Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La recompensa

Anoche fue imposible conciliar el sueño. No pude pegar ojo. He pasado la noche en blanco. Mi querido perro desapareció, sin dejar rastro alguno. Les diré que en mi casa, que está cerca de la playa, vivimos yo, mi perro y un fantasma, que sólo mi perro Nerón veía.

Ellos jugaban todo el día en el patio, al caer la noche se tranquilizaban. Parecían dos niños, pero sólo se veía a uno de ellos. Nerón era muy feliz. Su amistad se desarrolló sobre ruedas, durante varios meses. Eso me quitaba el sueño y no podía descansar bien. Pero ha ocurrido algo; hace algunos días mi perro desapareció y, obrando con perfecta camaradería, el fantasma se fue con él. La casa ha quedado desierta y condenada a la soledad.

Me gustaría recuperarlos, porque los extraño mucho. Pediré a todo aquel que vea a Nerón perdido por las calles me avise, lo que no sé es si podrá ver al fantasma que lo acompaña.

Mi perro es pequeño, su pelo es dorado con alguna mancha blanca de mirada viva y de raza indefinida. Al fantasma nunca lo vi.

La persona que los encuentre será doblemente recompensada y yo podré recobrar el sueño y descansar con tranquilidad.

 

Blanca Brescia

13 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

UN TRABAJO BIEN HECHO

                  

Se conocen en el orfanato y se vuelven a encontrar después de diez años. Marcos es ya un hombre que sabe bien lo que quiere. El otro, Samuel, es mucho más joven y fácil de manipular.

Marcos es un prestigioso abogado que pudo estudiar gracias a su familia adoptiva, y que, además, es aficionado al arte. Los ratos libres los pasa en los museos y exposiciones, pero con una predilección muy especial por las ilustraciones y acuarelas de gran valor artístico, como las de Rafael de Penagos.

Se saludan y comienzan a hablar y a contarse su vida. En un determinado momento, Marcos le ofrece un trabajo al amigo y éste lo atiende con sumo interés.

 Samuel escucha  las explicaciones examinando cada gesto del abogado y acepta rápidamente el ofrecimiento para visitar museos y exposiciones.

El negocio es prometedor.

 Muy pronto aprende a desenvolverse bien en ese ambiente.

El abogado le enseña poco a poco el valor de las ilustraciones y pinturas que aprende muy rápido. No sólo adquiere conocimientos sobre los precios de las obras, sino también la habilidad para poder robarlas. Tiene a un buen maestro. Estos cuadros son luego vendidos y se repartirán las ganancias. Hasta ese momento todo marcha sobre ruedas.

Cuando roba por primera vez, su vida cambia, ya no es dueño de sí mismo.

Los robos se realizan con maestría, sin dejar huella alguna y siempre es Samuel el que los comete  dentro del Museo.

Entra y sale sin que nadie lo note.

El abogado se mantiene al margen y se limita a recibir en su despacho la mercancía robada que después vende a los coleccionistas y marchantes a muy buen precio. Su estatus debe mantenerse intacto. Pero los repartos de las ganancias no son justos y Samuel decide cometer los robos por su cuenta. Quiere separarse y trabajar por cuenta propia. Pero ¿cómo informar al abogado de sus intenciones?

Hace ya mucho tiempo que esta idea le da vueltas en la cabeza, pero ¿de qué modo hacerlo? Ya no lo necesita; está  al tanto de la mercancía y de la colocación de la misma. Ya tiene  cierto prestigio dentro de ese mundo y todos los que lo conocen lo valoran y respetan.

El abogado debe desaparecer de la escena, pero ¿de qué forma?

No puede dejar huellas y esto lo medita largamente.

Samuel se inventa un viaje a Londres por razones de trabajo, que nunca realiza y desaparece por un tiempo de los ambientes artísticos.

Marcos sigue en la ciudad, frecuentando los museos.

La avaricia puede más que él y una noche se acerca al museo a robar. El amigo, que conoce su ambición, espía sus paseos nocturnos. Esa noche espera su salida del museo con la mercancía que seguramente traerá en la mano, lo aborda con mucho sigilo y lo mata sin mediar palabra.

Se llevaba, ni más ni menos, una acuarela de Rafael de Penagos  valorada en muchos miles de euros. Se aleja tranquilamente del escenario del crimen y entonces sí se va realmente a Londres a vender la obra. Ahora comienza su verdadera carrera de ladrón profesional y en solitario. Ya ha aprendido todo lo que debía aprender.

Blanca Brescia

14 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El brebaje

Ella tenía apenas veinte años. Se llamaba Inocencia y tal como su nombre indica, era ingenua, sencilla y rubia.

Nunca había salido de su ambiente, pero se arriesgó, se fue a la capital, cogió un avión y se plantó en Salvador de Bahía, en busca de un santero.

Ya en el mismo aeropuerto estaba preguntando por el curandero que le habían recomendado como el mejor.

Dicen que curaba el cáncer y como cáncer era lo que tenía su padre ya desahuciado por los médicos de su pueblo, la chica había viajado en busca de un brebaje hasta el norte del Brasil.

Quizás podría llevarse la pócima milagrosa. Recorrió el poblado y al recomendado no lo encontró, pero sí a otro que se presentó como el mejor alumno del conocido -sanador.

Dijo llamarse Melao y agregó muy convencido, “Mijita, yo curo todo, incluso el sida”. Ella le creyó y lo acompañó hasta su casa.

En una covacha, rodeado de santos y vírgenes, con mucha parafernalia recitó un conjuro frente a la foto del enfermo y entregó a la chica un oscuro preparado en un frasco de color amarillento.

Este contenía, agua del pozo, yerba mala y tierrita del patio de la casa. Le cobró dos mil reales, que la chica soltó con esperanza y alegría y que sirvieron a Melao para poder vivir en forma desahogada durante un par de meses.

El padre, se tragó el menjunje de una sola asentada y a las dos semanas, se fue.

Blanca Brescia

 

 

13 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

LA FRONTERA

Vivía  muy cerca de la frontera brasileña. No se le conocía trabajo fijo, pero mantenía mujer e hijos. Alto, moreno, de pelo renegrido y parco en palabras.

Durante el día permanecía en el pueblo, dando vueltas, visitando los boliches,  y con su mate en la mano, pero por la noche, cruzaba varias veces la frontera. Todo el poblado lo veía caminar  a la luz de la luna llena. Iba y venía, pero nadie sabía por qué.

Lo único cierto es que siempre llevaba una carretilla nueva llena de hierba.  Todos opinaban, pensando mil fechorías.

Cierto día, cuando el sol caía a plomo sobre las resecas tierras, y el hombre hacía sus visitas, el comisario  intrigado lo detuvo y le preguntó  el porqué de tantos viajes a la frontera y con una carretilla cargada de hierba.

El  hombre no respondió, estaba muy asustado. Temía a la justicia.

Era para tener miedo.  Su trabajo era sencillamente contrabandear carretillas, pero nunca nadie lo supo.

 Blanca Brescia

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios