Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Cadáver exquisito

Escrito colectivamente por los participantes en

 la sesión del lunes 11 de junio de 2012

En la mañana del abismo, una espina de calandria

se clavará en el corazón del destino, deteniendo

el tiempo en un instante

para vivir este momento exquisito

que se tornó en sangriento

que surgía entre sollozos y llanto.

Un llanto fuerte y profundo,

un llanto horrible, de otro mundo.

Un llanto viejo, un dolor antiguo,

ambiguo y taciturno.

Seguía y seguía con esperanza,

el ritmo de la danza de la panza

lo hacía bailar con esperanza

y soñar con la cena deseada

cumplió un deseo infinito

para lograr una meta

que te otorgue la solvencia.

Olvídate del orden establecido.

No importa nada, todo vuelve al principio

y te das cuenta de que estás en el comienzo. Decides continuar

gateando entre las tarántulas que encuentras a tu paso. Te paras.

Retrocedes. Continúas. ¿En qué punto se cruzarán los caminos solitarios?

Me miras. En este momento, antes de perderte de vista, lo sé.

Y recuerdo todo de golpe, amontonándose las imágenes en mi retina,

rebosando en espumas frágiles.

Estallando al quedar libres en el aire.

La burbuja que salió de su boca

se fue en busca de la verdad;

la verdad nunca es buena,

a veces es bastante desagradable

cuando se tiran por la escalera.

Usando técnicas distintas, para leerlas

se encontró con un vacío existencial.

Cada día leía cinco páginas de aquel libro.

El libro era fascinante.

Los personajes eran vivos.

Pero sus pensamientos nacían muertos,

les faltaban las tripas, el esqueleto y el corazón.

Aún así no había día en que no viniera repleto de palabras,

Palabras y palabras, durmiendo todo el día sobre un colchón de enciclopedias.

Transcripción: Luz Alonso Aguiar

18 junio 2012 Posted by | Cuentos, General | , , , | 3 comentarios

La Bella Durmiente

Tic, tac, tic, tac… El reloj de la pared del fondo seguía funcionando. Hmmmm, en nada vendría el anciano a darle cuerda. Alguna vez, por puro aburrimiento, había contado los tictacs entre las idas y venidas del anciano. Otras veces contaba sus pasos desde que lo escuchaba abrir la puerta de abajo hasta que llegaba arriba. Al principio era joven. Lo oía subir los peldaños de dos en dos. Más tarde de uno en uno, y ahora, además, lo acompañaba el taconeo de un bastón. Luego le llegaba el ruido de la gruesa llave de hierro al girar la cerradura, y el chirriar de la puerta de madera. El anciano entraba, abría la ventana, se movía por la habitación canturreando y se marchaba. No podía verlo, pero sabía exactamente en qué sitio estaba y qué hacía: aireaba las cortinas, sacudía las alfombras, quitaba el polvo a los cuadros y, antes de irse, daba cuerda al reloj. Qué previsible. Tremendamente previsible.

Alguna vez también venía ella. Nunca la oía subir, porque se deslizaba como la brisa. Pero en cuanto se abría la puerta, el olor a flores recién cortadas se extendía por toda la estancia. Se acercaba a ella, le colocaba bien las sábanas y la colcha, y a veces la peinaba. Le gustaba sentir esas caricias en su pelo, y sus manos pequeñas y suaves retirándole el flequillo del rostro. A veces le hablaba, le contaba lo apuesto que era el hijo del molinero, el pastel que había preparado para la fiesta de la cosecha… Cuando se marchaba, su corazón se encogía. Ojalá pudiera decirle que no se fuera, que se quedara con ella, que siguiera contándole cosas. Que se aburría cuando estaba sola. Que morirse no era como le habían dicho. Que no había una luz cegadora hacia la que andar. Tampoco unos seres alados que venían a buscarla a una, tocando arpas y trompetas doradas. Ni siquiera había un infierno lleno de hogueras y diablitos bailando alrededor del fuego. Morirse era quedarse estático, con todos los sentidos alerta, pero sin poderse mover, esperando vaya usted a saber qué. Era aburrido. Tremendamente aburrido.

El sonido de unos pasos en la escalera la trajo de vuelta a la realidad. El anciano, con el rítmico repiqueteo de su bastón. Y… alguien más subía por la escalera, con determinación. La curiosidad la puso en alerta. ¿Quién vendría a visitarla?

La puerta se abrió y, por un momento, se hizo el silencio. ¿Qué ocurría? ¿Por qué no entraba esa persona? ¿Quién era y qué era lo que buscaba allí? De repente, el recién llegado se puso en marcha, acercándose a ella. Escuchó al anciano murmurar algo desde el umbral. Más desconcierto. La madera crujió cuando el desconocido se sentó en el borde de la cama. Supo que la observaba, e inspiró, aunque sabía que nadie podía notar que lo hacía. Olía a bosque, a cuero, a tierra húmeda, a hierba recién cortada. Y supo inmediatamente que algo en su vida iba a cambiar para siempre. Su corazón se aceleró, retumbándole en los oídos. Y lo siguiente que sintió fue un ardor en los labios, un calor que se extendía por su cara, por su cuello, que bajaba por su cuerpo y se derramaba por sus extremidades, causándole una extraña picazón. Intentó mover un pie, sabiendo que, como siempre, sería en vano. Pero el frufrú de la sábana le indicó que, esta vez, estaba equivocada. ¿Sería verdad que había podido moverse? Movió un dedo y, con la yema, pudo sentir el tacto del tejido de Damasco que la cubría. Con emoción, abrió lentamente los pesados párpados y se asomó a unos ojos profundos que sonreían. No era el diablo con su tridente y una fogata en el rabo. Tampoco era la luz cegadora. No. Era mucho mejor. Bastante mejor. De hecho… tremendamente mejor.

Luz Alonso

14 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , | 6 comentarios