Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Extraña Inocencia

Les aseguro que no tuve nada que ver en aquel asunto. Me acusaron sin compasión. Pero en verdad no me importó. Cumplí mi condena con resignación y casi podría asegurar que con cierto agrado.

Cuando quedé libre me dediqué a deambular por las calles de mi ciudad. La encontré desconocida, mucho más poblada, por lo menos había más edificios y parques que no existían antes de mi condena.

Las personas de mi barrio no parecían ser las mismas. Las casas estaban pintadas de otros colores. Las tiendas vendían otros productos. Los coches aparcados eran más lujosos. Pregunté por mi casa. Nadie supo darme razón. “La habrán tirado para construir otra” me dijo alguien. Fui a casa de mis padres –yo sabía que habían muerto- por curiosidad, por ver quién vivía allí. No encontré la casa. Pensé en lo que había dicho aquel vecino. Seguramente la tirarían también.

Quise volver a la pensión donde me alojaba. No recordaba el nombre de la calle. Después de muchas vueltas vi la pensión. Me llamó la atención lo deteriorada que estaba. Aquella mañana, cuando salí, parecía un edificio con cierto empaque.

Cuando le pedí la llave a un individuo que estaba despatarrado en un desvencijado sillón de mimbre, me miró con desgana y me preguntó qué número. Yo no me acordaba, le di mi nombre, miró en una libreta aceitosa y dijo, molesto, “aquí no consta”.

Me puse tan nervioso que lo agarré por el cuello y si no llegan aquellos tipos con bata blanca seguro que me vuelven a encerrar.

Subimos a un coche, tuvieron que atarme y se disculparon por ello, pero yo los tranquilicé diciéndoles que no me importaba y como me miraban algo tristes pensé que les alegraría que les contara la historia de un compañero de encierro. Comencé mi historia advirtiéndoles de la buena fe de su protagonista.

Mi amigo me había contado que él vivía en un pequeño pueblo donde los jóvenes emigraban en busca de mejor vida. Yo me quedé –dijo-, trabajaba en las tierras de mi padre. Mi padre se puso viejo y siempre estaba diciendo que los viejos no servían para nada.

Por otro lado mi madre siempre decía que lo que no servía se tiraba a la basura, que había que deshacerse de lo inútil.

Yo empecé por mi padre, pero me fui dando cuenta de que en el pueblo todos eran basura y me fui deshaciendo de ella poco a poco. Eso fue lo que les expliqué a aquellos señores que llegaron al pueblo una mañana muy soleada y bonita. Empezaron a hablarme como si yo fuera tonto, yo no conseguía entenderlos, hablaban de gente desaparecida, yo les dije que si hablaban de los viejos, que yo los había tirado porque ya no servían. Parecieron muy de acuerdo, pero luego me encerraron.

La historia no pareció alegrar a aquellas dos buenas personas y les dije que si querían les podía contar otras, pero dijeron que no, que ya estábamos llegando. Al bajar del coche vi la entrada de mi anterior sitio de encierro. Me alegré mucho, volvería a ver a mis amigos. Además deseaba que me contaran más historias, claro que algunas eran terroríficas, no como la que conté, que era muy humana.

Sara Godoy Santana.

23 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Muerte de un periodista

El periodista escuchaba atentamente cada respuesta al principio, pero a medida que iban sucediéndose las respuestas y acabándose las preguntas, el entrevistador comenzaba a ponerse más y más nervioso, hasta el punto de que cada vez improvisaba preguntas más complejas y más absurdas; no en vano estaba entrevistando al autor de “Muerte de un periodista”, un cuento que trata acerca de un periodista que muere justo después de finalizar la entrevista al autor del cuento que usted esta a punto de terminar.

Cesáreo Pérez Navarro

21 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , , | 2 comentarios