Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El roce nocturno

Lo sé, fue un acto atroz, lo sé. Y aunque lo explique, aunque exponga mis razones una y mil veces, desearán  colgarme del palo más alto, me juzgarán un loco, un demente y pensarán que no merezco perdón. ¡Podría contarles, explicarles, hablarles una y mil veces del objeto de mi obsesión, mis razones…! ¡Ah, ignorantes!, cuando me escuchen, lo entenderán, seguro lo harán…

Sé que nunca le hubiera hecho daño, yo en realidad la amaba; en la distancia, pero la amaba, y aun así, aun así… Aquel vestido con el que solía pasearse por las calles del pueblo era mi perdición y seguía sus movimientos, como si ella fuese un ángel que se mostraba complacido ante su seguidor más ardiente, más fiel, más enamorado, más… posesivo.

Pensaba en ella a todas horas y a todas horas veía su sonrisa tentadora en todas partes, dibujando un reluciente haz de perfección que no alcanzaría por más que quisiera: ella supo siempre que ni yo podía tenerla ni soñar con otra cosa que no fuera su vestido… Era todo un dulce para la vista… No dejaba de mirarla cuando lo llevaba puesto… y ella lo sabía.

Durante meses viví un calvario, ya no podía dormir ni pensar en otra cosa que no fueran las ondas de su vestido bailando con el viento,  y aquella tarde allí estaba ella, sentada en el porche de su casa, frente a la mía, pensando en que tal vez esa noche, en la feria, podría engatusar a otro joven para que la invitara a cenar, como ya había hecho conmigo. Por eso, cuando la vi aparecer con aquella tela maldita sobre su piel, no pude contenerme… Algo dentro de mí supo que ella no podía, no debía, no iba a salirse con la suya, pues me tentaba a cada paso que daba, a cada segundo que pasaba mirándola.

Sabía que entre el gentío de la fiesta no podría hacerlo, no entenderían por qué lo hacía. No podía explicarles uno por uno el desafío que suponía para mí aquella mujer, su mirada, su sonrisa…

La abordé en el puesto de bebidas. ¡Ay. mujer! Si hubieras sabido que tu interés en un refresco gratis te iba a dejar sin aliento para siempre… ¡Qué lástima!

Tras unas torpes palabras por mi parte, producto de la visión de su piel desnuda, envuelta en aquel vestido negro, fino, de tirantes y con vuelo… me la llevé a la oscuridad, tras unos árboles del parque, y allí, con aquellos tirantes delatores, allí concluyó su juego: cesaron sus sonrisas inquietantes, sus desaires, todo aquello que me inquietaba y me obsesionaba desapareció. Ya sólo me restaba deshacerme del cuerpo antes de que alguien la echara de menos.

Es curioso cómo concebimos el paso del tiempo a veces; recuerdo aquello como si hubiera durado horas: engatusarla, llevarla a la oscuridad, y comenzar a cavar su tumba, una tumba sin nombre, por supuesto… y sin aspecto de tumba, sería para mí el secreto mejor guardado de este ruinoso pueblucho.

La noche avanzaba a otro ritmo tras aquel árbol. Apenas había luz y me costó encontrar un buen instrumento para cavar sin levantar sospechas o atraer a alguna pareja alejada del gentío. Cuando ya hubo transcurrido lo que creí que eran un par de horas, me pareció oír un ruido sordo detras de mí. ¡Qué susto cuando aparecieron justo ante mí aquellos forasteros!

En un primer momento parecieron extrañarse de ver a un solitario joven en aquella oscuridad, pero en cuanto vieron mi aspecto sucio y sudoroso, se convencieron de que era mejor seguir de largo. ¿Por qué no lo hicieron? ¿Por qué sopló de pronto un viento frío? ¿No es posible que pudieran haber mirado a otro sitio o hablar entre ellos en lugar de mirar hacia mis pies cuando sopló el viento?

Sentí un cosquilleo en mi pie, como si el viento me avisara de su delatora acción, aunque no hice caso. Sólo podía mirar a los forasteros, una pareja que viajaba por la zona, hacia pueblos recónditos, según empezaron a relatarme.

Mientras hablaban, no dejaba de mirarlos, pero aquel cosquilleo, aquel cosquilleo… Comenzó a irritarme sobremanera. No, no podía dejar de mirarlos y sin embargo mi ira fue aumentando, porque no podía perderles de vista mientras no se fueran….

De pronto lo entendí; de pronto supe que tenía que hablarles de las maravillas del pueblo, de su feria, que se celebraba en esos momentos a tan solo unos metros y que, seguramente podían ver desde allí. ¿Por qué narices no se iban? ¿Por qué no me dejaban solo?

Cuanto más crecía mi ansia por la soledad, más me enfermaba el cosquilleo del viento en mi pie, me parecía una burla…..hasta que miré: de entre la tierra que estaba a mis pies, sobresalía un trozo de aquella tela maldita, que se burlaba de mí, como tirándome del pantalón para avisarme de su traición.

Y no pude más, no pude. Aquel momento fue el de la explosión de mi locura, no pude más y ante aquellos forasteros de mirada confusa exclamé:

-Sí, lo hice, lo hice, ¿o no ven que me llama desde su tumba para hacer justicia?

Yurena González. Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife 2010.

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , , | Deja un comentario

Amarga sonrisa

         ¡Sí, yo estaba allí!, ¡sí, estaba sentada a su lado! Era real, tan real como la sombra creada por la luna llena de cualquier noche de verano, ¡sí, así de real era! Nos citamos en una desolada esquina lagunera, ella llegó sonriente pero estaba convencida que bajo aquella sonrisa algo, algo ocultaba. ¡Sí, estaba tan convencida! Pero seguí sus pasos, tras algunos meses sin vernos no había nada de qué hablar, sólo reproches, sólo falsas sonrisas, sólo falsas miradas. ¡Sí, lo intuía, mis sentidos intuían qué falso e ilusorio era todo, ellos nunca me engañaban, mis sentidos nunca me engañaban!

         Llegamos al teatro sin apenas mediar palabra, sólo su sonrisa recordaba mi mente, terrible curva sinuosa que mis sentidos repetían una y otra vez cuan falsos podían haber sido todos aquellos años. Subimos la escalera intentando encontrar nuestra butaca, Honor 2, finalmente la segunda planta, una pequeña puerta y allí estaban nuestras nuestros. No hubo palabras, sólo gestos, miradas y aquella sonrisa una y otra vez, una sonrisa que me desestabilizaba, me enloquecía, me hacía sentirme desnuda y vacía a la vez. Quizás pueda pensar: qué pobre excusa pero usted. Sí, usted tenía que haber escuchado lo que decían mis sentidos, haber visto lo triste que me ponía aquella aparente inocente curva en su boca. Usted tenía que haber visto cómo me atormentaba, cómo me enloquecía, pero no me tome por loca pues, ningún loco hubiese procedido tan astutamente como lo hice yo, ninguno hubiese fraguado algo tan sutil. Piense en Van Gogh, en cómo su locura le hizo ser tan poco astuto al cortarse su propia oreja: eso sí, eso sí encierra una caprichosa y sorda locura.

         En cambio yo procedí con cautela, le invité a ver Hamlet en el Teatro Leal y todo transcurrió con suma normalidad, nada, no hice nada que pudiese ponerle en sobreaviso pero, sin embargo ella constantemente sonreía, constantemente me miraba y constantemente movía su bolso, de izquierda a derecha y de arriba abajo, no paraba y cada vez más tensa me ponía.

Por fin oscuridad, el telón asciende lentamente y ante aquella sombría y oscura explanada el majestuoso y sinuoso Castillo de Elsinore. Aparecen los primeros personajes de la obra, Francisco y Bernardo, Horacio y Marcelo, comienzan los diálogos.

Me sentía cada vez más agitada, su bolso no dejaba de moverse y, de pronto, en la hebilla de su bolso se dibujaba su sonrisa. ¡Oh no, otra vez no!, pensé, pero allí estaba de nuevo. Me sentía agobiada, nerviosa, sentía calor mucho calor y sed. Intenté dejar de mirar el bolso y concentrarme en la obra. Sí, así lo hice, poco a poco me dejé llevar por las palabras de Polonio a Laertes: “Sobre todo sé sincero contigo mismo, y de ello se seguirá, como la noche al día, que no puedas ser falso con nadie. ¡Adiós!”.

De nuevo aquellas palabras se apoderaron de mi mente, la voz de mi conciencia se había callado, y mis sentidos me demostraban una y otra vez cuan falso había sido todo. Me repetía interiormente “sé sincero contigo mismo”, repetí otras siete veces “no seré falso con nadie” y, finalmente, me dije interiormente adiós

Sentía cada vez más calor, un calor desde mi interior, mis manos sudaban constantemente y su bolso ahora estaba inerte reflejando en su hebilla mi tortura. Ahora la Sombra ya no sólo rondaba en torno a Hamlet, sino que también sentía su presencia en torno a mí, sentía como si me apretase por dentro, sentía cómo sus manos acariciaban mis hombros y me susurraba al oído: ¡jurad!, ¡jurad!, ¡jurad!.

Ahora sí, Hamlet estaba solo en el escenario del teatro lagunero, apenas iluminado por un haz de luz pero me miraba, sí me miraba a los ojos; de pronto ya no había nadie en el teatro, sólo él y yo, me miraba y me dijo con un decidido tono de voz que iluminó mi apagado interior: “Ser o no ser: he aquí el problema. ¿Qué es más levantado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la Fortuna o tomar las armas contra un piélago de calamidades, hacerles frente, acabar con ellas? ¡Morir, dormir, no más!”. Su voz se fue apagando poco a poco en mi cabeza, sólo era capaz de repetir, una y otra vez morir, dormir, no más… una y otra vez, así hasta trece veces las repetí. Y sí, él tenía razón, tenía toda la razón.

En medio de aquella sala donde el calor era cada vez más abrasador y en la que la sed se había ido apoderando de los cuerpos cada vez más deshidratados, me agaché lentamente y recogí mi bolso del suelo, de él saqué una fresca botella de agua que estreché entre mis manos como un tesoro. Sus ojos se movieron, se fijaron en la botella de agua, la balanceaba y sus ojos perseguían su rastro, sin duda la sed se había apoderado de su cuerpo, pensé.

En medio de aquel puro delirio de personajes reunidos en un cementerio, seguía estrechando entre mis manos aquel dulce y amargo placer para calmar la sed de mi amiga, el agua. Esperaba pacientemente a que se acercase y me susurrase al oído, ¿me darías agua, por favor? Y no tardó, fue ella quien quiso beber, créame, yo no se la ofrecí, ella me pidió agua para calmar su sed. Volví a mirar su pálido rostro y ahí estaba otra vez dibujada su sonrisa, aquella tormentosa sonrisa suya que se dibuja en su cara. Estiré mi brazo sin pensar que no era agua lo que le ofrecía, pero ella abrió la botella y bebió, bebió hasta tres veces bebió.

Ahora en el escenario discuten Hamlet y Horacio por una brillante copa; Horacio llora y Hamlet bebe… Finalmente tambores lejanos se escuchan en toda la sala, primero muy bajito pero los tonos aumentan en intensidad poco a poco. De pronto su bolso, por fin, cae al suelo pero mi mirada esta clavada en Hamlet, observo cómo poco a poco merman sus fuerzas fruto del veneno, hasta que cae. Los tambores invaden toda la sala del teatro, la luz va ganando en intensidad y finalmente los aplausos de la sala terminan la obra.

De nuevo la luz, el bolso seguía en el suelo, la botella la tenía sujeta entre sus manos, la cabeza ladeada y, por fin, sí, por fin, la sonrisa había desaparecido de su rostro.

Tenía la sensación de haber despertado en ese momento, allí seguía, igual, sentada. Volví a cerrar los ojos, pero seguía igual, parpadeé una vez, dos veces y hasta tres, pero allí seguía sentada, sujetando la botella entre sus afiladas manos, estaba inerte, inexpresiva ahora al fin, no había mirada, no había sonrisa, no había gestos… Ahora quería que ladease la cabeza y que tan solo me dijera una palabra sincera.

María Jesús Cruz. Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife 2010

8 junio 2010 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , , | Deja un comentario

Una mujer ardiente, un cuento de corazones delatores

Coincidiendo con el II Taller de Novela Negra de Arona, este año impartí un taller en torno a El corazón delator, de Edgar Allan Poe en los institutos de ese municipio. La propuesta era que, a la manera de Poe, los alumnos diseñaran su propio crimen. El escritor amigo Julio Santamaría, profesor de Lengua y Literatura del IES Guaza, me envía el cuento escrito por Daniel Fernández Álvarez, que cuelgo a continuación como muestra, con mi enhorabuena por su trabajo.

Una mujer ardiente

Cuando empecé a trabajar para ella, no pensé que acabaría matándola. Me caía bien, pero los trabajos que a menudo me obligaba a realizar hacían que cada vez la odiara más, hasta que ya no aguanté e ideé un plan para acabar con ella.

Me llevó tiempo prepararlo, pero sabía que cada día se sentaba en el mismo sillón, así que una noche, mientras todos dormían, coloqué una trampa para que cuando se sentara llegara su fin.

Como yo bien sabía, se sentó en el sillón y la trampa se activó haciendo caer gasolina sobre ella y una cerilla recién encendida. Murió abrasada. Disimulé al llamar a la policía (fingiendo estar sorprendido). Cuando llegaron, me mostré triste, aunque estaba feliz. Pero, de repente, comencé a notar un calor sofocante y fui perdiendo los nervios hasta que dije:

-¡Sí! ¡Fui yo quien la hizo arder!

 Daniel Fernández Álvarez 1º B

21 junio 2009 Posted by | Cuentos, General, La factoría ambulante | , , , | Deja un comentario