Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Microrrelatos

La muerte rubia

La muerte en forma de chica rubia con un escotado y ceñido traje rojo se sentó junto al hombre con sombrero que fumaba en la barra. Él pidió de beber para ambos y esbozó una cínica sonrisa cuando comenzó a hablar.

-Me comentó Sam Spade que le hiciste ayer una señal en la 42, pero esta vez has tenido mala suerte, muñeca.

-¿Sí? ¿Usted cree?

-Sí, preciosa -la lengua del hombre chasqueó bajo el bigote canoso-, ha dejado la ciudad, ni siquiera tú podrás encontrar su guarida.

-¿Y por qué huyó? Esto no tiene nada que ver con él. Oh, no. Sólo me sorprendió que usted malgastara sus últimos días de vida trabajando, Sr. Hammett.

Tras lo cual la rubia le besó con sus labios pintados del color de la sangre.

En un lugar de Asgard

Los últimos rayos de sol lamen las veletas en las torres del Valhalla. Dos walkirias se hablan a gritos intentando hacerse oír por encima de ruido de espadas y estertores de agonía:

-Nuestros valientes guerreros no cesan de luchar ni siquiera más allá de la muerte -comenta la más joven.

-Psss -responde la otra con gesto de hastío.

-Y dime, Astrid, ¿adónde van cuando mueren sus espíritus?

-Dicen que a un palacio más allá de los picos nevados de Asgard, llevados por unas hermosas mujeres que cabalgan en caballos alados. Que se encarguen ésas, porque lo que es yo…

La torre de Babel

A Babel acudían diariamente gentes de otros muchos lugares, desde desiertos a selvas, desde las antípodas a los polos, para aportar su ofrenda a la construcción de la torre. Blancos como la nieve o negros como el alabastro, en taparrabos o ataviados con gruesas pieles de foca, feroces salvajes o sofisticados y amanerados, a los pies de la edificación depositaban las palabras más bellas de la lengua de cada uno. Fértiles verbos, exóticos sustantivos, elegantes adjetivos eran dispuestos por diligentes arquitectos-lingüistas babilonios de hirsutas barbas. Así, formaban largas cadenas de complementos nominales, perífrasis verbales y hasta frases y oraciones e incluso libros enteros, fuertemente unidos con la argamasa de conjunciones y preposiciones, que eran los materiales de los que estaba hecha la torre. Trabajaban día y noche con la felicidad de quien se sabe hacedor de la gran obra del Hombre. Un día, cuando estaban a punto de poder acariciar la panza de las más bajas nubes, el cielo se tornó de una oscuridad amenazadora. Todos abandonaron su tarea alzando la cabeza con el ceño fruncido. De esta manera, pudieron ver cómo de entre las nubes de un hostil azul metálico brotó un enorme rugido animal que hizo tambalearse la torre y luego un segundo bramido, más furioso, la destrozó en añicos, dispersando un viento huracanado las piezas de sus sueños. Al contemplar la obra destruida, uno de los miles de albañiles, flaco y de rostro quemado por el sol, mientras trataba de recuperar sus útiles entre los escombros no paraba de mascullar. Volveremos a intentarlo, vaya que sí, decía. Más allá de él corría hacia las chozas de adobe un niño pequeño descalzo con un nuevo tesoro de palabras escondido en su pequeño pecho: meine liebe.

Antonio Vega

23 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

INTERROGATORIOS

Entre locuaces circunloquios y perífrasis grandilocuentes, el sospechoso se deslizaba por las ramas del álamo temblón como pez en el agua. Yo trataba inútilmente de seguir sus razonamientos, sus argumentaciones, sus cábalas, entre las que me debatía sin remedio, atento a no perder pie y caer al vacío. ¿La verdad, Inspector? ¿Qué es la verdad? Muchos y grandes hombres se han enfrentado en vano a esa entelequia y ¿ahora me lo pregunta usted a mí que soy un mero carterista? Como un gato, saltaba de las ramas más imponentes a las de menor tamaño sin perder el hilo de su discurso. En efecto, su voz aflautada nadaba con precisión de mariposista entre meandros lingüísticos y filosóficos desconocidos a tantos metros de piso firme. ¿El muerto? La muerte dista sobremanera de ser un concepto determinado, Inspector… Conforme íbamos ascendiendo de un nivel vegetal a otro, a mi traje cruzado manchado de resina se adherían hojas de un verde glauco. Llegado un momento me zafé de la corbata que me cortaba la respiración mientras la falta de oxígeno a aquellas alturas hacía divagar al sospechoso en laberintos cada vez más intrincados. ¿El móvil? ¿Conoce usted todos los motivos que se agazapan tras sus decisiones, sean grandes o pequeñas? ¿Y, aún así, pretende conocer los míos?…  Ya no pude más. Sus continuas piruetas verbales comenzaban a nublar mi entendimiento, ya bastante perjudicado por la insoportable sensación de vértigo. Dejé de seguirle en su ascensión cuando vi desaparecer los mocasines marrones rumbo a la copa del árbol que rozaba las nubes más bajas. Me apoyé contra el tronco rugoso, saqué el revólver y apunté entre las hojas mecidas por la brisa encima de mí. Los fogonazos hicieron levantar el vuelo a la multitud de pájaros que descansaba en la cumbre del álamo, incluido al pajarraco objeto de aquel interrogatorio torturante, que, como si fuera un canario de ochenta kilos, pareció alzarse para luego caer como una piedra hasta el sólido suelo, donde su cabeza se abrió como un melón maduro. Creo que le he expuesto sin dobleces todos los acontecimientos dignos de reseñar acerca del interrogatorio donde se produjeron los hechos en cuestión. Quizás de mi relato sin subterfugios algunas lenguas maledicentes infieran una actuación heterodoxa por mi parte. Sin embargo, no me considero culpable en absoluto, soy una víctima más, una simple marioneta en el teatro absurdo de este procedimiento kafkiano. Además, como es bien sabido por todos, Sr. Juez, yo he sido siempre un simple poli acrofóbico sin demasiada paciencia con los que se andan por las ramas.

Antonio Vega

22 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

EXPERIMENTO Nº 68 (Logo-Rallye)

[Primavera, Gris, Picaporte, Ocultarse, Rostro, Muchacha, Alrededor, Detrás, Claridad]

Tras la figura silenciosa, la primavera toma a sangre y fuego el jardín, incendiando los arbustos y asaetando con dardos rojos, amarillos y azules las rosas y las azaleas. En lo alto de la tapia asoman belicosas columnas de feroces hormigas grises que terminan de desperezarse tras el paréntesis del invierno. La mano nívea del caballero acaricia el picaporte adornado con una cabeza de serpiente y abre la puerta de roble. En la oscuridad del caserón se ocultan murmullos y gorgoteos y el caballero, tras comprobar el bulto en el bolsillo de la chaqueta, aprieta las mandíbulas y, sorteando sombras que reptan, se dirige con paso seguro a la biblioteca. En una esquina del pasillo norte se detiene y observa con atención el rostro hermoso. Como esperándole, la muchacha duerme plácidamente en un sofá de la estancia oscura con ominosos libros forrando las paredes. Alrededor de los párpados cerrados y las largas pestañas se desparraman rizos de cobre. Para no quedar cegado si despierta, el caballero se desliza sigilosamente detrás del sofá, amartilla en silencio el revólver y dispara a través del mueble hasta vaciar el cargador. El cuerpo cae al suelo como un suspiro y sus labios inertes se entreabren liberando de su jaula dorada el canto de los mirlos, la risa de los niños, las caricias, los besos, las auroras boreales, el ronronear de los gatos, las noches con luna llena, el frescor de las olas chocando en playas de arena amarilla, la primera claridad de la mañana, el Opus nº 35 para piano de Mozart y el tacto suave del terciopelo, que escapan por las rendijas de puertas y ventanas y blandamente vuelven a inundar el universo.

Antonio Vega

12 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , , | 3 comentarios

JAMLET

 AntonioVega_Jamlet

Beber o no beber, ésta es la cuestión. ¿Qué es preferible? ¿Abstenerse resistiendo heroicamente la monstruosa llamada de la sed? ¿O entregarse inermes y apurar copa tras copa, gota a gota, y dejarse llevar por las madrugadas con la complicidad de alegres compinches de taberna en taberna, dulcemente, hasta que despunte el sol de la mañana? Es esa una empresa deliciosamente esperada: beber, beber, beber, sin más, y, con un trago de meloso néctar, caer en la calma, flotar sobre la brisa, reír con el espíritu dichoso, acallando de golpe las voces de los dragones que nos atormentan, desdeñando los latigazos con que la sobria vigilia nos flagela, adormeciendo la tristeza de las penalidades que nos acechan. Beber, beber, beber hasta que nuestro cántaro esté lleno y nuestra alma saciada de euforia, deslizarnos agotados en un sueño de ambrosía. Pero ahí se esconde la desventura, pues tras yacer con las nínfulas de Baco, llegará sin remedio el despertar del dolor, más impetuoso, más feroz, más inmisericorde. Qué amargo será entonces el sabor a vómito de la caída y cuán dolorosa, como mil golpes de espada, será la conciencia de la derrota. Pero, ¿cómo, si no, soportar la estupidez de los hombres, la mediocridad de la existencia, la grisura abstemia de los días y de las noches? ¿Cómo, entonces, enfrentarnos a lo fútil de cualquier empresa, grande o pequeña, a la volubilidad de los sentimientos, a la soberbia indiferencia del universo, a la idea de la muerte inevitable? Tarea invencible: bebamos pues. Bebamos al despertar para apagar la amargura de la sobriedad biliosa, bebamos bajo las titilantes estrellas y también a la luz cegadora del mediodía y bajo el último calor del ocaso y en el frío del invierno y durante la resurrección de primavera, bebamos solos y acompañados, bebamos en la tranquilidad del hogar, en las barras atestadas de gritos y cantos y en los callejones y en las avenidas y en las plazas, bebamos en los nacimientos y en los funerales, en las bodas y en los divorcios, en las fiestas y en las ejecuciones… Bebamos hasta convertirnos en carne insensible y almas dormidas, bebamos hasta transformarnos en sombras que no teman la venida de la muerte.

Antonio Vega

7 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

La carretera

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La línea negra ya no serpentea para mí hasta el horizonte. Desde hace veinte años, cuando mi corazón dejó de latir definitivamente, sólo es un dibujo en el paisaje caliente que termina en las montañas azules, al otro lado de esta cárcel a cielo abierto.

Cuatro y media. Hay que prepararse para la visita diaria a Mamá Doc. Viejos muebles gastados, quemaduras de cigarrillo en la alfombra, el pequeño televisor sobre el aparador. El encargado del motel se lleva la mano a la visera de la gorra de los Yankees saludándome. El grifo del fregadero sigue goteando. Luego le echo un vistazo, me responde. Parece oler el aire durante unos segundos, regaña los ojos deslumbrado por el sol y se aleja hacia la oficina con su andar indolente. Un camión pasa raudo frente al área de servicio arrastrando una nube de polvo rojo y me quedo mirándolo hasta que se convierte en un punto brillante. Debía de llevar carne de las grandes llanuras hasta Arizona. Atravieso el aparcamiento repleto de las flamantes cabalgaduras de motoristas de fin de semana con matrícula del estado. “Soy el amo de la carretera” pone en el tanque de una Harley negra. Yo lo fui durante mucho tiempo, y de verdad.

 El reloj de Budweiser de la cafetería apunta a las cinco menos cinco. Una muchedumbre de médicos, abogados y analistas financieros disfrazados de Ángeles del Infierno se hablan a gritos a través del local y beben cerveza de importación. Me siento en la mesa del fondo junto a los baños. Más allá del reflejo en la ventana de mi rostro de vaquero cansado, en el descampado el sol y la herrumbre siguen carcomiendo mi viejo Buick desdentado.

 En el cristal de la ventana aparece la imagen de Mamá Doc. Las cinco en punto. Siempre puntual como desde hace veinte años. Me giro hacia ella y me sonríe embutida en su uniforme blanco de camarera. Piel tersa y morena, sonrisa juvenil, cabello de rizos prietos, no ha cambiado un ápice durante todo este tiempo. Desde la primera vez que llegué a este lugar perdido en medio del desierto. Desde aquel estúpido duelo con el macarra rubio del Ford en que mi pecho quedó aplastado contra el volante del coche boca arriba a un lado de la cuneta. Desde que el azar me encontró con la muerte y con mi salvadora a un tiempo.

Como cada día, Mamá Doc me tiende el vaso con el líquido verde que me permitirá seguir arrastrándome sobre este mundo veinticuatro horas más. Tras un grito del cocinero, me vuelve a sonreír y se da la vuelta a seguir sirviendo a aquellos tipos con pañuelos de colores en la cabeza.

 En la lejanía el calor hace reverberar la línea del horizonte. No hay una sola nube en el cielo.

Antonio Vega

4 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

La piel verde

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Dios mío. Está ocurriendo otra vez. Pero ahora es peor: no hay donde ocultarse.

Todo tiene una naturaleza a su pesar. Es el sino de los objetos inertes y de los seres vivos. Es algo que existe dentro, muy dentro, en las profundidades de la misma cuestión de ser. Es nuestro carácter, nuestro destino, es, en definitiva, nosotros, más nosotros que la simple forma, la mera apariencia, voluble, mutable, finita, que no es más que la envoltura de nuestra naturaleza, inmutable, permanente, inevitable. Normalmente, uno y otra, ser y apariencia, concuerdan. Otras veces, por desgracia, no. De ahí, de ninguna otra causa, provienen todos los desequilibrios del universo. Así, hay soles con ánimo de estrellas, casas con personalidad de cárcel, lujurias con marchamo de virtudes, coches con espíritu asesino, flores con vocación de coronas fúnebres. Mi naturaleza es anfibia: soy un sapo.

La señora Ortega me dirige una mirada cariñosa y se interesa por mí: que si soy feliz con el puesto, que si he comprado piso, que si ya tengo novia. Con los ojos vidriosos por el whisky, el señor Ortega esboza una sonrisa malévola y da un codazo a Gutiérrez a su lado y le hace un comentario al oído.

En mi más corta edad me sabía renacuajo, distinto de los demás niños. Mis compañeros de clase y los chicos del barrio presentían mi viscosidad solitaria, mi alma húmeda y ansiosa de los rincones umbríos y frescos y me dejaban solo suspirando por todas las charcas del mundo. Papá y Mamá, hasta que fallecieron, Dios los tenga en su gloria, siempre lamentaron, nunca delante de mí, por supuesto, que su único hijo les saliera rana, como bien dice la expresión.

De mayor aprendí a ocultar mi verdadero yo, no haciéndome notar, rehuyendo las ocasiones en que podía ser descubierto, comiendo moscas en soledad. Pero ahora, al alcance de la mirada de estos rostros ebrios y jactanciosos, está saliendo a la superficie. Percibo cómo el tacto de mis dedos se vuelve pegajoso e intento evitar que las yemas que se están volviendo ventosas se adhieran al frágil mantel de papel.

Nunca tuve novia. Las chicas son muy intuitivas y en la primera cita adivinaban la idiosincrasia que yo trataba de esconder bajo un gesto ido y silencioso que no me delatara. Nunca volvían a responder a mis llamadas.

De los labios del señor Ortega cuelga un hilillo de saliva alcohólica que se balancea peligrosamente sobre su terno cuando habla a gritos a alguien al otro lado de la larga mesa. Cuando su esposa se lo hace notar discretamente, le responde con brusquedad, cuando celebra “su” cumpleaños con “sus” empleados quiere ser uno más, no seas aguafiestas, que siempre estás igual, incordio de mujer.

Noto latir la piel verde bajo esta forma humana seca e incómoda y cómo busca manifestarse y respirar con sus poros ahogados el aire del reservado en el restaurante. Me disculpo con embarazo y me dirijo al servicio al otro lado de la mesa llena de gritos y humo. Allí, tras cerrar el pestillo, me descubro la camisa a rayas y doy de beber a la piel de anfibio que lucha por salir. Mi rostro en el espejo es por momentos verde en el que unos enormes ojos giran 360º sin control. Golpes impacientes en la puerta. Es González, acompañado de la rubia Piluca. Que qué haces ahí, joder. Si tienes la ropa empapada. Tío más raro eres. Déjate de hacer el idiota. No lo molestes, sólo es tímido, dice la rubia Piluca y empuja a González dentro del baño masculino y cierran y ríen. ¿Tímido yo? Qué poco me conocen. Yo soy el amo de la charca. Mi croar es ley y suena como un trueno sobre el agua verdosa, los juncos de la orilla, el musgo de las piedras. Hasta las eléctricas libélulas temen acercarse a mi reino acuoso, so pena de perecer en mis terribles fauces ¿Tímido yo?

Dios mío. La muda debe de estar completando su curso: cuando aparezco, todos callan y me miran. El Sr. Ortega, enfundado en su terno azul podrido, clava sus ojillos compuestos de díptero en mí, donde me veo reflejado decenas, cientos de veces, viscoso, verde, poderoso. Desafiante, me reta con un penetrante zumbido provocador, que inicia un zumbido colectivo de regocijo. Como un disparo, mi lengua sale proyectada hacia la gran mosca jefe, que atrapo por el abdomen y levanto sin esfuerzo. Se debate y chilla impotente suspendida en medio de la sala, mientras me dejo embelesar por las irisaciones de su cuerpo azul metálico. Es un magnífico ejemplar, así que apenas presionando con mi lengua la parto en dos y la engullo de un bocado. Las demás moscas zumban aterrorizadas y, enloquecidas, chocan contra la mesa, las paredes, el techo, tratando inútilmente de huir. Va a ser un verdadero festín. Esta vez no puedo evitarlo. No quiero hacerlo. No voy a eludirlo. Soy un sapo. Esa es mi naturaleza.

Antonio Vega

14 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 16 comentarios

La chica de la gabardina roja

 

 ¿Qué puedo decir? A estas alturas no me voy a andar con estúpidos reproches. Sólo se me ocurre la ñoñería de siempre: estás lindísima con tu gabardina roja, Caperucita. Además, sabes que la deportividad fue una de mis mayores virtudes: cuando ganas, ganas; y cuando pierdes, pierdes, y no hay vuelta de hoja. Y yo he merecido la derrota, esta derrota que sabe a madera mojada y a flores que, aunque parezcan frescas, ya han empezado a pudrirse.

No puedo quejarme, no hay motivos para la queja. Yo debía de haber sabido a qué atenerme. Ni siquiera el principio fue fácil. Todavía aquí y ahora puedo ver los músculos tensos alrededor de la boca cerrada de tu madre, gritándome en silencio a la cara que no iba a arrebatarle a su hija única, a su hijita, un muerto de hambre con aspecto de macarra que sólo buscaba su dinero de viuda rica. No supo ver al cordero debajo de la piel de lobo, como sí supiste hacerlo tú, sospecho que desde el primer día. Pero, al igual que tampoco te odio a ti ahora, tampoco a ella la odié. Sabes perfectamente que fui un lobo bueno. Ni siquiera la odiaba en el momento en que la apuñalé una, dos, tres, muchas veces. No pude mirarla a la cara cuando lo hacía. Cuando sentía sus últimos temblores junto a mí, mi cuerpo también se agitaba trémulo, pero no de resentimiento, sino de vergüenza. No podría haber soportado ver mi reflejo en sus ojos moribundos.

Esta derrota que huele a hierba empapada ha sido justa, previsible, anunciada. Me atraparon esa melena larga rubia y tus verdes ojos de gata, pero debí de haber visto que aquellos altos tacones afilados como cuchillos y el rictus irónico que por unos segundos te deformaban a veces los labios rojos no me traerían nada bueno. Pese a ello, Caperucita, en cuanto acariciaste mi lomo maltrecho de perro sin dueño, no fui capaz de despegarme más de tu perfume de lilas. Y ahora, precisamente cuando ya no puedo olerlo, una lluvia fina lo arrastra hasta el césped verde a tus pies, y te moja el pelo que sobresale de la gabardina roja y resbala por la delicada piel de los dedos entrelazados sobre tu vientre.

No lo lamento. No te equivoques: yo nunca me dejé llevar por vanas lamentaciones. No siento en este momento pesar ni siquiera por los minutos de dolor tras vislumbrar tu figura encapuchada y con gafas oscuras detrás de las ventanillas de aquel coche con señales luminosas azules cuando yo todavía me miraba atónito las manos ensangrentadas. Todo por nosotros, por nuestro futuro, como me susurraste al oído hasta doblegar mi voluntad de lobo bueno. ¿Estabas segura de que me resistiría, de que lucharía? ¿O no, y confiabas en que verte allí me trastornaría e, intentando defenderme como un animal noble pero herido en su orgullo, acabaría peleando hasta sucumbir? Luego sonaron los estampidos en el callejón como truenos en una casa de cristal. Pero eso ya lo sabes.

La lluvia delgada sigue cayendo de un cielo plomizo sobre ti, Caperucita, sobre tu hermosa silueta encarnada que se recorta delante de los cipreses, sobre oraciones monótonas, sobre inútiles monumentos a los que ya no volverán y, más allá de la tapia blanca, cae sobre los largos días sin sentido, las ilusiones truncadas, las miradas vacías y los amores locos traicionados, y lentamente cae sobre el mundo como lágrimas por mi derrota final, que, paletada a paletada, se va cubriendo de tierra húmeda.

Antonio Vega

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 6 comentarios

Figura solitaria con terraza de fondo

 

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La camarera deja el café con leche descafeinado que le he pedido en la mesa no tenían de máquina así que me lo ha traído de sobre no me gusta de sobre pero si no hay de máquina cuando no se puede no se puede no se puede y además es imposible dice la mueca de la camarera que es bonita aunque muy joven debe de ser sudamericana aunque apenas dijo dos palabras me pareció que hablaba como alguien de allí cuando me trajo la taza humeante con una pastita pequeña en un envoltorio de plástico rojo y transparente que no pides pero que te traen igual pero da igual porque es distinto a esos restaurantes que cuando pides de comer te ponen pan lo pidas o no lo pidas y luego encuentras que te lo cobran en la cuenta joder qué coño me cobras una cosa que no te pedí si la traes sin habértela pedido es cosa tuya y no me la cobres tío pero claro eso es así y hay que joderse como si se me acerca el perro del tío este que pasa cerca de la terraza joder por qué no tienes más cuidado igual que yo si tuviera perro pero no lo tengo porque en vez de estar paseando chuchos prefiero leerme mis periódicos con mi café con leche eso sí descafeinado que más cafeína no que me pongo nervioso que yo lo que quiero es estar todo zen aunque a veces es difícil con los irresponsables con perros los gritones dominicales joder tío vete a gritar al estadio esta tarde o al bar si pasan por la tele a la unión deportiva pa que se te joda la laringe pegando gritos y con las rubias que pasan en dirección a la playa con la toalla y el bolso al hombro y  las cholas y las gafas esas gafas que te ocultan media cara y que casi valen para eso tanto como un pasamontañas pero que coño vas a ir con un pasamontañas por la calle y menos un domingo como hoy con el calor que hace coño que se me enfría mi café con leche descafeinado y luego no hay quien se lo beba aunque quizás sí con el calor que hace que quizás lo tonto es no pedirlo con un par de piedras de hielo y aquel es Alejandro que pasa también hacia la playa y me saluda con la mano y le saludo con la mano y bajo la vista de la gente que pasa y vuelvo a mi taza que ya no está humeante y a mi periódico que tampoco está humeante pero tampoco me lo voy a beber sino a leer aunque joder lees cada cosa que te hace coger cada calentura y me leo una noticia dos noticias tres noticias cuatro noticias cinco noticias seis noticias siete noticias y después me bebo mi café con leche descafeinado frío así está mejor y pido la cuenta a la camarera con una señal de la mano que escribe en el aire aunque si fuera así el viento se llevaría mis palabras y me da tiempo de leer la octava noticia la novena noticia la décima noticia cuando aparece la camarera y me dice uno diez con desgana y busco en mi cartera engordada de calderilla y de papeles que debería haber pasado a las carpetas los recibos del alquiler de tres meses un justificante de asistencia de un examen varias notas de teléfonos que cogí y que he olvidado para que cogí y no miro más que la camarera tiene más mesas que atender y pone cara de impaciencia y le doy uno diez y se va y cojo los periódicos y me levanto y cuando me voy veo la pastita en el envoltorio transparente y rojo y qué pues que le den por el saco a la dichoso pastita que yo ya me voy.

Antonio Vega

 

22 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La terrible historia del lobo bueno y Caperucita Feroz

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Cuentan los más viejos del lugar que a su vez les contaron en su infancia una terrible historia acontecida en los tiempos lejanos en que algunas cosas aún no tenían nombre, muchísimo antes de sus padres, de los padres de sus padres y de los padres de éstos. Cuentan que vivió en la comarca una hermosa niña rubia y de enormes ojos color turquesa, de dulces y arreboladas mejillas  y suave piel de durazno. Esta apariencia tan angelical ocultaba en su seno, sin embargo, un espíritu extremadamente retorcido, impensable en una criatura de tan corta edad. Ante la visión fugaz de su caperuza escarlata, mujeres, niños y hasta los hombres más valientes del pueblo cambiaban de acera cuando no de dirección. Nadie llegaba a ponerse de acuerdo sobre el sitio exacto de la población donde transcurrieron los hechos. Unos aseveran que se encontraba al pie de la cordillera del norte, siguiendo el camino de San Jerónimo; otros, que al este, más allá de un río que en esa época bajaba caudaloso en primavera, pero que ahora es un triste arroyo fangoso; y unos pocos mencionan una aldea perdida al sur de ricas llanuras de cultivo, sin que sepan decir de qué llanuras se trata ni sepan dar razón de su emplazamiento. Los más simplemente se encogían de hombros cuando les preguntaban, con un gesto de sus manos restaban importancia al dato y seguían con la narración. Ésta comienza una tarde en la que la niña, Caperucita Roja, que por ese nombre la conocían, antes de concluir la jornada ya había escondido los pantalones de su padre –que, por cierto, nunca más aparecieron-consiguió quemar el sofá preferido de su madre y hasta intentó meter al gato en el puchero. Sus padres, hartos y al borde de la exasperación, la enviaron a casa de la abuela poco antes de ponerse el sol. Habían oído que en el bosque en el que moraba aquélla habían visto rondar un lobo y, con el pretexto de una cesta con comida para la anciana, pretendían deshacerse de la hija que tantos quebraderos de cabeza les daba a ellos y a sus otros siete hermanos varones. Ella, sin embargo, se regocijó con la idea porque se aburría con su familia y compartía con la anciana su pérfido carácter. En efecto, ésta la había aleccionado en sus primeras travesuras infantiles, pervirtiéndola luego con mil y una enseñanzas maliciosas que habían acabado por convertirla en un pequeño demonio depravado. Andando y andando, envuelta en su caperuza, por fin, cuando estaba a punto de caer el oscuro manto de la noche, se adentró sin miedo en lo más profundo del bosque. Allí, al abrigo una gigantesca encina de tronco nudoso y ramas que se enroscaban como garfios, descansaba un lobo. Pero el de esta historia no era un lobo feroz, sino un lobo pacífico y sentimental. Incluso se negaba con asco a cazar animales para comer y sobrevivía alimentándose de raíces y bayas. Esa tarde se sentía especialmente taciturno rumiando la desdichada soledad a que se veía condenado por el temor que la sola mención de su nombre inspiraba en el alma en los hombres y esperaba con melancólica paciencia ver salir las estrellas tras las copas de unos pinos. Cuando vio pasar a la niña por el claro delante de la encina, atónito contempló cómo se detenía sonriéndole. Al contrario de lo que esperaba, no abrió los ojos con espanto ni huyó despavorida. Caperucita, nada más ver al animal y habiéndose percatado en un instante de su cándido temperamento, urdió un plan en su perversa cabecita adornada de dorados rizos. Tras acercarse a él, con una dulzona voz impostada se interesó por su dura vida en el monte y, por último, invitó al lobo bueno a cenar a casa de la anciana, donde, le dijo, había un frondoso huerto con ricos tomates que parecían manzanas de oro, calabacinos tiernos del tamaño de calabazas, cebollas exquisitas como la miel y un sinfín de vegetales y frutas variadas, pues en su cesto sólo portaba pan y fiambres. A cambio le pedía un favor: debía hacerse pasar por ella para así gastarle una inocente broma a su abuela. El lobo, feliz de tener por fin una amiga y relamiéndose ante la idea del festín, aceptó entusiasmado. Se puso la caperuza, cogió la cesta con una de las patas delanteras y continuó el camino siguiendo las indicaciones de la niña. Ella, pese a que ya era casi noche cerrada, no se preocupó, pues, gracias a la anciana, conocía aquella zona del como la palma de su mano, y, tras observar como el lobo desaparecía tras unos arbustos, tomó un atajo. Al poco llegó a una casita blanca con chimenea y allí, entre crueles carcajadas, Caperucita y su abuela celebraron la ocurrencia de la niña y se aprestaron a seguir la bufonada. Cuando el ingenuo animal llegó disfrazado con la caperuza y portando la cestita, halló la puerta abierta y, entrando al dormitorio, a la anciana en la cama:

-¿Eres tú, Caperucita? –dijo  la abuela, con un fingido susurro.

-Sí, abuelita –respondió  el lobo, con una no menos falsa vocecita.

-¿Seguro? Te veo… distinta… Esas orejas, qué orejas más grandes tienes.

-Son para oírte mejor cuando me cuentas cuentos, abuelita.

-Y esa nariz, qué nariz más grande tienes.

-Son para poder oler mejor esas ricas tartas que me haces, abuelita.

-Y…¿y esa boca? ¡qué boca más grande tienes!

Entonces, mirando fijamente los dientes del animal, que, a fuerza de masticar plantas y frutos, se habían transformado en unos diminutos dentículos de roedor entre los que habían desaparecido agudos colmillos y poderosas muelas, aquella vieja arpía no se pudo aguantar más la risa y soltó un escandaloso y desagradable graznido a modo de risotada.

El rostro del lobo bueno se contrajo en un gesto de sorpresa y luego de pánico cuando desde debajo del camastro salió reptando como una culebra Caperucita con un gran cuchillo en una de sus manitas. Entonces el pobre animal huyó de la casa como alma que lleva el diablo y desde la ventana le vieron resbalar y caer, tropezar con los árboles, golpearse con las ramas más bajas, hasta que la figura salió del halo del resplandor de la casa. Mientras la vieja continuaba riéndose sin parar, Caperucita aprovechó la ocasión para encaramarse sobre las puntas de sus zapatitos de charol negro y, con la potencia de ambos bracitos, hundió el enorme cuchillo en el lado izquierdo del pecho de su abuela. La endeble caja toráxica cedió fácilmente y el arma afilada penetró entre las costillas como si fuera manteca. El cuerpo cayó al suelo de madera y, apoyando su peso sobre el mango de nácar, la niña giró un cuarto de vuelta la sangrante hoja plateada. El frío y negro corazón quedó partido en dos. Caperucita admiró su obra con satisfacción, alabando su propio ingenio: había aprendido de la vieja todo lo que ésta sabía y era hora de independizarse y continuar su vida sin la cortapisa de los adultos. Después, pese a estar aún casi sin aliento por el esfuerzo, siguió con la maquinación que había concebido y, diligentemente, mientras silbaba una canción escolar, procedió a desgarrar músculos, cortar tendones, amputar dedos y vaciar vísceras, como si aquello fuese el resultado de una bestia salvaje. Al rato se presentó en la vivienda de los vecinos más próximos y ante una horrorizada mujer en camisón blanco se apareció cubierta de sangre y tartamudeando. Dicen que todavía habitan en la región los descendientes de los cazadores que primero comprobaron que se había visto correr al lobo saliendo de los terrenos de la difunta y luego le persiguieron sin descanso iluminando la noche con los haces de las antorchas hasta acorralarlo y matarlo sin piedad.

La niña se quedó a vivir en la casita blanca y con chimenea y cuentan los más viejos del lugar que en las noches de luna llena todavía puede verse a una pequeña sombra cubierta de una vieja piel de lobo que vaga por los parajes de la comarca. Cuentan que, con infantiles y níveas manos, recolecta hierbas y raíces ponzoñosas con los que elabora mortíferos venenos de los que los padres y los siete hermanos de Caperucita fueron sólo las primeras y desgraciadas víctimas. También cuentan que de sus malas artes salió una manzana que hizo sumergirse a una princesa durante cien años en un sueño de muerte del que sólo la rescató el beso de un príncipe extranjero…pero, bueno, eso ya es otro cuento…

 

Y colorado colorín, esta terrible historia llegó a su fin.

 

Antonio Vega

 

15 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 7 comentarios

El escritor

Se le acabó el papel y continuó escribiendo sobre su piel. Hoy a las 4 pasará por la imprenta para dar a luz su relato póstumo.

Antonio Vega

16 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 8 comentarios