Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

ROCO

La feria de artesanía antigua estuvo mucho mejor de lo que ella esperaba, y eso que había dudado en ir. Lo que jamás pensó es que fuera a influir tanto en su vida. Diez días después de haber vuelto del planete meuble empezó con una matraquilla que no la dejaba en paz hasta aquella mañana en que unos rayos de sol se colaron entre las persianas y la agarraron por el ánimo sacándola del sofá. Se puso el abrigo y las playeras y se fue a la farmacia a  comprar un predictor.

Estaba dispuesta a desmantelar aquella incertidumbre de una vez por todas, así que se metió en el baño con el test y con el miedo a encontrarse con que sus sospechas fueran ciertas. Había decidido enfrentarse a la realidad, fuera la que fuera. Empezó a quedarse blanca mientras la ventanita de la verdad se teñía de rosa y buscó una silla para sentarse. Con los codos apoyados en los muslos y la frente entre las palmas de las manos recordó más cercana que nunca aquella noche, y se sintió, como entonces, ardiente y locamente apasionada entre los brazos de aquel prestigioso artesano que la embrujó con su mirada y su arte y al que no volvería a ver nunca más. “No tenía que haber ocurrido” –pensó cuando se acordó de su marido y sintió un vértigo y unas náuseas que nada tenían que ver con el embarazo.

A las seis semanas de gestación, después de haberse despojado del susto y sin haberle dado a su marido la buena nueva, se hizo la primera ecografía. Lo que vio en el monitor no tenía forma ni sentido, como es usual, hasta que el médico empezó a señalar las distintas partes del pequeño ser que estaba creciendo en su interior.

-¿Ve esto de aquí, señora? Es una de las patitas -le dijo el médico.

Su cuerpo se tensó como una cuerda de guitarra y preguntó: “¿Pa-ti-tas?”, con los ojos muy abiertos esperando una explicación.

–Sí, señora, patitas -y señalando en el monitor siguió explicando–. Y aquí están las otras tres, son talladas en la base, aunque apenas se aprecia. -Moviendo la imagen, la guió hasta un rectángulo algo deforme por su blandura y le dijo que era el tablero-. En la próxima ecografía ya podrá ver más detalles de su hijo, pero lo importante es que todo está bien –aseguró el ginecólogo para luego añadir-: Está completo, tiene todos los cajoncitos, váyase tranquila.

Salió de la consulta como de un mal sueño y caminó hasta su casa con la intención de que el aire se llevara la conmoción.

En la siguiente visita al ginecólogo ya pudo ver que se trataba de un precioso secreter y que tenía el tablero de mármol rosa francia, los frentes de raíz de abedul y ella ya le había cogido cariño. Mucho cariño y muchas ilusiones tenía, antes incluso, de haber visto aquellos tiradores en bronce dorado y su graciosa marquetería. Tanto cariño que se había olvidado de que en algún momento tendría que dar explicaciones a su marido.

Se puso de parto y llamó un taxi, pensó que había llegado el momento de tomar una decisión y eligió traer a Roco al mundo y dejar una nota de despedida a su marido. El secreter  cumplió su primer añito y en sus cajones empezaron a crecer secretos de los que sólo uno pudo descubrir Lucía. Después se cerró herméticamente. Para desvelar el resto de los misterios ocultos en sus entrañas, Lucía tendría que seguir las instrucciones de la única confidencia que su hijo le desveló.

Pepa Marrero

23 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

BATALLA INÚTIL

La noche anterior se fue a dormir a casa de su hermano. Le llamó sobre las doce de la noche para decirle que había visto un ratón pasar por delante de sus narices y esconderse detrás del mueble del ordenador. Y ahora, arropada por una mañana de sábado, luminosa y de lo más  apropiada para un café con prensa en una terraza, se iba de vuelta a su casa para intentar atrapar un ratón. Su hermano había decidido acompañarla y pasar por la ferretería a comprar una trampa de cebo permanente. Al llegar a la casa, aparcó el coche y se complicó todo. Su hermano se había bajado del coche muy decidido a cargarse aquel asqueroso bicho, cogió la bolsa donde estaba la trampa y ella abrió la puerta mientras le comentaba lo desagradable que les iba a resultar si lo veían y no lo pudieran controlar.

-Imagínate que al abrir se venga corriendo hacia nosotros para intentar salir -le decía mientras metía la llave en la cerradura.

Él, callado, le hacía un gesto con la mano para que se diera prisa en abrir y se relajara. Ella insistía advirtiéndole con verdadera angustia que en cuanto abriera la puerta desparramara bien la vista, que no podían dejarlo escapar bajo ninguna circunstancia, mientras cogía a Gara, su perrita, en brazos para evitar que entrara como las locas y espantara al ratón, porque entonces ya no habría forma humana de encontrarlo. Él intentaba tranquilizarla, aunque había empezado a abrir el envase del aparato con el que atraparían a aquel asqueroso animal cuando aún no había terminado su hermana de aparcar. Entraron cautelosamente y terminó de sacar la trampa del envoltorio algo nervioso y preguntándole dónde exactamente lo había visto meterse. Cogió el artilugio con la bolsa de plástico en la que se lo había puesto el dependiente de la ferretería, tal y como decía en las instrucciones: no tocar con los dedos porque se queda impregnado el olor haciendo desaparecer la sustancia que provoca el acercamiento del animal, o algo así. Lo colocó detrás del mueble donde ella lo había visto meterse la noche anterior y lo activó. Ella le decía que tal vez ya no estuviera allí, que había tenido toda la noche para cambiar de lugar, que sabe Dios dónde estará ahora y cosas así. Él intentaba conservar la calma, ya que todo aquello lo estaba haciendo con un esfuerzo sobrehumano, porque se trataba de su hermana y porque entendió que sólo le tenía a él para arreglar aquella situación, sólo por eso había sido capaz de entrar allí, y acercarse al lugar donde, supuestamente, podía encontrarse con aquel monstruo, porque eso es lo que para él era aquel animal. De hecho si se lo hubiese encontrado por sorpresa, desde luego, no hubiese intentado matarlo, habría salido corriendo como alma que lleva el diablo, bajando las escaleras de dos en dos, o de tres en tres, dejando a su hermana y a quien fuera allí. Él no hubiese encontrado el valor de hacerle frente, siempre le ha tenido pánico y asco. Y si estaba allí era porque una fuerza superior le había invadido por la mañana cuando escuchó a su hermana decir que se iba a ver qué se encontraba en su casa y  cómo se las iba a apañar. Eso le empujó a acompañarla. Fue un impulso, un acto tan involuntario como el latir de su corazón, que en aquel preciso momento se le iba a salir del pecho intentando acabar cuanto antes para salir de allí y marcharse a su casa tranquilamente, donde no le esperara ningún monstruo al que enfrentarse. Agarró un macetón grande y lo colocó por el lado descubierto del mueble. Mientras se aseguraba de no dejar ningún hueco, le explicaba a su hermana que era para que Gara no pudiera tocar el artefacto, ya que de acercarse a aquella trampa mortal no quería ni pensar en lo que sucedería. Ella le daba las gracias y le decía que si quería un cortadito o algo, que estaba muy agradecida, insistía una y otra vez, dando las gracias, nerviosa y sin saber cómo saldar aquel acto heroico. La muchacha salió a la terraza para ponerle la comida a Luna, la otra perra, la que vive en la terraza, y al volver a entrar, llamó su atención el balde que había dejado en la puerta del baño la noche anterior, cuando salió despavorida al encontrarse con aquel ratón repulsivo,  buscando refugio en casa de su hermano. Algo había dentro, miró y era el maldito y horrible ratón, que se había ahogado en algún momento de la noche. Ella le dijo a su hermano que se acercara al balde; estupefacta, casi no daba crédito a lo que estaba observando, ya no tendría que esperar a que cayera en la trampa, ya estaba tranquila. Él no salía de su asombro y también empezó a respirar a otro ritmo y mientras cogía el asa del balde para bajar a la alcantarilla de la calle para devolver aquel asqueroso bicho a su ámbito natural ella le dijo: “Tal vez se suicidó porque me fui, porque se quedó solo” y se partieron de la risa. Ella volvió a salir para ir a la terraza con Gara. Su hermano, con el balde en la mano, salió también, cerrando la puerta de la casa tras de sí al tiempo que le advertía que mantuviera siempre la puerta cerrada, que al ser una montaña hay animales. Dicho esto, ella le preguntó si había cogido la llave de la casa y él, cagándose en todo lo que se menea, no sabía si reír o seguir maldiciendo. Desde el otro lado de la puerta oyeron el borboteo de la cafetera que Sara había puesto en el fuego nada más llegar.

Pepa Marrero

11 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Mi amigo Hans

En más de una ocasión estuve tentado de contártelo, pero al mismo tiempo me parecía tan absurdo que decidía olvidarlo para evitar que te rieras de mí. La primera vez fue sólo su sonrisa burlona mientras se mofaba de mis pintas de empollón regordete en el colegio. Evidentemente, me hizo mucha gracia recordar aquel sueño por la mañana. Habían pasado tantos años desde entonces que apenas me acordaba de que en algún momento lo llegué a ver como un niño odioso. Además, después de todo, probablemente por aquellas burlas empezó nuestra amistad. La relación entre Hans y yo no fue cualquier cosa, él siempre se ha encargado de apoyarme, de protegerme… Siempre ha sido un amigo incondicional. En algún momento llegué a pensar que tampoco tenía que ocuparse de alejar al resto de los chicos, pero su aprecio era tan grande que pude entender que me quisiera sólo para él. Cuando apareciste tú la cosa cambió; eras la chica de mis sueños, y en cuanto le conté que me moría por tus huesos se las ingenió para acercarnos. Después vino aquel sueño: mi hermano era atropellado por un camión en medio de la noche, en una zona donde no había tránsito peatonal. Nunca supe que hacía Robert andando a las tres de la madrugada por la autovía. Robert era el que siempre daba la cara por mí ante situaciones complicadas. A Hans nunca le cayó bien, decía que se las daba de héroe… En realidad nunca terminaron de gustarse. También hubo una época en que soñaba con mis padres, siempre la misma escena. Ellos venían a casa sólo por los cumpleaños y por las navidades. Aquella víspera de cumpleaños la había vivido casi todas las noches durante los últimos once meses. Me asaltaba la escena de la explosión de la bútsir cada vez con más frecuencia, aunque no le prestaba atención, ya que ellos no usaban cocina de gas desde hacía años. No he podido asimilarlo, fue una tragedia que, tal vez, pude haber evitado. Podían haber venido una semana antes del apagón. A partir de aquel momento empecé a relacionar ciertas ideas. Cada vez que sentía una emoción intensa con alguien me iba a la cama con el trasteo y terminaba soñando. La última conversación que tuve con mi madre fue bastante molesta, aunque daba por sentado que todo quedaría en el olvido. Pero daba la casualidad de que Hans siempre estaba allí, a mi lado, y al poco tiempo aquella persona con la que me había disgustado desaparecía tal y como yo lo había soñado. También ocurrió cuando mi gato apareció envenenado el día después de haberme enfadado con él porque se había comido el jamón que tenía en la mesa para hacerme el bocadillo. Y con mi loro, mi amigo Fran… Pero al mismo tiempo me decía que debía ser una paranoia. Hans ha sido siempre mi mejor amigo. Él siempre decía que su misión era hacer realidad mis sueños. Por eso aquella anoche me hice, al acostarme, el firme propósito de soñar con Hans.

Pepa Marrero

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La caja de los sueños

El sereno no podía dar crédito a lo que estaba oyendo mientras intentaba leer el periódico en la esquina de la barra. Se acercó un poco más hasta que pudo intervenir en la conversación de aquellos cuatro hombres que sigilosamente comentaban lo que estaba planeando Egolio, el gobernante del país. En el bar, además de los cuatro hombres escorados en la barra, una mujer sola, sentada en una mesa, miraba frecuentemente su móvil y la puerta. De cuando en cuando se acercaba la taza de café a la cara sintiendo su aroma con los ojos entrecerrados. Después de tomar un pequeño sorbo la dejaba de nuevo en la mesa para volver a centrar su atención en el móvil y la puerta. Al fondo, en la esquina de aquel acogedor local decorado con la mezcla de los más variados estilos, armonizado con música chill out,  desentonaba una familia celebrando el cumpleaños de un niño perretoso y que sólo pretendía aguar la fiesta.

-Buenas tardes -dijo el sereno, añadiendo una sonrisilla de déjameentrar-. ¿Cómo pueden hablar así de Egolio? No es justo. Puede que sólo se trate de un bulo.

Lo miraron; unos negando con la cabeza, otros con gesto de incredulidad.

-No. No es un bulo -se atrevió a decir el más alto-, es tan real como que la llave desapareció hace una hora de su sitio, no tardará mucho en hacerse con la caja. Si no, pregúntale a aquella mujer -desafió mientras señalaba a la joven, que parecía haberse percatado del gesto, levantándose sobre la marcha para dirigirse hacia la puerta.

El sereno quiso preguntar qué tenía que ver aquella mujer con Egolio, pero reaccionó y decidió caminar deprisa y simular un tropiezo con ella. La guapísima joven perdió el equilibrio y el bolso se le cayó desparramándose por el suelo. Todos los ojos del bar se quedaron abiertos como platos y clavados en la cajita.

Pepa Marrero

 

 

10 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Un mal día

Leía el periódico mientras esperaba, en el interior de su taxi que llevaba media hora en piquera, a que algún cliente solicitara su servicio. No había tenido una buena mañana, aunque el día bien podía ser de los mejores: principio de mes, soleado y las navidades saludando desde todos los escaparates. Abrió la puerta del coche y salió a coger aire y estirar las piernas, tenía la camisa mojada. Un compañero le dijo algo pero él contestó de mala gana y, evitando la conversación, se apoyó en la pared y volvió la cara hacia otro lado. Intentó abrir la puerta de su taxi cuando se le acercó aquel hombre trajeado, con aires de ejecutivo, que le saludó atentamente antes de preguntarle si estaba disponible. Una sonrisa se le dibujó en la cara, pero la puerta no se abrió. Forzó una y otra vez sin resultado. El taxi se había cerrado herméticamente aunque él no había usado el mando. Es más, mientras intentaba, sudando y nervioso, con objetos que sacaba de los bolsillos, romper la cerradura, recordó que la puerta se había cerrado sola, aunque en aquel momento no le prestó mayor atención pensando que había sido un golpe de viento. Empezó a desabrocharse el cuello de la camisa, tenía la cara congestionada, roja, con gotas de sudor que le corrían molestándole en los ojos. “Para un cliente que aparece”, pensó. “Podía haberme salvado el día, o tal vez la semana”, seguía rumiando en su interior. “Incluso pudiera ser que fuera la solución de toda mi vida”, se decía mientras la tensión y el sofoco llegaban a un punto en que le costaba razonar. Caminó hasta ponerse frente a su taxi como si quisiera preguntarle qué le ocurría, el taxi movió ligeramente las ópticas respondiéndole y fue entonces cuando la emprendió a patadas contra la carrocería mientras los compañeros lo miraban sorprendidos, murmurando entre ellos y sin atreverse a acercarse. El taxi respondió a las patadas y las maldiciones poniéndose en marcha. Arrancó con un gruñido y se movió hasta su chófer, le hizo caer al suelo destrozándole las piernas hasta que le quedaron inservibles. Retrocedió hasta su puesto en piquera, abrió las puertas y encendió las luces y los indicadores. Uno de los taxistas se atrevió a entrar, cogió el periódico y echó un vistazo a la página que había estado leyendo aquel hombre que ahora estaba tirado en el suelo, retorciéndose de dolor. La noticia decía que se había encontrado otra persona muerta de la misma forma que las cuatro que han ido apareciendo en los últimos meses, desprovistas de documentación, sin cartera y a todas se les vio por última vez subiendo a un taxi. Sonó el claxon pero esta vez se escuchó: “No volveré a ser tu cómplice”.

Pepa Marrero

9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La caja de los sueños

En un país lejano, muy lejano, en las afueras del mundo, cuentan que vivía Egolio, que además era el gobernante de aquel hermoso lugar. En cualquier rincón había una fuente preciosa, bordeada de un césped muy verde y aterciopelado. El agua que brotaba de su interior era la más transparente y cristalina que jamás se haya visto y al caer surgía de ella una melodía que se quedaba suspendida en el aire para el deleite de los habitantes. En los parques nacían las flores más bellas que jamás hayan existido, con colores que no se habían inventado aún. El aire olía a hierbabuena y a romero y a lavanda, entre otros aromas que iban emanando a medida que alguien los soñaba. El cielo vestía un azul diferente cada día, pero cada uno más vistoso y brillante que el anterior.

La razón de que todo fuera extraordinario en aquel lugar era que allí, en el mismo corazón del país, estaba la caja de los sueños, en lo alto de un pedestal de mármol, presidiendo la vida de todos sus habitantes. Y, colgando de una rama de oro, que le había brotado al árbol más cercano al pedestal, estaba la llave. Cuando las personas dejaban de soñar se iban hasta el centro del país, cogían la llave que colgaba de la ramita de oro, abrían la caja y, aspirando fuertemente, se llenaban de sueños. Otra vez volvían a plantar algo que no existía, a pintar con colores recién inventados, a escribir los cuentos que jamás se habían contado. Así fue hasta que un día Egolio, que se sentía muy orgulloso de ser el gobernante del país más bonito del mundo, pensó que si se quedaba con la cajita de los sueños no sólo sería el gobernante del país más bello del mundo, sino que sería el amo de todos los sueños. Aquello sonaba muy bien, sería más importante aún y más envidiado.

Una noche, cuando todos los habitantes dormían, se acercó al pedestal y cogió la cajita de los sueños. Pero, cuando intentó coger la llave, el sereno apareció silbando una melodía fresquita, recién estrenada. Egolio salió corriendo a esconderse detrás de un banco del parque y no pudo acercarse a la llave porque el sereno, al echar en falta la cajita, ya no se movió del lugar para cuidar de que, al menos, nadie pudiera llevarse la llave. Desde entonces, todos los habitantes se van turnando para custodiar la llave que abre la caja de los sueños y Egolio vive con su cajita, tristemente, en un país al que se le secaron las fuentes, se le apagaron los colores, y también los sonidos. La llave aún resplandece colgando de su rama, esperando que un día alguien le devuelva su caja para liberar los sueños.

Pepa Marrero

26 octubre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario