Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El navegante

Guillermo había hecho sus primeros estudios en un convento franciscano. En Huelva, donde terminó Filosofía.

Su vida transcurría entre estudio, oraciones y trabajos en los cuidados de la huerta y el cultivo de jamones, en el cual los franciscanos eran grandes expertos.

La rigidez de las normas del convento habían definido su carácter. Contaba entre sus virtudes: la disciplina, la pulcritud, el orden y el trabajo, mas no la fe. Los muros del convento cada vez le parecían más altos, produciéndole una sensación de agobio. Cada año menos soportable.

Antes de iniciar los estudios de Teología, abandonó el convento, en busca de una libertad que entendía le había sido usurpada. Se matriculó en Económicas y Derecho, las cuales estudió paralelamente y terminó en pocos años y con excelentes notas.

En poco tiempo, entró a trabajar en una gran empresa. Apreciado por su inteligencia y  su dedicación al trabajo, desplegando las virtudes adquiridas en el convento, obtuvo pronto el aprecio y el respeto suficiente para escalar puestos de responsabilidad.

A los 55 años fue nombrado director gerente de la filial española de su empresa. Había llegado profesionalmente a la cumbre, a lo más alto. Mas no en lo personal.

Poseía una vivienda en el centro de su ciudad, con su correspondiente préstamo hipotecario, un ropero con una docena de trajes de importante  marca, al igual que sus camisas, sus zapatos y su ropa deportiva. Frecuentaba los mejores y más caros restaurantes, eso sí, porque así  lo exigía su cargo. Cambiaba de coche cada cuatro años y de ordenador cada seis meses.

Un día, sin embargo, empezó a sentir el mismo agobio, la misma sensación de encierro que había tenido en el convento rodeado por un muro, con la diferencia  de que ahora se trataba de un muro virtual, conformado por la banca, las grandes marcas y su entorno social y profesional que le obligaba a vivir condicionado a ellos.

Noche tras noche, en sus sueños empezó a aparecer un mar azul inmenso y el horizonte, nada más.

El ¡basta  ya¡ no fue un seco golpe de émbolo, fue un acto intuitivo lento, realizado a lo largo de varios años y ubicado en su mente, casi por osmosis.

Poco a poco, se fue alejando de su entorno. Sus paseos por el muelle deportivo de su ciudad, quizá empujado por sus sueños,  fueron  cada vez más cotidianos, obtuvo el titulo de patrón de yate, después el de capitán de yate , y en uno de sus múltiples paseos vio  un velero que reunía, cuantas cualidades hubiera deseado.

El velero era un Dehler de 12 metros. Tanto el foque como la mayor eran de enrollamiento automático, y el de esta ultima mediante un motor. Esto hacía innecesario el rizar la mayor, con el correspondiente riesgo que ello conllevaba cuando el embate de las olas amenazaba con hacer perder el equilibrio al navegante con riesgo de su vida.

Lo compró, una vez arreglada su situación económica: vendió la vivienda, entregó  el coche a la entidad que se  lo tenía cedido utilizando la figura del renting y gestionó con buen éxito la prejubilación, la cual consiguió en buenas condiciones.

Durante semanas avitualló el velero sistemáticamente;  manteniendo sus criterios de orden, de trabajo, de pulcritud; y el día señalado y a la hora señalada , soltó las amarras y partió.

Pensativo, navegó durante  varias horas. De pronto, miró a su alrededor, y solo  vio un mar azul inmenso y el horizonte. Dejó la embarcación a la deriva, se tendió sobre cubierta y pensó: Ya decidiré qué rumbo poner.

José Said García

31 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios