Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

A una rosa/Blancanieves

A una rosa

Y después intimaría con ella, solo había que hacer las cosas con delicadeza. Lo que no había previsto es que estaría rodeada de flores; se avergonzó, se le cayó la regadera y la dejó plantada en aquel jardín.

Blancanieves

Y cuando llegó a despertarla le dio un beso y despertó. Se sabe que después Blancanieves hizo lo mismo con ese príncipe metrosexual de piernas depiladas que con el cazador para que la dejara libre, y ella, que era muy promiscua, volvió con sus siete hombres.

 Daniel Marmolejo Valencia

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13 febrero 2011 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Una grave confusión

Cuántas mujeres embarazadas… imposible, estoy para otra cosa, seguro. Creo que en cuanto me llamen me voy a ir de aquí, sí, preguntaré qué hago aquí y me iré porque ya ni sé qué hago aquí. Se me ha olvidado, soy muy olvidadiza, es lo que tiene este ir y venir sin rumbo y seguir a Javi sin saber muy bien por qué. Cansa. Y cansa fingir y sonreír diciendo que no pasa nada, cuando en realidad lloro por dentro porque me siento sola, y hasta con Javi me siento sola, pero bueno, él me da un poco de hierba y me olvido un poco de eso y de la oficina y de toda esta rutina que otros desearían tener y yo detesto. Ser feliz está sobrevalorado y cada vez veo más gente “afrontando” las cosas con optimismo y con buen humor, cuando eso es morderse la lengua y no desahogarse, que es lo que deberíamos hacer, y buscar soluciones, yo incluida y es tan hipócrita que diga esto, porque soy una cobarde liándome un porrito, esa es mi forma de “afrontar” las cosas, un sentido del humor bastante extraño… ¿Habrán dicho Bea ya? Sí, me parece que… Me iré sin preguntar  nada, a lo mejor es algo grave, con lo que fumo. Debería dejarlo, al menos todo eso que me da Javi, y a Javi, que creo que debería de estar aquí y no está y no sé muy bien por qué he estado con él, y la oficina, siempre he querido tener mi propio negocio, puede que monte un videoclub… ¿Quién es? Se parece pero no es, seguro. Nada más salir de aquí me voy. Ahhh, no sé ni por qué sigo sentada aquí, voy a irme, me compraré unos Chéster y me iré. Ya es costumbre, ya. No creo que entre Javi justo ahora para pasar conmigo adonde fuera que íbamos a pasar, no tengo razones para quedarme. Cogeré la guagua y pasaré por la agencia a ver si me compro el pasaje antes de pasar por casa.

Daniel Marmolejo

24 enero 2011 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Mi amigo Jorge / Tu amigo Jorge

Mi amigo Jorge

Yo conocí a Jorge cuando era joven. Por entonces yo no tenía mucho dinero y yo criticaba a Cristina y él me contaba lo maravilloso que era estar soltero. Él siempre pululaba buscando y pidiendo dinero, pero era un buen tipo.

Por esta época, Cristina me había estado diciendo que tuviera cuidado con él por su situación. Pero cómo voy a dejar de lado a un amigo porque fume un poco y no tenga ni trabajo ni dinero. Hice mal en no ofrecerle un trabajo en la empresa de seguros, a pesar de que me estuviese yendo tan bien todo. Quizás fue por eso que un día lo encontré esperándome en mi propia casa, en el sillón del salón a oscuras. Y de repente enciende la luz y amenazas ahora difusas y Cristina amordazada y golpes.

Me despierto, estoy en un sótano que se parece al mío, me duelen las muñecas y en vano intento levantarme de la pesada silla. He tenido un vergonzoso sueño, ¿cómo he podido pensar que ha sido él si ni siquiera me acuerdo de la cara del tipo ese? Intento recordar, pero me duele la cabeza y mientras más lo intento más claramente reconstruyo la escena en que me golpean por detrás, seguro, tras haber forcejeado. El tipo ese habrá pedido ya un rescate y el primero en saberlo será Jorge. Conociéndolo no llamará a la policía, vendrá él mismo intentando arreglar las cosas haciéndose el héroe.

Baja alguien por las escaleras… Es un hombre con pasamontañas pero ni así Jorge me engaña. Sonrío. Habrá entrado por la puerta de atrás mientras el tipo duerme. Pero no, veo sangre en su camisa y me digo que se habrá encarado con el secuestrador. ¿Jorge, qué has hecho? 

Tu amigo Jorge

Tú conociste a Jorge cuando eras joven. Por entonces no tenías mucho dinero y me criticabas y él te contaba lo maravilloso que era estar soltero. Él siempre pululaba buscando y pidiendo dinero pero tú decías que era un buen tipo.

Por esta época yo te había estado diciendo que tuvieras cuidado con él por su situación. Pero no me hacías caso y seguías viéndolo a pesar de lo raro que estaba últimamente. ¿Y lo de dejarle una llave? Ni aunque fuese tú hermano… Lo peor de todo fue lo que me hizo el desgraciado ese, es que ¡joder!, ¿¡a quién se le ocurre!?

Llegaste y lo encontraste esperándote en tu propia casa, en el sillón del salón a oscuras. Después te amenazó y pidió dinero por mí, pero yo vi cómo te abstraías y te ofuscaste al verme y se pegaron, y en un instante estabas en el suelo inconsciente porque te había dado en la cabeza con una botella.

Te bajó al sótano. Al día siguiente, después de una noche aterradora, oímos ruidos, como si intentaras levantarte de la silla esa tan pesada a la que estabas atado, esa silla que nunca viste y la deje allí y ni te lo dije. El eunuco bastardo ese se dispuso a bajar y yo conseguí soltar las cuerdas que ataban mis piernas por los tobillos. Me levanté y corrí hacia él y le di con el taco del tacón por detrás. Él gritó, acaso se retorció un poco, yo intenté gritar pero tenía la boca tapada. Y no sé cómo pudiste ni cómo de un momento a otro tenía una pistola en la mano y en la otra un pasamontañas y yo pensaba en ti.

Daniel Marmolejo

19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

La vida era más fácil antes

Veía la vida mucho más fácil ahora. Todo estaba encajando y las cosas se estaban dando por sí solas gracias a aquella cartera tan extraña que me habían regalado, sin la cual no podía vivir.

Comenzó todo con que hace unos tres meses me interesé por un coche y coincidieron aquellas fechas con aquel insólito regalo. Metí todo mi dinero en la cartera: unas monedas, un billete de cinco euros y otros dos de veinte. Ojeando aquel y otros coches de la marca de la casa me di cuenta de que estaban fuera de mi alcance, todos eran muy caros. Y, al salir, algo resignado, un hombre que aguardaba en una esquina me pidió dinero. Al principio le dije que no tenía; él insistió y, después de intentar evadirlo sin conseguirlo durante unos minutos, acabé por darle unas monedas.

Justo un día después, un lunes, sucedió algo increíble. Yo me alisté para ir a clase, a aquel módulo de mecánica. Como cada lunes, y como cada día que tenía que ir al módulo, desayuné fuera de casa en una cafetería no muy lejos de allí. Pedí un café y puede que un cruasán, quizás un donut. Pagué con el billete de cinco y unas monedas. Después de dejar la cuenta en la mesa noté lo que había pasado. Me senté otra vez y abrí la cartera de nuevo, sorprendido vi como volvía a haber unas monedas y un billete de cinco. Creo que incluso había unas monedas más.

Aquel día no asistí a clase, impresionado por aquello; estuve todo el día sacando y sacando billetes de la cartera. Cuanto más dinero cogía, más billetes y de más valor salían de allí. Mis padres se enfadaron mucho porque no fui a clase. Hubo una discusión y recuerdo que intentaron avisarme y yo me fui. Me compré el coche que quería, fue lo primero que hice. Tendría que buscarme un sitio donde vivir también, así que, con aquella cartera, me compré la entrada para un dúplex amarillo en La Minilla. Empecé a vivir una vida desmadrada, no estudiaba y gastaba el dinero desenfrenadamente.

Todo me iba bien, hasta que ayer domingo abrí la cartera y no había nada dentro. Metí dinero y la abrí, y me dispuse a sacarlo para abrirla nuevamente y encontrarme con ese mismo dinero; pero en vez de eso el dinero desapareció, como si la cartera quisiera que le devolviese todo lo que me había prestado.

Hoy lunes tampoco hay nada dentro. Me irrito, me tiro de los pelos, pero la cartera no me va a dar más dinero. No he podido pagar la hipoteca de este mes, supongo que venderé el coche y los pocos muebles que he comprado. Buscaré trabajo, aunque dudo que lo encuentre, porque no he hecho bachillerato y no acabé un módulo de mecánica que una vez me propuse hacer. Y la suerte, que parece que se la haya tragado la cartera con todas las demás cosas como si fueran intereses.

Mi vida se está tiñendo de un azul triste. Estoy sumido en desesperación y paro y crisis. Queda un rescoldo del amarillo de aquellos fructíferos días que, mezclado con este azul intenso origina un verde: ojalá que tiña mis días de algo más que de esperanza.

Daniel Marmolejo

 

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

El libro

 

Y realmente me estaba preocupando por mi hermano. Porque últimamente estaba sumido en la más completa pereza y, al mismo tiempo, en una constante actividad. Había dejado de talar árboles y ahora se estaba dedicando a leer un libro que había encontrado en el bosque cerca de una zona que linda con un suburbio.

Estuve hablando con sus compañeros cuando lo visité. Me dijeron que estaba muy extraño, que reía incongruentemente y se desvelaba con aquel libro, pese a que siempre había dormido mucho y muy profundamente. Yo, sin embargo, me daba la vuelta para mirarlo y lo veía sereno y como más lleno de luz, leyendo en una esquina.

Cada mes regresaba a visitarlo. Y solía preguntarle por qué leía, contestaba simplemente que disfrutaba. Yo le decía que debía trabajar, ya me estaba viendo presionado, dándole dinero, así que tuve la fatal idea de coaccionarlo diciéndole que no le iba a prestar más.

Volví un mes más tarde, con algo de retraso, ya que las carreteras habían estado cortadas. Allí todo estaba muy callado, demasiado callado: no se oían las sierras, no se oía nada; como si el bosque estuviese guardando luto. Llamé a la puerta de la cabaña, preocupado. Me abrieron. Todos tenían una expresión taciturna. Me contaron cómo habían presionado a mi hermano para que dejara el libro, porque no podían seguir prestándole dinero ni dándole comida, y cómo él, impulsivo e infantil, se había escondido en el bosque. Lo habían buscado pero no lo habían encontrado. También llamaron a la policía de la ciudad más cercana: llegaría aquella tarde a causa del mal tiempo.

Me invadió un ataque de pánico y de rabia. ¿Cómo podían seguir de ese modo estando él por ahí? Salí a buscarlo desesperado. Hacía muchísimo frío, como si aquel invierno buscara azotar a mi hermano intentando darle una lección.

Ahora estoy aquí.

No lo he encontrado. Desde hace dos días que salí a buscarlo me ha crecido una barba áspera y tan punzante como el hielo. Una patrulla de búsqueda ha ayudado algo pero ha desistido y volverá pasado mañana. Yo no he parado… Estoy intentando recordar cómo empezó todo pero solo me viene a la cabeza el momento en que empecé a preocuparme. Recuerdo que alguna vez lo vi y me imaginé que acabaría así. Debí de haberlo sacado de este sitio tan gélido.

Camino desesperanzado por este paraje de nieve y escarcha. Desde lejos veo el tronco derribado de un olmo y una alargada mancha roja en la nieve. Me acerco, el tronco está sobre él de la cintura para abajo. Tiene los ojos cerrados. Seguro que le cayó encima mientras dormía; está sonriendo y su rostro parece redundar luz. Ahora veo que así es como debía ser.

Le arranco el libro de sus manos inertes y me dispongo a leerlo junto a un árbol, que es en el páramo como una esquina en un cuarto.

 

 

Daniel Marmolejo

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

El libro

 

Un leñador solía ir a un bosque a recoger leña. Era un trabajo duro pero con ello se ganaba la vida. Se sentía increíblemente solo en su cabaña y en aquel bosque, por donde únicamente se adentraban chicos que se atrevían a desafiar falsas leyendas del lugar; por ello, su hermano venía a visitarlo cada mes.

 
Un día el leñador encontró un viejo libro debajo de unas hojas que habían caído por el otoño, lo recogió y se dispuso a leerlo bajo un árbol. Aquella noche vino su hermano, y al no hallarlo en su cabaña, lo buscó por el bosque. Dio con él no muy lejos de allí; estaba leyendo.

-Hermano, ¿por qué lees? -preguntó sorprendido.

-Porque estoy cansado, hermano.

Le pareció lógico así que lo dejó allí descansando bajo la sombra de aquel pino. Volvió un mes más tarde. Se encontraba leyendo en su cabaña. Le pareció ver su rostro más sereno y más lleno de luz que de costumbre: debía de sentirse feliz.

-Hermano, ¿por qué lees?

-Me gusta, hermano.

Se preguntó cómo estaría consiguiendo dinero si no se despegaba de aquel libro; se pregunto qué sería que tendrían aquellas páginas que habían puesto a su hermano de ese modo.

Regresó a visitarlo un mes más tarde. Ya había llegado el invierno y por ello los senderos estaban cubiertos de nieve y las ruedas de los carruajes de escarcha. Se retrasó unos días. Cuando llegó, su hermano no estaba en la cabaña. Lo buscó por el bosque, por sus colinas y sus abetos y sus olmos y sus robles y… tropezó con él cerca de unos pinos. Estaba tumbado en el suelo; estaba delgado y frío. Aunque su rostro estaba realmente sereno y parecía redundar luz.

Le arrebató el libro de sus manos inertes y se dispuso a leerlo bajo un árbol.

 

Daniel Marmolejo

17 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios