Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Instrucciones para ganar el olvido

Puede que usted sencillamente esté aburrido de la vida. Hastiado del mundo. Cansado de su trabajo. Cansando de no encontrarlo. Ahogado por la hipoteca, y el coche, y el último viaje, y los libros de los niños, y el seguro. Frustrado en el amor. Harto del jefe y de sus vecinos. Quizá incluso se haya convertido en un desconocido para su familia. Y se sienta solo entre sus amigos. O peor, sienta vergüenza de ellos, en qué se convirtieron. Con la sospecha de que usted también está igual de gordo, igual de enfermo, igual de acomodado. Seguro que usted se siente no escuchado. Incomprendido. Angustiado por cada guerra que estalla. Por otra hambruna. Partido por la mitad cuando un niño es violado. Y encima desciende su equipo… ¿Hace tiempo vio alejarse todos sus sueños? ¿No siente simplemente asco? ¿Ganas de matarse, de matar, de meter en un horno la cabeza y esperar a que todo pase? ¿O de estrangular a su lindo pajarito cuando revolotea y hasta canta? Idiota, piensa entonces, ¿no se dio cuenta aún de que vive en una jaula? Pero no puede decírselo, usted también vive en una jaula, y bien sabe que mayor. ¿No ha pensado en dejarse morir, así, simplemente, sin más ni más?

¿Está desencantado de que le anuncien por radio y televisión pastillitas de colores y múltiples formas y tamaños para ver lucecitas que se encienden y se apagan y sentirse de pronto muy muy lejos de donde está, en un desierto, en el fondo del océano, incluso en otro planeta, al tiempo que una estúpida musiquita martillea su cerebro? ¿Tal vez las probó todas y ninguna funciona?

Pues se acabaron esas mentiras y otras falsas falsedades. Puedo prometer y prometo que con CDU, de laboratorios K, todo será distinto. Nuestro reconocido prestigio se asienta sobre décadas de trabajo y continua revisión, crítica, autocrítica, heterocrítica y hasta ecocrítica de nuestro producto en su expansión por distintos medios, paisajes y ecosistemas a lo largo de nuestra historia, y está avalado científicamente por múltiples y reconocidos estudios de las más importantes universidades, escuelas e institutos de investigación de todo el mundo.

 

Lea todo el prospecto detenidamente antes de empezar a tomar este producto.

CDU: 247 páginas de papel blanco-amarillento, 11 x 18 cm., recubiertas de cartulina tintada, y convenientemente  cocidas y encoladas. 400 gr.. Vía oral o visual. Agradable al tacto. También al olfato. Y hasta se puede lamer.    

Qué es CDU: Debido a nuestra técnica de elaboración artesanal, cada caja de CDU contiene un producto único, original e irrepetible. Puede recordarle éste tal vez a una puerta. Acaso a un incendio. O a una caricia. Otro puede parecer un taladro con sus preguntas. Tal vez un viaje en globo. O un leve estremecimiento. O una espera. Otros pueden saber a risa para el alma. A terror. Hasta a inquietud. Incluso consumido en distintos momentos por la misma persona la puerta puede hacerse celda, o el incendio simple llama, o la inquietud cierta certeza.  

No tome CDU: Si la vida le sonríe. Si está orgulloso de sí. Si cree que el país y hasta el mundo van bien. Si no quiere que el orden se altere, ni tampoco siente usted deseo alguno de cambiar. CDU no funciona con muertos, así que no lo intente, es inútil.

En cambio, CDU se recomienda encarecidamente para los que se declaran incompletos, en las diferentes acepciones del término. Para los locos y los que se atreven a soñar. Para los que sienten angustia y buscan salida o ya se cansaron de buscar. Para los que albergan esperanza de volver a ser niños. Para los deformes y los solos. Para los inútiles y los suicidas frustrados.  Para los parados inquietos.

Cómo tomar CDU: Lo ideal es que cada uno elabore su propia receta. ¿Lo normal?. Una, dos, tres veces al día. En la cama, en el baño, en la cocina. A sorbitos o a grandes tragos. Se puede empezar a tomar dosificadamente, comenzando por los más delgados y de letras más grandotas o bien salpicados de imágenes, gráficos o mapas, por ejemplo, día sí, día no. Hasta que empiezas a tirarte de cabeza en un mar de letras y más letras, y te sumerges, y te pierdes, y concluyes que el tamaño no importa. Puede repetirse la experiencia indefinidas veces. Pueden consumirse varios a la vez. 

Dónde encontrarlo: Normalmente en bibliotecas, librarys, y tiendas de libros,   book shops, más conocidas como librerías, que pueden ser de nuevos o de viejos y/o usados, ya sea de escribidores vivos o muertos e incluso cristianamente enterrados. Pero también pueden ser prestados, alquilados, y hasta robados.

Conservación: Si bien las condiciones ideales que nuestro producto exige en cuanto a  luz, humedad, peso que puede soportar al ser apilado para el almacenamiento, etc. recomiendan que el espacio perfecto es una biblioteca, usted los puede encontrar vivitos y coleando en otros medios, quizá hasta más vitalistas y coleantes: en clases, en la guagua, en salones como elemento decorativo, en la mesita de noche y hasta en el baño, en una mano como complemento directo de moda con un puntito chic, también en la playa y en el coche o en cualquier sala de espera o cola en general, excepto de fútbol.         

Posibles efectos adversos, contraindicaciones y posibles trastornos: Pensar. Reír. Soñar. Adquirir nuevos conocimientos. Quizá hasta se despierten en usted sentimientos que nunca sospechó. Tener miedo. Jugar…   

Recuerde que leer puede perjudicar seriamente su salud. Quede a su responsabilidad, ya que no necesita receta médica. Pero, sobre todo, se beberá el olvido a dos manos. Y quizá entonces pueda ganar toda su claridad.

Conserve este prospecto. Si tiene alguna duda consulte a su psiquiatra, psicólogo, médico, confesor, asesor espiritual, filósofo privado o farmacéutico. No se preocupe en recomendar encarecidamente este medicamento a cuantas personas conoce, ya que esta enfermedad se contagia.

Nayra Pérez Hernández

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9 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

Noche incendiada

Es difícil relatar los extraños sucesos que vivimos aquellos días de enero. A buscar explicaciones ni me atrevo. Nadie supo decir exactamente cuándo. Lo cierto es que desapareció, sin darnos cuenta. Y entonces, como coranzoncitos agotados de bichos moribundos, las linternas empezaron a palpitar dentro de todas las guanteras y portabultos de todos los coches de la ciudad. A las que muy pronto se unieron, como ojos ciegos, desde gabetas y cajones, cuanto quinqué y lamparilla guardaba en sus casas la gente para salvar cualquier noche de apagón.     

Pudimos ser conscientes aquel domingo, cuando, tras la misa, por más que se empeñaran los monaguillos, volvían a encenderse una y otra vez los cirios sagrados. El viejo cura preguntaba gritando quién andaba tras aquella broma. Pero no relacionamos ambos sucesos, quizá porque nadie la vio nunca en la iglesia.

Luego les tocó a las profanas. En el cumpleaños de la dulce Inés, rodeada de todos sus compañeros de clase, las velitas de colores de la tarta compusieron una macabra melodía en La mayor sobre la nata y el derretido chocolate. Las mamás asustadas contemplaron la escena, aliviadas sólo porque sus pequeños sentían envidia y no miedo, imaginando que la niña podría pedir cuantos deseos quisiera aquella tarde. Pero tampoco nos dimos cuenta entonces. Tal vez porque no había noticia de que tuviese hijos y, por tanto, nunca fue vista en fiestas como aquélla.  

Se hizo evidente que ocurría algo extraño cuando los móviles no se apagaron más. El off no respondía, pero tampoco dejaban de brillar cuando a los aparatos se les quitaba la batería. Lo que en principio fue curioso, empezó a ser molesto. En el cine o el teatro, desde el bolsillo del pantalón de ellos, o desde el fondo de los bolsos de señoras y señoritas, los pequeños teléfonos parecían asomarse de modo permanente. Pero nadie la echó de menos allí. Pues aunque ella siempre tuvo espíritu artístico, y hasta estrafalario, se reía de los que intentaban encerrar las cosas lindas en un local, algo tan ridículo acaso como guardar la primavera en un jardín o en un marco. Y ciertamente bailaba y cantaba,  mucho, pero siempre sin techo, al viento. 

Lo de los faros de los vehículos y las luces de obras, por no hablar de unos semáforos enloquecidos, vino a confirmar nuestras sospechas de que aquellos primeros sucesos deslavazados eran graves. Pero el terror se apoderó de todos  cuando las farolas de todas las calles y avenidas y los focos de plazas y estadios siguieron alumbrando las 24 horas en su máxima potencia. Incluso el “Gremio de ladrones y aficionados al bien ajeno” (GLABA) lanzó un comunicado pidiendo solidaridad y ayudas familiares por no poder trabajar en condiciones dignas en ningún turno. Quizá entonces alguien se preguntara por ella, o nombrara por casualidad su nombre, que ni sabíamos realmente si era el suyo verdadero.

En los días sucesivos el alcalde declaró el estado de sitio. Prohibió a toda la población salir a la calle, bajo ningún concepto, so pena de multas y otras sanciones no menos importantes. E informó con detalle al Cabildo y al Gobierno Central, a la Unión Macaronésica del Norte y a la ONU, de un sol extraño y eterno que a medianoche azotaba la ciudad, solicitando de paso los auxilios oficiales pertinentes. 

El pánico desatado empezó cuando las luces de las casas y portales ya quedaron encendidas día y noche. Si bebés, mascotas y ancianos estaban inquietos y sumamente alterables, el resto andaba desvelado e irascible por esa rara luz perpetua. El cansancio se apoderaba de cuerpos y el nerviosismo de almas. La situación era insoportable. Unos intentaron desenroscar las bombillas, otros romperlas a escobazos, hasta hubo quienes arrancaron los cables de la instalación eléctrica  levantando baldosas y desencajando molduras, pero todo resultó inútil.

No sabría decir a ciencia cierta quién, cómo o por qué se percató de ello. Sólo sé que el rumor llegó buscándome casi a mí personalmente a la redacción, en donde yo me había refugiado. Y aun loca e infundada, aquella pequeña pista me inquietó desde el primer momento, removiéndome las entrañas, sacándome a empujones de allí, casi mi casa, donde desde hace tres décadas intento explicar sesuda y racionalmente cuanto acontecimiento pasa en esta jaula de asfalto en que nos ahogamos. No tengo otra existencia, lo confieso, fuera de ese cubículo.

Y salí a la noche encendida. Dicen que el deseo es más fuerte que cualquier miedo; y yo lo estaba comprobando. Quería saber. Así que, tal vez por primera vez en mi vida, me dejaba arrastrar hacia no sabía qué. Conduje sólo unos minutos por el que podría ser el escenario del fin del mundo. Allí estaba. Era cierto. Un punto, uno sólo en la desordenada madeja de construcciones que hilvanaba el plano urbano, permanecía no iluminado.

Sobre aquel banco de madera arañado por el salitre, pintarrajeado y lleno de escupitajos resecos, pero que aún guardaba la huella de su pequeño cuerpo, una vieja farola, descascarada, dormía. Entonces me pareció verla. Allí, en el parque del barrio, en la casa de juegos de los niños que fuimos, donde poco después robábamos los primeros besos consentidos… estuvo ella, como un árbol bello y silencioso, desde siempre. Leyendo periódicos atrasados, hablando a todos y a nadie, riñendo a sus gatos o peinándoles sus bigotes, alejándose por la acera en una danza improvisada… 

Me desperté tirado en la hierba húmeda, sintiendo un extraño aire, muy caliente para decir en enero, como una caricia casi. De golpe, todas las luces, precipitándose de no sé de qué cielo, se fundieron al fin. Y al tiempo que los gritos de los insomnes estallaron en la oscuridad más que nunca deseada, aquella farola abrió los ojos, tímida, quedando encendida para siempre.

Y es que Velia brillaba en todos nosotros, aunque no lo supiéramos. Dicen que no hay mayor ceguera que la de quien no quiere ver. 

 Nayra Pérez Hernández

25 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Los adentros de la isla

losadentrosdelaisla

Cuando me siento perdida, me busco la sombra desandando la isla, inaugurándola con mis ojos nuevos cada vez, tras cada pérdida. Al subir al coche nunca sé cuánto tiempo tardaré en recorrer sus aristas y pliegues. Esos días conduzco con la única certeza de que no pararé hasta encontrarme. La isla es pequeña, y casi redonda. No conoce principio. No tiene fin. Se asoma o se esconde como un sol aún niño que bailara torpemente con el mar.

Rítmicamente las olas corren a besarme los dedos desnudos. Para alejarse luego. A veces con tal violencia, que llego a pensar que se llevarán alguno enredado en la espuma. Y me los cuento. Uno, dos, tres… veinte, entre los callaos.  Y así, como ellos, los pequeños callaos que me sostienen, pienso, es mi vida. Soy yo misma. Cada vez más pequeña. Cada vez más ajada. Siempre moldeada por otras manos.

 La familia. La escuela. Ser la única chica. El mundo de arriba. El mundo de abajo. Ennoviarse casi niña por salir. Dormir con un extraño. El trabajo como cadena. La bebida. Las palizas. Los gritos que se tragan. Aguanta, Nuria, que esto es un pueblo. Los niños deseados. La espera inútil. Las envidias. La indiferencia. La soledad que mata. La fuerza que mengua. Los años que pasan. La enfermedad que amarra… Y esta isla. Espiral. Camino cerrado. Y entonces pienso que he de entregarme al mar, atragantarme de él, fundirme con él, perderme en él.  Porque yo quiero. Por una vez. Para siempre… Pero quizá ya es demasiado tarde. Y nunca me atrevo.

Entonces no me queda otra alternativa que el sueño. Crearlo. Construirlo. Y creérmelo. Porque no hay más salida. Aquí no hay otra vida posible para mí. Y lo llamo a gritos, revolcándome enloquecida en la arena. El sueño simple de ser otra. Una isla. Y no más un callao. Pensar que yo misma me puedo hacer desde abajo, desde dentro. Que cabalgo los mares. Y entonces hasta llego a sentir el ardiente magma respirando en mis entrañas, empujando por brotar. Y que soy también todo lo que no se ve. Las cuevas húmedas y las más oscuras oquedades. La fauna extraña y las plantas desconocidas… Creer que habitan en mí todos los secretos del reverso de la isla. Hasta los que ni alcanzo a imaginar. Y presiento mi nombre verdadero. Y me acaricio el cuerpo para conocer mis fronteras de agua…      

De repente esa luz salta. Parpadea avisando de que la gasolina se agotará en breve. No sé cuántas horas han pasado. La asistenta estará a punto de marcharse, seguro. Debo regresar. Al pueblo, a la casa, a la nada cotidiana. Pero sé que al menos, por un instante, llegué a ser isla, la pequeña ínsula que acaso adentro ya soy.   

Nayra Pérez Hernández

19 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 7 comentarios

Receta para amas de casa aburridas

Querida amiga: ¡muy buena mañana! Aquí empieza… (suenan tambores, o en su defecto valdrían también troncos gruesos) su esperado espacio semanal.

Como cada viernes, le presentaremos, y en sólo veinte minutos, la mejor receta. Ya sabe, siempre facilitadas por las ancianas de nuestra comunidad, y con el patrocinio de “Menhires Mortuorios: El Más Allá”.  

Recuerde que, a falta de luz natural en nuestras cuevas, ha de preparar un buen fuego. Que debe tener a mano todos los instrumentos que pudiera necesitar (tales como punzones, vasijas y otros cuencos o suficiente leña). Y no olvide colocarse una vestimenta adecuada.

Los ingredientes para el menú de hoy son: 400 mililitros de sangre cuajada (a ser posible fresca), 200 gramos de arena, polen al gusto, barro en porciones, agua, hojitas varias de variados tamaños y tipos, piedras y semillas, algún bichito… Pero recuerde nuestro lema: “Ante todo CREATIVIDAD, todo lo que se le ocurra y más.” 

Tiempo: el que haga falta.

Dificultad: muy fácil.

Raciones: indefinidas…

***

Dejé la piedra en su sitio y me eché a caminar. Pero me pareció que, aun habiéndome alejado, aquel eco seguía resonando. Para todos, para nadie, para mí.  Cuando me incorporé al grupo, el guía desplegaba, ante unos interlocutores boquiabiertos, un sinfín de teorías sobre la funcionalidad del arte rupestre, según diversas escuelas de antropología y universidades de prestigio internacional. Sonreí recordando aquella vocecita. Tal vez, simplemente, sólo eran los juegos de invierno de un puñado de mujeres ya algo lejanas a nosotros. Repitiendo quizá, quién sabe desde cuándo, la fórmula más vieja y sencilla. Y además, aplicable a todo.       

Nayra Pérez Hernández

13 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Por esos ojos negros

Ya estaba decidido. Hacía días que guardaba el puñal en mi bota. Aunque me esperase la horca apenas la nave tomara tierra. Pero tampoco esto es vivir. Sol, sólo sol, semanas y semanas, y más sol. Esa luz gritando hasta dejarnos ciegos, rasgando nuestras vestiduras, quemándonos. Un día llegué a creer que me volvería loco. Hasta que llegó ella

Maldita sea aquella noche. También malditos la taberna y ese vino. Allí empezó todo. Si no fuera por aquel duelo, ahora mismo sería quizá el más famoso poeta de la corte. Pero aunque él no amaba ni amaría nunca a Inés, era el primogénito del Valido. Y podía tener a cualquier mujer. Hasta a la que un compañero de juegos de la infancia sí amaba.

Entonces, mi vida dio un giro. De la noche a la mañana me convertí en un forajido, inevitablemente huyendo de todos, quizá también de mí. Si no había caminos, yo los abría. No importaba si a caballo o a pie. Aunque no supiera bien hacia dónde. Y por eso, cuando escuché que aquella nao zarparía hacia esas tierras lejanas de las que todos hablaban, no dudé en enrolarme. Aunque ignorase dónde estaban realmente, o qué me esperaba allí.

Mas aquella promesa de libertad, de poder simplemente respirar sin cuidarme de mi propia sombra, se tornó infierno. Sabía que sería duro, aunque si había aprendido letras, y hasta el oficio de la guerra, me dije, por qué no ahora el de la mar. Pero aquella tripulación de sucios y malhablados, de desdentados babosos y borrachos violentos de los más turbios orígenes… Pero aquel sol, como un martillo feroz, día a día golpeando… Y la sal, y su sed, las olas y las tormentas, y el hambre cotidiana…

Salimos del Puerto de Palos el día previsto. A Dios gracias, mi verdadera identidad nunca fue descubierta, pero antes del Nuevo Mundo ya nos esperaban otros lugares. Desde nuestro primer encuentro el capitán me pareció sospechoso, y bien pronto supimos que escondía algunas inconfesas intenciones, quizá algún feo negocio. Tras proveernos de víveres y agua en la Madeira, no tomamos la ruta hacia poniente, sino que la nave pareció volver sobre sus pasos. Se acercaba, para luego tomar distancia otra vez, de las costas de aquel pedazo de tierra al que llamaban el África. Riscos escarpados, islas de las más diversas extensiones, selvas, playas blancas lamidas suavemente por el mar… Hasta que anclamos ante aquella cala pequeña, de arenas negras, confusamente bella. Esperábamos, vigilábamos, aun sin saber a quién. Hasta que un día un grupo de hombres bien armados descendieron y tomaron las barquillas.  Fuego a lo lejos. Y cuando regresaron, tras unos días, ya no lo hicieron solos. Y bajarían una y otra vez, y la bodega de la nao se fue llenando de ellos.

Entonces, los conocí. Había visto a algunos de los que llamaban canarios en Sevilla, servidores en casas de importantes familias. Pero éstos eran más oscuros. Me parecieron casi bestias. Ese pelo ensortijado, duro, esa nariz ancha, y los labios descaradamente carnosos… y lo peor, su escandalosa desnudez. Aunque he de reconocer que me sentí desconcertado al descubrir, si bien sólo tras fijarme muy detenidamente, y desde un cristiano ejercicio de caridad, facciones curiosamente humanas. O tal vez fue cuando vi esos ojos por primera vez.

Y he de jurar por el honor de mi familia que, en ese infierno, esos ojos negros e inesperados, que llegaron cuando más hastiado estaba de todo, se convirtieron en mi pequeña luz. Los imaginaba a todas horas, allí abajo, en las bodegas, viendo en la oscuridad aquella playa que llevaban impresa en la retina. Y desde que nos alejamos de allí y por fin tomamos rumbo al Nuevo Mundo, empecé a soñarlos incluso mirándome… Ay, si se produjera ese regalo, por el Criador, ya no me importaría el hambre, ni la sed, ni el sol…

Pero un día, tras mi guardia nocturna en el palo mayor, cuando me disponía a ir a dormir al camarote, escuché su llanto de niña. Que se fue repitiendo, noche a noche, siempre después de un portazo. Que se me clavó en el centro del alma. Hasta que hace unas noches, escondido entre las velas plegadas en cubierta, tras el estallido de aquel tímido llanto de pajarito asustado, vi al capitán entrando en sus aposentos.

Entonces lo decidí. Ya sabía yo que no es posible esconderse del sol, como tampoco librarse del peso de un crimen.

Nayra Pérez Hernández

 

23 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 8 comentarios