Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Trilogía de la verruga

 Maestro  de  verrugas

Érase una  vez un hombre unido a una verruga, sellaba su rostro una excrecencia  enorme y deforme como la isla de Madagascar. Instalada en su mejilla izquierda, la erupción tuvo que aguantar durante años besos equivocados, miradas contemplativas y humos de cigarrillos que de alguna forma trataban de cocerla poco a poco hasta que se fuera.

Señor de la paciencia, el pobre Juan Ramón tuvo que aguantar resignado su textura rugosa, la afición a su carne, sus eternos silencios y sobre todo su fijación obsesiva a no quererse ir por las buenas. Fruto de eventuales rascadas, fluía de la misma una ínfima cantidad de sangre.

Premio a su paciencia, cuando se operó y la verruga se fue, dejó en su rostro una leve mácula en forma de cicatriz en cuyo surco ya sólo cabe una lágrima. Expulsarla de su rostro no era sino una forma existencial de enseñarle que allí no tenía por qué estar y que a sus futuras compañeras les haría lo mismo.

Ahora, cuando lo veo, echo de menos la verruga, al mismo tiempo que veo cómo la leve cicatriz se curva en su templada mejilla cuando sonríe. Como solemne acto de memoria histórica, si le voy a coger el moflete, le cojo el de la otra mejilla por si acaso se mosquee.

 

Historia de la paciencia

Hola, yo soy “el de la verruga”. Me empezó a salir a los 16 años y me la vine a operar a los 46 para quitármela; fue hace un año. Lo que me salió en la cara se opera fácil; ya no es ciencia, es paciencia para que me den cita con el cirujano en la Seguridad Social. Sí, lo digo porque me decidí a quitármela a los 43 por miedo a que fuera maligna y se fuera a reproducir de nuevo. La verdad es que antes ligaba más, porque la gente se me acercaba para mirarla: actuaba como una especia de reclamo social. Cuando hablo con Fran me comenta que quiere escribir algo sobre mi historia y me parece bien. La verdad es que estaba harto de hurgármela, coño. A ver si me sacan de una vez en un programa de Televisión Canaria.

 

Ella también habla

Hola, yo soy eternamente silente, microorgánica, lenta en aparecer y mucho más en marcharme. También soy discreta pero tengo el gran defecto de mi horrorosa fealdad. Me genera un virus que me hace transitar de las pieles de unas personas a las de otras. Prefiero ubicarme en las caras, para ser más conocida. Además así, por pequeña que sea, me entero de posibles secretos de Estado si estoy en la cara de algún político.

Sinceramente, cuando me instalé en la cara de Juan Ramón pequé de indiscreción, porque era enorme. A veces menstruaba cuando él me rascaba, pero eran flujos leves en cantidad y de un rojo claro que apenas se notaba.

Al final acabé haciendo la promoción de unos anticonceptivos de producción masiva. Véase:  preservativos “La verruga”, ni se encogen ni se arrugan.

 

Epílogo

¡Y yo Señor Todopoderoso, os mando verrugas para que es entretengáis, para medir vuestra paciencia!  ¡En un acto de benevolencia ya no os mando la peste o el SIDA, ahora esto para que os cojáis la vida con más Filosofía!  Entretanto me voy  pensando lo que os mandaré más tarde, no sé, no sé yo…

José Francisco Costa Medina  [Fran Smith]

24 enero 2011 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Malasangre / Malasangre 2

Malasangre

Querida Esther:

Como te conté en mi última carta, fue toda una sorpresa recibir aquella maravillosa mansión de aquel multimillonario desconocido y que todo estaba yendo de maravilla a pesar del mal carácter del sirviente.

Después de más de un año viviendo en la casa, nuestra relación con el sirviente se ha vuelto insoportable. Este malnacido se ha propuesto hacernos la vida imposible, no deja de molestarnos continuamente y de hacer el holgazán todo el tiempo. Tu hermano Nataniel, hace unas semanas, se propuso despedirlo, pero el sirviente, al que hemos apodado Malasangre, se burló en su cara, diciéndole que eso era imposible, porque él venía con el paquete. Tuve que utilizar todo mi poder de convencimiento para que Nataniel no lo apaleara allí mismo. No comprendemos por qué se comporta de esa manera; es vil, mal educado y algo siniestro.

La semana pasada fuimos a la ciudad a hablar con el albacea, para confirmar lo que nos había dicho el sirviente y este nos ratificó lo que ese bastardo nos había dicho y que la única forma de deshacernos de él era marchándonos o con su muerte.

Ese mismo día decidimos ir al mercadillo de la ciudad. Tu hermano se detuvo en un puesto de libros de segunda mano —sabes que siempre le ha gustado leer— y entabló una agradable conversión con el puestero. Él nos preguntó dónde vivíamos y le dijimos que en la gran casa a las afueras de ciudad, en una de las orillas del río Tres Gargantas. El librero nos dijo que esa mansión había pertenecido al viejo Rogelio Piernavieja, el hombre más rico de la ciudad y un tipo huraño y solitario que hacía más de un año había desaparecido de la faz de la tierra sin dejar rastro. Nosotros le dijimos que no lo conocíamos y que un señor muy rico, nos había dejado la mansión en herencia. Tu hermano, todavía no sé porqué, le preguntó si había alguna fotografía del señor Piernavieja. El librero, con una pequeña sonrisa, nos dijo que lo siguiéramos y nos llevó en dirección al mayor banco de la ciudad. Cuando entramos, nos dirigimos hacia una de las amplias paredes del salón principal, en la que había un retrato inmenso del señor Piernavieja, que no era otro que el maldito sirviente, Malasangre.

Nos miramos preguntándonos que era lo que estaba ocurriendo. No entendíamos nada. Nos despedimos del librero atropelladamente y volvimos a la casa a buscar las respuestas a nuestras preguntas. Al llegar, encontramos al sirviente sentado en el comedor, vestido como si fuera un duque, bebiendo un buen vino y dando cuenta de un maravilloso pavo al horno. Nataniel le preguntó, con vehemencia, por qué se había hecho pasar por un sirviente, cuando era un hombre rico y poderoso. Él nos contestó que había llegado un punto en su vida en que todo le parecía tedioso, que necesitaba tener nuevas aventuras y que le parecía una extraordinaria experiencia hacerse pasar por un andrajoso sirviente que atormentara a unos pobres y desconocidos herederos. Pero nos dijo que el juego ya había acabado, que ahora él volvería a ser la persona que había sido y que nosotros tendríamos que volver a ser unos mugrientos desconocidos. Le gritamos que había un testamento en el que se decía que la casa era nuestra pero él se burló de nosotros a mandíbula batiente. Nos dijo que estaba vivito y coleando, que iría a la ciudad y revocaría el testamento. Sus carcajadas retumbaban en todo el salón, haciendo que su burla fuera más hiriente. Jamás había visto llorar a tu hermano Nataniel. No sé si de rabia o tristeza. Malasangre seguía comiendo y riéndose, hasta que su risa se tornó en una tos leve. Luego la tos se agudizó y comenzó a ponerse rojo como un tomate. Nos percatamos de que no podía respirar: se había atragantado con un trozo de pavo. Observamos cómo la vida se le escapaba sin remedio. Los labios se le volvieron morados y gesticulaba suplicando ayuda, con los ojos inyectados en sangre. Al final hundió su rostro en el maravilloso pavo asado, sin un aliento de vida, llevándose consigo todas sus miserias.

Podíamos haberle ayudado, pero eso hubiera sido desvirtuar su macabro juego.

Llamamos a los servicios de urgencia, pero nada pudieron hacer por su vida. En las horas siguientes, se presentó un inspector de la policía, un tal Aquiles Barrientos, que nos hizo algunas preguntas sobre cómo había acontecido la muerte de señor Piernavieja. Hoy mismo, el inspector nos ha llamado para comunicarnos que la autopsia ha confirmado que la víctima había muerto a causa de atragantamiento y que podíamos estar tranquilos.

Ahora, querida Esther, estamos pensando en vender la mansión, trasladarnos al pueblo de tus padres, vivir en una confortable casa, con un pequeño huerto que cultivaremos y tener una cuantiosa cuenta corriente en el banco del señor Rogelio Piernavieja.

Esperamos con impaciencia que nos hagas una visita.

Se despide, tu querida cuñada Ana Rosa.       

Malasangre

El inspector Aquiles Barrientos llegó a la mansión del señor Rogelio Piernavieja pasadas las tres de la tarde. Al llegar se encontró con los sanitarios recogiendo el material que habían utilizado para intentar reanimar a la víctima. Ahora estaban esperando a que llegara el juez de guardia para poder levantar el cadáver y llevarlo al anatómico forense para hacerle la autopsia.

Aquiles Barrientos sacó su pequeño bloc de notas, se dirigió hacia el sofá donde estaba sentado el matrimonio joven que vivía en la casa hacía más de un año y les dijo:

—Soy el inspector Aquiles Barrientos y me han encargado que realice las primeras pesquisas sobre este caso. ¿Cómo se llaman?

—Yo me llamo Nataniel y mi mujer Ana Rosa —le contestó con voz seria el joven.

—¿Ustedes conocían a la víctima?

—Sí, se podría decir que era nuestro sirviente.

—¿Se podría decir? —preguntó el inspector.

—A ver por dónde empiezo…

—Por el principio, empiece por el principio que es por donde se suele empezar, porque el final ya lo conocemos.

—Pues bien, hace aproximadamente más de un año recibimos una notificación de un abogado de la ciudad que decía ser el albacea de una persona millonaria y que nos había dejado una gran mansión en herencia. Nosotros, que somos un matrimonio pobre, recibimos la noticia con mucha alegría pero también con incredulidad y no le dimos mayor importancia. Pero el albacea se presentó, una semana después, en nuestro humilde hogar con el testamento. Le dijimos que todo eso nos parecía extraño y que seguro que se debía a alguna equivocación. Sin embargo, él nos confirmó y nos convenció de que no se trataba de ningún error, que todo estaba en regla. Así que, sin pensarlo más, nos dirigimos a la mansión que habíamos heredado. El abogado nos dijo que al llegar nos recibiría un sirviente que llevaba muchos años empleado en la mansión.

—Parece una historia extraña, muy extraña, porque ¿quién deja en herencia una gran estancia a una pareja desconocida?, pero continúe, continúe —le dijo el inspector.

—Al ver la mansión quedamos impresionados, pero nos encontramos con un problema: el sirviente tenía un carácter muy difícil y era un vago. En más de una ocasión le llamé la atención porque no hacía sus labores y tenía un comportamiento intolerable. Un día me hizo perder los papeles y lo amenacé con despedirlo. Pero se burló de mí y me dijo que yo no podía hacer eso porque él venía con el paquete. Sin pensarlo más, nos dirigimos hacia la ciudad para hablar con el albacea, para corroborar lo que nos había dicho el sirviente. El abogado nos dijo que no podíamos despedirlo porque esa era la única condición que se establecía en el testamento y si lo despedíamos perderíamos lo heredado. Salimos del despacho decepcionados. Antes de volver a casa, decidí pasar por el mercadillo para ver si veíamos alguna oferta interesante. Me detuve en un puesto de libros y estuve hablando un rato con el librero que nos preguntó dónde vivíamos. Le dije dónde y me informó que esa mansión pertenecía al señor Rogelio Piernavieja, que era el hombre más rico de la ciudad, pero que tenía fama de huraño y solitario y que hacía más de un año había desaparecido de la faz de la tierra. No sé muy bien por qué, le pregunté si había alguna fotografía del señor Piernavieja y me dijo que sí. Nos condujo al banco más importante de la ciudad y en una de las paredes del salón principal, había un gran retrato del señor Rogelio Piernavieja que no era otro que nuestro sirviente.

—¡¿El sirviente?! —preguntó con un grito el inspector Aquiles Barrientos.

—Sí, el sirviente, señor, el sirviente. Salimos del banco como alma que lleva el diablo, en dirección a nuestra mansión, para que ese bastardo nos diera una explicación, porque no entendíamos nada. Al entrar nos lo encontramos en el comedor, sentado, vestido con sus mejores galas y comiendo un estupendo pavo asado. Le pregunté por qué nos había engañado haciéndose pasar por un sirviente, sabiendo que era un señor muy rico. Él se burló en nuestras narices, diciéndonos que la vida de rico era muy tediosa y que quería vivir nuevas experiencias y aventuras, pero que el juego ya había acabado.

—¿El juego?

—Sí, como lo oye, para él todo había sido un juego. Entonces siguió riéndose a carcajadas hasta que empezó a toser levemente. Yo no pude contener las lágrimas de rabia y de impotencia. Pero luego la tos se agudizó y comenzó a ponerse rojo como un tomate. Nos percatamos de que no podía respirar; se había atragantado con un trozo de pavo. Los labios se le volvieron morados y gesticulaba suplicando ayuda, con los ojos inyectados en sangre. Al final hundió su rostro en el pavo asado sin un aliento de vida.

—¿Y no hicieron nada por socorrerlo? —preguntó el inspector.

—Lo pensamos, pero no sabíamos cómo ayudarlo —mintió Nataniel.

—¿No conocen la maniobra de Heimlich?

—¿Heimlich? ¿Quién es ese? —preguntó Ana Rosa.

El inspector pensó en explicársela, porque esa técnica había salvado muchas vidas, pero se dijo que ahora no tenía tiempo.

—Entonces, muerto el sirviente, es decir, el señor Piernavieja, ustedes se quedan con la mansión —argumentó el inspector.

—Sí, se cumple con lo que estaba estipulado en el testamento —volvió a intervenir Ana Rosa.

—Su muerte les ha venido como anillo al dedo… —les dijo el inspector pensando que tenían motivo y oportunidad para haber planeado su asesinato.

—Muerto el perro, se acabó la rabia —le contestó Nataniel.

En ese momento hizo acto de presencia el juez de guardia, que entró acompañado por el secretario y dos policías. El inspector siguió con la mirada los pasos del juez y le dijo a la pareja:

—Ahora tengo que dejarlos, he de hablar con el juez. En principio, la cosa parece clara, aunque al ser ustedes herederos directos —hizo una pausa pensando en la posibilidad de un envenenamiento— puede haber alguna complicación. Todo dependerá de los resultados de la autopsia. Ya les llamaré con cualquier novedad que haya sobre el caso.

El inspector se alejó de la pareja y se dirigió hacia el lugar en el que estaba el juez. Nataniel y Ana Rosa se miraron y sonrieron porque sabían que el futuro era prometedor.

A la semana siguiente, el inspector Aquiles Barrientos llamó a la joven pareja para comunicarles que el forense había dictaminado que el señor Piernavieja había muerto a causa de un ahogamiento, debido a que un trozo de carne le había obstruido la traquea.

Nataniel y Ana Rosa hablaron de vender la mansión, de irse a vivir al pueblo de los padres de Nataniel, de comprar una casa con un huerto y el dinero sobrante, invertirlo en una cuenta de alto rendimiento en el banco del señor Rogelio Piernavieja.

Moisés Morán Vega

16 enero 2011 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Ley

Ley Orgánica 6/1963, de 21 de julio, de los Conflictos en los Autobuses (CA).

 

Artículo 1. Objetivos de la ley.

 

La presente Ley Orgánica tiene por objeto garantizar y proteger, en lo que respecta al tratamiento de los tratos personales, las libertades públicas y los derechos fundamentales de las personas físicas en las líneas de autobuses S todos los mediodías.

 

Articulo 2. Ámbito de aplicación. 

 

La presente Ley Orgánica será de  aplicación en los siguientes casos>

 

a. Cuando un hombre cuellilargo llevando un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de cinta se encuentre de pie en el autobús frente a otro señor.

 

b. En el supuesto de que estos dos individuos inicien una discusión que pueda desembocar en una agresión física o psicológica.

 

c. Cuando el individuo de alargado cuello interpele a su prójimo pisando su pie cada vez que suben o bajan pasajeros del autobús.

 

d. En el momento que el impertinente individuo se apodere inmediatamente de un asiento que quede libre.

 

La presente Ley Orgánica no será de aplicación en los siguientes casos>

 

a. Cuando un tercer individuo que ha presenciado el conflicto vea al agresor dos horas más tarde en la estación de Saint/Lazare.

 

b. Si este individuo se encuentra conversando con un amigo suyo en la susodicha estación.

 

c. Si el amigo con el que se encuentra el individuo cuellilargo le está aconsejando que se añada  un botón al escote del abrigo.

 

 

Artículo 3. Disposiciones finales.

 

Disposición final primera. Título competencial.

Este real decreto se dicta al amparo de lo dispuesto en el artículo 149.1.2. ª De la Constitución Española que atribuye al Estado las competencias en materia de trato entre personas en las líneas de autobuses S.

 

Disposición final segunda. Habilitación para el desarrollo reglamentario.

Se autoriza a los Ministros de Asuntos Sociales entre Seres Humanos para el Desarrollo de la Amistad para dictar las normas necesarias para el desarrollo y ejecución de este real decreto.

 

Disposición final tercera. Entrada en vigor.

El presente real decreto entrará en vigor el día siguiente al de su publicación en el «Boletín Oficial del Estado».

 

Dado en Paris, el 18 de diciembre de 1963.

Charles de Gaulle

Cristina Velázquez López

23 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Una carta airada

Esto nunca ocurrió, espero.

 Mi desde ahora denostado G. P.:

Lo vi a usted en un autobús de línea. El S, creo recordar. Recuerdo también su actitud vergonzante y su comportamiento inadecuado al descubrir mi presencia entre los pasajeros. No ha dejado usted de ser ese alumno osado y malcriado que machacaba a Comte y a Durkheim, y trastocaba absurdamente el mundo para adaptarlo a su modo miope de mirar las cosas. Nunca reparó entonces en lo importante y no lo hace ahora. Algunos -y usted es uno de ellos- llaman imaginación a su incapacidad para entender la vida, para disociar lo necesario de lo trivial. Cuando me acusó de empujarlo, me sentí profundamente molesto. Si no hubiera sido por mí, le recuerdo con ánimo de sonrojarle, seguiría usted haciendo crucigramas para Le Point. Y si quienes dicen leerle, realmente le leyeran o por lo menos fueran algo más instruidos, habrían como yo descubierto que sus saltos de caballo dejan demasiadas casillas en blanco. No se tratará más bien de una de esas rutas de muestreo que tan mal le enseñaron –o aprendió- en la asignatura de “Técnicas de Investigación Social I”. No, no entiendo ni justifico su actitud. Además, deje de presumir de sus orígenes, resultan inequívocos: ningún gentil tendría la arrogancia de ir por ahí sin un botón en el abrigo.

Se despide desatentamente y esperando no volver a verlo a usted en ningún autobús, ni en el metro, ni en un libro, este que fue su amigo,

R. Q.

Angélica González Gopar

23 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Crítica literaria

 

 

Crítica A

El breve relato que ha publicado recientemente el escritor Z, es uno de los más insulsos y faltos de contenido que he leído, no en los últimos días, no, me atrevería a decir que en los últimos años. Es más, afirmo con toda certeza: es el peor relato con el que me he tropezado en mi vida, y créanme, por suerte o por desgracia, me he dado de cara con muchos.

Para quien tenga la fortuna de no haberlo leído y para que no se molesten en hacerlo, les haré, queridos lectores, una pequeña sinapsis, quiero decir, sinopsis; quizás he dicho bien: sinapsis, pues para resumir semejante bodrio, se requiere un auténtico ejercicio neuronal. En fin, el relato viene a narrarnos lo siguiente:

En una guagua, durante una hora punta, un individuo que aparenta cierta excentricidad por su forma de vestir: sombrero de fieltro con un cordón en lugar de cinta, y un abrigo al que le falta un botón, se enfada con otro individuo y lo acusa de que le ha estado empujando cada vez que pasa alguien.

Queridos y fieles lectores, ustedes se preguntarán ahora: «Bueno, ¿y qué más?» Pues poco más. El individuo excéntrico se encuentra, en la estación de Saint Lazare, dos horas más tarde, con un tercero, que le dice: «Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo». ¡Eso es todo amigos! Cómo han podido comprobar, hoy cualquiera pude escribir de cualquier cosa.

Por Adán Expósito

Crítica B

El último relato con que nos deleita el autor Z, en su serie narrativa Siempre falta algo, representa el paradigma del relato surrealista y, por metonimia, el mismo Surrealismo. Con escasos elementos, nos acerca a una situación desconcertante entre dos individuos que no se conocen y coinciden en un mismo lugar a la misma hora. Una combinación espaciotemporal que casi nos aproxima a la mecánica cuántica. Combina una sencilla sintaxis y un léxico cotidiano con una situación críptica, incluso me atrevería decir que hermética.

El relato describe una serie de situaciones sin aportar soluciones, para trasladarse posteriormente a un mundo incomprensible de dudas y perplejidades.

Los elementos simbólicos pueden pasar desapercibidos si no nos acercamos a la historia con atención. Analicemos sus elementos con minuciosidad y rigor:

Dos individuos suben en una hora punta, a un mismo autobús de la línea S.

He aquí el primer punto susceptible de análisis. El autor podía haber utilizado otra letra u otro número, pero escoge la letra S no por casualidad, es obvio que está haciendo una referencia al nazismo, pero para ser más exactos, a un nazismo ya fragmentado, pues utiliza la mitad de un elemento simbólico tan arraigado en el inconsciente colectivo como son las dos “eses” del cuerpo de élite hitleriano. Uno de estos individuos que coincide en el autobús lleva un sombrero de fieltro adornado con una cuerda. Este hombre, que representa la clave de todo el episodio, al final del trayecto, insulta al otro hombre que está junto a él, y le reprocha que lo ha estado empujado cada vez que alguien ha pasado a su lado. ¿Por qué aguardó hasta el final para hacer estos reproches? En una escena posterior: Dos horas más tarde, aparece de nuevo el individuo del sombrero donde un tercer personaje, vestido de forma elegante, le indica que le falta un botón a su abrigo y debería ponérselo. Es importante saber cómo el autor nos informa de un modo sutil del carácter descuidado del personaje protagonista. ¿Se han preguntado ustedes dónde pudo perder el botón del abrigo? En fin, el relato es tan rico en matices que cada lector hará su propia lectura y extraerá sus propias conclusiones.

Por Eva Casado

Mercedes Arocha

22 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El jacinto azul

La  puerta está a punto de cerrarse, pero  interrumpes el proceso con el pie. Tu calzado es impecable, negro, pulido, brillante.  El ascensor, como si le hubieras dado una orden, abre sus puertas de nuevo. Te introduces  en él de una manera apresurada sin tener en cuenta a quienes están dentro. Pides disculpas de inmediato. Al parecer, nadie te  ha escuchado. Uno de tus brazos estuvo a punto de ser pillado por la pinza gigante. Contemplas tu jacinto azul. Miras al frente. El espejo te devuelve la imagen de un hombre despeinado.  Disimulas, como si no la vieras, porque en realidad, te sientes observado por los ocupantes. Has convertido su futuro perfecto inmediato, en un futuro imperfecto prospectivo. Verticales y circunspectos, todos esperaban  con anhelo iniciar su despegue tortuoso en el asfixiante y hermético prisma metálico, hasta que  irrumpiste tú, e interrumpiste la trayectoria ascendente de sus vidas. Todos,  con cara de fastidio, de  forma unívoca  y coral  habían pensado: “ya va quedando  menos para llegar a casa”. Los números  iluminados se  apagarán a medida que el ascensor llega a su rellano. Al fin  se aflojarán el nudo de sus  corbatas de seda,  arrastrarán  sus pies apretujados calzados con los tacones de aguja, o con los yanko de piel de cocodrilo. Pero todos, absolutamente todos, relajarán con discreción sus esfínteres anales  comprimidos mientras deambulan hacia sus puertas. A mí me ha compensado tu interrupción. Poder  observar tu aspecto  en el espejo merece la pena: rostro pensativo, anhelante, y una mano pálida que sale de una de las mangas de tu chaqueta azul marina con ese jacinto fresco, también azul, fragante, que  ha eclipsado los ya ajados  armanis, pacos rabanes y chaneles, mientras  tu mano libre busca ansiosa  el botón con la letra  “A”. Te la noto temblorosa.  Tu aspecto te delata. Es obvio: acudes a una cita. Vas a encontrarte con la joven solitaria del ático. Ahora intento observarte con mayor atención  a través del espejo. Nadie, hasta hoy, había visitado a mi discreta vecina. Tus pensamientos parecen aflorar a tu rostro. Pestañeas. Te miras en el espejo y alisas tu pelo. Noto un discreto aleteo nasal, tuerces hacia la izquierda la comisura de tus labios delgados. Relajas el maxilar inferior y asoman las coronas de tus dientes blancos. Debes de estar imaginando algo agradable, pues esbozas una discreta sonrisa. Pestañeas  de nuevo con rapidez.  Pasas los dedos  índice y anular alrededor de tus labios, como si los besaras ¿Quizás pienses en tu encuentro amoroso? Cambias el gesto. Frunces el ceño. Ya no te  puedo observar. Me bajo en el sexto,  tu continúas un piso más. Mientras abro la puerta, oigo el ruido del ascensor.  Parece que desciende de nuevo. Te observo  a través de los visillos de mi ventana abandonar el portal con el jacinto azul en la mano. No has llegado a tu destino, sin embargo, oigo el traqueteo  de los  tacones de mi vecina en el ático.

Mercedes Arocha

9 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Cadáver exquisito

En la sesión del 15 de diciembre, dedicada a algunos juegos literarios de inspiración surrealista y potencial (S+7, literatura definicional, lipograma, etc.), los participantes en esta Segunda Edición de la Factoría de Ficciones en la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas de Gran Canaria elaboraron un cadáver exquisito, que ha sido transcrito por el compañero Juan Carlos González, quien me lo remite tras haberse recuperado de su pérdida de dioptrías después de haber descrifrado la letra de una veintena de personas. Como ya sabrán quienes hayan hecho los deberes, las primeras líneas corresponden a un fragmento de Crimen, de Agustín Espinosa.

 

Sentía una ternura que me llevaba a acariciar todas las cosas: lomos de libros, filos de navajas, hocicos de gato, rizos de pubis, prismas de hielo, cucarachas mohosas, lenguas de perro y pieles de marta, gusaneras y bolas de un material maravilloso. Las personas que estaban en el bar se quedaron sorprendidas y se preguntaron qué hacía esa mujer allí. Su aspecto era tan romántico como el de una barra de aluminio sujetando un cartel, posiblemente iba a comprar lechugas, pues la bolsa que llevaba era verde aunque a veces no tiene en cuenta las combinaciones y sale a la calle con lo mejor que tiene y las zapatillas mojadas por la lluvia y se le metía el agua por los agujeros que tenían en las suelas y el pobre se sentó en mitad de la plaza llena de jueves riéndose y no supo qué contestarles. Así que les prestó su estómago para digerir las tijeras. Esas tijeras que cortaron las profundas entrañas del animal sacaron a la luz el gran misterio en el que andábamos investigando pero lo importante es que sepamos que las cosas son difíciles porque no nos atrevemos a vivirlas quizá si primero supiéramos pensarlas, imaginarlas, amarlas, sentirlas como algo feliz y acogedor, algo tierno y amable, algo posible. Sólo contigo lo conseguiré y llegaremos a volar por la fantasía del amor, dándonos sustos y caídas, pero levantándonos juntos. El comienzo fue muy bueno, pero ahora el estado en que se encuentran las cosas me siento muy desconcertada. Me temo que las cosas ya no volverán a ser como antes.

Malditas fiestas, y maldita Navidad, porque nos obliga a ser felices, a tener que mirar a los niños del tercer mundo como si sólo estuvieran en diciembre.

Caminar sobre la arena persiguiendo unas voces escuchadas, que no cesan de buscar los pocos brotes verdes en millas a la redonda, en un universo lejano, velado a sus ojos; un universo sin hadas ni sirenas, delatado por la luz crepuscular.

7 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , , , | 1 comentario

Mi amigo Hans

En más de una ocasión estuve tentado de contártelo, pero al mismo tiempo me parecía tan absurdo que decidía olvidarlo para evitar que te rieras de mí. La primera vez fue sólo su sonrisa burlona mientras se mofaba de mis pintas de empollón regordete en el colegio. Evidentemente, me hizo mucha gracia recordar aquel sueño por la mañana. Habían pasado tantos años desde entonces que apenas me acordaba de que en algún momento lo llegué a ver como un niño odioso. Además, después de todo, probablemente por aquellas burlas empezó nuestra amistad. La relación entre Hans y yo no fue cualquier cosa, él siempre se ha encargado de apoyarme, de protegerme… Siempre ha sido un amigo incondicional. En algún momento llegué a pensar que tampoco tenía que ocuparse de alejar al resto de los chicos, pero su aprecio era tan grande que pude entender que me quisiera sólo para él. Cuando apareciste tú la cosa cambió; eras la chica de mis sueños, y en cuanto le conté que me moría por tus huesos se las ingenió para acercarnos. Después vino aquel sueño: mi hermano era atropellado por un camión en medio de la noche, en una zona donde no había tránsito peatonal. Nunca supe que hacía Robert andando a las tres de la madrugada por la autovía. Robert era el que siempre daba la cara por mí ante situaciones complicadas. A Hans nunca le cayó bien, decía que se las daba de héroe… En realidad nunca terminaron de gustarse. También hubo una época en que soñaba con mis padres, siempre la misma escena. Ellos venían a casa sólo por los cumpleaños y por las navidades. Aquella víspera de cumpleaños la había vivido casi todas las noches durante los últimos once meses. Me asaltaba la escena de la explosión de la bútsir cada vez con más frecuencia, aunque no le prestaba atención, ya que ellos no usaban cocina de gas desde hacía años. No he podido asimilarlo, fue una tragedia que, tal vez, pude haber evitado. Podían haber venido una semana antes del apagón. A partir de aquel momento empecé a relacionar ciertas ideas. Cada vez que sentía una emoción intensa con alguien me iba a la cama con el trasteo y terminaba soñando. La última conversación que tuve con mi madre fue bastante molesta, aunque daba por sentado que todo quedaría en el olvido. Pero daba la casualidad de que Hans siempre estaba allí, a mi lado, y al poco tiempo aquella persona con la que me había disgustado desaparecía tal y como yo lo había soñado. También ocurrió cuando mi gato apareció envenenado el día después de haberme enfadado con él porque se había comido el jamón que tenía en la mesa para hacerme el bocadillo. Y con mi loro, mi amigo Fran… Pero al mismo tiempo me decía que debía ser una paranoia. Hans ha sido siempre mi mejor amigo. Él siempre decía que su misión era hacer realidad mis sueños. Por eso aquella anoche me hice, al acostarme, el firme propósito de soñar con Hans.

Pepa Marrero

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Inquilino

¿Qué ocurrió?

El 10 de diciembre de 1980 Pilar y Antonio, recibieron una maravillosa noticia: acomodado empresario Mateo Lavini les había dejado una casa en herencia. Al día siguiente de haberles dado la noticia, acudieron, extrañados y con lo puesto, a la casa.

¿Había alguien en la casa?

En efecto, había un extraño hombre de mirada inquietante, encorvado y desdentado. Les abrió la puerta chirriante y les invitó a pasar, mientras les indicaba que él era el sirviente. La casa era enorme y ellos le preguntaron por qué se la habían dado precisamente a ellos.

¿Qué respondió el sirviente?

Les dijo que en aquella elección habían jugado la piedad y el azar.

¿Qué pasó en los días venideros?

Aquel singular sirviente no les dejaba solos en ningún momento y los nuevos propietarios ya empezaban a extrañarse. Una noche la pareja se levantó sobresaltada de la cama al ver a los pies de ésta al sirviente, observándolos. En ese momento, decidieron expulsarle de la casa.

¿Se marchó?

En absoluto. Y ante esta amenaza, él los incordió más. Ellos le exigían que se marchase pero él se negaba en rotundo. Y se defendía diciendo que era un pobre sirviente y que no tendría dónde caerse muerto si lo echaban. Un día, la pareja amenazó con llamar a la policía si no se iba. Entonces el viejo esbozó una sonrisa macabra y les confesó algo con lo que ellos nunca hubiesen podido luchar.

¿Qué dijo?

Que nunca se marcharía de allí por la sencilla razón de que él era el dueño de la casa.

Cristina Velázquez López

23 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

EL DÍA EN QUE SE DESBORDÓ EL MOLDAVA

¿Qué hacía Óscar Pech en el Puente de Carlos con un muerto colgándole del brazo derecho y un pedazo de lápida en la mano izquierda?

Estaba allí para deshacerse del muerto. Pensaba tirarlo al Moldava, pero era más pesado de lo que le había parecido. Seguía agarrando el pedazo de lápida, paralizado por el pánico.

¿Por qué llevaba un muerto del brazo?

Pech llevaba a un hombre muerto colgado del brazo porque acababa de matarlo en un callejón estrecho situado en algún lugar entre la Sinagoga Pinkas y el antiguo cementerio judío.

¿Quién era el muerto?

Pech no conocía con certeza su identidad. Había varias posibilidades. Puede que se tratara de un criminal, o un obrero de la construcción. Pudiera ser, incluso, fuera sencillamente de alguien que se le había acercado a pedirle fuego, o a advertirlo de que estaban a punto de cerrar el cementerio. Pech no hablaba checo, no pudo entender lo que quiera que el hombre le dijera.

¿De dónde había salido el trozo de lápida?

El trozo de lápida había salido de una lápida, obviamente. Del cementerio judío para ser precisos y para precisar aún más, de un amontonamiento del lado este que compartía espacio con ladrillos, bolsas de cemento y herramientas de albañilería. Se trataba de una fracción relativamente pequeña, pero bastante pesada, una esquina desprendida del cuerpo de mármol a causa de los malos tratos sufridos en traslados sucesivos, del desprecio de su hacinamiento en el cementerio de Josefov y de la torpeza de Pech. Era, además, el arma del delito. La lápida completa forma parte de otra historia. Por ahora baste decir que, antes de que la arrancaran de un cementerio de Berlín alrededor del año mil novecientos cuarenta, cinco mil setecientos cuatro en el calendario hebreo (aclaro esto por razones que vienen al caso y no por remedar a Joyce), había cubierto la porción de tierra que una vez acogiera el cuerpo de un familiar de Havel.

¿En qué circunstancias se produjo el crimen?

El crimen se produjo de forma insólita, casi por accidente. Havel habría sido capaz de cometer un crimen a sangre fría, pero Pech no.

¿Qué había ocurrido entonces para que acabara sobre el Moldava con un muerto y un pedazo de lápida?

Ocurrió que Pech había entrado en el cementerio, llevado por su investigación, poco antes de la hora de cierre o eso creyó al menos cuando un hombre pequeño vestido de negro se le acercó a las puertas del cementerio blandiendo un manojo de llaves. Se apresuró a llegar al hacinamiento de lápidas, donde supuestamente se hallaba la de un tío paterno de Havel. Pudo haber solicitado un registro, pero habría tenido que dar explicaciones, y no las tenía. Siguió las instrucciones de Havel y consiguió con dificultad extrema entresacar la esquina de una losa, al azar, de mitad del montón más o menos, en la que creyó distinguir los caracteres hebreos correspondientes a los años mil y quinientos. Su hebreo era limitado, el justo para que Havel pudiera decir algunas frases sueltas a sus clientes judíos. Buscaba una lápida del año cinco mil setecientos cuatro, mil novecientos cuarenta del calendario gregoriano.

¿Pero cómo llegó Pech a matar a un hombre?

Al tirar de la lápida, se resquebrajó una de las esquinas y acabó entre sus manos. Reparó en que un hombre lo observaba. Lo miró de reojo y se percató de que se trataba del mismo individuo que lo había requerido a la entrada del cementerio. No sabía si el tipo había llegado al rincón de las losas a tiempo de contemplar la profanación completa. Se asustó y escondió el trozo de lápida bajo su gabardina. Aceleró el paso hacia la salida. El hombre lo seguía. Pech comenzó a correr; el desconocido también. Se perdieron en un laberinto de calles estrechas, completamente oscuras a es hora de la tarde y, por una vez, el cansancio –no era un hombre ágil- lo obsequió con un instante de valentía. Se detuvo ante el hombrecillo y, al verlo levantar el brazo con algo brillante colgando de su mano, dedujo que se enfrentaba a algún delincuente. Agarró el pedazo de lápida y lo golpeó varias veces en la cabeza. El tipo permaneció tendido sobre el empedrado, inmóvil, con un hilillo de sangre brotando de una de sus sienes.

¿Cómo fue a parar al Moldava?

Se acercó al hombre presumiblemente muerto, mirando disimuladamente alrededor. No vio a nadie. Levantó el cuerpo como pudo y se dirigió con ambos, el tipo y el trozo de lápida, al Moldava, pensando que allí sería más fácil deshacerse del cadáver. Sonreía como un imbécil para no despertar sospechas, mientras fraguaba la mentira que contaría en caso de ser descubierto. “Llevo a casa a un amigo que ha bebido demasiado”, repetía mentalmente en un alemán pésimo cada vez que algún checo pasaba con gesto huraño a su lado. Una vez sobre el Moldava, intentó arrojar el cuerpo al agua, pero no poseía la fuerza física necesaria para elevar aquel peso hasta el borde del pretil. Lo dejó apoyado sobre la baranda y se alejó, maldiciendo a Havel y a todos sus muertos.

¿Qué fue del muerto? ¿Llegó a saberse qué fue de él?

Nunca se supo exactamente lo que ocurrió con el cadáver. Teniendo en cuenta que el suceso acaeció el día 14 de agosto de 2002, lo más probable es que fuera arrastrado por el río junto con algún turista despistado.

Pero, ¿quién era el tal Havel?

Nadie, en realidad. Havel era uno de los personajes de la primera novela de Pech, sorprendentemente publicada, y el protagonista de la segunda, que nunca vio la luz. Se encontraba a punto de perpetrar una tercera cuando se le cruzó el muerto.

¿Qué fue de Pech?

No se sabe. Aquella noche llegó extenuado al hotel y en estado de shock. Lo acompañaba un militar. Un hombre de uniforme lo había abordado a unos 100 metros del puente de Carlos cuando intentaba encontrar el camino hacia su hotel en un mapa indescifrable. Estaba confuso y asustado. Le dio la dirección del hotel y cerró la boca para no empeorar las cosas. El militar se limitó a dejarlo en el hotel y decirle unas palabras que no entendió. A la mañana siguiente, las aguas del Moldava habían inundado prácticamente la zona, y Pech no recordaba donde había aparcado el coche de alquiler la tarde anterior. Tampoco encontraba las llaves. 

Angélica González Gopar

17 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Último mensaje

Era descendiente directo de la hermana menor de Madame Blavatsky, por tanto, para toda mi familia, y para mí mismo, era natural desde niño comunicarme frecuentemente con ella; lo inusual, y secreto, era el último mensaje recibido: “Advierte al párroco que no entre hoy en la iglesia; si lo hace, morirá”.

No me quedaba más remedio que cambiar mi rutina diaria y pasar el día, a una distancia prudencial, tras el cura. Así que después de desayunar un excelente cafè au laít con croissants en la Place Vendome, leer los periódicos matutinos en la biblioteca y visitar la residencia de ancianos, me dirigí, nos dirigimos, a la parroquia para la misa de una. Faltaban dos esquinas. Ahora mi dilema era “¿Le advierto o espero a la noche para comunicarme con él?”.

Ana Vanderwilde

16 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La quimera de un soñador

Los diez pies del destino habían hecho que Mario sirviera en la hacienda de don Severo Caraballo aunque no lo deseara.

Su padre le había dado un consejo después de haber trabajado cincuenta años bajo las órdenes de tal amo: “Hijo, no soy tonto, sé que me queda poco de vida. Así que tendrás que ayudar a tu madre y continuar con mi trabajo: el que te encarguen en la finca. No tienes que temerle a don Severo, aunque tiemblen ante su presencia. Puede ser un hombre generoso si le caes en gracia, pero tiene un punto débil, cuidado: odia la pereza en sus trabajadores”.

Su viejo siempre fue un hombre sabio. Era verdad; temblaba ante don Severo. Le parecía un anciano altivo, con la apariencia de cargar historias oscuras, guerras y terremotos sobre sus encorvadas espaldas, además de ser muy meticuloso: insistía en que todos en la finca le llamaran “señor” a su paso, y acataran sus mandatos con rapidez; pero para él era un simple jefe, más bien, un decrépito jefe lleno de manías.

No obstante, tomó buena cuenta del consejo: si don Severo le mandaba a limpiar su Cadillac gris de los sesenta por tercera vez, sin necesitarlo, él lo hacía sin pestañear, incluso le sacaba brillo al motor; y si le pedía hacer una trenza a la cola de su caballo árabe “Coraje”, además, lo sacaba de paseo por el valle para que fortaleciera las patas. Si le caía simpático al jefe, nunca estaría de más, aunque su verdadero sueño fuese, montar un coche de competición Fórmula Uno, como hizo su venerado Fitipaldi.

Una mañana, don Severo le dio una orden absurda, propia de un chiflado: que subiera a lo alto del valle con una pala hacia un descampado que le precisó. Allí cavaría un hoyo de quince centímetros de ancho por quince de profundidad, pero uno sólo, insistió. Al día siguiente le repitió la misma orden, pero con otro hoyo, y al lado del anterior. Así durante dos meses. Y Mario obedecía sin preguntar y sin comprender el sentido de su trabajo, aunque observara cómo aquel terreno iba tomando la estructura de una ciudad de conejos más que de un mirador rodeado de laureles de indias.

Al poco tiempo, y no se podía decir que inesperadamente, don Severo pasó “a mejor vida”. En su testamento había dejado sus dos hectáreas de tierra, los caballos, gallinas, cerdos, más su casa, a sus dos hijos Caraballo para que lo administraran con cabeza. A Mario y a su madre les dejaba la pequeña casa blanca de invitados, adosada en el ala este de su mansión, y el deseo, sine quo, de que sirvieran a la familia de por vida, en gratitud a la dedicación que habían mostrado durante tantos años.

Mario tuvo pesadillas aquella noche.

Aun así, después de cuatro meses del entierro de don Severo, antes de salir el sol, cuando los criados y los nuevos jefes dormían, Mario seguía subiendo a lo alto del valle con su pala al hombro para continuar el trabajo que le habían ordenado; pero ahora abría el hoyo y lo volvía a cerrar, con el ánimo de no recibir reproches si fuera descubierto, o peor, que lo tacharan de loco.

Una pregunta había ido tomando forma en su cabeza.

 ¿Qué buscaba don Severo con tanto deseo en aquel pedazo de tierra…? ¿Y si fuera una bolsa de diamantes que había enterrado, y no lograba recordar en dónde debido a su vejez? ¿Y si fuera un collar de oro…?

¡Ah, si se encontrara ese tesoro…!, soñaba cada mañana al salir el sol.

Entonces, su vida cambiaría. Viajaría desde aquellas malolientes tierras hasta la capital, y se compraría un Ferrari amarillo F430, que tanto gustaba a las mujeres, para darle caña a doscientos cincuenta kilómetros por hora sobre el asfalto. Y eso, como mínimo…

 Araceli Cardero.

 

 

9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Senegalés

Juan sale apresuradamente de la boca del metro, todo lo apresuradamente que le permiten sus escasas fuerzas. Viene del hospital, donde le han dado malas noticias. El resultado de sus análisis no es bueno. Con suerte, le podrán operar si encuentran el donante adecuado. Difícil será, por la peculiaridad heredada de su abuela paterna, que en su juventud hizo migas con un africano y le dejó un grupo sanguíneo de características poco usuales por estas latitudes, además de una nariz no muy española. También heredó otras cosas, como esa daga que hoy quiere enseñarle a Pepe.

Años atrás le diagnosticaron enfisema pulmonar, pero así y todo no pudo dejar de atender a sus queridas palomas. Miró a su alrededor -este día hay mucha gente en la Plaza de Cataluña- y a las palomas de la zona apenas se las ve entre tanto gentío. Las pobres evitan a los transeúntes que con tanto trasiego no las dejan picotear tranquilamente. La plaza es un calidoscopio de razas.

Su intención es atravesarla en diagonal y acceder a la calle opuesta, donde su amigo Pepe lo está esperando. Va sorteando a la gente como puede, se ahoga a cada paso que da, con la respiración jadeante y ligeramente agónica.

Desde el otro lado, y casi en línea cruzada, viene un senegalés, algo mayor, según anuncian sus sienes blancas, recién llegado a España en patera y que, a pesar del modo en que llegó a la península, no presenta signos visibles de pobreza ni desesperación. Antes bien, camina bien erguido y trajeado. En su mente, Juan baraja varias posibilidades: “Primero, me acerco al hospital, allí mi primo (médico residente desde hace  tiempo) me dirá si me ha puesto en lista de trasplante de riñón. Segundo,  me tiro al tren y acabo ya. Estoy harto de diálisis. Tercero,  me llevo por delante a alguien -no quiero irme sin compañía-  me da igual quién”.

Vienen a converger Juan y el senegalés casi en mitad de la plaza; si los Hados hubieran sido propicios, cada uno hubiera rodeado la fuente por un lado diferente y seguido su camino con sus propios pensamientos. Pero hoy los Hados están especialmente revoltosos y, además, ligeramente belicosos…

Una paloma desciende rápidamente, con un aleteo que esparce piojos a su alrededor, y viene a posarse entre los dos hombres.

El senegalés, asqueado, le propina una patada a la paloma. Ésta revienta y, al verla, Pepe palidece primero y, sin poderlo evitar, le sube al rostro una ira roja -quizás también heredada-, desde lo más profundo de su ser. Hecha mano a su bolsa, saca la daga, y asesta una puñalada al pateador de la paloma. Le da de lleno, con fuerza.

Herido de consideración el senegalés, y aliviado por no tener que decidir entre las posibilidades que barajaba hacía nada -ya que la tercera se eligió sola-,  aún y todo duda un instante.

Después, en la plaza antes bulliciosa, quedan tres cadáveres juntos en soledad.

Teresa García

9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

La compañera

¿Por qué la noche?

Juan Luis era camionero desde adolescente. Heredó el oficio de su padre que también lo fue. A pesar de que no le gustaba mucho la soledad de la carretera durante la noche, eligió ese horario porque trabajaba más sosegado. Así se libraba de los atascos y el calor agobiante del día, según decía.

 ¿Tenía compañía?

Ya no se encontraba tan solo: desde hacía algún tiempo, Juana María, la hija de su compadre Juan Ramón, le acompañaba cada jueves por la noche. Apenas Juan Luis salía con su camión de la región habitada y se adentraba en la negrura de la carretera, una manita de cera le hacía señales para que se detuviera. Juana María se sentaba a su lado en la cabina del camión. Era de pocas palabras y contaba menos de lo que Juan Luis hubiera querido escuchar. Siempre, antes de entrar en el próximo pueblo, la chica le decía: “Aquí me quedo, y descendía con su olor a azucenas.

¿De qué hablaron Juan Luis y su padre?

Una tarde, antes de partir, el camionero le comentó a su padre que ya no se sentía tan solo en la ruta, pues una vez por semana le acompañaba Juana María, la hija de su compadre.

Hijo, ¿estás seguro de que es ella?  –le preguntó su padre. Esa chica murió hace tres años en un accidente, precisamente en esa carretera.

Lourdes Rojas

9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La pregunta

la pregunta

¿Qué por qué te amo? No sé… Será por tus caprichos, tus niñerías, tu entrega o por tus caricias, por tu piel, tus besos y por tus esperas, tus idas, tus venidas o quizás por tu estilo, tu figura, tu presencia, si no es por tu genio, tu bondad, tu maldad, sin olvidar que puede ser por tus listezas, tus boberías, tu risa, tu llanto, aunque también por tu habilidad, tu torpeza, tu mano izquierda, tu mano derecha y qué decir de tu simpatía, tu antipatía, tu amabilidad, tu parquedad, tu entrega, sin dejar atrás tus meteduras de pata, tus aciertos, tu ingenio o tu estupidez, además de conocer tu sensualidad, tu sexualidad, tu morbosidad…

¿Ves?… Sí sé por qué te amo.

 Andrés Sánchez Sanz

21 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

LOGO RALLYE

[primavera-gris-picaporte-ocultarse-rostro-muchacha-alrededor-detrás-claridad]

Coja usted a la primavera, moldéela entre sus manos como si fuera a hacer una croqueta, apártela y déjese llevar por la alterada sangre.

Ignore el gris plomizo del atardecer que presagia lluvia; si es posible, déjelo reposar y más tarde ya se encargará de él. Aproveche ahora el tiempo que le va a quedar libre para coger todos los picaportes y limpiarlos convenientemente. 

No deberán ocultarse de los invitados los portarretratos familiares, aun a riesgo de recibir irónicos comentarios sobre los mismos.

El rostro es nuestra carta de presentación, por eso debemos mimarlo y cuidarlo con una mascarilla semanal como mínimo.

La pícara muchacha que le sonríe siempre que va a comprar el periódico, no lo hace por su encanto, sino porque la pobre es bizca.

Alrededor de la mesa del comedor debe colocarse ordenadamente la vajilla de forma que cada persona tenga a mano cualquier utensilio que necesite, en las comidas informales tipo lunch.

Detrás de cada mujer hermosa hay siempre un peluquero fiel que, como si de un confesor se tratara, la escucha con veneración.

Claridad, sobre todo mucha claridad, es lo más importante en una cocina: le ayudará a elaborar los platos más apetitosos y exóticos para enamorar a su amado.

Ana María Martín Glez.

21 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , , | Deja un comentario

Arabesco en Mi mayor (Logo-Rallye)

[primavera-gris-picaporte-ocultarse-rostro-muchacha-alrededor-detrás-claridad]

Cuando llegaba la primavera solar y sus ojos volvían a abrirse, podía salir al fin de su refugio. Cazaba sonidos de aquí y de allá, mano en red, con los que luego, sesudamente en su laboratorio, componía nombres que darles a las cosas nuevas que le iban naciendo al planeta gris.

Aquella noche, ya muy tarde, al ver danzando la luna en el solitario picaporte, reparó en algo. Vio ocultarse las luces de neón tras la persiana, pero no logró dormirse sin dar mil vueltas. A la mañana siguiente su rostro reflejaba ya el cansancio de una pregunta imposible. De un día para otro varió su campo de acción, en su ruta de trabajo los valles y las playas fueron sustituidos por las montañas más altas, e igual de abandonada se sintió aquella muchacha que coleccionaba colores de peces, rocas y flores. Y por eso se fue, nadie supo entonces por qué.

Dicen que durante las semanas siguientes, desde el más potente telescopio del observatorio, pudo verse su nave dando vueltas y más vueltas, sin descanso, una y otra vez, alrededor de la Luna, entre Saturno y sus anillos, muy cerca incluso de Urano. Hasta que se le perdió la pista detrás del asteroide B 612. De repente, una extraña claridad arañó violentamente el cielo, encendiendo la noche. Al tiempo que se desataba aquella extraña melodía, al principio muy bajito. Era el sonido del universo.  Siempre estuvo ahí, pero sus notas sólo cabían en las cuerdas del silencio. Acaso un arabesco en Mi mayor.  

 Nayra Pérez Hernández

13 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , , | 2 comentarios

Ed-ectra

De manera que no se puede remediar estamos destinados al encuentro fallido o decepcionante. La nuestra es una unión improbable. No es determinante el hecho de que -yo- irrumpa en plena congregación de fieles cristianos regida por el Papa como vicario de Cristo en la Tierra portando crespón morado y tarareando el himno de riego. Aunque seas una persona que profesa la fe de Cristo sabes que por ti dejaría de lado ideologías y biologías.

El sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser que me inspiras no tiene medida, es infinito o ilimitado; y en este sentido es epíteto propio de Dios y de sus atributos. Pero hay algo a lo que no podemos hacer frente, algo que nos viene de adentro y nos acompaña de siempre. Este conflicto emocional que se da en la infancia de todo ser humano de sexo masculino o femenino cuando, por un lado, se siente una atracción sexual inconsciente por la madre (en el caso de los hombres) y por el padre (en el caso de las mujeres) es algo contra lo que no podemos luchar. Sé que lo hemos intentado y que los especialistas en psicología, no encuentran explicación a este maldito complejo mitológico que continuamos padeciendo. Fue  lindo, agraciado de cierta proporción y belleza mientras duró.

En todo o en cualquier tiempo tuyo:

Edipo.

                                                                                                     Rayco Arbelo

13 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , , | 2 comentarios

EXPERIMENTO Nº 68 (Logo-Rallye)

[Primavera, Gris, Picaporte, Ocultarse, Rostro, Muchacha, Alrededor, Detrás, Claridad]

Tras la figura silenciosa, la primavera toma a sangre y fuego el jardín, incendiando los arbustos y asaetando con dardos rojos, amarillos y azules las rosas y las azaleas. En lo alto de la tapia asoman belicosas columnas de feroces hormigas grises que terminan de desperezarse tras el paréntesis del invierno. La mano nívea del caballero acaricia el picaporte adornado con una cabeza de serpiente y abre la puerta de roble. En la oscuridad del caserón se ocultan murmullos y gorgoteos y el caballero, tras comprobar el bulto en el bolsillo de la chaqueta, aprieta las mandíbulas y, sorteando sombras que reptan, se dirige con paso seguro a la biblioteca. En una esquina del pasillo norte se detiene y observa con atención el rostro hermoso. Como esperándole, la muchacha duerme plácidamente en un sofá de la estancia oscura con ominosos libros forrando las paredes. Alrededor de los párpados cerrados y las largas pestañas se desparraman rizos de cobre. Para no quedar cegado si despierta, el caballero se desliza sigilosamente detrás del sofá, amartilla en silencio el revólver y dispara a través del mueble hasta vaciar el cargador. El cuerpo cae al suelo como un suspiro y sus labios inertes se entreabren liberando de su jaula dorada el canto de los mirlos, la risa de los niños, las caricias, los besos, las auroras boreales, el ronronear de los gatos, las noches con luna llena, el frescor de las olas chocando en playas de arena amarilla, la primera claridad de la mañana, el Opus nº 35 para piano de Mozart y el tacto suave del terciopelo, que escapan por las rendijas de puertas y ventanas y blandamente vuelven a inundar el universo.

Antonio Vega

12 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , , | 3 comentarios

Logo-Rallye

[Primavera, Gris, Picaporte, Ocultarse, Rostro, Muchacha, Alrededor, Detrás, Claridad (y viceversa)]

Es lo que tiene la primavera, a medida que se va acercando. Voy renovando vestuario o apañando el del año anterior. Que si un corte aquí, que si un volante allá, que si le pongo tiras. Todo este trabajo para no parecer tan gris, tan viuda. ¡Ay! mi Paco. Y parece que fue ayer cuando de novios y sin que mis padres se enterasen, me espiaba tras el picaporte de la ventana, cuando me desvestía y vestía con la ropa de paseo. Acostumbrado a ocultarse de tantas cosas y sin necesidad de hacerlo después, lo seguía haciendo, nos gustaba así, despertaba el deseo, el morbo, la pasión en su rostro de jubilado, añadía emoción a nuestras vidas. Yo, prohibida, él, dispuesto a poseerme a cualquier precio. No, ya no soy la muchacha de antes, aquella que tenía siempre alrededor a jóvenes apuestos y simpáticos, ya no soy aquella que siempre miraba detrás de la iglesia buscando a Paco. Se ve todo muy distinto con la claridad que dan los años.

Cuánta claridad. Todavía me sigo desvistiendo y vistiendo de paseo, esperando encontrar a Paco detrás de la ventana. A mi alrededor ya no vuela nadie, porque ya no soy la muchacha pícara y seductora que era, porque Paco se fue, aunque no del todo. Y aunque tengo el rostro que merezco, sé que no servirá de nada ocultarse, que he de girar el picaporte y salir al encuentro de la vida, que aunque mi pelo sea gris, mi corazón es rojo, aún me quedan algunas cosas por vivir, y eso, es lo que querría mi Paco.

A medida que se va acercando, es lo que tiene la primavera

Cesáreo Pérez Navarro

12 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , , | 5 comentarios

Manual de instrucciones

 

Precauciones de uso:

 

Mantener alejado de temperaturas extremas, conservar en ambiente limpio y confortable.

Revisar periódicamente fuentes de alimentación y niveles de energía.

Inspeccionar periódicamente dispositivos externos.

 

Modo de uso:

 

Paso 1) Arranque.

 

Es aconsejable utilizar el modo de arranque manual.

En caso de optar por el menú de arranque automático (por ej: “Hola, cariño, ¿por qué traes esa cara de mala leche?”), los resultados son imprevisibles, pudiendo provocar, involuntariamente, la inestabilidad del sistema. En ese caso, desconecte y reinicie.

 

  Arranque manual:

Abrir la cubierta con precaución, tacto y suma delicadeza. Verificar niveles de energía. Elegir “Modo A prueba de fallos”.

 

Paso 2) Navegación

 

En el menú subsiguiente, elegir la opción por defecto (“Hola, cariño, ¿estás bien? Pareces cansado. ¿Quieres que te sirva la cena ya?”). Aplicar protocolo en función de la respuesta del sistema, eligiendo siempre la opción por defecto. Se recomienda mantener la conexión en modo “Silencio” todo el tiempo que sea posible. Para neutralizar los posibles códigos maliciosos que pudieran infiltrarse en el sistema (por ej: “Si es que ni llevar una casa sabes, inútil, pedazo de inútil”), pulsar las teclas Alt+Control. En caso de persistir en su actividad los códigos maliciosos (“¿Quieres dejar de moverte de una puta vez? ¿No ves que estoy intentando ver el partido?”), mantener pulsada la tecla Supr (“Perdona, cariño, lo siento. No volverá a ocurrir.”).

 

Seguridad:

 

En caso de aparecer amenazas graves a la estabilidad del sistema (“Te voy a matar, hija de la gran puta”), elegir la función Escape.

 

En caso de riesgo inminente de colapso (“Ya te tengo, zorra”), apagar funciones vitales básicas. Ayudarse, si es preciso, de algún objeto cortante, punzante, o contundente. Reiniciar.

 

 

-¿Se puede saber qué haces, que llevas más de media hora mirando ese manual?

-Nada, cariño. ¿Tienes hambre? ¿Quieres que te ponga ya la cena?

 Kepa Hernando

12 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

Obituario

El señor Aníbal Malanoche, alcalde vitalicio de la aldea de Amaranto, murió ayer en la paz de su hogar, tras sufrir un repentino ataque cardíaco.

Nacido en el seno de una familia humilde, Aníbal Malasombra, fue un hombre que se hizo a sí mismo. A pesar de ser el menor de trece hermanos, ya desde niño apuntaba maneras de tirano y todos los que lo conocieron en esos años coinciden en definirlo como el mal hecho persona.

Hijo de un terrateniente alcohólico venido a menos y huérfano de madre desde el día de su nacimiento, Malanoche abandonó los estudios y el pueblo de Amaranto a la edad de doce años, si bien en los seis años anteriores apenas se le vio por la escuela, ya que prefería matar el tiempo arrojando gatos al río, disparando con su tirachinas a los nidos de los gorriones o bañando los rabos de los perros en petróleo y prendiéndoles fuego.

Poco se sabe de su vida entre los doce y los veinticinco años, momento de su regreso a la aldea, aunque se rumorea que tuvo mucho que ver con las sangrientas revueltas anarquistas que asolaron la capital del estado en esos años. A su regreso, dueño ya de un importante capital, de dudosa procedencia, consiguió que su padre lo nombrara único heredero de todas sus tierras, lo que le supuso la enemistad de todos sus hermanos.

Días después de haber firmado el testamento, encontró a su padre colgado de la higuera que presidía el patio trasero de la hacienda familiar. Horas más tarde, el cuerpo de su hermano Asdrúbal, que había amenazado con impugnar el testamento, fue encontrado flotando en el río. Sus once hermanos restantes fallecieron en extrañas circunstancias durante la no menos extraña epidemia de gripe que azotó la aldea un año después.

Lejos de dejarse impresionar por tan adversas circunstancias, Aníbal Malanoche fundó la sección local del Partido Liberal, con el que obtuvo la alcaldía de Amaranto, al amañar las elecciones del año siguiente. Su primera medida fue nombrarse alcalde vitalicio.

Aníbal Malanoche se caracterizó por gobernar Amaranto con férrea disciplina, apropiándose de las tierras, ganados y cosechas que le venían en gana y sofocando las protestas que sus acciones provocaban con mano dura y fusilamientos en la plaza de la iglesia.

Se calcula que, a lo largo de casi un siglo de vida, Malanoche se hizo con la propiedad de casi el 85 por ciento de las tierras de Amaranto y acumuló la segunda mayor fortuna del país. Para ello, no le importó robar, extorsionar o hacer asesinar a todo aquel que se interpusiera en su camino. Su mayor frustración era que, a pesar de haber reestablecido el derecho de pernada en los territorios bajo su jurisdicción, jamás consiguió tener un hijo.

Tras su muerte, el Ayuntamiento de Amaranto, que presidía desde los veintiséis años, decretó tres días de luto.

A lo largo de la jornada de ayer, la práctica totalidad de los habitantes de la aldea se acercaron hasta la capilla ardiente para comprobar con sus propios ojos que el tirano ha muerto. Convencidos del feliz acontecimiento, se lanzaron a las calles del pueblo para celebrar la mayor fiesta que se recuerda en toda la historia de la localidad.

El señor Aníbal Malanoche falleció, sin dejar descendencia, a los 99 años y 364 días de edad en el pueblo de Amaranto.

Ojalá se esté quemando en el infierno.

Ruymán J. Jiménez

9 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Instrucciones para ganar el olvido

Puede que usted sencillamente esté aburrido de la vida. Hastiado del mundo. Cansado de su trabajo. Cansando de no encontrarlo. Ahogado por la hipoteca, y el coche, y el último viaje, y los libros de los niños, y el seguro. Frustrado en el amor. Harto del jefe y de sus vecinos. Quizá incluso se haya convertido en un desconocido para su familia. Y se sienta solo entre sus amigos. O peor, sienta vergüenza de ellos, en qué se convirtieron. Con la sospecha de que usted también está igual de gordo, igual de enfermo, igual de acomodado. Seguro que usted se siente no escuchado. Incomprendido. Angustiado por cada guerra que estalla. Por otra hambruna. Partido por la mitad cuando un niño es violado. Y encima desciende su equipo… ¿Hace tiempo vio alejarse todos sus sueños? ¿No siente simplemente asco? ¿Ganas de matarse, de matar, de meter en un horno la cabeza y esperar a que todo pase? ¿O de estrangular a su lindo pajarito cuando revolotea y hasta canta? Idiota, piensa entonces, ¿no se dio cuenta aún de que vive en una jaula? Pero no puede decírselo, usted también vive en una jaula, y bien sabe que mayor. ¿No ha pensado en dejarse morir, así, simplemente, sin más ni más?

¿Está desencantado de que le anuncien por radio y televisión pastillitas de colores y múltiples formas y tamaños para ver lucecitas que se encienden y se apagan y sentirse de pronto muy muy lejos de donde está, en un desierto, en el fondo del océano, incluso en otro planeta, al tiempo que una estúpida musiquita martillea su cerebro? ¿Tal vez las probó todas y ninguna funciona?

Pues se acabaron esas mentiras y otras falsas falsedades. Puedo prometer y prometo que con CDU, de laboratorios K, todo será distinto. Nuestro reconocido prestigio se asienta sobre décadas de trabajo y continua revisión, crítica, autocrítica, heterocrítica y hasta ecocrítica de nuestro producto en su expansión por distintos medios, paisajes y ecosistemas a lo largo de nuestra historia, y está avalado científicamente por múltiples y reconocidos estudios de las más importantes universidades, escuelas e institutos de investigación de todo el mundo.

 

Lea todo el prospecto detenidamente antes de empezar a tomar este producto.

CDU: 247 páginas de papel blanco-amarillento, 11 x 18 cm., recubiertas de cartulina tintada, y convenientemente  cocidas y encoladas. 400 gr.. Vía oral o visual. Agradable al tacto. También al olfato. Y hasta se puede lamer.    

Qué es CDU: Debido a nuestra técnica de elaboración artesanal, cada caja de CDU contiene un producto único, original e irrepetible. Puede recordarle éste tal vez a una puerta. Acaso a un incendio. O a una caricia. Otro puede parecer un taladro con sus preguntas. Tal vez un viaje en globo. O un leve estremecimiento. O una espera. Otros pueden saber a risa para el alma. A terror. Hasta a inquietud. Incluso consumido en distintos momentos por la misma persona la puerta puede hacerse celda, o el incendio simple llama, o la inquietud cierta certeza.  

No tome CDU: Si la vida le sonríe. Si está orgulloso de sí. Si cree que el país y hasta el mundo van bien. Si no quiere que el orden se altere, ni tampoco siente usted deseo alguno de cambiar. CDU no funciona con muertos, así que no lo intente, es inútil.

En cambio, CDU se recomienda encarecidamente para los que se declaran incompletos, en las diferentes acepciones del término. Para los locos y los que se atreven a soñar. Para los que sienten angustia y buscan salida o ya se cansaron de buscar. Para los que albergan esperanza de volver a ser niños. Para los deformes y los solos. Para los inútiles y los suicidas frustrados.  Para los parados inquietos.

Cómo tomar CDU: Lo ideal es que cada uno elabore su propia receta. ¿Lo normal?. Una, dos, tres veces al día. En la cama, en el baño, en la cocina. A sorbitos o a grandes tragos. Se puede empezar a tomar dosificadamente, comenzando por los más delgados y de letras más grandotas o bien salpicados de imágenes, gráficos o mapas, por ejemplo, día sí, día no. Hasta que empiezas a tirarte de cabeza en un mar de letras y más letras, y te sumerges, y te pierdes, y concluyes que el tamaño no importa. Puede repetirse la experiencia indefinidas veces. Pueden consumirse varios a la vez. 

Dónde encontrarlo: Normalmente en bibliotecas, librarys, y tiendas de libros,   book shops, más conocidas como librerías, que pueden ser de nuevos o de viejos y/o usados, ya sea de escribidores vivos o muertos e incluso cristianamente enterrados. Pero también pueden ser prestados, alquilados, y hasta robados.

Conservación: Si bien las condiciones ideales que nuestro producto exige en cuanto a  luz, humedad, peso que puede soportar al ser apilado para el almacenamiento, etc. recomiendan que el espacio perfecto es una biblioteca, usted los puede encontrar vivitos y coleando en otros medios, quizá hasta más vitalistas y coleantes: en clases, en la guagua, en salones como elemento decorativo, en la mesita de noche y hasta en el baño, en una mano como complemento directo de moda con un puntito chic, también en la playa y en el coche o en cualquier sala de espera o cola en general, excepto de fútbol.         

Posibles efectos adversos, contraindicaciones y posibles trastornos: Pensar. Reír. Soñar. Adquirir nuevos conocimientos. Quizá hasta se despierten en usted sentimientos que nunca sospechó. Tener miedo. Jugar…   

Recuerde que leer puede perjudicar seriamente su salud. Quede a su responsabilidad, ya que no necesita receta médica. Pero, sobre todo, se beberá el olvido a dos manos. Y quizá entonces pueda ganar toda su claridad.

Conserve este prospecto. Si tiene alguna duda consulte a su psiquiatra, psicólogo, médico, confesor, asesor espiritual, filósofo privado o farmacéutico. No se preocupe en recomendar encarecidamente este medicamento a cuantas personas conoce, ya que esta enfermedad se contagia.

Nayra Pérez Hernández

9 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

Un sueño reparador

unsuenoreparadormaitefigueira

¡Le prestaría ese dinero! Era su amigo. Su mejor amigo.

 Ahora, el papel de Armenia, perfectamente doblado, se consumía  lentamente  en  aquel cuenco. Recordó que esa cerámica fue un regalo de Matías. La lluvia en los cristales, la música suave de fondo, el humo que  impregnaba toda la estancia con ese aroma fresco y dulzón. Se dejó llevar por el sopor. Uno no sabe cuál es el mecanismo que nos lleva de un pensamiento a otro, de una idea a otra, de una visión a otra: uno sueña; eso es todo.

Hay veces en que realidad y fantasía se confunden en este duermevela. Los recuerdos fueron saltando de su niñez a su juventud hasta llegar a la actualidad y, en todos ellos, siempre presente: Matías.

Y se durmió. Los sueños lo transportaron hasta la casa de Matías, allí estaba -su amigo- en la cama con una mujer (la imagen de ella era difusa), fumaban un cigarrillo,  a medias, mientras él  le decía:

-Deberías llamar a tu marido y contarle cualquier cosa para que no se preocupe, ya sabes cómo es.

-Sí, le diré que estoy en la peluquería y que tengo para un buen rato. ¿De verdad que lo haremos?

-¡Te he dicho que sí! Ahora sólo depende de él, de que suelte el dinero…

-Lo hará, lo sabes. Tú eres su mejor amigo, jamás sospechará nada.

-Y tú, ¿estás decidida, no te echarás luego atrás?

-Por supuesto que no, lo siento mucho por él, pero se acabó. Te quiero…

La cara de la mujer comenzaba a vislumbrarse, cuando el sonido del teléfono lo despertó. Su mujer al otro lado se disculpa: llegará tarde.

Maite Figueira

7 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

Heaven Airlines

Lo cierto es que no sé cómo llegué hasta allí. Aún no logro acordarme de si estuve en el mostrador de facturación ni recuerdo haber pasado por el control de seguridad. La primera imagen clara que tengo es la mía en una terminal que no conozco. Estoy delante de las pantallas de información, bastante nervioso, intentando averiguar la puerta de embarque de mi vuelo, mientras pienso en que lo primero que tengo que hacer cuando regrese es advertir seriamente a mi secretaria de que jamás vuelva a comprarme un billete en una compañía de bajo coste.

Aunque tampoco puedo culparla del todo. Este viaje no estaba previsto. Mi socio y yo llevábamos varios meses negociando la entrada de un inversor alemán en el capital de nuestra empresa. Aunque trabajamos en un sector muy rentable, necesitamos una inyección económica para seguir expandiéndonos. El caso es que, por culpa de la crisis, el alemán no parecía muy dispuesto a entrar en el negocio. Por eso nos sorprendió muchísimo cuando nos dijo que firmaría nuestra última propuesta, siempre y cuando uno de nosotros se reuniera con él en Berlín al día siguiente.

Con tan poco tiempo disponible, el único vuelo en el que mi secretaria encontró plazas libres era de una compañía de bajo coste. A primera hora de la mañana, tal y como habíamos quedado el día anterior, mi socio debió de dejarme en la zona de facturación del aeropuerto, aunque, como le digo, eso no lo recuerdo. Queríamos llegar temprano, porque esas compañías salen de la nueva terminal, esa que inauguraron el mes pasado, y yo nunca había estado en ella, pero, como siempre, íbamos con el tiempo justo.

Creo que por eso estaba tan nervioso mientras buscaba mi vuelo en las pantallas. Temía perder el avión y no llegar a tiempo de cerrar el trato. Miré mi tarjeta de embarque. Era el vuelo HEA733 de Heaven Airlines, con salida a las diez y diez. Hasta ese momento no me había fijado en el nombre de la compañía y me llamó la atención, porque nunca había escuchado hablar de ella. Tampoco me extrañó, ya que hay tantas líneas aéreas de este tipo, que uno nunca llega a conocerlas todas.

La puerta de embarque era la C7, que estaba en la otra punta de la terminal. Mientras atravesaba el edificio, me llamó la atención lo silencioso que resultaba. A pesar de que había mucha gente esperando sus vuelos, parecían no hablar entre ellos. Es más, ni tan siquiera se escuchaba el ruido de los aviones al despegar y aterrizar. Y todos sabemos el gran volumen de tráfico aéreo que soporta este aeropuerto, que se colapsa día sí y día también.

Cuando, al fin, llegué a la puerta de embarque, el empleado estaba anunciando la última llamada por la megafonía. Casi sin aliento, me acerqué hasta él. Me llamó la atención porque era un hombre de aspecto bonachón, pero de una edad muy superior a la que suele ser habitual en quienes desempeñan ese trabajo. Vestía un uniforme tan blanco y resplandeciente como la extraña luz que bañaba todo el recinto. La chapa que llevaba en la chaqueta ponía que se llamaba Pedro Santos. Lo recuerdo porque me dije que en cuanto saliera de allí iba a ponerle una denuncia ante la dirección del aeropuerto por lo que me había hecho.

Decía que todo el pasaje había embarcado ya y que el tal Pedro repetía la última llamada en el momento en que llegué a la puerta. Le entregué la tarjeta de embarque y mi documentación y me dispuse a entrar en el finger. Imagínese cuál sería mi cara cuando me dijo que había un problema, algo así como que aún no había llegado mi momento y que no podía embarcar.

Como es lógico, empecé a discutir con él. Con buenos modales, intenté explicarle el motivo de mi viaje; lo importante que era que estuviese en Berlín esa misma tarde, pero no quería escucharme. Se limitaba a repetirme una y otra vez que en ese vuelo no había una plaza para mí.

Algo más enfadado, le grité que en mi tarjeta de embarque ponía que tenía el asiento 6C confirmado, así que sí que había una plaza para mí. Traté de que entrara en razón. Yo no había llegado tarde y las puertas del avión seguían abiertas. No había motivo para que no me dejara entrar, pero se mostró inflexible.

Le juro que llegué a implorarle que me permitiera pasar, pero no atendió a mis razones.

Pero lo que me puso más furioso fue que, cuando ya llevábamos más de cinco minutos discutiendo, llegó una pareja a la que dejó pasar casi sin mirar sus tarjetas de embarque. Si no fuera porque sabía que tenía que estar en el despacho, habría jurado que el hombre era mi socio. Apenas habían cruzado el umbral del luminoso pasillo, el tal Pedro dijo algo así como que el vuelo ya estaba completo y, a pesar de mis protestas, cerró la puerta.

Te voy a denunciar, le grité, pero en ese mismo instante, la luminosa terminal se sumió en la más completa oscuridad.

Lo siguiente que recuerdo es haber despertado en este hospital, donde aseguran que tuve un accidente de tráfico y que nunca llegué al aeropuerto. Dicen que mi socio y la conductora del otro coche implicado fallecieron en el acto y yo, al parecer, estuve clínicamente muerto durante un par de minutos, pero lograron reanimarme. Sin embargo, estoy convencido de que debe haber algún error, porque sé que estuve allí.

¡No me mire como si estuviera loco! ¡Estuve allí!

Si no, explíqueme cómo es posible que encontrara en el bolsillo interior de mi chaqueta esta tarjeta de embarque que me asigna el asiento 6C en el vuelo HEA733 de Heaven Airlines.

Ruymán J. Jiménez

4 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

La carretera

antoniovega_lacarretera

La línea negra ya no serpentea para mí hasta el horizonte. Desde hace veinte años, cuando mi corazón dejó de latir definitivamente, sólo es un dibujo en el paisaje caliente que termina en las montañas azules, al otro lado de esta cárcel a cielo abierto.

Cuatro y media. Hay que prepararse para la visita diaria a Mamá Doc. Viejos muebles gastados, quemaduras de cigarrillo en la alfombra, el pequeño televisor sobre el aparador. El encargado del motel se lleva la mano a la visera de la gorra de los Yankees saludándome. El grifo del fregadero sigue goteando. Luego le echo un vistazo, me responde. Parece oler el aire durante unos segundos, regaña los ojos deslumbrado por el sol y se aleja hacia la oficina con su andar indolente. Un camión pasa raudo frente al área de servicio arrastrando una nube de polvo rojo y me quedo mirándolo hasta que se convierte en un punto brillante. Debía de llevar carne de las grandes llanuras hasta Arizona. Atravieso el aparcamiento repleto de las flamantes cabalgaduras de motoristas de fin de semana con matrícula del estado. “Soy el amo de la carretera” pone en el tanque de una Harley negra. Yo lo fui durante mucho tiempo, y de verdad.

 El reloj de Budweiser de la cafetería apunta a las cinco menos cinco. Una muchedumbre de médicos, abogados y analistas financieros disfrazados de Ángeles del Infierno se hablan a gritos a través del local y beben cerveza de importación. Me siento en la mesa del fondo junto a los baños. Más allá del reflejo en la ventana de mi rostro de vaquero cansado, en el descampado el sol y la herrumbre siguen carcomiendo mi viejo Buick desdentado.

 En el cristal de la ventana aparece la imagen de Mamá Doc. Las cinco en punto. Siempre puntual como desde hace veinte años. Me giro hacia ella y me sonríe embutida en su uniforme blanco de camarera. Piel tersa y morena, sonrisa juvenil, cabello de rizos prietos, no ha cambiado un ápice durante todo este tiempo. Desde la primera vez que llegué a este lugar perdido en medio del desierto. Desde aquel estúpido duelo con el macarra rubio del Ford en que mi pecho quedó aplastado contra el volante del coche boca arriba a un lado de la cuneta. Desde que el azar me encontró con la muerte y con mi salvadora a un tiempo.

Como cada día, Mamá Doc me tiende el vaso con el líquido verde que me permitirá seguir arrastrándome sobre este mundo veinticuatro horas más. Tras un grito del cocinero, me vuelve a sonreír y se da la vuelta a seguir sirviendo a aquellos tipos con pañuelos de colores en la cabeza.

 En la lejanía el calor hace reverberar la línea del horizonte. No hay una sola nube en el cielo.

Antonio Vega

4 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

Domingo

-Cálmate ventarrón,  ¿qué es lo que te pasa?,  vos últimamente no andas en nada, mira que ni ganas de hembritas tenés. Más bien vení, y nos vamos a azotar baldosa al Abuelo Pachanguero.

-Déjate de embelecos, vos no tenés por qué venir a meterme bulla,  además tengo que resolver  un torcido muy fregado. Necesito que me ayudes; anda párate en la esquina de las Pontón y abrí bien esos ojos, ya que quiero que me avises cuando venga el mal nacido de Benavidez.

-Uuuuuy loco, ese mancito es de cuidado, oís, tenés que bajártelo de una,  además siempre anda en bicicleta.

 En cuanto su sobrino salió, vi cómo apoyaba su arma en el palo de billar.  Me mandó a entornar la puerta del café,  me pidió una Club Colombia bien helada y me dijo:

-Mira, ve, cuida que la puerta esté despejada. 

         ¡Qué carajo!, de un tiro limpio lo dejó frito, y aún estaba calientito el tipo, cuando  se jugó las mejores carambolas  que he visto. 

        Aunque tenía nombre  festivo, nadie lo oyó soltar  una carcajada en su jodida vida.

Patricia Rojas de Leunda

4 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

La orden

 

Martín pensó que tenía que darse prisa o llegaría tarde a la estación. Pero esa noche estaba algo cansado. Se puso el abrigo y salió. Al llegar al portal se fijó en el suelo de la calle, estaba mojado y seguían cayendo unas gotas gruesas de aquel cielo oscuro. Pisó con cuidado los adoquines irregulares. Sabía donde pisar, no en vano todas las noches los contaba desde que salía hasta desembocar en otra calle larga y aun más oscura. Desde allí, y dando un rodeo, se llegaba a la estación del tren, que era su destino.

Al principio –de eso hacía muchos años- caminaba erguido. Vestía con elegancia su abrigo marrón –ahora su color era indefinido de tanto uso.- Caminaba con paso firme y elástico. Pero ya de aquel hombre quedaba poco, incluso su memoria había envejecido.

Sabía que tenía que recoger a alguien en esa estación. Su jefe de entonces –ya muerto- se lo había ordenado. Le había dado detalles de esa persona y le advirtió que no sabía el día de su llegada, que fuera todas las noches a esperarla.

Así lo hacía Martín. Con el paso del tiempo olvidó los detalles. Aquella noche hacía frío y la lluvia floja pero constante le empapaba su raído abrigo y se le metía en los huesos.

Se sentó en un banco de la estación abandonada. Dormitó con la cabeza inclinada. Al despertar no sabía dónde se encontraba, ni siquiera quién era.

Sara Godoy Santana.

27 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

DOS ESPECTADORES

 

Hace exactamente media hora el timbre del teléfono la devuelve a la realidad. Está tirada en el sofá, maldiciendo su dolor de cabeza y la voz siniestra sólo viene a darle el tiro de gracia. “A las nueve y cinco minutos sal a la calle y la verás caer. Dos espectadores, necesita sólo dos espectadores”.

El tono grave y burlón le es familiar. Pero, a pesar del ingente esfuerzo de la memoria no logra ponerle un rostro.”¿Quién eres? ¿Quién se va a caer? ¿Por qué…? La pregunta queda suspendida. Del otro lado de la línea alguien respira agitadamente.

Son ya las nueve en punto, ella quiere levantase, pero le pesan mucho las piernas y una cuerda invisible la ata al sofá. Cuando finalmente logra acercarse a la ventana, lo ve recostado sobre la farola y fumándose tranquilamente un cigarro.

 

21:04 hrs.

Bajo las escaleras con mucha dificultad. Parezco un niño que da sus primeros pasos. Me aferro al pasamanos, mientras hurgo en mi memoria buscando un pretexto para regresar a mi apartamento. El temblor se me enreda en las piernas y me hace parpadear nerviosamente. Sé que no debe continuar, me lo han advertido muchas veces, pero las promesas de él me engatusan, me envuelven en una especie de niebla atroz que me empaña los sentidos.

 

21:05 hrs.

El grito aterrador la saca violentamente de su ensoñación. Claudia termina de bajar los últimos peldaños y abre la puerta de la entrada. Entonces lo ve. Ha terminado de fumarse el cigarro y ahora masca desenfadadamente un chicle. Sus facciones están relajadas, pero la expresión de su rostro es desafiante. La voz del teléfono es ahora un mazazo en la nuca de ella. “Marcos”, dice muy bajito y contiene la respiración.

A unos tres metros de donde se encuentra él, flota una mujer joven en un charco de sangre. Los ojos de Claudia se abren desmesuradamente y aunque lo intentan no pueden dejar de mirar el sórdido espectáculo. Miedo, asco y su propio vómito la asfixian, o… ¿son acaso sus manos, las de Marcos? “Cabrón, déjame, vete a la mierda. Suéltame, coño…” Pero el reclamo se rinde exhausto, aplastado en el suelo, a treinta metros del balcón de la casa que ambos comparten.

 

21:06 hrs.

-¡Ay mi madre, dios mío, que la ha matado! –grita desesperada la vecina del último piso -que alguien llame a la policía, es Claudia.

Poco a poco los vecinos se van asomando a los balcones. Primero perplejos, luego incrédulos y a continuación las exclamaciones, sí, claro, ellos discutían, pero se llevaban bien; ay, Dios, sí es Claudia, pero la música estaba alta, tal vez eran risas, festejando algo…

La sorpresa y el horror están agazapados, dándose calor, y de repente se descubren, se miran fijamente, como midiendo cada uno la fuerza del otro, y se disponen a devorarse.

 

21.25 hrs.

El griterío se apaga y veo acercarse en cámara lenta las luces de una ambulancia. Hombres vestidos de verde saltan del vehículo y me toquetean, me hablan sin voz, preguntan cosas que no puedo escuchar, me tiran una manta encima y comienzan a conectarme a unos tubos. Tengo frío y mucho sueño. “Debí quedarme en casa, no debí contestar al teléfono, el timbre del portero, Marcos, cabrón, mamá, me muero”. Y mis párpados caen sin ovación en su último acto.

A pocos metros de mi cuerpo, una chica joven vomita descontroladamente. Apoya las manos contra la pared de un muro tatuado de graffiti. A su lado, un hombre como de unos treinta años intenta abrazarla, “no volverá a pasar, te lo prometo Claudia mi vida, no quiero hacerte daño, es que ya sabes lo celoso que soy”. Ella tiene el rostro descompuesto y tiembla. A pesar de sus escasas fuerzas, atina a darle un empujón y a quitárselo de encima. Él da un respingo y finalmente la deja en paz. “Vale, vuelvo más tarde, tenemos que hablar”, le espeta y se marcha rumiando su rabia. Ella, aliviada, se sienta en la acera, cierra fuertemente los ojos y se lleva instintivamente las manos a los oídos. El ruido ensordecedor de la sirena de la ambulancia se va apagando lentamente.

Belkys Rodríguez Blanco

26 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

TODO POR UN SUEÑO

Julia y Toni acaban de llegar de una fiesta, la del setenta cumpleaños de la madre de él. Como en todos los festejos familiares, él está borracho como una cuba. Ahora se acuestan, pero ella está enojada, por eso se da la vuelta. 

Toni se dormirá enseguida, al igual que Julia. Luego él comenzará a soñar con ella, los dos haciendo el amor. Pero, repentinamente, ella dejará de ser ella. La imagen de Julia le cederá el lugar a la madre de Toni, y el se verá ahí, haciendo el amor, igual que con Julia, su Julia. Se despertará agitado, llorando, con esa imagen espantosa en su retina y una voz, quizá la de su propia conciencia que le dice que “Eso está prohibido”. No le contará nada a Julia, tal vez por vergüenza. Le dirá que está todo bien, que ha sido sólo un sueño y que intente volver a dormirse.

Lo que no sabe Julia es que, a partir de ese momento, Toni jamás volverá a hacerle el amor. 

Fernando Mitolo

21 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios