Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Colombofilia

Es evidente que mi afición ha sido determinante a la hora de configurar nuestros destinos. Llevo cuidando palomas mensajeras desde que era un niño. Las crié junto a mi papá y nunca han dejado de fascinarme. Las amo. Acaso, como a ti también te amé, pensé que no importaba que te fueras con él, no tenía la menor duda de que encontrarías el camino de vuelta. Soy consciente de que a veces ocurre algo que se interpone entre la paloma y su destino, y hace que se desoriente o perezca en el trayecto. Pero eso no tiene por qué sucederte a ti. No pasa un día sin que suba a la azotea convencido de que hoy aparecerás. Claro que he salido con más chicas desde que te fuiste, y de una en una las he ido dejando marchar. Al igual que tú, ninguna ha vuelto, pero a ellas no las amé como te amé a ti, como amo a mis palomas. Sé que mis palomas no regresan por el hecho de que las ame, no soy tan inocente: su instinto las lleva a regresar a su lugar originario, al lugar que reconocen como su hogar. Por tanto, sé que puedo amarte locamente y que por mucho que lo haga no es eso lo que te hará regresar. Pero me decías que tu hogar estaba conmigo, donde estuviera yo. Y por eso aunque mi antigua casa desapareciese inevitablemente bajo los escombros, yo confío que aun así sepas encontrar el camino hasta mí.

Carlos Martín Cabrera

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

La llave

Ya ni recuerdo por qué tuvimos aquella discusión. El caso es que, a diferencia de otras veces, no se disiparon las ganas de perderlo de vista. Yo le tenía un aprecio sincero a este chico, a pesar de que ahora pueda parecer lo contrario. Pero que quede claro que el que se buscó la ruina fue él, desde el día en que conoció al buscavidas aquel en una marcha. Que si iban a hacer esto y aquello.  La otra noche llegó a casa excitado después de robar en una bodega: en mala hora le había dejado una copia de las llaves; lo que faltaba es que me acusaran de encubrimiento. Cuando llamó para pedirme disculpas tras discutir, me soltó que estaba nervioso por los preparativos del atraco al banco. Quién me iba a decir que me lo pondría tan fácil. Ese mismo día, ya entrada la noche, abrió la puerta de mi apartamento y entró silenciosamente. Vino directo a la cama y se acostó a mi lado. Luego se puso a contarme cómo había ido todo y yo hacía que le escuchaba mientras me regodeaba en su final.  Dicen que cuando abrió los ojos se quedó de piedra. Encontrarte rodeado de policías no es lo que uno espera al despertar en casa de su pareja.  Por supuesto, su acto reflejo fue buscar la copia de las llaves en el tocador pero ya no estaban ahí.

Carlos Martín Cabrera

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

La llave

Érase una vez un hombre en la flor de la vida que iba de camino a casa, mientras comenzaba a caer el sol por detrás de las montañas después de un largo día de trabajo en el campo. No tardó en toparse con un extraño peregrino al pie de una higuera, quien, a cambio de agua, le ofreció una llave que, según contaba, le permitiría abrir cualquier cerradura que se propusiera. Ni que decir tiene que nuestro protagonista, que con la edad había adquirido como cualquier ser vivo cierto grado de sabiduría, no dio la más mínima importancia a la llave. Pero he aquí que llegó el día en que las raíces del aburrimiento alcanzaron el recuerdo de aquella misteriosa llave. Tras encontrarla en el bolsillo de la chaqueta se decidió a ponerla a prueba. En primer lugar, le sedujo la idea de la bodega del pueblo. Cuál no sería su sorpresa cuando la cerradura cedió a la llave. Le pareció fantástico poder saborear los diversos vinos. Mientras bebía, fermentó la idea de probar con la cerradura de las arcas municipales. No daba crédito a sus ojos cuando la segunda cerradura también cedió. Con los bolsillos llenos de monedas, no pudo evitar resistirse a la siguiente cerradura que le vino a la cabeza: la de la casa de su prometida. Con sumo cuidado, manipuló la cerradura con total seguridad de que esta cedería. Así fue. Acto seguido, a hurtadillas, comenzó a subir las escaleras hacia la habitación de su prometida. No podía esperar a contárselo todo. Tras el susto inicial y una vez la hubo puesto al corriente, ya solo le faltaba abrir con la llave el candado de su corazón. Se quedó dormido a su lado pero a la mañana siguiente cuando abrió los ojos distinguió un grupo de hombres a su alrededor. Su prometida no estaba a su lado y su llave ya no estaba en su bolsillo. Los gentiles hombres le acompañarían a los calabozos con el fin de aclarar los hurtos acontecidos la noche anterior.

Carlos Martín Cabrera

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios