Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

INTERROGATORIOS

Entre locuaces circunloquios y perífrasis grandilocuentes, el sospechoso se deslizaba por las ramas del álamo temblón como pez en el agua. Yo trataba inútilmente de seguir sus razonamientos, sus argumentaciones, sus cábalas, entre las que me debatía sin remedio, atento a no perder pie y caer al vacío. ¿La verdad, Inspector? ¿Qué es la verdad? Muchos y grandes hombres se han enfrentado en vano a esa entelequia y ¿ahora me lo pregunta usted a mí que soy un mero carterista? Como un gato, saltaba de las ramas más imponentes a las de menor tamaño sin perder el hilo de su discurso. En efecto, su voz aflautada nadaba con precisión de mariposista entre meandros lingüísticos y filosóficos desconocidos a tantos metros de piso firme. ¿El muerto? La muerte dista sobremanera de ser un concepto determinado, Inspector… Conforme íbamos ascendiendo de un nivel vegetal a otro, a mi traje cruzado manchado de resina se adherían hojas de un verde glauco. Llegado un momento me zafé de la corbata que me cortaba la respiración mientras la falta de oxígeno a aquellas alturas hacía divagar al sospechoso en laberintos cada vez más intrincados. ¿El móvil? ¿Conoce usted todos los motivos que se agazapan tras sus decisiones, sean grandes o pequeñas? ¿Y, aún así, pretende conocer los míos?…  Ya no pude más. Sus continuas piruetas verbales comenzaban a nublar mi entendimiento, ya bastante perjudicado por la insoportable sensación de vértigo. Dejé de seguirle en su ascensión cuando vi desaparecer los mocasines marrones rumbo a la copa del árbol que rozaba las nubes más bajas. Me apoyé contra el tronco rugoso, saqué el revólver y apunté entre las hojas mecidas por la brisa encima de mí. Los fogonazos hicieron levantar el vuelo a la multitud de pájaros que descansaba en la cumbre del álamo, incluido al pajarraco objeto de aquel interrogatorio torturante, que, como si fuera un canario de ochenta kilos, pareció alzarse para luego caer como una piedra hasta el sólido suelo, donde su cabeza se abrió como un melón maduro. Creo que le he expuesto sin dobleces todos los acontecimientos dignos de reseñar acerca del interrogatorio donde se produjeron los hechos en cuestión. Quizás de mi relato sin subterfugios algunas lenguas maledicentes infieran una actuación heterodoxa por mi parte. Sin embargo, no me considero culpable en absoluto, soy una víctima más, una simple marioneta en el teatro absurdo de este procedimiento kafkiano. Además, como es bien sabido por todos, Sr. Juez, yo he sido siempre un simple poli acrofóbico sin demasiada paciencia con los que se andan por las ramas.

Antonio Vega

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22 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Consultas

Desde entonces, cada día me dirigía al trabajo, dando un largo paseo. Estos paseos me resultaban agradables, y qué decir de lo que opinaba mi médico, -“ten mucho cuidado, si no cuidas tu alimentación y sigues con ese ritmo de vida cualquier día te explotara esa máquina que tienes por corazón”-, sino que también me ayudaba a preparar mi mente para las muchas decisiones que tenía que tomar a lo largo del día. Antes era diferente, tomaba un café tras levantarme y apuraba hasta el último momento para salir de casa hacia el trabajo, tiempo suficiente para aparcar mi cuatro latas delante de la empresa; ésa era una de las ventajas de que la empresa se encontrara situada en una zona industrial. Pero todo eso cambió aquella mañana en que el Sr. Gerente nos reunió a todos los empleados, y nos comunicó los muchos planes para la empresa y un sinfín de palabras a las que no quería prestar atención en aquel instante. Lo que sí escuché, fue que nuestras ideas y aportaciones para mejorar algunas de las áreas iban a ser escuchadas y premiadas; esto fue lo que más me gustó, ya que mi suerte para los premios se limitaba a los que venían incluidos en los paquetes de Snack. Debo admitir que a algunas de las primeras ideas que pasaron por mi mente no se les podría llamar geniales;  menos mal que no se las comenté a nadie y quedaron en simples pensamientos. Pero debido a una de mis sugerencias, el Sr. Gerente me dio un puesto donde cada día debo tomar muchas decisiones. Al principio este nuevo puesto me entusiasmó, por fin tenía algo de lo que regodearme con mis amigos: yo, un pobre diablo tomando decisiones de envergadura. Pero a partir de ese día me resultó difícil conciliar el sueño, me había cambiado el humor y me costaba mucho tomar hasta las más pequeñas decisiones. Es por eso que lo consulté con el doctor, quien viendo mi penoso estado, me recomendó enérgicamente que lo consultara con la almohada, yo alegué que no usaba este tipo de artilugios para el descanso, pero él, sin mediar palabra, me extendió, como si de una receta se tratara, la dirección de una pequeña tienda especializada en almohadas orientales. Metí el papelucho en uno de los bolsillos de la americana, pensando que el doctor estaba perdiendo el juicio. Regrese al trabajo, pero no había forma, no podía centrar mi atención. Saqué el paquete de cigarrillos de la americana y junto a él estaba la dirección de la famosa tienda. Pensé que tal vez el doctor estaba en lo correcto, nunca me había defraudado, es cierto que sus remedios estaban un poco fuera de lo convencional, pero siempre habían dado resultado. Así que dejé todo y me dirigí a la tienda.

Su aspecto no era el de una típica tienda donde se venden colchones y almohadas; más bien se parecía o tenía el aspecto de una de esas tiendas de las películas de fantasía, lúgubre, siniestra, de la que uno espera que aparezca el viejo maestro chino, con su peculiar acento falto de r. Pero tras el mostrador salió un tipo no menos peculiar, no más alto que el palo de una escoba,  de  mirada penetrante, de aspecto grotesco: su apariencia hubiera sido similar a la de un duende, si no fuese por la falta de orejas puntiagudas. Su voz, en cambio, era atrayente. Tras comentarle mi problema, se retiró a la trastienda y volvió al poco tiempo con una almohada entre sus pequeñas manos. Me dio una detallada explicación de las propiedades de esta almohada, de los exquisitos materiales utilizados en su elaboración. Su precio me pareció exorbitante, pero qué iba hacer, era por prescripción médica, si no funcionaba tal vez se la podía reclamar al doctor.

Una vez en casa, saqué unas cervezas, me tumbé en el sillón dispuesto a ver la televisión, quité su envoltorio a la almohada, y me recosté sobre ella. En poco tiempo quedé dormido. Al despertar, me encontraba eufórico, pensé que esto se debía a que había tomado demasiadas cervezas, pero éstas permanecían intactas. Me sentía lúcido, dispuesto a todo. Aproveché este estado para llegar temprano al trabajo. En poco tiempo despaché mucho del trabajo atrasado, pero, a las pocas horas, de nuevo me encontraba decaído, se me habían agotado las ideas geniales. De pronto recordé por qué momentos antes me encontraba dispuesto a todo, con mis plenas facultades mentales, se debía sin duda a ese pequeño sueño reparador. Así que cerré la puerta del despacho y traté en balde de conciliar el sueño. Me pregunté: ¿Sería acaso a la almohada a lo que le debía mi anterior estado de inspiración? No quedaba otra manera de comprobarlo, aproveché la hora del almuerzo para regresar a casa y coger la almohada. De regreso al despacho, pude comprobar el efecto que tenía la almohada sobre mi estado de ánimo, sobre mi lucidez mental. Desde entones, la he llevado conmigo a todas partes, ha estado presente en cada decisión importante de mi vida, en los negocios, en la compra de la casa, cuando le pedí matrimonio a G, incluso cuando decidimos tener nuestros hijos.

Han pasado muchos años y creo que ya es hora de que esta almohada, pase a ser el legado de uno de mis hijos. Pero… ¿A quién de ellos dejársela? Lo  mejor será consultarlo con la almohada.

César Socorro

20 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

EL TUERTO

                                                                                        

                                                       1

Árbol que nace torcido, estadísticamente hablando, se sabe lo que viene después. En el caso de Eddy el tuerto, el viejo refrán se cumplió a rajatabla. Su madre era una prostituta  greñuda y desdentada y su padre estaba loco de remate. Por lástima, los abuelos paternos lo recogieron  el mismo día en que vino al mundo y, sin proponérselo, lo malcriaron, porque al cumplir los veinte se fue derechito al infierno, con un muerto a sus espaldas.

Rosario llegó a casa de Lucía, la meretriz, cuando ésta tenía apenas unas horas de parida, y se llevó a la desdichada criatura envuelta en unas sabanitas tan percudidas como la choza donde había nacido. Al salir al portal reparó, por casualidad, en un árbol del desvencijado jardín, que parecía una S cubierta de ramas. Curiosamente entre las hojas se asomaban unos capullos de un raro color añil apagado. “Hasta las plantas crecen enfermas en esta casa”, pensó la buena señora y apuró el paso para meterse cuanto antes dentro del Chevrolet 1953, que aguardaba en el camino polvoriento.

Eddy fue creciendo, aparentemente, como un niño normal. Pero todos en la familia veían algo siniestro en aquel rostro redondo y moreno que los observaba con un solo ojo. Sus abuelos sentían pena por él y lo complacían en todo. Si pajarito volando quería, pajarito volando le traían. No conoció regaños, castigos o golpes. Era el rey de la casa y hacía siempre lo que le venía en ganas. A los nueve años de edad durante una revisión médica de rutina, el doctor se dio cuenta de que el chico sufría escoliosis. “¿Te duele la espalda, hijo?”,  le preguntó el galeno mirándolo por encima de las gafas. Él lo miró con cara de pocos amigos y le lanzó un escupitajo. La abuela se puso pálida, pidió disculpas y ambos abandonaron la consulta.

Rosario y Manuel vivían en la mejor casa del pueblo. Ella era una mujer corpulenta, de mirada desgastada y generosa. Además de sus cinco hijos biológicos, se había hecho cargo de tres huérfanos. Tenía una chica que la ayudaba en las labores domésticas; sin embargo, no paraba, se pasaba todo el día trajinando, cuidando de aquel pequeño ejército, además de los conejos y gallinas que criaba en el patio. Cuando llegaba la noche caía rendida. Desde hacía mucho tiempo dormía en una camita individual, por lo que Manuel buscaba cualquier pretexto para salir de casa y echar una  inofensiva canita al aire. “Charito, mi vida, voy al club un rato a jugar a las cartas”, decía después de emperifollarse y ponerse mucha colonia. Pero su mujer sabía que iba a saciar su apetito sexual con alguna fulana. Antes de dormirse, mientras rezaba, le pedía a Dios que perdonara los pecados a su marido, así eran de débiles los hombres.

Los hijos propios y los adoptados crecieron y comenzaron a marcharse. Sólo se quedó Orlando, el más joven, quien padecía un tipo de desorden mental que ningún médico había podido diagnosticar con exactitud. Unos hablaban de esquizofrenia, otros de trastorno bipolar, pero nunca llegaron a un consenso. Él vivía un encierro voluntario y sólo salía de la casa una vez al mes para ir a cortarse el pelo. Apenas tres calles separaban la vivienda de sus padres de la barbería. Iba bien vestido y caminaba deprisa, con la vista fija en el suelo. Así, en una de sus visitas al barbero, al único a quien Orlando consideraba su amigo, conoció a Lucía. Ella estaba sentada justo enfrente, en el bar de Arquelio, tomándose una cerveza. Lo vio llegar y le clavó su mirada de gata apaleada.

-¿Quién es ese hombre tan guapo?, preguntó al cantinero.

-Con ése no te metas, Lucía, está mal de la cabeza. Es el hijo de Manuel, el concejal.

-Me gusta, tiene los labios gordos y se le marca un buen bulto entre las patas —la prostituta sonrió pasándose la lengua por el bigote para limpiarse la espuma de la cerveza y dejó la jarra a medias encima de la mesa—. Cóbrame, Arquelio, que voy a darme una vueltecita por la barbería.

A  Lucía no le importó la advertencia. Encendió un cigarro y esperó pacientemente en la acera a que Orlando terminara. Él se asustó cuando ella le salió al paso, quiso esquivarla y casi echa a correr. Pero la gatita esmirriada y experta en atrapar presas escurridizas y a plena luz del día  le saltó encima como felino hambriento. Le arañó los brazos, el pecho, le lamió la cara, las orejas y con el lomo erizado, fue clavándole los afilados colmillos primero en el cuello, después en el abdomen y por último, sus ojos húmedos y enrojecidos, se detuvieron a contemplar el descomunal miembro del pobre muchacho enfermo. En aquel cuarto destartalado del burdel del pueblo, por primera vez en su vida, Orlando eyaculó dentro de una mujer. Lucía no pidió dinero a cambio, sólo esperaba montar desenfrenadamente aquella bestia divina que, una vez al mes, le proporcionaba un placer desconocido hasta entonces. Así un mediodía de mayo, coincidieron la lujuria y la llegada de la ovulación, y la prostituta quedó preñada.

 

                                                     2

El día que Eddy llegó al mundo las coincidencias fatídicas se habían confabulado. Ocurrió un inesperado eclipse de sol, nació un chivo con dos cabezas, un huracán fuera de temporada amenazaba con devorar el país, tembló la tierra y una plaga de bichos desconocidos engulló los sembrados de arroz. Para colmo de males, cuando Luisa, la comadrona, palpó el vientre de Lucía, se puso las manos en la cabeza y alzó una plegaria el cielo. La criatura venía de nalgas. La parturienta gritaba con el rostro descompuesto y lanzaba insultos a los cuatro vientos. “¡Cállate, hereje y puja, puja con todas tus fuerzas!”, vociferaba Luisa mientras metía la mano en la vagina ensangrentada e intentaba poner de cabeza al chiquillo. Después de incontables horas de angustia, Eddy salió por el maltrecho agujero, sin llanto y con un ojo vacío.

-Llama a la vieja y dile que venga a recoger al renacuajo— le pidió la prostituta a la comadrona—. En unos días tengo que salir a la calle a buscarme la vida. Por culpa de esta jodida preñez no me queda ni un puto centavo.

-Pero mujer, tienes que descansar y recuperarte. Habla con el padre de  Orlando, el viejo es buena gente y seguro te da dinero.

-El vejestorio pendejo ese lo que me va a dar es una patada en el culo, Luisa— le largó Lucía con el rostro pálido y bañado en sudor—. Busca a la vieja, te digo, ahora que el hijo está en el manicomio, esta cosa le alegrará la vida.

Pero el mocoso tuerto fue siempre un dolor de muelas para la familia, incluso para los abuelos. La lástima y el exceso de mimos, lejos de convertirlo en una criatura indefensa, fue la mezcla perfecta para moldear a un ser ladino, una especie de monstruo deficiente visual con un amor enfermizo por la transgresión. Dos días antes de  que Eddy cumpliera los veinte años, a Charito se le agotaron los pulmones y dejó de respirar. El abuelo se sumió en una tristeza tan profunda, que renunció a la comida y a la luz del sol. Encerrado en su habitación, se fue consumiendo hasta que una ráfaga de viento entró sigilosa en el cuarto y le apagó  definitivamente la velita que ardía sobre el escritorio. El nieto mimado no derramó una sola lágrima ni guardó luto, sin embargo pintó las paredes de la casa de colores oscuros y clausuró casi todas las ventanas. Trajo a una brujera para que despojara cada habitación, ahuyentara a la familia y a los malos espíritus, y vendió todos los objetos de valor. Sus amigotes invadieron la residencia como una voraz plaga de termitas. La música alta, las botellas de ron y cerveza y las risotadas formaban tal aspaviento a toda hora, que hasta los ratones y las cucarachas decidieron mudarse. Los vecinos se quejaban constantemente, pero eso a Eddy le importaba un comino.

Una noche de brutal algarabía, llegó uno que le decían el indio Joe. Borracho como una cuba, quiso entrar por la fuerza en el convite, pero al menos cinco mozos fuertes y con los rostros serios le cerraron el paso.

—Lárgate, indio, Eddy no te ha invitado.

—Cállate Nacho y dile al mariquita ese que salga y me lo diga en mi cara. Me debe dinero y vengo a cobrárselo.

—Te pagué con intereses  lo que te debía, indio— Eddy salió de la penumbra con una navaja en la mano—. Ya oíste a mis amigos, así que saca tus patas sucias de mi casa.

—Sucia es la puta que te parió y te dejó tirado. Por cierto, ayer…

La frase del indio quedó colgada en el umbral de la puerta y su sonrisa de dientes cariados se transformó en una mueca agonizante. Eddy le había hundido la navaja en el estómago y el cuerpo moreno y enjuto de Joe se desplomó ante la mirada incrédula de los presentes. Entre todos envolvieron el cadáver con una manta y lo tiraron como un saco de papas en el maletero del Chevrolet 1953. El tuerto se sentía como un héroe de película americana. “Estamos todos metidos en esto hasta el cuello. ¿Queda claro?”, y sus palabras le hicieron un guiño macabro a la noche. Eufórico y completamente borracho se subió al coche y se fue con la pandilla a toda velocidad.

Al día siguiente, en el bar de Arquelio, los clientes habituales escuchaban sobrecogidos una noticia publicada en  la página de sucesos del periódico del pueblo: “En la noche de ayer murió en un trágico accidente automovilístico el joven Eddy Mendoza González. Su cuerpo sin vida fue encontrado entre los restos del coche propiedad del excelentísimo señor concejal Manuel Mendoza Pérez, recientemente fallecido. Conducía solo por un camino en dirección al poblado de Pozo de los Ciegos, cuando perdió el control del vehículo y chocó contra un árbol.” Encima del artículo la foto mostraba lo que algún día había sido un flamante Chevrolet 1953, que ahora, convertido en un amasijo de  hierro y cristales, acababa sus días de gloria empotrado en un tronco seco en forma de S frente a una choza abandonada.

 Belkys Rodríguez Blanco

12 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

La sombrita de los guajalotes

-Por la sombrita, váyase por la sombrita  padrino, que con este sol y tanto tequila el camino se vuelve culebrero. 

No faltaba más que yo no  le hiciera caso, mi hijo, pero ese día, por más que la busque, no encontré sombra, ni tan siquiera sombrita, así que me eché la cobija en la cabeza para estar  más a gustito,  pero ni  aun así pude evitar que se me recalentaran lo sesos  y  ahí mismito  me dio una angustia malosa que se me derramó por todo el cuerpo. 

Dicen los doctores que de tanto calor  pendenciero se me revolvió el entendimiento.  Harto trabajo les costó despertarme, y si le cuento  que ahí nomás alcance a ver a la pelona que entre cirios y flores me hacía carantoñas.

 -Ay, ahijado, pero no era ese mi día, sólo los guajalotes mueren la víspera.

Patricia Rojas de Leunda

12 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

EL ACEITE DE CARLITOS

Mi marido el Ruben siempre dijo que este nene era raro, Carlitos, quiero decir, pero yo no le daba importancia, de bruta no más, porque se comprende que el chico tenía un problema, normal lo que se dice normal, no me salió.

Un mediodía, cuando tenía siete meses, mientras estábamos comiendo, el Ruben me dice:

—Andá a cambiar a ese pibe que tiene una baranda que no se banca, ¿qué se comió?, ¿la pata de Gardel?, mamma mía, cómo caga.

Y la verdá que sí, se ve que se había hecho de vientre, porque del olor tuve que echar desodorante por toda la pieza. Ahí nomás largué el plato de mondongo y fui a buscar el cambiador. Ya cuando lo agarré en brazos hasta a mí me dio asco. ¡Qué olor que le salía! Le saqué la ropita, lo dejé desnudito y lo puse bocarriba. Yo, endemientras, me puse un algodón en la nariz, porque es que no se aguantaba. Cuando lo apoyé, noté algo raro en la… cómo se dice, la testura de la caquita, como que no era la que hacía siempre, no sé, era más… aceitosa, eso, parecía aceite. Hice tripa corazón y la toqué, muy poquito, con la punta de los dedos, y sí, como que me resfalaban al tocarla. Me recuerdo que ese día no le dije nada al Ruben, hice como que no pasaba nada.

Al otro día, otra vez, a la misma hora, justo cuando estábamos comiendo se hizo encima, ya parecía a propósito. Y también, ¡qué olor!, ¡insoportable! Menos mal que comía sanito, porque yo siempre le hice caso a la dotora, pero se ve que era eso, lo que tenía en la caca.

Ese día ya me preocupé, porque cuando le saqué el pañal tenía pegado un lamparón de aceite.

—¿Y esto qué es ahora? –me recuerdo que dije en voz alta, y el Ruben paró la oreja.

—¿Qué pasa Chola?

—Nada, nada, el nene, que se cagó –le dije, y lo limpié rápido para que aquel no se diera cuenta.

Lo raro era que esa caca tan pestilente no la hacía siempre. Había veces que la hacía normal, sin ese olor. 

Pero al día siguiente yo justo estaba en el baño y, el Ruben, que acababa de entrar, lo encontró al Carlitos llorando. Se acercó a la cuna para agarrarlo, pero cuando se asomó, casi se cae de espaldas. Otra vez se había cagado con ese olor.

—¡Cholaaa!, ¡Cholaaa! –gritaba como si yo fuera sorda.

—¿Queeeeé? Estoy en el baño, ¿qué querés?

¿Qué iba a querer?, que lo cambiara, eso quería. Pero yo no podía salir, se comprende que estaba ocupada, así que lo tuvo que limpiar él, y claro, ahí se dio cuenta. Porque el Ruben será bruto, pero siempre fue de inteligente, no se le pasaba una. Esa misma tarde me lo hizo llevar de la dotora.

—¿Y vos por qué no me dijistes nada de esto? ¿Qué te creés, que soy mongólico yo?, ¿que no me iba a dar cuenta? –me decía a cada rato, como cien veces. Tanto hizo, tanto hizo, que a la final me hizo llorar, de los nervios. Ahora lo entiendo, es que él tenía adoración por el Carlitos, cómo no se iba a poner así.

Al llegar al consultorio de la dotora ya estaba más tranquilo, así que entramos los dos, con el Carlitos, claro. Y bueno, nos quedamos fríos, porque en cuanto lo revisó, enseguida se dio cuenta.

—Señora, ¿pero usted no vio esto? –me preguntó toda colorada.

—No, ¿lo qué?, ¿lo del aceite? Sí, eso sí –le contesté mirando al Ruben.

—No señora, lo del aceite no. Bueno, sí, pero lo que yo le pregunto es si usted no vio de dónde le sale el aceite al nene. Mire, acérquese. ¿Ve esto?

—¡Ay, mirá Ruben! ¡Vení a ver!, perdone dotora, eh…

—Uuuuhhh, ¿y eso qué es? –dijo el Ruben, con la cara blanca como un papel, de la impresión.

—Si le digo la verdad, no lo sé –nos dijo ella, toda seria–. Tendremos que hacerle estudios. Por ahora pónganle una gasita acá, en el agujerito… ¡No se lo toque señora! Se la dejan así, como yo se la puse ahora, se la cambian cada ocho horas, y me lo traen dentro de tres días para ver cómo sigue.

Qué disgusto con ese chico, salirle eso, justo ahí. Qué mal la pasamos; el Ruben estaba como un loco, casi se enferma. Menos mal que yo fui fuerte, porque si no, esa casa se venía abajo.

Por suerte le hicimos los estudios y salió que no era nada grave. En realidad era un agujerito que lo tenía de nacimiento, al lado del culito, yo ni me había dado cuenta, y por ahí, se ve que le salía el aceite. Y claro, esas veces que hacía con tanto olor, no era la caca, ¡era esto!

La dotora lo vio unas cuatro o cinco veces más y, un día que yo había ido sola con el Caritos, me dijo que hasta si quería, el aceite lo podía usar, que era del bueno.

—¿Cómo que lo puedo usar? –le pregunté yo sorprendida- ¿Usté dice para hacer la comida? ¿Y el olor? ¡Pero si eso no se puede ni aguantar, eso debe ser un veneno!

—No, señora –me dijo, y se ve que algo le causó gracia, porque se reía. Quédese tranquila que lo del olor con estas gotitas se le va a ir yendo. Usted lo único que tiene que hacer es traerlo cada seis meses para revisarle el agujerito, nada más.

Y la verdá que tuvo razón, a los tres días el olor se le había ido. Otra cosa que notamos fue que echaba más cantidá, y más espeso, así que una mañana que había perdido como medio litro, mientras el Ruben estaba en el taller, lo junté todo en un frasquito y dije:

—Yo lo pruebo, a ver qué sale. Si la dotora dice que se puede, se ve que se puede.

Y lo usé para freír una tortilla.

Cuando mi Ruben la probó no le cabía en la boca de tan grandes que cortaba los pedazos.

—¡Pero Chola! ¿Con qué hiciste esto? ¡Te salió para chuparse los dedos! –y endemientras se metía otro pedazote.

—No sé, Ruben, yo la hice como siempre.

Y así fue pasando el tiempo: un día una tortillita, otro día unos minuelitos, que huevos fritos, que papas fritas, todo todo lo freía con el aceite que perdía el nene, porque yo no lo iba a tirar.

El Ruben nunca lo supo, y el Carlitos la verdá que se portó, nunca le dijo nada al padre.

Así estuvimos hasta que cumplió los catorce. Yo no sé qué le agarró a ese chico, pero se le dio por salir todo el tiempo a la calle, volvía tarde, estaba rebelde, se ve que era la dolecencia esa que dicen. Yo sospechaba que tenía alguna noviecita o algo. Y sí, estaba tortoleando con la hija de la de la farmacia, la Betty. Pero lo peor no era eso, sino que empezó a perder menos aceite, cada vez menos cada vez menos, hasta que un día, se le cerró el agujerito.

—Chola, ¿vos le pusiste algo a la tortilla? Está más desabrida –me dijo una noche el Ruben.

—No, nada –le conteste, toda colorada, y el desgraciado del Carlitos me miraba y se reía- es que el aceite no viene más como antes. 

Fernando Adrian Mitolo

8 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Una muerte inevitable

Tenía que suceder. Tarde o temprano, su desequilibrio acabaría con él.

Esa noche, se levantó medio dormido al baño sin coger su bastón e, irremediablemente, se fue de bruces contra el suelo.

Un descuido fatal para alguien con más cara que espalda.

Mónica Graña.

7 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , , | 2 comentarios

Unos nacen con estrella

Hoy parece que el cielo está despejado. Por suerte o por desgracia, la tasa de natalidad es la más baja de los últimos años. La gente sigue diciendo que es lo normal, que es ley de vida, pero yo no consigo acostumbrarme. Hace poco me cayó uno al lado. Hacía un buen día, así que, a pesar de las advertencias, decidí darme una vuelta por el exterior. Cogí la moto y salí con ella al campo. Iba por un camino de tierra cuando, de pronto, una liebre se cruzó por delante de mí. Giré violentamente el manillar para esquivarla y, justo en ese momento, sentí cómo algo muy veloz y muy pesado pasaba junto a mí, casi rozándome, y se estrellaba  contra el suelo con un golpe seco y una especie de crujido sordo. Perdí el control de la moto y caí al suelo con ella. Al levantarme, miré hacia atrás y vi una masa rosada e informe a unos pocos metros de mí, desparramada sobre un charco de sangre. Me acerqué a ella, sobrecogido. Era un varón. Estaba destrozado, reventado por dentro. Os puedo asegurar que no es lo mismo verlo así que verlo en las noticias. Recuerdo que lo asocié a una naranja que alguien hubiese aplastado de un pisotón. Las tripas, los huesos rotos, toda esa sangre; fue espantoso. Intento consolarme pensando que ellos, aunque sólo sea durante unos breves instantes, ven el mundo de una manera que nosotros nunca veremos. Quiero pensar que no tienen miedo, que disfrutan de ese viaje breve y alucinante. Pero la expresión que vi en la cara de ese pobre desgraciado, al menos en lo que se distinguía de ella, transmitía pánico, terror absoluto. Me quedé observándolo durante un buen rato. Emanaba de él tal  sensación de, no sé cómo decirlo… de fragilidad, de vulnerabilidad que, por un momento, sentí el impulso de acariciarlo. No lo hice, claro. Llamé a los Servicios Municipales para que lo recogieran y me fui, viendo cómo ese saco sin vida se hacía más y más pequeño por el espejo retrovisor.

Realmente me pasó muy cerca. Si me hubiese caído encima ahora mismo yo estaría muerto. Al final, después de todo, va a resultar que aún conservo mi buena estrella.

Kepa Hernando

7 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

Pitido

Tras facturar el equipaje y tomar la tarjeta de embarque se paseará, con aire de trasatlántico, por la terminal. Visitará algunas tiendas, se detendrá junto a dos pequeños, hablará con ellos, tomará algo y, tras un tiempo indeterminado, decidirá poner rumbo al puesto de control. Enseñará su tarjeta de embarque, vaciará sus bolsillos, se quitará el cinturón, pondrá su bolso sobre la bandeja-palangana se dirigirá, de manera inexorable, hacia el detector de metales. Dudará por un instante antes de atravesar el inevitable pitido.

Dejará sus pertenencias en la cinta que transportará el contenido de bolsillos, cinturón y su bolso hacia la caja de rayos X. Al señor que va delante le harán despojarse de sus botas, pasará nuevamente y no sonará alarma alguna. Cerrará los ojos y resoplará para dar el primer paso. Como bien sabe, el aparato advertirá de su presencia. El guardia le pedirá que se quite los zapatos, a lo que ella responderá con una amplia sonrisa en la que mostrará su perlada y metálica boca. La dejará pasar, tomará sus pertenencias y pondrá rumbo hacia la mesa habilitada  para equiparse. Se llenará los bolsillos, se pondrá el cinturón y tomará su bolso.

Lo que nunca sabrá el guardia es que no fueron sus brackets la causa de que se disparara la alarma. Fue su corazón de oro el que hizo accionar el pitido del arco detector de metales.

Rayco Arbelo

7 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario