Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La Bella Durmiente

Tic, tac, tic, tac… El reloj de la pared del fondo seguía funcionando. Hmmmm, en nada vendría el anciano a darle cuerda. Alguna vez, por puro aburrimiento, había contado los tictacs entre las idas y venidas del anciano. Otras veces contaba sus pasos desde que lo escuchaba abrir la puerta de abajo hasta que llegaba arriba. Al principio era joven. Lo oía subir los peldaños de dos en dos. Más tarde de uno en uno, y ahora, además, lo acompañaba el taconeo de un bastón. Luego le llegaba el ruido de la gruesa llave de hierro al girar la cerradura, y el chirriar de la puerta de madera. El anciano entraba, abría la ventana, se movía por la habitación canturreando y se marchaba. No podía verlo, pero sabía exactamente en qué sitio estaba y qué hacía: aireaba las cortinas, sacudía las alfombras, quitaba el polvo a los cuadros y, antes de irse, daba cuerda al reloj. Qué previsible. Tremendamente previsible.

Alguna vez también venía ella. Nunca la oía subir, porque se deslizaba como la brisa. Pero en cuanto se abría la puerta, el olor a flores recién cortadas se extendía por toda la estancia. Se acercaba a ella, le colocaba bien las sábanas y la colcha, y a veces la peinaba. Le gustaba sentir esas caricias en su pelo, y sus manos pequeñas y suaves retirándole el flequillo del rostro. A veces le hablaba, le contaba lo apuesto que era el hijo del molinero, el pastel que había preparado para la fiesta de la cosecha… Cuando se marchaba, su corazón se encogía. Ojalá pudiera decirle que no se fuera, que se quedara con ella, que siguiera contándole cosas. Que se aburría cuando estaba sola. Que morirse no era como le habían dicho. Que no había una luz cegadora hacia la que andar. Tampoco unos seres alados que venían a buscarla a una, tocando arpas y trompetas doradas. Ni siquiera había un infierno lleno de hogueras y diablitos bailando alrededor del fuego. Morirse era quedarse estático, con todos los sentidos alerta, pero sin poderse mover, esperando vaya usted a saber qué. Era aburrido. Tremendamente aburrido.

El sonido de unos pasos en la escalera la trajo de vuelta a la realidad. El anciano, con el rítmico repiqueteo de su bastón. Y… alguien más subía por la escalera, con determinación. La curiosidad la puso en alerta. ¿Quién vendría a visitarla?

La puerta se abrió y, por un momento, se hizo el silencio. ¿Qué ocurría? ¿Por qué no entraba esa persona? ¿Quién era y qué era lo que buscaba allí? De repente, el recién llegado se puso en marcha, acercándose a ella. Escuchó al anciano murmurar algo desde el umbral. Más desconcierto. La madera crujió cuando el desconocido se sentó en el borde de la cama. Supo que la observaba, e inspiró, aunque sabía que nadie podía notar que lo hacía. Olía a bosque, a cuero, a tierra húmeda, a hierba recién cortada. Y supo inmediatamente que algo en su vida iba a cambiar para siempre. Su corazón se aceleró, retumbándole en los oídos. Y lo siguiente que sintió fue un ardor en los labios, un calor que se extendía por su cara, por su cuello, que bajaba por su cuerpo y se derramaba por sus extremidades, causándole una extraña picazón. Intentó mover un pie, sabiendo que, como siempre, sería en vano. Pero el frufrú de la sábana le indicó que, esta vez, estaba equivocada. ¿Sería verdad que había podido moverse? Movió un dedo y, con la yema, pudo sentir el tacto del tejido de Damasco que la cubría. Con emoción, abrió lentamente los pesados párpados y se asomó a unos ojos profundos que sonreían. No era el diablo con su tridente y una fogata en el rabo. Tampoco era la luz cegadora. No. Era mucho mejor. Bastante mejor. De hecho… tremendamente mejor.

Luz Alonso

14 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , | 6 comentarios

Solitatum

          De   la   forma  que  yo  siempre  había   querido   ya   casi   había  logrado vivir,   tan  solo  mi   propia   sombra   me   advirtió   al   final  de  que  me  había  pasado   un   pelín.

         Empecé  mi  peculiar  procedimiento  pasando   de  la  gente  que  había  conocido hasta  aquel  momento; una  de  aquellas  personas  era  una  chica  despampanante  de aquí, de  Las Palmas, llamada  Angelina.  Su  último  saludo  con  gesto  de  desprecio  fue  la  gota  que  derramó  el  vaso  y   me  hizo  decidirme  a  hacer  lo  que siempre  me hubiera   gustado  para  encontrarme  únicamente  conmigo  mismo  y,  por  ende,  con  mi propia  sombra,  aquella  parte  de  mi  ser  que  creía  yo  que  era   para  mí   fantástica   porque  pensaba  que  jamás  me  iba  a  traicionar.

        Disfrutaba  ya  tan  solo  de  estar  solo,  teniendo  casi  como  única  labor  mi  actividad  de  escritor  y  así  era  yo  más  feliz  que  un  gato  en  una incubadora.  En aquella   época  me  hallaba  yo  escribiendo  un  relato,  ” Jaque  a  los  mecanismos de ella”,  inspirado en  la  propia  Angelina.  Allí  contaba  con  pelos  y  señales  como  había  terminado  de  quitármela  de  encima  antes  de  que  hiciera  lo  mismo  conmigo: un  simple  mecanismo  minimalista  que  me  hacía  retroceder  a  mayor  velocidad  que ella para  no  llevarme  yo  el  chasco,  se  redujo  luego  a  un  no  saludo  y  así  le  obsequié  con   una  intencionada  bofetada  sin  manos  y un  trauma  sin  quererlo.  Fue  así, conmigo, como  ella  conoció  la  espantosa  ciencia  de  la  mente;  la sombra de su tristeza era  para  mí   la   verdad   y   la luz.

          Pero, al  final,  con  tanto  escribir  para  desquitarme  de  mis  anteriores  vinculaciones   existenciales  una  noche me  encontré  con  mi  propia  sombra.  La   sombra  era  todo mi  ser   y  me  absorbió   hasta  el   punto  de  que  ya  no  sentía  ni  veía  mi  cuerpo y   apenas   podía  utilizar  ninguno   de   mis   sentidos,   sensaciones  que  me  hicieron  desear  volver  de  nuevo  a  mi  materia  corporal.  Entonces  fue  cuando  sentí  unas  enormes   ganas   de  dormir,  y  me  ví  inmerso  en  un  gran  y   profundo  sueño.  Soñaba  la  escena  dialogante  entre   mi  sombra  y  yo :

 -No  puedes  liberarte  de  todo  lo  que  te  une  a  este  mundo   –dijo  la  sombra.

-Es  que  yo  pensaba  que  así  sería  del  todo  feliz  –dije yo. 

-Al  no desear  nada  de  este  mundo  sino  escribir  no  puedes  definirte  en  un  cuerpo real –dijo  la  sombra.

 -Es  que  no  he  encontrado  lo  que  busco  en  el  mundo  real  –dije  yo.

-Ya  lo  encontrarás,  yo  lo  pondré  en  tu  camino,  siempre  y  cuando  te  des  cuenta  de  que  tú  tienes  algo  valioso  que  dar,  algo  que  no  existe  en  nadie  más  –afirmó la    sombra.

-Pensaba  que  yendo  a  contracorriente  de  todo  hacia  mí  mismo  lograría algo positivo  de  esta  existencia  –exclamé  yo.

 

-Estás  en  este  mundo  para  dar  y  recibir,  en   ese   eterno  fluir  y  refluir  jamás  te     podrás  aislar  hacia  lo  absoluto  –continuó  certera  la  sombra.

     A continuación desperté de aquella majestuosa pesadilla. Estuve más de un mes sin volver a soñar nada y aunque conocí a otra chica jamás volví a ver ni a mi a sombra ni a Angelina. Aunque por consejo de aquella voz he cambiado hacia una actitud vital    más sociable y  positiva,  en  las  noches  de  luna  llena  me asusta  todavía  la  idea  de  que  mi  sombra  pudiera  volver  a  aparecer.

 José Francisco Costa Medina (Fran Smith)

6 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

Amantes

Nada hacía pensar a la protagonista de nuestra historia que la llegada de la primavera fuera a trastocar tanto su vida cotidiana. Llevaba varios años en la ciudad, viviendo más entre libros que entre personas, pero aquella tarde a María se le iluminaron los ojos.

Era la primera vez que entraba en el nuevo y flamante supermercado del barrio y al ir a pagar la compra, se encontró con esa mirada de grandes ojos verdes como la hierba, que le miraron durante una milésima de segundo y como un rayo pasaban los productos por la caja.

-Son quince con veinte.

María no sabía qué responder. Con un balbuceo alargó un billete de veinte.

-¿No tendrás veinte céntimos? –preguntaron los grandes ojos verdes.

-Mmmm, sí…-a María le temblaba la voz,

Igualmente temblorosa llegó a casa, ordenó la compra y allí estaba…

Al principio no quería creer lo que estaba viendo, pero, en efecto, allí estaba, la mirada de grandes ojos verdes le había dedicado un tiquet de la compra.

Sí, sí, María lo sabía, detrás de ese frío tíquet se escondía una declaración de amor. Algo había tras ese gracias por su visita, vuelva pronto, le ha atendido…, aproveche nuestros descuentos en charcutería y repostería.

María se guardó ese poema de amante que sufre en silencio y durante semanas enteras volvía una y otra vez al supermercado.

Más facturas y más declaraciones. Con el tiempo aprendió a leer entre líneas. Un hola, tú de nuevo por aquí; ya ves, se me olvidó comprar detergente…

 

Pero la primavera se acaba y da paso al verano. El último día de esa primavera poética María no se encontró con la mirada de grandes ojos verdes, la buscó y buscó, de super en super, de mercado en mercado, hasta en las heladerías buscaba y buscaba.

Un día fue al despacho principal de la oficina central del edificio más importante de la cadena de supermercados del barrio, decidida a reencontrarse con quien la miraba de ese modo y le escribía con tanta pasión, y reclamar lo que consideraba suyo por derecho propio.

Le atendió un señor muy elegante, con bastantes arrugas y un comienzo de entradas en la melena. Al cruzarse las mismas miradas desesperadas él supo a qué venía María. Se adelantó a cualquier posible explicación, introdujo su mano en la americana, y con la rapidez de un movimiento mil veces ensayado, extrajo de su cartera un papel escrupulosamente doblado, un papel que no había sido creado para perdurar, un papelito cubierto apenas por unos restos de tinta que escondían indicios de números y de letras. La naturaleza de este objeto contrastaba con una mirada perenne y lánguida. Levantó la vista y se dirigió con solemnidad y pesadumbre a María:

-Lamento no poder ayudarla, señorita. Esa mirada de grandes ojos verdes que me quitaba el sueño noche y día. Simplemente se fue… un día, sin más, se fue.

-¿Se fue? -suspiró María.

-Sí, en efecto, pero siempre nos quedarán sus poemas de amor…

 Imanol Rubio Bertilsson

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Otra versión de T’sin Kiu Po

Tenía 70 años y, por más que pensaba, no podía creer que sus dos nietos hubieran querido matarle. Una y otra vez revivía el suceso:

Salía de la taberna como siempre borracho y, aunque vivía en un arrabal donde la droga corría como la pólvora y las mafias pupulaban a sus anchas, nunca  le agredieron o robaron, pues todos lo conocían y sabían que gracias a la fortuna que poseía (al menos es lo que se comentaba), podía comprar voluntades y hacer favores, lo que le permitía a su vez tomarse la justicia por su mano y conducir de forma férrea y despótica a su familia.

Esa noche, se acercaron sus dos nietos y con la excusa de ayudarle le  llevaron a un descampado, donde le agredieron brutalmente tras gritarle:

-Te vamos  a matar, viejo usurero; todo será nuestro y no tendremos que aguantar más tus vejaciones y malos tratos.

Ante la imposibilidad de defenderse, optó por hacerse el  muerto, ardid que dio resultado, pues los muchachos le abandonaron.

Sus nietos juraron y perjuraron que no fueron ellos, que  seguro que fueron algunos pandilleros a los  que su abuelo siempre estaba amenazando y recriminando.

Creyó sus excusas, pero no dejó de rumiar el suceso.

Otro día fingió estar borracho y fue por los alrededores de la taberna, esta vez vio venir a sus nietos, pero estaba sobre aviso y, de un certero golpe los derribó. No estaba seguro quienes eran, daba igual, lo lamentarían, los azotó y maniató. Pero al día siguiente habían huido; en su fuero interno lamentó no haberlos matado.

Sus nietos insistían en que eran mafias o pandilleros, que ellos jamás atentarían contra su abuelo.

Pasó el  tiempo, pero no olvidaba y al cabo de un mes, decidió volver a la taberna y hacerse nuevamente el borracho. No obstante, esta vez iba preparado, nadie abusaría de él. Sin que su familia lo supiera llevaba una pistola y, no se le escaparían, no.

Pasaban las horas y el patriarca no volvía; pese a lo avanzado de la noche, los nietos se ofrecieron para salir a su encuentro.

Él los vio venir, creyó reconocer a los macarras que le atacaron anteriormente y, sin pensarlo, descargó la pistola sobre ellos.

Al día siguiente se supo, eran sus nietos…

Esther Quijada

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Conversación con mi retrete

El otoño es la mejor época para recoger setas y en los montes cercanos a casa hay multitud de ellas. Así que aquel sábado salí muy temprano, con la sana intención de llenar mi cesta de mimbre con algunas de ellas. La mañana la pasé recorriendo el bosque en busca de las mejores. Antes del mediodía tenía suficientes para hacerme un buen plato de champiñones al ajillo acompañado de un excelente jamón ibérico.

Regresé a casa y me puse manos a la obra. Seleccioné las de mayor calidad, las lavé a conciencia y luego me puse a la faena culinaria.

Tomé buena cuenta del plato que había preparado. Después de media hora, comencé a sentirme raro, con una extraña sensación en el estómago. Pensé, en un primer momento, que podría tratarse de una intoxicación alimentaría; son muy frecuentes cuando comes setas. Me dirigí al cuarto de baño y me senté en el váter porque quería dar de vientre. Al cabo de unos instantes, oí una voz grave que retumbaba en toda la casa y que me decía:

—¿Podrías quitar tu peludo culo de mi blanca cabeza?

Me quedé paralizado. ¿Quién me estaba hablando? ¿El váter?

Intenté levantarme, pero no podía: una fuerza, que yo no controlaba, me mantenía pegado al retrete. Después el hueco del inodoro comenzó a abrirse, como si quisiera engullirme.  Al poco, caí dentro y comencé a bajar por el desagüe, como si estuviese bajando por uno de esos toboganes que hay en los parques acuáticos, hasta que llegué a una pequeña estancia en la que, curiosamente, no había ni una gota de agua.  Frente a mí estaba mi retrete, sentado en un sofá de color negro. No entendía nada en absoluto, no sabía qué me estaba ocurriendo y, en un momento determinado, el váter volvió a hablarme:

—Contigo quería yo hablar; por fin estamos cara a cara.

—¿Y de qué querías hablar conmigo? No suelo hablar con retretes —le dije.

—Ni yo con humanos. Pero ahora estamos frente a frente y me gustaría decirte una cosa. Estoy harto de que cada vez que te sientas a defecar, te vayas por las patas p’abajo y me dejes más negro que un tizón.

—Es normal, ¿no crees? Uno se sienta para lo que se sienta. No pretenderás que cague flores. Cada uno tiene que apechugar con lo que le toca en la vida, a ti te ha tocado ser retrete y a mí humano. En otra vida, pídete ser otra cosa, no sé, lavamanos, coche, jirafa. Yo que sé…

—Encima de guarro, insolente. Como si uno pudiera controlar el destino. El destino te viene dado; nada ni nadie lo controla. Serás estúpido…

—¿Entonces no crees en la reencarnación? —le pregunté.

—No, no creo. Los seres inertes no solemos tener ese tipo de inquietudes filosóficas, eso lo dejamos para los humanos, que tienden mucho a ese tipo de desvaríos.

—Pues lo tienes claro: cuando te sustituya por otro de último diseño, seguirás siendo un viejo retrete para toda la eternidad, ja, ja, ja, ja, ja, ja… Por lo menos, para curarte en salud, deberías creer en otra vida, como hacemos algunos humanos, que nos engañamos para vivir un poco mejor la vida que nos ha tocado. Ya sabes, eso de creer en el más allá, en la reencarnación, en el Nirvana… No sé si me entiendes —le intenté explicar.

—Yo soy muy pragmático, quizás sea por mi condición de loza fría. No lo sé. Quizás por eso, no me preocupo por el mañana, yo soy más del Carpe Diem, y mi vive el momento se circunscribe al tiempo en que tú te sientas encima de mí. Ese es el momento que me preocupa, que es directamente proporcional a mi felicidad.

—¿Directamente proporcional a tu felicidad? —le pregunté con asombro.

—Me explico. Yo soy feliz cuando estoy limpio y reluciente. Cuando entras en el cuarto de baño mi felicidad se resiente, porque hay una posibilidad de que te sientes a defecar. Entonces soy infeliz por las razones que te expliqué al principio.

—¿Y qué quieres que haga? —le pregunté irritado.

—Que me ayudes a ser más feliz. Solo te pido que cuando termines de hacer tus necesidades, cojas la escobilla y me limpies, solo eso. Es que nunca lo haces.

—Ya sé que no lo hago, pero es que siempre voy con el tiempo justo. No puedo perderlo en tonterías.

—No son tonterías, para mí es una cosa muy seria.

Le iba a contestar, pero sentí unas ganas inmensas de dormir. Me acerqué a una alfombra que había junto al sofá en el que estaba sentado mi retrete, me tumbé y quedé dormido.

A la mañana siguiente me desperté acostado en la alfombra del baño, sin recordar muy bien lo que había pasado. Me levanté, abrí la nevera, saqué las setas que aún me quedaban y las clasifiqué. Conocía a la mayoría, pero había una que se me había escapado y que desconocía. La busqué en mi extraordinaria enciclopedia de micología: era una variedad de la Psilocybe semilanceata acreditada por sus efectos psicotrópicos. Ahí estaba la razón de mi conversación con el váter.

Antes de salir para el trabajo, sentí la necesidad de ir al baño, me senté en el retrete, di de cuerpo, tiré de la cisterna y salí corriendo porque llegaba tarde. Al llegar a la puerta, di media vuelta, me dirigí al baño, cogí la escobilla y limpié el frenazo negruzco que había dejado.

Desde ese día comprendí que los cuerpos inertes también tienen derecho a la felicidad.

 

Moisés Morán Vega

 

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

Colombofilia

Es evidente que mi afición ha sido determinante a la hora de configurar nuestros destinos. Llevo cuidando palomas mensajeras desde que era un niño. Las crié junto a mi papá y nunca han dejado de fascinarme. Las amo. Acaso, como a ti también te amé, pensé que no importaba que te fueras con él, no tenía la menor duda de que encontrarías el camino de vuelta. Soy consciente de que a veces ocurre algo que se interpone entre la paloma y su destino, y hace que se desoriente o perezca en el trayecto. Pero eso no tiene por qué sucederte a ti. No pasa un día sin que suba a la azotea convencido de que hoy aparecerás. Claro que he salido con más chicas desde que te fuiste, y de una en una las he ido dejando marchar. Al igual que tú, ninguna ha vuelto, pero a ellas no las amé como te amé a ti, como amo a mis palomas. Sé que mis palomas no regresan por el hecho de que las ame, no soy tan inocente: su instinto las lleva a regresar a su lugar originario, al lugar que reconocen como su hogar. Por tanto, sé que puedo amarte locamente y que por mucho que lo haga no es eso lo que te hará regresar. Pero me decías que tu hogar estaba conmigo, donde estuviera yo. Y por eso aunque mi antigua casa desapareciese inevitablemente bajo los escombros, yo confío que aun así sepas encontrar el camino hasta mí.

Carlos Martín Cabrera

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

La madre de Cronos

Seis de la mañana. El despertador, inoportuno, destruye el negro silencio de la habitación. Sale de la manta un quejoso rumor que anticipa una mano, un dedo, torpe verdugo del sonido digital. No recuerda cuándo se quedó dormido pero a su lado descansa un libro de filosofía que le comentó algo del espacio, también del tiempo y la inexistencia de ambos. Con un solo ojo mira el maldito reloj. Lamentos de su suerte. Seis y un minuto.

No se había parado a pensar que el tiempo lo esclaviza. Giran irremediables las agujas, se le va la vida, la única que tiene. Se da cuenta que  se preocupa demasiado por puras nimiedades. Su mente decide quedarse en negro. No hace falta parar algo que no existe y si piensa, existes luego el pensamiento no lo detengo. Hoy amanece en su vida sin horas. Lúcido saborea gustosamente un autentico desayuno inglés. Se escucha un canto. El gallo sí que está autorizado a despertar, y los pájaros, y los niños. Las cataratas de su baño arrancan de su cuerpo desnudo segundos de placer, le resbala el agua que cree de manantial. Mmmm… el agua donde todo comenzó en un instante, o quizás en dos. Desnucaría al cuco antes de irse, pero no quiere perder eso que no es porque no existe. Sale de su casa. Mira el cielo: no es de día, no es de noche, sí hay sol, sí hay luna. Se para. Los contempla derramando minutos, es una imagen digna de imaginar mientras camina hacia su carroza pues jamás serán las doce.

No ha llegado tarde al trabajo aunque la cara de su superior parece indicar otra cosa. Teclas y papeles, que antaño, que antes, fueron cómplices del caer de la arena, lenta, como mojada, hoy serán horas de concentración necesariamente forzadas. No hay que darle más vueltas. Es un instrumento, un instante en el discurrir por el mundo, tiene que comer y sin embargo no es excusa para dejar de aprovechar el momento, de dejarse vivir hasta volver a la carroza. Sin embargo, llega un momento en que cree que está bien de labores productivas, recoge, se levanta y ondula entre las mesas de los extrañados compañeros ganando la salida. ¿Y este que hace?

Enciende su carruaje, flota en el asfalto, llega hasta la morada de su damisela. Toque del claxon. Luz en la ventana, luego en el portal, deslumbra al ocupar su asiento y fuego en la cama. Manta, sabanas, almohadas, cama. Son las seis y cinco de la mañana.  

Jose Suárez

 

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 6 comentarios

El regalo

Parecía que no estaba, que apenas existía. Ella no llamaba a nadie, y nadie le llamaba a ella, pero por la firma de sus cuadros, supe que su nombre era Halima. Me gustaba imaginar que me dirigía a ella como “Lima”, agriamente amarga, como su semblante. De por sí menudita, se diría que iba menguando de pena clase a clase. Su cara pálida, impoluta, parecía un lienzo sin pintar, salpicado  sólo por sus ojos negros,  profundos hoyos delatores del vacío. Lima era definitivamente indescifrable, pero cada miércoles, con cada una de sus obras, fui deshaciendo la trama de su enigma; cuando dibujó aquel precioso paisaje marítimo, plagado de gaviotas, adiviné que era el muelle lo que veía desde la ventana de la casa donde vivía; el día que plasmó con asombroso realismo el parto de una gata, comprendí que eran ésta y su camada sus únicos compañeros. Pero sólo su última pintura me ayudó a esclarecer el misterio de Lima; algún día ella, en un acto de adoración profunda, se  habría desprendido de toda su voluntad de ser,  para ofrecerla en vano a un ídolo equivocado.

 Laura Cedrés

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

El filo del hado

Las Palmas, diciembre de 1.965. En la noche de autos, el hombre se dirigía hacia su casa, sita en la calle Pedro Ramírez, número 25. Paseaba tranquilamente con su maletín de cuero negro por las calles de la bulliciosa Triana cuando algo llamó su atención. Se trataba del quiosco por el que había pasado miles de veces de camino a casa. En sí, el puesto no tenía nada nuevo ni original, pero algo hizo que su mirada centrara sus ojos en aquel lugar. Allí estaba, un libro de tapa negra con letras corintias. Lo compró, y comenzó a leer:

“Mi filo, en esta noche de plenilunio, refleja los fríos y pálidos ojos en el cadáver que ha venido a buscar mi portador”.

A medida que transitaba por la céntrica calle, la algarabía de la gente parecía afectarle más y más. En su interior, algo se revolvía. Se sentía mareado, aturdido. Algo en el libro lo había confundido aún más. Pero no quería ni pensarlo. Es más, se negaba a aceptarlo. Mientras su mente seguía desvariando, su estómago le había sacado una cabeza de ventaja al danzar al son de los villancicos que oía a lo lejos hasta el punto de querer regurgitar. Se detuvo por un momento, en una esquina, y arrojó los pocos bocados y el alcohol que había ingerido en el bar. Apenas sin color, continuó su trayecto al son de las páginas que pasaba:

“La omnipresente mirada del destino y su macabra risa de un solo diente se deja entrever en cada paso del camino que recorres. El gélido aliento de la parca susurra en tu oído”.

-¡Ah! –gritó alarmado-. ¿Qué ha sido ese ruido? –se preguntó el hombre.

Pero nadie le hizo caso. Miró a su alrededor. Miró hacia atrás. Incluso, se dio la vuelta para comprobarlo una segunda vez. Pero no había nada sospechoso. Solo estaban él y el tropel.

-No puede ser. Es solo mi imaginación –se dijo a sí mismo.

Visiblemente más relajado, prosiguió su camino de vuelta a casa. A medida que avanzaba, el rojo teñía las tiendas del lugar y los viandantes, ataviados con lúgubres vestiduras invernales, no hacían más que susurrar y cuchichear. O eso parecía:

-¿Qué te parece? ¿Lo ves capaz? ¿Crees que lo hará?

-Ah, muerte. ¡Qué astuta!

-¿Está loco?

-¡Déjenme! ¡Déjenme en paz! gritó.

Acto seguido, se acurrucó en el suelo. Mientras, palabras y actos sin sentido rondaban en su cabeza, haciendo un bullicio aún mayor que el de la gente. Sus sentidos ya nada podían hacer.

“¿Delirio o realidad?”

Esa fue la frase que desencadenó el acontecimiento de los actos.

Al volver a casa, le esperaba su mujer. Como siempre, el plato de potaje, una rebanada de pan y su copa de vino tinto aguardaban sobre la mesa. Pero, aquella noche, su esposa observó que algo en él había cambiado. Era otra persona. Su rostro, habitualmente sereno y tranquilo, se había tornado poco menos que en un espectro del averno.

-Cariño, ¿te pasó algo? –preguntó la voz, temblorosa.

No hubo respuesta alguna. Solo la del ruido de la cuchara al comer y el sonido de las páginas del libro al pasar.

Al terminar, dejó la cuchara sobre la mesa y se dirigió hacia la cocina en busca del objeto de su locura. Lo cogió por el mango, lo levantó al aire y el filo se encargó de causar una herida que nunca volvería a sanar. Desde entonces, día y noche vive atormentado, desamparado; y ahora, solo, ante el incesante esfuerzo de las tres vengadoras infernales por arrebatarle las escasas luces de las que aún goza, entre muros y oscuridad, hierro y maldad, sin más defensa que sus llantos y lamentaciones, ve cómo su cordura es juzgada y sentenciada a morir a manos del filo del hado que un día encontró de camino a casa.

Alexis Espinosa Navarro



3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

La vida era más fácil antes

Veía la vida mucho más fácil ahora. Todo estaba encajando y las cosas se estaban dando por sí solas gracias a aquella cartera tan extraña que me habían regalado, sin la cual no podía vivir.

Comenzó todo con que hace unos tres meses me interesé por un coche y coincidieron aquellas fechas con aquel insólito regalo. Metí todo mi dinero en la cartera: unas monedas, un billete de cinco euros y otros dos de veinte. Ojeando aquel y otros coches de la marca de la casa me di cuenta de que estaban fuera de mi alcance, todos eran muy caros. Y, al salir, algo resignado, un hombre que aguardaba en una esquina me pidió dinero. Al principio le dije que no tenía; él insistió y, después de intentar evadirlo sin conseguirlo durante unos minutos, acabé por darle unas monedas.

Justo un día después, un lunes, sucedió algo increíble. Yo me alisté para ir a clase, a aquel módulo de mecánica. Como cada lunes, y como cada día que tenía que ir al módulo, desayuné fuera de casa en una cafetería no muy lejos de allí. Pedí un café y puede que un cruasán, quizás un donut. Pagué con el billete de cinco y unas monedas. Después de dejar la cuenta en la mesa noté lo que había pasado. Me senté otra vez y abrí la cartera de nuevo, sorprendido vi como volvía a haber unas monedas y un billete de cinco. Creo que incluso había unas monedas más.

Aquel día no asistí a clase, impresionado por aquello; estuve todo el día sacando y sacando billetes de la cartera. Cuanto más dinero cogía, más billetes y de más valor salían de allí. Mis padres se enfadaron mucho porque no fui a clase. Hubo una discusión y recuerdo que intentaron avisarme y yo me fui. Me compré el coche que quería, fue lo primero que hice. Tendría que buscarme un sitio donde vivir también, así que, con aquella cartera, me compré la entrada para un dúplex amarillo en La Minilla. Empecé a vivir una vida desmadrada, no estudiaba y gastaba el dinero desenfrenadamente.

Todo me iba bien, hasta que ayer domingo abrí la cartera y no había nada dentro. Metí dinero y la abrí, y me dispuse a sacarlo para abrirla nuevamente y encontrarme con ese mismo dinero; pero en vez de eso el dinero desapareció, como si la cartera quisiera que le devolviese todo lo que me había prestado.

Hoy lunes tampoco hay nada dentro. Me irrito, me tiro de los pelos, pero la cartera no me va a dar más dinero. No he podido pagar la hipoteca de este mes, supongo que venderé el coche y los pocos muebles que he comprado. Buscaré trabajo, aunque dudo que lo encuentre, porque no he hecho bachillerato y no acabé un módulo de mecánica que una vez me propuse hacer. Y la suerte, que parece que se la haya tragado la cartera con todas las demás cosas como si fueran intereses.

Mi vida se está tiñendo de un azul triste. Estoy sumido en desesperación y paro y crisis. Queda un rescoldo del amarillo de aquellos fructíferos días que, mezclado con este azul intenso origina un verde: ojalá que tiña mis días de algo más que de esperanza.

Daniel Marmolejo

 

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

De entre todos los lugares del mundo

La guagua hizo una parada; de transición, todavía faltaba mucho para llegar a su destino. La cabina del vehículo estaba sorprendentemente vacía para aquella hora de la mañana. Tres o cuatro ronquidos como mucho, cuando lo normal era realizar el trayecto en medio de una sinfonía de albañiles marroquíes,  solos de empleadas del hogar latinas y  allegros  de seguritas del aeropuerto. Arrebujados en medio del escaso recital, junto al timbre de parada más cercano a la salida, los huesos de Darío sentían el relente del amanecer, la pereza de madrugar, el tedio de la rutina… pero también un prurito terco y extraño, una sensación de hormigueo no atribuible a las condiciones atmosféricas de aquel pesado y anodino y recurrente lunes principio de semana, sino a algo diferente, algo que  Darío no solía experimentar sobrio. Era la certeza de algo insólito a punto de ocurrirle.

Las puertas del vehículo se abrieron mientras Darío recordaba la película que había visto la noche anterior en televisión. Casablanca. Cine clásico, del que  había iluminado su  infancia y que ahora se emitía de noche, furtivo, en las comisuras de un fin de semana, en plena madrugada de un lunes no festivo. Un relleno entre tele-tiendas torpemente seductoras y el  primer parte de carreteras de la mañana, con el locutor  todavía legañoso  y con marcas de almohada en la cara.

Darío amaba el cine antiguo en blanco y negro; casi envidiaba a los aquejados de aquella variante rara del daltonismo, que,  según había leído,  por un defecto en una región  del mesen céfalo o del córtex o de por ahí, no podían percibir colores, sólo tonos de gris: esos afortunados contemplaban  la existencia  entera como una vieja película de la Warner. Una sesión continua,  privada y golfa,  con un final que se deseaba lejano y que carecía de  pausas publicitarias o carteles de “Visite nuestro bar”.

Darío volvió en sí cuando la persona que acababa de  entrar en el vehículo y de abonar su billete en metálico, “con plata” como diría Wilfred, el compañero de piso de Darío, pasó por su lado y, sin  aparentemente proponérselo, le descargó un codazo en la cara. Un negro grande, panorámico, con algunas canas, no muchas más que Darío, y vestido para celebrar algo, se disculpó vehemente.

Darío, con estrellas detrás de los ojos, le quitó importancia al sopapo y el negro se fue a sentar en la parte del fondo de la guagua, en compañía sólo de su traje de fiesta y de unos ojillos risueños y traviesos.

La sien de Darío latía.  Miró hacia atrás y vio como el negro contemplaba el alba, distraído, por la ventana. Un trabajador inmigrante, congoleño o de por ahí, pensó Darío. Aunque ese no parece el uniforme de alguien que deba levantarse a estas horas por obligación. ¿Animador cultural para turistas ancianos? Pasa por alguien del espectáculo, desde luego, pero no creo que lo obliguen a ensayar tan temprano. Y menos vestido así.

De pronto, como todas las certezas absurdas, un pensamiento saltó como una cuerda rota en la mente de Darío. Aquel negro le había recordado poderosamente a alguien desde el momento en que, todavía aturdido por el golpe, había visto su cara de disculpa flotando delante de él; pero era ahora, en la distancia relativa de la última fila, sentado como estaba y con la luz de la mañana incidiendo  en su perfil con aquel ángulo preciso, que  lo reconoció.

Era Sam.

¡Sam! El Sam que había sido testigo nada mudo del amor heroico entre Bogart y  Bergman, la noche anterior en el salón de su piso de divorciado. El  negro pianista de Casablanca, la película de los 40, estaba ahora sentado en la guagua que hacía el trayecto Las Palmas-Maspalomas, a las 6:42 de la mañana de un lunes del  siglo XXI.

Mirando cómo amanecía. En traje de fiesta.

Sam era inconfundible; Darío lo conocía desde hacía demasiado tiempo como para estar equivocado. La cara amplia y amable, enmarcada por una leve papada y la línea del pelo en retroceso, destacaba en su negrura casi gris sobre el  blanco de su chaqueta de pianista de club nocturno. Pañuelo negro en el bolsillo y pajarita a juego: puntos suspensivos sobre el cheque en blanco de su presencia en aquella isla del Atlántico, tan alejada del Marruecos hollywoodiense  que lo había visto nacer.

Darío dejó de mirarlo y se dio la vuelta hacia delante, emocionado. Contempló las filas de asientos vacíos que tenía ante sí, la mayoría ilustrados con  historias de amor y drama de patio de colegio, y al conductor de la guagua, que, como venía haciendo cada mañana desde que Darío empezara a tomar aquella línea, conducía con los ojos puestos en la carretera, pero con los oídos entregados al programa de jazz de la radio.

Sonaba un piano.

Darío pensó en su escena favorita de Casablanca. Mucha gente, los que han visto Casablanca superficialmente y sólo recuerdan generalidades de la historia, e incluso los que no la han visto, pero conocen cuatro secuencias, citan la escena  del piano en el Café de Rick.

 “Tócala otra vez, Sam”.

Darío tenía sus propias ideas al respecto y, aunque esta escena no aparecía realmente en la película y esa misma condición de ficción que nace de una ficción le daba puntos en un hipotético concurso de popularidad dentro de su cabeza, Darío prefería decantarse por otro momento.

La suya era una escena muy anterior. Pequeña y poco memorable, en absoluto carne de recopilatorio. También demasiado amarga. En la escena favorita de Darío, Bogart esperaba bajo la lluvia la llegada de Ingrid Bergman, en la estación del tren que debería sacarlos a ambos del Paris ocupado y llevarlos lejos de la guerra, de todos los obstáculos que hacían imposible su idilio. Por supuesto, el personaje de Ingrid Bergman no aparecía. Bogart se quedaba entonces rumiando amargado bajo la lluvia, solo, en la compañía de cientos de franceses aterrados (a los que no les importan los problemas de un par de personas) y de su condoliente Sam.

Los amigos y los  subalternos  fieles hacen  buena compañía en esos momentos.

Darío volvió a darse la vuelta.

No sabía exactamente por qué, pero ahora se daba cuenta de que Sam, conforme iba clareando, empezaba cada vez a parecerse menos a sí mismo. Con cada nuevo rayo de luz que sumaba colores a la mañana, aquel pianista en blanco y negro iba desdibujándose cada vez más; perdiendo los rasgos cenicientos que, unos minutos antes, habían hecho que Darío se alegrara de haberlo reconocido, como a un antiguo camarada de penurias del que hace tiempo que no se sabe nada. Delante de Darío, Sam, que seguía mirando por la ventana (ahora hurgándose de vez el cuando la nariz con el dedo) empezaba a convertirse en un pasajero más, intercambiable y nada mítico, como el propio Darío.

Finalmente, cuando ya sólo faltaba una parada para llegar a su destino, Darío pudo comprobar, con los ojos vidriosos, todo lo que Sam había dejado de ser: ya no era  negro, y mucho menos pianista. No estaba vestido con un elegante frac blanco marfil con pajarita negra y pañuelo a juego, ni existía posibilidad alguna de acercársele para pedirle un autógrafo o unas palabras de consuelo.

Darío pulsó el botón y la lucecita se encendió en el cartel de “Parada solicitada”

Diego Doro

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

La pierna nueva

La noche en que maestro Pancho pasó a mejor vida alguien lo profetizó, pero entonces nadie hizo caso. Lo dijo una de las sobrinas en broma, con ese humor negro y absolutamente liberador que uno puede ver en casi todos los funerales, ante la idea de donar la pierna ortopédica del difunto “para quien pueda necesitarla”. Se escucharon risillas entre el corrillo de oyentes, todos familiares, un poco nerviosas por el atrevimiento, por la irreverencia, por la falta de patetismo que la situación requería. Los otros presentes, que habían escuchado el comentario pese a que se hizo en voz baja, se miraron incómodos, y hubo quien chistó para poner orden, codazo incluido. Pero la cosa quedó ahí.

Aunque el cartel advertía que no se acercaran al animal por ser extremadamente peligroso, el espíritu curioso de Felicianillo, que no había hecho sino aumentar con la edad, pudo más que él. La madre naturaleza hizo el resto, y al cabo las mandíbulas del cocodrilo se le cerraron sobre la pierna como un cepo vivo.

Tiempo después la vería en un rastrillo. Parecía de su talla y se la probó. Anduvo un poco aquí y allá con la pierna de mentirijilla, decidió que le sentaba como un guante y se la quedó. Ya en su casa, a eso de las diez de la noche comenzó a notar un extraño temblor en la pierna nueva. Decidió salir a dar un paseo, para que se le fuese ajustando. Fue llegando a la plaza que solía frecuentar cuando notó un impulso: la pierna de plástico se rebeló, frenó en seco, se resistía a seguir su camino, entonces giró en dirección opuesta y siguió andando, obligando al resto del cuerpo a seguirla, casi a rastras, atado como estaba a ella con correas. Felicianillo, hombre solitario y parco en palabras, profirió terribles maldiciones, los ojillos se clavaban horrorizados en el artilugio ortopédico sin dar crédito a lo que veían. En vano intentó zafarse de la pierna: las correas se agarraban fortísimas al muñón, imposible desatarlas. Luchó con todas sus fuerzas para encaminar a la díscola en la dirección correcta. Pero la pierna ya había tomado una decisión y caminaba segura calle abajo, directa al bar de la esquina.

Los parroquianos que frecuentaban el bar se quedaron mirando un tanto sorprendidos al nuevo visitante, que aguardaba jadeando y sudando en el umbral. Luego cada uno volvió a su vaso, como si nada. Más por disimular que por otra cosa, Felicianillo, poco amigo de las copas y las multitudes, se sentó a la barra y pidió un vinito. A partir de ese día, y más o menos a la misma hora los vecinos veían a Felicianillo caminando muy deprisa calle abajo, como poseído por una fuerza brutal. “Pobre hombre”, pensaban, “algo así debe de destrozar a cualquiera”, decían recordando el terrible encuentro con el cocodrilo. Lo veían llegar a altas horas de la madrugada, borracho perdido, después de haber cerrado los bares de alrededor. Alguien dijo que al menos ahora tenía otra pierna, y que eso le haría bien. Otro agregó que esa pierna él la conocía, que era de Maestro Pancho, “¿Quién?”, preguntó uno. “Sí, hombre, sí, aquel que frecuentaba tanto los bares”.

Marisol Ramírez

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios