Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Malasangre / Malasangre 2

Malasangre

Querida Esther:

Como te conté en mi última carta, fue toda una sorpresa recibir aquella maravillosa mansión de aquel multimillonario desconocido y que todo estaba yendo de maravilla a pesar del mal carácter del sirviente.

Después de más de un año viviendo en la casa, nuestra relación con el sirviente se ha vuelto insoportable. Este malnacido se ha propuesto hacernos la vida imposible, no deja de molestarnos continuamente y de hacer el holgazán todo el tiempo. Tu hermano Nataniel, hace unas semanas, se propuso despedirlo, pero el sirviente, al que hemos apodado Malasangre, se burló en su cara, diciéndole que eso era imposible, porque él venía con el paquete. Tuve que utilizar todo mi poder de convencimiento para que Nataniel no lo apaleara allí mismo. No comprendemos por qué se comporta de esa manera; es vil, mal educado y algo siniestro.

La semana pasada fuimos a la ciudad a hablar con el albacea, para confirmar lo que nos había dicho el sirviente y este nos ratificó lo que ese bastardo nos había dicho y que la única forma de deshacernos de él era marchándonos o con su muerte.

Ese mismo día decidimos ir al mercadillo de la ciudad. Tu hermano se detuvo en un puesto de libros de segunda mano —sabes que siempre le ha gustado leer— y entabló una agradable conversión con el puestero. Él nos preguntó dónde vivíamos y le dijimos que en la gran casa a las afueras de ciudad, en una de las orillas del río Tres Gargantas. El librero nos dijo que esa mansión había pertenecido al viejo Rogelio Piernavieja, el hombre más rico de la ciudad y un tipo huraño y solitario que hacía más de un año había desaparecido de la faz de la tierra sin dejar rastro. Nosotros le dijimos que no lo conocíamos y que un señor muy rico, nos había dejado la mansión en herencia. Tu hermano, todavía no sé porqué, le preguntó si había alguna fotografía del señor Piernavieja. El librero, con una pequeña sonrisa, nos dijo que lo siguiéramos y nos llevó en dirección al mayor banco de la ciudad. Cuando entramos, nos dirigimos hacia una de las amplias paredes del salón principal, en la que había un retrato inmenso del señor Piernavieja, que no era otro que el maldito sirviente, Malasangre.

Nos miramos preguntándonos que era lo que estaba ocurriendo. No entendíamos nada. Nos despedimos del librero atropelladamente y volvimos a la casa a buscar las respuestas a nuestras preguntas. Al llegar, encontramos al sirviente sentado en el comedor, vestido como si fuera un duque, bebiendo un buen vino y dando cuenta de un maravilloso pavo al horno. Nataniel le preguntó, con vehemencia, por qué se había hecho pasar por un sirviente, cuando era un hombre rico y poderoso. Él nos contestó que había llegado un punto en su vida en que todo le parecía tedioso, que necesitaba tener nuevas aventuras y que le parecía una extraordinaria experiencia hacerse pasar por un andrajoso sirviente que atormentara a unos pobres y desconocidos herederos. Pero nos dijo que el juego ya había acabado, que ahora él volvería a ser la persona que había sido y que nosotros tendríamos que volver a ser unos mugrientos desconocidos. Le gritamos que había un testamento en el que se decía que la casa era nuestra pero él se burló de nosotros a mandíbula batiente. Nos dijo que estaba vivito y coleando, que iría a la ciudad y revocaría el testamento. Sus carcajadas retumbaban en todo el salón, haciendo que su burla fuera más hiriente. Jamás había visto llorar a tu hermano Nataniel. No sé si de rabia o tristeza. Malasangre seguía comiendo y riéndose, hasta que su risa se tornó en una tos leve. Luego la tos se agudizó y comenzó a ponerse rojo como un tomate. Nos percatamos de que no podía respirar: se había atragantado con un trozo de pavo. Observamos cómo la vida se le escapaba sin remedio. Los labios se le volvieron morados y gesticulaba suplicando ayuda, con los ojos inyectados en sangre. Al final hundió su rostro en el maravilloso pavo asado, sin un aliento de vida, llevándose consigo todas sus miserias.

Podíamos haberle ayudado, pero eso hubiera sido desvirtuar su macabro juego.

Llamamos a los servicios de urgencia, pero nada pudieron hacer por su vida. En las horas siguientes, se presentó un inspector de la policía, un tal Aquiles Barrientos, que nos hizo algunas preguntas sobre cómo había acontecido la muerte de señor Piernavieja. Hoy mismo, el inspector nos ha llamado para comunicarnos que la autopsia ha confirmado que la víctima había muerto a causa de atragantamiento y que podíamos estar tranquilos.

Ahora, querida Esther, estamos pensando en vender la mansión, trasladarnos al pueblo de tus padres, vivir en una confortable casa, con un pequeño huerto que cultivaremos y tener una cuantiosa cuenta corriente en el banco del señor Rogelio Piernavieja.

Esperamos con impaciencia que nos hagas una visita.

Se despide, tu querida cuñada Ana Rosa.       

Malasangre

El inspector Aquiles Barrientos llegó a la mansión del señor Rogelio Piernavieja pasadas las tres de la tarde. Al llegar se encontró con los sanitarios recogiendo el material que habían utilizado para intentar reanimar a la víctima. Ahora estaban esperando a que llegara el juez de guardia para poder levantar el cadáver y llevarlo al anatómico forense para hacerle la autopsia.

Aquiles Barrientos sacó su pequeño bloc de notas, se dirigió hacia el sofá donde estaba sentado el matrimonio joven que vivía en la casa hacía más de un año y les dijo:

—Soy el inspector Aquiles Barrientos y me han encargado que realice las primeras pesquisas sobre este caso. ¿Cómo se llaman?

—Yo me llamo Nataniel y mi mujer Ana Rosa —le contestó con voz seria el joven.

—¿Ustedes conocían a la víctima?

—Sí, se podría decir que era nuestro sirviente.

—¿Se podría decir? —preguntó el inspector.

—A ver por dónde empiezo…

—Por el principio, empiece por el principio que es por donde se suele empezar, porque el final ya lo conocemos.

—Pues bien, hace aproximadamente más de un año recibimos una notificación de un abogado de la ciudad que decía ser el albacea de una persona millonaria y que nos había dejado una gran mansión en herencia. Nosotros, que somos un matrimonio pobre, recibimos la noticia con mucha alegría pero también con incredulidad y no le dimos mayor importancia. Pero el albacea se presentó, una semana después, en nuestro humilde hogar con el testamento. Le dijimos que todo eso nos parecía extraño y que seguro que se debía a alguna equivocación. Sin embargo, él nos confirmó y nos convenció de que no se trataba de ningún error, que todo estaba en regla. Así que, sin pensarlo más, nos dirigimos a la mansión que habíamos heredado. El abogado nos dijo que al llegar nos recibiría un sirviente que llevaba muchos años empleado en la mansión.

—Parece una historia extraña, muy extraña, porque ¿quién deja en herencia una gran estancia a una pareja desconocida?, pero continúe, continúe —le dijo el inspector.

—Al ver la mansión quedamos impresionados, pero nos encontramos con un problema: el sirviente tenía un carácter muy difícil y era un vago. En más de una ocasión le llamé la atención porque no hacía sus labores y tenía un comportamiento intolerable. Un día me hizo perder los papeles y lo amenacé con despedirlo. Pero se burló de mí y me dijo que yo no podía hacer eso porque él venía con el paquete. Sin pensarlo más, nos dirigimos hacia la ciudad para hablar con el albacea, para corroborar lo que nos había dicho el sirviente. El abogado nos dijo que no podíamos despedirlo porque esa era la única condición que se establecía en el testamento y si lo despedíamos perderíamos lo heredado. Salimos del despacho decepcionados. Antes de volver a casa, decidí pasar por el mercadillo para ver si veíamos alguna oferta interesante. Me detuve en un puesto de libros y estuve hablando un rato con el librero que nos preguntó dónde vivíamos. Le dije dónde y me informó que esa mansión pertenecía al señor Rogelio Piernavieja, que era el hombre más rico de la ciudad, pero que tenía fama de huraño y solitario y que hacía más de un año había desaparecido de la faz de la tierra. No sé muy bien por qué, le pregunté si había alguna fotografía del señor Piernavieja y me dijo que sí. Nos condujo al banco más importante de la ciudad y en una de las paredes del salón principal, había un gran retrato del señor Rogelio Piernavieja que no era otro que nuestro sirviente.

—¡¿El sirviente?! —preguntó con un grito el inspector Aquiles Barrientos.

—Sí, el sirviente, señor, el sirviente. Salimos del banco como alma que lleva el diablo, en dirección a nuestra mansión, para que ese bastardo nos diera una explicación, porque no entendíamos nada. Al entrar nos lo encontramos en el comedor, sentado, vestido con sus mejores galas y comiendo un estupendo pavo asado. Le pregunté por qué nos había engañado haciéndose pasar por un sirviente, sabiendo que era un señor muy rico. Él se burló en nuestras narices, diciéndonos que la vida de rico era muy tediosa y que quería vivir nuevas experiencias y aventuras, pero que el juego ya había acabado.

—¿El juego?

—Sí, como lo oye, para él todo había sido un juego. Entonces siguió riéndose a carcajadas hasta que empezó a toser levemente. Yo no pude contener las lágrimas de rabia y de impotencia. Pero luego la tos se agudizó y comenzó a ponerse rojo como un tomate. Nos percatamos de que no podía respirar; se había atragantado con un trozo de pavo. Los labios se le volvieron morados y gesticulaba suplicando ayuda, con los ojos inyectados en sangre. Al final hundió su rostro en el pavo asado sin un aliento de vida.

—¿Y no hicieron nada por socorrerlo? —preguntó el inspector.

—Lo pensamos, pero no sabíamos cómo ayudarlo —mintió Nataniel.

—¿No conocen la maniobra de Heimlich?

—¿Heimlich? ¿Quién es ese? —preguntó Ana Rosa.

El inspector pensó en explicársela, porque esa técnica había salvado muchas vidas, pero se dijo que ahora no tenía tiempo.

—Entonces, muerto el sirviente, es decir, el señor Piernavieja, ustedes se quedan con la mansión —argumentó el inspector.

—Sí, se cumple con lo que estaba estipulado en el testamento —volvió a intervenir Ana Rosa.

—Su muerte les ha venido como anillo al dedo… —les dijo el inspector pensando que tenían motivo y oportunidad para haber planeado su asesinato.

—Muerto el perro, se acabó la rabia —le contestó Nataniel.

En ese momento hizo acto de presencia el juez de guardia, que entró acompañado por el secretario y dos policías. El inspector siguió con la mirada los pasos del juez y le dijo a la pareja:

—Ahora tengo que dejarlos, he de hablar con el juez. En principio, la cosa parece clara, aunque al ser ustedes herederos directos —hizo una pausa pensando en la posibilidad de un envenenamiento— puede haber alguna complicación. Todo dependerá de los resultados de la autopsia. Ya les llamaré con cualquier novedad que haya sobre el caso.

El inspector se alejó de la pareja y se dirigió hacia el lugar en el que estaba el juez. Nataniel y Ana Rosa se miraron y sonrieron porque sabían que el futuro era prometedor.

A la semana siguiente, el inspector Aquiles Barrientos llamó a la joven pareja para comunicarles que el forense había dictaminado que el señor Piernavieja había muerto a causa de un ahogamiento, debido a que un trozo de carne le había obstruido la traquea.

Nataniel y Ana Rosa hablaron de vender la mansión, de irse a vivir al pueblo de los padres de Nataniel, de comprar una casa con un huerto y el dinero sobrante, invertirlo en una cuenta de alto rendimiento en el banco del señor Rogelio Piernavieja.

Moisés Morán Vega

16 enero 2011 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Mi amigo Jorge / Tu amigo Jorge

Mi amigo Jorge

Yo conocí a Jorge cuando era joven. Por entonces yo no tenía mucho dinero y yo criticaba a Cristina y él me contaba lo maravilloso que era estar soltero. Él siempre pululaba buscando y pidiendo dinero, pero era un buen tipo.

Por esta época, Cristina me había estado diciendo que tuviera cuidado con él por su situación. Pero cómo voy a dejar de lado a un amigo porque fume un poco y no tenga ni trabajo ni dinero. Hice mal en no ofrecerle un trabajo en la empresa de seguros, a pesar de que me estuviese yendo tan bien todo. Quizás fue por eso que un día lo encontré esperándome en mi propia casa, en el sillón del salón a oscuras. Y de repente enciende la luz y amenazas ahora difusas y Cristina amordazada y golpes.

Me despierto, estoy en un sótano que se parece al mío, me duelen las muñecas y en vano intento levantarme de la pesada silla. He tenido un vergonzoso sueño, ¿cómo he podido pensar que ha sido él si ni siquiera me acuerdo de la cara del tipo ese? Intento recordar, pero me duele la cabeza y mientras más lo intento más claramente reconstruyo la escena en que me golpean por detrás, seguro, tras haber forcejeado. El tipo ese habrá pedido ya un rescate y el primero en saberlo será Jorge. Conociéndolo no llamará a la policía, vendrá él mismo intentando arreglar las cosas haciéndose el héroe.

Baja alguien por las escaleras… Es un hombre con pasamontañas pero ni así Jorge me engaña. Sonrío. Habrá entrado por la puerta de atrás mientras el tipo duerme. Pero no, veo sangre en su camisa y me digo que se habrá encarado con el secuestrador. ¿Jorge, qué has hecho? 

Tu amigo Jorge

Tú conociste a Jorge cuando eras joven. Por entonces no tenías mucho dinero y me criticabas y él te contaba lo maravilloso que era estar soltero. Él siempre pululaba buscando y pidiendo dinero pero tú decías que era un buen tipo.

Por esta época yo te había estado diciendo que tuvieras cuidado con él por su situación. Pero no me hacías caso y seguías viéndolo a pesar de lo raro que estaba últimamente. ¿Y lo de dejarle una llave? Ni aunque fuese tú hermano… Lo peor de todo fue lo que me hizo el desgraciado ese, es que ¡joder!, ¿¡a quién se le ocurre!?

Llegaste y lo encontraste esperándote en tu propia casa, en el sillón del salón a oscuras. Después te amenazó y pidió dinero por mí, pero yo vi cómo te abstraías y te ofuscaste al verme y se pegaron, y en un instante estabas en el suelo inconsciente porque te había dado en la cabeza con una botella.

Te bajó al sótano. Al día siguiente, después de una noche aterradora, oímos ruidos, como si intentaras levantarte de la silla esa tan pesada a la que estabas atado, esa silla que nunca viste y la deje allí y ni te lo dije. El eunuco bastardo ese se dispuso a bajar y yo conseguí soltar las cuerdas que ataban mis piernas por los tobillos. Me levanté y corrí hacia él y le di con el taco del tacón por detrás. Él gritó, acaso se retorció un poco, yo intenté gritar pero tenía la boca tapada. Y no sé cómo pudiste ni cómo de un momento a otro tenía una pistola en la mano y en la otra un pasamontañas y yo pensaba en ti.

Daniel Marmolejo

19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

Media Res / Marco Incomparable

Media res

El cuchillo de carnicero descendió poderoso, falló la enorme pieza de vacuno sobre la tabla de cortar, y, para espanto de la clientela, tajó  sin piedad su dedo índice, el que teclea las ges y las efes. El chorro de sangre dibujó la marca de El Zorro sobre el retrato bigotudo y severo que colgaba de la pared, mientras Antoñito (ni la sombra de lo que había sido en el barrio su difunto padre, Dios lo tenga en su Gloria), se desgañitaba  y hacía eses hasta el lavabo del almacén. Segundos más tarde, el largo pellejito que todavía colgaba del muñón y que no resistiría mucho más bajo el ímpetu del agua corriente, subrayaba la prohibición paterna de desatender el negocio familiar para dedicarse a la tontería esa de ser escritor.

 Marco incomparable

Antes de nada, las cosas claras: yo soy un hombre serio y no me gustan los malentendidos ni las piruetas. Les aclaro desde ya que estoy muerto. Soy un espíritu, un fantasma… como lo quieran llamar. Antes era carnicero,  y a mucha honra, pero ahora no tengo carne ni para mis  propios huesos.

A lo mejor es un premio por las cosas buenas que hice en vida o un castigo, no lo sé, pero desde que me morí, vivo en un retrato que cuelga, precisamente, en mi querido local. Digo que no estoy seguro de si es un premio o un castigo, porque desde que falto, mi hijo está a cargo del negocio y cada día veo cómo me lo lleva a la ruina. El problema es que no se fija en lo que hace, tiene la cabeza en las musarañas. Esta mañana, por ejemplo, que estaba cortando unos filetes para doña Prudencia, una clienta de toda la vida, por estar con sus chaladuras, se cortó un dedo de cuajo.  ¿Qué le costaba ponerse el guante de malla? Mira que lo intenté veces, pero se conoce que nunca conseguí enderezarlo. La cosa es que dio un espectáculo: todo (hasta yo mismo) manchado de sangre y él pegando chillidos como en la matanza. Una vergüenza. Y doña Prudencia casi se desmaya de la impresión; esa no vuelve más. Luego va mi hijo y deja el mostrador solo y se va al baño a lavarse la herida, en vez de tirar en seguida para el hospital. De milagro no se desangró y tuvimos que cerrar una semana. Aunque los fantasmas pudiéramos dormir, esta noche estaría desvelado: no quiero ni pensar en la que me hará mañana.

 Diego Doro

19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario