Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Amón/Finis/Elio

Amón

El muro de adobe se derrumba al fin, entre nubes de polvo antiguo. La oscuridad reina absoluta. Desde dentro de la cámara, surge una voz como un silbido: “¿Nos trae recado de la Reina, míster Carter?”.

Finis

El vagabundo del bigote gracioso y el bombín miró hacia atrás cuando llegó a las afueras del pueblo. Nada más le quedaba por hacer allí; era hora de buscar otros lugares, otras aventuras, otros amores. Suspiró. De pronto, notó cómo la negrura lo envolvía y el mundo se reducía a un círculo menguante a su alrededor. Aterrado, corrió y corrió, agitando frenético el bastón de caña, pero sus rodillas estaban rígidas y los talones de sus zapatotes, como pegados. Los dos rollos que  habían sido la  vida pasaron por delante de sus ojos.

Elio

Papá y mamá no dejaban que Elio saliera a jugar. Un día, sin que nadie se diera cuenta, se escapó a la calle y entonces subió y subió y subió hasta las nubes y ya no lo volvieron a ver nunca más.

Diego Doro

13 febrero 2011 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El pasillo blanco

Seguro que no es nada.

Decían que hoy tendrían los resultados. A mi edad, y con mis antecedentes familiares, era de esperar tener que pasar por el servicio técnico antes o después.

Ojalá que la quimio no me deje calva.

No debería pensar en estas tonterías; no tiene por qué ser nada grave. Seguro que es solo algo sin importancia, una chorrada. Yo no sé nada de medicina, y esas… cosas pueden confundirse con mil otras. Voy a intentar  controlarme y no pensar en más tonterías.

Ni tampoco en lo que les pasó a mamá y a la tía.

La enfermera  de la cara seria y antipática tarda en salir. Este sitio huele a hospital y a muerte, y me ha empezado a doler mucho la mano.

Por favor, que no sea nada.

Diego Doro

24 enero 2011 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Media Res / Marco Incomparable

Media res

El cuchillo de carnicero descendió poderoso, falló la enorme pieza de vacuno sobre la tabla de cortar, y, para espanto de la clientela, tajó  sin piedad su dedo índice, el que teclea las ges y las efes. El chorro de sangre dibujó la marca de El Zorro sobre el retrato bigotudo y severo que colgaba de la pared, mientras Antoñito (ni la sombra de lo que había sido en el barrio su difunto padre, Dios lo tenga en su Gloria), se desgañitaba  y hacía eses hasta el lavabo del almacén. Segundos más tarde, el largo pellejito que todavía colgaba del muñón y que no resistiría mucho más bajo el ímpetu del agua corriente, subrayaba la prohibición paterna de desatender el negocio familiar para dedicarse a la tontería esa de ser escritor.

 Marco incomparable

Antes de nada, las cosas claras: yo soy un hombre serio y no me gustan los malentendidos ni las piruetas. Les aclaro desde ya que estoy muerto. Soy un espíritu, un fantasma… como lo quieran llamar. Antes era carnicero,  y a mucha honra, pero ahora no tengo carne ni para mis  propios huesos.

A lo mejor es un premio por las cosas buenas que hice en vida o un castigo, no lo sé, pero desde que me morí, vivo en un retrato que cuelga, precisamente, en mi querido local. Digo que no estoy seguro de si es un premio o un castigo, porque desde que falto, mi hijo está a cargo del negocio y cada día veo cómo me lo lleva a la ruina. El problema es que no se fija en lo que hace, tiene la cabeza en las musarañas. Esta mañana, por ejemplo, que estaba cortando unos filetes para doña Prudencia, una clienta de toda la vida, por estar con sus chaladuras, se cortó un dedo de cuajo.  ¿Qué le costaba ponerse el guante de malla? Mira que lo intenté veces, pero se conoce que nunca conseguí enderezarlo. La cosa es que dio un espectáculo: todo (hasta yo mismo) manchado de sangre y él pegando chillidos como en la matanza. Una vergüenza. Y doña Prudencia casi se desmaya de la impresión; esa no vuelve más. Luego va mi hijo y deja el mostrador solo y se va al baño a lavarse la herida, en vez de tirar en seguida para el hospital. De milagro no se desangró y tuvimos que cerrar una semana. Aunque los fantasmas pudiéramos dormir, esta noche estaría desvelado: no quiero ni pensar en la que me hará mañana.

 Diego Doro

19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

De entre todos los lugares del mundo

La guagua hizo una parada; de transición, todavía faltaba mucho para llegar a su destino. La cabina del vehículo estaba sorprendentemente vacía para aquella hora de la mañana. Tres o cuatro ronquidos como mucho, cuando lo normal era realizar el trayecto en medio de una sinfonía de albañiles marroquíes,  solos de empleadas del hogar latinas y  allegros  de seguritas del aeropuerto. Arrebujados en medio del escaso recital, junto al timbre de parada más cercano a la salida, los huesos de Darío sentían el relente del amanecer, la pereza de madrugar, el tedio de la rutina… pero también un prurito terco y extraño, una sensación de hormigueo no atribuible a las condiciones atmosféricas de aquel pesado y anodino y recurrente lunes principio de semana, sino a algo diferente, algo que  Darío no solía experimentar sobrio. Era la certeza de algo insólito a punto de ocurrirle.

Las puertas del vehículo se abrieron mientras Darío recordaba la película que había visto la noche anterior en televisión. Casablanca. Cine clásico, del que  había iluminado su  infancia y que ahora se emitía de noche, furtivo, en las comisuras de un fin de semana, en plena madrugada de un lunes no festivo. Un relleno entre tele-tiendas torpemente seductoras y el  primer parte de carreteras de la mañana, con el locutor  todavía legañoso  y con marcas de almohada en la cara.

Darío amaba el cine antiguo en blanco y negro; casi envidiaba a los aquejados de aquella variante rara del daltonismo, que,  según había leído,  por un defecto en una región  del mesen céfalo o del córtex o de por ahí, no podían percibir colores, sólo tonos de gris: esos afortunados contemplaban  la existencia  entera como una vieja película de la Warner. Una sesión continua,  privada y golfa,  con un final que se deseaba lejano y que carecía de  pausas publicitarias o carteles de “Visite nuestro bar”.

Darío volvió en sí cuando la persona que acababa de  entrar en el vehículo y de abonar su billete en metálico, “con plata” como diría Wilfred, el compañero de piso de Darío, pasó por su lado y, sin  aparentemente proponérselo, le descargó un codazo en la cara. Un negro grande, panorámico, con algunas canas, no muchas más que Darío, y vestido para celebrar algo, se disculpó vehemente.

Darío, con estrellas detrás de los ojos, le quitó importancia al sopapo y el negro se fue a sentar en la parte del fondo de la guagua, en compañía sólo de su traje de fiesta y de unos ojillos risueños y traviesos.

La sien de Darío latía.  Miró hacia atrás y vio como el negro contemplaba el alba, distraído, por la ventana. Un trabajador inmigrante, congoleño o de por ahí, pensó Darío. Aunque ese no parece el uniforme de alguien que deba levantarse a estas horas por obligación. ¿Animador cultural para turistas ancianos? Pasa por alguien del espectáculo, desde luego, pero no creo que lo obliguen a ensayar tan temprano. Y menos vestido así.

De pronto, como todas las certezas absurdas, un pensamiento saltó como una cuerda rota en la mente de Darío. Aquel negro le había recordado poderosamente a alguien desde el momento en que, todavía aturdido por el golpe, había visto su cara de disculpa flotando delante de él; pero era ahora, en la distancia relativa de la última fila, sentado como estaba y con la luz de la mañana incidiendo  en su perfil con aquel ángulo preciso, que  lo reconoció.

Era Sam.

¡Sam! El Sam que había sido testigo nada mudo del amor heroico entre Bogart y  Bergman, la noche anterior en el salón de su piso de divorciado. El  negro pianista de Casablanca, la película de los 40, estaba ahora sentado en la guagua que hacía el trayecto Las Palmas-Maspalomas, a las 6:42 de la mañana de un lunes del  siglo XXI.

Mirando cómo amanecía. En traje de fiesta.

Sam era inconfundible; Darío lo conocía desde hacía demasiado tiempo como para estar equivocado. La cara amplia y amable, enmarcada por una leve papada y la línea del pelo en retroceso, destacaba en su negrura casi gris sobre el  blanco de su chaqueta de pianista de club nocturno. Pañuelo negro en el bolsillo y pajarita a juego: puntos suspensivos sobre el cheque en blanco de su presencia en aquella isla del Atlántico, tan alejada del Marruecos hollywoodiense  que lo había visto nacer.

Darío dejó de mirarlo y se dio la vuelta hacia delante, emocionado. Contempló las filas de asientos vacíos que tenía ante sí, la mayoría ilustrados con  historias de amor y drama de patio de colegio, y al conductor de la guagua, que, como venía haciendo cada mañana desde que Darío empezara a tomar aquella línea, conducía con los ojos puestos en la carretera, pero con los oídos entregados al programa de jazz de la radio.

Sonaba un piano.

Darío pensó en su escena favorita de Casablanca. Mucha gente, los que han visto Casablanca superficialmente y sólo recuerdan generalidades de la historia, e incluso los que no la han visto, pero conocen cuatro secuencias, citan la escena  del piano en el Café de Rick.

 “Tócala otra vez, Sam”.

Darío tenía sus propias ideas al respecto y, aunque esta escena no aparecía realmente en la película y esa misma condición de ficción que nace de una ficción le daba puntos en un hipotético concurso de popularidad dentro de su cabeza, Darío prefería decantarse por otro momento.

La suya era una escena muy anterior. Pequeña y poco memorable, en absoluto carne de recopilatorio. También demasiado amarga. En la escena favorita de Darío, Bogart esperaba bajo la lluvia la llegada de Ingrid Bergman, en la estación del tren que debería sacarlos a ambos del Paris ocupado y llevarlos lejos de la guerra, de todos los obstáculos que hacían imposible su idilio. Por supuesto, el personaje de Ingrid Bergman no aparecía. Bogart se quedaba entonces rumiando amargado bajo la lluvia, solo, en la compañía de cientos de franceses aterrados (a los que no les importan los problemas de un par de personas) y de su condoliente Sam.

Los amigos y los  subalternos  fieles hacen  buena compañía en esos momentos.

Darío volvió a darse la vuelta.

No sabía exactamente por qué, pero ahora se daba cuenta de que Sam, conforme iba clareando, empezaba cada vez a parecerse menos a sí mismo. Con cada nuevo rayo de luz que sumaba colores a la mañana, aquel pianista en blanco y negro iba desdibujándose cada vez más; perdiendo los rasgos cenicientos que, unos minutos antes, habían hecho que Darío se alegrara de haberlo reconocido, como a un antiguo camarada de penurias del que hace tiempo que no se sabe nada. Delante de Darío, Sam, que seguía mirando por la ventana (ahora hurgándose de vez el cuando la nariz con el dedo) empezaba a convertirse en un pasajero más, intercambiable y nada mítico, como el propio Darío.

Finalmente, cuando ya sólo faltaba una parada para llegar a su destino, Darío pudo comprobar, con los ojos vidriosos, todo lo que Sam había dejado de ser: ya no era  negro, y mucho menos pianista. No estaba vestido con un elegante frac blanco marfil con pajarita negra y pañuelo a juego, ni existía posibilidad alguna de acercársele para pedirle un autógrafo o unas palabras de consuelo.

Darío pulsó el botón y la lucecita se encendió en el cartel de “Parada solicitada”

Diego Doro

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Monólogo de un iluso moribundo

Estoy tendido en el suelo del comedor. Roto y dolorido, como clavado en la cruz. El cura gordo me mira de vez en cuando. Suda. Tiene la calva brillante de gotas. La cuchara dorada brillaba igual esta mañana, cuando la encontré enterrada en el fango del camino, donde Él la había dejado para mí. Ahora la tiene el cura en la mano y la limpia con un pañuelo.

No se da cuenta de que lo estoy viendo. La cena me ha dejado paralizado y con fuego en las tripas, pero sigo aquí todavía.

Tengo sueño.

No me esperaba esto de un cura. Venga a mi casa esta noche y podrá comer por fin. Mi asistenta hace un asado para chuparse los dedos. Le ayudaré con su problema.

Parecía tan digno. Y tan generoso. Ahora se aferra a la cuchara que le mostré, la del diamante en el mango. ¿Es un diamante o una esmeralda? Una esmeralda: las esmeraldas son  verdes, como el ojo de la serpiente, que trae el pecado al mundo. Los diamantes no tienen color, como el agua.

Tengo mucha sed.

Estamos solos. Por lo menos yo no he visto criados, ni a nadie. Creo que lo de la asistenta era mentira. Otra más. Bien mirado, no creo que tenga tanto dinero como me pareció al principio. Me huelo que el estofado (qué bueno estaba el maldito) era precocinado.

Se me cierran los ojos.

El cura sigue frotando la cuchara. Se  para y se la acerca al rostro. Se pone debajo de la lámpara para examinarla con más luz. Me mira mal. Creo que le dejé una muesca, un bocado demasiado ansioso,  y no le hace gracia. Abre un libro y consulta algo.

Suena un timbre y el cura salta del susto. Se mueve rápido; ya no lo veo. Ay, me pisa la mano al pasar a mi lado. Se va por el pasillo, retumbando sobre la madera. Una cerradura. Varias personas entran en la casa. Hablan en voz baja, no entiendo lo que dicen. Se acercan por el pasillo. El cura les cuenta lo que ha pasado.

Loco.

Pedigüeño.

Vagabundo.

Joya.

Millones.

Cadáver.

Le contestan dos voces masculinas detrás de mí. Suenan cada vez más lejanas, aunque están a mi lado. No están seguros de qué hacer. El cura les cuenta su plan. Las dos voces masculinas aceptan a cambio de una parte. El cura les da indicaciones de lo que deben hacer y se ponen en marcha.

Una monja muy corpulenta y otra más pequeña, vieja y con bigote, se me ponen delante y me agarran por debajo de los brazos.

Mi última cena esta siendo sorprendente.

Entre los tres me levantan del suelo. No siento necesidad de defenderme (aunque tampoco podría). Me dejo hacer. La monja gigante se queja. Huelo a oveja y sudor de hombre, dice. Me llevan por el pasillo hacia la salida, casi me arrastran. Se me engancha un pie en una mesilla y tiro al suelo un retrato del cura con el Santo Padre. La papada del otro se hincha cuando el Papa da contra el suelo. La monja del bigote se ofrece a limpiar el estropicio cuando volvamos.

Cuando vuelvan.

Me sacan a la calle. Hace frío. ¿Es de noche?

Me cargan en una furgoneta y me cubren con sábanas como sudarios. Arrancamos.

Me quedo dormido.

Una presión en los tobillos me despierta. Me sacan del vehículo y me dejan sobre tierra húmeda. Un escarabajo pasa lentamente por delante de mis ojos. Huele a campo. Estamos en las afueras, en el bosque.

Me llevan por entre los árboles. Avanzamos un buen rato. Tres urracas negras y un trozo de carne muerta. El cura resopla y la monja del bigote ya jadea, desfondada, cuando llegamos a una granja.

Un corral con animales.

Cerdos.

Grandes y negros.

El cura y las monjas me desnudan. Preferiría que las monjas mirasen para otro lado. Parece que el pudor se quedó en el convento.

La monja gigante levanta mi cadáver y lo lanza sobre la valla. Los animales se asustan por el golpe.  Me hago daño en un costado.

Poco a poco se van acercando las bestias. El cura dice algo y se seca la frente con un pañuelo. La luna hace brillar la cuchara, que asoma en el bolsillo de su chaqueta.

Los tres se marchan, se dirigen  a la granja.

Alguien comenta que le ha entrado hambre.

Los cerdos están ya sobre mí. Me huelen y yo también puedo oler su aliento.

¿Seré digno o mejor se reservarán para otra ocasión?

Diego Doro

 

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

La cuchara

Un mendigo andaba por los caminos pidiendo limosna de pueblo en pueblo. Una mañana en que se encontraba con más hambre que de costumbre y no tenía fuerzas para levantar la vista del suelo, se dio cuenta de que algo brillaba enterrado a sus pies. Se agachó, casi desplomándose, y, escarbando entre el barro,  encontró una cuchara de oro, con una esmeralda engastada en el mango y unos delicados grabados por toda su superficie. Al mendigo le pareció que aquella cuchara era la cosa más hermosa que había visto jamás y la tomó por una señal de Dios, un signo de que, a partir de ese momento, su vida iba a ir mejor.

Alegre por la noticia, a pesar de que seguía hambriento, el mendigo se guardó la cuchara y siguió hacia el pueblo más cercano. Por el camino encontró un zurrón colgando de un árbol. Miró a los lados para ver si tenía dueño y, al no encontrar a nadie, lo cogió. Dentro del zurrón había pan duro, un cuenco de barro y una botella de leche casi vacía. El mendigo se sentó en una piedra. Desmenuzó el pan y lo echó en el cuenco. Luego echó por encima la leche, como había visto hacer a muchos pastores, y sacó la cuchara, dispuesto a usarla para dar cuenta de su desayuno. Cuando casi había hundido la cuchara en la mezcla, se detuvo.

-Este desayuno no es digno de una cuchara así -dijo-. Mejor la reservo para otra ocasión.

Entonces, el mendigo dejó su desayuno para las hormigas y guardó otra vez la cuchara. Aún sin haber saciado su apetito, siguió su camino cantando de felicidad, y llegó al pueblo a mediodía. Allí, como hacía siempre, se dirigió al mercado y se apostó a las puertas, con la mano extendida y cara de pena. Su fingimiento no se le dio mal, porque, al rato de estar allí, había reunido una buena cantidad de monedas.

Con su nuevo capital, el mendigo se dirigió a la fonda del pueblo y pidió de comer. Tras sentarse, el mendigo rebuscó entre sus ropas y sacó la cuchara de oro. Miró a su alrededor y vio  a las gentes del pueblo disfrutando de su almuerzo antes de volver al trabajo. Finalmente llegó la comida: ante él tenía un  humeante potaje, una porción mediana de queso y una botella de  tintorro.  Famélico por no haber comido en todo el día, el mendigo empuñó la cuchara con avidez, pero, en el último momento, se detuvo.

-Este almuerzo no es digno de una cuchara así. Mejor la reservo para otra ocasión.

El mendigo salió de la fonda sin haber tocado el almuerzo que había pagado. El hambre hacía que le dolieran las tripas, pero se sentía obligado a estrenar  la cuchara con un manjar que estuviera a su altura. Al pasar por delante de la iglesia, el mendigo decidió entrar para pedir consejo. Al rato de estar sentado en uno de los bancos de la iglesia, salió de la sacristía un sacerdote, muy gordo y vestido con una sotana de rico paño, y se le acercó, tapándose la nariz con asco y agitando un bastón.

-¿Pero quién le da permiso para estar aquí? ¿No sabe que esta es la casa de Dios? Márchese, márchese, y no moleste a la buena gente.

El mendigo se disculpó y  sacó la cuchara. Le explicó  al sacerdote lo que le había pasado desde que la encontrara y cómo no iba a usarla hasta que encontrara una comida digna de un regalo tan especial. El sacerdote, sorprendido, tomó la cuchara entre sus manos, como sopesándola. Le dio entonces la enhorabuena al mendigo y se ofreció, como persona culta y entendida en asuntos de Iglesia, a proporcionarle un alimento que complaciera a Dios.

Esa noche, el sacerdote recibió al mendigo en su caserón. Lo guió por los pasillos hasta el  comedor y allí lo sentó en el lugar preferente de la mesa, mientras él desaparecía en dirección a la cocina. Al rato volvió cargado con una olla enorme; la dejó sobre la mesa delante del mendigo y le sacó la tapa. El caldero contenía un suculento  estofado, con carne, patatas y verduras de las mejores huertas de la comarca. El  poderoso aroma del guiso hizo que al mendigo le diera vueltas la cabeza y  el estómago le rugiera de anticipación. El mendigo sacó la cuchara y, titubeante, con miedo de que le dijera que no, preguntó al cura:

-¿Esta cena es digna de una cuchara así o mejor la reservo para otra ocasión?

El sacerdote, sonriente, le dijo que la cena era digna de la cuchara  y que podía comer cuanto quisiese. Entonces, el mendigo, cuchara en mano, se abalanzó sobre el caldero y empezó a devorar su contenido, mientras el sacerdote lo miraba sonriente y satisfecho.  El mendigo se  sentía muy feliz de haber encontrado por fin una comida a la altura de la cuchara. Al rato de estar comiendo,  el mendigo notó que, a pesar de estar  ya casi lleno, no se le había pasado el dolor de barriga que llevaba arrastrando todo el día. Parecía incluso que, cuanto más comía, más desgarrador se volvía el suplicio de su estómago. Finalmente tuvo que dejar de comer y cayó al suelo, doblado sobre sí mismo  y con las manos en la tripa.

Entre retortijones y fiebre,  vio cómo el sacerdote, que lo miraba con expectación, recogía la cuchara, que había caído al suelo, y la limpiaba cuidadosamente con un pañuelo.

Mientras la habitación se volvía oscura y fría, el mendigo pensó en que, si salía de aquella, iba a empezar a desconfiar de  los sacerdotes.

O, por lo menos, de su gusto para la cocina.

 Diego Doro

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios