Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Ley

Ley Orgánica 6/1963, de 21 de julio, de los Conflictos en los Autobuses (CA).

 

Artículo 1. Objetivos de la ley.

 

La presente Ley Orgánica tiene por objeto garantizar y proteger, en lo que respecta al tratamiento de los tratos personales, las libertades públicas y los derechos fundamentales de las personas físicas en las líneas de autobuses S todos los mediodías.

 

Articulo 2. Ámbito de aplicación. 

 

La presente Ley Orgánica será de  aplicación en los siguientes casos>

 

a. Cuando un hombre cuellilargo llevando un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de cinta se encuentre de pie en el autobús frente a otro señor.

 

b. En el supuesto de que estos dos individuos inicien una discusión que pueda desembocar en una agresión física o psicológica.

 

c. Cuando el individuo de alargado cuello interpele a su prójimo pisando su pie cada vez que suben o bajan pasajeros del autobús.

 

d. En el momento que el impertinente individuo se apodere inmediatamente de un asiento que quede libre.

 

La presente Ley Orgánica no será de aplicación en los siguientes casos>

 

a. Cuando un tercer individuo que ha presenciado el conflicto vea al agresor dos horas más tarde en la estación de Saint/Lazare.

 

b. Si este individuo se encuentra conversando con un amigo suyo en la susodicha estación.

 

c. Si el amigo con el que se encuentra el individuo cuellilargo le está aconsejando que se añada  un botón al escote del abrigo.

 

 

Artículo 3. Disposiciones finales.

 

Disposición final primera. Título competencial.

Este real decreto se dicta al amparo de lo dispuesto en el artículo 149.1.2. ª De la Constitución Española que atribuye al Estado las competencias en materia de trato entre personas en las líneas de autobuses S.

 

Disposición final segunda. Habilitación para el desarrollo reglamentario.

Se autoriza a los Ministros de Asuntos Sociales entre Seres Humanos para el Desarrollo de la Amistad para dictar las normas necesarias para el desarrollo y ejecución de este real decreto.

 

Disposición final tercera. Entrada en vigor.

El presente real decreto entrará en vigor el día siguiente al de su publicación en el «Boletín Oficial del Estado».

 

Dado en Paris, el 18 de diciembre de 1963.

Charles de Gaulle

Cristina Velázquez López

23 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Microrrelatos

Timbre fantasmagórico (hecho real)

Toco el timbre. La voz de una anciana me indica que es en el piso de al lado. Tras haberle contado lo ocurrido a la persona a quien venía a visitar, esta me dice que su vecina murió hace años.

 

Noria

Danzaban en círculo hacia la muerte.

 

Tablón de anuncios

Se busca estrella fugaz.

 

Ladrón de ideas

Tengo una mente promiscua. Me roba las ideas y las pervierte.

 

Siempre tristes

Las llantas son las partes más tristes del coche.

Cristina Velázquez López

23 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Tiempo y vida

María sabía que la vida cambiaba algunas veces a la velocidad de la luz, pero ahora, parada frente al ascensor esperando a que llegara, todo le parecía demasiado. Demasiado irreal, demasiado complicado. El ascensor llegó y ella se metió dentro con su cachorro Akita. Pulsó el botón que tenía el cinco algo gastado. Y mientras el aparato la elevaba, se dio cuenta de cómo su vida había cambiado. Primer piso. Su padre ya no la abrazaba tanto, su madre cada vez le hacía menos caso. Segundo piso. Ya las típicas frases de “lo entenderás cuando seas mayor” habían pasado de largo… Porque ya se había hecho mayor. Tercer piso. Y para su abuela… Bueno, sencillamente parecía haber dejado de ser la niña de sus ojos. Cuarto piso. Toda la amalgama de relaciones amorosas, el entresijo de problemas con sus amigos, que ahora pasaban borrosos por su mente, le habían producido muchos dolores de cabeza. Quinto piso. Y ahora vivía sola, en el piso quinto de una comunidad en la que no conocía a ningún vecino. En el quinto piso, donde su único consuelo y diversión era el cachorro que estaba a su lado, esperando a que se abrieran las puertas. Cuando éstas lo hicieron, no dio crédito a lo que veía tras ellas, al lado de su puerta, esperándola. Era su madre, y tenía en sus manos un queque, probablemente hecho por ella. Entonces se sonrieron y María, por primera vez desde que vivía allí, sintió que lo que le pasaba es que se estaba haciendo mayor y que, tal vez, aquello no fuera tan malo. Y mientras se acercaba a su madre para darle un abrazo, se dio cuenta de que el tiempo es un regalo y no un obstáculo.

Cristina Velázquez López

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Inquilino

¿Qué ocurrió?

El 10 de diciembre de 1980 Pilar y Antonio, recibieron una maravillosa noticia: acomodado empresario Mateo Lavini les había dejado una casa en herencia. Al día siguiente de haberles dado la noticia, acudieron, extrañados y con lo puesto, a la casa.

¿Había alguien en la casa?

En efecto, había un extraño hombre de mirada inquietante, encorvado y desdentado. Les abrió la puerta chirriante y les invitó a pasar, mientras les indicaba que él era el sirviente. La casa era enorme y ellos le preguntaron por qué se la habían dado precisamente a ellos.

¿Qué respondió el sirviente?

Les dijo que en aquella elección habían jugado la piedad y el azar.

¿Qué pasó en los días venideros?

Aquel singular sirviente no les dejaba solos en ningún momento y los nuevos propietarios ya empezaban a extrañarse. Una noche la pareja se levantó sobresaltada de la cama al ver a los pies de ésta al sirviente, observándolos. En ese momento, decidieron expulsarle de la casa.

¿Se marchó?

En absoluto. Y ante esta amenaza, él los incordió más. Ellos le exigían que se marchase pero él se negaba en rotundo. Y se defendía diciendo que era un pobre sirviente y que no tendría dónde caerse muerto si lo echaban. Un día, la pareja amenazó con llamar a la policía si no se iba. Entonces el viejo esbozó una sonrisa macabra y les confesó algo con lo que ellos nunca hubiesen podido luchar.

¿Qué dijo?

Que nunca se marcharía de allí por la sencilla razón de que él era el dueño de la casa.

Cristina Velázquez López

23 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

La traición de Meceo

Pablo entró en su habitación y se quitó la camisa. Estaba sudado. Llevaba todo el día trabajando y sólo quería relajarse. Su mujer, al parecer, no había llegado y aprovechó para darse una ducha. Se metió debajo del chorro de agua caliente y dejó que recorriese todo su cuerpo. Eficaz, relajante. Sin embargo, su mente se empeñaba en pensar en su mujer y en la relación que habían estado teniendo estos últimos meses. Ya no tenían sexo con tanta frecuencia y las salidas por la noche a tomar unas copas se habían convertido en noches en casa viendo una película aburrida. Imaginó la de posibilidades que habría de que ella le estuviese poniendo los cuernos y, sorprendentemente, no la consideró tan loca. En realidad, era bastante probable. Jessi era guapa y a pesar de sus 34 años, aún era capaz de atraer la atención de cualquier hombre. Mientras los pensamientos corrían por su cabeza, rápidos, recordando momentos que pudiesen dar pruebas que confirmasen su hipótesis, oyó la puerta cerrarse.

-Ya estoy aquí -anunció una voz desde el salón-. ¿Dónde estás?

-En la ducha -respondió él. Cogió una toalla.
Cuando cerró el grifo oyó el ruido de sus tacones avanzando hacia la habitación. Ese sonido habría causado una impresión distinta unos días atrás pero ahora sólo pensaba en sacar el tema de su relación como fuera posible. Salió del baño y se reunió con ella en la habitación.

-Hola -le dijo ella, sin volverse-. ¿Qué tal?

-Bien, acabo de llegar -él empezó a ponerse los pantalones-. ¿Dónde has estado?

Ella evitó la pregunta besándolo. Él la apartó.

 -Jessica, ¿dónde has estado? -repitió. Ella hizo una mueca y se separó de él.

-¿Esto es nuevo? ¿Preguntarme a cada rato dónde he estado? -Jessi parecía haber estado conteniendo todo lo que estaba a punto de contarle-. Pues me parece genial, que me preguntes, que me acoses. ¡Gracias, Pablo! Eres muy amable, pero ya me sé cuidar yo solita. Y para tu información, he estado trabajando muy duro en mi oficina. Apenas salgo y apenas tengo tiempo para comer. Ya sé que últimamente no te he dedicado el tiempo suficiente pero he estado muy estresada, ¿vale? De este proyecto depende mi trabajo y lo último que quiero son más problemas al llegar a casa. Además, me preguntas dónde he estado cuando deberías preocuparte más por tu afición a la bebida y al juego. Esas mierdas de máquinas van a acabar contigo.

Pablo intentó hablar. Se sentía fatal.

-Oye, Pablo… Ahora necesito estar sola. Lo… lo siento, ¿podrías ir a dar una vuelta? De veras que necesito pensar… lo siento –le pidió ella.
Pablo la miró unos momentos antes de irse, y después cogió su chaqueta para salir al rellano. Lo entendía, necesitaba estar sola. Iría a dar una vuelta y luego volvería. Seguro que la encontraba mejor. Cogió el coche y fue hacia la avenida principal. Allí recorrió los bares hasta decidirse a entrar en el casino. El portero de hoy no era el habitual y lo miró extrañado.

-Ya lo sé, no me conoce -dijo el portero al ver su expresión-. Soy nuevo aquí. Nunca me ha gustado estar en los casinos, pero hoy en día uno no puede ser exigente con el trabajo, ¿eh? -el hombre adoptó una expresión un tanto oscura-. Así que, por favor, espero que tenga cuidado y no se eche a perder en este lugar. Las cosas se pueden poner feas de un momento a otro.

Pablo asintió, un tanto ausente y extrañado. Entró en la sala de juegos y se dirigió a las máquinas. Se sentó, como cada día, en el sillín, introdujo la moneda y apretó el botón.

Hacia las dos de la madrugada llevaba cinco cervezas y quinientos euros de gastos en juego. A las cuatro y media se había tomado cuatro cervezas más, llevaba ochocientos noventa euros de gastos y una chica se había interesado por él.

A las cinco salió del Casino con la chica cogida por la cintura, con diez cervezas de más y mil euros menos. Al salir se topó con aquel extraño portero, que lo miró como si hubiese confirmado alguna conjetura suya y le saludó con la mano.

-Oye, ¿cómo te llamabas? -le preguntó Pablo, tambaleándose.

-Laura -dijo ella, borracha, provocativa. Aunque no lo necesitaba, estaba medio desnuda cuando se montaron en el coche de él.

-Encantado, Laura -la besó y luego condujo hacia su casa.

Abrió la puerta con ella enroscada en su cintura. Cerró la puerta y la llevó al sillón. Pablo recorrió con su lengua el escote de ella. De pronto se encendió la luz. Él levantó la cabeza de entre los pechos de Laura y miró a su alrededor intentando descubrir qué había pasado. Se encontró a Jessi en el marco de la puerta, en pijama y con los ojos como platos. Describirla como furiosa era poco. Pablo se levantó como pudo, dejando a la chica en aquella posición y sin saber nada de lo que estaba pasando.

-No me lo digas, es una amiga -dijo Jessi. Su voz era serena-. Pablo, ¿qué te crees que soy? No, mejor aún, ¿qué te crees que haces?

-Yo bebí un poco más de… -intentó explicarse él como pudo.

-Me encanta que haya sido así. Has bebido y has ligado. ¿Dónde? No, no me lo digas. En el casino -su cara [¿La de quién?] lo confirmó-. Bien, y ahora dime, ¿te has gastado los ahorros que teníamos?

-¿Cuánto… cuánto teníamos? -balbuceó él. No se había acordado de que casi ni tenían dinero.

-Mil doscientos euros aquí. En el banco no lo sé. ¿Cuánto te has gastado? -exigió saber ella.

-Digamos que quedan doscientos… -respondió, avergonzado.

-¡Sal de mi casa ya! ¡No quiero verte más! -gritó ella. Él intentó calmarla y esto la enfureció más-. ¡Habla o tócame y llamo a la policía para que te saque de mi casa! ¡Y llévatela a ella también, que a lo mejor te apetece terminar lo que empezasteis!

Él cerró la boca y miró a la chica en el sofá. Ella lo entendió se levantó y avanzó hacia la puerta. Antes de irse, él la miró una vez más.

-Los mil euros los quiero de vuelta. Te llamaré para que recojas tus cosas. Y ahora, vete. Y no vuelvas -concluyó ella. Él cerró la puerta en silencio, para después oír los sollozos detrás de ésta.

-¿Quién era esa tía? ¿Y por qué te ha echado de tu propia casa? -preguntó la chica.

-Era mi mujer -la chica no lo dejó casi terminar para darle una bofetada. Y después lo dejó allí en el rellano.

Pablo sintió cómo un sentimiento de culpabilidad le inundaba. Culpa, miedo, soledad, vergüenza, y dolor en la mejilla. Pero sobre todo, un sentimiento de pérdida. Estaba sin un duro, no tenía dónde dormir y había perdido a la única mujer que había sido capaz de aguantarlo. Y entonces se acordó de las palabras del misterioso portero: “Las cosas se pueden poner feas de un momento a otro”. Se dirigió al coche y volvió al casino. El hombre aún estaba ahí y se dirigió a él furioso. Lo cogió del cuello.

-¿De qué me conoce usted? ¿Qué ha hecho para que me pasase esto? -gritaba Pablo.

-Lo siento, señor. Todo esto lo ha hecho usted solo -resolvió el portero.

-“Las cosas se pueden poner feas de un momento a otro” -repitió Pablo, con una mueca de impotencia. Su respiración era acelerada-. ¿Le suena?

-Escuche, usted se ha buscado su propia ruina. No culpe a la bebida, ni al juego, ni a mí. Usted ha querido que todo esto sucediera y espero que haya aprendido hasta dónde puede llegar el ansia de tener. Ahora ha perdido el amor, el dinero y el hogar. Usted es el único responsable de haber perdido a su amada Jessi -había dicho el nombre de su mujer. ¿Cómo era aquello posible? Pablo lo soltó, incrédulo. Sabía que tenía razón y eso lo devastaba. La culpa se estaba cebando con él, especialmente ahora que nada tenía sentido. ¿Cómo demonios había llegado hasta aquel punto? ¡Había engañado a su mujer en su propia casa!

Cuando el portero terminó de hablar, volvió por donde había venido. Se montó en el coche y pasó la noche dentro de él. Y mientras intentaba quedarse dormido, se preguntó cómo era posible que el portero supiese todo aquello y más aún, ¡el nombre de su mujer! Se preguntó quién podría ser aquel extraño hombre y cómo sabía esas cosas personales si nunca se habían visto.  También pensó en su Jessi y se atrevió a preguntarse que si algún día volverían a estar juntos. Intentaba quedarse dormido, pero la incertidumbre ya le había robado todo ápice de sueño.

Cristina Velázquez López

 

23 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Silencios piadosos

Ese día por la mañana Marie se levantó antes de que sonara el despertador. Al incorporarse, se frotó los ojos y observó con recelo que la luz inundaba la habitación. Ese día tenía una reunión importante y el lugar donde tendría lugar se encontraba a más de una hora de camino en coche. Decidió que la mejor opción sería tomar un taxi, ya que por ahí las guaguas pasaban una vez al día. Su padre siempre se había quejado de que vivía apartada del mundo, pero a ella y a su novio les gustaba. Se levantó, se dio una ducha, se vistió y fue hacia la cocina. David le había dejado una nota junto a una taza de té ya tibio: “Cariño, llámame cuando hayas salido de la reunión, probablemente haya salido del trabajo y pueda irte a recoger. Un beso. Te amo.” Después de sonreír por el agradable detalle matutino, descolgó el teléfono y llamó a un taxi. Los de la centralita le informaron de que un taxi iba en camino y que tardaría aproximadamente diez minutos en llegar. Después se puso los zapatos, se perfumó, cogió su bolso y salió a esperar a la puerta. Mientras esperaba, se percataba de las pocas casas que conformaban el arrabal. Podía hasta contarlas. Paseó su vista por las fachadas vacías. Tenía en total cinco vecinos en toda el área, una enorme explanada rodeada de árboles y a media hora del centro. Mientras su mente paseaba por las ventanas de sus desconocidos vecinos, el taxi llegó. Marina se metió en el coche y el hombre le preguntó la dirección después de darle los buenos días.

-A Markham, calle Rouge, número 2 -indicó ella mientras abría el bolso para meter el móvil.

-De acuerdo. Sus deseos son órdenes para mí -respondió resuelto el taxista.

 Ella levantó la vista y le sonrió. Y vio sus ojos. Los vio. Entonces olvidó dónde estaba y qué iba a hacer. Olvidó por qué estaba en ese taxi. Sólo sabía que no podía dejar de mirar esos ojos y esos labios curvados que le dedicaban esa sonrisa tan entrañable. Demonios. Sacudió la cabeza y él lo notó.

-¿Se encuentra bien? -preguntó él. Sus ojos parecieron oscurecerse. Los vio moverse del espejo a la carretera y viceversa.

-Sí, sí… -susurró ella. Y apartó la mirada, no sin antes percibir una sonrisa contenida en sus labios.

-Como quiera…

El taxista continuó conduciendo. Puso música. Era un CD grabado y tenía canciones de lo más variado. Conocía algunas y eso la hizo recordar el modo en que había intentado ligar su prometido con ella, cantándole las canciones que a ella tanto le gustaban. Al ritmo de las canciones llegaron a un cruce con abundante tráfico. Bocinas y gritos de insultos se hacían notar entre la multitud. El taxi y otros coches más se unieron a la cola y se quedaron parados durante un tiempo. Avanzaban despacio y, mientras, el taxista aprovechó para conversar con ella. Ambos se atraían y él intentaba llamar su atención. Estaba prometida, pero eso poco importaba cuando no estaba la tercera persona. Poco a poco, entre la multitud del tráfico, entre sonrojos, entre el leve sonido de la música y las palabras, fueron conociéndose un poco más. Un taxista joven, una joven prometida. En un atasco y hablando. Y pasó más de una hora en el atasco porque, al parecer, había habido un accidente.

-Creo que ya llego tarde a la reunión… -observó ella-. Mira, podrías dejarme allí. Así espero hasta las tres para que me vengan a recoger.

Ya habían comenzado a tutearse, se conocían algo, habían descubierto que los dos congeniaban y eso confundía a Marie y divertía al taxista.

-Mejor te llevo a un lugar más entretenido. Si quieres… -él tomó su silencio como un sí y pasó de largo ante la parada que le había dicho su marido. Recorrió unas calles más y se paró detrás de una pequeña montaña entre los árboles. Él se apeó y le abrió la puerta a ella. Marie salió y se apoyó en el coche. No necesitaron palabras porque las habían gastado todas en el atasco, sólo necesitaban saber si también congeniaban físicamente. Entonces utilizaron sus manos, sus labios, sus ojos, sus piernas y se unieron de una forma extraordinaria.

Después, todavía cansados, se montaron en el coche. Ella, esta vez, en el asiento delantero. Se sentía profundamente bien, pero luego empezó a pensar en su prometido, que probablemente la estaría esperando en casa porque no le había avisado. El taxista la llevó de vuelta a casa y conversaron más bien poco durante el camino. Cuando llegaron, él aparcó un poco más atrás del coche de su prometido. Y la miró:

-Lo siento mucho… -se disculpó él como pudo-. No quiero que te sientas culpable por mí…

Ella le puso dos dedos en sus labios y chistó.

-Calla. Gracias.

Y se bajó del coche tras darle un beso rápido. Tal vez el último, quién sabe. Después entró en casa y se encontró a David en la cocina, comiendo.

-Hola cariño -saludó él. Entonces se fijó. Eso sólo ocurría cuando acababan de hacer el amor-. Estás sonrojada, como azorada… ¿Qué ha pasado?

Ella sonrió y le dio un beso en la mejilla:

-Gracias por el té -y se fue en silencio por las escaleras.

Cristina Velázquez López

9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La traición de Meceo

Hace muchísimos años, tal vez siglos, hubo una hermosa princesa que vivía felizmente con su príncipe. Rosmunda era su nombre y el valiente caballero con el que estaba prometida era Meceo. El pueblo en el que vivían había sido un sitio idílico para ellos, hasta que hacía unos años, una terrible maldición se cernió sobre ellos. Una maldición que los tenía condenados a una eterna podredumbre: los negocios ya no eran prósperos y los días ya no eran soleados, todos andaban tristes e infelices. Nadie sabía quién había sido el culpable pero todos sospecharon del mensajero del pueblo: él llevaba las misivas, él entregaba las cartas, él se enteraba de todo. Por ello, lo desterraron, llevándose únicamente la vieja bolsa donde metía las cartas. Y allí residía hasta el momento, solo en el bosque.

Un buen día, la princesa, que era muy bella y orgullosa, aunque más orgullosa que bella, mandó al príncipe a buscar al viejo cartero. Le creía culpable por todas aquellas penurias y sospechaba de la misteriosa bolsa.

-Allí debe de tener algo escondido -le había dicho la princesa a su amado príncipe-. Tal vez la solución a nuestros problemas… ¡un contrahechizo!

-Es demasiado listo como para tener un contrahechizo a su propio hechizo -respondió el príncipe.

La princesa enfureció de tal manera que tiró toda la comida al suelo.

-¡Déjate de fanfarronear y de llevarme la contraria! ¡Soy tu princesa y vas a ir al bosque para quitarle esa bolsa al viejo! Y bajo ningún concepto quiero verlo por aquí. ¡Sólo trae de vuelta ese maldito bolso!

El príncipe, ante la furia de la princesa, le respondió que sí. Por muy asustado que estuviera, temía más el enfado de su prometida que al viejo.

A la mañana siguiente, Meceo se adentró con su guardia personal en el bosque. El príncipe galopaba intentado disimular su miedo a medida que avanzaban. Después de largo rato, se oyó un ruido tras los arbustos y todos dieron un respingo. Los caballeros cubrieron de inmediato al príncipe y apuntaron todos con las armas hacia los arbustos, que se movían cada vez más.

-¿Viejo? -preguntó uno. Nadie respondió-. ¡Viejo! ¿Eres tú?

Lo primero que asomó fue una delgada pierna, seguida del resto del cuerpo del anciano.

-Soy yo, bajad las armas.

El príncipe ordenó que así lo hicieran y el viejo salió completamente de los arbustos. Llevaba aún la bolsa.

-¿Para qué habéis venido? -preguntó el viejo. El príncipe bajó de su caballo.

-He venido porque quiero confiscarte tu bolsa… -el príncipe carraspeó-. A petición de la princesa.

El viejo, que era inteligente y había aprendido a fijarse en todos los detalles, le hizo una proposición al príncipe:

-Nunca me ha caído bien esa princesa, pero vos siempre me habéis defendido, así que te diré lo que hay en esta bolsa, y será tuyo, si me llevas al reino y me permites vivir de nuevo allí.

El príncipe, repentinamente atraído hacia la bolsa, desesperado por saber lo que contenía, accedió a la proposición del viejo cartero. Así, haciendo caso omiso de las peticiones de su princesa, partió hacia el reino con él.

A su llegada, el príncipe se reunió con a solas el viejo, que le advirtió:

-Promete que sea lo que sea que encuentres en el bolso, me dejarás vivir aquí hasta que me muera.

El príncipe asintió desesperado.

-Tienes mi palabra.

 El viejo le dio la bolsa. Pero, justo en ese momento, irrumpió en la salita la princesa, cómo no, enfurecida.

-¿Cómo te atreves a traicionar mi petición? ¡Estás loco! Te has buscado tu perdición.

Pero Meceo, absorto por su deseo de saber qué había allí, abrió el saco apresurado y miró dentro. Metió la mano y no encontró más que cenizas.

-Pero… ¿qué es esto?

La princesa se acercó, curiosa, y también metió la mano. Los dos miraron al viejo, que sonreía.

-¡A eso es a lo que verás reducido tu mundo si sigues siendo desleal a tus promesas! Esto es lo que le pasa a tu mundo cuando eres egoísta, que se convierte en cenizas. El saco no es más que eso, un saco, pero te enseña en lo que te puedes convertir o en lo que ya te has convertido. Te advierte… Te veo triste, Meceo. ¿No era eso lo que esperabas encontrar?

Pero Meceo ya no escuchaba, ya no hacía caso a nada. Siempre había sido fiel a su princesa, y por una vez que rompía su palabra y seguía a su deseo, éste le hacía la peor de las jugadas. Y así fue como  la princesa y el príncipe abandonaron su lugar en la corte y marcharon hacia el bosque, sumidos en una profunda tristeza. Desde entonces, no hay ninguna maldición y el pueblo vive en paz. Porque, bien es sabido que las ansias de poder y la traición no han traído nunca nada bueno.

Cristina Velázquez López

26 octubre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario