Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Las piedras del jardín

A casi un día de camino desde la Ciudad Imperial, en dirección al frío Norte, había una linda y próspera ciudadela, donde vivía un señor tan rico como el emperador.

Su casa era grande y bien amueblada; delante la casa había un gran jardín; por detrás, una explanada cubierta por pequeñas piedras.

En la ciudadela se contaba que esas piedras tenían poderes mágicos.

Cada mañana llegaban a la casa muchos siervos para atender al señor. Uno de ellos tenía como tarea arreglar las piedras. Todos eran muy felices, excepto el siervo de las piedras. Él pensaba que tenía el trabajo más duro y más aburrido. En verdad, él era siempre el último en terminar su trabajo. Un día en el que había trabajado muy lentamente y sin gana, y ya era muy tarde, vio acercarse algunos mendigos a la puerta de la casa. Una vez enfrente de la puerta, tocaron y esperaron una respuesta. Todos los mendigos sabían que en esta casa se podría siempre recibir comida y un regalo muy especial. Se contaba que el regalo era una de las piedras del jardín. Pero  nadie nunca había confirmado  este asunto. A cambio del regalo, el señor pedía a los mendigos que nunca revelasen su natura y jamás volviesen a la ciudadela.  Así fue que el señor les dio comida y una piedra a cada uno y, saludándolos, les dijo:

-Tenéis que hablar al regalo de esta manera: “Para mí, que soy pobre y lloro, piedra mía, conviértete en oro”.

Y, con estas últimas palabras, el señor despidió los pobres. El siervo, que lo había observado y escuchado todo, pensó en ir detrás de los mendigos y descubrir el secreto.

Aquellos, una vez fuera las murallas de la ciudadela pronunciaron las palabras recibidas y ¡qué  maravilla se presentó a sus ojos! Las piedras se convirtieron en oro. El siervo regresó a su casa y, esa noche, por los muchos pensamientos, no pudo dormir.

Por la mañana, ya tenía una solución. Se vistió de mendigo, y con un gran sombrerete sobre la cabeza, se ensució la cara y salió. Buscó algunos amigos a la taberna, todos borrachos, y con ellos llegó a la casa del señor. Tocó a la puerta. El señor abrió y les dio comida y el regalo a cada uno.

El siervo era el más feliz de todos ellos, puesto que sabía que era rico. Una vez en la taberna, robó fácilmente las piedras a los borrachos, se quitó el sombrerete y partió. Llegó a la Ciudad Imperial bien vestido y comió en el mejor restaurante. En el momento de la cuenta, delante del dueño, sacó del bolsillo una de las piedras y empezó a decir las palabras mágicas: “Para mí, que soy pobre y lloro, piedra mía, conviértete en oro”.

Nada occurrió… Intentó otra vez… Nada. Cogió otras piedras y pronunció nuevamente las palabras… y nada pasó. No sabía que las palabras funcionaban solo diciendo la verdad, y puesto que él no la decía, nada ocurrió.

Tan alta era la cuenta, que el dueño lo envió a la cocina a lavar platos por toda su vida.     

Paolo Vignoli

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23 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

La cuchara

Un mendigo andaba por los caminos pidiendo limosna de pueblo en pueblo. Una mañana en que se encontraba con más hambre que de costumbre y no tenía fuerzas para levantar la vista del suelo, se dio cuenta de que algo brillaba enterrado a sus pies. Se agachó, casi desplomándose, y, escarbando entre el barro,  encontró una cuchara de oro, con una esmeralda engastada en el mango y unos delicados grabados por toda su superficie. Al mendigo le pareció que aquella cuchara era la cosa más hermosa que había visto jamás y la tomó por una señal de Dios, un signo de que, a partir de ese momento, su vida iba a ir mejor.

Alegre por la noticia, a pesar de que seguía hambriento, el mendigo se guardó la cuchara y siguió hacia el pueblo más cercano. Por el camino encontró un zurrón colgando de un árbol. Miró a los lados para ver si tenía dueño y, al no encontrar a nadie, lo cogió. Dentro del zurrón había pan duro, un cuenco de barro y una botella de leche casi vacía. El mendigo se sentó en una piedra. Desmenuzó el pan y lo echó en el cuenco. Luego echó por encima la leche, como había visto hacer a muchos pastores, y sacó la cuchara, dispuesto a usarla para dar cuenta de su desayuno. Cuando casi había hundido la cuchara en la mezcla, se detuvo.

-Este desayuno no es digno de una cuchara así -dijo-. Mejor la reservo para otra ocasión.

Entonces, el mendigo dejó su desayuno para las hormigas y guardó otra vez la cuchara. Aún sin haber saciado su apetito, siguió su camino cantando de felicidad, y llegó al pueblo a mediodía. Allí, como hacía siempre, se dirigió al mercado y se apostó a las puertas, con la mano extendida y cara de pena. Su fingimiento no se le dio mal, porque, al rato de estar allí, había reunido una buena cantidad de monedas.

Con su nuevo capital, el mendigo se dirigió a la fonda del pueblo y pidió de comer. Tras sentarse, el mendigo rebuscó entre sus ropas y sacó la cuchara de oro. Miró a su alrededor y vio  a las gentes del pueblo disfrutando de su almuerzo antes de volver al trabajo. Finalmente llegó la comida: ante él tenía un  humeante potaje, una porción mediana de queso y una botella de  tintorro.  Famélico por no haber comido en todo el día, el mendigo empuñó la cuchara con avidez, pero, en el último momento, se detuvo.

-Este almuerzo no es digno de una cuchara así. Mejor la reservo para otra ocasión.

El mendigo salió de la fonda sin haber tocado el almuerzo que había pagado. El hambre hacía que le dolieran las tripas, pero se sentía obligado a estrenar  la cuchara con un manjar que estuviera a su altura. Al pasar por delante de la iglesia, el mendigo decidió entrar para pedir consejo. Al rato de estar sentado en uno de los bancos de la iglesia, salió de la sacristía un sacerdote, muy gordo y vestido con una sotana de rico paño, y se le acercó, tapándose la nariz con asco y agitando un bastón.

-¿Pero quién le da permiso para estar aquí? ¿No sabe que esta es la casa de Dios? Márchese, márchese, y no moleste a la buena gente.

El mendigo se disculpó y  sacó la cuchara. Le explicó  al sacerdote lo que le había pasado desde que la encontrara y cómo no iba a usarla hasta que encontrara una comida digna de un regalo tan especial. El sacerdote, sorprendido, tomó la cuchara entre sus manos, como sopesándola. Le dio entonces la enhorabuena al mendigo y se ofreció, como persona culta y entendida en asuntos de Iglesia, a proporcionarle un alimento que complaciera a Dios.

Esa noche, el sacerdote recibió al mendigo en su caserón. Lo guió por los pasillos hasta el  comedor y allí lo sentó en el lugar preferente de la mesa, mientras él desaparecía en dirección a la cocina. Al rato volvió cargado con una olla enorme; la dejó sobre la mesa delante del mendigo y le sacó la tapa. El caldero contenía un suculento  estofado, con carne, patatas y verduras de las mejores huertas de la comarca. El  poderoso aroma del guiso hizo que al mendigo le diera vueltas la cabeza y  el estómago le rugiera de anticipación. El mendigo sacó la cuchara y, titubeante, con miedo de que le dijera que no, preguntó al cura:

-¿Esta cena es digna de una cuchara así o mejor la reservo para otra ocasión?

El sacerdote, sonriente, le dijo que la cena era digna de la cuchara  y que podía comer cuanto quisiese. Entonces, el mendigo, cuchara en mano, se abalanzó sobre el caldero y empezó a devorar su contenido, mientras el sacerdote lo miraba sonriente y satisfecho.  El mendigo se  sentía muy feliz de haber encontrado por fin una comida a la altura de la cuchara. Al rato de estar comiendo,  el mendigo notó que, a pesar de estar  ya casi lleno, no se le había pasado el dolor de barriga que llevaba arrastrando todo el día. Parecía incluso que, cuanto más comía, más desgarrador se volvía el suplicio de su estómago. Finalmente tuvo que dejar de comer y cayó al suelo, doblado sobre sí mismo  y con las manos en la tripa.

Entre retortijones y fiebre,  vio cómo el sacerdote, que lo miraba con expectación, recogía la cuchara, que había caído al suelo, y la limpiaba cuidadosamente con un pañuelo.

Mientras la habitación se volvía oscura y fría, el mendigo pensó en que, si salía de aquella, iba a empezar a desconfiar de  los sacerdotes.

O, por lo menos, de su gusto para la cocina.

 Diego Doro

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

El regalo

En una pequeña y lejana aldea, vivía una cariñosa madre con su único hijo. El día que éste cumplía once años, la madre le obsequió con un diente de león.

-Este es el más valioso de los regalos que puedo hacerte, hijo mío -le dijo-. Cuídalo bien, que aunque poderoso, es muy frágil.

El niño, con mucho cuidado y protegiendo la florecita de cualquier golpe de viento,  se apresuró entusiasmado en busca de sus amigos para enseñarles orgulloso su diente de león. Al verla, todos comenzaron a reír.

-¿Una mala hierba? -preguntó uno.

-¡Menuda miseria! -exclamó otro.

-¡A mí me regalaron una bolsa llena de monedas! -añadió el último.

El muchacho, enojado, corrió de vuelta a casa, prometiendo que no volvería a cuidar más de aquella flor inútil. Mientras avanzaba en el camino, un señor enfermo, estornudó sin querer sobre el diente de león, pero la flor permaneció intacta. Siguió avanzando, y en un cruce de caminos, una bocanada de aire sopló sobre la flor, que no sufrió daño alguno.

-¿Poderosa y frágil? -se preguntó. 

-¡Qué embustera es mi madre! ¡No quiero escuchar ninguna de sus mentiras jamás! -exclamó mientras soplaba con rabia el diente de león que con tanto amor le había ofrecido su progenitora.

El muchacho llegó a su casa y allí le esperaba su madre.

-Mamá, mis amigos se han burlado de mí. ¿Por qué me has hecho un regalo tan absurdo? -preguntó.

Pero no obtuvo respuesta alguna; su deseo ya se había cumplido y los labios de su madre fueron condenados a pronunciar sólo silencio.

 Laura Cedrés

 

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

El espejo del ser

Hace mucho, mucho tiempo, cuando la humanidad aún era joven y el mundo ya viejo, en el fin del mundo, oculto a los mortales, existía un antiguo y mágico bosque. En él vivía toda clase de criaturas: duendes, gnomos, enanos, ninfas y unicornios. Todas eran felices, menos una. Un hada. La única del bosque.

Una noche el hada acudió a un estanque en medio del bosque y comenzó a llorar. Tal era su tristeza por la soledad que sentía en su corazón que el estanque creció y creció hasta convertirse en un lago. Entonces, de repente, al ver su sufrimiento, el espíritu de la luna bajó de los cielos y se reflejó en el lago.

-¿Qué te ocurre, pequeña mía? –preguntó cariñosamente la luna.

-Me siento sola. Tengo muchos amigos aquí, en el bosque, pero ninguno es como yo –respondió, triste, el hada.

Tras una pequeña sonrisa, la luna contestó:

“Sal, abandona el bosque, y ve más allá de las Montañas Imperiales y de los Cinco Ríos Encantados. Parte en busca de tus hermanas, y no regreses hasta haberlas encontrado”.

Tras decir esto, la luna extendió sus manos fuera del lago y, por arte de magia, las lágrimas que había reunido se transformaron en un espejo. Acto seguido, dijo:

“El ser es el reflejo del alma; y el alma, el reflejo del ser. En este espejo, los actos reflejarán el ser”.

Después, regresó a los cielos.

Entusiasmada, el hada abandonó el bosque y partió en busca de sus hermanas. El hada voló y voló más allá de las Montañas Imperiales y de los Cinco Ríos Encantados, pero no las encontró.

Un día, por el camino, encontró a una niña llorando en un estanque.

-¿Qué te ocurre, pequeña? –preguntó el hada.

-Mis amigos no están y no sé si volveré a verlos –respondió con tristeza la niña.

El hada, conmovida, jugó con ella. Su gesto se reflejó en el espejo, y una pequeña luz apareció en su interior.

 -Muchas gracias, amable hada. Serás mi hermana para siempre –dijo la pequeña niña.

Y el hada se alegró.

Tiempo después, descubrió a una joven llorando en un lago.

-¿Qué te ocurre, joven? –preguntó el hada.

-Mi amado fue a la guerra y no sé si volveré a verlo –respondió con tristeza la joven.

El hada, de nuevo conmovida, fue a buscar a su amado y lo trajo de vuelta. Su gesto se reflejó en el espejo y otra luz apareció en el interior.

-Muchas gracias, generosa hada. Serás mi hermana para siempre –dijo la joven.

Y el hada se alegró.

Finalmente, llegó al mar, donde vio a lo lejos a una anciana llorando.

-¿Qué te ocurre, anciana? –preguntó el hada.

-Mi vida, ha llegado a su fin y no sé si volveré a ver otro amanecer –respondió con tristeza la anciana.

El hada, conmovida una vez más, decidió darle lo que le quedaba de vida. Su gesto se reflejó en el espejo y una última luz apareció en su interior.

-Muchas gracias, compasiva hada. Serás mi hermana para siempre –dijo la anciana entre lágrimas.

Y el hada se alegró, antes de cerrar por última vez sus tristes ojos.

Mas no todo acabó ahí. Cuando la anciana hubo derramado su última lágrima sobre el espejo, de este surgieron las luces que habían aparecido, transformándose en tres bellas hadas: las hadas de la amabilidad, la generosidad y la compasión.

El hada, hasta entonces conocida como el hada de la tristeza, volvió a nacer como el hada de la alegría. Y, desde entonces, las hadas vivieron felices para siempre en el bosque, desterrando la tristeza y la soledad a un recuerdo en el olvido de los hombres.

 Alexis Espinosa Navarro

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

El diccionario mágico

 Un viajero que caminaba por el bosque se encontró con un demonio.

-Te voy a hacer una propuesta que no vas a poder rechazar -el viajero sintió curiosidad a la vez que desconfianza y dejó que continuara hablando.

 -Te prometo realizar los tres sueños que quieras.

-¿Y qué es lo que he de hacer yo?

-¡Nada, absolutamente nada! Salvo dejar que me lleve tu alma en este saco. Es todo un negocio, ¿verdad? ¿A quién le interesa el alma? No sirve para nada.

-¿Dices que me concedes realizar tres sueños y que no tengo que hacer nada?

-Eso es. Yo te daré este diccionario que tengo aquí, lo cogerás con las manos y, con toda la atención,  buscarás tu sueño con una palabra. Y leerás su definición mágica. Así de fácil. Y al finalizar los tres sueños te haré el favor de deshacerte de tu alma, ya que te es inútil.

-Entonces todo el poder está en el diccionario, ¿verdad?

-Adivinas bien. ¿Te decides a ir por tus sueños o no?

-Muy bien, acepto.

 El viajero tomó el diccionario mágico en las manos buscó por la letra /p/: “Pluma  (literatura). Su escritura transforma la pobreza en riqueza”. Apareció de inmediato una pluma azul, la más bonita que había visto. El demonio observaba todo esto y empezaba a divertirse. Buscó por la letra /c/ y leyó: “Caballo. El viajero se mueve por la tierra con fuerza, destreza y astucia”. Y su palabra se hizo carne en el caballo más imponente que había visto.

-¡Con este caballo podrás galopar por cualquiera de los lares que te plazca!  -dijo el demonio.

El viajero buscó por la letra /d/ y leyó: “Diccionario. Perverso artificio literario que paraliza el crecimiento de una lengua además de quitarle soltura y elasticidad. El presente diccionario es una excepción y le dará la dicha a quien use sus palabras correctamente”. El demonio miraba alrededor buscando el diccionario, pero no se materializaba por ninguna parte. Cuando el demonio se dio cuenta, ya era demasiado tarde. El viajero ya se había montado en su caballo llevándose consigo el diccionario del demonio y, como gran escritor en el que se convirtió, dejó escrito este cuento para la posteridad.

Víctor Javier Moreno

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

El libro

 

Un leñador solía ir a un bosque a recoger leña. Era un trabajo duro pero con ello se ganaba la vida. Se sentía increíblemente solo en su cabaña y en aquel bosque, por donde únicamente se adentraban chicos que se atrevían a desafiar falsas leyendas del lugar; por ello, su hermano venía a visitarlo cada mes.

 
Un día el leñador encontró un viejo libro debajo de unas hojas que habían caído por el otoño, lo recogió y se dispuso a leerlo bajo un árbol. Aquella noche vino su hermano, y al no hallarlo en su cabaña, lo buscó por el bosque. Dio con él no muy lejos de allí; estaba leyendo.

-Hermano, ¿por qué lees? -preguntó sorprendido.

-Porque estoy cansado, hermano.

Le pareció lógico así que lo dejó allí descansando bajo la sombra de aquel pino. Volvió un mes más tarde. Se encontraba leyendo en su cabaña. Le pareció ver su rostro más sereno y más lleno de luz que de costumbre: debía de sentirse feliz.

-Hermano, ¿por qué lees?

-Me gusta, hermano.

Se preguntó cómo estaría consiguiendo dinero si no se despegaba de aquel libro; se pregunto qué sería que tendrían aquellas páginas que habían puesto a su hermano de ese modo.

Regresó a visitarlo un mes más tarde. Ya había llegado el invierno y por ello los senderos estaban cubiertos de nieve y las ruedas de los carruajes de escarcha. Se retrasó unos días. Cuando llegó, su hermano no estaba en la cabaña. Lo buscó por el bosque, por sus colinas y sus abetos y sus olmos y sus robles y… tropezó con él cerca de unos pinos. Estaba tumbado en el suelo; estaba delgado y frío. Aunque su rostro estaba realmente sereno y parecía redundar luz.

Le arrebató el libro de sus manos inertes y se dispuso a leerlo bajo un árbol.

 

Daniel Marmolejo

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

Dos cuervos y un hijo

En una lejana aldea vivía un rey. Un día, mientras paseaba pensativo alrededor del castillo, se encontró al hombre más sabio de la aldea.

-Dime, viejo sabio, cuál de mis tres hijos es el que merece heredar mi reino.

-Si quieres resolver tu dilema tienes que darme tu corona y enviar a tus hijos hasta mi casa.

El rey entregó la corona y de inmediato reunió a sus hijos. Estos quedaron perplejos al contemplar a su padre sin su corona.

-Mi reino es mi corona, y esta la tiene el hombre sabio; aquel de los tres que me la devuelva será el futuro rey.

El hombre sabio esperaba junto a un árbol, con un cofre en la mano cuando llegó uno de los hijos.

-Vengo a por mi reino.

-La corona de tu padre está en el cofre. Tienes tres intentos –dijo el sabio.

Confiado, el príncipe desenvainó su espada y asestó un golpe a la caja: ni un rasguño en la madera. Quedo extrañado. Sacó un cuchillo. Intentó forzarla: nada. Desesperado, lo agarró y lo tiró en un último intento. Suspiró, vencido.

-No soy merecedor de suceder a mi padre.

El segundo hijo se cruzó con su hermano en el camino y llegó hasta el árbol.

-Vengo a por mi corona.

-La corona de tu padre está en el cofre. Tienes tres intentos -repitió el sabio.

Confiado, prueba con unos polvos mágicos. Se quedó extrañado. Saca una vara de madera, la agitó al ritmo de unas palabras. Nada. Lo agarró desesperado y lo tiró en un último intento. Suspiró, vencido.

-No soy merecedor de suceder a mi padre.

El tercer hijo llegó hasta el árbol mientras su hermano se marchaba cabizbajo.

-Vengo a por la corona que es un reino para mi padre.

-La corona de tu padre está en el cofre. Toma la llave.

Jose Suárez

 

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

La llave

Érase una vez un hombre en la flor de la vida que iba de camino a casa, mientras comenzaba a caer el sol por detrás de las montañas después de un largo día de trabajo en el campo. No tardó en toparse con un extraño peregrino al pie de una higuera, quien, a cambio de agua, le ofreció una llave que, según contaba, le permitiría abrir cualquier cerradura que se propusiera. Ni que decir tiene que nuestro protagonista, que con la edad había adquirido como cualquier ser vivo cierto grado de sabiduría, no dio la más mínima importancia a la llave. Pero he aquí que llegó el día en que las raíces del aburrimiento alcanzaron el recuerdo de aquella misteriosa llave. Tras encontrarla en el bolsillo de la chaqueta se decidió a ponerla a prueba. En primer lugar, le sedujo la idea de la bodega del pueblo. Cuál no sería su sorpresa cuando la cerradura cedió a la llave. Le pareció fantástico poder saborear los diversos vinos. Mientras bebía, fermentó la idea de probar con la cerradura de las arcas municipales. No daba crédito a sus ojos cuando la segunda cerradura también cedió. Con los bolsillos llenos de monedas, no pudo evitar resistirse a la siguiente cerradura que le vino a la cabeza: la de la casa de su prometida. Con sumo cuidado, manipuló la cerradura con total seguridad de que esta cedería. Así fue. Acto seguido, a hurtadillas, comenzó a subir las escaleras hacia la habitación de su prometida. No podía esperar a contárselo todo. Tras el susto inicial y una vez la hubo puesto al corriente, ya solo le faltaba abrir con la llave el candado de su corazón. Se quedó dormido a su lado pero a la mañana siguiente cuando abrió los ojos distinguió un grupo de hombres a su alrededor. Su prometida no estaba a su lado y su llave ya no estaba en su bolsillo. Los gentiles hombres le acompañarían a los calabozos con el fin de aclarar los hurtos acontecidos la noche anterior.

Carlos Martín Cabrera

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

El músico de la alegría

Cuentan que un joven halló por casualidad entre las ruinas de una ciudad perdida un extraño instrumento de cuyas cuerdas emanaba un sonido que nunca nadie había escuchado por aquella región. El joven, que era músico, practicaba todos los días con el instrumento, pues no estaba familiarizado con él, hasta que logró arrancarle bellísimas melodías que hacían las delicias de todos sus vecinos. Cuando por fin consideró que dominaba la técnica salió del pueblo en busca de nuevos lugares a los que llevar su nueva música, seguro de que asombraría a todos cuantos le escucharan. Así, surcó mares y tierras lejanas hasta llegar a nuevos continentes. En una ciudad cualquiera decidió empezar su primer concierto, anunciando que se trataba de un nuevo instrumento cuya melodía nunca antes se había escuchado. Cuál no fue su sorpresa cuando, al sacar el preciado instrumento, el público prorrumpió en carcajadas. Extrañado, comenzó a tocar, pero las risas proseguían. Al acabar el concierto, después de los abucheos generales, se le acercó un hombre, muy viejo y muy sabio, que le dijo que ese instrumento ellos ya lo conocían en sus tierras, lo llamaban “violín” y, si bien era cierto que sus melodías eran bellas, muchos allí ya sabían tocarlo. Desolado, el joven músico decidió volver a su país, donde al menos su música era recibida con júbilo. Por el camino, se encontró con una niña que lloraba amargamente: “¿Qué te pasa?”, le preguntó. “He perdido mi muñeca”, contestó entre sollozos la niña. Viendo que sus carantoñas no surtían efecto alguno sobre el desconsolado llanto de la chiquilla, sacó su violín y comenzó a tocarlo. La cara de la niña cambió, y una enorme sonrisa se le iba dibujando en el rostro a medida que la música brotaba del instrumento. Cuando el joven acabó, la cría estaba cantando y bailando, olvidando su muñeca. Continuó su marcha a casa y, al doblar la esquina, un mendigo le pidió unas monedas “para alimentar el estómago”. “No puedo ofrecerte nada, porque nada tengo”, se disculpó el joven que, tras reflexionar un poco, sacó el violín y tocó otra canción. Al acabar, la desdentada boca del mendigo reía y los ojos apagados ahora le brillaban como fuego. “Quizás no has alimentado mi estómago –dijo– pero me has alimentado el alma. Gracias.” Ya en el barco de vuelta, una anciana muy enferma solicitó su compañía para no morir sola en el camarote. El músico, confuso al no saber qué decir ni qué hacer en presencia de aquella mujer agónica, decidió regalarle como despedida una melodía. Tras escucharla, el rostro de la mujer ya era completamente distinto: las mejillas volvían a tener color, las arrugas de su cara desaparecieron, ya no había manchas en su piel, ni ampollas en sus pies, ni enfermedad en su cuerpo. Se levantó de un salto de la cama y corrió por la cubierta como una muchacha. El capitán del barco no podía creer lo que sus marineros le contaban así que decidió probar él mismo el milagro. De un tirón, le arrebató el violín al joven músico y, poniendo en práctica sus conocimientos musicales, comenzó a tocar una melodía. Al momento el cielo se nubló, las gaviotas comenzaron a caer muertas sobre la cubierta, los marineros sintieron un enorme mareo y vomitaban por la borda, la mujer  que antes correteaba por la cubierta volvió a sentirse vieja y enferma. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el joven logró derribar al capitán y arrebatarle el violín. Con la ayuda de los marineros, ya repuestos del trance, al igual que la mujer, consiguió atar al capitán hasta que llegaron a puerto. Una vez en su tierra, el músico fue recibido con honores, pues hasta allí había llegado la noticia del talento excepcional del joven. Triste y avergonzado, el músico se disculpó: “No os molestéis en hacerme fiestas, pues más allá de estas fronteras no soy merecedor de honores, antes bien, soy un músico mediocre”. De pronto, atronó una voz familiar: “¡Eso no es cierto, muchacho!”. De entre el tumulto de personas salió el anciano sabio que había conocido en el país extranjero: “Ese violín tuyo es mágico, pues es violín y espejo del alma de su dueño a la vez. De manera que si lo toca un alma noble, su melodía obra milagros en las almas desdichadas, pero si lo toca un alma negra, ocasiona males horribles. Yo mismo lo escondí para que no cayera en manos equivocadas, pero te he estado observando y creo que eres merecedor de su poder. El talento no es lo que hace que este violín funcione, sino que además necesita de la bondad”.

Y así, a partir de ese día, el joven viajó por todo el mundo tocando bellas melodías con su violín y aliviando el peso de las almas que se encontraba a su paso. Todos lo conocían como “El músico de la alegría”.

Marisol Ramírez Galván

 

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 5 comentarios

El secreto de Rashid

En un lugar muy  lejano vivía Rashid, un joven que escondía un gran secreto. Rashid había visto y experimentado mucho más de lo que nadie se podía imaginar, pues, por más que los años pasaran, él seguía siendo igual de joven.

La razón de que Rashid no envejeciera era su viejo violín, que le dotaba de eterna juventud, siempre que nadie, ni siquiera él, lo hiciese sonar.

Un día Rashid se hallaba recordando cómo era su pueblo y en lo que se había convertido.

Las tranquilas calles por donde solo transitaban animales y personas ahora no eran más que carreteras donde los coches hacían rugir sus feroces motores.

Las personas del lugar, que antaño fueron tranquilos campesinos y que miraban sin prisa a los ojos de sus vecinos, ahora eran personas sin alma arrastradas por la avaricia del que siempre quiere más.

Rashid sacó su violín y entonó una alegre melodía para alegrar su triste corazón.

Comenzó tocando en cada ventana, luego en cada puerta y más tarde en cada plaza que encontrara a su paso. Y tocó, y tocó y tocó hasta que no quedó un solo rincón de la ciudad en el que no lo hubiesen escuchado.

Todos, al oír la música, comenzaron a mirarse a los ojos llenos de lágrimas y se abrazaban como si no existiera el mañana y empezaron a sentir algo de calor en sus fríos corazones.

Por fin, Rashid descubrió la alegría de estar vivo justo cuando comenzaba su camino natural hacia la muerte.

 Héctor Trinidad Marcet

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

El perfume

          Una mañana de una época muy lejana, Chindasvinto, un muchacho de tez sonrosada y pelo hirsuto, que trabajaba como aprendiz de artesano en su ciudad natal, se dirigía muy contento a ver a su amada, residente en la ciudad vecina. Ésta, cuyo nombre era María Julieta, solía peinar sus cabellos sentada en el alféizar de la ventana, donde pasaba horas y horas, al tiempo que atisbaba a los guapos galanes que pasaban por la calle, que desde lo alto de sus caballos la saludaban con la mano.

          Chindasvinto, que era un chico especialmente tímido, sabía que aquella doncella jamás se fijaría en él, pero día tras día procedía al cortejo, como si el desprecio del día anterior no significara nada. Aquella mañana la dama debía de estar atareada con alguna faena de la casa, pues no se encontraba asomada a su ventana como de costumbre. El muchacho lanzó una piedrecita contra uno de los vidrios de la casa, y sin dar tiempo a pronunciar palabra, vislumbró cómo se asomaba una mano y le lanzaba un jarro de agua, que lo empapó de pies a cabeza. Con las ropas pegadas al cuerpo, intentó explicarse, puesto que la doncella, tras lanzarle el cántaro de agua -cerámica incluida-, había empezado a soltarle una sarta de improperios, entre los que se encontraban los peores exabruptos.

          -No temáis, preciosa mía; vengo a haceros feliz, pequeña dama. Con lo que vengo a deciros, se acabarán vuestros problemas.

          -No tengo ningún problema, mentecato, so ojo de gato, idos por donde habéis venido, excremento de nutria. Mis oídos ya crujen de espanto, solo de oiros.

          -Preciosa, sólo escuchadme.

          -¡¡Fuera!!

          Pero al enamoradísimo mozo, los insultos de su dama sólo conseguían henchirle aún más de amor y no se lo pensó dos veces al volver a pasar por la ventana de casa de su amada varios días más tarde.

          -Amor mío, os deseo tanto que hasta al monte se lo canto; mi corazón es una rosa partida de dolor que sangra lágrimas rojas por vuestra hermosura… Jamás pensó aquí un servidor que…

          ¡¡Plaff!! Otro jarro de agua fría -jarro incluido- salió disparado por la ventana de aquella dulce damisela, dejando a nuestro zagal empapado de pies a cabeza y con un chichón del tamaño de una butifarra del lejano reino de Aragón.

          Chindasvinto suspiraba y a todas horas lloraba que lloraba por las esquinas, como expresaba aquella remota canción de tiempos de sus ancestros. Sus amigos lo invitaban a algunas pintas en la taberna, pero a todo rehusaba, loco de sufrimiento y herido en lo más profundo de su ser. Algún vecino opinó que con una serenata la dulce dama caería rendida a sus pies. Y así lo hizo. Como se le daba bien el canto, una noche de julio, ataviado con sus mejores galas y tocando la ocarina, afinó su voz y paseó por las calles del pueblo cantando las más bellas melodías. Al llegar a la ventana de su dama, le dedicó una de sus canciones y, ante esto, a la damisela no le quedó otra que asomarse a ver qué ocurría y cuál era el motivo de aquella barahunda.

          -Sé que a la fuente de tu pueblo le han cortado el agua -canturreó Chindasvinto-, y un hechicero amigo mío ha visto en su bola de cristal que hace más de un mes que no os bañáis; me tenéis preocupado…

          -No puede ser… ¿Encima me llamáis cochina? ¡Largo de aquí!

          -¡Esperad! ¡He inventado un perfume! Del aroma de vuestros cabellos, de la dulce fragancia de la miel de vuestro labios…

          -¿Perfume? Mmmm, suena interesante… Así podría conseguir que las moscas se alejaran de aquí…

          Así, aquella hermosa muchacha llamada Maria Julieta picó el anzuelo y no se pudo resistir a probar aquel perfume, ya que procedía de una elite selecta, perteneciente a una de las familias más acomodadas del reino. Pero el padre de la dama, que no tenía un pelo de tonto, olisqueó a su hija durante el desayuno. Y comprobó en efecto que allí pasaba algo raro. Los vecinos del condado, incluido él, hedían a perro muerto desde hacía más de un mes, ya que no poseían ninguna fuente de agua, y de repente aparecía su hija, iluminando la estancia con su presencia, como de costumbre y con aquel aroma que parecía que la habían visitado los ángeles durante la noche… Definitivamente, allí pasaba algo raro…

          Don Agustín, que así se llamaba el padre de Maria Julieta, se temía lo peor, así que convocó a los vecinos en la plaza del pueblo, aunque eran las 11 de la noche y todos estaban en camisón, para informarles de aquello que le robaba el sueño. Aquel tema no tenía buena pinta, que su hija oliera como los ángeles mientras ellos hacía un mes que no se bañaban… Válgame Dios, no podía ser. Aquello debía ser culpa de los vecinos del pueblo de al lado, que siempre les habían tenido ojeriza. Así que los sencillos pueblerinos de aquel pueblo, en camisón y todo, cargaron antorchas y cogieron lo que tenían a mano (algunos incluso bayonetas) y se dirigieron en motín hacia el pueblo de al lado, donde vivía Chindasvinto. El pueblo de al lado, que poseía un enorme castillo, contaba además con cientos de soldados, que, curiosamente, estaban alerta aquella noche y arremetieron contra aquel grupo de desalmados que venían a interrumpirles su partida de mus. La contienda arrasó la vida de cientos de vecinos en camisón, quedando como vencedores los del bando del pueblo de Chindasvinto, que patentaron el perfume de éste. Aparte, el sonrosado muchacho pudo conseguir el amor de su amada Maria Julieta. A partir de aquel momento, Chindasvinto vivió con la doncella por el resto de sus días, fue feliz y comió perdices, y las moscas tuvieron que buscar otro lugar de residencia donde habitar.

 Pino Cumba Martín

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

El demonio en el espejo

Érase una vez un joven príncipe rico y avaricioso que iba caminando por un largo camino de piedra hacia su casa. En mitad del camino, el joven encontró a un anciano mercader que vendía un viejo espejo con el marco bañado en oro. El joven, hipnotizado por la belleza del espejo, quiso comprárselo al anciano:

-Le ofrezco lo que desee por ese maravilloso espejo -dijo el joven.

El anciano alzó la vista y le contestó:

-¿Este espejo? Puedes llevártelo si quieres, pero te advierto que es especial: es capaz de reflejar cómo son las personas en su interior. Y ten cuidado si lo rompes, pues nada bueno te espera en tal caso.

-Eso es solo un cuento -dijo el joven-. Me llevo el espejo.

Cuando llegó  a palacio, lo primero que hizo fue colgar el espejo en la mejor habitación, donde mejor iluminación había. En cuanto el joven se reflejo en el espejo vio a un horrible demonio cuyo aspecto asustaría a cualquiera. El joven, espantado, se alejó del espejo y cerró  la habitación para no verlo más. Al día siguiente, el joven no lograba sacarse esa imagen de la cabeza, la veía en todas partes y no sabía cómo olvidarla, así que decidió volver al camino y hablar con el anciano. Al llegar, el joven le dijo:

-Anciano, ese espejo estaba maldito. Hay un demonio viviendo en él.

-No hay ningún demonio -dijo el anciano-. Ese demonio eres tú y dentro de poco en eso te convertirás.

-¿Yo? –respondió, confuso, el joven-. Yo no quiero convertirme en esa cosa ¿Cómo puedo evitarlo?

-Deberás abandonar tu fortuna y vivir una vida más humilde -respondió el anciano-. Esa es la única manera de evitarlo.

-¡¿Renunciar a mi fortuna?! Jamás. Acabaré con esto destruyendo ese espejo.

Al llegar a la casa el joven, enfurecido, cogió un palo y rompió el espejo de un solo golpe. “Ya está, pensó, por fin todo esto acabó”.

De repente, el demonio que había visto en el espejo salió de entre los trozos de cristal y le dijo al joven:

-No has sido capaz de renunciar a tu codicia y has destruido el espejo. Ahora tendrás que sufrir las consecuencias.

El demonio aferró al joven y juntos desaparecieron entre los trozos del espejo, para ya jamás volver.

Brian Guerra Pulido. IES Politécnico. 

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , | Deja un comentario

El espejo del otro lado (El otro lado del espejo)

En los campos de Groenlandia, Carlos recogía el centeno que no se había helado. Tenía poca cosecha ese año, y su familia estaba muy flaca, todos tenían un hambre atroz.

Carlos iba caminando con la hoz por la parcela, y sintió un calor inesperado. “En noviembre no hay más calor que el que a duras penas escupe el sol”, pensó. Al mirar detrás de unos matos, vio a un hombre rojo con afilados cuernos de cabra y patas peludas como los chalecos de lana. Tenía la cola puntiaguda, y una mirada difícil de mantener.

-Te veo buscando algo, Carlos.

-¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres?

-No hace falta que me presente: estoy en cada miedo, en cada duda; cada vez que quieras llorar, estaré colgado detrás de tu oreja.

Carlos se quedó dubitativo.

-Quizás quieras pedirme algo. ¿Quieres escaparte de este viejo páramo?”

Las pupilas de Carlos estaban henchidas como un girasol a mediodía. Necesitaba huir de esa cárcel que era el frío y la pobreza.

-Quiero que me lleves al Paraíso -dijo Carlos.

-Eso está hecho; te voy a prestar mi espejo, que quizás no tenga una gran hondura metafísica, ni oro y piedras preciosas, pero sirve para llevarte al Edén.

Carlos se ciñó el espejo a la cintura, lo estiró como si fuera una sábana y entró en el paraíso.

-Recuerda –decía el Diablo mientras bajaba-, si el espejo se rompe, te consumirás con los fuegos del Averno.

Tras un zumbido, aparecieron ante él exuberantes árboles, frutas y animales. Estaba completamente felíz. Colocó el espejo ladeado en una roca y se quitó la ropa para bañarse en el agua de un arroyo.

Cuando estuvo dentro, al cabo de unos segundos, se incineró dentro del agua, creando un vapor intenso que se levantó hacia las nubes, y que dentro de unos meses llegaría al cielo de Groenlandia.

Pobre iluso. No sabe que yo todo lo veo y todo lo sé. Veo sus palpitaciones difusas, sus dudas por querer huir de la pobreza. Le ofreceré lo que tanto ansía. Le ofreceré el Edén. No podrá rechazarlo, su amor por escapar de la vida que lleva es para querer desafiar a la muerte. Se sentirá obnubilado, entonces cuando vaya a bañarse en el arroyo y deje el espejo lejos de él, me transformaré en serpiente y lo empujaré, hasta que, tras ese chasquido delicioso de cristales oiga su grito elevarse hasta las nubes, mirando cómo otro pobre desdichado más entra en mis arcas, a vagar con su angustia toda la eternidad.

Francisco Rebollo Bautista. IES Politécnico.

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , | Deja un comentario

El elefante de madera

Un día como otro cualquiera, un niño haitiano paseaba por su pueblo. Iba admirando las nubes esponjosas y el día soleado, cuando de repente se tropezó con algo que salió rodando calle abajo. El niño corrió a ver qué era aquello que rodaba y rodaba y, al alcanzarlo, se agachó y lo recogió. Era un elefante de madera y sin valor aparente. Se dirigió a la colina más alta y verdosa, desde la que se vislumbraba todo el poblado y colocó el elefante de madera orientado hacia la aldea. Luego se marchó, pues ese elefante no tenía valor como para llevárselo con él.

Al atardecer, el niño descansaba tranquilamente mirando a los demás niños jugar cuando todo comenzó a moverse. Los edificios se tambaleaban hacia los lados, el suelo bajo sus pies vibraba y las casas a su alrededor se derrumbaban con un sonido ensordecedor. Todo aquello con lo que había crecido se desmoronaba y toda una vida se destruía en cuestión de segundos dejando al pequeño poblado, ya pobre, convertido en ruinas.

Días después, el niño buscaba entre los escombros algo que comer cuando, de repente, tocó algo con una silueta familiar. Era el elefante que había puesto en aquella colina verde. El niño, asombrado, volvió a colocarlo en la colina orientado hacia el poblado en ruinas. Se marchó de nuevo y siguió buscando algo que echarse a la boca.

Esa misma noche mientras dormía, ese elefante de poco valor al que había despreciado dos veces, se apareció en sus sueños. Al día siguiente, cuando despertó, estaba en esa colina junto al elefante y cuando alzó la vista, volvía a hacer un día soleado y su aldea se había reconstruido milagrosamente.

Kevin Marrero García. IES Politécnico.

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , | 1 comentario

La llave

A una remota aldea, llegó un joven médico que venía para sustituir al médico local. El joven compró la casa más grande, que llevaba vacía cuarenta años. El alcalde le acompañó en su reconocimiento de la casa y después de ver todas las habitaciones se encontraron con una puerta.

-¿Y esta puerta?-preguntó el joven.

-Ah, la puerta. Es un misterio, pero no se puede abrir, será un antiguo desván –respondió el alcalde.

Pasaron los días y el joven intentaba abrir la puerta sin conseguirlo. Hasta que, una mañana, encontró una llave que estaba envuelta en una nota que decía: “Al otro lado hay otra copia”. Al principio no comprendió, pero se decidió a abrirla. Al hacerlo, la puerta chirrió enormemente, pero lo que vio fue un enorme prado de colinas lilas con un río de color verdoso en el que se bañaban dos animales gigantes. Atravesó la puerta, abrumado por lo que veía.

Un poco más tarde, llegó a la casa la sirvienta que tenía que limpiar. Pasó por toda la casa sin ver al joven, lo que le extrañó. Pero vio una puerta entreabierta y mientras se quejaba del desorden, cerró la puerta con la llave que el joven dejó y la guardó en la mesa más cercana. Al otro lado, el joven escuchó un chirrido y se volvió para ver de dónde procedía. Pero tremenda fue su sorpresa al descubrir la puerta cerrada, forcejeó y le dio patadas, pero la puerta no se abría. Había dejado la llave puesta en la puerta. Al momento recordó la nota en la que había encontrado la llave, ponía que donde él se encontraba había otra copia de la llave.

Comenzó a correr por el prado lila con azucenas azuladas hasta topar con lo enormes animales. Estos eran de color verde y de sus cabezas salían tres cuernos que terminaban en una punta cuadrada. El joven pensó que el mejor lugar para esconder la llave sería al cuidado de esas bestias.  Así que rodeó a los animales de modo que estos no le vieran y descubrió que detrás del animal más grande, había un pequeño tronco con un agujero. Creyó ver que algo en su interior brillaba. Aprovechó que el animal se agachaba a beber agua y corrió hasta el árbol, cogió la llave y, mientras corría hacia la puerta las bestias comenzaron a perseguirle. Consiguió llegar a la puerta e introdujo la llave lo más rápidamente posible. Al pasar por ella y cerrarla, notó el impacto de las dos bestias al estrellarse, pero no lograron pasar porque ya había cerrado con la llave. Estaba lleno de sudor por la carrera y el miedo. Se quedó mirando la puerta y pensó: “Nunca más voy a volver a abrirla”. Acto seguido el joven guardó las dos llaves en los lugares más recónditos de la casa.

Alba Rodríguez Macías. I.E.S Politécnico

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , , | Deja un comentario

El príncipe feo

En un lugar muy remoto vivía un rey con sus hijos, pero la pena lo embargaba porque éstos no podrían gobernar: su hijo mayor era sordo (no oiría a sus súbditos), el segundo era mudo (no podría hablar con ellos), el tercero nació muy feo (no habría princesa que lo quisiera).

Pensaba que la reina era la culpable de sus desgracias y, cuando nació el tercero, ordenó que la expulsaran de palacio.

Pasando el tiempo el pequeño príncipe era cada vez más feo; su padre no le dejaba salir de palacio.

Un día, mientras jugaba, vio una puerta que nunca había visto, la abrió y salió. Andando, andando, llegó a un claro del bosque donde había un hermoso lago. Cansado de tanto andar se sentó en la orilla y, al mirarse en las aguas, se asustó y, creyendo que era un monstruo, se levantó y corrió desesperado.

Tanto corrió que cayó rendido y se quedó dormido.

Cuando despertó, a su lado había una viejecita harapienta que le miraba sonriente.

Él se sorprendió de que no se asustara como los demás y, llorando, le dijo quién era.

La mujer sacó de su delantal un frasquito y un trocito de cristal, se los dio y le dijo:

-Le dais esto a vuestro padre y le decís que durante cinco noches te haga un pequeño corte en el rostro y la sangre que salga de la herida la guarde en este frasco. Pero sólo lo tiene que hacer él, nadie más.

Cuando el príncipe le contó al Rey lo que tenía que hacerle, éste, al principio, se negó, pues no deseaba hacerle daño; pero tanto insistió el príncipe que el rey acabó cediento y, cada noche, le hacía un corte en un lugar distinto de la cara, lo que el muchacho soportaba estoicamente, mientras que era su padre quien lloraba.

A la mañana siguiente de la quinta noche, el Rey fue a ver a su hijo y no daba crédito a lo que veía, era el joven más guapo que nunca había visto y, en su corazón, le recordaba a alguien, pero no sabía a quién.

Ordenó que buscaran a la mujer que había visto su hijo y que la trajeran a Palacio. Cuando la tuvo ante sí, no podía creerlo: ¡Era su esposa!

De esta manera, la Reina castigó a su esposo por haber sido cruel e injusto con ella, devolviendo bien por mal.

Y aquel reino fue muy feliz, pues el príncipe se casó con una bella princesa y tuvieron muchos hijos.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

DOLORES MARTIN FERRERA

16 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El sapo

En las tardes de sábado, en verano, se iban con Teresa, la madre de Joaquín, y sus amigos a la Cascada de la Piedra a bañarse. En el bullicio del recorrido de la casa al agua, Teresa les recordaba lo que podían o no hacer dentro del agua. Lo principal eran las toallas: cuando desde la orilla les mostrara la toalla amarilla, era “Alerta”; y la toalla roja era “¡Salir ya!”. Teresa les había relatado una leyenda del lugar que contaba que detrás de la cascada había un sapo grande, de color atractivo y mirada enternecedora, que hibernaba debajo de la tierra, y salía al agua en época de calor. Este carnívoro no permitía a nadie entrar en su territorio. Al que lo conseguía, se lo comía. Aunque el relato les había impresionado y Teresa era persona de confiar, ellos ya tenían ocho y diez años y sólo les importaba la diversión.

El sábado anterior al regreso a la ciudad, se levantaron más temprano que de costumbre y, apurando el desayuno, se sentaron a la puerta de la casa de Teresa, a esperar. Hacía frío. Con el ruido habitual de los amigos juntos, partieron a la cascada. Teresa les recordó los mensajes de sus toallas. “¡¡¡Todos al agua!!!”  No miraron hacia la orilla, era el último día. Se olvidaron de Teresa y las toallas, y dejaron que el agua les manejara a su antojo. Estaban todos. Al sentir que el sol les quemaba, miraron hacia la orilla y vieron a Teresa que agitadamente les mostraba la toalla roja.

Volvieron rápidamente. Al llegar, Teresa dijo que faltaba uno, contaba ocho y eran nueve. “¿Quién falta?”. Se miraron. “Falta Joaquín”.

Teresa nadó detrás de la cascada, en el hueco que formaba el agua, y sólo vio un sapo grande, de color atractivo y mirada enternecedora.

Raquel Tulic Sanabria

2 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

EL LIBRO DEL MAGO

En un lejano pueblo de montaña vivía un maestro feliz. A los chicos de su escuela les gustaba acercarse a él para contarle secretillos. El maestro escuchaba siempre con sumo interés: se inclinaba amablemente hacia el pequeño mensajero y cerraba los ojos, para oírle mejor.

Esta sencilla ceremonia -corazón a corazón- se repetía una y otra vez. Y no había niño en el pueblo que no sintiera ganas de hablar, de jugar y brincar.

-¿Cómo lo consigue, maestro? ¿Cuál es su secreto? -le preguntaban los padres agradecidos.

-Un mago me regaló su libro, sin duda es cosa de magia -les decía sonriendo.

Un día, Daniel llegó a la escuela muy alborotado:

-¡He perdido mi ardilla! -interrumpió sollozando.

-Pero, Daniel, si las ardillas no se pierden porque no son nuestras; viven libres en el bosque -intentó razonar el maestro.

-¡Ay, no, no! ¡Piña es mi amiga! Ella come los piñones que le dejo junto al arroyo. ¡Pero hace ya tres días que no viene, y tengo miedo de que el lobo se la haya comido! -explicó Daniel, descubriendo así su secreto a todos sin darse cuenta.

-En ese caso… ¡la lección ha terminado! ¡Nos vamos de excursión! -resolvió el maestro.

Los amigos de Daniel pasaron toda la tarde dando voces por el bosque. “¡Piii  ña! ¡Piii  Piii  Piii  ña!”, gritaban. Tan pronto creían ver a la ardilla sobre la rama pelada de un árbol, como escondida tras un ancho tronco. Por todas partes la veían y al momento desaparecía. La noche, al fin, oscureció toda esperanza de encontrar al animalito. 

En el camino de vuelta, el maestro le pidió a Daniel que no se acostara sin antes haber escrito en un cuaderno todo cuanto recordaba de su mascota. Le aseguró que si lo hacía Piña no podría desaparecer. Volvería junto a él.

El niño estuvo escribiendo hasta muy tarde y agotado se metió en la cama. Aquella noche soñó que su ardilla entraba por la ventana y se sentaba encima de su cuaderno. Juguetona, le miraba y mordisqueaba el lápiz con el que la había dibujado. Sintió que subía a su almohada y le acariciaba con su cola. Nunca antes se había acercado tanto a él.

A la mañana siguiente Daniel se despertó feliz. El maestro tenía razón, Piña no se había perdido.

Miryam Gallo Martínez

26 octubre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La traición de Meceo

Hace muchísimos años, tal vez siglos, hubo una hermosa princesa que vivía felizmente con su príncipe. Rosmunda era su nombre y el valiente caballero con el que estaba prometida era Meceo. El pueblo en el que vivían había sido un sitio idílico para ellos, hasta que hacía unos años, una terrible maldición se cernió sobre ellos. Una maldición que los tenía condenados a una eterna podredumbre: los negocios ya no eran prósperos y los días ya no eran soleados, todos andaban tristes e infelices. Nadie sabía quién había sido el culpable pero todos sospecharon del mensajero del pueblo: él llevaba las misivas, él entregaba las cartas, él se enteraba de todo. Por ello, lo desterraron, llevándose únicamente la vieja bolsa donde metía las cartas. Y allí residía hasta el momento, solo en el bosque.

Un buen día, la princesa, que era muy bella y orgullosa, aunque más orgullosa que bella, mandó al príncipe a buscar al viejo cartero. Le creía culpable por todas aquellas penurias y sospechaba de la misteriosa bolsa.

-Allí debe de tener algo escondido -le había dicho la princesa a su amado príncipe-. Tal vez la solución a nuestros problemas… ¡un contrahechizo!

-Es demasiado listo como para tener un contrahechizo a su propio hechizo -respondió el príncipe.

La princesa enfureció de tal manera que tiró toda la comida al suelo.

-¡Déjate de fanfarronear y de llevarme la contraria! ¡Soy tu princesa y vas a ir al bosque para quitarle esa bolsa al viejo! Y bajo ningún concepto quiero verlo por aquí. ¡Sólo trae de vuelta ese maldito bolso!

El príncipe, ante la furia de la princesa, le respondió que sí. Por muy asustado que estuviera, temía más el enfado de su prometida que al viejo.

A la mañana siguiente, Meceo se adentró con su guardia personal en el bosque. El príncipe galopaba intentado disimular su miedo a medida que avanzaban. Después de largo rato, se oyó un ruido tras los arbustos y todos dieron un respingo. Los caballeros cubrieron de inmediato al príncipe y apuntaron todos con las armas hacia los arbustos, que se movían cada vez más.

-¿Viejo? -preguntó uno. Nadie respondió-. ¡Viejo! ¿Eres tú?

Lo primero que asomó fue una delgada pierna, seguida del resto del cuerpo del anciano.

-Soy yo, bajad las armas.

El príncipe ordenó que así lo hicieran y el viejo salió completamente de los arbustos. Llevaba aún la bolsa.

-¿Para qué habéis venido? -preguntó el viejo. El príncipe bajó de su caballo.

-He venido porque quiero confiscarte tu bolsa… -el príncipe carraspeó-. A petición de la princesa.

El viejo, que era inteligente y había aprendido a fijarse en todos los detalles, le hizo una proposición al príncipe:

-Nunca me ha caído bien esa princesa, pero vos siempre me habéis defendido, así que te diré lo que hay en esta bolsa, y será tuyo, si me llevas al reino y me permites vivir de nuevo allí.

El príncipe, repentinamente atraído hacia la bolsa, desesperado por saber lo que contenía, accedió a la proposición del viejo cartero. Así, haciendo caso omiso de las peticiones de su princesa, partió hacia el reino con él.

A su llegada, el príncipe se reunió con a solas el viejo, que le advirtió:

-Promete que sea lo que sea que encuentres en el bolso, me dejarás vivir aquí hasta que me muera.

El príncipe asintió desesperado.

-Tienes mi palabra.

 El viejo le dio la bolsa. Pero, justo en ese momento, irrumpió en la salita la princesa, cómo no, enfurecida.

-¿Cómo te atreves a traicionar mi petición? ¡Estás loco! Te has buscado tu perdición.

Pero Meceo, absorto por su deseo de saber qué había allí, abrió el saco apresurado y miró dentro. Metió la mano y no encontró más que cenizas.

-Pero… ¿qué es esto?

La princesa se acercó, curiosa, y también metió la mano. Los dos miraron al viejo, que sonreía.

-¡A eso es a lo que verás reducido tu mundo si sigues siendo desleal a tus promesas! Esto es lo que le pasa a tu mundo cuando eres egoísta, que se convierte en cenizas. El saco no es más que eso, un saco, pero te enseña en lo que te puedes convertir o en lo que ya te has convertido. Te advierte… Te veo triste, Meceo. ¿No era eso lo que esperabas encontrar?

Pero Meceo ya no escuchaba, ya no hacía caso a nada. Siempre había sido fiel a su princesa, y por una vez que rompía su palabra y seguía a su deseo, éste le hacía la peor de las jugadas. Y así fue como  la princesa y el príncipe abandonaron su lugar en la corte y marcharon hacia el bosque, sumidos en una profunda tristeza. Desde entonces, no hay ninguna maldición y el pueblo vive en paz. Porque, bien es sabido que las ansias de poder y la traición no han traído nunca nada bueno.

Cristina Velázquez López

26 octubre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La niña y la gaviota

Érase una vez una niña solitaria que todos los días iba a la playa a contar su tristeza a las gaviotas.

Una de ellas se apiadó de la niña y se le acercó hablándole así:

-Niña de ojos tristes, ¿qué te pasa?

La niña le contestó:

-No tengo amigos y me siento sola.

La gaviota se sonrió y dijo:

-Eso es muy fácil de solucionar. Toma esta piedra, guárdala, y cuando te acerques y hables con un niño, se hará tu amigo.

Así lo hizo la niña, y a partir de entonces comenzó a tener muchos amigos.

Pero un buen día perdió la piedra y temerosa fue a pedir ayuda a la gaviota.

Llorando se acercó y le dijo:

-¡He perdido la piedra mágica y ya no tendré amigos!

La gaviota, sonriendo, mientras desde la orilla de la playa se oían los gritos de los niños que la llamaban para jugar, le dijo:

-¿Y quién te dijo que esa piedra era mágica?

De repente, la niña comprendió y se sonrió, y dándole un beso le dijo:

-¡Muchas gracias, amiga gaviota!

Milagrosa Rodríguez Santiago

26 octubre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La princesa Rubí

Érase una vez un reino muy lejano donde vivía una princesa muy rubia y muy bella. Siempre iba vestida con hermosos trajes de color rojo, y por eso era conocida en todo el reino como la princesa Rubí.

Su padre, el rey, la consideraba una auténtica joya, y la hacía dormir en un cofre de cristal junto al resto de las joyas del palacio, por temor a que la raptasen durante la noche.

El príncipe de un reino enemigo, que estaba locamente enamorado de ella, iba a verla todas las noches, amparándose en la oscuridad. Su esperanza era poder declararle su amor, pero ella siempre estaba dormida y a buen recaudo en su cofre joyero.

Desde fuera se la veía hermosa y radiante. El príncipe le daba besitos en el cristal y se desconsolaba porque no podía ni besarla en los labios ni estar abrazado a ella.

Desesperado, pidió consejo a una hechicera, y esta le dijo que lo convertiría en una gargantilla con un gran diamante, que se las apañaría para que lo metieran en el cofre, y así, al menos, podría estar siempre junto a ella mientras dormía y, tal vez, en alguna ocasión, colgado de su cuello.

El príncipe nunca logró confesarle su amor ni ella supo nunca de su existencia; pero se cuenta que cuando la princesita llevaba puesta la gargantilla y el diamante le caía del lado del corazón, era la joya que más brillaba.

Juan Carlos González

26 octubre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La rana y el gallo

Érase una vez una granja. La vida allí era muy tranquila, hasta que un buen día llegó una rana. El que llevaba la voz cantante en la granja era el gallo Perico, a quien no le hizo mucha gracia que apareciese por allí un bicho tan pequeño y feo, que era fiel  representante de embrujos y hechizos.

 Todos los animales estaban descontentos.  Lo que no sabían era que la rana tenía un secreto. Ella poseía una piedra que, al frotarla, convertía a cualquier persona o animal en estatua de piedra. Pero no dijo nada hasta ver si era aceptada por sus nuevos amigos. A la mañana siguiente el gallo Perico salió a dar un paseo y se encontró con la rana, que estaba muy a gustito dándose un baño en la charca.  Perico le preguntó:

-¿Que haces, ranita?

-Me doy un chapuzón -respondió ella sin mirarlo.

Entonces el gallo pensó: “No me gusta nada este bicho. Tengo que deshacerme de ella, así no dará más lata”. El gallo ideó la manera de engañarla y llevarla a su terreno sin problemas. Ella, que no era nada tonta, se dio cuenta de que algo no iba bien. Perico la invitó a dar un paseo, a lo que  la ranita dijo que sí. Cuando se habían alejado lo suficiente de la granja,  Perico le dijo  a la ranita que estaba algo cansado,  que se tumbaría panza arriba a descansar un ratito.

Pasados unos minutos, el gallo le dijo a la pequeña ranita;

-Oye, ranita, hace días que tengo una púa clavada en la cresta. ¿Me ayudarías a quitármela?  Yo no la veo desde aquí.

La rana asintió con la cabeza y de un salto se subió a la panza del gallo  hasta llegar cerca de la cresta. En ese momento, Perico aprovechó para atraparla y meterla en una bolsa que había escondido bajo sus plumas. La rana, desde dentro de la bolsa le gritaba al gallo que porque la había metido allí, si ella no había hecho nada.

-¡Déjame salir por favor, gallo! Prometo irme lejos y no regresar jamás.

Pero el gallo no prestó atención a las súplicas de la pequeña rana, y prosiguió el camino.

Perico se dirigió al río que estaba más retirado de la granja. Una vez allí, ató una piedra grande a la bolsa y la dejó caer al agua. La bolsa se hundió en cuestión de segundos por el peso de la piedra.

La rana luchó con todas sus fuerzas tratando de escapar de su cruel destino, cuando ya había perdido toda esperanza de salir con vida de aquella pesadilla, notó cómo algo fuera de la bolsa tiraba con fuerza hacia arriba: era la caña de un pescador que casualmente ese día había salido a pescar al río. La rana respiró profundamente, sintiendo un gran alivio.

Cuando el pescador sacó la bolsa con la piedra enganchada en la caña, se sorprendió mucho. Era la primera vez que le sucedía algo así, estaba muy acostumbrado a tener suerte con la pesca… Abrió la bolsa y, se llevó una gran sorpresa al ver a la rana que lo miraba con gesto de agradecimiento. La pequeña rana dio un salto y se zambullo en el río.

 La rana regresó a la granja donde estaba el gallo, esperó hasta que cayera la noche y, sin ser vista por el resto de los animales, se acercó al lugar donde dormía el gallo, sacó la piedra mágica y la frotó al mismo tiempo que repetía las palabras mágicas “Piedra, piedrita, te froto una vez y dos, y al gallo en fuente de piedra convierto yo”. Inmediatamente el gallo quedó petrificado y convertido en una bonita fuente de piedra, donde las ranas del lugar venían  a darse un chapuzón de vez en cuando. Y, colorín colorado, este cuento se ha… petrificado.

Angelines López Álvarez

26 octubre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La rosquilla

Había una vez un rey que vivía en una comarca llamada Pitusa, situada en un valle entre montañas de difícil acceso, por eso no recibían a muchos foráneos.

En Pitusa vivían 61 personas, incluidos los reyes, su hijo y la guardia real.

Tenían un pequeño río, con abundante pesca, una plaza central donde se reunían los del pueblo, una iglesia, un castillo y, en torno al castillo, un conjunto  de casitas de diversos colores para sus habitantes.

A los pitusianos nunca les faltaba de nada. Eran muy felices y no se sentían amenazados por nada ni por nadie. El motivo era que el rey tenía un pequeño secreto: en el jardín del castillo había un enorme árbol que daba unos frutos a los que llamaba “rosquillas”. Un día había descubierto que en el corazón de la fruta habían unos polvos que, al ser inhalados, producían sueño, y hasta que no se pronunciara la palabra “rosquilla” no volvías a despertar.

El Rey utilizaba este fruto para proteger a sus ciudadanos de los feroces chapulis. Estos terribles monstruos con feroz apariencia de animal deforme vivían en las montañas y se alimentaban de personas en movimiento. Cuando tenían hambre, bajaban a la comarca de Pitusa buscando a quien comerse. La guardia real los mantenía a raya: cuando los oía bajar ruidosamente de las montañas, avisaban al Rey y este cogía un fruto de la rosquilla y subía corriendo a la torre, lo abría con cuidado y soplaba. Inmediatamente, todos los habitantes se quedaban dormidos. Él se encerraba en su habitación y se hacía el dormido para que no se lo comieran. Cuando pasaba el peligro, volvía a lo alto de la torre y gritaba con fuerza “rosquillaaaaaaa”, y todos despertaban sin saber lo ocurrido.

Un buen día, los soldados avisaron al rey de que se acercaban los chapulis. El rey subió a la torre con la fruta y, cuando estaba soplando, vino un golpe de viento en contra y se quedó dormido también.

Pasaron los años y todos los habitantes de Pitusa, incluido el rey, seguían durmiendo, lo que produjo un importante deterioro en el pueblo, las casas se decoloraron y los huertos quedaron abandonados  hasta que apareció en el pueblo un trovador que venía de tierras lejanas. Al llegar, le sorprendió el abandono del pueblo. Se acercó al castillo y no encontró a nadie. Al salir por el jardín vio un enorme árbol cargado de frutos y dijo en voz alta.

-¡Qué rico: un árbol lleno de rosquillas!

Al pronunciar esta palabra todos los habitantes se despertaron. El rey le explicó al trovador lo ocurrido y entre todos los pitusianos devolvieron al pueblo su belleza original y fueron muy felices.

Alicia Rodríguez Verona

26 octubre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

La búsqueda

A José Manuel le sorprendió el amanecer cuando aún permanecía acostado sobre la hierba fresca. Mientras descansaba de su largo camino, recordó que, siendo adolescente,  ponía cualquier excusa para no acompañar a sus padres a las excursiones al campo.  El joven peregrino se dirigía hacia las lejanas tierras de Sibanicú en busca de un sabio, con la esperanza que le dijera dónde encontrar lo que buscaba. Se incorporó y continuó andando; quería llegar lo antes posible donde vivía el anciano. Finalmente llegó hasta aquel lugar remoto. El sabio le vio venir. Le esperaba en la puerta.

Luego del preámbulo del saludo, le preguntó: 

-¿Qué  buscas?

-Busco el sosiego –le respondió el forastero.      

-No busques más fuera -sentenció el sabio-. Lo que buscas está dentro de ti.

Lourdes Rojas

26 octubre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

La caja de los sueños

En un país lejano, muy lejano, en las afueras del mundo, cuentan que vivía Egolio, que además era el gobernante de aquel hermoso lugar. En cualquier rincón había una fuente preciosa, bordeada de un césped muy verde y aterciopelado. El agua que brotaba de su interior era la más transparente y cristalina que jamás se haya visto y al caer surgía de ella una melodía que se quedaba suspendida en el aire para el deleite de los habitantes. En los parques nacían las flores más bellas que jamás hayan existido, con colores que no se habían inventado aún. El aire olía a hierbabuena y a romero y a lavanda, entre otros aromas que iban emanando a medida que alguien los soñaba. El cielo vestía un azul diferente cada día, pero cada uno más vistoso y brillante que el anterior.

La razón de que todo fuera extraordinario en aquel lugar era que allí, en el mismo corazón del país, estaba la caja de los sueños, en lo alto de un pedestal de mármol, presidiendo la vida de todos sus habitantes. Y, colgando de una rama de oro, que le había brotado al árbol más cercano al pedestal, estaba la llave. Cuando las personas dejaban de soñar se iban hasta el centro del país, cogían la llave que colgaba de la ramita de oro, abrían la caja y, aspirando fuertemente, se llenaban de sueños. Otra vez volvían a plantar algo que no existía, a pintar con colores recién inventados, a escribir los cuentos que jamás se habían contado. Así fue hasta que un día Egolio, que se sentía muy orgulloso de ser el gobernante del país más bonito del mundo, pensó que si se quedaba con la cajita de los sueños no sólo sería el gobernante del país más bello del mundo, sino que sería el amo de todos los sueños. Aquello sonaba muy bien, sería más importante aún y más envidiado.

Una noche, cuando todos los habitantes dormían, se acercó al pedestal y cogió la cajita de los sueños. Pero, cuando intentó coger la llave, el sereno apareció silbando una melodía fresquita, recién estrenada. Egolio salió corriendo a esconderse detrás de un banco del parque y no pudo acercarse a la llave porque el sereno, al echar en falta la cajita, ya no se movió del lugar para cuidar de que, al menos, nadie pudiera llevarse la llave. Desde entonces, todos los habitantes se van turnando para custodiar la llave que abre la caja de los sueños y Egolio vive con su cajita, tristemente, en un país al que se le secaron las fuentes, se le apagaron los colores, y también los sonidos. La llave aún resplandece colgando de su rama, esperando que un día alguien le devuelva su caja para liberar los sueños.

Pepa Marrero

26 octubre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Fe

En una prisión existía el rumor de que había entre sus muros un bolígrafo mágico que sólo podía ser usado por alguien que tuviera fe y humildad.

La persona que tenía el bolígrafo era un anciano que llevaba años cumpliendo condena y había perdido su fe. Pero quería ayudar a otras personas.

Un día, fue a clase y, viendo a un grupo de alumnos, decidió darles el bolígrafo.

Muchos de ellos se peleaban por él, pero el anciano, tras observarlos con atención, decidió entregarlo a un chico que permanecía sentado, apartado y solo.

Le dio el bolígrafo al chico y le dio que pidiera lo que su corazón le mandase. El chico, a pesar de que deseaba su libertad, únicamente pidió un deseo: que su madre, que estaba enferma, se curara.

Al cabo de unos días, recibió una carta de su madre, en la cual le decía que ya se encontraba muy bien, que era un auténtico milagro de Dios que se hubiera curado.

El chico nunca reveló a su madre que había sido gracias a un bolígrafo mágico y prefirió que continuara creyendo que era Dios quien la había ayudado. Buscó al anciano y, dándole las gracias, le devolvió su bolígrafo. Nunca supo que, al mismo tiempo, también le había devuelto su fe.

María

11 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General, Leer es Libertar | , , , | 2 comentarios

Los dibujos y el bosque

Un chico llamado Kevin vivía en una pequeña casa con sus padres y su hermana menor. Sus padres prestaban toda su atención a esa hermana y a él lo trataban como si fuese un adulto más. Cada día se iba encontrando más tristes y esa tristeza sólo la olvidaba dibujando unos magníficos paisajes fantásticos, llenos de animales nunca vistos, de reinos con grandes castillos e, incluso, gigantes. Pero esos dibujos, cuando los miraba, eran sólo eso: dibujos. En clase, no se relacionaba con ningún compañero.

Un buen día, llevó una nueva alumna, llamada Lisa. Se sentó a su lado, pero él se resistía a conocerla.

Una mañana, en clase, a Kevin se le cayeron todos sus dibujos al suelo y Lisa se agachó enseguida a recogerlos. Mientras los recogía, les echó un vistazo y pensó que tenía mucho talento. Le dijo que le parecían preciosos, pero Kevin, enfadado, le contestó que sólo eran unos dibujos, y nada más. Ella insistió y, aunque notara que él estaba enojado, lo citó por la tarde en un pequeño bosque situado detrás de su casa. Kevin la miro y le dijo que allí estaría.

Él continuaba dibujando y, en sus ratos libres, pasaban ese tiempo en el corazón de un reino de fantasías. Ya no importaba que la aparente realidad no fuera feliz. Los castillos, los animales fabulosos, los paisajes de ensueño y los gigantes cobraban vida en aquel bosque, siempre que Lisa estuviera a su lado.

Luisa Rodríguez Castellano

11 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General, Leer es Libertar | , , , | 1 comentario

El Pescador de Sueños

 

El viejo lobo de mar añoraba sus días de juventud como capitán de barco surcando los mares del Sur. Había navegado por todos los cabos náuticos conocidos y por conocer a lo largo de sus extensas travesías en alta mar por los océanos del mundo. Amaba la mar y aún podía saborear la sal entre sus curtidos labios en las noches solitarias de su obligatoria vejez, impuesta por el más abominable de los reumas, que le doblaba la espalda como un junco quebrado en la ribera de un río. Lo único que le permitían hacer sus huesos caducos y frágiles, era pescar con su inseparable caña las mañanas de domingo en los espigones del puerto de esa ciudad contaminada en la que, estaba desterrado desde que le sobrevino la jubilación forzosa.

Nadie como él sabía como dolía ver la destrucción fatal de sus queridos mares, que tantos tesoros le habían regalado y tantas alegrías le habían obsequiado. Ahora eran las cloacas de las ciudades y las alcantarillas de las industrias que volcaban en ellos sus inmundicias y miserias convirtiendo a los océanos en vertederos de deshonra y cochambres de infortunios. Pero también sabía que el mar, o mejor dicho, la mar como la llamaban sus hijos, daba a cada uno lo que se merecía y llegado el momento recuperaría lo que era suyo.

Se levantó muy temprano, cogió sus enseres de pesca y puso rumbo a los muelles. Sabía que no iba a pescar nada, ya que los peces hacía mucho que habían desaparecido de la bahía y aunque quedase alguno era mejor no llevárselo a la boca. Lanzó el sedal y… ¡Sorpresa! Notó que algo tiraba de él, había picado. ¡Qué rápido había sido! A lo mejor hoy era su día de suerte y cambiaban las tornas. Se apresuró a recoger su pesca y así saciar su curiosidad, pero lo único que le trajo el mar fue la carcasa de un televisor de los años 70. La verdad es que le dio risa, y pensó que estaba loco si pretendía pescar otra cosa que no fuera basura en aquel puerto de ciudad. Si es que en el fondo era un sentimental y le perdía su viejo corazón anclado en el pasado de extintas jornadas marítimas que mareaban su caducada memoria.

Volvió a probar la caña, ya que esa era la única forma que tenía de arrancarle hojas al calendario y… ¡Sorpresa! Volvió a moder el anzuelo otro pez que más se parecía a una batería de coche que a un lenguado. Esta vez, el viejo marino se resignó y aceptó que se había convertido en el basurero que  pescaba en un vertedero. Ya eran dos desperdicios menos de los que libraba a su querido mar.

El sol ya estaba sobre su cabeza y llegaba la hora de recogerse y tomarse las pastillas para su reuma, pero volvió a lanzar la caña por última vez, ya que había sido una mañana muy productiva y… ¡Sorpresa! Su tierna amante marina le regaló otro pez con forma de bidón oxidado que vaya usted a saber lo que albergó en el pasado. Volvió a sonreír para sus adentros y comprendió que de esa manera tan sutil, el mar le daba las gracias por limpiarlo un poquito.

Recogió sus bártulos y se marchó silbando a casa. Al viejo lobo de mar se le encendió el corazón de alegría al sentirse correspondido por su afectuosa amiga, y se prometió que volvería a limpiarla el domingo siguiente.

A primera hora del lunes, las portadas de los periódicos decoraban los kioscos y los telediarios daban eco de la noticia… ¡Sorpresa! El alcalde de la ciudad había sido encontrado en la sala de plenos del Ayuntamiento, con el cráneo aplastado por la televisión de plasma de última generación que presidía la sala; el dueño de una importante fábrica de la ciudad con proyección en el extranjero había sido encontrado en los servicios de un lujoso restaurante, con la garganta abrasada por ácido sulfúrico mientras, sus socios lo esperaban en la mesa celebrando la firma de un contrato de fabricación de baterías; y el director general de la mayor industria química de la ciudad había sido encontrado en el jacuzzi de su exclusivo ático, despellejado, mientras tomaba un relajante baño caliente. Los minuciosos análisis toxicológicos dictaminaron que en el agua habían sales marinas en disolución.

Mariola Espino Santana

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 27 comentarios

EL GALLO ASUSTADO

 

Casildo era un gallo atípico: todo le asustaba; cualquier ruido nocturno lo desvelaba y al amanecer, cuando debía despertar al gallinero con su kikirikí, estaba completamente dormido.

Clotilde, una gallina vieja y con muy malas pulgas, lo despertaba siempre con un estruendo tremendo tirando piedras al bidón que tenía cerca de donde dormía Casildo. El pobre estaba a punto de un infarto.

—Esto no puede seguir así —se decía.

Como durante el día Clotilde lo dejaba tranquilo, él no hacía más que pensar qué podría hacer para asustar a aquella bruja y que lo dejara en paz de una vez.

—¿Qué asustará a esa gallina vieja y antipática? —pensaba encima de una piedra, con la cabeza descansando en un ala como si fuera el Discóbolo de Mirón—. Tengo que quitármela de encima porque, si no, será ella quién acabe conmigo.

Pasaba por allí una mofeta a la que todos despreciaban, pues como es bien sabido, las mofetas despiden un olor insoportable que no hay ser que lo aguante.

La llamó aparte a un descampado y como el pobre animal apenas tenía amigos, lo siguió para ver qué quería aquel gallo, que quizás pudiera ser, con el tiempo, un amigo.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó, tratando de aguantar el mal olor que desprendía.

—Margarita. Me llamo Margarita. ¿Y tú, cómo te llamas?

—Me llamo Casildo. Pero bueno, ya está bien de presentaciones —le contestó algo malhumorado—. Vamos al grano: te propongo una cosa Margarita. Creo que te gustará. Me he fijado que tienes pocos amigos, yo podría ser tu amigo, y conseguirte muchos más amigos, si tú me haces un favor.

—¿Cuál es ese favor? ¿Y cómo lograrías que tuviese amigos, si eso es casi imposible? Mi olor espanta a todo el mundo.

—Tengo un amigo que te quitará ese olor y podrás tener todos los amigos que quieras.

—Ah, ¿sí? ¿Y quién me dice que cuando te haga el favor no te vas a olvidar de mí y no seguiré con este mal olor? No, primero me lo tienes que quitar y, si veo que es eficaz, te haré el favor. Pero tengo que quedarme con el remedio para cuando yo quiera utilizarlo.

—Vale, ya veo que eres desconfiada. Iremos a ver a mi amigo el puercoespín Espinete y verás qué contenta te vas a quedar.

A la nueva amiga de Casildo, Espinete le preparó, en lo alto de su árbol, que es donde tenía su madriguera y su “laboratorio”, un compuesto de plantas, flores de jazmín y otros ingredientes que él sólo conocía, revolvió el mejunje en un cuenco con agua y roció a Margarita con él. Al instante, Margarita sólo olía a flores del bosque: su hedor se había evaporado.

Bajaron todos del árbol y se acercaron a un grupo de animales diversos que estaban cerca del riachuelo refrescándose y bebiendo agua. Margarita paseó por entre ellos y ninguno se apartó. Todo lo contrario; estaban encantados con el perfume que desprendía.

Casildo le dijo entonces a Margarita:

—Bueno, ya está todo arreglado. Ahora me tienes que hacer el favor que te pedí. Así que mañana, cuando te hayas duchado y vuelva tu olor habitual, te vas al gallinero y sobre las diez de la noche, te escondes cerca de donde duerme Clotilde. Y que no se entere de que estás allí. Verás qué noche le vas a dar. Tendrás que hacerlo otra noche más y ya me encargaré yo de asustarla y decirle que son los espíritus del bosque, que quieren castigarla por ser tan mala compañera.

Al día siguiente, Clotilde comentó que no había podido pegar ojo en toda la noche, que había un hedor inmenso y que no sabía de dónde salía. Se pasó durmiendo todo el día.

Por la noche volvió a sucederle lo mismo, y por más que buscaba no conseguía averiguar de dónde salía aquel olor nauseabundo. Al día siguiente estaba que se caía. Dijo a todos los que estaban allí que si alguno de ellos encontraba el origen de aquel olor y conseguía que ya no volviera a aparecer, podría pedirle lo que quisiera, que ella se lo conseguiría, todo con tal de poder dormir toda la noche.

Casildo le dijo que esa noche iba a poder dormir tranquila, que él se encargaría de buscar de dónde procedía el olor y quién o quiénes lo provocaban.

A la mañana siguiente, Clotilde se despertó contenta y feliz. El olor había desaparecido. Le dijo a Casildo que le pidiera lo que quisiera, que ella se lo concedería.

Casildo le dijo que lo que él quería era que fuese más humana, que no se metiese tanto con lo que hacían los demás, que haciéndole caso sería más feliz al ver que los demás la apreciaban en lugar de no querer estar con ella como sucedía ahora.

Así fue. Desde entonces, aquel gallinero y todos los animales de la granja fueron los más felices de los alrededores.

 ANA MARIA MARTIN GLEZ

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

EL TEJEDOR DE CUENTOS

Simón llevaba días caminando con la talega, donde guardaba sus ropas y algunos mendrugos de pan, colgada a la espalda. Atrás habían quedado la aldea y los aldeanos, las burlas y los agasajos, las risas y las lágrimas, los sueños y las pesadillas, las verdades y las mentiras…,  en fin,  historias nuevas para contar, juegos diferentes para entretener, otros poemas para recitar.

El  cansancio se reflejaba en sus ojos y la sonrisa en sus labios. Se sentía dichoso por haber aprendido mucho en el lugar del que venía, y porque aprendería mucho más en el lugar al que se encaminaba. Los lugareños que poblaban los sitios por los que él pasaba se extrañaban al comprobar que las historias que les contaba fueran tan parecidas a las suyas propias. Así sabían que fuera de su círculo vecinal la gente también tenía sinsabores, alegrías, enfermedades y tristezas.

El sol implacable y el polvo del camino desdibujaban la silueta de lo que a lo lejos parecía una ciudad. Se pasó la mano por la frente sudorosa y sacó de la talega una bota de piel de cabra que contenía el agua de la que se había abastecido en la pila del pueblo. A pequeños sorbos, conocedor de la importancia de saber dosificar todo en la vida, bebió un poco de aquel preciado líquido y volvió a guardarlo en el mismo lugar.

Varias horas más tarde Simón se encontraba ya cerca de las puertas de la ciudad. A medida que se acercaba, el paisaje iba adquiriendo cambios bruscos, pasando de desolado y agreste a boscoso y vívido y hasta creyó divisar un río dibujando caprichosos meandros en medio del valle. “¡Qué lugar tan idílico!”, pensó.

Con los pies metidos en la fresca corriente de agua que tanto alivio les proporcionaba tras el largo viaje, nuestro amigo se entretenía en contemplar las ondas que trazaban los guijarros que iba lanzando a un pequeño remanso del río. Al día siguiente se presentaría en la plaza del pueblo ataviado con sus mejores galas para recitar a la gente las historias y leyendas que traía de otros lugares. Pondría su sombrero de colores en el suelo y recaudaría las monedas que le entregaran. Quizás serían generosos y al fin podría comprar ropa nueva y una vihuela para acompañar sus cantos, entonces su espectáculo podría compararse al de un trovador.

En la plaza del pueblo había un gran revuelo. Lucía engalanada y la gente reunida en pequeños grupos hablaba alegremente. Simón dedujo que debían estar celebrando una fiesta y que era una buena ocasión para llamar su atención haciendo unas cuantas acrobacias y  juegos de malabarismo para los más pequeños. Pronto se formó a su alrededor un corro que se mostraba entusiasta de sus habilidades. Con el sombrero ocupando ahora una posición estratégica, el saltimbanqui se sentó en el suelo engatusando con su charlatanería y subyugando con sus historias:

Pues sí, queridos amigos, lo que os cuento no es más que la verdad. Yo mismo lo vi en una aldea a muchas leguas de aquí. El caballero del que os hablé murió en la batalla, pero su espíritu sigue vivo y en las noches de luna, si miráis a los cerros, podréis verlo  montando en su cabalgadura y enarbolando una bandera blanca, ensangrentada, vagando sin descanso. Busca a su hermano, el traidor que lo mató por la espalda para arrebatarle sus posesiones con artimañas.  Sólo cuando lo encuentre y le entierre su espada en el cuerpo reposará su alma…

El miedo y el estupor se concentraban en las caras de los espectadores mientras que el sonido de las monedas que caían en el sombrero revelaba el espíritu de satisfacción de los  lugareños.

Una vez hubo guardado las ganancias y dado las gracias por la esplendidez de sus oyentes, Simón saludó poniéndose y quitándose el sombrero al tiempo que hacía una cómica reverencia.

─¿No os vais a quedar a la fiesta? —le gritó una mujer regordeta de cara colorada que se abrió paso entre la gente.

─¿De qué fiesta me habláis, señora?

─De la fiesta de la boda. Hoy se casa Hilda y el Señor Conde dará un gran banquete. Pronto llegará la novia en la carreta. No os vayáis, señor, hoy es día de diversión.

─En ese caso intentaré quedarme. ¿Podéis decirme quién es el Señor Conde?

─Es el dueño de todo el valle ─intervino un hombretón de mirada pueril─. Todos trabajamos en sus tierras.  Mirad, arriba en la montaña está su castillo. Cuando uno de sus vasallos se desposa, él es el primero en yacer con la doncella y esta noche Hilda será suya.

Simón quería saber más de Hilda y el Conde, pero el estrepitoso ruido de la llegada de la carreta nupcial a la plaza y los campesinos irrumpiendo en aplausos no le permitieron hacer más preguntas.

“Es una niña”, pronunció para sí al mirar a la joven que no debía tener más de quince años. Llevaba una túnica blanca con bordados dorados de azucenas y una diadema de flores silvestres le sujetaba el velo blanco que le caía  hasta los pies.

Miró con ternura aquella carita que expresaba angustia y temor y pensó que su historia era casi tan triste como la del caballero errante que había contado. ¿Tendrían que pasar muchos años para que los señores feudales dejaran de ejercer esta práctica tan cruel con sus vasallos? No lo sabía, pero tenía que contar lo que pasaba en el Valle.

Permaneció en el Valle del Conde muchos días más entreteniendo con sus juegos, ensimismando con sus historias a los campesinos. Una mañana, muy temprano, los lugareños vieron perderse entre una nube polvorienta a un hombre que llevaba a cuestas su talega y una vihuela  Pronto desapareció de la vista de todos pero allí quedaron sus historias para recordarlo. También él los recordaría pues llevaba grabadas nuevas historias en su corazón.

ISABEL SANTERVAZ

25 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario