Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

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Vivirás.

Seguirás viviendo largos años sólo porque te lo he ordenado. Y cada vez que abras los ojos, verás mi rostro. Cada vez que los cierres, escucharás el ruido de tu revólver. Cada vez que seas incapaz de conciliar el sueño, notarás el peso del arma en tu mano, la resistencia del gatillo al apretarlo.

Cada día que sigas viviendo, me recordarás marcando mi frente con los dedos y luego cayendo por el acantilado. Te asomarás al abismo para buscar el punto donde, bajo la furia del mar, yazco.

Pero no has de reprochártelo. Fue tu elección.

Me dijiste que harías cualquier cosa por complacer mis deseos.

Nisa Arce

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20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

El sabor del poder

Existió en su tiempo una aldea fronteriza, a medio camino entre dos reinos que, durante los últimos cien años, habían estado enfrentados en guerra. En dicha aldea nacieron dos hermanos gemelos que, pese a haber compartido vientre, no guardaban parecido alguno.

Se llamaban Arín y Erdel, y eran opuestos como la noche y el día. Uno tenía el cabello azabache y los ojos oscuros como el carbón. El otro era rubio como el trigo y sus ojos parecían reflejo del cielo. Sin embargo, tenían un rasgo en común: se decía que poseían el sentido del gusto más refinado del que jamás se hubiese sabido. Sus padres, humildes campesinos, permitían que los vecinos se entretuvieran ideando los más variados brebajes y dándoselos de beber a los niños, los cuales, en cuestión de segundos, eran capaces de enumerar las materias que los componían.

Tal era su destreza que un viajero, asombrado por este talento innato, convenció a los padres para que les permitiesen partir con él a cambio de un caballo, una bala de heno y la esperanza de que sus hijos obtuvieran así un futuro mejor.

El hombre les curtió en el arte de la alquimia de los alimentos, las pociones, la anatomía humana y los modales de palacio. Vagaron de corte en corte, divirtiendo a las altas esferas mientras se construían una reputación como aprendices de catador.

Cuando Arín y Erdel cumplieron quince años, su maestro, creyendo merecer un descanso, redondeó el negocio vendiéndoles al mejor postor.

—Tú, Arín, ofrecerás tus servicios al Rey de Antagomia, y tú, Erdel, quedarás a merced del Rey de Sinomia. Si sois leales y eficientes, gozaréis de una vida colmada de los mayores privilegios que podríais llegar a soñar. Sólo se os impone una condición: a partir de este momento, cortaréis cualquier lazo que os una. Nadie ha de saber que por vuestras venas corre la misma sangre.

Los hermanos partieron cada uno por su lado, y sirvieron a su Rey probando los platos que desfilaban ante el trono. Un mero gesto de sus manos tenía potestad para mandar al creador a la guillotina, si su paladar detectaba cualquier atisbo de sospecha.

Las noches de luna llena, Arín y Erdel escapaban de palacio ataviados con ropajes corrientes. Deambulaban por los puestos de los mercados en los que se empezaba a preparar las mercancías y disfrutaban del placer de mezclarse con la muchedumbre. Sin embargo, la realidad de la guerra era dura. Hambre y miseria abundaban por doquier, algo en lo que sus señores no parecían haber reparado.

Una de esas noches, se encontraron. Caminaron y caminaron entre las sombras, intercambiando impresiones sobre el mundo que les rodeaba. Poco antes del amanecer, Arín confesó que su Rey tenía planeado ofrecer una tregua a Sinomia, pero que, tras el aparente acuerdo de paz, se escondía la traición. Erdel, por su parte, delató que lo que a su vez perseguía su Rey era fulminar al de Antagomia y anexionar ambos territorios.

Volvieron a reunirse con la siguiente luna llena, e intercambiaron dos pequeños recipientes de cristal, cuyo contenido era tan mortal como el veneno de diez cobras juntas.

Durante los siete días siguientes, ingirieron una dosis. Sufrieron en soledad dolores atroces, pero la fueron aumentando gradualmente, hasta que sus cuerpos fueron capaces de tolerar lo que, en otro hombre de corpulencia semejante, habría sido fatal.

Llegó el momento que varias generaciones habían estado esperando, y los reinos enfrentados proclamaron el final de la violencia. Las calles hervían de entusiasmo, y el Rey de Antagomia, junto a su séquito, acudió como invitado de honor al palacio del Rey de Sinomia. Los guardas, armados hasta los dientes bajo las galas, esperaban a que su Rey diera la señal para atacar al otro.

Los catadores, ante la atenta mirada de los soberanos, intercambiaron las botellas de vino que simbolizaban los buenos deseos de prosperidad del uno hacia el otro. Arín y Erdel las abrieron, vertieron el vino en las copas y, tras paladearlo, las depositaron en manos de los reyes, que brindaron confiados tras el dictamen.

—Por la unión de nuestros pueblos —dijo el Rey de Antagomia.

—Por el inicio de una nueva etapa —añadió el de Sinomia.

Las copas cayeron estrepitosamente al suelo cuando, ante el estupor de los presentes, expiraron tras haber bebido.

Los soldados, confusos por no tener de quién recibir órdenes, y los sirvientes de cámara, horrorizados por la pérdida, se amontonaron alrededor del dantesco espectáculo.

Los hermanos, camuflados en sus harapos, escaparon en medio del caos. Así, la anarquía se convirtió en el mejor recurso para poner fin a la codicia, y romper la barrera que hasta entonces había separado ambos mundos.

Nisa Arce

 

12 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios