Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Microrrelatos

De vuelta

Al contemplar en el interior de un escaparate un boomerang de brillantes colores, el niño, atraído por su influjo, metió sus delgadas manos en los bolsillos de sus gastados pantalones. Al sacarlas, comprobó de un vistazo que disponía de dinero más que suficiente para hacerse con el preciado objeto. Una vez en su poder decidió deshacerse de su viejo boomerang. Así que lo tiró.

La llamada

Conocedor de su afición por la lectura, el cocinero le preparó  una exquisita sopa de letras. Su error fatal fue sin dudas, el no fijarse que el paquete excluía las letras vocales.  Solo cuando escucho al cliente llamar al camarero, se percató de ello.

-¡C-m-r-r-!

El mono

Segismundo era un pobre yonqui que tirado en un sucio rincón de una prisión; no sabía si su vida era un sueño o si bajo los efectos de tantas drogas (que le tenían en un constante estado de frenesí), todo le parecía una ilusión, una sombra, una ficción. ­

 César Socorro

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21 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El regreso (Logo-Rallye)

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La larga caminata le tenía exhausto. Aunque vislumbraba en el horizonte los muros de la ciudad y sabía que en unas horas estaría protegido, aceleró el paso, pues era primavera, una época en que en cualquier momento, se podía desatar una tormenta.

 Antes de lo esperado, se encontraba en medio del bullicio de las puertas de la ciudad. El ir y venir de las carretas y el gentío agolpándose a los puestos de los mercaderes le hicieron olvidar por un momento cuál era el verdadero motivo que lo había traído a esta ciudad.

 La gente al pasar a su lado no podía evitar mirarle. Aunque era un joven de buena apariencia, las miradas iban dirigidas a su vestimenta. Sobre todo a ese extraño y gris escudo de armas que se encontraba bordado en su cota de malla. Él se había acostumbrado a las miradas de los curiosos y por ello prosiguió su paso.

Conocía muy bien esta ciudad. La había visto en sus sueños. Una y otra vez, había recorrido estas mismas calles, incluso sabía que si cerrase los ojos podría llegar a su destino. Pero no hizo falta, pues se encontraba frente a él.

La puerta de la casa, tenía un extraño picaporte con forma de serpiente; el mismo símbolo que aparecía gravado en su vestimenta. La puerta se encontraba entreabierta, así que no dudo en entrar. En el interior todo estaba oscuro, pero pudo distinguir una figura tratando de ocultarse tras las cortinas.

Conocía las palabras exactas que debía pronunciar, lo había visto en sus sueños.

—No tengas miedo, puedes salir. Soy Élther de Crianté. No tienes nada que temer —dijo.

 Al oír ese nombre, un tímido rostro apareció tras las cortinas. Se trataba de una muchacha de apenas quince años, de largos cabellos y ojos de un azul intenso, que le resultaban familiares.

—¿Por qué irrumpes así en mi casa? Estás muy lejos de tu hogar, Élther de Crianté. —dijo la joven con voz autoritaria.

—¿Conoces mi hogar?

—Nuestro hogar, Élther —dijo sonriendo.

El joven Élther enmudeció por unos instantes. Luego exclamó:

—Entonces… ¿eres tú la portadora? ¿Tienes tú la llave dorada?

La joven asintió con su cabeza. Luego retiró de su cuello una cadena, en la que colgaba una brillante llave dorada y se la entrego a Élther, quien, tras observarla con gesto de satisfacción, se la colgó sobre su pecho.

En ese momento,  el símbolo con forma de serpiente que portaba su ropa cambió de color. Un rojo ardiente. Creyó ver como todo a su alrededor giraba, por un momento pensó que se iba a desmayar. Pero entonces, detrás de él sonó la voz de la joven, diciéndole:

—Ahora volverás a casa, Élther. Dale un beso a nuestro padre.

Élther se volvió bruscamente, pero ya era tarde, una claridad lo envolvió todo. Entonces supo que nunca más la volvería a ver, lo mismo que sabía que gracias a ella por fin regresaba a casa.

 César Socorro

21 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Consultas

Desde entonces, cada día me dirigía al trabajo, dando un largo paseo. Estos paseos me resultaban agradables, y qué decir de lo que opinaba mi médico, -“ten mucho cuidado, si no cuidas tu alimentación y sigues con ese ritmo de vida cualquier día te explotara esa máquina que tienes por corazón”-, sino que también me ayudaba a preparar mi mente para las muchas decisiones que tenía que tomar a lo largo del día. Antes era diferente, tomaba un café tras levantarme y apuraba hasta el último momento para salir de casa hacia el trabajo, tiempo suficiente para aparcar mi cuatro latas delante de la empresa; ésa era una de las ventajas de que la empresa se encontrara situada en una zona industrial. Pero todo eso cambió aquella mañana en que el Sr. Gerente nos reunió a todos los empleados, y nos comunicó los muchos planes para la empresa y un sinfín de palabras a las que no quería prestar atención en aquel instante. Lo que sí escuché, fue que nuestras ideas y aportaciones para mejorar algunas de las áreas iban a ser escuchadas y premiadas; esto fue lo que más me gustó, ya que mi suerte para los premios se limitaba a los que venían incluidos en los paquetes de Snack. Debo admitir que a algunas de las primeras ideas que pasaron por mi mente no se les podría llamar geniales;  menos mal que no se las comenté a nadie y quedaron en simples pensamientos. Pero debido a una de mis sugerencias, el Sr. Gerente me dio un puesto donde cada día debo tomar muchas decisiones. Al principio este nuevo puesto me entusiasmó, por fin tenía algo de lo que regodearme con mis amigos: yo, un pobre diablo tomando decisiones de envergadura. Pero a partir de ese día me resultó difícil conciliar el sueño, me había cambiado el humor y me costaba mucho tomar hasta las más pequeñas decisiones. Es por eso que lo consulté con el doctor, quien viendo mi penoso estado, me recomendó enérgicamente que lo consultara con la almohada, yo alegué que no usaba este tipo de artilugios para el descanso, pero él, sin mediar palabra, me extendió, como si de una receta se tratara, la dirección de una pequeña tienda especializada en almohadas orientales. Metí el papelucho en uno de los bolsillos de la americana, pensando que el doctor estaba perdiendo el juicio. Regrese al trabajo, pero no había forma, no podía centrar mi atención. Saqué el paquete de cigarrillos de la americana y junto a él estaba la dirección de la famosa tienda. Pensé que tal vez el doctor estaba en lo correcto, nunca me había defraudado, es cierto que sus remedios estaban un poco fuera de lo convencional, pero siempre habían dado resultado. Así que dejé todo y me dirigí a la tienda.

Su aspecto no era el de una típica tienda donde se venden colchones y almohadas; más bien se parecía o tenía el aspecto de una de esas tiendas de las películas de fantasía, lúgubre, siniestra, de la que uno espera que aparezca el viejo maestro chino, con su peculiar acento falto de r. Pero tras el mostrador salió un tipo no menos peculiar, no más alto que el palo de una escoba,  de  mirada penetrante, de aspecto grotesco: su apariencia hubiera sido similar a la de un duende, si no fuese por la falta de orejas puntiagudas. Su voz, en cambio, era atrayente. Tras comentarle mi problema, se retiró a la trastienda y volvió al poco tiempo con una almohada entre sus pequeñas manos. Me dio una detallada explicación de las propiedades de esta almohada, de los exquisitos materiales utilizados en su elaboración. Su precio me pareció exorbitante, pero qué iba hacer, era por prescripción médica, si no funcionaba tal vez se la podía reclamar al doctor.

Una vez en casa, saqué unas cervezas, me tumbé en el sillón dispuesto a ver la televisión, quité su envoltorio a la almohada, y me recosté sobre ella. En poco tiempo quedé dormido. Al despertar, me encontraba eufórico, pensé que esto se debía a que había tomado demasiadas cervezas, pero éstas permanecían intactas. Me sentía lúcido, dispuesto a todo. Aproveché este estado para llegar temprano al trabajo. En poco tiempo despaché mucho del trabajo atrasado, pero, a las pocas horas, de nuevo me encontraba decaído, se me habían agotado las ideas geniales. De pronto recordé por qué momentos antes me encontraba dispuesto a todo, con mis plenas facultades mentales, se debía sin duda a ese pequeño sueño reparador. Así que cerré la puerta del despacho y traté en balde de conciliar el sueño. Me pregunté: ¿Sería acaso a la almohada a lo que le debía mi anterior estado de inspiración? No quedaba otra manera de comprobarlo, aproveché la hora del almuerzo para regresar a casa y coger la almohada. De regreso al despacho, pude comprobar el efecto que tenía la almohada sobre mi estado de ánimo, sobre mi lucidez mental. Desde entones, la he llevado conmigo a todas partes, ha estado presente en cada decisión importante de mi vida, en los negocios, en la compra de la casa, cuando le pedí matrimonio a G, incluso cuando decidimos tener nuestros hijos.

Han pasado muchos años y creo que ya es hora de que esta almohada, pase a ser el legado de uno de mis hijos. Pero… ¿A quién de ellos dejársela? Lo  mejor será consultarlo con la almohada.

César Socorro

20 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Gotas de vino agrio

Gota de vino

La primera vez, la afilada hoja de metal me acarició la cara. La segunda, y alguna de las sucesivas, me hicieron sangrar. De mi rostro ahora resbalan gotas de sangre que tiñen el inmaculado lavabo, confiriéndole un aspecto grotesco. Las heridas no  me producen dolor.  ¿Será que me estoy haciendo inmune a ellas?  Cada afeitado es el mismo ritual de cortes, y más cortes. Siempre me ha ocurrido así, a mi padre le sucedió igual y tal vez a su papá también.  Lo cierto es que cada vez que veo brotar sangre, me acuerdo de él.

En este momento me viene a la memoria aquella ocasión en la que me envió a vender sus cerdos a las afueras de la ciudad, pues yo le había convencido de que si los vendíamos allí, él vería más dinero; una de las pocas cosas por las que le estoy agradecido, es que este fue el comienzo de una exitosa carrera de negocios. Fue el primer acuerdo que cerré con éxito, y para celebrarlo acudí a un bar donde derroché casi todo el dinero. Desde ese momento, su trato fue diferente. Frecuentemente aludía  a  que era mejor hacer negocios aquí,  aunque con menos ganancias económicas, que uno cerrado con éxito por mí allá, donde  él no vería nada. Pero de esto hace ya mucho tiempo. Él  murió hace apenas un año; aunque para mí parecen haber pasado más de diez.

No quiero terminar como él, renuncio a ello. Pero cada gota de sangre que recorre mi semblante, me evoca su imagen. Cada día al mirarme en el espejo, contemplo aterrado cómo me asemejo más a él. Cuando deambulo por las calles de  nuestro antiguo barrio, todo  aquel que le conoció, ve en mí a su espectro. Esta es una lacra que deseo quitarme; del mismo modo que me deshice de él.

¿Serán los cortes un vaticinio de cómo va a terminar mi existencia? O ¿Serán un castigo por cómo actué con mi padre? Arrincono la idea de acabar como él, un cuerpo mutilado hediendo a vino agrio, recostado sobre una fría y silenciosa mesa en un depósito de cadáveres; una estampa que aún persiste en mi cabeza. Los férreos golpes que mi padre descargó sobre mí, ahogando sus borracheras, por fin obtuvieron su castigo cuando el camión de la basura no logró esquivarlo.

 César Socorro

8 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La solana indiscreta

Los gallos han perdido la batalla. Ya no son los primeros en dar el canto en la mañana, de despertarnos de un aletargado sueño. No lo son, al menos en este edificio donde resido. Repleto de ventanas que no tienen vistas al mar y que no disponen de paisajes. Son ventanas abiertas a la información, al cotilleo, al chisme, esclavas de gallinas parlantes que recopilan información más hábilmente que cualquier pobre 007. Se trata de mis vecinas, Marta y María, cada cual más experta en el uso de la palabra, en el arte de la deducción y la exageración. No son mentirosas compulsivas, se trata de otra especie única, una que desde luego no se encuentra en los libros de la facultad de ciencias. Son cotorras, parlanchinas, expertas en la exageración de las verdades, con el único propósito de servir a la sociedad, a modo de prensa del corazón, o que sé yo. Por lo visto ya empezaron con su canto matutino. Iré a asomarme, a ver de qué hablan hoy.

—La Manoli es una sinvergüenza, te lo digo yo, que la tengo bien vigiláa —alega María agitando un trapo, que otros tiempos fue la cortina de algún baño.

—No digas eso. La muy pobrecita, bastante hace con atender a ese vago del Paco y a la desvergonzáa de su hija, que está pervirtiendo a medio barrio, y algún que otro marío.

—¿No lo dirás por mi Toni? ¿Verdad? Mi hombre es un santo. Todo el día currando. Y siempre llega tan cansao el pobre, que hace varias semanas, que no tenemos vida conyugal.

—Que fisna me salió la niña, “vida conyugal”. Dislo claro. Vamos,  que no te pegas un buen polvo –dice a carcajadas, mientras busca con sus ojos desorbitados, la aprobación de alguna vecina—. ¿Y tú te crees… que es por el cansancio?  ¡Que los hombres, son hombres!, y si uno no quiere tema, será por algo. ¡Que ya empiezan a asomarte las astas de vaca cornúa!

—Bonita fue a hablar.

¿A qué te refieres, jodía?

—A náa, a náa.

—Dime. No te vayas a poner  ahora el bozal.

—Verás. Resulta que el otro día vieron a tu hombre entrá en la casa de la Flaca, y estuvo allí como unas dos horas.

—Tú sabes que él es un manitas.

—Sí, sí. Lo sé yo… y medio barrio.

—No seas tan mal pensáa. Le habrá arreglao alguna tubería.

—Pues falta le hace, porque esa no prueba el agua, ni embotelláa, la muy cochina.

—Más que guarra, es una tramposa. Y una ladrona.

—¿Pero qué me dices? —Dijo tapando su enorme expresión de asombro con su mano derecha.

—Lo que oyes. Por lo visto, se ha quedao con un buen pellizco de la comunidad. Como si no, se compra esos trajes, tan escotaos que lleva. A mi no me da, ni pa un pantalón vaquero.

—Pues ahora que me lo dices… Tiene que ser verdad. 

—¿Pues sabes qué te digo? Que me voy pa dentro. Porque si sigo aquí, hoy no comemos  más que papas fritas.

Pero mira que dejarme así, a medio tema. Me he quedado con la incógnita. Bueno, estaré atenta, por si vuelven a salir. Y mientras, yo a lo mío, que ya es hora.

César Socorro

4 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 6 comentarios

Puntualidad

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Marcos se mantenía lo más alejado posible de los hospitales. Su aversión por ellos, se debía sin dudas a ese olor a alcohol que los invade, y que él siempre relacionaba, acertadamente, con la muerte. Solía decir: “solo se debe acudir a ellos si se está muerto, o si falta poco para estarlo”. Pero ayer, cuando le comunicaron que debía ir al hospital a identificar a un cadáver, no tuvo otra alternativa.  Aunque no le facilitaron el nombre, se trataba de alguien a quien Marcos conocía muy bien.

Una vez  allí, acudió a la sala destinada a las autopsias. Hablo con el forense, que no le aportó información sobre la identidad del muerto, salvo el hecho, de que el cadáver aún no se encontraba allí, y que tardaría una media hora en llegar.

Marcos se sentó en una de las incomodas sillas de la sala. Y a los pocos minutos, empezó a sentirse indispuesto. A pesar del intenso frío del sistema de aire acondicionado, Marcos se secaba con frecuencia el sudor de su frente, con un pañuelo que ya no podía contener ni una sola gota más. Solo deseaba que llegase el muerto, terminar con los trámites, y regresar a su casa, donde disfrutaría de un sueño reparador. Pero cuando faltaban unos minutos para la supuesta llegada del cadáver, su situación empeoró.  La visión se le nubló, y no podía articular palabra. Necesitaba ayuda. Que un médico le observase. Trató de andar tambaleándose, pero no había logrado dar más de tres pasos, cuando se desplomó.

Alertado por el fuerte ruido que produjo al caer, el forense entró en la sala. Vio como Marcos yacía cadáver  en el suelo. El forense comprobó la hora, y quedo atónito por la puntualidad con la que había llegado el muerto.

 César Socorro

27 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

El quinto mandamiento

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Con motivo de su llamada, regreso por última vez a su estudio, el lugar donde todo comenzó. Recostado en el que fue su sillón, espero lo inevitable. Qué ironías tiene el destino: el final que yo prepare para él, es ahora el mío.

El día que le conocí, tuve la certeza de que también yo estaba llamado, diría más bien predeterminado, a ser un gran artista. Vicente era el pintor revelación del momento y se encontraba en la cúspide de su éxito. Por aquel entonces, mi madre era su mecenas, aunque las malas lenguas en cambio decían que eran amantes. Lo cierto es que de un modo u otro termine siendo su alumno. El tenía puestas grandes expectativas en mí. No en vano, mi progenitora era una reconocida crítica de arte y tal vez, solo tal vez, por este hecho pensó que yo había heredado alguna de sus aptitudes para la pintura. Pero Vicente fue perdiendo el interés de forma gradual y sencillamente se limitaba a delegarme trabajos de ínfima importancia, encargos que él detestaba realizar, alegando que “rebajan a cualquiera que se digne llamarse artista”. Esto me enfureció enormemente. Se burlaba ante mi propia cara y, en cambio, yo permanecía allí de pie, con mi enorme sonrisa tratando de disimular, lo que en el fondo deseaba hacerle. Me sentí tremendamente defraudado, él, que era todo un ídolo para mí,  se transformó de repente en un ser aborrecible.

Planeé todo con sumo cuidado. Aunque, debo confesarlo, en el fondo fue el mismo Vicente, quien, sin percatarse de ello, me dio la idea. Cuando acudí por primera vez a su estudio y después de una larga charla, mencionó, creo recordar, cinco o tal vez seis normas que todo pintor debía respetar. Normas que bajo ningún concepto debían pasarse por alto, por las trágicas repercusiones que esto traería.

Nunca utilices un pincel que pertenezca a otro pintor. Pero sobre todo nunca uses el de un muerto. A todo gran artista, se le debe enterrar con su pincel.

No pude menos que soltar una carcajada y decirle:

-Bobadas, Vicente. Eso son misticismos y leyendas sin sentido.

Pero Vicente pasó a relatarme un hecho confirmado, y según él, registrado en no recuerdo qué libro, sobre lo ocurrido a un aprendiz que pasó por alto esta advertencia. Aquel acontecimiento causó muchas desgracias,  pues todo cuanto pintó terminaba por desaparecer. Edificio que pintaba, edificio que desaparecía. Lo mismo le pasó a todo ser vivo que retrató: nunca más se supo de ellos. Por último, él mismo fue victima de su arrogancia, pues antes de conocer las consecuencias se había autorretratado. Conociendo esto, y con la ayuda de un hábil marchante, obtuve el pincel de un famoso artista recientemente fallecido, de similares características al usado por Vicente. Una vez intercambiados los pinceles, todo lo demás sucedió con tremenda rapidez.

Mi intención era que Vicente sufriera y que pagara por el daño que me causó; pero, tristemente, siempre existen victimas colaterales. Aunque las primeras desapariciones pasaron inadvertidas, el resultado final fue devastador. Los siguientes en esfumarse fueron algunos de sus clientes más importantes, más tarde los pocos amigos que tenía y por último la pérdida más dolorosa para ambos, mi propia madre. Esto último nunca debió suceder. Pero al fin lo vi sufrir. Vicente cayó en una angustia tal que terminó recluyéndose en su estudio, y abandonó por completo lo que más amaba: la pintura.

Sólo me restaba contarle que yo era el causante de todas sus desgracias. Se encontraba recostado en su sillón, abstraído y taciturno, sosteniendo una copa en su mano. Le confesé cómo lo había fraguado todo. Él levantó vagamente la mirada, para, acto seguido, apartarla con un gesto de desprecio.

 Nada supe de él hasta hoy, cuando recibí su llamada telefónica y dijo que era urgente que me personase en su estudio, que no le quedaba nadie más a quien acudir. Una vez allí, observo cómo la oscuridad cubre el estudio, y solo un leve resplandor se abre paso a través de las abultadas cortinas. Vicente amaba la luz del sol. El efecto que ésta produce en los cuadros era algo que le fascinaba; por ello había desistido en instalar luz eléctrica en el estudio. Al apartar las cortinas, el resplandor del sol me ciega por unos instantes, tras lo cual lo veo junto a su sofá, desparramado por el suelo, frío e inerte. A su diestra, un cuadro que permanecía cubierto, con una nota dirigida a mí, que dice: “Te dejo esta última obra, que tan solo tú podrás apreciar.” Dejo caer la tela que lo cubre, y cuando por fin lo contemplo, siento como si se detuviese todo a mi alrededor. El silencio queda ahogado por el sonido acelerado de mis latidos y el temblor que producen mis manos. Me desplomo en el que fue su sillón y admiro aterrado la inmensidad de su obra. Es mi imagen, es mi retrato, el que plasmó en el cuadro. Y entonces lo comprendo todo. Cuánta razón tenía Vicente: solamente yo sabría apreciarlo, apreciar su venganza. Ahora sólo me resta esperar lo inevitable.

César Socorro.

31 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El quinto mandamiento

 

En la región del norte era conocido por su extraordinario talento un viejo pintor, al que un día acudió como aprendiz un joven que, aunque con sueños de grandeza, carecía de talento para la pintura. El afamado pintor debió ver en el joven aprendiz al hijo que nunca tuvo. Por ello hizo todo lo que estuvo a su alcance para instruirle en todos los entresijos de este oficio. Sus esfuerzos sin embargo parecían inútiles; era como tratar de golpear al viento, pero, aun así, todos los días le reiteraba los mandamientos del gremio de los pintores, haciendo especial hincapié en el quinto y más importante.

-“Nunca usarás el pincel de un pintor fallecido” –le decía-. Debes  comprenderlo: es de trascendental importancia que el artista sea enterrado con su pincel.

El joven aprendiz asentía con la cabeza, aunque no tomaba en serio estos preceptos de los pintores.

“¡Bobadas! ¡Tontas tradiciones de viejos!, pensaba para sí. Por algún motivo, no quiere que lo coja; seguro que con ese pincel podría llegar a ser un gran pintor”.

El anciano un día enfermó gravemente y dejó a cargo de su estudio al joven aprendiz, no sin antes advertirle:

-Recuerda: no realices ningún trabajo con mi pincel. He dejado tus herramientas en la mesa del estudio. Mientras yo me repongo, tú estarás a cargo de todo.

Durante los días siguientes, el joven aprendiz trató de realizar algunos de los encargos, pero con terribles resultados: nada de lo aprendido parecía haber dado fruto; su talento era del todo escaso. Frustrado se acercó a los utensilios de su maestro y, haciendo caso omiso de sus advertencias, tomó el pincel y se puso manos a la obra. El aprendiz no salía de su asombro, se decía:

-¡Por este motivo no quería que usase su pincel! Con él puedo pintar los cuadros más bellos que nadie haya contemplado jamás.

En el transcurso de las semanas que siguieron, la salud del anciano se deterioraba, al tiempo que el joven aprendiz iba ganado fama debido a sus impresionantes trabajos. Nunca antes habían tenido tantos encargos.

-Amasaré una fortuna –se decía.

Cierto día fue llamado con urgencia por el anciano pintor, que se encontraba ya en sus últimos momentos. El maestro hizo que se reclinara ante él y le dijo:

-A partir de ahora, todo lo que poseo será tuyo, pero recuerda siempre  lo que te he enseñado. Sobre todo, júrame que cuando fallezca me enterrarás junto a la tumba de mis ancestros y que pondrás mi pincel en el ataúd.

-Haré tal como me pedís –le mintió.

Antes de expirar, pudo pronunciar por última vez la advertencia:

-“Nunca usarás el pincel de un pintor fallecido…”

El aprendiz  hizo caso omiso de las advertencias y del último deseo de su maestro, apoderándose del pincel. Las semanas siguientes trabajo de sol a sol, tratando de aprovechar el abundante trabajo. Cierto día, uno de sus clientes más importantes le trajo un obsequio. Se trataba de un gran espejo proveniente de París, adornado con un marco tallado en madera noble e incrustaciones de piedras preciosas.

-Un espejo digno de la realeza- pensó para .

Con esmero dibujo en un lienzo el singular espejo, tras lo cual pintó su imagen reflejada en él. Tituló a su obra El hombre del espejo. Se sintió realmente  orgulloso de ella.

Al principio todo comenzó como un rumor, luego adquirió el tono de una catástrofe.  Cuando desaparecieron algunas vacas y algunos rebaños, lo achacaron a alguna banda de ladrones. Cuando desaparecieron algunos habitantes, esto causó una gran preocupación entre la gente. Pero cuando desaparecieron algunas edificaciones, incluido el viejo castillo, se desató la histeria colectiva.

Cuando el joven aprendiz, ahora un afamado artista escuchó la noticia, no le prestó mucha atención. Pensó que no eran más que chismes de viejas que no tenían otra cosa que hacer. Pero al regresar a su trabajo, por alguna extraña razón recordó las palabras de su viejo maestro (“Nunca usarás el pincel de un pintor fallecido”), a la vez, que un gélido escalofrío recorría su cuerpo. Al contemplar los cuadros que allí se hallaban, pudo observar que todos esos lugares y personas habían sido pintados por él.

El horror lo convirtió en su presa al comprobar que todas esas desapariciones habían acontecido en el transcurso de un mes después de pintarlas, y que esa misma noche, su obra magna El hombre del espejo, cumplía un mes de concluida. ¿Qué podía hacer? Le había fallado a su maestro y  pagaría por ello. Reclinado en una silla, se dedicó a observar el cuadro, al mismo tiempo que a las manecillas del reloj, no le restaba más que esperar lo inevitable. Dieron las doce, la una, las dos. Pero él permanecía allí, inmóvil. Por alguna razón inexplicable, seguía existiendo, no había desaparecido. Aun así permaneció durante toda la noche sentado, temiendo que si se levantaba, terminaría esfumándose.  Al amanecer, cobró valor y se acercó, no sin temor, a la entrada. Al pasar junto al espejo algo le hizo estremecerse: retrocedió unos pasos y fijó la mirada en el espejo. Pudo contemplar aterrado cuál era el precio por su atrevimiento: su reflejo había desaparecido para siempre.

 

César Socorro

11 de marzo de 2009

 

 

13 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario