Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

NADA ES LO QUE PARECE

Si todo parece estar yendo bien, obviamente has pasado algo por alto.

Anónimo.

Hola a todos. A los que me aman y a los que me persiguen. A los que asusto y a los que enamoro. A los que me estudian y a los que me ignoran.

Soy un lobo peludo. Un lobo feroz. Un lobo terrible. Un lobo que espanta al ganado. Un lobo que se come a  las ovejas, en resumen: un lobo lobo.

Vivo en un bosque encantado, lleno de laureles centenarios. Un bosque tenebroso, húmedo y sombrío, donde se escuchan  voces perdidas y quejidos lastimeros.

En las noches de luna llena el bosque se tiñe de plata, y entonces resulta aún más frío, más lúgubre, más tétrico, en resumen: se trata de un bosque bosque, lo que se dice un bosque como tiene que ser un bosque.

Mi vida ha transcurrido plácida y feliz hasta que han irrumpido en las proximidades de mi territorio tres seres estrafalarios.

Se trata de una madre, una nieta y una abuela achacosa que acostumbra a decir que se encuentra  muy enferma. Tres criaturas que puso el demonio para turbar la paz de la naturaleza.

La mentada niña, cuyo nombre desconozco, recorre el bosque cantando “tralará, tralari…”,  como si en realidad se tratara de una criatura de verdad, como si fuera un ser con entendimiento.

Para que se hagan una idea de la clase de niña ante la que nos encontramos, les diré que los pájaros que habitan los árboles se cubren los oídos con las alitas nada más sentirla llegar. A veces viene canturreando en inglés y otras trae unos auriculares puestos.

O sea, en vez de escuchar la Gran Sinfonía de los Pájaros, Opus 27, obra del conocidísimo Wilfred Von Amadeus, se obstruye el intelecto con ¡vaya usted a saber que cantata del tres al cuarto!

Le importa un bledo atravesar el bosque por el camino largo (que es el bueno), que hacerlo por el camino corto (que es el malo y, además, es donde yo la espero).

Le he aullado con fuerza. He abierto mis fauces para que observe mi perfecta hilera de dientes blancos. Me he escondido entre el follaje para atacarla, dando tal alarido que habría hecho retroceder a las mismísimas tropas de Atila, rey de los Hunos. Me he disfrazado de “Cobrador del Frac”, pero ella ni siquiera se ha inmutado.

Bueno… algo sí que dijo:

—¡Yo no soy morosa, así que no me persigas, botarate!

Como mandan los cánones literarios, me he dirigido presuroso a casa de la abuelita, a exigir explicaciones ante el fracaso educativo que manifiesta la niñita, y que la pone al borde de una adaptación curricular muy, pero que muy significativa.

Pero la abuela resultó ser aun peor que la nieta.

Me recibió a sartenazos y por eso llevo la cabeza enrollada con una venda. Todo un carácter, ¡sí, señor! Deduzco, por tanto, que la cosa viene de familia.

Ayer, sin ir más lejos, observamos en lontananza (pido disculpas por el “palabro” grueso, pero es que en estos cuentos antiguos aparecen genuinas momias del léxico), bueno… decía que vimos a los Tres Cerditos. Atravesaban mi bosque al ritmo del “tralará, tralarí…” (por cierto, debe de ser la canción del verano en este bosque). Iban muy tranquilos, cargados con sus planos, dispuestos a construirse tres casitas.

La niña al verlos se atufó toda entera. Se remangó la camisa, puso los brazos en jarras y con voz clara y sonora les increpó:

—¿Se puede saber adónde piensan que van ustedes tres?

—Verás, niña, somos presa del destino. Vivimos dentro de un cuento y, como sabrás, somos constructores de casitas.

—Ya…ya… Constructores de casitas ¿Y los permisos, las autorizaciones, los planes parciales, los planes totales, los planes intermedios y lo que sea que seguramente no tendrán?

—Todo se está tramitando —indican los cerditos muy tranquilos y convencidos.

—¡Explíquense! —ruge la niñita con temible expresión.

—Como este bosque es tan bonito, sólo serán casitas de lujo, unas poquitas nada más. Después vendrá el campo de golf.

-¿El qué…?

-Desde luego, no tocaremos nada importante. Hasta los arbolitos quedarán muy bien en el paisaje.

-¿Y tú no vas a hacer nada mamarracho?

¡Me ha llamado mamarracho! ¡Se ha atrevido a decirme semejante cosa! ¡No lo puedo consentir! ¿No lo puedo consentir?… ¿Lo consiento o no lo consiento?… Porque si lo consiento creerá que puede hacer conmigo lo que quiera, pero si no lo consiento, en menos que canta un gallo, tendré una urbanización entera, pero si lo consiento… ¡Me acaba de arrear una bofetada!

—    ¿Pero qué clase de fiera eres tú? ¿No ves que aún no tienen las casitas? ¡Aúlla como un lobo y espántalos de aquí!

Entonces aullé ¡Vaya si aullé! Mientras, con el rabillo del ojo, la observaba atentamente. Los tres Cerditos se fueron con su urbanización a otra parte. Ella se puso contenta, contentísima. Y así descubrí a otra niña. A una niña feliz.

Hoy, de madrugada, llegaron unos hombres. Traían galgos, morrales y escopetas. Venían a bordo de temibles vehículos todo terreno. Parecían peludos y sudorosos como yo.

—Daremos caza, al menos, a un par de lobos —comentaban tan contentos.

El ratón se lo dijo al gato. El gato a la mofeta. La mofeta al perro. El perro a la rana. La rana al sapo. El sapo al cuervo. El cuervo al canario. Y el canario me lo dijo a mí. Y yo… me puse a llorar como un bobo.

No sé muy bien cómo se enteró la niña,  pero cuando lo hizo, montó en cólera.

—¡Batracios, truenos, relámpagos, tormentas y cenicientas! —bramó con gran estruendo y alboroto.

Como podrán observar, no sólo tiene muy mal genio, sino que es también muy mal hablada.

-¡¡¡ES QUE NO SE HAN ENTERADO DE QUE LOS LOBOS ESTÁN EN PELIGRO DE EXTINCIÓN!!! —y mientras lo decía mostraba una fina hilera de dientes casi tan blancos como los míos.

Entonces, con los ojos inyectados en sangre, blandió su  teléfono móvil y marcó un número secreto.

El resto, ya es historia.

La paz y la tranquilidad han vuelto al bosque. Los pajarillos trinan. Las nubes se levantan. Bueno… pasan todas esas cosas propias de un espacio milenario. No obstante, y en previsión de nuevos males, nos hemos organizado discretamente.

En apariencia seguimos siendo naturaleza pero, en el fondo, late el corazón de todo un ecosistema (tal y como nos lo ha explicado la niña), preparado para dar la batalla hasta el último aliento.

Y, desde entonces, somos amigos. Y cuando digo “amigos”, quiero decir amigos de verdad, amigos hasta la eternidad.

Puri Santana

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6 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 5 comentarios

El Código

El astuto rey Hammurabi, que llegó a engrandecer su reino hasta límites insospechados, estaba convencido de que asustar adecuadamente a los vecinos resulta una práctica política de gran utilidad. Por ese motivo decidió convocar una gran reunión de sabios de su reino, pues quería pedirles ideas que le ayudaran a conseguir sus propósitos.

La reunión tuvo lugar en uno de los salones del gran palacio de Babilonia.

Los sacerdotes, conocedores de la importancia de la convocatoria, pues podría permitirles adquirir notoriedad y ascender dentro de la jerarquía del templo, se prepararon a conciencia. Prueba de ello resultaron todas las intervenciones que, a instancias del rey, se produjeron aquel día memorable:

—Yo creo —dijo uno de aquellos sacerdotes— que asombraríamos al resto de las ciudades, si fuéramos capaces de ocultar la luz del Sol.

—Sería una gran hazaña —afirmó un agrónomo— si consiguiéramos producir una nueva cosecha en el otoño.

—Lograremos la inmortalidad —indicó un astrónomo— si fuéramos capaces de emular a las estrellas. Elaboraríamos la carta astral del firmamento.

 Con toda esta sarta de necedades, la jornada se prolongó hasta altas horas de la noche.

Convencido Hammurabi de la inutilidad de la consulta, se retiró a sus aposentos.

Cuando despuntaba el alba, mandó llamar a uno de sus escuderos.

—Ensilla mi caballo y prepárate para una larga travesía —ordena el rey.

La mañana era limpia y clara y ello fue interpretado como una señal propicia enviada por los Dioses.

Cuando el Sol ya se hallaba en su cénit, divisaron a lo lejos una aldea que parecía próspera. De todas las cabañas surgía un haz de humo y las tierras estaban bien cultivadas. Cerca de ella, deambulaba un río cansino.

Hammurabi decidió descansar y permitir que los caballos abrevaran.

Al acercarse al río observó la figura de un anciano que pescaba tranquilamente en sus orillas.

—¿Quién eres, cómo te llamas, de dónde vienes? —pregunta el rey.

—Me llamo Mesalim y vengo de la ciudad de Uruk —responde el viejo—. Me gusta sentarme a la orilla del río. El chocar del agua contra los guijarros me ayuda a meditar.

—Ya que te gusta pensar, tal vez podrías ayudarme, venerable anciano. ¿Se te ocurre alguna forma en que podamos impresionar favorablemente a los hombres de las ciudades?

El anciano se quedó pensativo durante un buen rato mientras se mesaba la barba. Mientras tanto, Hammurabi, se adormeció arrullado por la cantinela del río.

Al despertar, el viejo se dirigió al rey y le dijo:

—Como verás, yo ya soy un viejo y sólo me resta esperar la muerte. Por ese motivo, me he puesto a recordar acerca de qué cosas me habrían hecho más feliz y placentera mi vida. En mi infancia, escuché a mi madre llorar porque sus hermanos le robaron su herencia. En mi juventud, oí a mi padre quejarse de los impuestos abusivos que le cobraba el templo. En mi madurez, un hombre mató a uno de mis cerdos. Y, ahora que soy viejo, me siento solo y abandonado. ¿No crees que sería bueno que existieran unas leyes que nos permitieran saber a qué atenernos?

—¿Y qué crees que deberían contener esas leyes?

Entonces el viejo comenzó a hablar y a hablar, y así siguió hasta que  anocheció,  y al fin todos se durmieron.

A la mañana siguiente, el rey Hammurabi dio las gracias al viejo, se despidió mientras indicaba a su lacayo que ensillara de nuevo los caballos porque volvían a Babilonia.

Una vez hubo llegado mandó llamar  a sus mejores escribas y les dijo:

—Acabo de llegar de un gran viaje. De un viaje que ha sido y será muy importante. Un relámpago de luz derribó mi caballo. No bien había caído en tierra, cuando un rayo de plata me atravesó el corazón. Entonces escuché la voz del gran Dios Shamash y esto fue lo que me dijo…

Entonces Hammurabi comenzó a dictar su Código sin mencionar en ningún momento al viejo.

Cuando hubo terminado, mandó labrar una gran piedra de diorita indicando que debía quedar claro que era a él, a Hammurabi, a quien le había dictado el Dios Shamash el Código.

Después llamó de nuevo a su escudero y le dijo:

—Escoge a un hombre de confianza. Dirígete de nuevo al río y corta la lengua al viejo.

Cuando el viejo vio las nubes de polvo en la lejanía, supo que su fin  se aproximaba.

Se despidió de los juncos del río diciendo:

—Me gustaría haber sido como vosotros y haber sido capaz de cimbrearme según soplaran los vientos.

Después se dirigió a las piedras y dijo:

—Os agradezco vuestra música que tanto y tan bien me ha acompañado.

Finalmente se abrazó al gran árbol que lo cobijaba:

—Tú me has acompañado en silencio y me has dado sombra sin pedir nada a cambio y yo te llevaré en mi corazón.

Después entró en las aguas lentamente dejando que éstas lo cubrieran.

La corriente lo tomó en sus brazos, lo sumergió y lo arrastró hacia la desembocadura del río.

Al llegar el escudero y su ayudante sólo quedaba del viejo sus sandalias, su vestido y su caña de pescar.

Puri Santana

23 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Inercias

hombre_lego

Me llamo Samuel y, como verán, soy un apasionado de los legos.

Mi afán constructivo, aprendido y practicado desde la infancia, me ha llevado a preferir una existencia ordenada, basada en el trabajo constante y en los buenos hábitos de higiene y nutrición.

Mi vida sigue un plan escrupuloso: estudio, trabajo, familia, deporte, dieta… Pero, como pueden observar, hoy me han roto el corazón, me han desgarrado las entrañas.

Ella me ha dicho que se va, que se aburre mortalmente,  que se lleva a los niños para que no se les resequen los pensamientos, pero que si me empeño, también se pueden quedar conmigo, que ella no está por discutir.

Le he recordado su promesa de hace quince años, le he mencionado los plazos que aún nos quedan por pagar, pero ella arguye que la vida es corta y que tiene el corazón comprometido.

Harto de su menosprecio le dije que bueno, que muy bien, que se fuera, pero que los niños se quedan con su padre, que resulta más juicioso que su madre. Hasta un tipo como yo tiene su orgullo.

Después, a solas, me he abierto el corazón, me he rebuscado en las entrañas y allí estaba mi yo deshecho en piezas, descompuesto, herido de muerte, con un dolor profundo como si me hubiera rasgado un brazo, una pierna, qué se yo…

Duele el olvido, duele la distancia, duele el engaño.

Aún se palpa el reguero de su ausencia dentro de la casa, el aroma de su perfume de jazmín por la escalera, las sombras de sus pies descalzos ante la puerta.

He pasado el dorso de mi mano sobre los lomos de sus libros de poesía y se me han quedado colgadas dos metáforas, tres rimas, cuatro versos y algún adjetivo ya en desuso.

Después he pensado que no me puedo entretener, que la vida sigue con ésta, con la otra o con la de más allá. He tomado bolígrafo y papel y he comenzado a organizar la semana entrante. Compra, comida, limpieza, actividades infantiles y esas cosas.

Hemos quedado para vernos y dar un cierre digno a esta comedia.

Ahora debo ocuparme de mí, renovar mi vestuario, apuntarme en un gimnasio y otorgarme prioridad fundamental.

Punto y aparte.

Puri Santana

2 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

Cambio climático

 
   

Al principio sólo sintió un suave rebullir de algo que le cosquilleaba en el estómago.

Con el paso de los días aquellos movimientos se hicieron más firmes y persistentes.

Al cuarto día la pesadez, unida a una cierta inquietud, le aconsejaron quedarse en casa tendida sobre  la cama.

Al anochecer del quinto día, un no sé qué que la atormentaba, la hizo dirigirse  instintivamente hacia la ventana. 

La abrió de par en par. Quiso emitir un sonido, pero de su boca surgieron infinidad de mariposas, una auténtica turba de lepidópteros anaranjados, iguales y perfectos que brotaban como si ella fuera un manantial y emprendían el vuelo anual hacia el Norte.

La sorpresa resultó mayúscula. Las mariposas habían teñido el invierno de primavera, y el acontecimiento fue considerado una prueba inequívoca de que el cambio climático amenazaba a la vuelta de la esquina. 

Ella nunca pudo explicar que la culpa la había tenido un beso inocente que  le había inoculado amorosas larvas de pasión.

A la mañana siguiente la encontraron helada y tendida junto a la ventana. Al cerrarle los ojos, una última mariposa escapó de entre sus dientes.

Puri Santana

23 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

Las Semillas Mágicas

Esta es una historia sencilla. A mí me la contó mamá, y a ella la suya, y supongo que de esta forma se podría llegar hasta la eternidad.

Antes del día existió la noche, y antes de la noche nunca hubo nada especial.

El cielo y la tierra se confundían. Las estrellas no habían conocido el brillo. Tampoco había aparecido la Luna, ni los árboles, ni los mares, ni las montañas, ni los ríos.

El Espíritu del Tiempo se hallaba desconcertado. No tenía nada que medir, nada que contar. Así que, se lo pensó muy bien, y decidió enviar a la Tierra, a lomos de un viento estelar, unas semillas mágicas que lo contenían todo: el cielo, la tierra, la luz, el verde, el azul, el canto, las manos para hacer, los ojos para mirar, el bamboleo de las olas, la raíz cuadrada de Pi, el triángulo y el rectángulo, una oda, una lira, un clavicémbalo, la tabla periódica de los elementos, los libros, las recetas de cocina…

De esta forma el Tiempo puso orden y concierto.

Al poco, su obra comenzó a dar frutos: las Pirámides de Egipto, la biblioteca de Alejandría, la ciudad perdida de Petra, el Taj Majal surgieron de aquellas semillas extraordinarias.

Hasta que un día, un sujeto que se aburría mortalmente, decidió buscar nuevas aplicaciones.

Inventó la pólvora y, amigos, todavía se escuchan los lamentos del Espíritu del Tiempo.

Puri Santana

 

 

18 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios