Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Cadáver exquisito

Escrito colectivamente por los participantes en

 la sesión del lunes 11 de junio de 2012

En la mañana del abismo, una espina de calandria

se clavará en el corazón del destino, deteniendo

el tiempo en un instante

para vivir este momento exquisito

que se tornó en sangriento

que surgía entre sollozos y llanto.

Un llanto fuerte y profundo,

un llanto horrible, de otro mundo.

Un llanto viejo, un dolor antiguo,

ambiguo y taciturno.

Seguía y seguía con esperanza,

el ritmo de la danza de la panza

lo hacía bailar con esperanza

y soñar con la cena deseada

cumplió un deseo infinito

para lograr una meta

que te otorgue la solvencia.

Olvídate del orden establecido.

No importa nada, todo vuelve al principio

y te das cuenta de que estás en el comienzo. Decides continuar

gateando entre las tarántulas que encuentras a tu paso. Te paras.

Retrocedes. Continúas. ¿En qué punto se cruzarán los caminos solitarios?

Me miras. En este momento, antes de perderte de vista, lo sé.

Y recuerdo todo de golpe, amontonándose las imágenes en mi retina,

rebosando en espumas frágiles.

Estallando al quedar libres en el aire.

La burbuja que salió de su boca

se fue en busca de la verdad;

la verdad nunca es buena,

a veces es bastante desagradable

cuando se tiran por la escalera.

Usando técnicas distintas, para leerlas

se encontró con un vacío existencial.

Cada día leía cinco páginas de aquel libro.

El libro era fascinante.

Los personajes eran vivos.

Pero sus pensamientos nacían muertos,

les faltaban las tripas, el esqueleto y el corazón.

Aún así no había día en que no viniera repleto de palabras,

Palabras y palabras, durmiendo todo el día sobre un colchón de enciclopedias.

Transcripción: Luz Alonso Aguiar

18 junio 2012 Posted by | Cuentos, General | , , , | 3 comentarios

El navegante

Guillermo había hecho sus primeros estudios en un convento franciscano. En Huelva, donde terminó Filosofía.

Su vida transcurría entre estudio, oraciones y trabajos en los cuidados de la huerta y el cultivo de jamones, en el cual los franciscanos eran grandes expertos.

La rigidez de las normas del convento habían definido su carácter. Contaba entre sus virtudes: la disciplina, la pulcritud, el orden y el trabajo, mas no la fe. Los muros del convento cada vez le parecían más altos, produciéndole una sensación de agobio. Cada año menos soportable.

Antes de iniciar los estudios de Teología, abandonó el convento, en busca de una libertad que entendía le había sido usurpada. Se matriculó en Económicas y Derecho, las cuales estudió paralelamente y terminó en pocos años y con excelentes notas.

En poco tiempo, entró a trabajar en una gran empresa. Apreciado por su inteligencia y  su dedicación al trabajo, desplegando las virtudes adquiridas en el convento, obtuvo pronto el aprecio y el respeto suficiente para escalar puestos de responsabilidad.

A los 55 años fue nombrado director gerente de la filial española de su empresa. Había llegado profesionalmente a la cumbre, a lo más alto. Mas no en lo personal.

Poseía una vivienda en el centro de su ciudad, con su correspondiente préstamo hipotecario, un ropero con una docena de trajes de importante  marca, al igual que sus camisas, sus zapatos y su ropa deportiva. Frecuentaba los mejores y más caros restaurantes, eso sí, porque así  lo exigía su cargo. Cambiaba de coche cada cuatro años y de ordenador cada seis meses.

Un día, sin embargo, empezó a sentir el mismo agobio, la misma sensación de encierro que había tenido en el convento rodeado por un muro, con la diferencia  de que ahora se trataba de un muro virtual, conformado por la banca, las grandes marcas y su entorno social y profesional que le obligaba a vivir condicionado a ellos.

Noche tras noche, en sus sueños empezó a aparecer un mar azul inmenso y el horizonte, nada más.

El ¡basta  ya¡ no fue un seco golpe de émbolo, fue un acto intuitivo lento, realizado a lo largo de varios años y ubicado en su mente, casi por osmosis.

Poco a poco, se fue alejando de su entorno. Sus paseos por el muelle deportivo de su ciudad, quizá empujado por sus sueños,  fueron  cada vez más cotidianos, obtuvo el titulo de patrón de yate, después el de capitán de yate , y en uno de sus múltiples paseos vio  un velero que reunía, cuantas cualidades hubiera deseado.

El velero era un Dehler de 12 metros. Tanto el foque como la mayor eran de enrollamiento automático, y el de esta ultima mediante un motor. Esto hacía innecesario el rizar la mayor, con el correspondiente riesgo que ello conllevaba cuando el embate de las olas amenazaba con hacer perder el equilibrio al navegante con riesgo de su vida.

Lo compró, una vez arreglada su situación económica: vendió la vivienda, entregó  el coche a la entidad que se  lo tenía cedido utilizando la figura del renting y gestionó con buen éxito la prejubilación, la cual consiguió en buenas condiciones.

Durante semanas avitualló el velero sistemáticamente;  manteniendo sus criterios de orden, de trabajo, de pulcritud; y el día señalado y a la hora señalada , soltó las amarras y partió.

Pensativo, navegó durante  varias horas. De pronto, miró a su alrededor, y solo  vio un mar azul inmenso y el horizonte. Dejó la embarcación a la deriva, se tendió sobre cubierta y pensó: Ya decidiré qué rumbo poner.

José Said García

31 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

La pipa de fumar

Cada encuentro implicaba un cierto riesgo.  Era preciso acudir primero a casa del magistrado, en lo alto de la rambla, y subir hasta el despacho de la última planta.  Una vez allí, aún debía encaramarse a alguna de aquellas sillas de línea italiana con la habilidad que da la costumbre.  Por fin a su altura, podía volver a mirarla de frente.  La pipa aguardaba tentadora en un estante abarrotado de libros.

Aquella vez abandonó la casa como tantas otras, a la manera en que lo hacían los invitados del juez, a través del portón de doble hoja y con el mozo de servicio esperando mansamente en el umbral.

De camino al barrio se fijó en la gente que fumaba en la calle.  Gente asediada por la urgencia, apurando un cigarrillo tras otro a los pies de la oficina aunque tuvieran que apiñarse en una esquina para paliar el frío o la culpa.  Acarició el contorno de la pipa bajo el chaquetón y les tuvo alguna clase de recelo.  Los que le resultaban más tristes de todos eran los chicos que fardaban de sus primeras caladas.  Cambiaba de calle solo para no cruzarse con ellos más abajo, en la plaza del mercado.

Cuando la llevaba con él, no importaba que fuera escondida en lo profundo del bolsillo del abrigo o a la vista, todo era distinto.  Él lo era.

Se sentó en la escalera del portal de su casa y sostuvo la pipa.  Olía a picadura de tabaco reciente, quizá incluso del día anterior. El juez habría estado sopesando concienzudamente un caso complicado y el chico de los recados había repuesto el estante hacía poco. Claro que eso era lo de menos,  sabía que más de una vez ni siquiera la encendía, porque no salía humo. De vez en cuando se la apartaba y la tomaba en una mano como él hacía ahora, solo por el gusto de hacerlo.  Ambos amaban, aunque uno lo ignoraba, todo cuanto despertaba esa pipa de fumar.  Tantas cosas que no cabían sino en un lugar como aquel despacho del juez, que más parecía una biblioteca.  Además, ayudaba a pensar.

Se colocó la boquilla en los labios y recostó la espalda contra la pared.  En el acto la pipa se encendió y una leve columna de humo brotó de ella, sin necesidad de prenderla ni añadir picadura, y ascendió en el aire por encima de su cabeza.  Sobrepasó los rótulos de los bazares y llegó más alto incluso que el griterío de los bares a medio día.

Pero de pronto una voz poderosa irrumpió desde más arriba aún, desde el rellano de su casa:

­—¡Juanmaaaa! ¡Sube a comer, que pareces tonto!

Y cualquier humo se desvaneció.

 Elisa García

 

31 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 6 comentarios

No era un reloj cualquiera

Si el reloj no marcara las horas, ¿qué marcaría?, me pregunté una noche de Fin de Año. No hallé la respuesta a tal pregunta ansiosa, pues estuve meditando solo un instante antes de que llegara Carla a la escena de nuestro encuentro. Todo estaba cuidadosamente preparado para actuar. Me hallaba debajo del gran reloj de la Catedral; aquel que había sido construido para que los hombres no perdieran la cuenta del tiempo pasado, para contabilizar las horas de agua de las huertas riberizas del barranco, en fin, para controlar el tiempo. Y era eso, el tiempo, lo que iba a pasar más lentamente por mi vida en ese instante.

Nos conocimos una noche fría de invierno, hacía cinco años, bajo ese mismo reloj. Y ese mismo Fin de Año había empezado nuestra relación. Los dos estábamos solos, pero nos apasionaba esa noche. Para no sentir la punzante herida de una solitaria despedida de año, me acomodé entre el bullicio de la gente que allí estaba con casi idénticos motivos, o bien otros, pero pensar así era mi consuelo. Carla, joven y pizpireta, había bebido esa noche un poco de champán. «Por las fiestas», solía decir en su solitario brindis. Yo, abstemio, recordaba todo lo sucedido y hasta el tic tac del reloj quedó grabado en mi memoria, como el palpitar de mi corazón cuando la conocí. Fue una mera casualidad, solo una fugaz conversación para un comienzo, y cada año estaba allí, bajo el reloj, para encontrarnos.

Este año, cuando Carla llegó, a las doce menos cuarto, me saludó alegremente, como siempre. Entonces, me dispuse a hacer mi petición, para la que tanto me había preparado todo el año. Saqué un anillo, hinqué mi rodilla y, en el suelo sucio de la plaza, le hice la pregunta, que tanto me inquietaba, al son de las campanadas:

—Carla, ¿quieres casarte conmigo?

—Pero, Eugenio, hombre, si apenas nos conocemos. Solo somos conocidos del reloj de Fin de Año –me dijo otra vez Carla, por tercer año consecutivo, algo achispada.

 Auxiliadora Rodríguez Suárez

31 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 7 comentarios

El reloj

Con los ojos de la mente veía cómo la manecilla del minutero del viejo reloj despertador de cuerda -implacable temporizador de la potente bomba que había fabricado y colocado en el pilar maestro del puente que unía las dos orillas del río que atravesaba la ciudad-, avanzaba, sin solución de continuidad, hacia el lugar de la esfera donde se hallaba la  manecilla que marcaba las horas.

Había tomado la dramática determinación de atentar contra la vida del  presidente del gobierno de su país y liberar a este de su fatídica influencia. Le acusaba  de ser  el  causante directo de la pérdida de su puesto de trabajo y de sus modestos ahorros, así como los de millones de compatriotas.

Para llevar a cabo su propósito había estudiado concienzudamente el corto y metódico recorrido que a diario hacía la comitiva presidencial desde la vivienda del presidente hasta la sede del Gobierno. Tras exhaustivas observaciones había comprobado que, con precisión cronométrica, el vehículo del estadista pasaba por encima de la columna maestra del viaducto exactamente a las 8:00 a. m.

Durante una semana, vestido con pantalones y botas impermeables de pescador y provisto de una caña de pescar, pasó las mañanas en un bote junto a la base de la columna, con un doble propósito: comprobar  el recorrido de las lanchas patrulleras que vigilaban el río y  que  los ocupantes  de las mismas  se acostumbraran a su presencia en la zona.

De esa manera pudo averiguar que la patrulla marítima  tardaba una hora en hacer su recorrido a lo largo del tramo del río que cruzaba la ciudad y que pasaba bajo el puente a las 7:30 a. m.

Decidió colocar la bomba a las 7:00 a. m. porque a esa hora el número de transeúntes y vehículos que circulaban por el puente era escaso y, si alguien tenía la curiosidad de fijarse en él, desde la distancia su apariencia de pacífico pescador no levantaría sospechas.

Eligió un viernes para llevar a efecto el atentado. Preparó con detenimiento la bomba, la introdujo con cuidado en la cesta que utilizaba para llevar los aparejos de pesca, se puso los pantalones y las botas impermeables, tomó la caña de pescar y se dirigió en su automóvil al recodo apartado del río donde tenía escondido el pequeño bote. Una vez sentado en él, se dirigió hacia la columna remando despacio para no llamar la atención.  Cuando llegó a lamisma comprobó la hora en el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca de su mano izquierda. Eran las 7:00 a.m. Sujetó la bomba a la base de la columna de forma que no fuera localizada desde lejos, colocó las manecillas del reloj despertador a las 11:00 horas e hizo lo mismo con el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca de su mano derecha, de manera que ambos relojes quedaran sincronizados. Así podía seguir  desde su observatorio el instante en que se produciría la explosión. Las manecillas harían contacto a las 12:00 horas. En ese instante serían las  8:00 a.m.

Acabada la operación, remó hasta la orilla y se retiró a un discreto emplazamiento situado en un parque anexo al río. Desde allí divisaba el  puente y el tramo de autopista que conducía  al mismo.

Una vez en su lugar de observación, mientras se imaginaba cómo avanzaban las manecillas del temporizador, se entretuvo en mirar, a través de unos prismáticos, la panorámica que se extendía ante sus ojos. La silente ciudad a la luz del amanecer, le parecía irreal, hermosa.

Le devolvió a la realidad el ulular de las sirenas de la policía que escoltaba a la comitiva presidencial y le abría paso entre el tráfico que a esa hora empezaba a colapsar la autovía que llevaba al puente. La caravana presidencial se aproximaba, lentamente, con precisión matemática, hacia su fatídico destino.

Vio cómo el vehículo presidencial se adentraba en el puente y se acercaba a la columna maestra. Fijó la vista en la manecilla del segundero del reloj sincronizado y, en voz baja, comenzó a contar hacia atrás: diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero.

Cerró los ojos para concentrarse en el ruido de la explosión, pero esta no se produjo. Los abrió a tiempo de contemplar cómo la caravana de vehículos rebasaba el puente y se dirigía a la sede de la Presidencia.

¿Qué había pasado? Repasó mentalmente el concienzudo plan que había esbozado y no encontró ningún fallo.

Esperó a que llegara la noche para acercarse a la columna y averiguar cuál había sido la causa de que la bomba no hubiera explotado.

Una vez examinado el artefacto observó que la aguja del minutero se había detenido dos minutos antes de llegar  a las 12.00. Lo desmontó y comprobó que se había roto la cuerda.

Mientras lo manipulaba, por un instante creyó que  el viejo reloj despertador, consciente de que iba a ser el causante  de una tragedia, se había negado a ser cómplice del magnicidio. Por un instante  creyó ver que sus agujas atravesaban la esfera de cristal y le señalaban como dedos acusadores.

Agustín Delgado Santana

31 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , | 8 comentarios

El anillo

Estela siempre miraba su anillo cuando se sentía triste, jugaba a darle vueltas con el pulgar y el corazón cuando estaba nerviosa, le daba un beso cuando recibía una buena noticia. Era su anillo de casada y pensar en el día de su boda con Juan le traía recuerdos muy agradables. Haber tenido allí reunida a toda su familia y a la de su marido, haberlos visto llorar y bailar unidos por la felicidad (y rememorar las grandes borracheras de algunos) era algo que realmente le reconfortaba. Se había casado enamorada hasta las trancas tras diez años de noviazgo, y quince años después de la boda seguía prácticamente igual de feliz. Juan era un buen hombre, y conservaba intacto el sentido del humor que la había encandilado en la facultad de Magisterio.

Aquel anillo, una simple alianza de oro amarillo, le había gustado desde siempre. Recordaba a su madre con él, haciendo parecer delicadas unas manos ásperas, castigadas por los productos de limpieza. Veía en él el espíritu de una mujer fuerte y luchadora, que supo sacar a sus niños “pa`lante” con lo poco que tenía. Llevarlo era su forma de tenerla presente.

Carmen había tenido que dejar la escuela de niñas desde demasiado pequeña para ponerse a trabajar como “empleada del hogar” (como se dice hoy en día). Aquel anillo era prácticamente la única prenda de valor que tenía, pero más valioso que sus hijos, que eran su gran tesoro. Cuando miraba el anillo Carmen sentía miedo. Le daba miedo salir a la calle con él puesto: con la necesidad que había en aquella época, cualquiera podría intentar robárselo a la fuerza. Le daba miedo estropearlo al limpiar. Le daba miedo que algún día se le cayera sin querer. Pero lo que más miedo le daba era que si, por lo que fuera, su marido la veía algún día sin el anillo, tuviera una excusa más para molerla a palos. Que a ella los palos ya poco le pesaban, pero pensar que algún día pudiera tocar a alguna de las niñas… Eso sí que la mataba. Pero sus hijas tendrían un buen futuro. “Quizás alguna hasta sea maestra”, pensaba. Eso tendría que ocurrir aunque tuviera que vender el anillo, aunque… “Bueno, que sea lo que Dios quiera”.

Para Estela, su madre había muerto demasiado joven, apenas pasaba los 60 años. Pero no le extrañaba, sabía la vida que había tenido, y la vida que le habían hecho tener. Y respiraba hondo. No había podido conocer a su nieta, Paloma, que ahora era una señorita de 14 años.

Paloma estaba en Segundo de la E.S.O. La vida en el instituto estaba bien. Era buena estudiante, tenía un grupo de amigas con las que se lo pasaba pipa y había empezado a salir con Óscar, que era muy guapo y tenía moto. Además, cuando hicieron seis meses, Óscar le regaló “la alianza”, y era la primera de sus amigas en tener “la alianza”. ¡Le hacía tanta ilusión vérsela puesta! Era su amuleto de la suerte, aprobaba todos los exámenes si lo sujetaba fuerte entre sus manos antes de empezarlo. Seguro que ella y Óscar estarían juntos para siempre.

El día que Paloma le contó a su madre que Óscar le había regalado “la alianza”, ella no pudo más que echarse a temblar. Su hija era demasiado joven para tener novio, iba a despistarse de los estudios, iba a convertirse en una… Bueno, fuera lo que fuera, lo que le causaba pavor en realidad era todo lo que podía significar un anillo. Ella lo sabía. Pasó toda la noche en vela, mirándolo y dándole vueltas con el pulgar y el corazón. Pensó en su madre.

En aquel momento comprendió que, por mucho que le doliera, había cosas que se le escapaban de las manos. Entendió que un mismo anillo podía contar varias historias y que, le gustara o no, cada anillo tenía la suya propia.

Iriome Vega

23 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

La fotografía

Aquella mañana de agosto, acompañando a las habituales notificaciones bancarias, recogí del buzón de mi vivienda un inesperado sobre. Estaba sellado en San Pedro de Atacama y lo remitía Paula Orellana Contreras. Hacía unos meses, y a través de una conocida red social de Internet, había localizado su perfil. Sus datos personales me daban alguna pista en mis ya casi abandonadas investigaciones por conocer la historia de la familia de mi abuelo paterno, Jacinto Orellana. La coincidencia en los apellidos y en el nombre de la localidad de nacimiento de mi abuelo, un pequeño pueblo salitrero al norte de Chile llamado San Pedro de Atacama, había hecho reavivar mi interés, ya casi marchito, por conocer su pasado.

Hasta entonces, pocos datos había podido obtener sobre él. Mi padre había fallecido cuando yo  apenas tenía cinco años y tampoco había conocido a ninguno de mis abuelos. Además, por alguna causa que nunca supe y a pesar de mi insistencia, mi madre era reacia a hablar sobre la vida de mi abuelo y de su familia chilena. Nunca comprendí sus silencios a mis súplicas, motivadas por el profundo hueco que siempre había residido en mi interior, hasta que llegó el día en el que decidí no volver a preguntarle más sobre él, cuando como única respuesta recibí ahogados sollozos cercanos al sufrimiento.

Por desgracia, tampoco había tenido mucho éxito con el nuevo descubrimiento de mi familia chilena. Había cruzado con Paula varios mensajes a través de la red social y por correo electrónico. Sin embargo, algunas de mis preguntas seguían sin obtener una respuesta clara que satisficiera mi curiosidad. Hasta me llegué a cuestionar si esta curiosidad se había transformado en necesidad, y esta en una obsesión anormal. Pero las respuestas evasivas de Paula y su frase “mejor dejarlo así, es una historia que aún no nos explicamos ni nosotros mismos”, a mi insistencia por conocer, entre otras cosas, las razones por las que mi abuelo había abandonado Chile a la edad de veinticinco años, no hacían nada más que aumentar mi curiosidad. Tampoco me aclaraba lo que había sido de los padres de mi abuelo, Mario y Juana, o de su hermano Miguel, o de su hermana Cristina.

Así que cuando en ese instante de aquella mañana abrí el sobre, sellado en la oficina de correos de San Pedro de Atacama, me inundaron la emoción y la intriga. En su interior había una foto de la familia que parecía muy antigua por lo acartonado y descolorido del papel. En ella se veían a varios personajes elegantemente vestidos con indumentaria indígena propia de los habitantes de la zona y con rostro serio, como si el hecho de retratarse en una fotografía hubiera sido un acontecimiento extraordinario en aquella época. En la parte inferior estaba escrita la fecha del quince de noviembre de mil novecientos veinticinco. Enseguida supuse que era una foto de la familia de mi abuelo y que de esta forma Paula intentaba saciar mi curiosidad, al menos de forma visual. La fotografía iba acompañada de una nota escrita a mano y con una caligrafía que por su belleza sobrepasaba en mucho lo normal. La leí con inenarrable interés y transcribo su contenido:

Querido primo Esteban:

Deseo decirte en primer lugar que deseamos que estés bien. El saber de ti hace unos meses nos ha traído muchos recuerdos de nuestra historia familiar. Quiero indicarte que también para nosotros la partida del abuelo Jacinto dejó un vació en la familia que aún no hemos podido llenar. Tampoco hemos encontrado una explicación a sus consecuencias. Desde su partida no volvimos a saber nada de él hasta que te pusiste en contacto conmigo, lo que nos supuso una gran alegría y, al mismo tiempo, sorpresa. No sabíamos que se había casado en esas tierras de Europa ni mucho menos que había tenido descendencia, cosa que nos alegra profundamente.

Puedo decirte que aquí el abuelo Jacinto vivió una infancia feliz en compañía de sus padres y hermanos, y que hubo momentos entrañables mientras iba a la escuela o compartía el trabajo en el salar con su padre y su hermano Miguel durante los fines de semana. Las mujeres, en aquel tiempo, se ocupaban de las tareas de la casa y controlaban la economía familiar. Eran otros tiempos.

Pero, querido Esteban, siento decirte que nos es imposible darte más información que la indicada en esta nota y lo poco más que te he informado en nuestras comunicaciones previas. Hemos decidido enviarte la última fotografía donde aparece retratado el abuelo Jacinto. Fue tomada en mil novecientos veinticinco. Tu abuelo es el que está de pie, justo detrás de su hermana Cristina. A su lado, también de pié, está Miguel y delante de él, los padres Mario y Juana.

Decirte que aquí toda la familia nos encontramos bien de salud. Tenemos por costumbre reunimos en San Pedro de Atacama todos los quince de noviembre, día de la partida del abuelo Jacinto. Es una forma de mantener siempre viva su presencia entre nosotros.

Querida familia canaria, deseamos desde aquí todo lo mejor para ustedes y que puedan compartir entre todos la paz y la salud que aquí hemos gozado durante mucho tiempo.

Te pedimos disculpas si no podemos saciar más tu curiosidad. De momento, te pedimos encarecidamente que no insistas en profundizar en más cosas de las que te hemos informado. Nos resulta completamente imposible hacerlo pero quizás algún día puedas llegar a comprender todo esto.

Recibe un enorme abrazo y mucho cariño para ti y para tu familia de esta, tu otra familia, que te quiere tanto como siempre hemos querido al abuelo Jacinto.

Paula Orellana Contreras

Después de leer la carta me debatí entre el enojo y el malestar por quedarme casi igual que como estaba, aunque ahora, al menos, tenía la prueba fotográfica irrefutable de que la existencia de mi abuelo y de su familia chilena era real. Sin embargo no entendía las afirmaciones de mi prima Paula cuando se refería a las consecuencias que había supuesto para ellos la partida de Chile de mi abuelo Jacinto. Supuse que el dolor por no volver a saber nada más de su hijo mayor fue un duro golpe para la familia chilena. Pero, por otro lado, tampoco entendía que me hablara solamente de la familia cercana a la de mi abuelo pero sin hacer referencia ni siquiera a la suya propia, a sus padres, hermanos o tíos. Era como si no hubiera otros lazos familiares que los narrados en su carta. También me resultó curioso que las respuestas fueran conjuntas, como si hubieran tenido una reunión y hubieran decidido qué debía saber yo y qué no debía saber.

Confieso que me dejé llevar por la curiosidad y, a los pocas semanas, y a pesar de la petición de que dejara las cosas tal como estaban, decidí viajar a San Pedro de Atacama y conocer personalmente a Paula Orellana y al resto de la familia chilena. Así que tomé un avión a Santiago de Chile y posteriormente a Antofagasta, la capital de la región donde se situaba el pueblo de mi familia chilena.

A pesar de que había comunicado mi intención a Paula y le había dado la hora de llegada a Antofagasta, no había recibido ninguna respuesta por su parte. Es por eso que no me extraño no verla en el aeropuerto, aunque también quise pensar que podían haber sido sus obligaciones lo que no le permitiese haberse puesto en contacto conmigo. Al fin y al cabo, San Pedro de Atacama apenas era una ciudad de unos cinco mil habitantes situada a trescientos kilómetros del aeropuerto.

Decidí descansar en Antofagasta, recorriendo por un rato su puerto, ya casi en desuso, y sus plazas y calles impregnadas de un romanticismo decadente debido al ya casi inexistente comercio del salitre.

A la mañana siguiente tomé el autobús hacia San Pedro y quedé impresionado por la belleza del paisaje desértico de Atacama, como si el tiempo se hubiese parado durante cientos de años, por no decir miles.

Mi nerviosismo aumentó a medida que me aproximaba a San Pedro, en parte por lo que representaba estar viendo los mismos paisajes que había visto mi difunto abuelo durante su niñez y su juventud, y en parte por saberme transgresor de las recomendaciones familiares por parte de Paula y la familia chilena.

A las quince y treinta horas, me encontraba delante de la iglesia de San Pedro, cansado del trayecto y completamente solo. El autobús se había marchado y parecía que a esa hora la ciudad había quedado completamente dormida o, peor aún, desierta. La puerta de la iglesia estaba abierta, así que pensé que sería un buen sitio para estar a la sombra en aquel día soleado, quince de noviembre. A los cinco minutos de estar sentado en uno de los bancos de la iglesia, y ya a punto de salir para localizar un lugar donde alojarme, entró por la puerta una niña con vestimentas indígenas y, sin mediar palabra, me entregó un sobre color sepia y de mediano tamaño, y se marchó.

Me quedé atónito por lo extraño de la situación, como si hubiera entrado en un mundo al que no había sido invitado. Abrí el sobre, rogando que me diera alguna indicación que me guiara hasta ella o hasta algún otro familiar o al menos hasta alguien que me hiciera volver a una realidad más cercana. No fue así. En el interior del sobre había una fotografía, esta vez a color, pero similar a la que había recibido en mi domicilio de Arucas hacía tan solo dos semanas atrás. En la fotografía estaban retratados todos los familiares que había en la fotografía enviada a mi domicilio menos el abuelo Jacinto. Curiosamente, todos mantenían la misma expresión y estaban ataviados con ropas similares a las de la foto del primer sobre. Pero esta vez la fecha indicada era la de quince de noviembre de dos mil cinco, lo que hizo erizar mi piel.

También esta vez, una pequeña nota acompañaba a la fotografía.

Querido Esteban:

Lamento no poder atender tu curiosidad más de lo que hemos hecho anteriormente. Como podrás comprobar, el tiempo aquí transcurre con otra medida. Nosotros seguimos siendo los mismos, incluso mantenemos el mismo dolor por la partida de Jacinto, tu abuelo, nuestro hermano.

Cristina Orellana Contreras (Paula)

 

Jorge Halaby Ascaso

 

22 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

Reflejos

Tres días de viaje en autobús habían sido agotadores para Mauro. Un pueblo sin historia, le dijeron. Ya lo comprobaría por la mañana, ahora necesitaba descansar. El hecho de haber encontrado aquel lugar hizo que la entropía se apoderara de sus emociones. Comenzó a caminar bajo un cielo con llanto de estrellas.

Con la excusa de tomar un café, entró en un bar de un edificio gris con balcones negros, igual que la barra, las mesas, las sillas y la ropa de los camareros, que aparecían envueltos en un sudoroso vaho de treinta y dos grados centígrados.

—¿Podría indicarme si hay algún hostal por aquí? –preguntó mientras le servían en una esquina de la barra.

—Hostal no hay, pero Claudia, la médico del pueblo, acostumbra alquilar habitaciones.

Le asignaron una de elegante asimetría, con baño propio y con vistas a un laberinto de piedras antiguas, dentro de un jardín inmenso.

Por las mañanas, mientras Claudia iba a su consulta, él se quedaba componiendo sus poemas. Hasta que llegaba ella y, entonces, lo encontraba tomando el sol junto a la rosaleda.

Claudia era muy reservada, el mayor de sus secretos lo guardaba bajo llave: tenía un espejo que mostraba solo el interior de las personas. Muchas veces no permitía que alguien que pretendiera quedarse en el hostal ni siquiera pernoctara. Solo cuando veía su reflejo en el espejo sabía si era o no adecuado que alguien se quedara. El caso de Mauro fue totalmente diferente: este le gustó de inmediato. Su físico, sus maneras, su gusto por la restauración y por el arte. Cuando entró en la casa, la dejó pasar antes y, admirada, se adelantó, sin fijarse en el reflejo de este en el espejo.

Entre ellos, tanto el agudo silencio como el eco de la soledad compartida eran igual de refulgentes. Se pasaban la noche hablando y riendo. había química y se notaba. Volaban los besos y las caricias, se deslizaban con ellos mientras iniciaban el ascenso hacia el dormitorio principal. Entre labio y labio vio, por casualidad, sin pretenderlo, sin buscarlo, el reflejo de Mauro en el espejo, con las fauces y los dedos llenos de sangre, cual depredador, y una mirada de loco que la paralizó, notó la sangre helarse en sus venas. Lo miró para descubrir que la mirada no solo estaba en el espejo, sino que ya inundaba sus ojos.

Claudia lo supo en ese mismo instante: no habría manera de escapar de su destino. Como pudo, abrió la puerta corrediza que llevaba al jardín y corrió hasta dejarse la piel en las huellas para adentrarse en el laberinto. Nadie escuchó sus gritos, nadie oyó sus llamadas de auxilio.

Cuentan en el pueblo que si alguien se mira en el espejo, la ve allí, con gesto suplicante; quedó perenne su reflejo. Dicen que la casa está maldita. Pienso ir a comprobarlo por mí mismo.

M. Carmen Rodríguez Trujillo

22 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 9 comentarios

Los tres sintecho

En un pequeño país, en el extremo más occidental de Europa, vivían tres hermanos. Se trataba de tres cerditos casi de la misma edad, muy parecidos físicamente pero de muy distinto carácter.

Era época de bonanza.

El más pequeño y perezoso de los tres, dejó los estudios antes de graduarse y se puso a trabajar de peón en la construcción. Ganaba mucho dinero y el trabajo le sobraba. Utilizaba los materiales de peor calidad del mercado y, como le apremiaban los encargos, siguiendo las instrucciones de su patrón, trabajaba rápido y mal.

El segundo hermano era algo más aplicado. Terminó una diplomatura y pronto comenzó a trabajar. A los pocos años, aprobó unas oposiciones y sacó plaza de funcionario. A pesar de tener un sueldo fijo y seguro, tuvo que pedir un préstamo al banco porque el precio de las casas era desorbitado. Se compró un chalet en el campo y le sobró dinero para poder amueblarlo.

El hermano mayor terminó una licenciatura pero nunca ejerció. Desde muy joven se metió en política y siempre ocupó puestos de poder. Le regalaron un dúplex en la zona alta de la ciudad. No necesitó comprarse un coche; tenía un Mercedes con chófer en la puerta siempre a su disposición. Como él se ponía su propio sueldo, comía gracias a las dietas o las invitaciones, le regalaban trajes y viajaba gratis en primera clase, fue ahorrando mucho dinero en una cuenta en un paraíso fiscal. Manteniendo un alto tren de vida, con sus hijos en colegios concertados y con un buen seguro de salud privado, su asesor le conseguía que la declaración de la renta le saliera a devolver; engordando así su cuenta en Suiza, por si se torcían las cosas. Y así ocurrió.

El lobo feroz de la crisis azotó el Continente. Los países que se creyeron ricos, porque vivían haciéndole el negocio a las inmobiliarias y a los bancos y malgastando subvenciones de la comunidad, descubrieron que nunca habían dejado de ser pobres.

Al primero que sacudió la crisis fue al pequeño. La burbuja inmobiliaria le estalló en la cara. Ya no le salían ni pequeñas chapuzas; la gente estaba sin blanca y muy asustada. Los bancos se declaraban insolventes para que los rescataran los estados. Se apuntó al paro, aunque la mayoría de los trabajos que había hecho los cobró en dinero negro. No había podido ahorrar, la hipoteca se lo llevó todo y cuando el Euribor sopló y sopló, se llevó hasta su casa. Corrió a refugiarse con el mediano.

Al principio, al segundo, la crisis no pareció afectarle. Mantenía su empleo pero le fueron recortando el sueldo, una y otra vez, y pagaba cada vez más impuestos. Sus hijos iban a colegios privados, era honrado y, por su nivel de renta, no conseguía la puntuación para acceder a los concertados. Terminó sin poder pagarlo. Si antes trabajaba por tres, ahora debía hacerlo por diez. Su salud se resintió y cuando sopló el copago sanitario le sangró la úlcera de estómago al no poder comprar protectores gástricos. Cada día sus ropas estaban más ajadas y él más demacrado. Tuvo que coger dos bajas de menos de diez días en dos meses consecutivos y se vio con la carta de despido bajo el brazo tocando en casa de su hermano el mayor.

El cerdito político, después de ocho años en la oposición, había vuelto al poder gracias a la fe de los desesperados; gracias a sus mentiras electorales, el huracán de la crisis sopló y sopló y le colocó de nuevo en lo más alto. Abarató despidos favoreciendo a sus amigos empresarios. Rescató a los bancos afianzando relaciones interesantes. Por el bien del país, se trajo su dinero de Suiza gracias a su aprobación de una amnistía que le resultó muy ventajosa. Su ambición no tenía techo; se sentía el rey de los cerdos.

Cuando sus hermanos le pidieron asilo, se le presentó una ocasión ideal para lavar su imagen y a la vez despertar admiración en el quinto poder; a los que ya había engoado con el retroceso en los derechos de las cerditas y de los homosexuales, pero esto era un claro ejemplo de su caridad cristiana.

Antes de abrirles la puerta les recordó lo que siempre les había repetido: “Partirse el lomo trabajando y no hacer trampas para enriquecerse, solo puede conducir a la miseria”.

El lobo había empezado por asomar las orejas y terminó por enseñar los colmillos. El huracán de la crisis sopló dejando a los pobres más pobres y a los ricos más poderosos; muchas casas vacías propiedad de los bancos y a muchos cerditos en la calle, indignados.

Raquel Romero Luján

14 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , , | 7 comentarios

Al otro lado

Otro día aburrido, otro menú de 7´50 sin pretensiones, siempre ventana,  palco de primera, ir y venir, nada de interés o eso creía.

La primera vez que vio a Sofía se le abrió el apetito. 1´70, pálida, sudadera roja, despreocupada. Se cubría la cabeza mientras corría. La lluvia la encontró al salir y la capucha de la sudadera le cubría parte del rostro. Parecía que eso la hacía invisible a todos, a todos menos a él. Quién podía adivinar el rugido, esas ruedas dentadas girando dentro, abriendo las mazmorras, conjurando. En ese instante, solos, Sofía y el cuento.

Su mirada felina la siguió desde el mismo instante en que reconoció su llamada. Tres meses apurando el pitillo en la ventana, en aquella cafetería con flores de plástico, olor a sudor y aceite requemado. Ese cristal empañado y el humo, revelaban a Sofía, desde aquel lugar mediocre, como una aparición. Todo se movía lentamente, los tintineos de los cubiertos y platos, lo aislaban del mundo con un ensordecedor sonido metálico.

-Son 7´50 señor -resuena de pronto.

-¡Puto cabrón! –pensó-. ¡No se interrumpe a un cazador! -se dijo para sí. Deja caer las monedas con desprecio y aprieta los puños. Clava una sonrisa al camarero y se va.

Había estudiado cada uno de sus pasos desde la distancia, así la disfrutaba pequeña, apenas un borrón en medio de los grises, un trazo caprichoso. La tapaba con su dedo índice, en perspectiva y sintió el delirio del  creador.

Martes 27, está decidido. La esperó al final de la calle y se precipitó hacia ella para forzar un tropiezo, estrategia nada sutil claro, pero efectiva.

Su carta de presentación, una sonrisa convincente y un tartamudeo a modo de disculpa.

-No te preocupes, iba despistada.

-Lo lamento -dijo-, voy como loco a casa, tengo que sacar al perro. Llevo todo el día fuera y estará hecho una fiera, y ambos rieron.

Se le quedó pegada en los dedos, así que tras su marcha, al doblar la esquina, se frota una mano contra la otra, despacio, como si quisiera modelar la sensación.

Unos cuantos encuentros “casuales” por la vecindad, unos libros prestados, algunos pequeños favores y ya era el vecino perfecto. Cuán sobrevalorada está la bondad.

Allí estaban, la luna cortada y Sofía. Llevaba dentro del pecho las bestias, la sangre palpitando en la sien, la respiración entrecortada, la boca seca, el aire helado, la calle muerta. Bajo su sonrisa, una daga y, anclado en el asfalto, pensó: ¿y bajo esa capucha?

Sonia Guedes

14 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , , | 6 comentarios

Día de tormenta

El día empezó gris, y a media mañana los cielos ya andaban de mudanza. Se agolpaban las nubes y sonaban los estruendos de sus choques como rugidos de fieras encerradas. A principio de la tarde el viento se apropió de la tierra, curvó los árboles, peinó la hierba y recorrió las callejuelas en su búsqueda enigmática y minuciosa. Cerré puertas y atranqué ventanas; las holguras de las bisagras hicieron que, en su agitación, las hojas acompañaran la tormenta con repique de tambores. A las pocas horas sonaron en la puerta cinco toques con perfecta sincronía. Aquello sonaba a llamada y no como fruto del vendaval. Abrí y mi hermano pequeño entró con el aliento del que huye de algo.

—Vengo a pedirte cobijo —me dijo—. La tempestad se ha llevado mi casa.

—Tienes la ingenuidad propia de tu juventud —respondí—. No se puede llamar casa a un montón de ramas y telas tendidas entre dos árboles.

Le llevé a la cocina y pedí su ayuda para preparar la cena. Por los espacios diminutos que dejaban las hojas en su unión con los marcos entraban en la casa hebras de aire que movían con dulzura las llamas de los fogones. El huracán continuaba con sus intentos de derribo y se quejaba de la lucha infructuosa contra los muros de piedra con gritos que erizaban la piel. No había pasado mucho rato cuando la puerta retumbó con un palmoteo urgente. Dejamos entrar a mi segundo hermano y entre los tres impedimos que el viento invadiera la casa, empujando la puerta con la fuerza de nuestros hombros.

—Necesito tu asilo, hermano —me dijo—, la tormenta ha derribado mi casa.

—Atrevida es tu inexperiencia —le contesté—. No existe otra razón por la que te empeñes en llamar casa a unas maderas mal sujetas que ni a cabaña aspiraban.

Compartimos la cena y reímos al evocar recuerdos de la infancia en el hogar de nuestros padres. Afuera, el ciclón gritaba la rabia que le nacía por lo inútil de su esfuerzo.

Pedro Conde

14 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , , | 6 comentarios

Siesta/Escuela de magas/No sabrías

Siesta

Reclinado en tu regazo tus manos acariciaban mi rostro adormecido, soñaba que estabas en el mío y te sentía respirar.

Escuela de magas

Acaba de inaugurarse en París un local para hacer magas como la de Rayuela. A cada muchacha se le enseñará a romper los puentes al cruzarlos y a llorar a gritos cuando algo les salga mal. A continuación deberán adelgazar para parecerse a la susodicha y hallar por casualidad a personas de paciencia infinita como Oliveira. Ocurre que los parisinos no las soportan.

No sabrías

¿Te ríes del dolor cuando lloras de placer?

 José Francisco Costa Medina  (Fran Smith)

13 febrero 2011 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

A una rosa/Blancanieves

A una rosa

Y después intimaría con ella, solo había que hacer las cosas con delicadeza. Lo que no había previsto es que estaría rodeada de flores; se avergonzó, se le cayó la regadera y la dejó plantada en aquel jardín.

Blancanieves

Y cuando llegó a despertarla le dio un beso y despertó. Se sabe que después Blancanieves hizo lo mismo con ese príncipe metrosexual de piernas depiladas que con el cazador para que la dejara libre, y ella, que era muy promiscua, volvió con sus siete hombres.

 Daniel Marmolejo Valencia

13 febrero 2011 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El pasado siempre acaba volviendo/La explicación/Cosas de refranes

El pasado siempre acaba volviendo

Creía que era una libre pensadora, hasta que encontró la cruz gamada de su pasado.

La explicación

El dinosaurio todavía estaba allí, esperando una explicación de Monterroso.

 Cosas de refranes

Me cobijé a la sombra de un buen árbol, me quedé dormido y cuando desperté, me habían robado hasta el último céntimo; está visto que no se puede confiar en el refranero.

 Moisés Morán Vega

13 febrero 2011 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Libre para elegir/El frutero y los siete rumores/Diálogo de bueyes

Libre para elegir

No está impaciente, esto no ha pasado. En libertad sin cargos, se disponía a ser Jacinto nuevamente. Llegado el momento, recogió de su celda los recuerdos en pedazos. Tras cruzar las mamparas, se encontró con él y se encontró con  abrazos, con palabras de justicia, con besos en cualquier lado de la cabeza, con sonrisas mezcladas en lágrimas y con un vamos, cariño. Al llegar a la puerta le derramó a su mujer su deseo más inmediato: quiero encerrarme en casa.

El frutero y los siete rumores

Es la mayor injusticia desde que los cuentos son cuentos. Un frutero honrado, que suministra a todo el Valle Encantado su correspondiente fruta hasta en las oscuras ciénagas no merece este trato. Y todo por esa vieja con lengua de serpiente. Por amor de la fantasía, mis manzanas son buenas. Podéis probarlas. ¿Qué culpa tengo de que una maligna vieja bruja me comprara manzanas? Fue ella, fue ella.

Diálogo de bueyes

-¿Cómo estas?

-Tirando.

 Jose Suárez

 

13 febrero 2011 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Amón/Finis/Elio

Amón

El muro de adobe se derrumba al fin, entre nubes de polvo antiguo. La oscuridad reina absoluta. Desde dentro de la cámara, surge una voz como un silbido: “¿Nos trae recado de la Reina, míster Carter?”.

Finis

El vagabundo del bigote gracioso y el bombín miró hacia atrás cuando llegó a las afueras del pueblo. Nada más le quedaba por hacer allí; era hora de buscar otros lugares, otras aventuras, otros amores. Suspiró. De pronto, notó cómo la negrura lo envolvía y el mundo se reducía a un círculo menguante a su alrededor. Aterrado, corrió y corrió, agitando frenético el bastón de caña, pero sus rodillas estaban rígidas y los talones de sus zapatotes, como pegados. Los dos rollos que  habían sido la  vida pasaron por delante de sus ojos.

Elio

Papá y mamá no dejaban que Elio saliera a jugar. Un día, sin que nadie se diera cuenta, se escapó a la calle y entonces subió y subió y subió hasta las nubes y ya no lo volvieron a ver nunca más.

Diego Doro

13 febrero 2011 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La goma de borrar

Teatro de marionetas. Esa es la enseñanza hoy en día. En un instituto. Sentada en la reunión observo al director de mi centro, haciendo muecas con la boca, que el pobre hombre cree palabras. Mientras, reposo mi mano derecha sobre una goma de borrar, la manoseo sin apenas darme cuenta. Es una forma de relajarme, porque no quiero estar allí. Pienso en el mar, que queda cerca. Miro la luz que traspasa la persiana como yo quisiera traspasar aquel absurdo de mentiras manoseadas. ¿Manoseadas?… Entonces me doy cuenta: mi mano derecha está difuminada. Vuelvo los ojos, tensa, hacia mi mano izquierda. Está perfectamente, yo diría que casi me sonríe. Medio segundo de uff, menos mal, porque, claramente, la derecha se va desdibujando, aunque, es curioso, la goma de borrar ocupa su lugar con una nitidez aplastante, se arropa en el hueco de una mano que se va yendo sabe dios a dónde. Observo inquieta a mi alrededor, nadie se ha fijado, la verborrea vacua ha petrificado los sentidos de la gente, ¡qué alivio! Intento un movimiento ligero de la mano que casi ya no existe, sobre el papel, y sí, la goma sigue haciendo su función, borra las estupideces fotocopiadas, escritas por algún pedagogo errante de la Consejería de Educación. Esto me da nuevos bríos para experimentar. Meto despacio la casi-no-mano por debajo de la mesa y borro un pedacito de mi pantalón y de mi pierna, continuo con el trocito de pantalón de mi compañero de Religión, que está a mi lado. Me dan ganas de borrarlo por completo, rápido, sin darle tiempo a defenderse, porque creo que nunca debió estar ahí, pero me contengo: tiene un hijo. También los meapilas de Benedicto tienen hijos y, a fin de cuentas, los hijos de los profesores de Religión no son profesores de Religión, ¡pero pueden llegar a serlo! Prefiero no pensar más en ello. Me paro y comprendo que he hecho un enorme descubrimiento. Miro fijamente al director. Él se siente intensamente observado, y fija su mirada en mí. Le sonrío. Le sonrío como quien despide a un conferenciante al que he tenido que llevar al aeropuerto por cortesía. Saco la mano de debajo de la mesa y la levanto. La levanto con ese gesto universal que hace todo profesor cuando borra la pizarra. 

Sacha Sotolongo Otaño

19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

Un empleo en los abismos

Aquel ser decrépito y huraño realizó una llamada telefónica con el fin de acordar una cita. Me presenté en aquel sótano infecto el jueves por la mañana, donde un negro con una fregona abrillantaba el suelo de cemento. El arcaico empresario me rogó que tomara asiento y transcurrió un tiempo indefinido en el que tuve que rellenar fardos de legajos para completar mi solicitud de entrada al Infierno. Tras mi paso por la antesala al mundo de las tinieblas, una asesoría de otro siglo con máquinas de escribir a las que les faltaban las teclas, efectivamente pude acceder al averno. Fueron dos semanas atemporales en las que conocí la morada de Belcebú, un cuchitril cavernoso donde miles de máquinas chirriantes soltaban grasa y llamaradas de rayos láser. No había sitio para los soplos de aire fresco. Allí los verdaderos dueños eran las nubes de vapor y los humos tóxicos, cargados de polvillo de insalubre caucho, que se incrustaba en las fosas nasales como pegajoso y negruzco hollín. Sólo los insectos compartían la estancia conmigo, puesto que únicamente yo tenía la función de obrar como oficinista en el abismo, donde impulsaba los trámites de las almas perdidas que necesitaban papeles burocráticos de todo tipo.

Tras esas dos semanas realicé una llamada telefónica con el fin de acordar una cita. Me presenté en aquel sótano infecto el lunes por la mañana, donde un negro con una fregona abrillantaba el suelo de cemento. El arcaico empresario me rogó que tomara asiento y transcurrió un tiempo indefinido en el que tuve que rellenar fardos de legajos para completar mi solicitud de salida del infierno. Tras mi paso por la antesala al mundo de las tinieblas, una asesoría de otro siglo con máquinas de escribir a las que les faltaban las teclas, comprendí que el tiempo no había transcurrido. Me había introducido en un bucle donde los abuelos seguían recogiendo las cacas de sus perros, miles de muertos morían en un país lejano y las mamás seguían preparando aquellos sabrosas croquetas. Sólo yo había sufrido las consecuencias de aquel empleo absurdo: hubiera conseguido la inmortalidad de haber continuado el contrato con aquellos señores de las tinieblas, pero al renegar de mi empleo, obtuve un desgraciado sueldo para toda la vida: hacer pedicura diaria y cortar las pezuñas a aquel arcaico empresario que vivía en un sótano infecto, donde un negro con una fregona abrillantaba el suelo de cemento; de no cumplir con mi cometido, los demonios alados me llevarían al país de las máquinas chirriantes donde mantendrían cautiva mi alma para siempre.

Pino Cumba

 

 

 

 

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

El demonio en el espejo

Érase una vez un joven príncipe rico y avaricioso que iba caminando por un largo camino de piedra hacia su casa. En mitad del camino, el joven encontró a un anciano mercader que vendía un viejo espejo con el marco bañado en oro. El joven, hipnotizado por la belleza del espejo, quiso comprárselo al anciano:

-Le ofrezco lo que desee por ese maravilloso espejo -dijo el joven.

El anciano alzó la vista y le contestó:

-¿Este espejo? Puedes llevártelo si quieres, pero te advierto que es especial: es capaz de reflejar cómo son las personas en su interior. Y ten cuidado si lo rompes, pues nada bueno te espera en tal caso.

-Eso es solo un cuento -dijo el joven-. Me llevo el espejo.

Cuando llegó  a palacio, lo primero que hizo fue colgar el espejo en la mejor habitación, donde mejor iluminación había. En cuanto el joven se reflejo en el espejo vio a un horrible demonio cuyo aspecto asustaría a cualquiera. El joven, espantado, se alejó del espejo y cerró  la habitación para no verlo más. Al día siguiente, el joven no lograba sacarse esa imagen de la cabeza, la veía en todas partes y no sabía cómo olvidarla, así que decidió volver al camino y hablar con el anciano. Al llegar, el joven le dijo:

-Anciano, ese espejo estaba maldito. Hay un demonio viviendo en él.

-No hay ningún demonio -dijo el anciano-. Ese demonio eres tú y dentro de poco en eso te convertirás.

-¿Yo? –respondió, confuso, el joven-. Yo no quiero convertirme en esa cosa ¿Cómo puedo evitarlo?

-Deberás abandonar tu fortuna y vivir una vida más humilde -respondió el anciano-. Esa es la única manera de evitarlo.

-¡¿Renunciar a mi fortuna?! Jamás. Acabaré con esto destruyendo ese espejo.

Al llegar a la casa el joven, enfurecido, cogió un palo y rompió el espejo de un solo golpe. “Ya está, pensó, por fin todo esto acabó”.

De repente, el demonio que había visto en el espejo salió de entre los trozos de cristal y le dijo al joven:

-No has sido capaz de renunciar a tu codicia y has destruido el espejo. Ahora tendrás que sufrir las consecuencias.

El demonio aferró al joven y juntos desaparecieron entre los trozos del espejo, para ya jamás volver.

Brian Guerra Pulido. IES Politécnico. 

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , | Deja un comentario

El roce nocturno

Lo sé, fue un acto atroz, lo sé. Y aunque lo explique, aunque exponga mis razones una y mil veces, desearán  colgarme del palo más alto, me juzgarán un loco, un demente y pensarán que no merezco perdón. ¡Podría contarles, explicarles, hablarles una y mil veces del objeto de mi obsesión, mis razones…! ¡Ah, ignorantes!, cuando me escuchen, lo entenderán, seguro lo harán…

Sé que nunca le hubiera hecho daño, yo en realidad la amaba; en la distancia, pero la amaba, y aun así, aun así… Aquel vestido con el que solía pasearse por las calles del pueblo era mi perdición y seguía sus movimientos, como si ella fuese un ángel que se mostraba complacido ante su seguidor más ardiente, más fiel, más enamorado, más… posesivo.

Pensaba en ella a todas horas y a todas horas veía su sonrisa tentadora en todas partes, dibujando un reluciente haz de perfección que no alcanzaría por más que quisiera: ella supo siempre que ni yo podía tenerla ni soñar con otra cosa que no fuera su vestido… Era todo un dulce para la vista… No dejaba de mirarla cuando lo llevaba puesto… y ella lo sabía.

Durante meses viví un calvario, ya no podía dormir ni pensar en otra cosa que no fueran las ondas de su vestido bailando con el viento,  y aquella tarde allí estaba ella, sentada en el porche de su casa, frente a la mía, pensando en que tal vez esa noche, en la feria, podría engatusar a otro joven para que la invitara a cenar, como ya había hecho conmigo. Por eso, cuando la vi aparecer con aquella tela maldita sobre su piel, no pude contenerme… Algo dentro de mí supo que ella no podía, no debía, no iba a salirse con la suya, pues me tentaba a cada paso que daba, a cada segundo que pasaba mirándola.

Sabía que entre el gentío de la fiesta no podría hacerlo, no entenderían por qué lo hacía. No podía explicarles uno por uno el desafío que suponía para mí aquella mujer, su mirada, su sonrisa…

La abordé en el puesto de bebidas. ¡Ay. mujer! Si hubieras sabido que tu interés en un refresco gratis te iba a dejar sin aliento para siempre… ¡Qué lástima!

Tras unas torpes palabras por mi parte, producto de la visión de su piel desnuda, envuelta en aquel vestido negro, fino, de tirantes y con vuelo… me la llevé a la oscuridad, tras unos árboles del parque, y allí, con aquellos tirantes delatores, allí concluyó su juego: cesaron sus sonrisas inquietantes, sus desaires, todo aquello que me inquietaba y me obsesionaba desapareció. Ya sólo me restaba deshacerme del cuerpo antes de que alguien la echara de menos.

Es curioso cómo concebimos el paso del tiempo a veces; recuerdo aquello como si hubiera durado horas: engatusarla, llevarla a la oscuridad, y comenzar a cavar su tumba, una tumba sin nombre, por supuesto… y sin aspecto de tumba, sería para mí el secreto mejor guardado de este ruinoso pueblucho.

La noche avanzaba a otro ritmo tras aquel árbol. Apenas había luz y me costó encontrar un buen instrumento para cavar sin levantar sospechas o atraer a alguna pareja alejada del gentío. Cuando ya hubo transcurrido lo que creí que eran un par de horas, me pareció oír un ruido sordo detras de mí. ¡Qué susto cuando aparecieron justo ante mí aquellos forasteros!

En un primer momento parecieron extrañarse de ver a un solitario joven en aquella oscuridad, pero en cuanto vieron mi aspecto sucio y sudoroso, se convencieron de que era mejor seguir de largo. ¿Por qué no lo hicieron? ¿Por qué sopló de pronto un viento frío? ¿No es posible que pudieran haber mirado a otro sitio o hablar entre ellos en lugar de mirar hacia mis pies cuando sopló el viento?

Sentí un cosquilleo en mi pie, como si el viento me avisara de su delatora acción, aunque no hice caso. Sólo podía mirar a los forasteros, una pareja que viajaba por la zona, hacia pueblos recónditos, según empezaron a relatarme.

Mientras hablaban, no dejaba de mirarlos, pero aquel cosquilleo, aquel cosquilleo… Comenzó a irritarme sobremanera. No, no podía dejar de mirarlos y sin embargo mi ira fue aumentando, porque no podía perderles de vista mientras no se fueran….

De pronto lo entendí; de pronto supe que tenía que hablarles de las maravillas del pueblo, de su feria, que se celebraba en esos momentos a tan solo unos metros y que, seguramente podían ver desde allí. ¿Por qué narices no se iban? ¿Por qué no me dejaban solo?

Cuanto más crecía mi ansia por la soledad, más me enfermaba el cosquilleo del viento en mi pie, me parecía una burla…..hasta que miré: de entre la tierra que estaba a mis pies, sobresalía un trozo de aquella tela maldita, que se burlaba de mí, como tirándome del pantalón para avisarme de su traición.

Y no pude más, no pude. Aquel momento fue el de la explosión de mi locura, no pude más y ante aquellos forasteros de mirada confusa exclamé:

-Sí, lo hice, lo hice, ¿o no ven que me llama desde su tumba para hacer justicia?

Yurena González. Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife 2010.

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , , | Deja un comentario

Amarga sonrisa

         ¡Sí, yo estaba allí!, ¡sí, estaba sentada a su lado! Era real, tan real como la sombra creada por la luna llena de cualquier noche de verano, ¡sí, así de real era! Nos citamos en una desolada esquina lagunera, ella llegó sonriente pero estaba convencida que bajo aquella sonrisa algo, algo ocultaba. ¡Sí, estaba tan convencida! Pero seguí sus pasos, tras algunos meses sin vernos no había nada de qué hablar, sólo reproches, sólo falsas sonrisas, sólo falsas miradas. ¡Sí, lo intuía, mis sentidos intuían qué falso e ilusorio era todo, ellos nunca me engañaban, mis sentidos nunca me engañaban!

         Llegamos al teatro sin apenas mediar palabra, sólo su sonrisa recordaba mi mente, terrible curva sinuosa que mis sentidos repetían una y otra vez cuan falsos podían haber sido todos aquellos años. Subimos la escalera intentando encontrar nuestra butaca, Honor 2, finalmente la segunda planta, una pequeña puerta y allí estaban nuestras nuestros. No hubo palabras, sólo gestos, miradas y aquella sonrisa una y otra vez, una sonrisa que me desestabilizaba, me enloquecía, me hacía sentirme desnuda y vacía a la vez. Quizás pueda pensar: qué pobre excusa pero usted. Sí, usted tenía que haber escuchado lo que decían mis sentidos, haber visto lo triste que me ponía aquella aparente inocente curva en su boca. Usted tenía que haber visto cómo me atormentaba, cómo me enloquecía, pero no me tome por loca pues, ningún loco hubiese procedido tan astutamente como lo hice yo, ninguno hubiese fraguado algo tan sutil. Piense en Van Gogh, en cómo su locura le hizo ser tan poco astuto al cortarse su propia oreja: eso sí, eso sí encierra una caprichosa y sorda locura.

         En cambio yo procedí con cautela, le invité a ver Hamlet en el Teatro Leal y todo transcurrió con suma normalidad, nada, no hice nada que pudiese ponerle en sobreaviso pero, sin embargo ella constantemente sonreía, constantemente me miraba y constantemente movía su bolso, de izquierda a derecha y de arriba abajo, no paraba y cada vez más tensa me ponía.

Por fin oscuridad, el telón asciende lentamente y ante aquella sombría y oscura explanada el majestuoso y sinuoso Castillo de Elsinore. Aparecen los primeros personajes de la obra, Francisco y Bernardo, Horacio y Marcelo, comienzan los diálogos.

Me sentía cada vez más agitada, su bolso no dejaba de moverse y, de pronto, en la hebilla de su bolso se dibujaba su sonrisa. ¡Oh no, otra vez no!, pensé, pero allí estaba de nuevo. Me sentía agobiada, nerviosa, sentía calor mucho calor y sed. Intenté dejar de mirar el bolso y concentrarme en la obra. Sí, así lo hice, poco a poco me dejé llevar por las palabras de Polonio a Laertes: “Sobre todo sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedas ser falso con nadie. ¡Adiós!”.

De nuevo aquellas palabras se apoderaron de mi mente, la voz de mi conciencia se había callado, y mis sentidos me demostraban una y otra vez cuan falso había sido todo. Me repetía interiormente “sé sincero contigo mismo”, repetí otras siete veces “no seré falso con nadie” y, finalmente, me dije interiormente adiós

Sentía cada vez más calor, un calor desde mi interior, mis manos sudaban constantemente y su bolso ahora estaba inerte reflejando en su hebilla mi tortura. Ahora la Sombra ya no sólo rondaba en torno a Hamlet, sino que también sentía su presencia en torno a mí, sentía como si me apretase por dentro, sentía cómo sus manos acariciaban mis hombros y me susurraba al oído: ¡jurad!, ¡jurad!, ¡jurad!.

Ahora sí, Hamlet estaba solo en el escenario del teatro lagunero, apenas iluminado por un haz de luz pero me miraba, sí me miraba a los ojos; de pronto ya no había nadie en el teatro, sólo él y yo, me miraba y me dijo con un decidido tono de voz que iluminó mi apagado interior: “Ser o no ser: he aquí el problema. ¿Qué es más levantado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la Fortuna o tomar las armas contra un piélago de calamidades, hacerles frente, acabar con ellas? ¡Morir, dormir, no más!”. Su voz se fue apagando poco a poco en mi cabeza, sólo era capaz de repetir, una y otra vez morir, dormir, no más… una y otra vez, así hasta trece veces las repetí. Y sí, él tenía razón, tenía toda la razón.

En medio de aquella sala donde el calor era cada vez más abrasador y en la que la sed se había ido apoderando de los cuerpos cada vez más deshidratados, me agaché lentamente y recogí mi bolso del suelo, de él saqué una fresca botella de agua que estreché entre mis manos como un tesoro. Sus ojos se movieron, se fijaron en la botella de agua, la balanceaba y sus ojos perseguían su rastro, sin duda la sed se había apoderado de su cuerpo, pensé.

En medio de aquel puro delirio de personajes reunidos en un cementerio, seguía estrechando entre mis manos aquel dulce y amargo placer para calmar la sed de mi amiga, el agua. Esperaba pacientemente a que se acercase y me susurrase al oído, ¿me darías agua, por favor? Y no tardó, fue ella quien quiso beber, créame, yo no se la ofrecí, ella me pidió agua para calmar su sed. Volví a mirar su pálido rostro y ahí estaba otra vez dibujada su sonrisa, aquella tormentosa sonrisa suya que se dibuja en su cara. Estiré mi brazo sin pensar que no era agua lo que le ofrecía, pero ella abrió la botella y bebió, bebió hasta tres veces bebió.

Ahora en el escenario discuten Hamlet y Horacio por una brillante copa; Horacio llora y Hamlet bebe… Finalmente tambores lejanos se escuchan en toda la sala, primero muy bajito pero los tonos aumentan en intensidad poco a poco. De pronto su bolso, por fin, cae al suelo pero mi mirada esta clavada en Hamlet, observo cómo poco a poco merman sus fuerzas fruto del veneno, hasta que cae. Los tambores invaden toda la sala del teatro, la luz va ganando en intensidad y finalmente los aplausos de la sala terminan la obra.

De nuevo la luz, el bolso seguía en el suelo, la botella la tenía sujeta entre sus manos, la cabeza ladeada y, por fin, sí, por fin, la sonrisa había desaparecido de su rostro.

Tenía la sensación de haber despertado en ese momento, allí seguía, igual, sentada. Volví a cerrar los ojos, pero seguía igual, parpadeé una vez, dos veces y hasta tres, pero allí seguía sentada, sujetando la botella entre sus afiladas manos, estaba inerte, inexpresiva ahora al fin, no había mirada, no había sonrisa, no había gestos… Ahora quería que ladease la cabeza y que tan solo me dijera una palabra sincera.

María Jesús Cruz. Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife 2010

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , , | Deja un comentario

El espejo del otro lado (El otro lado del espejo)

En los campos de Groenlandia, Carlos recogía el centeno que no se había helado. Tenía poca cosecha ese año, y su familia estaba muy flaca, todos tenían un hambre atroz.

Carlos iba caminando con la hoz por la parcela, y sintió un calor inesperado. “En noviembre no hay más calor que el que a duras penas escupe el sol”, pensó. Al mirar detrás de unos matos, vio a un hombre rojo con afilados cuernos de cabra y patas peludas como los chalecos de lana. Tenía la cola puntiaguda, y una mirada difícil de mantener.

-Te veo buscando algo, Carlos.

-¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres?

-No hace falta que me presente: estoy en cada miedo, en cada duda; cada vez que quieras llorar, estaré colgado detrás de tu oreja.

Carlos se quedó dubitativo.

-Quizás quieras pedirme algo. ¿Quieres escaparte de este viejo páramo?”

Las pupilas de Carlos estaban henchidas como un girasol a mediodía. Necesitaba huir de esa cárcel que era el frío y la pobreza.

-Quiero que me lleves al Paraíso -dijo Carlos.

-Eso está hecho; te voy a prestar mi espejo, que quizás no tenga una gran hondura metafísica, ni oro y piedras preciosas, pero sirve para llevarte al Edén.

Carlos se ciñó el espejo a la cintura, lo estiró como si fuera una sábana y entró en el paraíso.

-Recuerda –decía el Diablo mientras bajaba-, si el espejo se rompe, te consumirás con los fuegos del Averno.

Tras un zumbido, aparecieron ante él exuberantes árboles, frutas y animales. Estaba completamente felíz. Colocó el espejo ladeado en una roca y se quitó la ropa para bañarse en el agua de un arroyo.

Cuando estuvo dentro, al cabo de unos segundos, se incineró dentro del agua, creando un vapor intenso que se levantó hacia las nubes, y que dentro de unos meses llegaría al cielo de Groenlandia.

Pobre iluso. No sabe que yo todo lo veo y todo lo sé. Veo sus palpitaciones difusas, sus dudas por querer huir de la pobreza. Le ofreceré lo que tanto ansía. Le ofreceré el Edén. No podrá rechazarlo, su amor por escapar de la vida que lleva es para querer desafiar a la muerte. Se sentirá obnubilado, entonces cuando vaya a bañarse en el arroyo y deje el espejo lejos de él, me transformaré en serpiente y lo empujaré, hasta que, tras ese chasquido delicioso de cristales oiga su grito elevarse hasta las nubes, mirando cómo otro pobre desdichado más entra en mis arcas, a vagar con su angustia toda la eternidad.

Francisco Rebollo Bautista. IES Politécnico.

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , | Deja un comentario

El elefante de madera

Un día como otro cualquiera, un niño haitiano paseaba por su pueblo. Iba admirando las nubes esponjosas y el día soleado, cuando de repente se tropezó con algo que salió rodando calle abajo. El niño corrió a ver qué era aquello que rodaba y rodaba y, al alcanzarlo, se agachó y lo recogió. Era un elefante de madera y sin valor aparente. Se dirigió a la colina más alta y verdosa, desde la que se vislumbraba todo el poblado y colocó el elefante de madera orientado hacia la aldea. Luego se marchó, pues ese elefante no tenía valor como para llevárselo con él.

Al atardecer, el niño descansaba tranquilamente mirando a los demás niños jugar cuando todo comenzó a moverse. Los edificios se tambaleaban hacia los lados, el suelo bajo sus pies vibraba y las casas a su alrededor se derrumbaban con un sonido ensordecedor. Todo aquello con lo que había crecido se desmoronaba y toda una vida se destruía en cuestión de segundos dejando al pequeño poblado, ya pobre, convertido en ruinas.

Días después, el niño buscaba entre los escombros algo que comer cuando, de repente, tocó algo con una silueta familiar. Era el elefante que había puesto en aquella colina verde. El niño, asombrado, volvió a colocarlo en la colina orientado hacia el poblado en ruinas. Se marchó de nuevo y siguió buscando algo que echarse a la boca.

Esa misma noche mientras dormía, ese elefante de poco valor al que había despreciado dos veces, se apareció en sus sueños. Al día siguiente, cuando despertó, estaba en esa colina junto al elefante y cuando alzó la vista, volvía a hacer un día soleado y su aldea se había reconstruido milagrosamente.

Kevin Marrero García. IES Politécnico.

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , | 1 comentario

La llave

A una remota aldea, llegó un joven médico que venía para sustituir al médico local. El joven compró la casa más grande, que llevaba vacía cuarenta años. El alcalde le acompañó en su reconocimiento de la casa y después de ver todas las habitaciones se encontraron con una puerta.

-¿Y esta puerta?-preguntó el joven.

-Ah, la puerta. Es un misterio, pero no se puede abrir, será un antiguo desván –respondió el alcalde.

Pasaron los días y el joven intentaba abrir la puerta sin conseguirlo. Hasta que, una mañana, encontró una llave que estaba envuelta en una nota que decía: “Al otro lado hay otra copia”. Al principio no comprendió, pero se decidió a abrirla. Al hacerlo, la puerta chirrió enormemente, pero lo que vio fue un enorme prado de colinas lilas con un río de color verdoso en el que se bañaban dos animales gigantes. Atravesó la puerta, abrumado por lo que veía.

Un poco más tarde, llegó a la casa la sirvienta que tenía que limpiar. Pasó por toda la casa sin ver al joven, lo que le extrañó. Pero vio una puerta entreabierta y mientras se quejaba del desorden, cerró la puerta con la llave que el joven dejó y la guardó en la mesa más cercana. Al otro lado, el joven escuchó un chirrido y se volvió para ver de dónde procedía. Pero tremenda fue su sorpresa al descubrir la puerta cerrada, forcejeó y le dio patadas, pero la puerta no se abría. Había dejado la llave puesta en la puerta. Al momento recordó la nota en la que había encontrado la llave, ponía que donde él se encontraba había otra copia de la llave.

Comenzó a correr por el prado lila con azucenas azuladas hasta topar con lo enormes animales. Estos eran de color verde y de sus cabezas salían tres cuernos que terminaban en una punta cuadrada. El joven pensó que el mejor lugar para esconder la llave sería al cuidado de esas bestias.  Así que rodeó a los animales de modo que estos no le vieran y descubrió que detrás del animal más grande, había un pequeño tronco con un agujero. Creyó ver que algo en su interior brillaba. Aprovechó que el animal se agachaba a beber agua y corrió hasta el árbol, cogió la llave y, mientras corría hacia la puerta las bestias comenzaron a perseguirle. Consiguió llegar a la puerta e introdujo la llave lo más rápidamente posible. Al pasar por ella y cerrarla, notó el impacto de las dos bestias al estrellarse, pero no lograron pasar porque ya había cerrado con la llave. Estaba lleno de sudor por la carrera y el miedo. Se quedó mirando la puerta y pensó: “Nunca más voy a volver a abrirla”. Acto seguido el joven guardó las dos llaves en los lugares más recónditos de la casa.

Alba Rodríguez Macías. I.E.S Politécnico

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , , | Deja un comentario

Sonata de luz

La más densa oscuridad se disuelve al encender una pequeña llama. He esperado al final del día para iluminar tu escritorio con cinco velas, delicadas como los dedos de una flautista. Hoy celebro en silencio mi vida. La celebro para ti. Te la regalo.

A pesar de que fui niño poco tiempo, todavía recuerdo la hermosa voz de mi abuelo Ahmed narrando las lejanas leyendas marroquíes. Nunca te las he contado. Traducirlas se me hacía violento; habría sentido que falseaba la única memoria algo borrosa que guardo de esos días. Sé que una parte de mí te es desconocida, inasequible, será esta. Tampoco yo he sabido darle sentido. Hoy no quiero prescindir de esta primera luz que apenas brilló de una forma enigmática.

Mi mal carácter es, en parte, la rebeldía mal digerida de la adolescencia: amé intensamente la libertad de ser yo mismo. Hace falta coraje para seguir creyendo rodeado de incertidumbres; entrenar saciaba mi necesidad de respirar, de hacer algo y entregarme por completo. Pero descubrí demasiado pronto la fuerza que engendra el silencio; hubo un momento en que llegué a pensar que era mudo. De toda esa soledad salí al conocerte; la antorcha que me mantuvo erguido la convertiste en hoguera cálida, íntima dulzura de saberme amado.

No hemos tenido los hijos que seguramente me habrían enseñado a hablar. A los niños les ocurre lo que a los poetas, todo lo comprenden. Su percepción está libre de prejuicios, como tu música. Gracias a ella he vivido rodeado de poesía. Has construido mis entrenamientos con tus ensayos: días enteros corriendo con la melodía de la flauta levantando el ánimo. Llenabas el aire de los campos y mi memoria de belleza.

¿Qué puedo decirte de Gitane? Nuestro perro labrador del color ocre de las dunas al caer el sol bien se merece una vela. Al principio corría a mi lado infatigable; luego enfermó y se tumbaba en la pista a esperarme. Al volver a casa te escuchábamos tocar, y entre los tres llegamos a alcanzar una rara compenetración. La música le acompañó y suavizó sus últimos días de la presión del dolor.

No temo la muerte. Me da miedo que mi cáncer apague tu voz. Tienes el don de la música. Marie querida, tus manos son de oro. No dejes de poner tus dedos en la flauta. Nada ayuda tanto al silencio interior, a la paz, como tu música. Cuando tocas no hay oscuridad. 

  Miryam Gallo

23 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

ROCO

La feria de artesanía antigua estuvo mucho mejor de lo que ella esperaba, y eso que había dudado en ir. Lo que jamás pensó es que fuera a influir tanto en su vida. Diez días después de haber vuelto del planete meuble empezó con una matraquilla que no la dejaba en paz hasta aquella mañana en que unos rayos de sol se colaron entre las persianas y la agarraron por el ánimo sacándola del sofá. Se puso el abrigo y las playeras y se fue a la farmacia a  comprar un predictor.

Estaba dispuesta a desmantelar aquella incertidumbre de una vez por todas, así que se metió en el baño con el test y con el miedo a encontrarse con que sus sospechas fueran ciertas. Había decidido enfrentarse a la realidad, fuera la que fuera. Empezó a quedarse blanca mientras la ventanita de la verdad se teñía de rosa y buscó una silla para sentarse. Con los codos apoyados en los muslos y la frente entre las palmas de las manos recordó más cercana que nunca aquella noche, y se sintió, como entonces, ardiente y locamente apasionada entre los brazos de aquel prestigioso artesano que la embrujó con su mirada y su arte y al que no volvería a ver nunca más. “No tenía que haber ocurrido” –pensó cuando se acordó de su marido y sintió un vértigo y unas náuseas que nada tenían que ver con el embarazo.

A las seis semanas de gestación, después de haberse despojado del susto y sin haberle dado a su marido la buena nueva, se hizo la primera ecografía. Lo que vio en el monitor no tenía forma ni sentido, como es usual, hasta que el médico empezó a señalar las distintas partes del pequeño ser que estaba creciendo en su interior.

-¿Ve esto de aquí, señora? Es una de las patitas -le dijo el médico.

Su cuerpo se tensó como una cuerda de guitarra y preguntó: “¿Pa-ti-tas?”, con los ojos muy abiertos esperando una explicación.

–Sí, señora, patitas -y señalando en el monitor siguió explicando–. Y aquí están las otras tres, son talladas en la base, aunque apenas se aprecia. -Moviendo la imagen, la guió hasta un rectángulo algo deforme por su blandura y le dijo que era el tablero-. En la próxima ecografía ya podrá ver más detalles de su hijo, pero lo importante es que todo está bien –aseguró el ginecólogo para luego añadir-: Está completo, tiene todos los cajoncitos, váyase tranquila.

Salió de la consulta como de un mal sueño y caminó hasta su casa con la intención de que el aire se llevara la conmoción.

En la siguiente visita al ginecólogo ya pudo ver que se trataba de un precioso secreter y que tenía el tablero de mármol rosa francia, los frentes de raíz de abedul y ella ya le había cogido cariño. Mucho cariño y muchas ilusiones tenía, antes incluso, de haber visto aquellos tiradores en bronce dorado y su graciosa marquetería. Tanto cariño que se había olvidado de que en algún momento tendría que dar explicaciones a su marido.

Se puso de parto y llamó un taxi, pensó que había llegado el momento de tomar una decisión y eligió traer a Roco al mundo y dejar una nota de despedida a su marido. El secreter  cumplió su primer añito y en sus cajones empezaron a crecer secretos de los que sólo uno pudo descubrir Lucía. Después se cerró herméticamente. Para desvelar el resto de los misterios ocultos en sus entrañas, Lucía tendría que seguir las instrucciones de la única confidencia que su hijo le desveló.

Pepa Marrero

23 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Microrrelatos

Lo peligroso de los regalos navideños

Quería pegarse un tiro, pero la cola no aparecía por ningún sitio. Finalmente murió gracias a la cinta adhesiva.

Lucha contra el tiempo

La alarma suena dentro de su estómago. Algo entre los dientes le incomoda: una manecilla.

Nadie sabe

Alguien la despertó gritando Rose. Se miró al espejo y era rubia.

Peticiones

En Watazulu creen que los botones tienen el poder de conceder deseos. Una vez curé la herida de una anciana que me regaló uno azul. Me lo puso en la mano y me dijo: “Pide para otro, que ya pedirán por ti”.

23 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario