Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Microrrelatos

Envidia 

Sucedió en el atrio de la Catedral, mientras la heroica ciudad dormía la siesta. León y Gustave la esperaban entre las columnas, aprovechando el camuflaje de un día lluvioso. Uno de ellos la miró a los ojos fijamente, ella trató de huir, pero  dos puñaladas la hirieron de muerte. Mientras Ana Ozores caía  de bruces, preguntó por qué. Ellos le respondieron que ya  había vivido muchos años y que  Ana K y Emma B la estaban esperando.

Puntualidad

Frente al mar le dijo: en  una horilla  estaré  contigo.      

Borrachera

Enhebró el enebro con tónica y se quedó cocido.

Rotación inversa

Su ventana estaba orientada hacia oeste. Se asomó, y vio salir el sol en el horizonte.

¿Acúfenos?

Nunca había creído en fenómenos extraños hasta que un día, oyó ladrar a su gato.

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23 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Crítica literaria

 

 

Crítica A

El breve relato que ha publicado recientemente el escritor Z, es uno de los más insulsos y faltos de contenido que he leído, no en los últimos días, no, me atrevería a decir que en los últimos años. Es más, afirmo con toda certeza: es el peor relato con el que me he tropezado en mi vida, y créanme, por suerte o por desgracia, me he dado de cara con muchos.

Para quien tenga la fortuna de no haberlo leído y para que no se molesten en hacerlo, les haré, queridos lectores, una pequeña sinapsis, quiero decir, sinopsis; quizás he dicho bien: sinapsis, pues para resumir semejante bodrio, se requiere un auténtico ejercicio neuronal. En fin, el relato viene a narrarnos lo siguiente:

En una guagua, durante una hora punta, un individuo que aparenta cierta excentricidad por su forma de vestir: sombrero de fieltro con un cordón en lugar de cinta, y un abrigo al que le falta un botón, se enfada con otro individuo y lo acusa de que le ha estado empujando cada vez que pasa alguien.

Queridos y fieles lectores, ustedes se preguntarán ahora: «Bueno, ¿y qué más?» Pues poco más. El individuo excéntrico se encuentra, en la estación de Saint Lazare, dos horas más tarde, con un tercero, que le dice: «Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo». ¡Eso es todo amigos! Cómo han podido comprobar, hoy cualquiera pude escribir de cualquier cosa.

Por Adán Expósito

Crítica B

El último relato con que nos deleita el autor Z, en su serie narrativa Siempre falta algo, representa el paradigma del relato surrealista y, por metonimia, el mismo Surrealismo. Con escasos elementos, nos acerca a una situación desconcertante entre dos individuos que no se conocen y coinciden en un mismo lugar a la misma hora. Una combinación espaciotemporal que casi nos aproxima a la mecánica cuántica. Combina una sencilla sintaxis y un léxico cotidiano con una situación críptica, incluso me atrevería decir que hermética.

El relato describe una serie de situaciones sin aportar soluciones, para trasladarse posteriormente a un mundo incomprensible de dudas y perplejidades.

Los elementos simbólicos pueden pasar desapercibidos si no nos acercamos a la historia con atención. Analicemos sus elementos con minuciosidad y rigor:

Dos individuos suben en una hora punta, a un mismo autobús de la línea S.

He aquí el primer punto susceptible de análisis. El autor podía haber utilizado otra letra u otro número, pero escoge la letra S no por casualidad, es obvio que está haciendo una referencia al nazismo, pero para ser más exactos, a un nazismo ya fragmentado, pues utiliza la mitad de un elemento simbólico tan arraigado en el inconsciente colectivo como son las dos “eses” del cuerpo de élite hitleriano. Uno de estos individuos que coincide en el autobús lleva un sombrero de fieltro adornado con una cuerda. Este hombre, que representa la clave de todo el episodio, al final del trayecto, insulta al otro hombre que está junto a él, y le reprocha que lo ha estado empujado cada vez que alguien ha pasado a su lado. ¿Por qué aguardó hasta el final para hacer estos reproches? En una escena posterior: Dos horas más tarde, aparece de nuevo el individuo del sombrero donde un tercer personaje, vestido de forma elegante, le indica que le falta un botón a su abrigo y debería ponérselo. Es importante saber cómo el autor nos informa de un modo sutil del carácter descuidado del personaje protagonista. ¿Se han preguntado ustedes dónde pudo perder el botón del abrigo? En fin, el relato es tan rico en matices que cada lector hará su propia lectura y extraerá sus propias conclusiones.

Por Eva Casado

Mercedes Arocha

22 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El jacinto azul

La  puerta está a punto de cerrarse, pero  interrumpes el proceso con el pie. Tu calzado es impecable, negro, pulido, brillante.  El ascensor, como si le hubieras dado una orden, abre sus puertas de nuevo. Te introduces  en él de una manera apresurada sin tener en cuenta a quienes están dentro. Pides disculpas de inmediato. Al parecer, nadie te  ha escuchado. Uno de tus brazos estuvo a punto de ser pillado por la pinza gigante. Contemplas tu jacinto azul. Miras al frente. El espejo te devuelve la imagen de un hombre despeinado.  Disimulas, como si no la vieras, porque en realidad, te sientes observado por los ocupantes. Has convertido su futuro perfecto inmediato, en un futuro imperfecto prospectivo. Verticales y circunspectos, todos esperaban  con anhelo iniciar su despegue tortuoso en el asfixiante y hermético prisma metálico, hasta que  irrumpiste tú, e interrumpiste la trayectoria ascendente de sus vidas. Todos,  con cara de fastidio, de  forma unívoca  y coral  habían pensado: “ya va quedando  menos para llegar a casa”. Los números  iluminados se  apagarán a medida que el ascensor llega a su rellano. Al fin  se aflojarán el nudo de sus  corbatas de seda,  arrastrarán  sus pies apretujados calzados con los tacones de aguja, o con los yanko de piel de cocodrilo. Pero todos, absolutamente todos, relajarán con discreción sus esfínteres anales  comprimidos mientras deambulan hacia sus puertas. A mí me ha compensado tu interrupción. Poder  observar tu aspecto  en el espejo merece la pena: rostro pensativo, anhelante, y una mano pálida que sale de una de las mangas de tu chaqueta azul marina con ese jacinto fresco, también azul, fragante, que  ha eclipsado los ya ajados  armanis, pacos rabanes y chaneles, mientras  tu mano libre busca ansiosa  el botón con la letra  “A”. Te la noto temblorosa.  Tu aspecto te delata. Es obvio: acudes a una cita. Vas a encontrarte con la joven solitaria del ático. Ahora intento observarte con mayor atención  a través del espejo. Nadie, hasta hoy, había visitado a mi discreta vecina. Tus pensamientos parecen aflorar a tu rostro. Pestañeas. Te miras en el espejo y alisas tu pelo. Noto un discreto aleteo nasal, tuerces hacia la izquierda la comisura de tus labios delgados. Relajas el maxilar inferior y asoman las coronas de tus dientes blancos. Debes de estar imaginando algo agradable, pues esbozas una discreta sonrisa. Pestañeas  de nuevo con rapidez.  Pasas los dedos  índice y anular alrededor de tus labios, como si los besaras ¿Quizás pienses en tu encuentro amoroso? Cambias el gesto. Frunces el ceño. Ya no te  puedo observar. Me bajo en el sexto,  tu continúas un piso más. Mientras abro la puerta, oigo el ruido del ascensor.  Parece que desciende de nuevo. Te observo  a través de los visillos de mi ventana abandonar el portal con el jacinto azul en la mano. No has llegado a tu destino, sin embargo, oigo el traqueteo  de los  tacones de mi vecina en el ático.

Mercedes Arocha

9 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Amnesia

Cuando comencé mi trabajo de taxista, tenía la ilusión de convertirme en cualquier momento en Robert De Niro. Poco a poco mi esperanza se fue difuminando, las noches de mi ciudad no se parecen en nada a las de Nueva York y, por suerte, yo tampoco acababa de participar en la guerra de Vietnam. Me resigné pensando que lo mejor que me podía pasar era ser un taxista normal y corriente.

Hace dos años que transito con el taxi por las calles nocturnas. Su propietario me lo alquiló por horas. No era un negocio muy rentable para mí, pero era el único trabajo al que podía acceder por entonces. Además, llevaba más de seis meses en paro y aunque vivo solo, tengo mis necesidades como cualquier hombre.

Una mañana, cuando me disponía a pasar la aspiradora para entregar el coche limpio e impecable a su dueño, me encontré con una gran sorpresa. “Esto es más interesante que Taxi Driver”, pensé. Debajo del asiento de la parte trasera, había un zapato de mujer. Era un calzado sencillo, pero elegante, cerrado, de color marfil, parecía de novia, fruncido en su parte delantera y adornado con una discreta hebilla. Primero pensé que podría haber caído de alguna bolsa por descuido a cualquier señora un poco despistada.  Pero me di cuenta que estaba usado. “¿Quién podría perder un zapato? ¿Quién será esta delicada Cenicienta?” Decidí llevarlo a casa. Lo dejé en la entrada, junto a la puerta. En la cama traté de recordar a las personas que había llevado en el taxi durante la noche, pero pronto el cansancio me derrumbó, y debí quedarme dormido. Me dolía todo el cuerpo.

Cuando me levanté, era cerca del mediodía. Al bajar de la cama, el zapato estaba a mis pies y Pérfido, mi pequeño siamés, lo mordisqueaba y olía con cierta ansiedad. Me duché y bajé al bar a desayunar. Mientras el camarero me traía el café, eché un vistazo al periódico. Quedé impactado cuando leí el titular de una noticia: Hallado el cadáver semienterrado de una mujer ”. Continué leyendo: “La víctima, aún sin identificar, es una mujer joven con signos corporales de haber sufrido una violencia extrema. El único elemento de su vestimenta, un zapato, calzado en su pie izquierdo”.

Mi primer pensamiento fue acudir a casa, coger el zapato y llevarlo a la policía. Pero imaginé cómo sería el interrogatorio y abandoné la idea. Intenté de nuevo hacer memoria, y traté de recordar a las personas que habían subido al taxi durante la noche: “A ver…, al empezar la carrera subió aquella señora mayor que dejé en el hospital, la pobre me habló de su marido que estaba muy grave… A las cinco de la mañana, llevé a una pareja de jóvenes al aeropuerto. Mi último cliente fue un señor canoso, recuerdo que llevaba un maletín de trabajo, lo dejé en Hacienda. Pero…, ¿a quién llevaría yo entre las tres y las cinco?  Volví a casa, cogí el zapato y lo lancé al mar desde el muelle.

Mercedes Arocha

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario