Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Microrrelatos

Manifiesto

1 determinante posesivo

1 adverbio de negación

1 verbo

1 preposición

3 sustantivos

7 palabras para afirmar:

“Mi brevedad no es sinónimo de sencillez.”

Medida preventiva

H. Cautlfield lee un ejemplar de El guardián entre el centeno. Como medida preventiva un agente secreto lo detiene. H. Cautlfield pasa sus días en la prisión del Estado.

Malos pensamientos

Eugeni Quiescent nació sin la facultad de hablar. Sus esfuerzos para poder comunicarse por medio de la palabra hablada fueron baldíos. Un día, por puro empeño, consiguió algo insólito: sus pensamientos eran reproducidos en forma de ondas por toda la ciudad. Los transistores de la ciudad captaban a todas horas sus pensamientos. A los pocos días, todo la ciudad estaba en su contra, ya que no podía controlar lo que pensaba.

Esa fue la causa que lo trajo al pueblo.

 Rayco Arbelo

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21 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Cuando un sueño muere (Logo-Rallye)

[primavera-gris-picaporte-ocultarse-rostro-muchacha-alrededor-detrás-claridad]

  No consigue dar explicación a esta primavera. Ella me lo ha contado, no para de hablarme de sus sueños. Clarea el día, la veo entrar por la puerta acristalada de la oficina. Se dirige a mi despacho. Su rostro hoy, en contra de toda previsión, no se anuncia gris. Se abre paso entre mesas, compañeros, los buenos días, sillas, fotocopiadoras. Gira el picaporte sin llamar antes a la puerta; no es que me importe, al fin y al cabo nunca lo hizo de pequeña. Algo que caracterizó nuestra niñez fue que siempre me lo contó todo y ahora, después de tantos, continúo siendo su confesora.

 

  –Vaya, vaya, menuda cara traes, Cande.

  –Buenos días, ¿se me nota?

  –Vaya que si se nota. Cierra la puerta y cuenta, anda.

  –Pues verás, ¿recuerdas el sueño que te conté sobre Mario?

 

  Cómo iba a olvidarlo, lleva meses con ese maldito sueño y ese maldito Mario y Mario suspiros y Mario punto seguido y Mario punto y a parte y Mario puntos suspensivos.

 

  –…He vuelto a soñarlo… Verás, todo ocurre de la misma manera hasta que…

  –No me digas que estás así por un sueño.

  –Déjame terminar.

 

  El sueño es el mismo de siempre, en blanco y negro. Pasea por una ciudad costera, el pelo suelto y en continuo movimiento denota el caprichoso quehacer de una leve corriente de aire. A lo lejos reconoce una figura familiar, el sempiterno Mario aparece. Cande hace un intento por ocultarse, pero es un acto un tanto inútil ya que se encuentra en un terreno abierto. A todo esto, Mario es un hombre de buen ver que ha conocido hace unos meses. Resta decir que siente una enfermiza atracción hacia él.

 

  –Y fija esos dos ojazos en mí y soy incapaz de moverme y cada vez se acerca un poco y un poco y un poco más hasta que me toma de la cintura y contemplo la belleza de su rostro

  -Y te acaricia y sigues inmóvil y tú, muchacha romántica, te deshaces en su abrazo y te besa y todo alrededor toma color y os seguís besando y es entonces cuando te das cuenta que la persona que tienes delante eres tú misma y contemplas tus brazos y no eres tú, ahora eres él y…

  -Vaya, sí que te he machacado con el sueño. Sí, todo sucede de esa manera.

  -Es que eres muy previsible.

  -Bueno, ahora es cuando cambia la historia.

  -A ver sorpréndeme…

  -Cuando despierto, noto una respiración en mi espalda. Alguien suavemente me susurra, me abraza. Es él, que me despierta del sueño, ahora todo es real.

  -¡Qué perraca! Te has decidido, se lo contaste.

  -Sí, me dijo lo estaba volviendo loco, que desde que me vio soñaba conmigo, es más majo…

  -Vale, nos vemos al almuerzo y me cuentas los detalles.

  -Claro, gracias por escucharme.

 

  Y abandona mi despacho. La veo marchar, detrás de sí deja un sueño que muere porque se ha hecho real. La claridad termina de hacerse patente en esta estancia, la vida continúa imparable su ciclo.

Rayco Arbelo

20 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Ed-ectra

De manera que no se puede remediar estamos destinados al encuentro fallido o decepcionante. La nuestra es una unión improbable. No es determinante el hecho de que -yo- irrumpa en plena congregación de fieles cristianos regida por el Papa como vicario de Cristo en la Tierra portando crespón morado y tarareando el himno de riego. Aunque seas una persona que profesa la fe de Cristo sabes que por ti dejaría de lado ideologías y biologías.

El sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser que me inspiras no tiene medida, es infinito o ilimitado; y en este sentido es epíteto propio de Dios y de sus atributos. Pero hay algo a lo que no podemos hacer frente, algo que nos viene de adentro y nos acompaña de siempre. Este conflicto emocional que se da en la infancia de todo ser humano de sexo masculino o femenino cuando, por un lado, se siente una atracción sexual inconsciente por la madre (en el caso de los hombres) y por el padre (en el caso de las mujeres) es algo contra lo que no podemos luchar. Sé que lo hemos intentado y que los especialistas en psicología, no encuentran explicación a este maldito complejo mitológico que continuamos padeciendo. Fue  lindo, agraciado de cierta proporción y belleza mientras duró.

En todo o en cualquier tiempo tuyo:

Edipo.

                                                                                                     Rayco Arbelo

13 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , , | 2 comentarios

Pitido

Tras facturar el equipaje y tomar la tarjeta de embarque se paseará, con aire de trasatlántico, por la terminal. Visitará algunas tiendas, se detendrá junto a dos pequeños, hablará con ellos, tomará algo y, tras un tiempo indeterminado, decidirá poner rumbo al puesto de control. Enseñará su tarjeta de embarque, vaciará sus bolsillos, se quitará el cinturón, pondrá su bolso sobre la bandeja-palangana se dirigirá, de manera inexorable, hacia el detector de metales. Dudará por un instante antes de atravesar el inevitable pitido.

Dejará sus pertenencias en la cinta que transportará el contenido de bolsillos, cinturón y su bolso hacia la caja de rayos X. Al señor que va delante le harán despojarse de sus botas, pasará nuevamente y no sonará alarma alguna. Cerrará los ojos y resoplará para dar el primer paso. Como bien sabe, el aparato advertirá de su presencia. El guardia le pedirá que se quite los zapatos, a lo que ella responderá con una amplia sonrisa en la que mostrará su perlada y metálica boca. La dejará pasar, tomará sus pertenencias y pondrá rumbo hacia la mesa habilitada  para equiparse. Se llenará los bolsillos, se pondrá el cinturón y tomará su bolso.

Lo que nunca sabrá el guardia es que no fueron sus brackets la causa de que se disparara la alarma. Fue su corazón de oro el que hizo accionar el pitido del arco detector de metales.

Rayco Arbelo

7 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Desencuentro

Será nuestro primero amanecer juntos, aunque ella no lo sabe. Hace nada la he visto atravesar el pasillo de este 757-800 destino Madrid. No se ha percatado de mi presencia. Al principio dudé, pero el margen de error es reducido. La posibilidad, de equivocarme, es tan remota como la que tiene este trasto de no aterrizar en el aeropuerto de Barajas.

¿Adónde irá? Ha atravesado todo el estrecho pasillo desde la entrada delantera asiento 1A pasado por este 22A hasta… No sé, calculo que el 27A o tal vez 29A. No soy capaz de hacer un gesto para mirar. Me pregunto quién es el tipo al que ha dedicado una sonrisa antes de proseguir su camino hacia la sección de cola.

El azafato se da un aire a Nacho Vegas y el día, parece, comienza a clarear. Apaguen teléfonos, respaldos en vertical, cinturones… Este aneurisma… Lo que antes era firme ahora se torna movimiento, marcha atrás, ahora velocidad de paseo hasta llegar a la pista de despegue. El oeste queda al lado contrario, por lo que nuestro primer amanecer será un tanto peculiar. El aparato se dirige decidido hacia la huida, rugen las turbinas, se despliegan los alerones y el vídeo de marras: dos salidas en la parte delantera, dos sobre las alas y dos en la trasera. En esa parte trasera donde ella, mi amor a destiempo, se encuentra. El rugido da paso a la velocidad, el despegue y el cosquilleo en el vientre. Directo a las nubes, ascendemos y al rato ya podemos liberarnos de los cinturones de seguridad.

Recuerdo hace dos años y poco cuando contemplábamos la tarde desde lo alto. Las montañas son un reflejo de lo que sentimos, las nubes un océano por descubrir juntos. Sí, juntos porque decidimos que lo estaríamos algún día. Quedan tres años para ese día, decidimos que no era nuestro momento. Pienso en el instante en que te dije: “me gustaría besarte, pero no lo haré”. Y cuando marchábamos y de pie, con las montañas de testigo, te besé sin permisos, ni aduanas y tú me besaste y de vuelta bajando la ladera no nos dábamos a otra tarea que no fuera la de besarnos y la noche y no conseguimos encontrar el camino de vuelta y las tuneras dan buena cuenta de nuestra sensible piel y me odias con cariño por mi mala orientación y nuestro último beso antes de que la noche comience su reinado y volvemos a ser ese nosotros mismos que el resto espera.

Ya es de día y así pasa nuestro primer amanecer sin que te percates de mi presencia a siete u ocho asientos por delante de ti. La azafata y Nacho Vegas empujan el carrito, entonces vuelvo a preguntarme: ¿Para qué has venido? ¿Quién es el tipo que te acompaña? Madrid me parece una putada de ciudad para estar solo. El aneurisma me sobreviene, el cuerpo me pesa. ¿Por qué él? ¿Dónde irán? ¿Dormirán juntos? ¿Pensará en mí cuando él la bese e intente ejercer de amante?

No tengo idea de cuánto llevaremos de vuelo, debemos encontrarnos en algún punto sobrevolando el Atlántico, tal vez a media hora de Andalucía. Cierro la maldita persiana de mi ventanilla, la luz me molesta. Su calidez se ha tornado sordidez. A ella le espera el amor mientras a mí las estaciones de metro, el tren, la conferencia, alguna cerveza con los mismos tipos de siempre y sus míseras anécdotas. No deseo para mí esa soledad de habitaciones de hotel en ciudad ajena, ni la soledad del minibar, ni la aflicción a las dos de la mañana tras los martinis y gin tonic…

La señora que ocupa el 22B saca un espejo, se mira, se retoca. Le pido sin pensarlo, no sin cierto reparo, si es tan amable de prestarme su espejo. Accede y convierto el vidrio-reflectante en retrovisor. Disimulo, una, dos, tres…. Filas hacia atrás y la diviso. El tipo es mucho mayor que ella. Creo que él apoya su cabeza en su hombro aunque no estoy seguro, esto de los espejos no se me da bien y no suelo conducir. El carnet lo saqué por una apuesta. Ahí está, creo que lee algo, está preciosa con ese pelo lacio que la dota de un aire egipcio. Devuelvo el espejo acompañado de un “gracias” y vuelvo a levantar la persiana. La luz me incordia, no tanto como si me encontrara en el asiento F, ni como antes. Los pasajeros atraviesan el pasillo de un lado a otro como si intentasen encontrar algo más que un baño. Ahora el pánico comienza a apoderarse de mí desde dentro. ¿Qué haré cuando, de manera inevitable, nos veamos en la sala de recogida de equipaje? ¿Me presentará a su amante? ¿Compartirán maleta? Intentaré que no me vea. Tras el aterrizaje iré al baño, esperaré un tiempo prudencial y luego recogeré mi maleta, sacaré mi teléfono móvil, lo encenderé, marcaré el PIN y buscaré el nombre de Juan Antonio con el fin de que me rescate de esta maldita duda. Le preguntaré, a mi buen amigo, por qué su hermana está a miles de kilómetros con un tipo del que no he oído hablar.

Rayco Arbelo

18 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

Retrospección

Deja, de manera capitalista, las monedas sobre la bandeja que siempre está situada sobre la barra. Se despide del camarero y, al dar la vuelta sobre sí mismo, siente un leve cosquilleo. Leve cosquilleo que por un momento se convierte en pinchazo. Lleva su mano derecha a su costado izquierdo, a la altura del apéndice. Anda uno, dos, tres pasos y nota el bulto que yace en dicha zona. Palpa, ahora con la mano directamente sobre la desnudez de su piel notando ese bulto de tacto incómodo. Al levantar la camiseta azul, tal como prevé, contempla ese algo que no le pertenece; inmóvil, adherido al blanco de su piel.

         De súbito le asalta el recuerdo del argumento de un relato que leyó hace años. No consigue acertar el nombre del autor. La plasticidad del texto es escalofriante, aún se estremece al recordarlo. Ahora mismo le acongoja. Lo recuerda como si visionara una película. Dos hermanos salen de caza. Al regresar uno de ellos descubre que lleva algo clavado en el brazo, algo extremadamente desagradable. El hermano le aconseja que no se lo quite, que se puede infectar, que se eche alcohol y no lo arranque de cuajo. Pero no le hace caso. En días sucesivos la herida se le infecta, hecho al que no dará importancia. No va al doctor y no hace nada por curarse. La herida toma el tamaño de una pelota de ping-pong. La infección crece y la pelota de ping- pong toma el tamaño de una bola de billar, que explotará en un mar de pus. El hermano insiste durante todo el relato en que asista a la consulta. Lo siguiente: la fiebre alta y las punzadas. Mientras, sigue sin querer recibir asistencia médica. Contra su voluntad, el hermano, llama al médico. Le receta antibióticos y le da hora para asistir a la consulta, con la intención de drenar la herida.

         En días sucesivos se las ingenia para fingir que toma los antibióticos. La herida toma un tono violeta y comienza a extenderse lentamente. El brazo se le gangrena, tienen que amputar, pero se niega. La infección se extiende por todo el tronco y resto de extremidades. Ahora todo su cuerpo es inservible, salvo la cabeza. Antes de morir, su hermano le pregunta la razón de tal decisión, él responde: “porque sí”. 

         Tras la lacerante avalancha de imágenes y el recuerdo de tan desagradable argumento, se quita con extremo cuidado el ser adherido a su piel. Trata de que sea una acción limpia, como el descorche de una botella de vino. Cree que no ha quedado nada dentro, ni cabeza, ni patas. Eso espera. El día es soleado, silba una canción, vuelve a casa.

Rayco Arbelo

17 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El pianista

 

Me siento. La observo como si fuese la primera vez. Me sirven la primera copa de la noche: vermouth, siempre comienzo con vermouth. La levanto dedicándole el trago. Disfruto del concierto. El saxofonista es realmente bueno y el acompañamiento vocal es un complemento perfecto. Termina la actuación, el estruendo de los aplausos invade la sala. Baja del escenario, se dirige hacia mí sin apartar la mirada. Traje rojo, labios rojos, la pasión reencarnada. El resto de la sala centra su atención en ella, es un efecto que suele provocar. La corista, mi corista… Me levanto, nos besamos, nos abrazamos, recuperamos a ritmo de piano las horas del exilio. Bailamos, más besos. Se sonríe. Toma el pañuelo de mi chaqueta y me libera del carmín que ahora debe de adornar mis labios. Debo de parecer un invertido.

Nos sentamos. La ginebra y la promesa de pasar unos días en un pequeño hotel de las afueras me hacen sentir el ser más feliz de esta condenada ciudad.

Entrelazamos nuestros dedos. Es preciosa. Su timbre de voz  arrancaría a un muerto de la  tumba. Hablamos, levanta su brazo. El saxofonista se acerca, ella nos presenta y él se sienta con nosotros. Es comedido, dice exactamente lo que tiene que decir, ni una palabra más.

Pedimos la tercera ronda de martinis y entramos en confianza. Habla de los grandes que han pasado por el club, sobre el lenguaje oculto de la música, la magia de la melodía. A la sexta ronda el rumor de las mesas colindantes pierde intensidad, la sala comienza a entrar en letargo dejando de fondo el rumor de las cuerdas percutidas de un piano.

El saxofonista, algo más liberado en sus palabras, comienza a contar una historia. Una historia que no sé si es cierta, pero que no olvidaré.

Michel fue un fuera de serie, experimentado maestro, talentoso pianista de jazz, un genio. Existía un rumor sobre su espectacular manera de tocar y digo existía porque desapareció. Sí, literalmente desapareció. Nadie se explica cómo alguien con sus limitaciones físicas podía tocar de esa manera. Te cuento: tenía la enfermedad esa de los huesos de cristal, el tipo estaba doblado sobre sí mismo, tanto que parecía perderse sobre su abdomen. Eso sí, tocaba el piano como los ángeles, o como un demonio… El rumor que circulaba era que había vendido su alma.

Una noche, con la sala a rebosar, sucedió el hecho inexplicable. La gente no se lo cree, lo toman como una leyenda.

En la primera hora de una magnífica actuación, la policía irrumpe en la sala. Acordonan la zona ante el revuelo. El tipo que está al mando se sienta en una de las mesas. Va de paisano, al parecer un tipo muy sagaz en lo suyo.

Así que imagina: mitad del concierto, el ambiente cargadísimo, espectacular, el gran Michel deleita con su arte, qué digo arte, lo siguiente al arte. Comienza a entrar la poli, veinte por lo menos. Se sitúan en los laterales de la sala mientras observan la actuación. A todo esto Michel como si nada y la banda acompañando. Una vez finaliza, viene la ovación. El poli al mando se acerca al escenario, solicita silencio y exige que nadie se mueva. Lo felicita y le lee sus derechos. Nadie sabe la causa, pero no puedo imaginar lo que ha podido hacer un tipo tan entrañable. Él acepta sin discusión, pero antes pide tocar una última pieza. El jefe de policía concede su petición y, con un chasquido de dedos, hace una indicación al resto. Comienzan a cercar el escenario. El público expectante sigue en silencio. Suenan las primeras notas, los primeros acordes repitiendo una escala, dicen, que de corte arábigo. Ya sabes, siempre se ha relacionado el arábigo con lo demoníaco. Y ahora viene lo mejor: tras unos cinco minutos los miembros de la banda comienzan a caer al suelo, luego los policías que lo cercan, el público, los camareros y el barman.

Pasa un tiempo indeterminado y despiertan, como si lo hicieran de un largo sueño: desubicados, desorientados. Buscan una explicación pero no la encuentran, todo sigue como antes, salvo que Michel y su piano han desaparecido.

Tras el relato, tomamos el último trago y nos despedimos. Pasamos por el guardarropa, coloco el abrigo a mi corista, despido al portero con un gesto pugilístico, sonríe y salimos.

No sé si la historia será cierta, lo que sí sé es que mi corista y yo desapareceremos unos días en ese pequeño hotel con piscina de las afueras.

Rayco Arbelo

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 4 comentarios

Premonición

 

Llaman a la puerta. Una extraña sensación de alerta sacude mi cuerpo. El corazón grita y en ese instante siento la necesidad de huir. Al girar el pomo confirmo la sospecha.

Dos hombres, uno gordo y otro con sombrero, se identifican y presentan.

¿Cómo me habrán encontrado?

Les invito a pasar, malditos cerdos. Los sigo con la mirada sin perder detalle. Se sientan y comienzan el proceso.

“Nada puede salir mal, todo está controlado” repito mentalmente las palabras con las que mi socio terminó de convencerme. Confío en él como en mí mismo.

El tipo gordo saca un cigarro y se lo lleva a la boca. Pregunta por cifras, cuentas bancarias y un asesinato.

Alguien debe haberles puesto al corriente, pero ¿quién? Sólo lo sabe una persona y el chivatazo es simplemente imposible.

El gordo enciende el cigarro.

Esa lengua de fuego que expulsa el mechero… Algo se activa en mí. Comienzo a recordar la pesadilla y los terrores nocturnos de los últimos días.

El del sombrero enseña unos papeles.

Es la primera noche, estoy eufórico. Tomo algunos tragos, veo algo de televisión y me acuesto. Despierto en plena madrugada entre el sudor y los gritos. Aquí comienza el calvario. No consigo pegar ojo y recuerdo fragmentos a modo de fotogramas: la noche, un bosque, cipreses, un estruendo.

El gordo intenta hacerse el simpático. Asegura tener pruebas para condenarme a perpetua.

En noches sucesivas vuelvo a soñar. Ahora comienzo a recordar con más detalle. Atravieso el bosque de cipreses y nuevamente escucho el estruendo. Camino apresurado hacia el origen. Cuando casi llego a mi destino, una enorme tarántula se cruza en mi camino. Se apoya sobre sus  patas, se pone en pie y agita sus apéndices delanteros. La contemplo, me provoca repulsión.

El del sombrero dice que me la han jugado.

Al llegar encuentro un cuerpo inerte de espaldas. Lo volteo. Lleva una máscara blanca con una franja roja que la recorre verticalmente. Le quito la máscara. Contemplo con horror que el ser inerte que yace ante mí soy yo. El murmullo del viento acompaña unos pasos que terminan en mi espalda. Al darme la vuelta contemplo una figura familiar, empuña un revólver. Hijo de puta.

El gordo dice que por unos miles todo estará solucionado. Acerca un talonario. Acompaña la acción con esa estúpida sonrisa de cerdo que me gustaría borrarle. Extiendo el cheque. Se despiden y aconsejan que me largue de la ciudad. Al verlos atravesar el umbral comienzo a cimentar los pilares de mi yo futuro: no confiar en nadie, prestar más atención a las señales, matar a mi hermano.

Rayco Arbelo

13 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Insostenible situación

Piensa dejarla, yo lo sé, él me lo contó. Sin duda es la mujer de su vida y bien sabe que la situación no es sostenible. Lo tiene decidido, no sabe cómo ni cuándo pero lo hará.

Ella despierta temprano, lo acaricia con ternura maternal mientras continúa dormido. Desayuna a su lado junto al ordenador. Consulta el correo, las noticias, toma café, el estado meteorológico y de carreteras. Vuelve sobre su piel, lo acaricia de manera descendente, lo besa en la frente y pone rumbo al trabajo.

Él pasa casi todas las noches en vela acompañado de su inseparable Cutty Shark. Termina de escribir y la mañana, ad infinitum, comienza a desperezar la ciudad. A veces contempla el claroscuro que se forma entre los recovecos de las edificaciones cercanas. La melodía de algún pájaro madrugador suele acompañar el último vistazo. Corre las cortinas dando por finalizado el alboreo. Con delicadeza se recuesta a su lado, la besa en el cuello y antes de cerrar los ojos pierde noción de toda existencia. A veces, cuando ella despierta, se desvela. Le agrada el sentimiento de aparente ausencia mientras ella, ingenua, cree que duerme.

Él me lo ha contado. En ocasiones despierta a mediodía y fantasea con la idea de que ella no forma parte de su vida. Acto seguido suele sentir una sensación de vacío, más parecida a la aflicción que a la tristeza. Entonces es cuando intenta luchar contra sí mismo. Se acerca a la ventana y contempla ante sus ojos la creación. La luz convierte el paisaje en algo totalmente diferente. La calidez de la primavera lo embriaga y de súbito recupera las ganas de vivir, de vivir a su lado. Mismo ritual, para mismas sensaciones. Se viste apresurado como si su pensamiento le llevara la delantera y temiera que ella se enterase de lo que hace nada ha pensando.

Terminará poniéndose su gorra roja y saliendo disparado hacia el ascensor. Llegará hasta la cafetería de siempre, pedirá un expreso. No se desperezará del todo; hecho que no le impedirá correr hacia la parada, tomar la guagua y llegar al hospital.

Llegará a su destino, recorrerá algunas calles, bajará una empinada pendiente y contemplará el mar, sin aminorar la marcha. Atravesará la puerta del hospital, comprará flores y tomará el ascensor, que parará en todas las plantas hasta llegar a la unidad de hematología.

La busca, pregunta por ella, espera y al poco sale envuelta en ese blanco celestial. Le entrega el ramo de crisantemos a la vez que pregunta si comerán juntos. Ella sonríe, él la abraza y no puede contener sus lágrimas. Ella sonríe y las seca a lo que añade: ¿Quién te ha colgado el mar de las pestañas?, el mismo verso que él utilizó el día en que se conocieron. Ella vuelve sobre sus pasos, regresa, ponen dirección al almuerzo.

A pesar de todo piensa dejarla, yo lo sé, él lo escribió en el blanco de mis hojas.

Rayco Arbelo

13 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Tener un día gris

 

Es un hombre feliz. Todas las mañanas despierta con la melodía de su adorable voz. Retozan, desayunan, vuelven a retozar, se asean, retozan, se visten y, por último, la despedida en un beso que les durará el resto de la jornada.

         Le encanta contemplar el sol en la mañana, de manera directa. Le recuerda el oro al fundirse, pierde por un instante la visión y la recupera. Silba durante el trayecto, saluda a las mismas personas de los mismos establecimientos, a la misma hora. Responde a los buenos días mostrando su mejor sonrisa. Llega al trabajo impecable. Saluda a sus compañeros, que al mismo tiempo son sus empleados. Se pone al día con los asuntos del negocio y  entra en el taller. Se prepara y dedica el resto de la jornada a crear auténticas joyas de arte.

         Le encanta contemplar cómo se funde el oro. Lo convierte en láminas aptas para el trabajo. Prepara su mesa: luz, utensilios varios, vidrios graduados, paciencia, inspiración, y da comienzo a su tarea. Anillos, colgantes, pendientes, símbolos… Nada se resiste a su arte.

         Vuelve a casa. Ella espera. La tarde juntos. Un paseo. La cena. Las charlas. El amor…

         Hoy vuelve a despertar, como cada día, con la melodía de su adorable voz. La acaricia, abre los ojos y la mira extrañado. Él cierra y restriega sus ojos como quien duda de la realidad. La vuelve a mirar. Ella no sabe que ocurre.

         Van al hospital. Esperan. Y el diagnóstico: daltonismo acromático.  Al parecer, hoy tendrá un día gris.

 

 Rayco Arbelo

 

 

13 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios