Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El Código

El astuto rey Hammurabi, que llegó a engrandecer su reino hasta límites insospechados, estaba convencido de que asustar adecuadamente a los vecinos resulta una práctica política de gran utilidad. Por ese motivo decidió convocar una gran reunión de sabios de su reino, pues quería pedirles ideas que le ayudaran a conseguir sus propósitos.

La reunión tuvo lugar en uno de los salones del gran palacio de Babilonia.

Los sacerdotes, conocedores de la importancia de la convocatoria, pues podría permitirles adquirir notoriedad y ascender dentro de la jerarquía del templo, se prepararon a conciencia. Prueba de ello resultaron todas las intervenciones que, a instancias del rey, se produjeron aquel día memorable:

—Yo creo —dijo uno de aquellos sacerdotes— que asombraríamos al resto de las ciudades, si fuéramos capaces de ocultar la luz del Sol.

—Sería una gran hazaña —afirmó un agrónomo— si consiguiéramos producir una nueva cosecha en el otoño.

—Lograremos la inmortalidad —indicó un astrónomo— si fuéramos capaces de emular a las estrellas. Elaboraríamos la carta astral del firmamento.

 Con toda esta sarta de necedades, la jornada se prolongó hasta altas horas de la noche.

Convencido Hammurabi de la inutilidad de la consulta, se retiró a sus aposentos.

Cuando despuntaba el alba, mandó llamar a uno de sus escuderos.

—Ensilla mi caballo y prepárate para una larga travesía —ordena el rey.

La mañana era limpia y clara y ello fue interpretado como una señal propicia enviada por los Dioses.

Cuando el Sol ya se hallaba en su cénit, divisaron a lo lejos una aldea que parecía próspera. De todas las cabañas surgía un haz de humo y las tierras estaban bien cultivadas. Cerca de ella, deambulaba un río cansino.

Hammurabi decidió descansar y permitir que los caballos abrevaran.

Al acercarse al río observó la figura de un anciano que pescaba tranquilamente en sus orillas.

—¿Quién eres, cómo te llamas, de dónde vienes? —pregunta el rey.

—Me llamo Mesalim y vengo de la ciudad de Uruk —responde el viejo—. Me gusta sentarme a la orilla del río. El chocar del agua contra los guijarros me ayuda a meditar.

—Ya que te gusta pensar, tal vez podrías ayudarme, venerable anciano. ¿Se te ocurre alguna forma en que podamos impresionar favorablemente a los hombres de las ciudades?

El anciano se quedó pensativo durante un buen rato mientras se mesaba la barba. Mientras tanto, Hammurabi, se adormeció arrullado por la cantinela del río.

Al despertar, el viejo se dirigió al rey y le dijo:

—Como verás, yo ya soy un viejo y sólo me resta esperar la muerte. Por ese motivo, me he puesto a recordar acerca de qué cosas me habrían hecho más feliz y placentera mi vida. En mi infancia, escuché a mi madre llorar porque sus hermanos le robaron su herencia. En mi juventud, oí a mi padre quejarse de los impuestos abusivos que le cobraba el templo. En mi madurez, un hombre mató a uno de mis cerdos. Y, ahora que soy viejo, me siento solo y abandonado. ¿No crees que sería bueno que existieran unas leyes que nos permitieran saber a qué atenernos?

—¿Y qué crees que deberían contener esas leyes?

Entonces el viejo comenzó a hablar y a hablar, y así siguió hasta que  anocheció,  y al fin todos se durmieron.

A la mañana siguiente, el rey Hammurabi dio las gracias al viejo, se despidió mientras indicaba a su lacayo que ensillara de nuevo los caballos porque volvían a Babilonia.

Una vez hubo llegado mandó llamar  a sus mejores escribas y les dijo:

—Acabo de llegar de un gran viaje. De un viaje que ha sido y será muy importante. Un relámpago de luz derribó mi caballo. No bien había caído en tierra, cuando un rayo de plata me atravesó el corazón. Entonces escuché la voz del gran Dios Shamash y esto fue lo que me dijo…

Entonces Hammurabi comenzó a dictar su Código sin mencionar en ningún momento al viejo.

Cuando hubo terminado, mandó labrar una gran piedra de diorita indicando que debía quedar claro que era a él, a Hammurabi, a quien le había dictado el Dios Shamash el Código.

Después llamó de nuevo a su escudero y le dijo:

—Escoge a un hombre de confianza. Dirígete de nuevo al río y corta la lengua al viejo.

Cuando el viejo vio las nubes de polvo en la lejanía, supo que su fin  se aproximaba.

Se despidió de los juncos del río diciendo:

—Me gustaría haber sido como vosotros y haber sido capaz de cimbrearme según soplaran los vientos.

Después se dirigió a las piedras y dijo:

—Os agradezco vuestra música que tanto y tan bien me ha acompañado.

Finalmente se abrazó al gran árbol que lo cobijaba:

—Tú me has acompañado en silencio y me has dado sombra sin pedir nada a cambio y yo te llevaré en mi corazón.

Después entró en las aguas lentamente dejando que éstas lo cubrieran.

La corriente lo tomó en sus brazos, lo sumergió y lo arrastró hacia la desembocadura del río.

Al llegar el escudero y su ayudante sólo quedaba del viejo sus sandalias, su vestido y su caña de pescar.

Puri Santana

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23 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

La Magdalena y el monaguillo

 

Nuestro pueblo siempre fue famoso por su Semana Santa. A la Magdalena que salía en procesión cada Miércoles Santo se le atribuía la capacidad de realizar milagros. Ella, por tanto, era el principal reclamo  de los cientos de devotos que acudían a acompañar los pasos por las calles de la villa.

Muchas personas aseguraban haber visto llorar a la Magdalena. Yo, hasta entonces, nunca había sido testigo de ello, aunque sí he de reconocer que siempre me había sentido atraído por aquella imagen. Tenía un poder hipnótico. Había algo en su mirada que te cautivaba. No sé como explicarlo, pero a uno lo embargaba una sensación tranquilizadora, de paz absoluta, cuando cruzaba su mirada con aquellos ojos vidriosos y chispeantes.

Esa escultura ya es sólo un recuerdo, como la Semana Santa en sí. Ya nadie viene a nuestro pueblo por Pascua, no se celebran procesiones, los santos permanecen en el interior de la iglesia y hasta los más devotos se resisten a permanecer mucho tiempo ante la presencia de las imágenes.

La voz del pueblo alude a un enfrentamiento entre la Magdalena y el mismísimo Demonio a la hora de explicar los acontecimientos de aquel Miércoles Santo que ya nadie quiere recordar.

Son muchos los que están convencidos de que Lucifer hizo acto de presencia en la procesión adoptando la figura de un niño de cara angelical, de tan solo ocho años, que no era otro que el hijo del alcalde. Cuatro años antes había sido adoptado por el primer edil y su esposa al quedar huérfano. Sus padres biológicos habían fallecido en un misterioso accidente de tráfico.

Aquel niño había crecido en el pueblo. Se le conocían pocos amigos, no le gustaba jugar. Dicen que pasaba horas y horas en la iglesia mirando los santos. Su madre, la alcaldesa, le auguraba una carrera eclesiástica. Decía que algún día se convertiría en obispo o, aún más, en cardenal. Pero no, su futuro ya estaba escrito.

Aquella Semana Santa el pequeño debutaba como monaguillo. El cura, seducido por la belleza de su rostro y su actitud serena, había decidido que era el candidato ideal para acompañar el paso de la solicitada Magdalena.

Así fue: cuando el trono de plata que la portaba atravesó el umbral de la iglesia, todas las miradas recayeron directamente sobre la carita, diríase que celestial, del pequeño monaguillo. Ataviado con aquellos finos ropajes de seda y encajes, el chiquillo de tez sonrosada y cabellos rubios, parecía un ángel.

Durante varios minutos un murmullo corrió por la plaza. La muchedumbre alababa la belleza de aquel niño sin reparar en la Magdalena, que estrenaba un elegante manto confeccionado con seda y tisú y bordados de oro.

El niño sonreía y saludaba con una ligera inclinación de cabeza a todos los feligreses que se agolpaban junto al trono de la Magdalena a la que seguían ignorando.

De pronto, sin que nadie advirtiera de dónde procedía, un río de sangre corrió a los pies del monaguillo. Las primeras en ahogarse fueron las camareras de la santa, las mismas que se habían encargado horas antes de vestir y adornar a la Magdalena con esmero, pero que ahora, en la procesión, exaltaban la belleza y finura de aquel niño que consideraban un ángel caído del cielo.

Luego, fueron el cura y el sacristán los que se vieron inmersos en un gran charco de sangre.

El alcalde fue el primero en reparar en el origen de aquel manantial fatal. No daba crédito, pero la sangre caía a borbotones por las mejillas de la Magdalena. ¿Eran acaso lágrimas de enojo?

El alcalde, al ver que la sangre fluía hacia su hijo, no dudó un instante y comenzó a golpear la escultura de la Magdalena hasta hacerla añicos.

Entonces, la muchedumbre se disolvió. La sangre desapareció, pero entre los trozos de la escultura rota permanecían los cuerpos de las víctimas mortales y, entre ellos, la imagen impasible del monaguillo, aun más sonrosado, más rubio, más hermoso… Un ángel deseado, un ángel triunfal.

Sergio Sánchez Rivero.

 

22 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El baúl viajero

 

Miguel, como en muchas ocasiones, jugaba en el bosque que atravesaba el camino que conducía a su casa. Seguía a un canario de color verde que lo había atraído por su suave canto  y sus plumas brillantes. Estaba tan ensimismado con aquel bello pájaro que hasta sus pies le seguían diligentemente.

De repente, sintió un fuerte golpe en la antepierna y todo su cuerpo se estremeció, cayendo encima de una superficie fría y dura. La sorpresa y el dolor en la pantorrilla dejaron aturdido a Miguel durante unos minutos, no percatándose de que empezaba a moverse. Sus ojos se abrieron y el  corazón palpitaba y sus piernas rebotaban sobre aquel suelo firme donde yacía. Poco a poco su respiración se serenó y su cuerpo dejó de temblar. Fue entonces escuchó una  voz ronca y profunda que decía:

-No te asustes, soy un baúl que puede volar, hablar, cantar, bailar y reír.

         Miguel miraba atónito a su alrededor mientras intentaba averiguar de dónde provenía aquella voz, hasta que se dio cuenta de que los sonidos surgían del cerrojo.

         El baúl le contó que había sido construido hacía muchísimos años y  que había tenido muchos amos. Cada vez que llegaba a un nuevo palacio su dueño le ponía un nuevo nombre. En una ocasión, se trasladó al palacio de un  Rey que vivía en Oriente, perteneciente a la dinastía Ching. Éste lo liberó de las ataduras que todos los baúles tenían con sus amos y lo llamó Peng que significa “luz viajera”.

Para entonces Miguel había abierto el baúl y se había recostado en su interior, estaba muy cansado y rápidamente cayó en un sueño profundo.

Cuando despertó, se encontró en una nave, llena de hombres fuertes. Llevaban pañuelos en la cabeza y  sus cuerpos estaban tostados por el sol. Algunos tenían un parche en un ojo, o una pata de palo. A otros les faltaban dientes. Sin hacer ruido se apeó del baúl y se colocó detrás de un barril para que nadie lo viera. Cerca de Miguel un grupo de marineros conversaba, agudizó el oído y escuchó:

-El capitán se ha perdido. Este rumbo nos llevará al mar del  Sur, y no a las ricas tierras. La carne salada y el agua empiezan a escasear. Los demás hombres asentían. El más alto y barbudo levantó su puño derecho y afirmó:

-Si dentro de dos lunas no vemos tierra, yo mismo rebanaré el pescuezo del capitán y me haré con este navío.

En ese momento, un puñal se clavó en el barril acompañado del grito de “¡Traidores!”. Otro grupo de hombres armados rodeó al marinero barbudo y a sus correligionarios.

Miguel se refugió en su baúl y con voz temblorosa le imploró a Peng que marcharan pronto y muy lejos.  Mientras emprendían el viaje, desde la proa de la nave, un marinero vociferaba:

-El capitán, siguiendo la ley del mar, les condena a cien latigazos y después serán arrojados al mar.

Desde que el bienaventurado rey Ching le había otorgado el poder de volar, hablar, cantar, bailar y reír, siempre lo había hecho solo. Por eso Peng estaba muy contento con Miguel y para demostrárselo le ofreció el baile de las olas. Peng se elevaba y volteaba al ritmo del mar y Miguel reía y reía. Se divertía mucho con su nuevo amigo, porque cuando viajaba, éste le relataba las historias de los reinos a los que había pertenecido. Le cantaba canciones que algunas veces le recordaban a su madre, pues a ella también le gustaba cantar mientras sembraba la cosecha.

Un día Peng lo despertó y le preguntó:

-¿Adónde quieres ir hoy?

 Miguel le contestó:

-A mi casa con mi familia.

Primero Peng se enfadó y le gritó:

-¡Bastardo! Te puedo enseñar los más bellos lugares y encontrar muchos tesoros.

Pero al ver que Miguel lloraba, cambió su rumbo. Al caer el sol llegaron al hogar de Miguel. El chico se apeó y se despidió de su amigo Peng con dos besos en el lomo de ébano y corrió hacia la entrada de su casa.

En ese momento su madre cocinaba una rica sopa para la cena.  Para Miguel había trascurrido una semana pero sólo habían pasado unas horas. Llegaba tarde y su madre le preguntó

-¿Dónde y con quién has jugado esa tarde?

Miguel le respondió:

-Con un baúl llamado Peng que puede volar, hablar, cantar, bailar y reír.

Delia Martín Curbelo

21 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El sabio y el pájaro

 

 

Un día, Ibn Yusuf, reconocido erudito y filántropo, y a la sazón el más acaudalado comerciante de la ciudad santa de Damasco, recibió la visita de su viejo amigo Li Po, el viajero. Li Po recorría el mundo en busca de objetos preciosos y excepcionales, y siempre, al pasar por Damasco, acudía en primer lugar a la casa de Ibn Yusuf, pues, además del profundo aprecio y respeto que mutuamente se profesaban, era bien sabido que nadie pagaba más generosamente que él cuando de objetos de particular rareza se trataba.

Cuando Li Po se presentó en el palacio fue recibido con toda la cortesía y el boato de costumbre, e inmediatamente fue conducido a presencia de Ibn Yusuf, quien saludó a su viejo amigo con sincero alborozo. Tras obsequiarle con el pertinente refrigerio y tras interesarse por las circunstancias del viaje, Ibn Yusuf invitó a Li Po a pasar a una estancia privada para hablar de negocios.

 -¿Qué objetos de interés, qué fascinantes prodigios y maravillas me traes esta vez, querido amigo? -preguntó Ibn Yusuf.

-Ha sido el mío, como sabes, un viaje arriesgado y he sufrido incontables penurias, honorable Ibn Yusuf, pero, en parte gracias a la providencia, y en parte gracias a los dones con los que, en mi nacimiento, fui retribuido, en esta ocasión he conseguido hacerme con objetos de lo más singulares. Permíteme que te muestre en primer lugar, amigo mío, unos curiosos cristales unidos mediante un ingenioso artefacto, que permiten ver lo que acontece a muchas leguas de distancia, percibiéndose de tal manera que pareciera que estuviese sucediendo frente a uno.

-Ese es un objeto de gran valor, sin duda. Pero debo comunicarte con pesar que hace un par de lunas pasó por mi casa Hassan Salimy, el turco, con un objeto de similares características a este. Y no sería una manera inteligente de obrar, coincidirás conmigo, pagar dos veces por la misma cosa. No puedo comprártelo -respondió Yusuf.

-Cierto es, mi sabio amigo -repuso, a su vez Li Po, eligiendo cuidadosamente las palabras-. Pero quizá te interese esta otra maravillosa sustancia que te traigo. Se trata de unos finos polvos negros que, al entrar en contacto con el fuego, o al recibir un impacto violento, se inflaman, siendo capaces de obrar asombrosos fenómenos, de provocar súbitos estallidos capaces de quebrar el más grueso de los muros.

-Temo que los años estén mermando tus facultades, amigo mío. ¿Olvidas acaso que ya me vendiste unos polvos con unas propiedades similares a las de éstos en tu anterior visita? Se trata de una sustancia prodigiosa, indudablemente, y me ha sido de una enorme utilidad, pero entenderás que no puedo pagar dos veces por la misma cosa. No puedo comprártelo-, alegó Ibn Yusuf.

Así, Li Po fue mostrándole a Ibn Yusuf los más diversos y peculiares objetos, sin conseguir despertar su interés por ninguno. Finalmente, cuando Ibn Yusuf se disponía a llamar para que retirasen el té, Li Po habló de nuevo.

-Espera, viejo amigo -le espetó Li Po-. Hay algo, un objeto especialmente preciado para mí, del que aún no te he hablado. He dudado en hacerlo porque me ha sido de especial utilidad durante estos últimos años y no era mi intención deshacerme de él por ahora. Sin embargo, nunca hasta el día de hoy he salido de esta casa sin haber conseguido presentarte un objeto que atrajera tu atención, y sería frustrante para mí, además de pésimo para mi reputación como comerciante, que eso sucediese por vez primera. Además, creo que un hombre de tu prestigio y tu sabiduría haría un mejor uso de él que este humilde viajero. No lo he traído conmigo, pues, como ya he dicho, no tenía, en un principio, intención deshacerme de él, pero te diré que en realidad no es un objeto, sino un animal. Un pájaro, más concretamente. Un pájaro cuya apariencia exterior no indica ninguna cualidad particular; un pájaro que podría ser confundido con cualquier otro pájaro común en estas latitudes, pero que es dueño de una cualidad única y extremadamente útil, pues es capaz, con su canto, de prevenir contra las desgracias. Cuando amanece y el pájaro permanece en silencio, es que nada malo va a sucederle a su propietario durante ese día. Pero si a partir de los primeros rayos de sol el pájaro se pone a cantar, es que alguna desgracia o algún peligro le acechan. En ese caso, lo más prudente es cambiar el modo en el que se pensaba proceder y abstenerse de realizar cualquier actividad o de tomar cualquier decisión que pueda comportar algún tipo de riesgo durante esa jornada. Ese animal me ha salvado de un destino funesto en más de una ocasión, y es por ello que me costaría sobremanera desprenderme de él. No obstante, en honor a nuestra vieja amistad, te lo ofrezco a ti, Ibn Yusuf, pues sé que harás un uso sabio y ponderado de él. Eso sí, entenderás que estamos hablando de una mercancía especialmente valiosa, y que sería una necedad desprenderme de él de no ser por un precio justo.

Siendo Ibn Yusuf el hombre más rico de la ciudad, no tardaron en sellar el trato por una cantidad que, aun sin mermar seriamente su patrimonio, permitiría a Li Po vivir holgadamente durante el resto de su vida. Li Po se despidió agradecido, asegurando que esa misma tarde mandaría a un sirviente suyo con el preciado animal. Cuando éste llegó, Ibn Yusuf pudo comprobar que el pájaro, aun siendo de una belleza armoniosa y discreta, no aparentaba ninguna cualidad particular. Sin embargo, nunca hasta el día de hoy había tenido necesidad de dudar de la palabra de Li Po, así que mandó colocar la jaula del pájaro en sus aposentos. Durante toda esa noche el pájaro permaneció en silencio.

A la mañana siguiente, cuando Ibn Yusuf, tras hacerse vestir, se disponía a abandonar su dormitorio, el pájaro cantó. A Ibn Yusuf se le congeló la sangre. No obstante era un hombre de naturaleza decidida, y a pesar de ser una persona piadosa era poco dado a creer en supersticiones y supercherías, así que decidió conducirse con especial prudencia pero sin abandonar sus proyectos para ese día. Ordenó que se doblase la guardia en palacio, escogió a los mejores de entre sus soldados para integrar su escolta personal, dispuso que los niños permaneciesen encerrados junto a las mujeres en el harén, y salió de palacio rodeado por su séquito en dirección a la mezquita para el rezo del mediodía. A la altura de la puerta oeste del zoco, un hombre embozado y vestido de negro se abalanzó sobre su palanquín blandiendo una cimitarra, pero fue abatido por sus guardias antes de que pudiera alcanzarle. Alarmado, Ibn Yusuf ordenó a sus hombres dar la vuelta y regresar a palacio, no sin antes llevarse el cadáver del atacante. Sin embargo, éste había sido tratado con especial saña por los guardias y no portaba ningún distintivo o símbolo especial, así que resultó imposible identificarlo. Ibn Yusuf regresó esa noche a su dormitorio mirando al pájaro con otros ojos.

Por la mañana, tras permanecer toda la noche en silencio, cuando Ibn Yusuf salía por la puerta de su dormitorio, el pájaro volvió a cantar. Ibn Yusuf decidió que ese día no sería prudente abandonar la seguridad del palacio. Tomó mayores precauciones si cabe que el día anterior, y ordenó al jefe de la guardia iniciar una investigación sobre el posible instigador de su intento de asesinato. Dedicó el resto del día a sus estudios y delegó los asuntos comerciales más importantes en sus sirvientes de confianza. Todo transcurrió con absoluta normalidad. Esa noche Ibn Yusuf se dijo que había actuado bien.

Pero a la mañana siguiente el pájaro volvió a cantar. Ibn Yusuf pensó que quizá el pájaro le estaba avisando de un peligro latente, de algún plan que se estuviera urdiendo contra él. Resolvió que ese día tampoco saldría de palacio. A la hora del almuerzo, se sentó junto a su catador y se hizo servir los alimentos. Iba a comenzar a comer cuando su catador empezó a sentirse indispuesto. Cayó al suelo entre convulsiones y murió antes de que el médico pudiera certificar su envenenamiento. Una de las cocineras declaró haber visto esa mañana en la cocina a Maysoon, la más joven de sus esposas, merodeando entre los alimentos. Ésta, a su vez, no resistió mucho tiempo antes de confesar su crimen. Ibn Yusuf, devastado por el dolor, la mandó ejecutar sin tardanza. Esa noche alimentó personalmente al pájaro.

Y a la mañana siguiente el pájaro cantó de nuevo. Ibn Yusuf mandó que las mujeres fueran trasladas a otro palacio menor, alejado de la ciudad, y despidió a los sirvientes más recientes y a aquellos sobre los que albergaba ciertas dudas. Nada relevante aconteció, y, sin embargo, a la mañana siguiente el pájaro volvió a cantar. No sabiendo si era mejor despedir a su guardia o tenerla a su lado, por temor a una traición, decidió no salir de sus aposentos más que para lo indispensable. Sin embargo, cada vez que se disponía a salir por la puerta, el pájaro volvía a cantar. Mandó retirarse a sus sirvientes personales y decidió quedarse a solas con el pájaro. Al parecer, mientras no saliera de su dormitorio, nada malo podría sucederle. Los días se sucedieron e Ibn Yusuf comenzó a perder lentamente la cordura. Transmitía las órdenes a través de la puerta, pedía cosas sin sentido, ordenaba ejecuciones arbitrarias que por fortuna no eran llevadas a cabo. Sus negocios se arruinaban. Finalmente, cuando los últimos sirvientes se fueron, abandonando a su amo a su suerte, sin agua ni comida, la voz de Ibn Yusuf y el canto ocasional del pájaro se fueron haciendo cada vez más débiles, hasta que cesaron para siempre.

A pesar de todo, Ibn Yusuf había sido un hombre notable y respetado, y aún le quedaban amigos en Damasco. Además, alguna de sus esposas le guardaba todavía un sincero afecto, por lo que su funeral fue celebrado con la debida dignidad. Su cuerpo fue bañado y amortajado, y su féretro colocado enfrente de la Qibla, orientado a la Meca, en el lugar más sagrado de la mezquita. Entre los asistentes más preeminentes a su funeral se encontraba Li Po. Durante el tiempo que había transcurrido desde su último encuentro con Ibn Yusuf, su situación había cambiado enormemente. Había abandonado su vida nómada, se había asentado en la ciudad y, en parte gracias al dinero de Ibn Yusuf, había iniciado negocios que habían resultado ser extraordinariamente rentables, hasta tal punto que ahora era uno de los hombres más ricos de la ciudad. Sabedores de la gran estima en que su amo tenía a Li Po, y como la amistad que se profesaron fuera de todos conocida, los sirvientes se retiraron para permitirle velar el cadáver en la intimidad. Cuando Li Po se quedó sólo, como no hubiera nadie que pudiera oírle, comenzó a hablar en voz alta:

-Esta vez no ha transcurrido demasiado tiempo desde nuestro último encuentro, viejo amigo, sin embargo sí que han sucedido muchas cosas, ¿verdad? Como podrás ver, me ha ido bastante bien últimamente. Con el dinero que me pagaste a cambio del pájaro pude, no sólo pagar las numerosas deudas que me acuciaban, sino también  al pobre infeliz que trató de asesinarte y asegurar que a su familia nunca más le falte el sustento, y aun me alcanzó para establecerme en la ciudad y emprender más de un próspero negocio. Sí, mi estimado Ibn Yusuf, fui yo quien dio la orden de atentar contra tu persona, aunque me aseguré desde el principio de que el pobre diablo no tuviese posibilidad alguna. En cambio, nada tuve que ver en el intento de envenenamiento por parte de tu joven esposa Maysoon. Eso fue un providencial golpe de suerte, nada más. Después, y aprovechando tu voluntario encierro, no me fue difícil ir apropiándome poco a poco de tus clientes, tus proveedores y tus negocios a través de terceras personas de mi confianza, sin que nadie fuese capaz de advertirlo ni, evidentemente, de advertirte a ti. Parece que al final sí tuviste que pagar dos veces por la misma cosa, amigo mío.

-Que tu Dios tenga misericordia de ti -prosiguió, como señal de respeto hacia el credo de Ibn Yusuf- y te salve del castigo de la tumba. Que tus pecados sean perdonados y tus buenas obras multiplicadas. Que te sea concedido el indulto y se haga de tu tumba un refugio feliz. Que te sea permitido el ingreso a vuestro divino paraíso. Adiós, viejo amigo.

Antes de irse, preguntó a uno de los sirvientes de confianza de Ibn Yusuf qué habían hecho con el pájaro. Ante su sorpresa, este le respondió que el pájaro había conseguido sobrevivir. Al parecer, y hasta el último día, Ibn Yusuf había seguido dándole de beber gracias al rocío de la mañana, y había logrado alimentarlo con pequeños insectos y semillas del árbol situado al pie de su ventana. Li Po preguntó si le sería posible conservar el pequeño pájaro como recuerdo de su viejo amigo. El sirviente no puso ninguna objeción. Cuando Li Po se disponía a salir de la mezquita, el sirviente le alcanzó y dijo:

-¿Puedo hacerle una pregunta, mi señor?

-Por supuesto, -respondió Li Po.

-Me gustaría saber qué es lo que tiene de especial ese pájaro, señor.

-¿Qué tiene de especial? Nada, absolutamente nada -respondió Li Po-. Bueno, en realidad esa especie de pájaro sí que tiene una característica bastante peculiar. Los pobrecitos detestan quedarse solos.

Pedro Hernando

 

 

15 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 8 comentarios

La terrible historia del lobo bueno y Caperucita Feroz

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Cuentan los más viejos del lugar que a su vez les contaron en su infancia una terrible historia acontecida en los tiempos lejanos en que algunas cosas aún no tenían nombre, muchísimo antes de sus padres, de los padres de sus padres y de los padres de éstos. Cuentan que vivió en la comarca una hermosa niña rubia y de enormes ojos color turquesa, de dulces y arreboladas mejillas  y suave piel de durazno. Esta apariencia tan angelical ocultaba en su seno, sin embargo, un espíritu extremadamente retorcido, impensable en una criatura de tan corta edad. Ante la visión fugaz de su caperuza escarlata, mujeres, niños y hasta los hombres más valientes del pueblo cambiaban de acera cuando no de dirección. Nadie llegaba a ponerse de acuerdo sobre el sitio exacto de la población donde transcurrieron los hechos. Unos aseveran que se encontraba al pie de la cordillera del norte, siguiendo el camino de San Jerónimo; otros, que al este, más allá de un río que en esa época bajaba caudaloso en primavera, pero que ahora es un triste arroyo fangoso; y unos pocos mencionan una aldea perdida al sur de ricas llanuras de cultivo, sin que sepan decir de qué llanuras se trata ni sepan dar razón de su emplazamiento. Los más simplemente se encogían de hombros cuando les preguntaban, con un gesto de sus manos restaban importancia al dato y seguían con la narración. Ésta comienza una tarde en la que la niña, Caperucita Roja, que por ese nombre la conocían, antes de concluir la jornada ya había escondido los pantalones de su padre –que, por cierto, nunca más aparecieron-consiguió quemar el sofá preferido de su madre y hasta intentó meter al gato en el puchero. Sus padres, hartos y al borde de la exasperación, la enviaron a casa de la abuela poco antes de ponerse el sol. Habían oído que en el bosque en el que moraba aquélla habían visto rondar un lobo y, con el pretexto de una cesta con comida para la anciana, pretendían deshacerse de la hija que tantos quebraderos de cabeza les daba a ellos y a sus otros siete hermanos varones. Ella, sin embargo, se regocijó con la idea porque se aburría con su familia y compartía con la anciana su pérfido carácter. En efecto, ésta la había aleccionado en sus primeras travesuras infantiles, pervirtiéndola luego con mil y una enseñanzas maliciosas que habían acabado por convertirla en un pequeño demonio depravado. Andando y andando, envuelta en su caperuza, por fin, cuando estaba a punto de caer el oscuro manto de la noche, se adentró sin miedo en lo más profundo del bosque. Allí, al abrigo una gigantesca encina de tronco nudoso y ramas que se enroscaban como garfios, descansaba un lobo. Pero el de esta historia no era un lobo feroz, sino un lobo pacífico y sentimental. Incluso se negaba con asco a cazar animales para comer y sobrevivía alimentándose de raíces y bayas. Esa tarde se sentía especialmente taciturno rumiando la desdichada soledad a que se veía condenado por el temor que la sola mención de su nombre inspiraba en el alma en los hombres y esperaba con melancólica paciencia ver salir las estrellas tras las copas de unos pinos. Cuando vio pasar a la niña por el claro delante de la encina, atónito contempló cómo se detenía sonriéndole. Al contrario de lo que esperaba, no abrió los ojos con espanto ni huyó despavorida. Caperucita, nada más ver al animal y habiéndose percatado en un instante de su cándido temperamento, urdió un plan en su perversa cabecita adornada de dorados rizos. Tras acercarse a él, con una dulzona voz impostada se interesó por su dura vida en el monte y, por último, invitó al lobo bueno a cenar a casa de la anciana, donde, le dijo, había un frondoso huerto con ricos tomates que parecían manzanas de oro, calabacinos tiernos del tamaño de calabazas, cebollas exquisitas como la miel y un sinfín de vegetales y frutas variadas, pues en su cesto sólo portaba pan y fiambres. A cambio le pedía un favor: debía hacerse pasar por ella para así gastarle una inocente broma a su abuela. El lobo, feliz de tener por fin una amiga y relamiéndose ante la idea del festín, aceptó entusiasmado. Se puso la caperuza, cogió la cesta con una de las patas delanteras y continuó el camino siguiendo las indicaciones de la niña. Ella, pese a que ya era casi noche cerrada, no se preocupó, pues, gracias a la anciana, conocía aquella zona del como la palma de su mano, y, tras observar como el lobo desaparecía tras unos arbustos, tomó un atajo. Al poco llegó a una casita blanca con chimenea y allí, entre crueles carcajadas, Caperucita y su abuela celebraron la ocurrencia de la niña y se aprestaron a seguir la bufonada. Cuando el ingenuo animal llegó disfrazado con la caperuza y portando la cestita, halló la puerta abierta y, entrando al dormitorio, a la anciana en la cama:

-¿Eres tú, Caperucita? –dijo  la abuela, con un fingido susurro.

-Sí, abuelita –respondió  el lobo, con una no menos falsa vocecita.

-¿Seguro? Te veo… distinta… Esas orejas, qué orejas más grandes tienes.

-Son para oírte mejor cuando me cuentas cuentos, abuelita.

-Y esa nariz, qué nariz más grande tienes.

-Son para poder oler mejor esas ricas tartas que me haces, abuelita.

-Y…¿y esa boca? ¡qué boca más grande tienes!

Entonces, mirando fijamente los dientes del animal, que, a fuerza de masticar plantas y frutos, se habían transformado en unos diminutos dentículos de roedor entre los que habían desaparecido agudos colmillos y poderosas muelas, aquella vieja arpía no se pudo aguantar más la risa y soltó un escandaloso y desagradable graznido a modo de risotada.

El rostro del lobo bueno se contrajo en un gesto de sorpresa y luego de pánico cuando desde debajo del camastro salió reptando como una culebra Caperucita con un gran cuchillo en una de sus manitas. Entonces el pobre animal huyó de la casa como alma que lleva el diablo y desde la ventana le vieron resbalar y caer, tropezar con los árboles, golpearse con las ramas más bajas, hasta que la figura salió del halo del resplandor de la casa. Mientras la vieja continuaba riéndose sin parar, Caperucita aprovechó la ocasión para encaramarse sobre las puntas de sus zapatitos de charol negro y, con la potencia de ambos bracitos, hundió el enorme cuchillo en el lado izquierdo del pecho de su abuela. La endeble caja toráxica cedió fácilmente y el arma afilada penetró entre las costillas como si fuera manteca. El cuerpo cayó al suelo de madera y, apoyando su peso sobre el mango de nácar, la niña giró un cuarto de vuelta la sangrante hoja plateada. El frío y negro corazón quedó partido en dos. Caperucita admiró su obra con satisfacción, alabando su propio ingenio: había aprendido de la vieja todo lo que ésta sabía y era hora de independizarse y continuar su vida sin la cortapisa de los adultos. Después, pese a estar aún casi sin aliento por el esfuerzo, siguió con la maquinación que había concebido y, diligentemente, mientras silbaba una canción escolar, procedió a desgarrar músculos, cortar tendones, amputar dedos y vaciar vísceras, como si aquello fuese el resultado de una bestia salvaje. Al rato se presentó en la vivienda de los vecinos más próximos y ante una horrorizada mujer en camisón blanco se apareció cubierta de sangre y tartamudeando. Dicen que todavía habitan en la región los descendientes de los cazadores que primero comprobaron que se había visto correr al lobo saliendo de los terrenos de la difunta y luego le persiguieron sin descanso iluminando la noche con los haces de las antorchas hasta acorralarlo y matarlo sin piedad.

La niña se quedó a vivir en la casita blanca y con chimenea y cuentan los más viejos del lugar que en las noches de luna llena todavía puede verse a una pequeña sombra cubierta de una vieja piel de lobo que vaga por los parajes de la comarca. Cuentan que, con infantiles y níveas manos, recolecta hierbas y raíces ponzoñosas con los que elabora mortíferos venenos de los que los padres y los siete hermanos de Caperucita fueron sólo las primeras y desgraciadas víctimas. También cuentan que de sus malas artes salió una manzana que hizo sumergirse a una princesa durante cien años en un sueño de muerte del que sólo la rescató el beso de un príncipe extranjero…pero, bueno, eso ya es otro cuento…

 

Y colorado colorín, esta terrible historia llegó a su fin.

 

Antonio Vega

 

15 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 7 comentarios

El sombrerito

 

En una remota y humilde aldea castigada por la plaga, vivía Charito, una joven huérfana cuya más preciada posesión era el sombrero de su padre, que no se quitaba por grande que le quedara ni por mucho que se rieran de ella.

Charito, la del Sombrerito, como burlonamente la llamaban sus vecinos, no tenía amigos pues todos interpretaban su triste mirada como señal de locura y prohibían a sus hijos acercarse a ella.

Charito, la del Sombrerito, pasaba el día sola en el bosque, contemplando a los pájaros, jugando con los escarabajos, corriendo tras las lagartijas o buscando alguna fruta madura para comer.

Un día, Charito, la del Sombrerito, se sentó a la orilla del río a contemplar su reflejo en el agua y jugar con él. Se acercó tanto que el sombrero se le cayó y empezó a alejarse. Desesperada, trató de recuperarlo, pero no le llegaba el brazo por mucho que se estirara. Se tumbó en el suelo a ver si lo conseguía y el sombrero aún estaba lejos. Como no sabía nadar, fue en busca de una rama con la que ayudarse. Tras un par de intentos, al final enganchó el sombrero y lo pudo acercar hasta donde alcanzaba su mano. Cuando iba a cogerlo, vio sorprendida que estaba lleno de peces, tan lleno que apenas podía sacarlo del agua. Sin dudarlo, Charito, la del Sombrerito, volvió presurosa a la aldea y empezó a repartir su tesoro entre sus hambrientos vecinos, quienes la recibieron con gran asombro, pues ese río jamás había tenido peces, y con tanto agradecimiento por la generosidad de Charito, la del Sombrerito, que, de inmediato, le quitaron su horrible mote y empezaron a llamarla Charito, la del Milagrito.

Mónica Graña.

 

14 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

El vestido

La muchacha había pedido, rogado y suplicado por ir al baile. Sería el mejor baile de los que alguna vez se hubiese tenido noticia. Y, por fin, había conseguido que sus padres accedieran. Es más, le habían regalado un maravilloso vestido de seda blanca con unas zapatillas a juego. El vestido estaba bordado en hilos de plata y recamado en perlas y pequeños cristales blancos.

Desde la víspera del baile la muchacha se había deleitado en la contemplación del vestido. Rozaba suavemente con las yemas de sus dedos los bordados y las perlas incrustadas en ellos. Se imaginaba cómo se reflejarían las luces en los cristales cosidos en la tela. Tomaba la percha con el vestido y lo ponía encima de la ropa que llevaba. Entonces bailaba y hacía reverencias delante del espejo. Giraba sobre sí misma, admirando el revuelo de la falda.

Faltaban ya pocas horas para el baile.

-Creo que tendrías que guardar el vestido  y esperar a la noche para ponértelo –le aconsejaba su madre-. Si se manchase, no podrías ir al baile.

-¡Es tan hermoso, madre! Fíjate cómo brillan las perlas del escote. Estoy convencida de  que  seré la más bella, ¿no crees?

En uno de sus giros con el vestido tropezó y cayó. Cuando se levantó, vio cómo una enorme mancha  negra se extendía  sobre la falda. Desesperada, intentó limpiarla con un paño húmedo pero sólo consiguió hacerla más grande cada vez. Lloraba amargamente al ver su  maravilloso vestido estropeado. Esa noche no podrá ponérselo ni, por supuesto, ir al baile; ese baile que tanto había soñado.

 

                           Rosana Echeverría Brescia

 

14 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El libro del futuro

 

Hace muchos años, vivió en una pequeña y lejana aldea un anciano que aseguraba poseer un libro mágico en el que, como si de un diario se tratara, estaba escrito el futuro de todo aquel que lo leyera. Sin embargo, lejos de serle de alguna utilidad en sus negocios, el libro era una verdadera carga, ya que sobre él pesaba una maldición que castigaba a quien intentara utilizarlo en su provecho.

Así, el viejo y sus tres nietos, de quienes se había hecho cargo al fallecer sus padres en un trágico accidente, malvivían gracias a lo poco que obtenían por las cosechas de unas tierras de cultivo que, junto con el libro, constituían el escaso patrimonio de la familia.

La mayor parte de los habitantes del pueblo nunca creyó que la historia del libro fuese cierta y, simplemente, pensaba que el anciano estaba un poco loco. Se preguntaban cómo era posible que un libro tan viejo y estropeado –apenas medio centenar de hojas amarillentas, precariamente cosidas a una cubierta de piel cuarteada– pudiera contener el futuro de todo aquel que lo leyera. Ni siquiera sus propios nietos, a quienes nunca había permitido leer el libro, dado lo peligroso que podía llegar a ser, le creían. Para ellos era otra de las excentricidades del abuelo.

Pero no todo el mundo en el pueblo pensaba lo mismo. El alcalde, un verdadero cacique que se enriquecía a costa de la pobreza de sus vecinos, estaba convencido de que el libro tenía poderes mágicos y que gracias a él podría anticiparse a los hechos futuros para aumentar aún más su enorme fortuna. Muchas veces había intentado comprarlo, pero el anciano jamás accedió a sus deseos.

El alcalde sabía que los nietos del anciano deseaban con todas sus fuerzas marcharse de aquella aldea y vivir como señores en la gran ciudad y que nunca conseguirían ahorrar el dinero suficiente para poder llevar a cabo su sueño. Por ello, una noche en que los encontró emborrachándose en la taberna, mientras se quejaban de su mala suerte, decidió proponerles que robaran el libro, a cambio de noventa y nueve monedas de oro, cantidad más que suficiente para vivir una larga temporada sin preocuparse por trabajar.

-¡No podemos hacerle eso al abuelo!– exclamaron casi al unísono, cuando el alcalde acabó de formular su propuesta–. Además, el libro castigará a todo aquel que intente usarlo en su provecho –respondieron, más por costumbre que porque realmente creyeran en la maldición.

Un par de frases del alcalde restando valor a la maldición, unidas al efecto de otra jarra de vino y, sobre todo, al brillo de las monedas al caer sobre la mesa, acabaron de vencer los escasos prejuicios de los tres jóvenes. Dos días después, aprovechando que, como todos los domingos, el abuelo había ido a visitar la tumba de su esposa, rompieron el candado del baúl donde guardaba el libro y corrieron a casa del alcalde a cobrar sus noventa y nueve monedas de oro.

Tan pronto como los nietos del viejo se hubieron marchado, el alcalde se encerró en su despacho y se dispuso a leer cuánta riqueza y prosperidad le depararía el futuro. En su ansiedad, apenas prestó atención a la advertencia que figuraba en la primera página: “Quien pretenda utilizar lo que aquí lea en su propio beneficio recibirá un castigo similar al provecho que desee alcanzar”. Rápidamente buscó la fecha que hacía referencia al día en que se encontraban y lo que leyó lo dejó horrorizado. El libro contaba que un hombre importante, desalmado y avaro, caía fulminado mientras leía con ansiedad un viejo libro en su despacho.

Al regresar del cementerio, el anciano se desvió de su ruta habitual para ir a la casa del alcalde y recuperar su libro. Lo encontró sobre la mesa del despacho, justo donde debía estar. A su lado, en el suelo, donde su ama de llaves lo encontró a la mañana siguiente, yacía el cuerpo inerte del alcalde.

Entretanto, los nietos del anciano acababan de salir del pueblo. Comenzaba a caer la noche, pero si se daban prisa podrían desayunar en el mejor hotel de la ciudad. Apenas llevaban media hora andando cuando se encontraron con cinco bandidos encapuchados que habían sido contratados por el alcalde para propinarles una paliza y recuperar las noventa y nueve monedas de oro que les había pagado.

Al día siguiente, después de regresar a casa, cabizbajos y escarmentados, acordaron dedicarse a cultivar sus tierras y no intentar volver a obtener un beneficio del libro del abuelo. De esa forma, en unos años llegaron a convertirse en los granjeros más prósperos de la región.

Aunque le prometieron custodiar de forma cuidadosa el libro, nunca le preguntaron a su abuelo por qué nunca los regañó por haberlo robado, ni cómo pudo recuperarlo. Quizá no lo hicieron porque intuían que conocía el final de la historia antes de que ellos hubieran empezado a protagonizarla.

Ruymán J. Jiménez.

 

14 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

El quinto mandamiento

 

En la región del norte era conocido por su extraordinario talento un viejo pintor, al que un día acudió como aprendiz un joven que, aunque con sueños de grandeza, carecía de talento para la pintura. El afamado pintor debió ver en el joven aprendiz al hijo que nunca tuvo. Por ello hizo todo lo que estuvo a su alcance para instruirle en todos los entresijos de este oficio. Sus esfuerzos sin embargo parecían inútiles; era como tratar de golpear al viento, pero, aun así, todos los días le reiteraba los mandamientos del gremio de los pintores, haciendo especial hincapié en el quinto y más importante.

-“Nunca usarás el pincel de un pintor fallecido” –le decía-. Debes  comprenderlo: es de trascendental importancia que el artista sea enterrado con su pincel.

El joven aprendiz asentía con la cabeza, aunque no tomaba en serio estos preceptos de los pintores.

“¡Bobadas! ¡Tontas tradiciones de viejos!, pensaba para sí. Por algún motivo, no quiere que lo coja; seguro que con ese pincel podría llegar a ser un gran pintor”.

El anciano un día enfermó gravemente y dejó a cargo de su estudio al joven aprendiz, no sin antes advertirle:

-Recuerda: no realices ningún trabajo con mi pincel. He dejado tus herramientas en la mesa del estudio. Mientras yo me repongo, tú estarás a cargo de todo.

Durante los días siguientes, el joven aprendiz trató de realizar algunos de los encargos, pero con terribles resultados: nada de lo aprendido parecía haber dado fruto; su talento era del todo escaso. Frustrado se acercó a los utensilios de su maestro y, haciendo caso omiso de sus advertencias, tomó el pincel y se puso manos a la obra. El aprendiz no salía de su asombro, se decía:

-¡Por este motivo no quería que usase su pincel! Con él puedo pintar los cuadros más bellos que nadie haya contemplado jamás.

En el transcurso de las semanas que siguieron, la salud del anciano se deterioraba, al tiempo que el joven aprendiz iba ganado fama debido a sus impresionantes trabajos. Nunca antes habían tenido tantos encargos.

-Amasaré una fortuna –se decía.

Cierto día fue llamado con urgencia por el anciano pintor, que se encontraba ya en sus últimos momentos. El maestro hizo que se reclinara ante él y le dijo:

-A partir de ahora, todo lo que poseo será tuyo, pero recuerda siempre  lo que te he enseñado. Sobre todo, júrame que cuando fallezca me enterrarás junto a la tumba de mis ancestros y que pondrás mi pincel en el ataúd.

-Haré tal como me pedís –le mintió.

Antes de expirar, pudo pronunciar por última vez la advertencia:

-“Nunca usarás el pincel de un pintor fallecido…”

El aprendiz  hizo caso omiso de las advertencias y del último deseo de su maestro, apoderándose del pincel. Las semanas siguientes trabajo de sol a sol, tratando de aprovechar el abundante trabajo. Cierto día, uno de sus clientes más importantes le trajo un obsequio. Se trataba de un gran espejo proveniente de París, adornado con un marco tallado en madera noble e incrustaciones de piedras preciosas.

-Un espejo digno de la realeza- pensó para .

Con esmero dibujo en un lienzo el singular espejo, tras lo cual pintó su imagen reflejada en él. Tituló a su obra El hombre del espejo. Se sintió realmente  orgulloso de ella.

Al principio todo comenzó como un rumor, luego adquirió el tono de una catástrofe.  Cuando desaparecieron algunas vacas y algunos rebaños, lo achacaron a alguna banda de ladrones. Cuando desaparecieron algunos habitantes, esto causó una gran preocupación entre la gente. Pero cuando desaparecieron algunas edificaciones, incluido el viejo castillo, se desató la histeria colectiva.

Cuando el joven aprendiz, ahora un afamado artista escuchó la noticia, no le prestó mucha atención. Pensó que no eran más que chismes de viejas que no tenían otra cosa que hacer. Pero al regresar a su trabajo, por alguna extraña razón recordó las palabras de su viejo maestro (“Nunca usarás el pincel de un pintor fallecido”), a la vez, que un gélido escalofrío recorría su cuerpo. Al contemplar los cuadros que allí se hallaban, pudo observar que todos esos lugares y personas habían sido pintados por él.

El horror lo convirtió en su presa al comprobar que todas esas desapariciones habían acontecido en el transcurso de un mes después de pintarlas, y que esa misma noche, su obra magna El hombre del espejo, cumplía un mes de concluida. ¿Qué podía hacer? Le había fallado a su maestro y  pagaría por ello. Reclinado en una silla, se dedicó a observar el cuadro, al mismo tiempo que a las manecillas del reloj, no le restaba más que esperar lo inevitable. Dieron las doce, la una, las dos. Pero él permanecía allí, inmóvil. Por alguna razón inexplicable, seguía existiendo, no había desaparecido. Aun así permaneció durante toda la noche sentado, temiendo que si se levantaba, terminaría esfumándose.  Al amanecer, cobró valor y se acercó, no sin temor, a la entrada. Al pasar junto al espejo algo le hizo estremecerse: retrocedió unos pasos y fijó la mirada en el espejo. Pudo contemplar aterrado cuál era el precio por su atrevimiento: su reflejo había desaparecido para siempre.

 

César Socorro

11 de marzo de 2009

 

 

13 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Los granos de arroz

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A Mishima

Cuentan que cuando el tiempo aún no era viejo, vivía en el lejano país de los samuráis un carretero llamado Masakatsu. A éste, aunque conocía la vieja regla de no dejar ningún grano de arroz sin comer en el plato, para no ofender a la madre tierra, su glotonería le llevaba, en el momento de servirse el cotidiano arroz, a tomar más cantidad de la que podía engullir, de tal forma que siempre, a escondidas de los demás, arrojaba los granos sobrantes.

Siguen contando que al anciano maestro zen Natsu le fue encargado ir a buscar a una lejana provincia un cargamento de arroz. El maestro eligió como conductor de su carromato a Masakatsu. El viaje duraría tres días.

Al acabar la comida el primer día, Masakatsu logró arrojar el arroz sobrante sin que, de manera aparente, el maestro se percatase.

-Masakatsu, ¿acabaste todo el arroz de tu plato?

– Seguro, admirado y querido maestro; conozco la regla.

Natsu calló.

En la segunda jornada de su viaje, a Masakatsu le costó evitar la mirada del maestro, pero aun así, muchos granos de arroz se perdieron por el suelo.

-Masakatsu, ¿acabaste todo el arroz de tu plato?

-No lo dude, querido maestro. No olvido nunca nuestra vieja regla.

Natsu volvió a callar.

En el tercer día, con el arroz cargado y ya de vuelta, a Masakatsu le supuso un alarde, casi un malabarismo, limpiar de su plato el arroz sobrante una vez satisfecha su gula.

-Masakatsu, ¿acabaste todo el arroz de tu plato?

-¡Claro que sí, maestro! Me ofende con su sospecha de que pueda incumplir la amada norma.

Los labios del maestro Matsu permanecieron pegados.

A la vista de su ciudad, los caballos deseosos de su cuadra tiraron bruscamente del carromato. Sorprendido, Masakatsu soltó las riendas mientras caía al suelo. Con tan mala suerte que los sacos de arroz que transportaban le cayeron encima aplastándole. El anciano maestro intentó vanamente liberar al carretero del peso que le asfixiaba, pero desistió al darse cuenta de lo inútil de su esfuerzo.

Acaban contando que mientras Masakatsu dejaba en el aire sus últimos suspiros, el viejo maestro Matsu se sentó mirando al horizonte mientras una vez más callaba.

Andrés Sánchez Sanz

13 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El sabor del poder

Existió en su tiempo una aldea fronteriza, a medio camino entre dos reinos que, durante los últimos cien años, habían estado enfrentados en guerra. En dicha aldea nacieron dos hermanos gemelos que, pese a haber compartido vientre, no guardaban parecido alguno.

Se llamaban Arín y Erdel, y eran opuestos como la noche y el día. Uno tenía el cabello azabache y los ojos oscuros como el carbón. El otro era rubio como el trigo y sus ojos parecían reflejo del cielo. Sin embargo, tenían un rasgo en común: se decía que poseían el sentido del gusto más refinado del que jamás se hubiese sabido. Sus padres, humildes campesinos, permitían que los vecinos se entretuvieran ideando los más variados brebajes y dándoselos de beber a los niños, los cuales, en cuestión de segundos, eran capaces de enumerar las materias que los componían.

Tal era su destreza que un viajero, asombrado por este talento innato, convenció a los padres para que les permitiesen partir con él a cambio de un caballo, una bala de heno y la esperanza de que sus hijos obtuvieran así un futuro mejor.

El hombre les curtió en el arte de la alquimia de los alimentos, las pociones, la anatomía humana y los modales de palacio. Vagaron de corte en corte, divirtiendo a las altas esferas mientras se construían una reputación como aprendices de catador.

Cuando Arín y Erdel cumplieron quince años, su maestro, creyendo merecer un descanso, redondeó el negocio vendiéndoles al mejor postor.

—Tú, Arín, ofrecerás tus servicios al Rey de Antagomia, y tú, Erdel, quedarás a merced del Rey de Sinomia. Si sois leales y eficientes, gozaréis de una vida colmada de los mayores privilegios que podríais llegar a soñar. Sólo se os impone una condición: a partir de este momento, cortaréis cualquier lazo que os una. Nadie ha de saber que por vuestras venas corre la misma sangre.

Los hermanos partieron cada uno por su lado, y sirvieron a su Rey probando los platos que desfilaban ante el trono. Un mero gesto de sus manos tenía potestad para mandar al creador a la guillotina, si su paladar detectaba cualquier atisbo de sospecha.

Las noches de luna llena, Arín y Erdel escapaban de palacio ataviados con ropajes corrientes. Deambulaban por los puestos de los mercados en los que se empezaba a preparar las mercancías y disfrutaban del placer de mezclarse con la muchedumbre. Sin embargo, la realidad de la guerra era dura. Hambre y miseria abundaban por doquier, algo en lo que sus señores no parecían haber reparado.

Una de esas noches, se encontraron. Caminaron y caminaron entre las sombras, intercambiando impresiones sobre el mundo que les rodeaba. Poco antes del amanecer, Arín confesó que su Rey tenía planeado ofrecer una tregua a Sinomia, pero que, tras el aparente acuerdo de paz, se escondía la traición. Erdel, por su parte, delató que lo que a su vez perseguía su Rey era fulminar al de Antagomia y anexionar ambos territorios.

Volvieron a reunirse con la siguiente luna llena, e intercambiaron dos pequeños recipientes de cristal, cuyo contenido era tan mortal como el veneno de diez cobras juntas.

Durante los siete días siguientes, ingirieron una dosis. Sufrieron en soledad dolores atroces, pero la fueron aumentando gradualmente, hasta que sus cuerpos fueron capaces de tolerar lo que, en otro hombre de corpulencia semejante, habría sido fatal.

Llegó el momento que varias generaciones habían estado esperando, y los reinos enfrentados proclamaron el final de la violencia. Las calles hervían de entusiasmo, y el Rey de Antagomia, junto a su séquito, acudió como invitado de honor al palacio del Rey de Sinomia. Los guardas, armados hasta los dientes bajo las galas, esperaban a que su Rey diera la señal para atacar al otro.

Los catadores, ante la atenta mirada de los soberanos, intercambiaron las botellas de vino que simbolizaban los buenos deseos de prosperidad del uno hacia el otro. Arín y Erdel las abrieron, vertieron el vino en las copas y, tras paladearlo, las depositaron en manos de los reyes, que brindaron confiados tras el dictamen.

—Por la unión de nuestros pueblos —dijo el Rey de Antagomia.

—Por el inicio de una nueva etapa —añadió el de Sinomia.

Las copas cayeron estrepitosamente al suelo cuando, ante el estupor de los presentes, expiraron tras haber bebido.

Los soldados, confusos por no tener de quién recibir órdenes, y los sirvientes de cámara, horrorizados por la pérdida, se amontonaron alrededor del dantesco espectáculo.

Los hermanos, camuflados en sus harapos, escaparon en medio del caos. Así, la anarquía se convirtió en el mejor recurso para poner fin a la codicia, y romper la barrera que hasta entonces había separado ambos mundos.

Nisa Arce

 

12 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

La puerta

Aquella mansión, resquebrajada y sucia, había sido un trofeo de guerra del Príncipe, tras una dura y larga conquista.

Cada mañana había visto aquella puerta cerrada. La había visto por primera vez en una de sus visitas al ala menos frecuentada de la mansión. Pequeña y algo escondida entre un aparador y las escaleras que subían a la buhardilla, parecía dar paso a una estancia en desuso, ya que tenía el quicio lleno de telas de araña. Era oscura, no sabía de qué tipo, pero sin duda era madera. Nunca había oído ruido al otro lado; salvo, quizás, un leve ronroneo; aunque no estaba seguro de si provenía del interior o de cualquier otro lugar de aquella vieja mansión.

Había buscado la llave entre los varios manojos que le habían dado cuando se instaló allí, pero ninguna abría aquella puerta. Durante un tiempo persistió en su tarea; incluso llegó a mirar a través de la cerradura, sin llegar a ver nada en ninguna de las ocasiones en las que se arrodilló ante ella.

Nuestro Príncipe mandó llamar a varios cerrajeros, pero ninguno consiguió su propósito: “Esta cerradura es única, Alteza”, se disculpaban al no poder abrir la puerta.

Una tarde alguien se presentó en la mansión, solicitando ver al Príncipe en persona. Su más fiel criado le comunicó la presencia del encapuchado, pero el heredero se opuso. “No lo conozco. Que se marche”, refunfuñaba.

Cada tarde, durante dos semanas, el misterioso extraño se presentaba ante la mansión.

Cada tarde el Príncipe lo rechazaba. “No lo conozco. Que se marche”, repetía.

Durante esa quincena los ronroneos tras la puerta condenada se hicieron más frecuentes y cada vez más fuertes, convirtiéndose finalmente en estruendos que sorprendían al Príncipe a cualquier hora de la noche o el día.

La tarde de la decimosexta noche el encapuchado sólo dejó una llave y una carta en la que se leía: “Descubra, Alteza, aquello de lo que he querido prevenirle”.

En cuanto la tuvo en sus manos supo qué puerta abría aquella llave. En cuanto la tuvo en sus manos supo que necesitaba hablar con aquel extraño visitante. Corrió hacia la puerta principal, pero ya se había marchado. La llama del candil luchaba contra la oscuridad de la noche, pero fue incapaz de ver más allá de los primeros escalones.

Subió escaleras arriba, hasta la misteriosa puerta. Dentro, una campanita y por debajo se vislumbraba algo de luz. La madera se hinchaba como si respirara; el Príncipe puso su mano sobre ella y pudo sentir incluso el latido de un corazón. Nada de esto disminuyó sus ansias de conocer qué se ocultaba en el interior de aquella estancia.

Cuando introdujo la llave en la cerradura, una explosión de luz le cegó, y dio dos pasos vacilantes hacia atrás; sin embargo, una mano huesuda y fría aferró la suya. La puerta se cerró tras de sí.

Nadie volvió a saber del Príncipe. Tampoco de aquel señor que tantas veces había solicitado audiencia.

Cande Pons

 

12 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El general y el puente

 

Un viejo y honorable general regresaba de tierras lejanas a su país con su ejército.  Su querido rey había ordenado su vuelta con la mayor celeridad, a fin de que liberara su reino del terrible asedio al que le tenía sometido su mayor enemigo, el cruel rey de las tierras vecinas. La feroz ofensiva se dilataba ya más de un mes y, a causa de su duración, de lo numeroso de la armada enemiga y de la fama de sus guerreros, el general temía llegar demasiado tarde al rescate de su bienamado señor.

Hacia el atardecer de una jornada extenuante, cuando el largo viaje estaba próximo a su fin, el general decidió dar reposo a sus soldados acampando en la ribera de un río, junto a  un hermoso puente que unía las dos orillas. Era éste una vetusta construcción de piedra negra, inhabitual por aquellos parajes, que se alzaba ingrávida sobre las aguas de aquel río turbio y de apariencia profunda. No dejó el anciano guerrero de admirar su hechura, con la poca luz del día que declinaba, sintiendo, con su contemplación, el halo de misterio que emanaba de él, como un efluvio que todo lo impregnaba.

 Aquella noche, el general tuvo un extraño sueño, en el que un espíritu del río se materializaba ante él y, bloqueando el paso del puente, decía: “Desdichado, atravesar este puente te traerá desgracias, verás tus esperanzas frustradas, tu honor mancillado, tu vida consumida. Retrocede, oh, pobre alma y busca otro paso”.

A la mañana siguiente, muy confuso, se debatía el hombre entre ignorar el ominoso sueño y seguir adelante, o escuchar al espíritu y ser precavido, a sabiendas de que una pérdida de tiempo podía ser fatal. Pero siendo nuestro hombre temeroso tanto de los dioses, como de sus heraldos los espíritus, decidió no atravesarlo y continuó viaje siguiendo el curso del río. Un día después avistó otro paso, y a toda prisa se dispuso a cruzarlo, cuando para su estupor vio que el puente era, en todos sus detalles, idéntico al anterior. Siendo casi de noche otra vez, y con el fin de tener algún tiempo para reflexionar sobre el cariz misterioso que tomaba todo, decidió acampar de nuevo ante la entrada del puente.

Aquella noche, su sueño se repitió; de nuevo el espíritu se alzaba sombrío ante él, diciéndole: “Desdichado, atravesar este puente te traerá desgracias: tus esperanzas frustradas, tu honor mancillado, tu vida consumida. Vete infeliz. Huye, o tu rey morirá”.

Aterrado, a la mañana siguiente levantó el campamento y huyó como alma que lleva el diablo, pero el mismo puente se le aparecía una y otra vez, sin importar cuánto territorio recorriera. Era como una presencia inevitable.

El general, que ya había perdido más de una semana, decidió resignarse, cargar con su hado. Dirigiéndose finalmente con su ejército hacia el puente, lo embocó mientras le gritaba con rabia: “¡Maldito! Si este ha de ser mi destino, ¡pues que así sea! ¡Que se cumpla lo que por necesidad ha de ser!” y, avanzó con paso firme, sin mirar atrás, seguido por sus huestes.

El ejército llegó al rescate del rey poco después, y con denodado esfuerzo, en contra de todos los pronósticos, se hizo con la victoria. Las fuerzas invasoras fueron aniquiladas; el perverso rey enemigo, capturado. El general, arrebatado por un desenlace tan glorioso, olvidó pronto el episodio del puente, y se dispuso a ser recibido con honores por su amado rey, en medio de fastos sin precedentes.

Una noche, mientras se celebraba el banquete de la victoria, ante el soberano enemigo que se encontraba arrodillado humildemente, el rey pronunció un discurso que emocionó profundamente al general, tanto era el amor, admiración y lealtad que sentía.

El rey finalizó su discurso con unas palabras proféticas y cargadas de poder, que dirigió a su humillado enemigo: “Por mucha que sea la fuerza o el poder, por grande que sea la riqueza, o profunda la sabiduría, nadie, nunca, jamás, ni tan siquiera un rey, logra escapar a su destino”.

Una vez que el rey hubo concluido su alocución, el general se levantó y le dio muerte.

Jabel Ramírez.

 

12 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

El cinturón invencible

 

Martina encontró un cinturón rojo en el desván de la casa de su abuela. Le gustaba probarse sus ropas antiguas, aunque siempre terminaba estornudando de tanto polvo que allí había: “¡Atchíss!”.

Sin embargo, aquel cinturón le llamó mucho la atención. Tenía una hebilla gruesa y brillante, y nunca antes había visto algo parecido. Salió del desván llevándolo en las manos. Le preguntó a su abuela si era suyo, y ésta le dijo que perteneció a su bisabuela Amaranta.

Amaranta fue muy conocida en la comarca. Trabajaba en la finca de la familia Salvatierra. Era muy pulcra y hacendosa, pero el dueño de la finca era un hombre terrible. Don Antonio Salvatierra era un ser despreciable y desagradable. Se burlaba cuando la joven Amaranta cargaba con las ropas que tenía que lavar y no permitía que nadie la ayudara. Muchas veces, sus lágrimas cayeron sobre toda aquella ropa porque era un trabajo muy duro para una sola joven. Para su fortuna, el resto del servicio la apreciaba mucho por su buen carácter y humildad.

Pero un día llegó a la finca una señora muy mayor. Nadie sabía quién era, si bien buscaba con insistencia al dueño de aquellas tierras.

 Don Antonio, al verla, le espetó: “¿Quién eres y qué quieres, vieja?”. “Soy tu perdición y vengo a ponerte en tu lugar”, replicó la señora. Don Antonio comenzó a reír. Tanto, que no podía parar. Cuando por fin pudo articular palabra, le dijo a la señora que se marchara porque ni siquiera servía para hacer un buen caldo. La señora no se movió, y don Antonio empezó a enfurecerse: “¡Fuera de mi vista si no quieres que te aparte a golpes!”, le gritó.

La señora no se movía, y don Antonio estaba cada vez más alterado. Se acercó y le gritó al oído: “¡Fuera de mis tierras!”

La señora seguía sin moverse pero, de pronto, don Antonio alzó su brazo derecho. ¡Iba a darle un golpe a la señora! Amaranta, que estaba viendo lo que ocurría, no podía permitirlo. Salió corriendo con la intención de parar el ataque de don Antonio, pero no llegó a tiempo. Sin embargo, cuando parecía que la señora no iba a librarse de tremendo golpe, don Antonio resbaló y cayó de espaldas.

Debido a la caída, se abrió una brecha en la cabeza y perdió la memoria. No sabía quién era ni dónde estaba, y mucho menos lo que había pasado. La señora mayor quiso premiar la valentía de Amaranta y le regaló el cinturón rojo de hebilla gruesa y brillante que llevaba puesto.

El cinturón tenía propiedades mágicas. Actuaba como potente protector de aquellas personas que tuvieran buen corazón, protegiéndolas y haciéndolas invencibles a los ataques e injusticias de personas como don Antonio. La hebilla gruesa y brillante del cinturón creaba una barrera invisible alrededor de quien lo llevara. Si alguien intentaba agredir a su portador, dicha barrera se activaba, por lo que recibiría el mismo daño que quería propinar.

Amaranta entendió entonces lo que le había ocurrido a don Antonio. Iba a darle un golpe tan fuerte a la señora que, al final, el ataque se volvió en su contra. Le dio las gracias a la señora mayor y prometió hacer uso del precioso cinturón. ¡Ya no soportaría más humillaciones y siempre estaría protegida!

Estefanía Naranjo

11 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Los niños y el pícaro duende

En un remoto poblado de un ardiente país, cada 23 de abril aparece  un duende con una enorme maleta repleta de cuentos. Los niños de grandes ojos redondos y barrigas panzudas, lo esperan ansiosos bajo la sombra de alguna corpulenta ceiba. Ese día, el  duende pícaramente se adueña del espacio y del tiempo, y entonces los niños de grandes ojos redondos y panzudas barrigas, se quedan inimaginablemente sonrientes y sin hambre, mientras el travieso duendecillo narra deliciosas historias que se van con el viento, de pueblo en pueblo hasta el confín del universo.

 
Patricia Rojas de Leunda.

11 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 5 comentarios

Las Semillas Mágicas

Esta es una historia sencilla. A mí me la contó mamá, y a ella la suya, y supongo que de esta forma se podría llegar hasta la eternidad.

Antes del día existió la noche, y antes de la noche nunca hubo nada especial.

El cielo y la tierra se confundían. Las estrellas no habían conocido el brillo. Tampoco había aparecido la Luna, ni los árboles, ni los mares, ni las montañas, ni los ríos.

El Espíritu del Tiempo se hallaba desconcertado. No tenía nada que medir, nada que contar. Así que, se lo pensó muy bien, y decidió enviar a la Tierra, a lomos de un viento estelar, unas semillas mágicas que lo contenían todo: el cielo, la tierra, la luz, el verde, el azul, el canto, las manos para hacer, los ojos para mirar, el bamboleo de las olas, la raíz cuadrada de Pi, el triángulo y el rectángulo, una oda, una lira, un clavicémbalo, la tabla periódica de los elementos, los libros, las recetas de cocina…

De esta forma el Tiempo puso orden y concierto.

Al poco, su obra comenzó a dar frutos: las Pirámides de Egipto, la biblioteca de Alejandría, la ciudad perdida de Petra, el Taj Majal surgieron de aquellas semillas extraordinarias.

Hasta que un día, un sujeto que se aburría mortalmente, decidió buscar nuevas aplicaciones.

Inventó la pólvora y, amigos, todavía se escuchan los lamentos del Espíritu del Tiempo.

Puri Santana

 

 

18 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

LA FRONTERA

Vivía  muy cerca de la frontera brasileña. No se le conocía trabajo fijo, pero mantenía mujer e hijos. Alto, moreno, de pelo renegrido y parco en palabras.

Durante el día permanecía en el pueblo, dando vueltas, visitando los boliches,  y con su mate en la mano, pero por la noche, cruzaba varias veces la frontera. Todo el poblado lo veía caminar  a la luz de la luna llena. Iba y venía, pero nadie sabía por qué.

Lo único cierto es que siempre llevaba una carretilla nueva llena de hierba.  Todos opinaban, pensando mil fechorías.

Cierto día, cuando el sol caía a plomo sobre las resecas tierras, y el hombre hacía sus visitas, el comisario  intrigado lo detuvo y le preguntó  el porqué de tantos viajes a la frontera y con una carretilla cargada de hierba.

El  hombre no respondió, estaba muy asustado. Temía a la justicia.

Era para tener miedo.  Su trabajo era sencillamente contrabandear carretillas, pero nunca nadie lo supo.

 Blanca Brescia

12 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios