suceso, nos dijo que había muerto de puro pánico dos días antes de que le dieran los resultados de las pruebas. ¡Pobre ingenua!

Me preguntaba si sería yo el próximo, cuando entró en la sala el doctor Godoy. Nos apresuramos a esconder donde y como pudimos los ansiolíticos, hipotensores, psicotrópicos, antibióticos, analgésicos, antipiréticos… En fin, todo aquel pequeño arsenal de fármacos que, por previsión o por tratamiento, llevábamos siempre con nosotros, y cuyos efectos y resultados anotábamos escrupulosamente en nuestras respectivas libretitas para poder intercambiarnos fielmente la información (una estupenda idea de Roberto, siempre tan organizado).

-Y bien, ¿cómo andamos hoy? -nos interpeló Godoy que, por cierto, traía mala cara.

-Pues, ya ves Godoy -tomé la palabra-. Pachuchos, como siempre, y con malas noticias.

-¿Y sobre quién esta vez?

-Señalamos a Enrique que sostenía apesadumbrado el sobre con los resultados de su resonancia craneoencefálica:

-Megacisterna magna y probable tumor cerebral.

-A ver, dame eso. Enrique, no tienes nada. Esto no es una enfermedad, sino una malformación congénita. Y, en cuanto al tumor cerebral, ¿por qué crees tenerlo? ¿De dónde has sacado esa idea?, ¿House, Anatomía de Grey, Hospital Central?

-De un episodio antiguo de Urgencias. Lo repusieron hace tres semanas. Un inmigrante mejicano en estado terminal. Mis mismos síntomas, y el Clooney se lo diagnosticó nada más verlo: tumor cerebral. Ya le digo –cuando se enfadaba, Enrique tenía por costumbre tratar de usted-, los mismos síntomas. Y, además, que sé yo si esa resonancia se equivoca. No, si ya me parecía a mí que aquella chatarra de máquina no funcionaba. Y perdone usted, pero ¿quién dice que por ser congénita mi mega-lo-que-sea no pueda ser mortal?

Todos asentimos. Las consideraciones de Enrique se encontraban dentro de lo razonable.

-Señores, ¿cuántas veces les he dicho que tienen prohibidas las series de médicos? No quiero que vean ni un solo episodio más. ¿Entendido? ¡Cuántas veces tendré que repetirlo! Vamos a ver, ustedes no padecen ninguna enfermedad crónica, ni terminal, ni degenerativa. Su única enfermedad está aquí -dijo señalándose la frente-, y yo no puedo ayudarlos a superarla si ustedes no colaboran –nos sermoneó visiblemente irritado Godoy, devolviéndonos el trato de usted con el que Enrique se había dirigido a él.

El doctor Godoy –que, dicho sea de paso, no era doctor en medicina sino en psicología (¿hace falta aclararlo?)- estaba sudoroso y pálido, y como masculló Roberto, que se había sentado a mi lado, tenía además unos sospechosos granitos que le bajaban por el cuello, desde la barbilla hasta la clavícula izquierda, y una bolsa en el labio superior, repugnante, la verdad.

Sarpullido, herpes, irritabilidad… Sífilis, sin lugar a dudas.

Todos sabíamos que Godoy tenía fama de promiscuo e irresponsable, como casi todos los psicólogos. Y a saber cómo se contagiaba la dichosa enfermedad. Yo ya empezaba a sentir unos picores extraños en la entrepierna.

Tendríamos que ir pensando en abandonar la terapia. Mientras tanto, lo mejor sería mostrar indiferencia, ir poniendo excusas para no asistir hasta acabar desapareciendo; y, por supuesto, llegar un poco antes a las pocas sesiones más a las que nos atreviéramos a acudir a fin de esterilizar las sillas antes de sentarnos. Cualquier precaución es poca, y nunca se sabe qué trasero se ha sentado en tu silla antes que el tuyo.

 Angélica González Gopar

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

EL DÍA EN QUE SE DESBORDÓ EL MOLDAVA

¿Qué hacía Óscar Pech en el Puente de Carlos con un muerto colgándole del brazo derecho y un pedazo de lápida en la mano izquierda?

Estaba allí para deshacerse del muerto. Pensaba tirarlo al Moldava, pero era más pesado de lo que le había parecido. Seguía agarrando el pedazo de lápida, paralizado por el pánico.

¿Por qué llevaba un muerto del brazo?

Pech llevaba a un hombre muerto colgado del brazo porque acababa de matarlo en un callejón estrecho situado en algún lugar entre la Sinagoga Pinkas y el antiguo cementerio judío.

¿Quién era el muerto?

Pech no conocía con certeza su identidad. Había varias posibilidades. Puede que se tratara de un criminal, o un obrero de la construcción. Pudiera ser, incluso, fuera sencillamente de alguien que se le había acercado a pedirle fuego, o a advertirlo de que estaban a punto de cerrar el cementerio. Pech no hablaba checo, no pudo entender lo que quiera que el hombre le dijera.

¿De dónde había salido el trozo de lápida?

El trozo de lápida había salido de una lápida, obviamente. Del cementerio judío para ser precisos y para precisar aún más, de un amontonamiento del lado este que compartía espacio con ladrillos, bolsas de cemento y herramientas de albañilería. Se trataba de una fracción relativamente pequeña, pero bastante pesada, una esquina desprendida del cuerpo de mármol a causa de los malos tratos sufridos en traslados sucesivos, del desprecio de su hacinamiento en el cementerio de Josefov y de la torpeza de Pech. Era, además, el arma del delito. La lápida completa forma parte de otra historia. Por ahora baste decir que, antes de que la arrancaran de un cementerio de Berlín alrededor del año mil novecientos cuarenta, cinco mil setecientos cuatro en el calendario hebreo (aclaro esto por razones que vienen al caso y no por remedar a Joyce), había cubierto la porción de tierra que una vez acogiera el cuerpo de un familiar de Havel.

¿En qué circunstancias se produjo el crimen?

El crimen se produjo de forma insólita, casi por accidente. Havel habría sido capaz de cometer un crimen a sangre fría, pero Pech no.

¿Qué había ocurrido entonces para que acabara sobre el Moldava con un muerto y un pedazo de lápida?

Ocurrió que Pech había entrado en el cementerio, llevado por su investigación, poco antes de la hora de cierre o eso creyó al menos cuando un hombre pequeño vestido de negro se le acercó a las puertas del cementerio blandiendo un manojo de llaves. Se apresuró a llegar al hacinamiento de lápidas, donde supuestamente se hallaba la de un tío paterno de Havel. Pudo haber solicitado un registro, pero habría tenido que dar explicaciones, y no las tenía. Siguió las instrucciones de Havel y consiguió con dificultad extrema entresacar la esquina de una losa, al azar, de mitad del montón más o menos, en la que creyó distinguir los caracteres hebreos correspondientes a los años mil y quinientos. Su hebreo era limitado, el justo para que Havel pudiera decir algunas frases sueltas a sus clientes judíos. Buscaba una lápida del año cinco mil setecientos cuatro, mil novecientos cuarenta del calendario gregoriano.

¿Pero cómo llegó Pech a matar a un hombre?

Al tirar de la lápida, se resquebrajó una de las esquinas y acabó entre sus manos. Reparó en que un hombre lo observaba. Lo miró de reojo y se percató de que se trataba del mismo individuo que lo había requerido a la entrada del cementerio. No sabía si el tipo había llegado al rincón de las losas a tiempo de contemplar la profanación completa. Se asustó y escondió el trozo de lápida bajo su gabardina. Aceleró el paso hacia la salida. El hombre lo seguía. Pech comenzó a correr; el desconocido también. Se perdieron en un laberinto de calles estrechas, completamente oscuras a es hora de la tarde y, por una vez, el cansancio –no era un hombre ágil- lo obsequió con un instante de valentía. Se detuvo ante el hombrecillo y, al verlo levantar el brazo con algo brillante colgando de su mano, dedujo que se enfrentaba a algún delincuente. Agarró el pedazo de lápida y lo golpeó varias veces en la cabeza. El tipo permaneció tendido sobre el empedrado, inmóvil, con un hilillo de sangre brotando de una de sus sienes.

¿Cómo fue a parar al Moldava?

Se acercó al hombre presumiblemente muerto, mirando disimuladamente alrededor. No vio a nadie. Levantó el cuerpo como pudo y se dirigió con ambos, el tipo y el trozo de lápida, al Moldava, pensando que allí sería más fácil deshacerse del cadáver. Sonreía como un imbécil para no despertar sospechas, mientras fraguaba la mentira que contaría en caso de ser descubierto. “Llevo a casa a un amigo que ha bebido demasiado”, repetía mentalmente en un alemán pésimo cada vez que algún checo pasaba con gesto huraño a su lado. Una vez sobre el Moldava, intentó arrojar el cuerpo al agua, pero no poseía la fuerza física necesaria para elevar aquel peso hasta el borde del pretil. Lo dejó apoyado sobre la baranda y se alejó, maldiciendo a Havel y a todos sus muertos.

¿Qué fue del muerto? ¿Llegó a saberse qué fue de él?

Nunca se supo exactamente lo que ocurrió con el cadáver. Teniendo en cuenta que el suceso acaeció el día 14 de agosto de 2002, lo más probable es que fuera arrastrado por el río junto con algún turista despistado.

Pero, ¿quién era el tal Havel?

Nadie, en realidad. Havel era uno de los personajes de la primera novela de Pech, sorprendentemente publicada, y el protagonista de la segunda, que nunca vio la luz. Se encontraba a punto de perpetrar una tercera cuando se le cruzó el muerto.

¿Qué fue de Pech?

No se sabe. Aquella noche llegó extenuado al hotel y en estado de shock. Lo acompañaba un militar. Un hombre de uniforme lo había abordado a unos 100 metros del puente de Carlos cuando intentaba encontrar el camino hacia su hotel en un mapa indescifrable. Estaba confuso y asustado. Le dio la dirección del hotel y cerró la boca para no empeorar las cosas. El militar se limitó a dejarlo en el hotel y decirle unas palabras que no entendió. A la mañana siguiente, las aguas del Moldava habían inundado prácticamente la zona, y Pech no recordaba donde había aparcado el coche de alquiler la tarde anterior. Tampoco encontraba las llaves. 

Angélica González Gopar

17 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios