Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La quimera de un soñador

Los diez pies del destino habían hecho que Mario sirviera en la hacienda de don Severo Caraballo aunque no lo deseara.

Su padre le había dado un consejo después de haber trabajado cincuenta años bajo las órdenes de tal amo: “Hijo, no soy tonto, sé que me queda poco de vida. Así que tendrás que ayudar a tu madre y continuar con mi trabajo: el que te encarguen en la finca. No tienes que temerle a don Severo, aunque tiemblen ante su presencia. Puede ser un hombre generoso si le caes en gracia, pero tiene un punto débil, cuidado: odia la pereza en sus trabajadores”.

Su viejo siempre fue un hombre sabio. Era verdad; temblaba ante don Severo. Le parecía un anciano altivo, con la apariencia de cargar historias oscuras, guerras y terremotos sobre sus encorvadas espaldas, además de ser muy meticuloso: insistía en que todos en la finca le llamaran “señor” a su paso, y acataran sus mandatos con rapidez; pero para él era un simple jefe, más bien, un decrépito jefe lleno de manías.

No obstante, tomó buena cuenta del consejo: si don Severo le mandaba a limpiar su Cadillac gris de los sesenta por tercera vez, sin necesitarlo, él lo hacía sin pestañear, incluso le sacaba brillo al motor; y si le pedía hacer una trenza a la cola de su caballo árabe “Coraje”, además, lo sacaba de paseo por el valle para que fortaleciera las patas. Si le caía simpático al jefe, nunca estaría de más, aunque su verdadero sueño fuese, montar un coche de competición Fórmula Uno, como hizo su venerado Fitipaldi.

Una mañana, don Severo le dio una orden absurda, propia de un chiflado: que subiera a lo alto del valle con una pala hacia un descampado que le precisó. Allí cavaría un hoyo de quince centímetros de ancho por quince de profundidad, pero uno sólo, insistió. Al día siguiente le repitió la misma orden, pero con otro hoyo, y al lado del anterior. Así durante dos meses. Y Mario obedecía sin preguntar y sin comprender el sentido de su trabajo, aunque observara cómo aquel terreno iba tomando la estructura de una ciudad de conejos más que de un mirador rodeado de laureles de indias.

Al poco tiempo, y no se podía decir que inesperadamente, don Severo pasó “a mejor vida”. En su testamento había dejado sus dos hectáreas de tierra, los caballos, gallinas, cerdos, más su casa, a sus dos hijos Caraballo para que lo administraran con cabeza. A Mario y a su madre les dejaba la pequeña casa blanca de invitados, adosada en el ala este de su mansión, y el deseo, sine quo, de que sirvieran a la familia de por vida, en gratitud a la dedicación que habían mostrado durante tantos años.

Mario tuvo pesadillas aquella noche.

Aun así, después de cuatro meses del entierro de don Severo, antes de salir el sol, cuando los criados y los nuevos jefes dormían, Mario seguía subiendo a lo alto del valle con su pala al hombro para continuar el trabajo que le habían ordenado; pero ahora abría el hoyo y lo volvía a cerrar, con el ánimo de no recibir reproches si fuera descubierto, o peor, que lo tacharan de loco.

Una pregunta había ido tomando forma en su cabeza.

 ¿Qué buscaba don Severo con tanto deseo en aquel pedazo de tierra…? ¿Y si fuera una bolsa de diamantes que había enterrado, y no lograba recordar en dónde debido a su vejez? ¿Y si fuera un collar de oro…?

¡Ah, si se encontrara ese tesoro…!, soñaba cada mañana al salir el sol.

Entonces, su vida cambiaría. Viajaría desde aquellas malolientes tierras hasta la capital, y se compraría un Ferrari amarillo F430, que tanto gustaba a las mujeres, para darle caña a doscientos cincuenta kilómetros por hora sobre el asfalto. Y eso, como mínimo…

 Araceli Cardero.

 

 

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9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

El accidente

Alicia llevaba ese día una prisa del diablo, se sentía estresada.

Había pedido a la Consejería salir un par de horas antes para ir al dentista, pero había mentido. En realidad, estaba citada en el Juzgado de Primera Instancia Número Seis para ultimar, no sabía con qué administrativo, el papeleo previo a la boda. Se casaba por lo civil, bajo el desconocimiento de su familia, sus amigos, y sus colegas del trabajo. Llevaba viviendo con Mario veinte largos años y por fin se habían decidido; por eso de “lo que pudiera pasar en el futuro”, no por otra cosa. Así que resolvieron prescindir de padres y banquetes, con el deseo de ventilar lo antes posible aquella cargante burocracia.

Solo esperaba que Mario llegara a la hora prevista; siempre lo retrasaban al final del trabajo con el dichoso informe de incidencias.

A lo lejos se acercaba un taxi con la luz verde encendida, y antes de que cualquier señora se le adelantara, levantó la mano y paró aquel Peugeot destartalado.

-¿Adónde vamos? -preguntó áspero el taxista, ladeando ligeramente la cabeza. Era un hombre con la calva sudada por el calor, que parecía no tener la intención de ser simpático, o más bien, de estar aburrido de sus clientes.

-Al sesenta de Rafael Cabrera, por favor -se acomodó, e intentó ponerse el cinturón  del asiento trasero sin conseguirlo.

Desistió.

El taxista emprendió la marcha, pero a los pocos segundos se oyó una voz femenina que salía entrecortada de la emisora del coche.

-Rodríguez, aquí Carolina, ¿me oyes…?

-Sí, te oigo. Dime, Carolina… -dijo el taxista, mientras observaba por el espejo retrovisor cómo la clienta miraba el reloj y sacaba de su bolso un abanico para airearse.

-¡Que no se te ocurra pasar por los alrededores de la plaza América, hay un atasco del carajo…! Llevamos aquí más de diez minutos y apenas nos movemos. Esto tiene pinta de ir para largo, compañero.

-Perdón, ¿podrían repetir la calle en donde está interrumpido el tráfico…? -intervino una segunda voz, ronca, de fumador, que también salía de la emisora.

-Por la plaza América, en Fernando Guanarteme -insistió la mujer-. Parece que ha habido un accidente grave; solo se ve una moto escachada sobre el suelo. No me extraña, es que van como locos.

Inesperadamente la voz femenina se quedó en silencio, para continuar de nuevo con sus interlocutores, como si los clientes que llevaban en sus respectivos coches fueran invisibles.

-Un momento, compañeros, que esto avanza. Pero…, ¡qué carajo! ¡Es que no se lo van a creer…! El hombre que está tirado sobre la acera es un guardia civil.

-¿Cómo dices?

-¡Qué sí, Rodríguez, que sí, es un guardia civil! Y parece que está hecho polvo. Hay un sangrerío…

 La clienta se sentó en la punta del asiento trasero, mientras escuchaba.

-¡Mira por dónde…! -volvió a intervenir la voz de fumador-. ¡Q-u-é  p-e-n-a  m-e  d-a!  Y yo que pensaba que esos cabrones no tenían sangre…

Los tres taxistas soltaron una carcajada al unísono ante la ocurrencia, pero el del Peugeot se calló de pronto al sentir una mano sobre su hombro.

-Perdone, caballero, ¿podría preguntarle a esa señorita si puede ver la matrícula de la moto desde donde está?

El taxista asintió, convencido de que “el cliente siempre tiene la razón”, aunque se extrañó de la pregunta.

-Carolina, aquí Rodríguez de nuevo. ¿Puedes ver la matrícula de la moto desde dónde estás…?

-Por supuesto, compañero. A ver… Sí, sí, es una BMW, GC AE 1820. ¿Por qué? ¿Pasa algo…? ¿Desde cuándo eres amigo de la poli, Rodríguez…?

-No, no, tranquila. Es simple curiosidad.

 La mano de la clienta seguía aferrada a su hombro, parecía haber cambiado de planes.

-¿Le importaría dar la vuelta y llevarme a la zona de Urgencias del Hospital Negrín, por favor?

El taxista volvió a mirar por el espejo retrovisor, la clienta tenía los labios blancos y parecía muy pálida.

-¿Se encuentra usted bien, señora?

-Por supuesto… -respondió secamente.

Las palabras cayeron de sopetón al suelo del Peugeot, el taxista giró el volante hacia la izquierda con brusquedad, y se hizo un silencio espinoso como el de un cactus descomunal mientras llegaban al hospital. Al detenerse el coche, la mujer arrojó el importe de la carrera en el asiento trasero y se bajó sin decir una palabra, para perderse con rapidez tras las puertas automáticas de Urgencias.

Araceli Cardero

9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario