Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

La fotografía

Aquella mañana de agosto, acompañando a las habituales notificaciones bancarias, recogí del buzón de mi vivienda un inesperado sobre. Estaba sellado en San Pedro de Atacama y lo remitía Paula Orellana Contreras. Hacía unos meses, y a través de una conocida red social de Internet, había localizado su perfil. Sus datos personales me daban alguna pista en mis ya casi abandonadas investigaciones por conocer la historia de la familia de mi abuelo paterno, Jacinto Orellana. La coincidencia en los apellidos y en el nombre de la localidad de nacimiento de mi abuelo, un pequeño pueblo salitrero al norte de Chile llamado San Pedro de Atacama, había hecho reavivar mi interés, ya casi marchito, por conocer su pasado.

Hasta entonces, pocos datos había podido obtener sobre él. Mi padre había fallecido cuando yo  apenas tenía cinco años y tampoco había conocido a ninguno de mis abuelos. Además, por alguna causa que nunca supe y a pesar de mi insistencia, mi madre era reacia a hablar sobre la vida de mi abuelo y de su familia chilena. Nunca comprendí sus silencios a mis súplicas, motivadas por el profundo hueco que siempre había residido en mi interior, hasta que llegó el día en el que decidí no volver a preguntarle más sobre él, cuando como única respuesta recibí ahogados sollozos cercanos al sufrimiento.

Por desgracia, tampoco había tenido mucho éxito con el nuevo descubrimiento de mi familia chilena. Había cruzado con Paula varios mensajes a través de la red social y por correo electrónico. Sin embargo, algunas de mis preguntas seguían sin obtener una respuesta clara que satisficiera mi curiosidad. Hasta me llegué a cuestionar si esta curiosidad se había transformado en necesidad, y esta en una obsesión anormal. Pero las respuestas evasivas de Paula y su frase “mejor dejarlo así, es una historia que aún no nos explicamos ni nosotros mismos”, a mi insistencia por conocer, entre otras cosas, las razones por las que mi abuelo había abandonado Chile a la edad de veinticinco años, no hacían nada más que aumentar mi curiosidad. Tampoco me aclaraba lo que había sido de los padres de mi abuelo, Mario y Juana, o de su hermano Miguel, o de su hermana Cristina.

Así que cuando en ese instante de aquella mañana abrí el sobre, sellado en la oficina de correos de San Pedro de Atacama, me inundaron la emoción y la intriga. En su interior había una foto de la familia que parecía muy antigua por lo acartonado y descolorido del papel. En ella se veían a varios personajes elegantemente vestidos con indumentaria indígena propia de los habitantes de la zona y con rostro serio, como si el hecho de retratarse en una fotografía hubiera sido un acontecimiento extraordinario en aquella época. En la parte inferior estaba escrita la fecha del quince de noviembre de mil novecientos veinticinco. Enseguida supuse que era una foto de la familia de mi abuelo y que de esta forma Paula intentaba saciar mi curiosidad, al menos de forma visual. La fotografía iba acompañada de una nota escrita a mano y con una caligrafía que por su belleza sobrepasaba en mucho lo normal. La leí con inenarrable interés y transcribo su contenido:

Querido primo Esteban:

Deseo decirte en primer lugar que deseamos que estés bien. El saber de ti hace unos meses nos ha traído muchos recuerdos de nuestra historia familiar. Quiero indicarte que también para nosotros la partida del abuelo Jacinto dejó un vació en la familia que aún no hemos podido llenar. Tampoco hemos encontrado una explicación a sus consecuencias. Desde su partida no volvimos a saber nada de él hasta que te pusiste en contacto conmigo, lo que nos supuso una gran alegría y, al mismo tiempo, sorpresa. No sabíamos que se había casado en esas tierras de Europa ni mucho menos que había tenido descendencia, cosa que nos alegra profundamente.

Puedo decirte que aquí el abuelo Jacinto vivió una infancia feliz en compañía de sus padres y hermanos, y que hubo momentos entrañables mientras iba a la escuela o compartía el trabajo en el salar con su padre y su hermano Miguel durante los fines de semana. Las mujeres, en aquel tiempo, se ocupaban de las tareas de la casa y controlaban la economía familiar. Eran otros tiempos.

Pero, querido Esteban, siento decirte que nos es imposible darte más información que la indicada en esta nota y lo poco más que te he informado en nuestras comunicaciones previas. Hemos decidido enviarte la última fotografía donde aparece retratado el abuelo Jacinto. Fue tomada en mil novecientos veinticinco. Tu abuelo es el que está de pie, justo detrás de su hermana Cristina. A su lado, también de pié, está Miguel y delante de él, los padres Mario y Juana.

Decirte que aquí toda la familia nos encontramos bien de salud. Tenemos por costumbre reunimos en San Pedro de Atacama todos los quince de noviembre, día de la partida del abuelo Jacinto. Es una forma de mantener siempre viva su presencia entre nosotros.

Querida familia canaria, deseamos desde aquí todo lo mejor para ustedes y que puedan compartir entre todos la paz y la salud que aquí hemos gozado durante mucho tiempo.

Te pedimos disculpas si no podemos saciar más tu curiosidad. De momento, te pedimos encarecidamente que no insistas en profundizar en más cosas de las que te hemos informado. Nos resulta completamente imposible hacerlo pero quizás algún día puedas llegar a comprender todo esto.

Recibe un enorme abrazo y mucho cariño para ti y para tu familia de esta, tu otra familia, que te quiere tanto como siempre hemos querido al abuelo Jacinto.

Paula Orellana Contreras

Después de leer la carta me debatí entre el enojo y el malestar por quedarme casi igual que como estaba, aunque ahora, al menos, tenía la prueba fotográfica irrefutable de que la existencia de mi abuelo y de su familia chilena era real. Sin embargo no entendía las afirmaciones de mi prima Paula cuando se refería a las consecuencias que había supuesto para ellos la partida de Chile de mi abuelo Jacinto. Supuse que el dolor por no volver a saber nada más de su hijo mayor fue un duro golpe para la familia chilena. Pero, por otro lado, tampoco entendía que me hablara solamente de la familia cercana a la de mi abuelo pero sin hacer referencia ni siquiera a la suya propia, a sus padres, hermanos o tíos. Era como si no hubiera otros lazos familiares que los narrados en su carta. También me resultó curioso que las respuestas fueran conjuntas, como si hubieran tenido una reunión y hubieran decidido qué debía saber yo y qué no debía saber.

Confieso que me dejé llevar por la curiosidad y, a los pocas semanas, y a pesar de la petición de que dejara las cosas tal como estaban, decidí viajar a San Pedro de Atacama y conocer personalmente a Paula Orellana y al resto de la familia chilena. Así que tomé un avión a Santiago de Chile y posteriormente a Antofagasta, la capital de la región donde se situaba el pueblo de mi familia chilena.

A pesar de que había comunicado mi intención a Paula y le había dado la hora de llegada a Antofagasta, no había recibido ninguna respuesta por su parte. Es por eso que no me extraño no verla en el aeropuerto, aunque también quise pensar que podían haber sido sus obligaciones lo que no le permitiese haberse puesto en contacto conmigo. Al fin y al cabo, San Pedro de Atacama apenas era una ciudad de unos cinco mil habitantes situada a trescientos kilómetros del aeropuerto.

Decidí descansar en Antofagasta, recorriendo por un rato su puerto, ya casi en desuso, y sus plazas y calles impregnadas de un romanticismo decadente debido al ya casi inexistente comercio del salitre.

A la mañana siguiente tomé el autobús hacia San Pedro y quedé impresionado por la belleza del paisaje desértico de Atacama, como si el tiempo se hubiese parado durante cientos de años, por no decir miles.

Mi nerviosismo aumentó a medida que me aproximaba a San Pedro, en parte por lo que representaba estar viendo los mismos paisajes que había visto mi difunto abuelo durante su niñez y su juventud, y en parte por saberme transgresor de las recomendaciones familiares por parte de Paula y la familia chilena.

A las quince y treinta horas, me encontraba delante de la iglesia de San Pedro, cansado del trayecto y completamente solo. El autobús se había marchado y parecía que a esa hora la ciudad había quedado completamente dormida o, peor aún, desierta. La puerta de la iglesia estaba abierta, así que pensé que sería un buen sitio para estar a la sombra en aquel día soleado, quince de noviembre. A los cinco minutos de estar sentado en uno de los bancos de la iglesia, y ya a punto de salir para localizar un lugar donde alojarme, entró por la puerta una niña con vestimentas indígenas y, sin mediar palabra, me entregó un sobre color sepia y de mediano tamaño, y se marchó.

Me quedé atónito por lo extraño de la situación, como si hubiera entrado en un mundo al que no había sido invitado. Abrí el sobre, rogando que me diera alguna indicación que me guiara hasta ella o hasta algún otro familiar o al menos hasta alguien que me hiciera volver a una realidad más cercana. No fue así. En el interior del sobre había una fotografía, esta vez a color, pero similar a la que había recibido en mi domicilio de Arucas hacía tan solo dos semanas atrás. En la fotografía estaban retratados todos los familiares que había en la fotografía enviada a mi domicilio menos el abuelo Jacinto. Curiosamente, todos mantenían la misma expresión y estaban ataviados con ropas similares a las de la foto del primer sobre. Pero esta vez la fecha indicada era la de quince de noviembre de dos mil cinco, lo que hizo erizar mi piel.

También esta vez, una pequeña nota acompañaba a la fotografía.

Querido Esteban:

Lamento no poder atender tu curiosidad más de lo que hemos hecho anteriormente. Como podrás comprobar, el tiempo aquí transcurre con otra medida. Nosotros seguimos siendo los mismos, incluso mantenemos el mismo dolor por la partida de Jacinto, tu abuelo, nuestro hermano.

Cristina Orellana Contreras (Paula)

 

Jorge Halaby Ascaso

 

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22 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios