Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Microrrelatos

EL UNICORNIO SOLITARIO

El solitario unicornio  Jeremías se aburría en su bosque impecablemente verde y perfecto. Las unicornias se habían extinguido debido a la caza indiscriminada en las selvas de la India. La culpa fue de un tal Ctesias, un inmigrante griego, quien decía ser médico y aseguraba que el cuerno de las hembras vírgenes de rosado pelaje, tenía propiedades afrodisíacas y curativas. Según las estadísticas, dos de cada cuatro hombres padece disfunción eréctil, así que unos cuantos millones, entre hindúes y forasteros, se lanzaron a la búsqueda y captura de tan preciada pieza. Jeremías cansado de usar métodos alternativos para saciar su joven apetito sexual (él no es uno de esos dos de cada cuatro) se embarcó como polizón en el puerto de Bombay rumbo al Caribe, y ahora vive feliz junto a una yegua criolla y rodeado de su prole, mitad unicornias, mitad mulatos. Por suerte, en esa parte del mundo tener un cuerno o dos no constituye peligro alguno.

                                           

CONFUSIÓN

No acabo de entender por qué en Islandia le dicen a la tarta caca, la mierda es cuca y si dices que te pica un brazo, todos miran escandalizados hacia la región del pubis femenino. Pobre de mi amiga Cuquita, se ha tenido que mudar a Canadá porque tiene picazón crónica y no sabe cómo explicárselo al galeno.

 

SOLEDAD EN EL PODER

“No entiendo por qué mis súbditos aseguran que padezco la soledad del poder”, se pregunta el rey antes de firmar la sentencia de muerte de todos los hombres de su gabinete, acusados de alta traición.

 Belkys Rodriguez Blanco

21 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

EL TUERTO

                                                                                        

                                                       1

Árbol que nace torcido, estadísticamente hablando, se sabe lo que viene después. En el caso de Eddy el tuerto, el viejo refrán se cumplió a rajatabla. Su madre era una prostituta  greñuda y desdentada y su padre estaba loco de remate. Por lástima, los abuelos paternos lo recogieron  el mismo día en que vino al mundo y, sin proponérselo, lo malcriaron, porque al cumplir los veinte se fue derechito al infierno, con un muerto a sus espaldas.

Rosario llegó a casa de Lucía, la meretriz, cuando ésta tenía apenas unas horas de parida, y se llevó a la desdichada criatura envuelta en unas sabanitas tan percudidas como la choza donde había nacido. Al salir al portal reparó, por casualidad, en un árbol del desvencijado jardín, que parecía una S cubierta de ramas. Curiosamente entre las hojas se asomaban unos capullos de un raro color añil apagado. “Hasta las plantas crecen enfermas en esta casa”, pensó la buena señora y apuró el paso para meterse cuanto antes dentro del Chevrolet 1953, que aguardaba en el camino polvoriento.

Eddy fue creciendo, aparentemente, como un niño normal. Pero todos en la familia veían algo siniestro en aquel rostro redondo y moreno que los observaba con un solo ojo. Sus abuelos sentían pena por él y lo complacían en todo. Si pajarito volando quería, pajarito volando le traían. No conoció regaños, castigos o golpes. Era el rey de la casa y hacía siempre lo que le venía en ganas. A los nueve años de edad durante una revisión médica de rutina, el doctor se dio cuenta de que el chico sufría escoliosis. “¿Te duele la espalda, hijo?”,  le preguntó el galeno mirándolo por encima de las gafas. Él lo miró con cara de pocos amigos y le lanzó un escupitajo. La abuela se puso pálida, pidió disculpas y ambos abandonaron la consulta.

Rosario y Manuel vivían en la mejor casa del pueblo. Ella era una mujer corpulenta, de mirada desgastada y generosa. Además de sus cinco hijos biológicos, se había hecho cargo de tres huérfanos. Tenía una chica que la ayudaba en las labores domésticas; sin embargo, no paraba, se pasaba todo el día trajinando, cuidando de aquel pequeño ejército, además de los conejos y gallinas que criaba en el patio. Cuando llegaba la noche caía rendida. Desde hacía mucho tiempo dormía en una camita individual, por lo que Manuel buscaba cualquier pretexto para salir de casa y echar una  inofensiva canita al aire. “Charito, mi vida, voy al club un rato a jugar a las cartas”, decía después de emperifollarse y ponerse mucha colonia. Pero su mujer sabía que iba a saciar su apetito sexual con alguna fulana. Antes de dormirse, mientras rezaba, le pedía a Dios que perdonara los pecados a su marido, así eran de débiles los hombres.

Los hijos propios y los adoptados crecieron y comenzaron a marcharse. Sólo se quedó Orlando, el más joven, quien padecía un tipo de desorden mental que ningún médico había podido diagnosticar con exactitud. Unos hablaban de esquizofrenia, otros de trastorno bipolar, pero nunca llegaron a un consenso. Él vivía un encierro voluntario y sólo salía de la casa una vez al mes para ir a cortarse el pelo. Apenas tres calles separaban la vivienda de sus padres de la barbería. Iba bien vestido y caminaba deprisa, con la vista fija en el suelo. Así, en una de sus visitas al barbero, al único a quien Orlando consideraba su amigo, conoció a Lucía. Ella estaba sentada justo enfrente, en el bar de Arquelio, tomándose una cerveza. Lo vio llegar y le clavó su mirada de gata apaleada.

-¿Quién es ese hombre tan guapo?, preguntó al cantinero.

-Con ése no te metas, Lucía, está mal de la cabeza. Es el hijo de Manuel, el concejal.

-Me gusta, tiene los labios gordos y se le marca un buen bulto entre las patas —la prostituta sonrió pasándose la lengua por el bigote para limpiarse la espuma de la cerveza y dejó la jarra a medias encima de la mesa—. Cóbrame, Arquelio, que voy a darme una vueltecita por la barbería.

A  Lucía no le importó la advertencia. Encendió un cigarro y esperó pacientemente en la acera a que Orlando terminara. Él se asustó cuando ella le salió al paso, quiso esquivarla y casi echa a correr. Pero la gatita esmirriada y experta en atrapar presas escurridizas y a plena luz del día  le saltó encima como felino hambriento. Le arañó los brazos, el pecho, le lamió la cara, las orejas y con el lomo erizado, fue clavándole los afilados colmillos primero en el cuello, después en el abdomen y por último, sus ojos húmedos y enrojecidos, se detuvieron a contemplar el descomunal miembro del pobre muchacho enfermo. En aquel cuarto destartalado del burdel del pueblo, por primera vez en su vida, Orlando eyaculó dentro de una mujer. Lucía no pidió dinero a cambio, sólo esperaba montar desenfrenadamente aquella bestia divina que, una vez al mes, le proporcionaba un placer desconocido hasta entonces. Así un mediodía de mayo, coincidieron la lujuria y la llegada de la ovulación, y la prostituta quedó preñada.

 

                                                     2

El día que Eddy llegó al mundo las coincidencias fatídicas se habían confabulado. Ocurrió un inesperado eclipse de sol, nació un chivo con dos cabezas, un huracán fuera de temporada amenazaba con devorar el país, tembló la tierra y una plaga de bichos desconocidos engulló los sembrados de arroz. Para colmo de males, cuando Luisa, la comadrona, palpó el vientre de Lucía, se puso las manos en la cabeza y alzó una plegaria el cielo. La criatura venía de nalgas. La parturienta gritaba con el rostro descompuesto y lanzaba insultos a los cuatro vientos. “¡Cállate, hereje y puja, puja con todas tus fuerzas!”, vociferaba Luisa mientras metía la mano en la vagina ensangrentada e intentaba poner de cabeza al chiquillo. Después de incontables horas de angustia, Eddy salió por el maltrecho agujero, sin llanto y con un ojo vacío.

-Llama a la vieja y dile que venga a recoger al renacuajo— le pidió la prostituta a la comadrona—. En unos días tengo que salir a la calle a buscarme la vida. Por culpa de esta jodida preñez no me queda ni un puto centavo.

-Pero mujer, tienes que descansar y recuperarte. Habla con el padre de  Orlando, el viejo es buena gente y seguro te da dinero.

-El vejestorio pendejo ese lo que me va a dar es una patada en el culo, Luisa— le largó Lucía con el rostro pálido y bañado en sudor—. Busca a la vieja, te digo, ahora que el hijo está en el manicomio, esta cosa le alegrará la vida.

Pero el mocoso tuerto fue siempre un dolor de muelas para la familia, incluso para los abuelos. La lástima y el exceso de mimos, lejos de convertirlo en una criatura indefensa, fue la mezcla perfecta para moldear a un ser ladino, una especie de monstruo deficiente visual con un amor enfermizo por la transgresión. Dos días antes de  que Eddy cumpliera los veinte años, a Charito se le agotaron los pulmones y dejó de respirar. El abuelo se sumió en una tristeza tan profunda, que renunció a la comida y a la luz del sol. Encerrado en su habitación, se fue consumiendo hasta que una ráfaga de viento entró sigilosa en el cuarto y le apagó  definitivamente la velita que ardía sobre el escritorio. El nieto mimado no derramó una sola lágrima ni guardó luto, sin embargo pintó las paredes de la casa de colores oscuros y clausuró casi todas las ventanas. Trajo a una brujera para que despojara cada habitación, ahuyentara a la familia y a los malos espíritus, y vendió todos los objetos de valor. Sus amigotes invadieron la residencia como una voraz plaga de termitas. La música alta, las botellas de ron y cerveza y las risotadas formaban tal aspaviento a toda hora, que hasta los ratones y las cucarachas decidieron mudarse. Los vecinos se quejaban constantemente, pero eso a Eddy le importaba un comino.

Una noche de brutal algarabía, llegó uno que le decían el indio Joe. Borracho como una cuba, quiso entrar por la fuerza en el convite, pero al menos cinco mozos fuertes y con los rostros serios le cerraron el paso.

—Lárgate, indio, Eddy no te ha invitado.

—Cállate Nacho y dile al mariquita ese que salga y me lo diga en mi cara. Me debe dinero y vengo a cobrárselo.

—Te pagué con intereses  lo que te debía, indio— Eddy salió de la penumbra con una navaja en la mano—. Ya oíste a mis amigos, así que saca tus patas sucias de mi casa.

—Sucia es la puta que te parió y te dejó tirado. Por cierto, ayer…

La frase del indio quedó colgada en el umbral de la puerta y su sonrisa de dientes cariados se transformó en una mueca agonizante. Eddy le había hundido la navaja en el estómago y el cuerpo moreno y enjuto de Joe se desplomó ante la mirada incrédula de los presentes. Entre todos envolvieron el cadáver con una manta y lo tiraron como un saco de papas en el maletero del Chevrolet 1953. El tuerto se sentía como un héroe de película americana. “Estamos todos metidos en esto hasta el cuello. ¿Queda claro?”, y sus palabras le hicieron un guiño macabro a la noche. Eufórico y completamente borracho se subió al coche y se fue con la pandilla a toda velocidad.

Al día siguiente, en el bar de Arquelio, los clientes habituales escuchaban sobrecogidos una noticia publicada en  la página de sucesos del periódico del pueblo: “En la noche de ayer murió en un trágico accidente automovilístico el joven Eddy Mendoza González. Su cuerpo sin vida fue encontrado entre los restos del coche propiedad del excelentísimo señor concejal Manuel Mendoza Pérez, recientemente fallecido. Conducía solo por un camino en dirección al poblado de Pozo de los Ciegos, cuando perdió el control del vehículo y chocó contra un árbol.” Encima del artículo la foto mostraba lo que algún día había sido un flamante Chevrolet 1953, que ahora, convertido en un amasijo de  hierro y cristales, acababa sus días de gloria empotrado en un tronco seco en forma de S frente a una choza abandonada.

 Belkys Rodríguez Blanco

12 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

LAS VERDADES Y LOS ESPEJOS

Hoy he decidido no mirarme más en el espejo. Cuando me detengo frente a él, justo antes de lavarme la cara, cierro los ojos e imagino que es sólo un cuadro vulgar donde se reflejan los rostros de los otros, de esas tontas marionetas que todavía no han descubierto la verdad y sobreviven ajenas al dolor.

No he tenido que pagar al psicoanalista para aceptarlo, pero me da rabia no haberlo asumido desde el primer día en que la descubrí, mirándome con sorna, creyéndose inteligente, infalible. Pero, me prohíbo quejarme, debo soportarlo sin anestesia, cargar con la cruz de la certeza sin protestas, aguantar estoicamente.

Sin embargo, reconozco que ella me conoce muy bien y sabe que mis niveles de tolerancia son muy bajos. Por eso permite que la frustración me crezca como una planta trepadora, de esas que se enquistan desafiantes, se tuercen, te succionan los fluidos y finalmente te anulan la voluntad.

Ahora me concentro en el goce de la enredadera tragándose con deleite cada detalle de mis facciones, borrándoles hasta el más mínimo vestigio de vanidad. No volveré a caer en el jueguito de los espejos y la mascarilla facial disimulando las ojeras.

Dicen que la mirada es el espejo delante del cual se pavonea el alma. Pobre de la que me han asignado, ya no tiene dónde mirarse. Y no haré concesiones, quedan prohibidos los espejos. Además, podría asegurar que los dichosos artilugios son, más bien, los ojos que me espían,  me acosan y finalmente me delatan. Es más, acabo de romper a martillazos todos los espejos de la casa, aunque eso conlleve siete años de mala suerte por cada demonio derribado. Me da igual.

En definitiva, la suerte es como los gatos. Dicen que ellos cierran los ojos para no agradecer la comida que se les ofrece. Lo mismo me hace la suerte; aunque la mime, la acaricie y le ponga miel de abeja en la tostada, ella me sonríe sólo para quedar bien, y deja caer intencionalmente los párpados, evitando el compromiso. Felina al fin y al cabo, es salvaje y anarquista; o sea, que con el cuento de la completa libertad y el desmadre, me embauca y termina tomándome el pelo.

Me cansé también de la suerte, no la quiero, ni la buena ni la mala. La he metido en el mismo saco donde ahora se asfixian las verdades. Ah, y por si acaso y a modo profiláctico, también van ahí dentro los trocitos de espejo, no vaya a ser que a los gatos les dé por comérselos.

 

Belkys Rodriguez Blanco

7 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

LA RADIO

Mientras en la radio hablan de xenofobia y de ballenas que deciden suicidarse en la orilla del océano, intento desvestir su ausencia para calentar mi propio cuerpo. Me cuesta, porque tiene las ropas muy ceñidas, duerme profundamente y no quiere que se le moleste.

He vuelto a casa, después de un día estéril, definitivamente absurdo como los anteriores. Es tarde y estoy exhausta. Procuro dejar atrás el bullicio de una ciudad en caos y de un pavimento carcomido por el salitre y la indiferencia. Busco a tientas el silencio, me sirvo un té, descorro las cortinas y me dejo seducir por el encanto de una noche lluviosa.

La calle oscura y mojada se desliza sigilosa entre las sábanas de un lecho vacío. Hoy tampoco vendrá. Él pretende que le crea que vive con ella pero duerme en otra cama. Mi lado ingenuo le sonríe complaciente, pero otra parte de mí lo maldice y se consume en la rabia y el deseo.

El agua intenta fluir con parsimonia, pero en la radio estallan bombas, gritos, consignas y otra vez sólo la lluvia y yo somos testigos perplejos de la demencia colectiva. Un coro de lunáticos canta himnos de dudosa procedencia e invita al fanatismo y la sumisión. Creo que voy a vomitar. Intento apagar la radio, pero no puedo, no quiero. Como me niego rotundamente a odiarlo a él, necesito arremeter contra alguien y la radio me sirve un motivo en bandeja de plata. Es más fácil repudiar las bombas… ¡Y él que no llega!

El té se ha enfriado. Es mejor así. Caliente me hace daño. La lluvia se abraza ahora con desesperación a las aceras, los tejados, las farolas y por último a mi cuerpo. Me golpea hasta dejarme sin sentido. Pretende que todo desaparezca tragado por su incontenible furia. Ya no me importa si escampa, si viene o no; o sí, pero disimulo mi ansiedad. Me muerdo los labios y un líquido dulce me recorre la lengua y la garganta. Cierro los ojos y salgo al aguacero. Me veo desnuda, apretando los puños, corriendo insolente calle abajo. En la radio han cesado las bombas y las ballenas regresan a su rutina en las profundidades. Una melodía conocida y compartida, me recuerda burlona que él finalmente no vendrá.

Belkys Rodríguez Blanco

4 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

DOS ESPECTADORES

 

Hace exactamente media hora el timbre del teléfono la devuelve a la realidad. Está tirada en el sofá, maldiciendo su dolor de cabeza y la voz siniestra sólo viene a darle el tiro de gracia. “A las nueve y cinco minutos sal a la calle y la verás caer. Dos espectadores, necesita sólo dos espectadores”.

El tono grave y burlón le es familiar. Pero, a pesar del ingente esfuerzo de la memoria no logra ponerle un rostro.”¿Quién eres? ¿Quién se va a caer? ¿Por qué…? La pregunta queda suspendida. Del otro lado de la línea alguien respira agitadamente.

Son ya las nueve en punto, ella quiere levantase, pero le pesan mucho las piernas y una cuerda invisible la ata al sofá. Cuando finalmente logra acercarse a la ventana, lo ve recostado sobre la farola y fumándose tranquilamente un cigarro.

 

21:04 hrs.

Bajo las escaleras con mucha dificultad. Parezco un niño que da sus primeros pasos. Me aferro al pasamanos, mientras hurgo en mi memoria buscando un pretexto para regresar a mi apartamento. El temblor se me enreda en las piernas y me hace parpadear nerviosamente. Sé que no debe continuar, me lo han advertido muchas veces, pero las promesas de él me engatusan, me envuelven en una especie de niebla atroz que me empaña los sentidos.

 

21:05 hrs.

El grito aterrador la saca violentamente de su ensoñación. Claudia termina de bajar los últimos peldaños y abre la puerta de la entrada. Entonces lo ve. Ha terminado de fumarse el cigarro y ahora masca desenfadadamente un chicle. Sus facciones están relajadas, pero la expresión de su rostro es desafiante. La voz del teléfono es ahora un mazazo en la nuca de ella. “Marcos”, dice muy bajito y contiene la respiración.

A unos tres metros de donde se encuentra él, flota una mujer joven en un charco de sangre. Los ojos de Claudia se abren desmesuradamente y aunque lo intentan no pueden dejar de mirar el sórdido espectáculo. Miedo, asco y su propio vómito la asfixian, o… ¿son acaso sus manos, las de Marcos? “Cabrón, déjame, vete a la mierda. Suéltame, coño…” Pero el reclamo se rinde exhausto, aplastado en el suelo, a treinta metros del balcón de la casa que ambos comparten.

 

21:06 hrs.

-¡Ay mi madre, dios mío, que la ha matado! –grita desesperada la vecina del último piso -que alguien llame a la policía, es Claudia.

Poco a poco los vecinos se van asomando a los balcones. Primero perplejos, luego incrédulos y a continuación las exclamaciones, sí, claro, ellos discutían, pero se llevaban bien; ay, Dios, sí es Claudia, pero la música estaba alta, tal vez eran risas, festejando algo…

La sorpresa y el horror están agazapados, dándose calor, y de repente se descubren, se miran fijamente, como midiendo cada uno la fuerza del otro, y se disponen a devorarse.

 

21.25 hrs.

El griterío se apaga y veo acercarse en cámara lenta las luces de una ambulancia. Hombres vestidos de verde saltan del vehículo y me toquetean, me hablan sin voz, preguntan cosas que no puedo escuchar, me tiran una manta encima y comienzan a conectarme a unos tubos. Tengo frío y mucho sueño. “Debí quedarme en casa, no debí contestar al teléfono, el timbre del portero, Marcos, cabrón, mamá, me muero”. Y mis párpados caen sin ovación en su último acto.

A pocos metros de mi cuerpo, una chica joven vomita descontroladamente. Apoya las manos contra la pared de un muro tatuado de graffiti. A su lado, un hombre como de unos treinta años intenta abrazarla, “no volverá a pasar, te lo prometo Claudia mi vida, no quiero hacerte daño, es que ya sabes lo celoso que soy”. Ella tiene el rostro descompuesto y tiembla. A pesar de sus escasas fuerzas, atina a darle un empujón y a quitárselo de encima. Él da un respingo y finalmente la deja en paz. “Vale, vuelvo más tarde, tenemos que hablar”, le espeta y se marcha rumiando su rabia. Ella, aliviada, se sienta en la acera, cierra fuertemente los ojos y se lleva instintivamente las manos a los oídos. El ruido ensordecedor de la sirena de la ambulancia se va apagando lentamente.

Belkys Rodríguez Blanco

26 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios