Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Microrrelatos

Metaliterario

Emboscados en Salsipuedes, los charrúas decidieron morir en libertad.

Metalingüístico

Por lo tanto, entraron en el campo de Libertad, para no salir más.

Fantástico

“Ábrete, Sésamos” dijeron los ladrones, y la puerta se abrió, y ante ellos aparecieron cientos de ladrones de la cuerva.

“Ciérrate, Sésamo”, dijo uno de ellos, y los otros ya no tuvieron qué repartir.

Raquel Tulic

23 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El voto del abuelo

Familia, como muchas, de hijos, nietos y abuelo. Los hijos ya maduros apuraban el desayuno para dar lugar a los jóvenes a la mesa. Se respiraba domingo. El abuelo, madrugón, estaba en el jardín bajo el pino, resguardándose del sol, que se anunciaba fuerte; armaba un cigarrito que demoraba para acompañar la espera. Ya había desayunado. Se había vestido de traje y corbata, con zapatos relucientes. La etiqueta del abuelo, además, nos decía que era un día de fiesta. ¡Claro que lo era! Veintiocho de noviembre, día de Elecciones Nacionales: el abuelo iba a votar. A las once, le avisaron que el auto no arrancaba; buscarían un taxi para llevarlo hasta la ciudad.

-Bueno –dijo-, si hay que esperar, se espera.

Él siempre esperó. Llegó al país mozo, sólo a trabajar. A subsistir, más bien. Tardó muchos años en conseguir documentos y, cuando los logró, un golpe de Estado en el nuevo país truncó sus derechos. Cuarenta y seis kilómetros lo separaban del lugar esperado. ¿Quién se atrevería a decirle ahora al abuelo que no podía votar?

A mediodía apareció el taxi. Su hija lo acompañaría. Se acomodó en el asiento, tiró el chambergo hacia atrás y bajó la ventanilla del coche.

-¿Tiene calor, papá? –preguntó la hija.

-Algo –dijo.

Salieron a la ruta Interbalnearia despacio, metiéndose de lleno en la costa platense.

El abuelo miraba con sencilla expresión, como si ya conociera el camino. Al llegar al cruce de la ruta y el camino viejo, el taxista les avisó que tomaría por la zona rural, puesto que la ruta estaba cortada por el fuerte tránsito de vehículos y personas que llegaban del interior del país. Tomó una ruta pequeña, que desembocaba en el arroyo Pando. Al llegar, el abuelo dijo:

-Vaya despacio, el cruce es peligroso: hay animales sueltos.

-¿Conoce el lugar, abuelo? –preguntó el taxista.

-Conozco –dijo-, y no soy su abuelo.

Apareció un plantío grande y llano a los costados de la ruta. No se veían animales por ningún lado, y el abuelo lo sabía. Buscaba recrearse con esas tierras labradas, le recordaban sus orígenes. Empequeñecía los ojos para ver mejor y respiraba profundamente, como si quisiera llevarse consigo todos los aromas.

-En el peaje cambiamos a la ruta principal –afirmó el taxista.

-¿Conoce usted Canelones? –preguntó el abuelo.

-Sí, mucho. Nací y me crié allí.

-No parece –dijo el abuelo-. Para entrar en Montevideo, se hace bordeando las chacras de Camino Maldonado.

El taxista no respondió, tomó la ruta y se internó nuevamente en el campo.

Llegaron cuando el sol resquebrajaba el asfalto.

Sonreía el abuelo, cuando el taxista explicaba a su hija que habían hecho más kilómetros de los hablados.

-Dile que no espere por nosotros. Tomaremos otro taxi: éste no conoce el camino –dijo a su hija.

Raquel Tulic Sanabria

 

9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario