Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El anillo

Estela siempre miraba su anillo cuando se sentía triste, jugaba a darle vueltas con el pulgar y el corazón cuando estaba nerviosa, le daba un beso cuando recibía una buena noticia. Era su anillo de casada y pensar en el día de su boda con Juan le traía recuerdos muy agradables. Haber tenido allí reunida a toda su familia y a la de su marido, haberlos visto llorar y bailar unidos por la felicidad (y rememorar las grandes borracheras de algunos) era algo que realmente le reconfortaba. Se había casado enamorada hasta las trancas tras diez años de noviazgo, y quince años después de la boda seguía prácticamente igual de feliz. Juan era un buen hombre, y conservaba intacto el sentido del humor que la había encandilado en la facultad de Magisterio.

Aquel anillo, una simple alianza de oro amarillo, le había gustado desde siempre. Recordaba a su madre con él, haciendo parecer delicadas unas manos ásperas, castigadas por los productos de limpieza. Veía en él el espíritu de una mujer fuerte y luchadora, que supo sacar a sus niños “pa`lante” con lo poco que tenía. Llevarlo era su forma de tenerla presente.

Carmen había tenido que dejar la escuela de niñas desde demasiado pequeña para ponerse a trabajar como “empleada del hogar” (como se dice hoy en día). Aquel anillo era prácticamente la única prenda de valor que tenía, pero más valioso que sus hijos, que eran su gran tesoro. Cuando miraba el anillo Carmen sentía miedo. Le daba miedo salir a la calle con él puesto: con la necesidad que había en aquella época, cualquiera podría intentar robárselo a la fuerza. Le daba miedo estropearlo al limpiar. Le daba miedo que algún día se le cayera sin querer. Pero lo que más miedo le daba era que si, por lo que fuera, su marido la veía algún día sin el anillo, tuviera una excusa más para molerla a palos. Que a ella los palos ya poco le pesaban, pero pensar que algún día pudiera tocar a alguna de las niñas… Eso sí que la mataba. Pero sus hijas tendrían un buen futuro. “Quizás alguna hasta sea maestra”, pensaba. Eso tendría que ocurrir aunque tuviera que vender el anillo, aunque… “Bueno, que sea lo que Dios quiera”.

Para Estela, su madre había muerto demasiado joven, apenas pasaba los 60 años. Pero no le extrañaba, sabía la vida que había tenido, y la vida que le habían hecho tener. Y respiraba hondo. No había podido conocer a su nieta, Paloma, que ahora era una señorita de 14 años.

Paloma estaba en Segundo de la E.S.O. La vida en el instituto estaba bien. Era buena estudiante, tenía un grupo de amigas con las que se lo pasaba pipa y había empezado a salir con Óscar, que era muy guapo y tenía moto. Además, cuando hicieron seis meses, Óscar le regaló “la alianza”, y era la primera de sus amigas en tener “la alianza”. ¡Le hacía tanta ilusión vérsela puesta! Era su amuleto de la suerte, aprobaba todos los exámenes si lo sujetaba fuerte entre sus manos antes de empezarlo. Seguro que ella y Óscar estarían juntos para siempre.

El día que Paloma le contó a su madre que Óscar le había regalado “la alianza”, ella no pudo más que echarse a temblar. Su hija era demasiado joven para tener novio, iba a despistarse de los estudios, iba a convertirse en una… Bueno, fuera lo que fuera, lo que le causaba pavor en realidad era todo lo que podía significar un anillo. Ella lo sabía. Pasó toda la noche en vela, mirándolo y dándole vueltas con el pulgar y el corazón. Pensó en su madre.

En aquel momento comprendió que, por mucho que le doliera, había cosas que se le escapaban de las manos. Entendió que un mismo anillo podía contar varias historias y que, le gustara o no, cada anillo tenía la suya propia.

Iriome Vega

23 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

La fotografía

Aquella mañana de agosto, acompañando a las habituales notificaciones bancarias, recogí del buzón de mi vivienda un inesperado sobre. Estaba sellado en San Pedro de Atacama y lo remitía Paula Orellana Contreras. Hacía unos meses, y a través de una conocida red social de Internet, había localizado su perfil. Sus datos personales me daban alguna pista en mis ya casi abandonadas investigaciones por conocer la historia de la familia de mi abuelo paterno, Jacinto Orellana. La coincidencia en los apellidos y en el nombre de la localidad de nacimiento de mi abuelo, un pequeño pueblo salitrero al norte de Chile llamado San Pedro de Atacama, había hecho reavivar mi interés, ya casi marchito, por conocer su pasado.

Hasta entonces, pocos datos había podido obtener sobre él. Mi padre había fallecido cuando yo  apenas tenía cinco años y tampoco había conocido a ninguno de mis abuelos. Además, por alguna causa que nunca supe y a pesar de mi insistencia, mi madre era reacia a hablar sobre la vida de mi abuelo y de su familia chilena. Nunca comprendí sus silencios a mis súplicas, motivadas por el profundo hueco que siempre había residido en mi interior, hasta que llegó el día en el que decidí no volver a preguntarle más sobre él, cuando como única respuesta recibí ahogados sollozos cercanos al sufrimiento.

Por desgracia, tampoco había tenido mucho éxito con el nuevo descubrimiento de mi familia chilena. Había cruzado con Paula varios mensajes a través de la red social y por correo electrónico. Sin embargo, algunas de mis preguntas seguían sin obtener una respuesta clara que satisficiera mi curiosidad. Hasta me llegué a cuestionar si esta curiosidad se había transformado en necesidad, y esta en una obsesión anormal. Pero las respuestas evasivas de Paula y su frase “mejor dejarlo así, es una historia que aún no nos explicamos ni nosotros mismos”, a mi insistencia por conocer, entre otras cosas, las razones por las que mi abuelo había abandonado Chile a la edad de veinticinco años, no hacían nada más que aumentar mi curiosidad. Tampoco me aclaraba lo que había sido de los padres de mi abuelo, Mario y Juana, o de su hermano Miguel, o de su hermana Cristina.

Así que cuando en ese instante de aquella mañana abrí el sobre, sellado en la oficina de correos de San Pedro de Atacama, me inundaron la emoción y la intriga. En su interior había una foto de la familia que parecía muy antigua por lo acartonado y descolorido del papel. En ella se veían a varios personajes elegantemente vestidos con indumentaria indígena propia de los habitantes de la zona y con rostro serio, como si el hecho de retratarse en una fotografía hubiera sido un acontecimiento extraordinario en aquella época. En la parte inferior estaba escrita la fecha del quince de noviembre de mil novecientos veinticinco. Enseguida supuse que era una foto de la familia de mi abuelo y que de esta forma Paula intentaba saciar mi curiosidad, al menos de forma visual. La fotografía iba acompañada de una nota escrita a mano y con una caligrafía que por su belleza sobrepasaba en mucho lo normal. La leí con inenarrable interés y transcribo su contenido:

Querido primo Esteban:

Deseo decirte en primer lugar que deseamos que estés bien. El saber de ti hace unos meses nos ha traído muchos recuerdos de nuestra historia familiar. Quiero indicarte que también para nosotros la partida del abuelo Jacinto dejó un vació en la familia que aún no hemos podido llenar. Tampoco hemos encontrado una explicación a sus consecuencias. Desde su partida no volvimos a saber nada de él hasta que te pusiste en contacto conmigo, lo que nos supuso una gran alegría y, al mismo tiempo, sorpresa. No sabíamos que se había casado en esas tierras de Europa ni mucho menos que había tenido descendencia, cosa que nos alegra profundamente.

Puedo decirte que aquí el abuelo Jacinto vivió una infancia feliz en compañía de sus padres y hermanos, y que hubo momentos entrañables mientras iba a la escuela o compartía el trabajo en el salar con su padre y su hermano Miguel durante los fines de semana. Las mujeres, en aquel tiempo, se ocupaban de las tareas de la casa y controlaban la economía familiar. Eran otros tiempos.

Pero, querido Esteban, siento decirte que nos es imposible darte más información que la indicada en esta nota y lo poco más que te he informado en nuestras comunicaciones previas. Hemos decidido enviarte la última fotografía donde aparece retratado el abuelo Jacinto. Fue tomada en mil novecientos veinticinco. Tu abuelo es el que está de pie, justo detrás de su hermana Cristina. A su lado, también de pié, está Miguel y delante de él, los padres Mario y Juana.

Decirte que aquí toda la familia nos encontramos bien de salud. Tenemos por costumbre reunimos en San Pedro de Atacama todos los quince de noviembre, día de la partida del abuelo Jacinto. Es una forma de mantener siempre viva su presencia entre nosotros.

Querida familia canaria, deseamos desde aquí todo lo mejor para ustedes y que puedan compartir entre todos la paz y la salud que aquí hemos gozado durante mucho tiempo.

Te pedimos disculpas si no podemos saciar más tu curiosidad. De momento, te pedimos encarecidamente que no insistas en profundizar en más cosas de las que te hemos informado. Nos resulta completamente imposible hacerlo pero quizás algún día puedas llegar a comprender todo esto.

Recibe un enorme abrazo y mucho cariño para ti y para tu familia de esta, tu otra familia, que te quiere tanto como siempre hemos querido al abuelo Jacinto.

Paula Orellana Contreras

Después de leer la carta me debatí entre el enojo y el malestar por quedarme casi igual que como estaba, aunque ahora, al menos, tenía la prueba fotográfica irrefutable de que la existencia de mi abuelo y de su familia chilena era real. Sin embargo no entendía las afirmaciones de mi prima Paula cuando se refería a las consecuencias que había supuesto para ellos la partida de Chile de mi abuelo Jacinto. Supuse que el dolor por no volver a saber nada más de su hijo mayor fue un duro golpe para la familia chilena. Pero, por otro lado, tampoco entendía que me hablara solamente de la familia cercana a la de mi abuelo pero sin hacer referencia ni siquiera a la suya propia, a sus padres, hermanos o tíos. Era como si no hubiera otros lazos familiares que los narrados en su carta. También me resultó curioso que las respuestas fueran conjuntas, como si hubieran tenido una reunión y hubieran decidido qué debía saber yo y qué no debía saber.

Confieso que me dejé llevar por la curiosidad y, a los pocas semanas, y a pesar de la petición de que dejara las cosas tal como estaban, decidí viajar a San Pedro de Atacama y conocer personalmente a Paula Orellana y al resto de la familia chilena. Así que tomé un avión a Santiago de Chile y posteriormente a Antofagasta, la capital de la región donde se situaba el pueblo de mi familia chilena.

A pesar de que había comunicado mi intención a Paula y le había dado la hora de llegada a Antofagasta, no había recibido ninguna respuesta por su parte. Es por eso que no me extraño no verla en el aeropuerto, aunque también quise pensar que podían haber sido sus obligaciones lo que no le permitiese haberse puesto en contacto conmigo. Al fin y al cabo, San Pedro de Atacama apenas era una ciudad de unos cinco mil habitantes situada a trescientos kilómetros del aeropuerto.

Decidí descansar en Antofagasta, recorriendo por un rato su puerto, ya casi en desuso, y sus plazas y calles impregnadas de un romanticismo decadente debido al ya casi inexistente comercio del salitre.

A la mañana siguiente tomé el autobús hacia San Pedro y quedé impresionado por la belleza del paisaje desértico de Atacama, como si el tiempo se hubiese parado durante cientos de años, por no decir miles.

Mi nerviosismo aumentó a medida que me aproximaba a San Pedro, en parte por lo que representaba estar viendo los mismos paisajes que había visto mi difunto abuelo durante su niñez y su juventud, y en parte por saberme transgresor de las recomendaciones familiares por parte de Paula y la familia chilena.

A las quince y treinta horas, me encontraba delante de la iglesia de San Pedro, cansado del trayecto y completamente solo. El autobús se había marchado y parecía que a esa hora la ciudad había quedado completamente dormida o, peor aún, desierta. La puerta de la iglesia estaba abierta, así que pensé que sería un buen sitio para estar a la sombra en aquel día soleado, quince de noviembre. A los cinco minutos de estar sentado en uno de los bancos de la iglesia, y ya a punto de salir para localizar un lugar donde alojarme, entró por la puerta una niña con vestimentas indígenas y, sin mediar palabra, me entregó un sobre color sepia y de mediano tamaño, y se marchó.

Me quedé atónito por lo extraño de la situación, como si hubiera entrado en un mundo al que no había sido invitado. Abrí el sobre, rogando que me diera alguna indicación que me guiara hasta ella o hasta algún otro familiar o al menos hasta alguien que me hiciera volver a una realidad más cercana. No fue así. En el interior del sobre había una fotografía, esta vez a color, pero similar a la que había recibido en mi domicilio de Arucas hacía tan solo dos semanas atrás. En la fotografía estaban retratados todos los familiares que había en la fotografía enviada a mi domicilio menos el abuelo Jacinto. Curiosamente, todos mantenían la misma expresión y estaban ataviados con ropas similares a las de la foto del primer sobre. Pero esta vez la fecha indicada era la de quince de noviembre de dos mil cinco, lo que hizo erizar mi piel.

También esta vez, una pequeña nota acompañaba a la fotografía.

Querido Esteban:

Lamento no poder atender tu curiosidad más de lo que hemos hecho anteriormente. Como podrás comprobar, el tiempo aquí transcurre con otra medida. Nosotros seguimos siendo los mismos, incluso mantenemos el mismo dolor por la partida de Jacinto, tu abuelo, nuestro hermano.

Cristina Orellana Contreras (Paula)

 

Jorge Halaby Ascaso

 

22 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

Reflejos

Tres días de viaje en autobús habían sido agotadores para Mauro. Un pueblo sin historia, le dijeron. Ya lo comprobaría por la mañana, ahora necesitaba descansar. El hecho de haber encontrado aquel lugar hizo que la entropía se apoderara de sus emociones. Comenzó a caminar bajo un cielo con llanto de estrellas.

Con la excusa de tomar un café, entró en un bar de un edificio gris con balcones negros, igual que la barra, las mesas, las sillas y la ropa de los camareros, que aparecían envueltos en un sudoroso vaho de treinta y dos grados centígrados.

—¿Podría indicarme si hay algún hostal por aquí? –preguntó mientras le servían en una esquina de la barra.

—Hostal no hay, pero Claudia, la médico del pueblo, acostumbra alquilar habitaciones.

Le asignaron una de elegante asimetría, con baño propio y con vistas a un laberinto de piedras antiguas, dentro de un jardín inmenso.

Por las mañanas, mientras Claudia iba a su consulta, él se quedaba componiendo sus poemas. Hasta que llegaba ella y, entonces, lo encontraba tomando el sol junto a la rosaleda.

Claudia era muy reservada, el mayor de sus secretos lo guardaba bajo llave: tenía un espejo que mostraba solo el interior de las personas. Muchas veces no permitía que alguien que pretendiera quedarse en el hostal ni siquiera pernoctara. Solo cuando veía su reflejo en el espejo sabía si era o no adecuado que alguien se quedara. El caso de Mauro fue totalmente diferente: este le gustó de inmediato. Su físico, sus maneras, su gusto por la restauración y por el arte. Cuando entró en la casa, la dejó pasar antes y, admirada, se adelantó, sin fijarse en el reflejo de este en el espejo.

Entre ellos, tanto el agudo silencio como el eco de la soledad compartida eran igual de refulgentes. Se pasaban la noche hablando y riendo. había química y se notaba. Volaban los besos y las caricias, se deslizaban con ellos mientras iniciaban el ascenso hacia el dormitorio principal. Entre labio y labio vio, por casualidad, sin pretenderlo, sin buscarlo, el reflejo de Mauro en el espejo, con las fauces y los dedos llenos de sangre, cual depredador, y una mirada de loco que la paralizó, notó la sangre helarse en sus venas. Lo miró para descubrir que la mirada no solo estaba en el espejo, sino que ya inundaba sus ojos.

Claudia lo supo en ese mismo instante: no habría manera de escapar de su destino. Como pudo, abrió la puerta corrediza que llevaba al jardín y corrió hasta dejarse la piel en las huellas para adentrarse en el laberinto. Nadie escuchó sus gritos, nadie oyó sus llamadas de auxilio.

Cuentan en el pueblo que si alguien se mira en el espejo, la ve allí, con gesto suplicante; quedó perenne su reflejo. Dicen que la casa está maldita. Pienso ir a comprobarlo por mí mismo.

M. Carmen Rodríguez Trujillo

22 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 9 comentarios

La guagua

Todo empezó cuando hiciste  de tu entretenimiento  una adicción. Sí, no me mires así. Tú sabes que tengo razón. Empezaste sin darte cuenta, por pasar el rato y terminaste obsesionado con ese ejercicio que repetías de manera autómata todos los días, por eso ahora estás aquí, por eso lamentas tu destino, tu mala fortuna.

¡Toma el volante! y ahora sigue con tu trabajo.

 

Sí, aunque no te lo creas lo sé todo desde el principio. Tú no eres el único que observa sin ser visto, he podido comprobar que tu afán por saber más acerca de los demás, por vivir una vida que no te corresponde te ha traicionado. Además, sé lo que estoy diciendo… no es un farol.

Creías que nadie se daba cuenta, creías que tu discreción te había vuelto invisible a los ojos de los demás y ahora resulta que tú como observador eras observado.

Empezaste de la forma más inocente: por las mañanas tuviste que dejar el coche en casa e ir al trabajo en guagua porque el tráfico en la ciudad era cada vez más odioso y aparcar se estaba volviendo un problema. Pensaste que era más sano para tus nervios coger el transporte público y así podrías evitar la agresividad innata que emanabas por las mañanas al coger el volante. Y así lo hiciste.

La guagua te entretenía, te gustaba observar a la gente que subía y bajaba de ella. Primero observabas la conducta de los pasajeros con empatía, miraba a los estudiantes, los pensionistas y al gran número de funcionarios que hacían uso de ella.

Después te inventaste un juego: tenías que adivinar por la conducta y vestimenta a qué se dedicaban. Si los estudiantes eran universitarios o no, si los funcionarios eran de Hacienda o de Justicia, si los pensionistas iban al Hospital o al Ambulatorio…

Te divertías mucho, creías que estabas aprendiendo datos valiosísimos acerca de la conducta humana, de la manera de relacionarnos que tenemos las personas según el tipo de vida que llevamos.

Cada vez te hacías más certero en tus deducciones, observabas tan bien la conducta de los demás que casi no errabas. Sabías a simple vista a qué se dedicaba la persona que habías elegido ese día. Claro que, para llegar a tal grado de perfección, le dedicabas mucho tiempo. Primero empezaste a salir de casa más temprano para coger la guagua antes y así quedarte dos paradas después de la tuya. A pesar de salir pronto de casa llegabas muy tarde a la oficina porque empezaste a seguir al viajero elegido para comprobar que no te habías equivocado. Cuando comprobabas que todo lo que habías pensado acerca de esa persona era cierto, corrías muy orgulloso a tu  oficina a desempeñar tu trabajo, donde eras menos eficiente porque te dedicabas a elaborar un mundo imaginario alrededor de las personas que veías todas las mañanas, imaginando sus vidas, sus costumbres, sus defectos y virtudes… En fin, vivías la vida de los demás y dejabas de lado la tuya, que cada vez era menos importante para ti. A veces, no te contentabas con ver que no te alejabas de la realidad de esas personas sino que también esperabas a que salieran del trabajo para comprobar si todo lo que habías imaginado acerca del pasajero  era cierto también.

Comprobabas  que la señora inmigrante con expresión triste que cogía la guagua en tu misma parada efectivamente era empleada del hogar y, después de trabajar durante el día en varias casas, volvía a la suya para encerrarse en una bulliciosa soledad, ya que a pesar de vivir veinte personas en un piso, se sentía muy sola porque tenía a su familia lejos.

Estupefacto, veías que la funcionaria de Hacienda, tan elegante y correcta, perdía los papeles todas las tardes cuando llamaba su ex marido amenazando con quitarle la custodia del niño.

Poco a poco te fuiste convirtiendo en un espía. No importaba que estuvieras invadiendo la intimidad de las personas, tú tenías que satisfacer tu curiosidad. Si alguien subía a la guagua se arriesgaba a que tú curiosearas en su vida.

Sentías  que era muy lícito tu juego y que no hacías daño a nadie. Nunca abordabas a las personas, eras hábil y nadie se daba cuenta, nadie se sentía observado, creías tener derecho a hacerlo mientras no hubiera un contacto personal entre la persona observada y tú, y lo hacías sin tener el más mínimo remordimiento. Pero ignorabas que también eras observado.

Un día estabas tan absorto en tu persecución que no te diste cuenta de que el espacio que quedaba entre la escalera de la guagua y el bordillo era más amplio que de costumbre. Resbalaste y caíste. Sentiste el dolor de cabeza más fuerte que habías sentido en tu vida, pero pensaste que se te pasaría en cuanto te sentaras y recuperara el aliento.

-Qué amable es el chofer -pensaste-. Ha parado la guagua y él personalmente me está atendiendo. Pero…

¿No te preguntas por qué te está sentando en su lugar? ¿Por qué te dice que era de esperar?  ¿Por qué estás conduciendo tú la guagua? Antes eras usuario y ahora eres chofer. ¿Por qué?

Te lo diré, amigo Julián: tú eres mi relevo; tú, con tu jueguito inocente has cometido una falta, has perdido la cabeza como la perdí yo hace mucho, mucho tiempo. Gracias a tu descuido voy a ser libre otra vez y tú serás ahora el encargado de conducir tu propia cárcel rodante hasta que llegue otro como nosotros que te libere.

Un consejo: nunca apartes  la vista del retrovisor, va a ser la única conexión que tengas con tus pasajeros.

Mercedes Domínguez

24 enero 2011 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

El teléfono

-¿No oyes el dichoso teléfono, Marta?

-¿No piensas cogerlo?

-¿Qué te hace pensar  que es para mí la llamada, querido Carlos?

-¿Tiene tu querida esposa el monopolio de la comunicación?

-¿Quieres dejarte de chorradas y servir el desayuno, o también  tienes el monopolio de llegar tarde a la oficina?

-¿Llevas las llaves, o esperas a llegar al portal para acordarte de dónde las dejaste?

-A ti no se te olvida nunca nada, ¿verdad?

-¿Qué te parece cuando fuiste a pagar la cuenta en el  Picadero y … ¡ horror! la cartera había desaparecido?… ¿ O simplemente te habías cambiado de chaqueta?

-¿Lloviendo como siempre?

-Te he dicho que hoy tengo reunión y no vendré a comer, ¿verdad?

-¿Hasta la noche pues?

-¿Son sombras que se van difuminando al separarse bajo la  niebla y la lluvia?… ¿O simples mortales con ilusiones muertas, tratando de llenar sus vidas vacías?

-¿Cuántas veces te he dicho que no llames al fijo de casa, Sofi?… ¿Que es muy importante lo que tienes que decirme? ¿Y mi tranquilidad no lo es?… ¿Que tenemos que hablar en serio?… Hasta la tarde entonces, ¿como siempre en tu casa?

-Marcos, ¿me has llamado tú a casa?… ¿No?… ¿Te parece que comamos fuera?… ¿Has visto que algún martes no tenga reunión?… ¿Que hasta cuándo vamos a seguir así?… No lo sé… Tengo que pensar en mi hija…

Esther Quijada

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

La recompensa

Anoche fue imposible conciliar el sueño. No pude pegar ojo. He pasado la noche en blanco. Mi querido perro desapareció, sin dejar rastro alguno. Les diré que en mi casa, que está cerca de la playa, vivimos yo, mi perro y un fantasma, que sólo mi perro Nerón veía.

Ellos jugaban todo el día en el patio, al caer la noche se tranquilizaban. Parecían dos niños, pero sólo se veía a uno de ellos. Nerón era muy feliz. Su amistad se desarrolló sobre ruedas, durante varios meses. Eso me quitaba el sueño y no podía descansar bien. Pero ha ocurrido algo; hace algunos días mi perro desapareció y, obrando con perfecta camaradería, el fantasma se fue con él. La casa ha quedado desierta y condenada a la soledad.

Me gustaría recuperarlos, porque los extraño mucho. Pediré a todo aquel que vea a Nerón perdido por las calles me avise, lo que no sé es si podrá ver al fantasma que lo acompaña.

Mi perro es pequeño, su pelo es dorado con alguna mancha blanca de mirada viva y de raza indefinida. Al fantasma nunca lo vi.

La persona que los encuentre será doblemente recompensada y yo podré recobrar el sueño y descansar con tranquilidad.

 

Blanca Brescia

13 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

Puntualidad

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Marcos se mantenía lo más alejado posible de los hospitales. Su aversión por ellos, se debía sin dudas a ese olor a alcohol que los invade, y que él siempre relacionaba, acertadamente, con la muerte. Solía decir: “solo se debe acudir a ellos si se está muerto, o si falta poco para estarlo”. Pero ayer, cuando le comunicaron que debía ir al hospital a identificar a un cadáver, no tuvo otra alternativa.  Aunque no le facilitaron el nombre, se trataba de alguien a quien Marcos conocía muy bien.

Una vez  allí, acudió a la sala destinada a las autopsias. Hablo con el forense, que no le aportó información sobre la identidad del muerto, salvo el hecho, de que el cadáver aún no se encontraba allí, y que tardaría una media hora en llegar.

Marcos se sentó en una de las incomodas sillas de la sala. Y a los pocos minutos, empezó a sentirse indispuesto. A pesar del intenso frío del sistema de aire acondicionado, Marcos se secaba con frecuencia el sudor de su frente, con un pañuelo que ya no podía contener ni una sola gota más. Solo deseaba que llegase el muerto, terminar con los trámites, y regresar a su casa, donde disfrutaría de un sueño reparador. Pero cuando faltaban unos minutos para la supuesta llegada del cadáver, su situación empeoró.  La visión se le nubló, y no podía articular palabra. Necesitaba ayuda. Que un médico le observase. Trató de andar tambaleándose, pero no había logrado dar más de tres pasos, cuando se desplomó.

Alertado por el fuerte ruido que produjo al caer, el forense entró en la sala. Vio como Marcos yacía cadáver  en el suelo. El forense comprobó la hora, y quedo atónito por la puntualidad con la que había llegado el muerto.

 César Socorro

27 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios