Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Vivir para amar o amar para vivir

Las noches estrelladas de invierno llaman a la reflexión. Esa noche las estrellas parecían faros a punto de caer sobre su cabeza. En la cabaña sólo se escuchaba la profunda respiración de su amante. Se levantó y caminó sobre el frío suelo. Salió al fresco de la noche y se tumbó lentamente en el suelo, para poder observar las estrellas. A lo lejos alguien cantaba Time after time en un susurro…

Amarle fue como lluvia en un ardiente verano. Revitalizante. Fue un hallazgo tan casual que hasta parecería premeditado. Su mirada era intensa, como una red de terciopelo; era lo que más le gustaba, que la mirase, y poder beber de sus ojos todo. Beber su amor, su historia, sus sentimientos, bebérselo todo hasta dejar el recipiente vacío. Y finalmente pasó: su mirada se quedó vacía, sin contenido, sin amor, sin sentimientos, sin vida. Un día su alma murió, el alma conocida murió y la sustituyó una nueva, a la que nunca supo adaptarse. Y entre estertores y mentiras desnudas todo murió.

Se incorporó, con la espalda entumecida y la voz de Cassidy bajo la piel. Lo mejor sería despedirse ya de esa vida. A unos pocos metros había alguien esperando su regreso y su decisión. Se introdujo entre las sábanas y los brazos de su amante susurrándole con voz temblona: “Ámame”.

 Esther Fernández Guerra

7 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Sinfonía para una mente rota

La soledad la carcomía por dentro. Abrió las puertas del armario y una por una fue sacando todas las prendas de color. Primero la amarilla. Verde, Roja, Azul, Blanca, Naranja. Ya sólo quedaba un pequeño montón de ropa gris y negra. Se ahogaba y rompió a llorar sobre el vestido negro. Se recostó en el suelo y rodó hasta meterse dentro del armario, debajo de los cajones. Pasó mucho tiempo ahí dentro, quizá un día, quizá dos.

El calor fue lo que la despertó. Abrió los ojos y alzó la vista. Estaba muerta. Tenía que estarlo porque aquello era el infierno. De pronto, una llama alcanzó el armario y se percató de que era real. Las llamas contagiaban todo su calor, mientras ella, con un torpe caminar, salía de la casa. Negro. Eso era lo único que le quedaba, una casa llena de negro, pero vacía.

Pasó las siguientes semanas en casa de su amiga Luisa, en un estado prácticamente vegetal. Comer; dormir; comer; baño; dormir; baño; comer; dormir. Vomitar. Vomitarlo todo. A ninguna de las dos se le ocurrió que Olga pudiera estar embarazada, pues a su edad era, supuestamente, imposible.

Hacía muchos años que Olga había perdido toda la esperanza de ser madre, por eso no le importó que su bebé fuera rectangular y tuviese cuatro patitas. No estuvo segura de lo que era hasta el día del parto. Fue doloroso, y, por imposibilidad geométrica, le tuvieron que hacer la cesárea. Un secreter. Una mesita con las patitas enrolladas y unas difusas líneas donde se desarrollarían, más adelante, los cajones.

Olga lo alimentó con sus palabras. Y sus secretos. No le contaba solamente lo que vivía a diario, sino también aquellos oscuros secretos que pensó que tendría que cargar en soledad y en silencio. Pero eso no era suficiente para el Secreter, y se sentía solo, su madre no le dejaba tener amigos, y ningún otro ser humano sabía de su existencia. Su único amigo era un gatito azul que, siempre que Olga volvía a casa, salía por el agujero de la ventana.

Un día cuando Olga volvía de su paseo matutino por el parque, vio una muchedumbre alrededor de la puerta de su casa. También estaba la policía. Se asustó. Se acercó poco a poco, y al llegar a la altura de la cinta se le encogió el corazón. Toda la acera estaba llena de fotografías de su difunto esposo y de papeles firmados por ella… Un policía muy alto se le acercó y le preguntó: “¿Es usted Olga Curbelo, viuda de Antonio Sánchez?”. Ella sólo pudo asentir con la cabeza. Entonces el hombre sacó unas esposas de su bolsillo y sentenció en voz alta: “Señora Curbelo, queda usted detenida por el asesinato de su marido Antonio Sánchez. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra ante…”.

Final alternativo 1

Tres semanas habían pasado sin que se supiera nada de aquella viuda del 2º piso cuando los vecinos decidieron irrumpir en la casa. Todo estaba intacto, dormido bajo una capa de polvo, pero intacto. Sólo había un objeto que rompía con la armonía de la casa. Un secreter destrozado y una enorme hacha sobre él.

Final alternativo 2

Con el  tiempo Olga comenzó a sospechar que el Secreter tenía un amigo. Actuaba de una manera diferente con ella, ya no ansiaba tanto su compañía y, hasta juraría, que no la escuchaba de la misma forma. Esa situación hizo que Olga se volviera más estricta con el Secreter, y que llegar a casa fuera como tumbarse en una cama de clavos. Ya no dormía, esperando a oír llegar al amigo del Secreter. Cuando salía se quedaba un largo rato detrás de la puerta por si llegaba “el amigo”. El Secreter apenas se percató de esas acciones dignas de pacientes de un centro de psiquiátrico, ni siquiera imaginó que Olga sospechaba que cuando ella se iba él tenía compañía. No lo sospecho hasta que lo supo. Y lo supo al mirar una tarde por la ventana y ver un bulto azul con cuatro patitas tirado en medio de la calle, y a Olga volviendo a casa con una impecable sonrisa.

Esther Fernández Guerra

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 7 comentarios

Sexo y taxis

Un bolso, y en él lo básico: dinero, documentación, llaves, teléfono móvil, barra de labios rojo oscuro, lista de la compra, pañuelos de papel, un abanico y preservativos. Provista de lo necesario, Escarlata comienza a caminar hacia el centro, que está lejos, pero hoy no tiene prisa.

Pasa ágilmente de una calle a otra sobre los tacones rojos, disfrutando en cada paso de su sonoridad perfecta, mientras sus cabellos, rebeldes, mecidos por el viento la asemejan a Medusa.  Suena el teléfono móvil, es su novio. Pero no le apetece hablar con él, así que pone el móvil en silencio y no contesta.

Al girar en la esquina de la calle de La fuente de plata, ve un taxi parado en la acera de enfrente. El taxista es muy atractivo y Escarlata no puede dejar de mirarle. Ante esa intensa mirada el taxista abre la puerta, y ella acepta su invitación.

-¿Hacia dónde la llevo, señorita? -le pregunta él.

-Al centro, caballero -contesta Escarlata con un poco de sorna.

Se acomoda en uno de los asientos traseros y acunada por la sensual voz del taxista cierra los ojos. Cuando los abre, el taxista se gira, la mira fijamente, y salta a los asientos traseros. Sus ojos son intensos, queman. Tras un pedazo de eternidad se acerca a Escarlata y la besa. El beso es profundo, ardiente; parece que buscase su alma. “¿Cómo se llama, señorita?”, susurra el taxista recuperando el aliento. “Escarlata, me llamo Escarlata”, le responde descubriéndose. Ambos se funden en el pequeño espacio; su abrazo de hierro la hace estremecer. Las manos del taxista recorren como arañas cada poro de su cuerpo, paso a paso, inspeccionando antes de morder, inyectándole la pasión. “Prefiere que entre por aquí, ¿o tomo la otra ruta?”, dice el taxista. Escarlata simplemente se entrega, arañándole la cara y mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar.

-Ya hemos llegado, señorita -informa el taxista sobresaltándola.

-Ha sido un buen viaje -responde Escarlata frustrada, mientras piensa: “Podría haber sido mejor”.

Al bajarse del taxi suena nuevamente el teléfono móvil, otra vez su novio. “No me queda más remedio que contestar”, piensa Escarlata limpiándose la sangre del labio.

Esther Fernández Guerra

 

16 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Con un poco de mala suerte

Creyeron que podrían simplemente evitarme, pero se equivocaron. Cada exclusión me hacía hervir la sangre, y aquella fue la última. Pero algo en mi maravillosa venganza no salió del todo bien. Lo que hacemos siempre vuelve a nosotros.

En un día normal, yo estaba en el bosque atormentando a un iluso cervatillo. Justo en ese momento, escuché un murmullo de voces estridentes comentando lo que regalarían a la princesa Aurora en su bautizo. ¡A eso se debía tanto alboroto! ¡Las hadas llevaban semanas como locas! Si no deseaban que yo diese mi bendición a la princesita, entonces lo haría, le regalaría algo inolvidable.

Todo iba saliendo maravillosamente hasta que la entrometida Hada de las Lilas metió la varita en el asunto. La princesa Aurora no moriría. Prohibiendo los husos, el Rey pensó que había tomado una decisión adecuada. Pero, claramente, no fue muy efectiva: la curiosa princesita hizo realidad mi maldición y desde entonces el reino duerme.

He de confesar que observarlos, regodeándome en mi éxito, se ha vuelto mi mejor pasatiempo. De hecho, en estos momentos estoy agradeciendo al Hada de las Lilas que no me dejara matarla. ¡Cuán aburrida estaría ahora si no! Se percibe el eco de una pisada, alguien está subiendo la escalera principal. Estoy segurísima de que el Hada le ha ido con el cuento a un príncipe para despertar al palacio de su sopor. Ahí llega, tal y como imaginaba, un príncipe repulsivamente adornado, como revestido de espejos. Avanza hasta los níveos pies de la princesita curiosa. Son tal para cual, ¡una pareja repugnante! Tal vez con un poco de mi ayuda estén juntos para siempre…

Concentrándome en mi magia y en el poder adquirido en los últimos cien años, extiendo mis brazos y de las puntas de mis dedos fluyen miles de rayos plateados que se encuentran con el cuerpo del caballero andante. Pero por alguna extraña razón sigue despierto. ¿Qué ocurre? Alzo la mirada y me topo con mis somníferas lágrimas de luna, que atraviesan mi cuerpo mientras el sueño embota mi cerebro.

Esther Fernández Guerra

2 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario