Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Ojos Verdes

Los acordes de “Ojos verdes” me transportaron a la casa azul y al olor a miedo. En ese momento vivíamos con el tercer marido de mamá, un tipo de fuertes músculos y piel aceitunada.

Los jueves regresaba a casa temprano, se servía un 100 Pipers acompañado de acordes de coplas. Mi madre y yo sabíamos que antes de “Ojos verdes” se desnudaría para luego llamarnos y comenzar el juego del “papi”. Ese día mi estómago se estremecía al abrir mis ojos y mi cuerpo temblaba a la espera de las cinco en punto. Sus manos tocaban todo mi cuerpo y cada día me quitaba una prenda más. Mi madre era reclamada al espectáculo en el papel de madame. Llegaba con el traje de piel de leopardo, medias de rejilla y tacones de aguja. Los labios carmín y el rimel no ocultaban el terror de su rostro.

Me acerqué al espejo, me lavé la cara y me repetí la frase que mi terapeuta me recuerda “tus hermosos ojos verdes”

El olor del aliento se mantenía semana tras semana, sin poder desprenderme jamás. Al terminar, me duchaba, con ayuda de un guante de crin, me restregaba hasta la sangre pero el olor permanecía en mi olfato físico y mental.

Ahora, cuando el olor se hace muy intenso, esparzo por la habitación la fragancia de lavanda que año tras año me regala mamá.

El primer jueves de la primavera de 2005, su cuerpo vibraba lleno de deseo y excitación. Su mirada lasciva y el rictus de su boca me avisaron que hoy era el día.

Fui yo quien llamó a la policía, su cuerpo desnudo y su miembro erecto cayeron al suelo, en ese instante la sonrisa se dibujó en la cara de mamá.

Mañana en la hora de terapia, en el módulo III, comunicaré que “Quiero, Acepto y Agradezco Mis Hermosos Ojos Verdes”.

Delia Martín Curbelo

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18 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El baúl viajero

 

Miguel, como en muchas ocasiones, jugaba en el bosque que atravesaba el camino que conducía a su casa. Seguía a un canario de color verde que lo había atraído por su suave canto  y sus plumas brillantes. Estaba tan ensimismado con aquel bello pájaro que hasta sus pies le seguían diligentemente.

De repente, sintió un fuerte golpe en la antepierna y todo su cuerpo se estremeció, cayendo encima de una superficie fría y dura. La sorpresa y el dolor en la pantorrilla dejaron aturdido a Miguel durante unos minutos, no percatándose de que empezaba a moverse. Sus ojos se abrieron y el  corazón palpitaba y sus piernas rebotaban sobre aquel suelo firme donde yacía. Poco a poco su respiración se serenó y su cuerpo dejó de temblar. Fue entonces escuchó una  voz ronca y profunda que decía:

-No te asustes, soy un baúl que puede volar, hablar, cantar, bailar y reír.

         Miguel miraba atónito a su alrededor mientras intentaba averiguar de dónde provenía aquella voz, hasta que se dio cuenta de que los sonidos surgían del cerrojo.

         El baúl le contó que había sido construido hacía muchísimos años y  que había tenido muchos amos. Cada vez que llegaba a un nuevo palacio su dueño le ponía un nuevo nombre. En una ocasión, se trasladó al palacio de un  Rey que vivía en Oriente, perteneciente a la dinastía Ching. Éste lo liberó de las ataduras que todos los baúles tenían con sus amos y lo llamó Peng que significa “luz viajera”.

Para entonces Miguel había abierto el baúl y se había recostado en su interior, estaba muy cansado y rápidamente cayó en un sueño profundo.

Cuando despertó, se encontró en una nave, llena de hombres fuertes. Llevaban pañuelos en la cabeza y  sus cuerpos estaban tostados por el sol. Algunos tenían un parche en un ojo, o una pata de palo. A otros les faltaban dientes. Sin hacer ruido se apeó del baúl y se colocó detrás de un barril para que nadie lo viera. Cerca de Miguel un grupo de marineros conversaba, agudizó el oído y escuchó:

-El capitán se ha perdido. Este rumbo nos llevará al mar del  Sur, y no a las ricas tierras. La carne salada y el agua empiezan a escasear. Los demás hombres asentían. El más alto y barbudo levantó su puño derecho y afirmó:

-Si dentro de dos lunas no vemos tierra, yo mismo rebanaré el pescuezo del capitán y me haré con este navío.

En ese momento, un puñal se clavó en el barril acompañado del grito de “¡Traidores!”. Otro grupo de hombres armados rodeó al marinero barbudo y a sus correligionarios.

Miguel se refugió en su baúl y con voz temblorosa le imploró a Peng que marcharan pronto y muy lejos.  Mientras emprendían el viaje, desde la proa de la nave, un marinero vociferaba:

-El capitán, siguiendo la ley del mar, les condena a cien latigazos y después serán arrojados al mar.

Desde que el bienaventurado rey Ching le había otorgado el poder de volar, hablar, cantar, bailar y reír, siempre lo había hecho solo. Por eso Peng estaba muy contento con Miguel y para demostrárselo le ofreció el baile de las olas. Peng se elevaba y volteaba al ritmo del mar y Miguel reía y reía. Se divertía mucho con su nuevo amigo, porque cuando viajaba, éste le relataba las historias de los reinos a los que había pertenecido. Le cantaba canciones que algunas veces le recordaban a su madre, pues a ella también le gustaba cantar mientras sembraba la cosecha.

Un día Peng lo despertó y le preguntó:

-¿Adónde quieres ir hoy?

 Miguel le contestó:

-A mi casa con mi familia.

Primero Peng se enfadó y le gritó:

-¡Bastardo! Te puedo enseñar los más bellos lugares y encontrar muchos tesoros.

Pero al ver que Miguel lloraba, cambió su rumbo. Al caer el sol llegaron al hogar de Miguel. El chico se apeó y se despidió de su amigo Peng con dos besos en el lomo de ébano y corrió hacia la entrada de su casa.

En ese momento su madre cocinaba una rica sopa para la cena.  Para Miguel había trascurrido una semana pero sólo habían pasado unas horas. Llegaba tarde y su madre le preguntó

-¿Dónde y con quién has jugado esa tarde?

Miguel le respondió:

-Con un baúl llamado Peng que puede volar, hablar, cantar, bailar y reír.

Delia Martín Curbelo

21 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario