Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El hombre de su vida

Desde la primera mirada, lo presintió: sólo le traería complicaciones, pero nada la disuadió de que era el hombre de su vida.
Decidida, como siempre, a conseguir cuanto se proponía, tuvo que ser mil mujeres en una. Cada día algo nuevo, distinto, sorprendente, sugestivo, mágico, una nueva historia —cual Sherezade amateur— porque él era tan complejo que una sola le sabría a poco.
Así, se vio inmersa entre múltiples personalidades. Iba de la alegría al llanto. De la sexy y explosiva a la púdica y cándida. De la dómine a la aprendiza. De la culta a la profana. De la rica a la pobre. De la triunfadora a la frustrada. De la optimista a la pesimista. De la sociable a la asceta. De la desconocida a la celebérrima. De la cuerda a la loca. De la guapa a la fea. De la joven a la vieja. De la gruesa a la enjuta. De la centrada a la mayor despistada.
Cada día una. Cada noche otra.
Acabó perdida. Primero dejó el trabajo, luego la comida, más tarde su aseo. En tan lamentable estado se inventó ser una vagabunda.
Pero él nunca la vio en ninguna de aquellas mujeres, seguía fantaseando con otra. Una mujer madura con cara y ojos de niña (en los cuales creía leer: dame amor) que un día le vendió un poco de autenticidad. Quizás cuando más falta le hacía.
Sigue también un poco perdido, abrigando esperanzas con la cobija de la monotonía.
Hoy le pareció volver a verlo en aquel señor tan triste que se acercó a ella. Sus miradas se cruzaron y, por un segundo, creyó que le decía algo, pero sólo fue el ruido de la limosna en el cacharro.

Maite Figueira

18 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

Un sueño reparador

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¡Le prestaría ese dinero! Era su amigo. Su mejor amigo.

 Ahora, el papel de Armenia, perfectamente doblado, se consumía  lentamente  en  aquel cuenco. Recordó que esa cerámica fue un regalo de Matías. La lluvia en los cristales, la música suave de fondo, el humo que  impregnaba toda la estancia con ese aroma fresco y dulzón. Se dejó llevar por el sopor. Uno no sabe cuál es el mecanismo que nos lleva de un pensamiento a otro, de una idea a otra, de una visión a otra: uno sueña; eso es todo.

Hay veces en que realidad y fantasía se confunden en este duermevela. Los recuerdos fueron saltando de su niñez a su juventud hasta llegar a la actualidad y, en todos ellos, siempre presente: Matías.

Y se durmió. Los sueños lo transportaron hasta la casa de Matías, allí estaba -su amigo- en la cama con una mujer (la imagen de ella era difusa), fumaban un cigarrillo,  a medias, mientras él  le decía:

-Deberías llamar a tu marido y contarle cualquier cosa para que no se preocupe, ya sabes cómo es.

-Sí, le diré que estoy en la peluquería y que tengo para un buen rato. ¿De verdad que lo haremos?

-¡Te he dicho que sí! Ahora sólo depende de él, de que suelte el dinero…

-Lo hará, lo sabes. Tú eres su mejor amigo, jamás sospechará nada.

-Y tú, ¿estás decidida, no te echarás luego atrás?

-Por supuesto que no, lo siento mucho por él, pero se acabó. Te quiero…

La cara de la mujer comenzaba a vislumbrarse, cuando el sonido del teléfono lo despertó. Su mujer al otro lado se disculpa: llegará tarde.

Maite Figueira

7 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

Narcís, el Monótono

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Ella no era muy de creer en presagios, visiones, augurios… No obstante, no pudo evitar sentirse invadida por el desasosiego tras despertar y recordar su extraño sueño.

Mientras se preparaba un café bien cargado, para terminar de despejarse,  acudió a su memoria, como en una película, lo soñado. La escena era la siguiente: en un bosque al pie de un lago, dos hadas hablaban entre ellas.

 -Onírica, tienes que hacer algo con ese tipo, que es incapaz de querer a nada, ni a nadie que no sea él mismo. Sabe cómo tejer redes de encanto para atrapar a esa pobre crédula; tan solo para obtener algún beneficio: un trabajo, una casa, un viaje… Es capaz de cualquier cosa para conseguir su objetivo. Luego se hará el ofendido, el dejado, o, simplemente, el loco… Esto último le funciona siempre.

-¡Ay! Ondina, pero es tan encantador, tan seductor, tan enredador… Con esas frases tan epatantes que utiliza: “Cómo pude vivir antes de ti…  rondarte es un placer; porque eres mi musa, me inspiras, me imbuyes…” Y, ante un poeta así, ¿qué mujer podría resistirse?

-Ninguna, de acuerdo, por eso tenemos que actuar. Ayudar a esa pobre cándida.

-Muy bien, Ondina, esto es lo que haremos: ya que eres el Hada del Lago, te toca a ti meterte en el espejo del salón;  y reflejar el alma de todo aquél que se mire en él. 

-Y tú, Onírica, Hada del Bosque de los Sueños, ¿qué harás?

-Ya lo estoy haciendo; estamos metidas en su sueño.

Apurando su café, recordó que el espejo ya se encontraba en el piso cuando lo alquiló. Sin darse cuenta, se dirigió hasta allí y, contemplándose no pudo sino reírse. Delante sólo estaba su salón, ella en pijama y un sol radiante que iluminaba toda la estampa… invertida, claro.

Por la tarde regresó a casa después del trabajo, con su chico, Narcís, aquel vendedor de seguros que se creía un poeta. Y allí delante del espejo lo que vio fue un paisaje árido, con un tipo tétrico, sombrío… rodeado de cadáveres.

Él no paraba de hablar de sus cosas, de su ombligo, de su… de él. De pronto, le pareció el tipo más soso, anodino, mediocre, aburrido, insustancial, plomizo y, monótono.

Mientras le rogaba que se fuera, por favor, que ya lo llamaría, que ya hablarían otro día, le pareció ver en el espejo a Onírica y a Ondina, sonrientes, guiñándole un ojo.

Maite Figueira

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

Lo absurdo de la primavera

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La primavera lo suaviza todo, nos aparta de esta pegajosa melancolía, nos predispone a salir, a reconciliarnos con la vida. Nos anima a tirar todo lo viejo, a comenzar de nuevo. Animado por este maravilloso día, me dispongo a pasear.

 A mitad del paseo mi cabeza (ya casi despoblada) comienza a sufrir los estragos de tanto sol. Sigo andando sin encontrar árbol, fachada, saliente… lo que sea, que me proporcione un poco de sombra. Las gotas de sudor corren por mi frente, alcanzan mis ojos, que ahora me escuecen y entonces es cuando lo veo ahí, en el escaparate, un maravilloso sombrero de ala ancha. Siempre quise uno así. Sin dudarlo, entro. No podía ser otro que éste, el famoso panamá, hecho de hojas de palmera trenzada. Me queda perfecto, lo pago y retomo mi paseo.

Todo vuelve a ser bello: el paisaje, el sol, el día. Fantaseo con ser: un dandy, un Bogart, un Sinatra, con mi nuevo sombrero. No han pasado ni cinco minutos cuando siento como si alguien desde atrás golpeara mi cabeza, me vuelvo raudo y, desconcertado, compruebo que no hay nadie, vuelvo a sentir la opresión en mi cabeza, intento inútilmente sacarme el sombrero, no hay modo, tal parece que, cuanto más me esfuerzo en arrancarlo, más se hunde en mi cabeza; tomo aire, respiro, pienso en lo absurdo de la situación. Ahora, con mis dos manos sujetando con fuerza el ala del sombrero, tiro, tiro y tiro… Pero sólo consigo hundirlo más: ahora aprisiona mis ojos, mis orejas. Pienso en que es primavera, en que estas cosas no pasan, en que es primavera, en que la cabeza me estalla, absurdamente sigo pensando en que es primavera, en el día hermoso, en mi paseo. A tientas busco un muro, me apoyo, me escurro, me quedo sentado. Oigo el doblar de unas campanas lejanas. Ya no siento el dolor en mi cabeza, ni en mis ojos, siento libre las orejas. Veo entonces mi panameño en la mano de esa señora que se me acerca, no entiendo por qué me miran todos, ni por qué cuchichean entre ellos, yo, absurdamente sigo pensando en que es primavera.

Maite Figueira

6 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

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Por fin dejó de tener miedo, olvidó todas sus dudas, complejos, inseguridades varias. Se miró en el espejo y se reconoció. Era ella la que se reflejaba en la luna del cristal. Sin duda, era su cara, su sonrisa, su mirada tierna. Eran sus manos, sus caderas, sus piernas… Indefectiblemente era ella, volvía a ser ella. Se gustó, se sonrió, se guiñó un ojo y, cantando por lo bajinis, se alejó taconeando dispuesta. No se olvidó de colgar el cartelito: en su corazón y en la puerta.

Maite Figueira

1 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios