Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Microrrelatos

BÚSQUEDA INFRUCTUOSA

La busca por las noches, pero no puede verla. Prueba durante el día, y ella desaparece. Es que ya son más de cincuenta años intentando encontrar la oscuridad.

 LA QUERELLA

—Buenos días –dijo el ciego–, necesito tramitar una querella.

—Muy bien, ¿contra quién? –interrogó el empleado del Juzgado.

—Contra el Dr. Sigmund Freud.

Al tener que exponer los motivos de su denuncia, el hombre alegó que el renombrado psicoanalista había utilizado para propio beneficio y con fines supuestamente científicos, cierta información confidencial extraída de una antigua biografía suya escrita en Grecia.

—Perfecto –dijo el administrativo– pero antes, ¿me puede decir su nombre, por favor?

—Sí, por supuesto, soy Edipo, Rey de Tebas.

 EL RETO

—¿A que no eres capaz de hablar al revés? –desafió el niño a su padre.

—…secnotne ogid et euq otse sedneitne is rev a, ¿oN?

 Fernando Adrian Mitolo

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21 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

LA ENCICLOPEDIA DE ANATOMÍA

 

—¿Por qué está tan oscuro aquí? Que alguien me ayude, por favor –fue lo último que articuló Marisol. Y es que aquella mañana no debió haber hecho semejante barbaridad. Siempre había sido una mujer extraña, esquiva si acaso; quizás por eso nadie la echó de menos en la comunidad.

Ocho meses antes del insólito suceso, durante una visita de su hija Astrid, Marisol protagonizó un fuerte altercado con ella. Éstos eran habituales; sin embargo, aquel día, utilizando un tono demasiado exagerado, la adolescente le exigía que asumiera de una vez sus responsabilidades y que depusiera su papel de víctima. 

Marisol no hablaba, sólo escuchaba. Siempre hacía lo mismo, utilizaba el silencio a modo de estrategia; buscaba cebarla, hacerla enrojecer, vomitar lo que tenía dentro, para luego, replicarle y echarle en cara lo mala hija que era. Pero ese día se quedó muda y no replicó. Más aun cuando Astrid dijo esa frase:

—Ya va siendo hora de que te veas de una vez y empieces a conocerte un poco más a ti misma.

A partir de aquella tarde, Marisol se sintió extraviada, traspapelada. No me veo, es que no me veo,  martillaba el lenguaje en su cabeza. Temió perder la lucidez y, al pensarlo, intuyó que ya la había perdido.

Aciagos días y noches de desvelo la transportaron por espacios peligrosos. Sentía el pecho encorsetado, como si estuviera ceñido a sus pulmones, y odiaba a Astrid.

Se volvió sobre sí misma y se refugió en los libros de autoayuda. Pero al poco tiempo empezó a detestarlos. Vagó por las calles durante días enteros, trazando circunferencias, dibujando órbitas. Pensó en pedir ayuda, pero intuía que no era asunto de otro, hasta que no pudo más y, cierto día, tuvo un arrebato.

Enceguecida, fue hacia la biblioteca y empezó a sacar los libros uno a uno de sus anaqueles, encendió fuego y se dispuso a quemarlos. De pronto, en medio de tanto furor, algo le llamó la atención y la detuvo; apagó inmediatamente el fuego y separó el hallazgo: una enciclopedia de anatomía plagada de ilustraciones a todo color.

Sin soltar el libro y como si fuera una sonámbula se dirigió al espejo, se tapó la cara con ambas manos y se derrumbó sobre sus rodillas.

El libro seguía ahí, esperando a que lo mirara, y ella lo miró. Lo tomó entre sus manos y empezó a deslizar sus hojas una por una. Órganos sueltos, uno tras otro, partes de cuerpos sin cobertura, sólo fragmentos, eso es lo que vio. Esto soy yo –pensó–, pero no me veo, es que no me veo.

Un ruido de su estómago le recordó que existía, así que, como un autómata, se dirigió a la nevera que no contenía más que gélido vacío. Suspiró fastidiada ante la necesidad de tener que salir, pero tomó lo imprescindible y abandonó la casa dando un portazo.

Caminó aturdida a través del ruido de la ciudad hasta que, repentinamente, se percató de que se encontraba frente al mostrador de un puesto de carne. El comerciante repetía una y otra vez:

—Veintitrés, ¿Quién tiene el veintitrés?

Marisol sólo oía sólo un eco lejano. Su mirada había sido robada por aquel animal descuartizado, cuyas partes inconexas yacían dentro de la vitrina.

De pronto, ese conjunto de vísceras y miembros descoyuntados la transportó hasta la enciclopedia de anatomía. 

Volvió a su casa, cerró la puerta con llave, trabó las ventanas y corrió los cortinados a fin de que nadie pudiera verla desde afuera.

Se desnudó pausadamente, observando cada pliegue, cada sequedad, y la cicatriz de la cesárea de Astrid, que había olvidado que era parte de su abdomen. Al ver sus pechos los creyó muertos, al igual que tantas otras partes de su cuerpo. Se tocó los cabellos, los acarició y sintió su aridez.

Se sentó sobre una manta y, a su lado, colocó la enciclopedia. Estaba lista para hacerlo, así podría darle una ilusión a Astrid y decirle que había conseguido conocerse. Súbitamente sintió que no la odiaba.

Miró hacia el techo elevando los ojos y manteniendo la posición de su cara recta. Le dolían, pero los mantuvo.

—Uno, dos, tres… –contaba–, cinco, seis, siete… No me veo, es que no me veo.

Dirigió su vista hacia la página abierta de la enciclopedia y eso le dio ánimo. Luego miró hacia arriba, pero esta vez realizó el movimiento con más fuerza, incluso aprovechó el envión que le proporcionaba la musculatura del cuello. Los ojos se le pusieron en blanco, titilando, temblando ante la exigencia de colocarse en dicha posición. Poco a poco todo empezó a teñirse de gris, aunque por momentos, pequeños destellos de luz provenientes de la lámpara que tenía sobre su cabeza, inundaban de blanco sus pupilas. Pero esto duraba pocos segundos: inmediatamente imprimía un nuevo impulso que los volvía hacia adentro, cada vez un poco más.

El experimento fue extremadamente doloroso, sobre todo los posteriores intentos, mucho más  profundos. Era tanto el ímpetu con el que los volteaba que al cabo de cuatro o cinco ensayos dejó de percibir la luz del salón.

Una vez dentro, todo se convirtió en sombras y una penumbra viscosa envolvió las dos bolas blancas que, curiosas, se bamboleaban sin cesar.

—Ahora sí que me veo –dijo, y continuó su viaje interior. Sin embargo, algo salió mal, ella no quería quedarse allí.

Han pasado ya seis meses y todavía nadie la echa de menos, ni siquiera Astrid. No se sabe si está viva, quizás sí. Entretanto, Marisol continúa ahí dentro, atrapada.

Fernando Adrian Mitolo

9 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 6 comentarios

EL ACEITE DE CARLITOS

Mi marido el Ruben siempre dijo que este nene era raro, Carlitos, quiero decir, pero yo no le daba importancia, de bruta no más, porque se comprende que el chico tenía un problema, normal lo que se dice normal, no me salió.

Un mediodía, cuando tenía siete meses, mientras estábamos comiendo, el Ruben me dice:

—Andá a cambiar a ese pibe que tiene una baranda que no se banca, ¿qué se comió?, ¿la pata de Gardel?, mamma mía, cómo caga.

Y la verdá que sí, se ve que se había hecho de vientre, porque del olor tuve que echar desodorante por toda la pieza. Ahí nomás largué el plato de mondongo y fui a buscar el cambiador. Ya cuando lo agarré en brazos hasta a mí me dio asco. ¡Qué olor que le salía! Le saqué la ropita, lo dejé desnudito y lo puse bocarriba. Yo, endemientras, me puse un algodón en la nariz, porque es que no se aguantaba. Cuando lo apoyé, noté algo raro en la… cómo se dice, la testura de la caquita, como que no era la que hacía siempre, no sé, era más… aceitosa, eso, parecía aceite. Hice tripa corazón y la toqué, muy poquito, con la punta de los dedos, y sí, como que me resfalaban al tocarla. Me recuerdo que ese día no le dije nada al Ruben, hice como que no pasaba nada.

Al otro día, otra vez, a la misma hora, justo cuando estábamos comiendo se hizo encima, ya parecía a propósito. Y también, ¡qué olor!, ¡insoportable! Menos mal que comía sanito, porque yo siempre le hice caso a la dotora, pero se ve que era eso, lo que tenía en la caca.

Ese día ya me preocupé, porque cuando le saqué el pañal tenía pegado un lamparón de aceite.

—¿Y esto qué es ahora? –me recuerdo que dije en voz alta, y el Ruben paró la oreja.

—¿Qué pasa Chola?

—Nada, nada, el nene, que se cagó –le dije, y lo limpié rápido para que aquel no se diera cuenta.

Lo raro era que esa caca tan pestilente no la hacía siempre. Había veces que la hacía normal, sin ese olor. 

Pero al día siguiente yo justo estaba en el baño y, el Ruben, que acababa de entrar, lo encontró al Carlitos llorando. Se acercó a la cuna para agarrarlo, pero cuando se asomó, casi se cae de espaldas. Otra vez se había cagado con ese olor.

—¡Cholaaa!, ¡Cholaaa! –gritaba como si yo fuera sorda.

—¿Queeeeé? Estoy en el baño, ¿qué querés?

¿Qué iba a querer?, que lo cambiara, eso quería. Pero yo no podía salir, se comprende que estaba ocupada, así que lo tuvo que limpiar él, y claro, ahí se dio cuenta. Porque el Ruben será bruto, pero siempre fue de inteligente, no se le pasaba una. Esa misma tarde me lo hizo llevar de la dotora.

—¿Y vos por qué no me dijistes nada de esto? ¿Qué te creés, que soy mongólico yo?, ¿que no me iba a dar cuenta? –me decía a cada rato, como cien veces. Tanto hizo, tanto hizo, que a la final me hizo llorar, de los nervios. Ahora lo entiendo, es que él tenía adoración por el Carlitos, cómo no se iba a poner así.

Al llegar al consultorio de la dotora ya estaba más tranquilo, así que entramos los dos, con el Carlitos, claro. Y bueno, nos quedamos fríos, porque en cuanto lo revisó, enseguida se dio cuenta.

—Señora, ¿pero usted no vio esto? –me preguntó toda colorada.

—No, ¿lo qué?, ¿lo del aceite? Sí, eso sí –le contesté mirando al Ruben.

—No señora, lo del aceite no. Bueno, sí, pero lo que yo le pregunto es si usted no vio de dónde le sale el aceite al nene. Mire, acérquese. ¿Ve esto?

—¡Ay, mirá Ruben! ¡Vení a ver!, perdone dotora, eh…

—Uuuuhhh, ¿y eso qué es? –dijo el Ruben, con la cara blanca como un papel, de la impresión.

—Si le digo la verdad, no lo sé –nos dijo ella, toda seria–. Tendremos que hacerle estudios. Por ahora pónganle una gasita acá, en el agujerito… ¡No se lo toque señora! Se la dejan así, como yo se la puse ahora, se la cambian cada ocho horas, y me lo traen dentro de tres días para ver cómo sigue.

Qué disgusto con ese chico, salirle eso, justo ahí. Qué mal la pasamos; el Ruben estaba como un loco, casi se enferma. Menos mal que yo fui fuerte, porque si no, esa casa se venía abajo.

Por suerte le hicimos los estudios y salió que no era nada grave. En realidad era un agujerito que lo tenía de nacimiento, al lado del culito, yo ni me había dado cuenta, y por ahí, se ve que le salía el aceite. Y claro, esas veces que hacía con tanto olor, no era la caca, ¡era esto!

La dotora lo vio unas cuatro o cinco veces más y, un día que yo había ido sola con el Caritos, me dijo que hasta si quería, el aceite lo podía usar, que era del bueno.

—¿Cómo que lo puedo usar? –le pregunté yo sorprendida- ¿Usté dice para hacer la comida? ¿Y el olor? ¡Pero si eso no se puede ni aguantar, eso debe ser un veneno!

—No, señora –me dijo, y se ve que algo le causó gracia, porque se reía. Quédese tranquila que lo del olor con estas gotitas se le va a ir yendo. Usted lo único que tiene que hacer es traerlo cada seis meses para revisarle el agujerito, nada más.

Y la verdá que tuvo razón, a los tres días el olor se le había ido. Otra cosa que notamos fue que echaba más cantidá, y más espeso, así que una mañana que había perdido como medio litro, mientras el Ruben estaba en el taller, lo junté todo en un frasquito y dije:

—Yo lo pruebo, a ver qué sale. Si la dotora dice que se puede, se ve que se puede.

Y lo usé para freír una tortilla.

Cuando mi Ruben la probó no le cabía en la boca de tan grandes que cortaba los pedazos.

—¡Pero Chola! ¿Con qué hiciste esto? ¡Te salió para chuparse los dedos! –y endemientras se metía otro pedazote.

—No sé, Ruben, yo la hice como siempre.

Y así fue pasando el tiempo: un día una tortillita, otro día unos minuelitos, que huevos fritos, que papas fritas, todo todo lo freía con el aceite que perdía el nene, porque yo no lo iba a tirar.

El Ruben nunca lo supo, y el Carlitos la verdá que se portó, nunca le dijo nada al padre.

Así estuvimos hasta que cumplió los catorce. Yo no sé qué le agarró a ese chico, pero se le dio por salir todo el tiempo a la calle, volvía tarde, estaba rebelde, se ve que era la dolecencia esa que dicen. Yo sospechaba que tenía alguna noviecita o algo. Y sí, estaba tortoleando con la hija de la de la farmacia, la Betty. Pero lo peor no era eso, sino que empezó a perder menos aceite, cada vez menos cada vez menos, hasta que un día, se le cerró el agujerito.

—Chola, ¿vos le pusiste algo a la tortilla? Está más desabrida –me dijo una noche el Ruben.

—No, nada –le conteste, toda colorada, y el desgraciado del Carlitos me miraba y se reía- es que el aceite no viene más como antes. 

Fernando Adrian Mitolo

8 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

T.T.T

Mi aspecto se ha vuelto extraño. La gente no puede reconocerme y, lo que es más aberrante, yo mismo he perdido las señas de mi propia identidad.

Me gustaría contarles la historia de mis transformaciones, las T.T.T o, lo que es lo mismo, las 3 T.

La Primera fue muy lenta, al punto de, prácticamente, no darme cuenta.

Siempre fui una persona rara y una de mis características era la intensa y fluida vida interior en relación con mi cuerpo. De pronto, un día advertí que ese reverbero mental se me había ido totalmente de las manos. Acababa de desencadenarse en mí un proceso extraño, sumamente curioso, artesanal casi.

Comencé con la recolección y colección de todo tipo de cosas y objetos referidos al ambiente de la medicina. De a poco, eso derivó en una carrera irrefrenable por otros territorios, y empezaron a desfilar manadas enteras de profesionales alternativos y afines a lo corpóreo.

La prueba más evidente estaba formada por una cantidad de indicaciones, orales y escritas, medicamentosas o de ejercicios mentales, que éstos me recetaban para paliar los efectos de mi tormenta corporal. Me dispuse a guardar toda esa documentación. Pero, al tiempo, caí en la cuenta de que tenía que pasar a la acción, así que decidí agregar toda esa parafernalia al conjunto de mi anatomía. Lo hacía a través de alfileres, chinches, clips y toda clase de herramientas que unieran dichos elementos a mi cuerpo, o bien eligiendo partes escondidas de mi anatomía o, por el contrario, tapando las zonas en las que esos elementos quedaban visibles. Con esos pequeños recaudos, nadie advertía nada. El problema era el calor.

Cada día colocaba uno, o a lo sumo dos. El punto es que, en determinado momento del proceso, los uno o dos pasaron a ser treinta o cuarenta, cien o ciento cincuenta. Me convertí en un collage ambulante, atiborrado de cosas completamente externas a mí. ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Ahora que digo externas caigo en la cuenta de que de externas no tenían nada, si eran parte de mi cuerpo!

Cajas de medicamentos, algunas llenas, algunas vacías, otras con su receta correspondiente, direcciones de centros médicos y hospitales, también señas de algunas instituciones de terapias alternativas. Además, el nombre y la dirección de una médica o psicóloga, no recuerdo bien, que trabajaba la terapia cromática,  fisioterapeutas y masajistas, curanderos, en fin, un poco de todo. Todo encima. Y cajas, eso nunca faltaba, cajas y cajas de medicamentos, alopáticos, homeopáticos, todo muy ordenado, intentando no superponer nada con nada, y prendido eficazmente con pequeños imperdibles y otros atrezzos alrededor de todo mi cuerpo.

Mi vida diaria comenzó a complicarse. Vestirme era una odisea, desvestirme, ni hablar. ¡Los armarios no daban abasto para acoger tanta ropa y tanto complemento!

Entonces, ideé un método para optimizar ese trabajo, racionalizando al máximo lo que debía llevar encima. 

No obstante, eso era como tapar agujeros, necesitaba un cambio radical, otra transformación, una especie de cirugía simbólica donde yo fuera mi propio cirujano.

Comencé separando todo el material. Noches sin dormir, la casa revuelta, llena de papeles y cajitas, cosas por todos lados. Pero hacía falta algo para ordenar y catalogar ese caos. En principio, cajas, de las grandes, esas de mudanza, aunque no tan profundas, sino, preferentemente, bajas. Luego rotuladores, para ir marcando y señalizando todo el material. Cintas de cuero, duras, resistentes, con hebillas y bolsillos adosados, como una especie de cinturones, pero más anchos. Recopilé varios, esos viejos que la gente ya no usaba, de la calle, de las zapaterías, cosas que iban a  tirar. A mí me servirían.

Y por último, material de costura, de marroquinería, burdo, con remaches, tachas, chinches y esas cosas.

El proceso me llevo unos cinco meses aproximadamente. Un agobio exasperante. Al cabo de ese tiempo ya tenía armados los lotes,  formados por diferentes cajas que contenían todo mi arsenal. El próximo paso era armar los cinturones, diseñarles una especie de bolsillos y espacios para proteger algunas de las cosas, hacerles agujeros extras y argollas para colgar.

Los terminé una noche, los cinturones, unos quince, aproximadamente. Había llegado el momento de equiparlos y de meter en ellos todo lo separado en los lotes.

¡Qué alegría sentí al usarlos por primera vez! Cada día estrenaba uno distinto, según lo que necesitara, según mi agenda. Ya no iba empapelado de la cabeza a los pies, ya no parecía una cartelera.

Sin embargo, la cosa cambió rápidamente. Se me impuso una idea: ¿Y si la “cirugía simbo-estética” a la que me había auto-sometido, acababa de convertirme en otra cosa? ¿Y si ahora, en vez de señalarme como un excéntrico, me llamaban terrorista?

Empecé a creer en esa posibilidad. Me asustaba pensar que pudieran decir que mis cinturones escondían bombas. ¿Qué había pasado? ¿Qué había salido mal?

Empezó un nuevo suplicio: no sabía ya qué era, mi imagen me había tragado.

Necesitaba por tanto otro cambio, urgente. La Tercera T debía dar comienzo.

Esta vez opté por ser más simple, así que me armé de valor, me fui a una casa de telas y compré kilos y kilos, coloreadas y lisas, floreadas, estampadas, claras y oscuras, pesadas y livianas, de todo, para todas las estaciones del año. Llegué a casa y empecé. Decidí cubrirme, taparme, esconderme y ocultar todo aquello que, de ser visible, pudiera convertirme en un terrorista. 

Fernando Adrian Mitolo

18 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Tribulaciones de un peatón

De repente mis ojos vuelven a encontrarse con aquella bola roja que siempre logra interceptarme y vedarme el paso. A veces le desvío la mirada, le hago burla, haciendo como que no la he visto, y traspaso el umbral. Pero esta vez no tengo más remedio que detenerme junto a los demás y esperar a que vuelva a teñirse de verde, mientras un enjambre de ruedas y carrocerías pasa a toda velocidad.

Entretanto, miro al cielo y, al verlo tan obstinadamente gris, compruebo que está a punto de estallar y que en un tiempo no demasiado largo las gotas de agua volverán a descargar toda su fuerza sobre las calles de Madrid.

Hoy el viento se ha tomado un descanso, quizás porque las embestidas de anoche lo dejaron cansado. A veces sucede, una noche de furiosa ventura es seguida de una relajada aunque sospechosa calma. Y mientras oteo cada centímetro de este gris infinito, me pregunto qué hará el viento cuando descansa, pero sin siquiera esperar a que el interrogante finalice, casi sin tregua, llega otro: ¿y dónde se esconderá?, y me respondo que tal vez en alguna esquina, agazapado, espere quién sabe a qué, o a quién. Me gusta jugar conmigo mismo a este juego de preguntas y respuestas. Por eso, mientras el amarillo titilante anuncia su fin, me desespero y, rápido, antes de que la bola verde me diga STOP apunto una más: Y las gotas de lluvia, ¿qué harán las gotas de lluvia cuando, exangües y sin aliento, no tienen ya fuerzas ni ganas para dejarse caer? Quizás se guarezcan al amparo de las nubes, para tomar una pausa que las devuelva a su destino final, esa especie de suicidio colectivo que termina con sus cortas vidas.

A veces me entristezco al pensar en si no se sentirán solas. Y, no sé por qué, me respondo que sí, que tal vez por eso suelen andar junto al viento, buscando compañía. Quizás porque no soportan esa húmeda soledad, el no tener con quién hablar o con quién llorar, aunque tan sólo sea su irremediable destino de muerte.

Pero ahora debo continuar y cruzar. La bola ya se ha puesto verde y ha comenzado a llover.

Fernando Adrian Mitolo

5 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 10 comentarios