Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

LA MUJER DEL CUADRO

Elisa acostumbraba a sentarse bajo el inmenso laurel que estaba junto a la verja del  descuidado jardín. Estaba a las afueras del pueblo, en lo alto de la colina. Aquel lugar rodeado de árboles, arbustos, hojarasca y florecillas silvestres era donde se encontraba más a gusto para hacer sus incursiones en la literatura sin temor a ser molestada.

Pertenecía a las lindes de una antigua mansión. Por lo menos eso era lo que había escuchado siempre. Sin embargo, ese jardín tan amplio y frondoso parecía no tener fin.

Cada tarde salía a dar un paseo. Irremediablemente sus pasos siempre la conducían al mismo lugar.

Una de esas tardes, mientras disfrutaba de las andanzas de madame Bovary, escuchó un lamento. Aguzó el oído, sobresaltada, y se puso en alerta. En un intento por tranquilizarse pensó que podría ser el viento que  movía la rama de los árboles haciendo que silbaran de manera peculiar.

Regresó al libro. Al poco rato, volvió a escuchar una voz lastimera que parecía pedir ayuda.

Esta vez se levantó y, aunque temerosa, se adentró en lo que, en ese momento, parecía un bosque más que un jardín. Esta vez sus pasos iban guiados por aquel sonido.

A medida que avanzaba, la espesura de los árboles iba oscureciéndolo todo. El corazón le latía con fuerza. Sudaba copiosamente y su forzada respiración se había vuelto entrecortada.

De pronto, y por increíble que pudiera resultar, empezó a reconocer el  lugar por el que avanzaba, pese a no haber estado nunca allí. Tenía una especie de déjà vu.

Nunca había traspasado el límite desde donde acostumbraba a sentarse, aunque siempre sintió curiosidad.  No podía ser que reconociera aquel paisaje, pero lo cierto es que tenía la fuerte sensación de haber estado antes allí.

De pequeña había escuchado en su casa la leyenda que hablaba de la mansión que había tras el bosque de acacias y laureles de la montaña, antaño habitada por una aristocrática familia, compuesta por un matrimonio y un hijo que, venidos desde el extranjero, derrochaban esplendor. El infortunio había acabado con todos. El hijo se había matado en un desgraciado accidente, al caerse de uno de los caballos de su padre. La esposa, desgarrada, había perdido la razón y matado a su esposo de un disparo con la escopeta de caza. Jamás recuperó la cordura. Murió muchos años más tarde en un sanatorio.

Contaban que la mansión nunca más había sido habitada de nuevo, ante la creencia de los lugareños de que el alma de los antiguos habitantes, seguía allí.

Muchos aseguraban, que en más de una ocasión habían visto al mismísimo señor vagando por los corredores de la que había sido su vivienda.

Aquella leyenda había impresionado su mente infantil, aunque de eso hacía mucho tiempo y casi lo había olvidado.

Con estos pensamientos, se encontró de repente frente a un palacete. Estaba rodeado de hiedra y malas hierbas. Subió sigilosamente por unas escaleras y entró. Era enorme. Tenía el aspecto de llevar mucho tiempo abandonada. A modo de protección de los muebles y las lámparas se habían dispuesto sábanas. El paso del tiempo  las había vuelto sucias y medio raídas o quizás roídas por las ratas. Las escaleras del corredor se encontraban medio derruidas y el parquet muy desvencijado.

En el recorrido por los pasillos de la casa todo le parecía familiar, conocido. Se dirigió directamente al salón. El  protagonista de la estancia  era  un enorme cuadro. Como todo lo demás, cubierto por una sábana. Elisa, lo descubrió con decisión. Sufrió una fuerte impresión. Se trataba de la pintura de una hermosa dama. El parecido con ella era extraordinario. Parecían la misma persona. El insólito hallazgo la paralizó ante la imagen. No podía ser posible. ¿Qué le estaba sucediendo? ¿Acaso se trataba de un sueño o tal vez de una broma macabra?

Mientras hacía estas cavilaciones, en una extraña mezcla de confusión, inquietud y sorpresa a partes iguales, sintió un helado aliento en su nuca. No se atrevió a mirar tras de sí. Un sudor frío le recorrió la espalda.

Aterrada y casi sin pensarlo emprendió, despavorida, la huída. Mientras corría, escuchó que los lamentos volvían a sucederse. Podía sentir su acelerado corazón, al ritmo de sus pasos. Continuó su escapada en un vano intento de poder irse de allí. Era inútil. Alguien o algo la seguían de cerca. Su angustia se incrementaba con la claustrofóbica sensación de que no podría salir nunca de allí, por más que lo intentase.

Mientras intentaba bajar apresuradamente por las escaleras por las que había accedido a la mansión, escuchó una voz familiar que la reclamaba. Su instinto la empujaba a continuar con la huída. No mirar atrás. Seguir y seguir siempre adelante. En ese momento experimentó un fuerte impacto. Luego, silencio y oscuridad.

Auxiliadora Rodríguez Bolaños

 

11 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios