Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Los tres sintecho

En un pequeño país, en el extremo más occidental de Europa, vivían tres hermanos. Se trataba de tres cerditos casi de la misma edad, muy parecidos físicamente pero de muy distinto carácter.

Era época de bonanza.

El más pequeño y perezoso de los tres, dejó los estudios antes de graduarse y se puso a trabajar de peón en la construcción. Ganaba mucho dinero y el trabajo le sobraba. Utilizaba los materiales de peor calidad del mercado y, como le apremiaban los encargos, siguiendo las instrucciones de su patrón, trabajaba rápido y mal.

El segundo hermano era algo más aplicado. Terminó una diplomatura y pronto comenzó a trabajar. A los pocos años, aprobó unas oposiciones y sacó plaza de funcionario. A pesar de tener un sueldo fijo y seguro, tuvo que pedir un préstamo al banco porque el precio de las casas era desorbitado. Se compró un chalet en el campo y le sobró dinero para poder amueblarlo.

El hermano mayor terminó una licenciatura pero nunca ejerció. Desde muy joven se metió en política y siempre ocupó puestos de poder. Le regalaron un dúplex en la zona alta de la ciudad. No necesitó comprarse un coche; tenía un Mercedes con chófer en la puerta siempre a su disposición. Como él se ponía su propio sueldo, comía gracias a las dietas o las invitaciones, le regalaban trajes y viajaba gratis en primera clase, fue ahorrando mucho dinero en una cuenta en un paraíso fiscal. Manteniendo un alto tren de vida, con sus hijos en colegios concertados y con un buen seguro de salud privado, su asesor le conseguía que la declaración de la renta le saliera a devolver; engordando así su cuenta en Suiza, por si se torcían las cosas. Y así ocurrió.

El lobo feroz de la crisis azotó el Continente. Los países que se creyeron ricos, porque vivían haciéndole el negocio a las inmobiliarias y a los bancos y malgastando subvenciones de la comunidad, descubrieron que nunca habían dejado de ser pobres.

Al primero que sacudió la crisis fue al pequeño. La burbuja inmobiliaria le estalló en la cara. Ya no le salían ni pequeñas chapuzas; la gente estaba sin blanca y muy asustada. Los bancos se declaraban insolventes para que los rescataran los estados. Se apuntó al paro, aunque la mayoría de los trabajos que había hecho los cobró en dinero negro. No había podido ahorrar, la hipoteca se lo llevó todo y cuando el Euribor sopló y sopló, se llevó hasta su casa. Corrió a refugiarse con el mediano.

Al principio, al segundo, la crisis no pareció afectarle. Mantenía su empleo pero le fueron recortando el sueldo, una y otra vez, y pagaba cada vez más impuestos. Sus hijos iban a colegios privados, era honrado y, por su nivel de renta, no conseguía la puntuación para acceder a los concertados. Terminó sin poder pagarlo. Si antes trabajaba por tres, ahora debía hacerlo por diez. Su salud se resintió y cuando sopló el copago sanitario le sangró la úlcera de estómago al no poder comprar protectores gástricos. Cada día sus ropas estaban más ajadas y él más demacrado. Tuvo que coger dos bajas de menos de diez días en dos meses consecutivos y se vio con la carta de despido bajo el brazo tocando en casa de su hermano el mayor.

El cerdito político, después de ocho años en la oposición, había vuelto al poder gracias a la fe de los desesperados; gracias a sus mentiras electorales, el huracán de la crisis sopló y sopló y le colocó de nuevo en lo más alto. Abarató despidos favoreciendo a sus amigos empresarios. Rescató a los bancos afianzando relaciones interesantes. Por el bien del país, se trajo su dinero de Suiza gracias a su aprobación de una amnistía que le resultó muy ventajosa. Su ambición no tenía techo; se sentía el rey de los cerdos.

Cuando sus hermanos le pidieron asilo, se le presentó una ocasión ideal para lavar su imagen y a la vez despertar admiración en el quinto poder; a los que ya había engoado con el retroceso en los derechos de las cerditas y de los homosexuales, pero esto era un claro ejemplo de su caridad cristiana.

Antes de abrirles la puerta les recordó lo que siempre les había repetido: “Partirse el lomo trabajando y no hacer trampas para enriquecerse, solo puede conducir a la miseria”.

El lobo había empezado por asomar las orejas y terminó por enseñar los colmillos. El huracán de la crisis sopló dejando a los pobres más pobres y a los ricos más poderosos; muchas casas vacías propiedad de los bancos y a muchos cerditos en la calle, indignados.

Raquel Romero Luján

14 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , , | 7 comentarios

Al otro lado

Otro día aburrido, otro menú de 7´50 sin pretensiones, siempre ventana,  palco de primera, ir y venir, nada de interés o eso creía.

La primera vez que vio a Sofía se le abrió el apetito. 1´70, pálida, sudadera roja, despreocupada. Se cubría la cabeza mientras corría. La lluvia la encontró al salir y la capucha de la sudadera le cubría parte del rostro. Parecía que eso la hacía invisible a todos, a todos menos a él. Quién podía adivinar el rugido, esas ruedas dentadas girando dentro, abriendo las mazmorras, conjurando. En ese instante, solos, Sofía y el cuento.

Su mirada felina la siguió desde el mismo instante en que reconoció su llamada. Tres meses apurando el pitillo en la ventana, en aquella cafetería con flores de plástico, olor a sudor y aceite requemado. Ese cristal empañado y el humo, revelaban a Sofía, desde aquel lugar mediocre, como una aparición. Todo se movía lentamente, los tintineos de los cubiertos y platos, lo aislaban del mundo con un ensordecedor sonido metálico.

-Son 7´50 señor -resuena de pronto.

-¡Puto cabrón! –pensó-. ¡No se interrumpe a un cazador! -se dijo para sí. Deja caer las monedas con desprecio y aprieta los puños. Clava una sonrisa al camarero y se va.

Había estudiado cada uno de sus pasos desde la distancia, así la disfrutaba pequeña, apenas un borrón en medio de los grises, un trazo caprichoso. La tapaba con su dedo índice, en perspectiva y sintió el delirio del  creador.

Martes 27, está decidido. La esperó al final de la calle y se precipitó hacia ella para forzar un tropiezo, estrategia nada sutil claro, pero efectiva.

Su carta de presentación, una sonrisa convincente y un tartamudeo a modo de disculpa.

-No te preocupes, iba despistada.

-Lo lamento -dijo-, voy como loco a casa, tengo que sacar al perro. Llevo todo el día fuera y estará hecho una fiera, y ambos rieron.

Se le quedó pegada en los dedos, así que tras su marcha, al doblar la esquina, se frota una mano contra la otra, despacio, como si quisiera modelar la sensación.

Unos cuantos encuentros “casuales” por la vecindad, unos libros prestados, algunos pequeños favores y ya era el vecino perfecto. Cuán sobrevalorada está la bondad.

Allí estaban, la luna cortada y Sofía. Llevaba dentro del pecho las bestias, la sangre palpitando en la sien, la respiración entrecortada, la boca seca, el aire helado, la calle muerta. Bajo su sonrisa, una daga y, anclado en el asfalto, pensó: ¿y bajo esa capucha?

Sonia Guedes

14 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , , | 6 comentarios

Día de tormenta

El día empezó gris, y a media mañana los cielos ya andaban de mudanza. Se agolpaban las nubes y sonaban los estruendos de sus choques como rugidos de fieras encerradas. A principio de la tarde el viento se apropió de la tierra, curvó los árboles, peinó la hierba y recorrió las callejuelas en su búsqueda enigmática y minuciosa. Cerré puertas y atranqué ventanas; las holguras de las bisagras hicieron que, en su agitación, las hojas acompañaran la tormenta con repique de tambores. A las pocas horas sonaron en la puerta cinco toques con perfecta sincronía. Aquello sonaba a llamada y no como fruto del vendaval. Abrí y mi hermano pequeño entró con el aliento del que huye de algo.

—Vengo a pedirte cobijo —me dijo—. La tempestad se ha llevado mi casa.

—Tienes la ingenuidad propia de tu juventud —respondí—. No se puede llamar casa a un montón de ramas y telas tendidas entre dos árboles.

Le llevé a la cocina y pedí su ayuda para preparar la cena. Por los espacios diminutos que dejaban las hojas en su unión con los marcos entraban en la casa hebras de aire que movían con dulzura las llamas de los fogones. El huracán continuaba con sus intentos de derribo y se quejaba de la lucha infructuosa contra los muros de piedra con gritos que erizaban la piel. No había pasado mucho rato cuando la puerta retumbó con un palmoteo urgente. Dejamos entrar a mi segundo hermano y entre los tres impedimos que el viento invadiera la casa, empujando la puerta con la fuerza de nuestros hombros.

—Necesito tu asilo, hermano —me dijo—, la tormenta ha derribado mi casa.

—Atrevida es tu inexperiencia —le contesté—. No existe otra razón por la que te empeñes en llamar casa a unas maderas mal sujetas que ni a cabaña aspiraban.

Compartimos la cena y reímos al evocar recuerdos de la infancia en el hogar de nuestros padres. Afuera, el ciclón gritaba la rabia que le nacía por lo inútil de su esfuerzo.

Pedro Conde

14 mayo 2012 Posted by | Cuentos, General | , , , | 6 comentarios

La niña y la ceiba

La niña se acercó despacio a la ceiba. Su madre le había dicho que nunca se acercara a una ceiba cuando tuviese comida debajo; también se lo habían dicho sus amigas. Lo había oído muchas veces. Tenía miedo, pero la curiosidad era más fuerte que el miedo, aun así la curiosidad no vencía al miedo. Si te acercas, le dijeron sus amigas, y ves que alrededor del tronco hay una cinta roja, no la toques. “Por qué”, dijo la niña. “Porque te convertirías en una estatua”. “¿Y si me llevo la comida?”. “Si te llevas la comida, te mueres”.

La ceiba la embrujaba, quería tocarla, veía su tronco áspero, ancho, muy ancho. ¿Qué podría ser convertirse en estatua? La niña quería y no quería convertirse en estatua, pero sobre todo quería tocar la ceiba. La niña se fue acercando; cuando estuvo enfrente, se paró en seco: una cinta roja se encontraba atada alrededor del árbol. Se quedó como muerta antes de ni siquiera poder convertirse en estatua. La miró fijamente y tuvo miedo, un miedo que resultaba ser un cosquilleo que le recorría todo el cuerpo, un miedo que debía parecerse mucho al momento en que te echas a volar. Un miedo a secas, que resultó ser un miedo prolongado, que no se parecía a miedos anteriores. No te acerques a una ceiba con comida debajo; nunca la toques cuando tenga la cinta roja atada alrededor. No quiero morirme –pensaba la niña– pero quiero soltar el nudo de esa cinta roja. Miró la comida, le dio asco: plátanos friéndose al achicharrante calor del trópico, arroz con frijoles, ¡por Dios! Nunca se convertiría en estatua ni se moriría si para ello tuviese que tocar esa comida que se pudría lentamente. Observó la cinta roja, sintió que el corazón latía desaforado, pasó levemente el dedo índice por la cinta, sentía la emoción de la libertad de hacer lo que te da la gana, tiró con fuerza y desató el nudo. El corazón se había quedado helado, las piernas se le doblaron. En un esfuerzo supremo, tiró de ellas, corrió, corrió, corrió, ¡qué sensación de triunfo, qué sensación de haberse sobrepuesto al destino! Siguió corriendo mucho rato, volvió la cabeza y tuvo miedo otra vez, otra clase de miedo. Ya no veía la ceiba, tampoco el parque, ni su casa, ni el barrio, ni la ciudad… No veía nada a su alrededor. Aguzó el oído, no se oía nada, no había ni ruido, ni silencio, ni color, ni blanco y negro. Se paró, aunque comprendió que correr y pararse era lo mismo. Se miró y no se vio… La cinta roja flotaba atada formando un círculo en torno a ella.

Sacha Sotolongo Otaño

19 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Otra versión de T’sin Kiu Po

Tenía 70 años y, por más que pensaba, no podía creer que sus dos nietos hubieran querido matarle. Una y otra vez revivía el suceso:

Salía de la taberna como siempre borracho y, aunque vivía en un arrabal donde la droga corría como la pólvora y las mafias pupulaban a sus anchas, nunca  le agredieron o robaron, pues todos lo conocían y sabían que gracias a la fortuna que poseía (al menos es lo que se comentaba), podía comprar voluntades y hacer favores, lo que le permitía a su vez tomarse la justicia por su mano y conducir de forma férrea y despótica a su familia.

Esa noche, se acercaron sus dos nietos y con la excusa de ayudarle le  llevaron a un descampado, donde le agredieron brutalmente tras gritarle:

-Te vamos  a matar, viejo usurero; todo será nuestro y no tendremos que aguantar más tus vejaciones y malos tratos.

Ante la imposibilidad de defenderse, optó por hacerse el  muerto, ardid que dio resultado, pues los muchachos le abandonaron.

Sus nietos juraron y perjuraron que no fueron ellos, que  seguro que fueron algunos pandilleros a los  que su abuelo siempre estaba amenazando y recriminando.

Creyó sus excusas, pero no dejó de rumiar el suceso.

Otro día fingió estar borracho y fue por los alrededores de la taberna, esta vez vio venir a sus nietos, pero estaba sobre aviso y, de un certero golpe los derribó. No estaba seguro quienes eran, daba igual, lo lamentarían, los azotó y maniató. Pero al día siguiente habían huido; en su fuero interno lamentó no haberlos matado.

Sus nietos insistían en que eran mafias o pandilleros, que ellos jamás atentarían contra su abuelo.

Pasó el  tiempo, pero no olvidaba y al cabo de un mes, decidió volver a la taberna y hacerse nuevamente el borracho. No obstante, esta vez iba preparado, nadie abusaría de él. Sin que su familia lo supiera llevaba una pistola y, no se le escaparían, no.

Pasaban las horas y el patriarca no volvía; pese a lo avanzado de la noche, los nietos se ofrecieron para salir a su encuentro.

Él los vio venir, creyó reconocer a los macarras que le atacaron anteriormente y, sin pensarlo, descargó la pistola sobre ellos.

Al día siguiente se supo, eran sus nietos…

Esther Quijada

3 diciembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

El paisaje acabado

Sus jefes lo estaban esperando como agua de mayo. Él lo sabía y tenía que trabajar muy duro para tenerlo terminado en la fecha prevista. Pero aquel paisaje se le había atragantando de mala manera. No había forma de encajarlo en el juego de estrategia por ordenador en el que llevaba trabajando más de dos años. Faltaba algo en el paisaje, pero no sabía el qué.

El tiempo pasaba y la fecha de entrega le martilleaba la cabeza, como un mazo inexorable que le recordaba que tenía que acabarlo. Una madrugada fría encontró la solución.

A la mañana siguiente, llamó a sus jefes y los citó al mediodía para presentarles la maqueta. Todo estaba preparado. En la reunión les explicó, paso a paso, las interioridades del juego, sus particularidades, los trucos estratégicos y sus secretos. Hasta que llegó al paisaje con el que había estado trabajando y que tanto trabajo le había dado. Allí se detuvo y el semblante le cambió. Se acercó a la gran pantalla táctil en la que se desarrollaba el juego. Tocó el botón rojo que llevaba impresa la palabra Add, que tenía los bordes amarillos y el interior blanco. En un instante, sintió cómo su cuerpo se transmutaba, cómo cada átomo de su ser se trasformaba en millones de unos y ceros que se iban incorporando a la estructura interna del juego. Estaba dentro. Vio con claridad cómo sus jefes miraban atónitos, sin comprender nada de lo que estaba pasando. Siguió un pequeño sendero que lo llevaba hasta una casa que se parecía mucho a la suya. Entró por el garaje y se dirigió hacia un rincón  lleno de ordenadores. Se sentó delante de uno de ellos, tecleó una serie de números y palabras y el juego fue desapareciendo de la gran pantalla, sin que los asombrados jefes pudieran hacer nada.

Nadie supo explicar lo que había ocurrido aquella mañana y, aún hoy, siguen buscando al programador desaparecido y al juego inacabado.

Moisés Morán Vega

23 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 6 comentarios

El violín y la vieja

La música salía del instrumento como salen las palabras de la boca; hubiérase dicho que el violín hablaba.

Los ojos de la anciana comenzaron a iluminarse despacio, como una aurora lenta e imparable. Al poco rato sus mejillas se encendieron, y los labios, antes lívidos, se contagiaron de ese fuego y brillaron carmesíes. Las arrugas se fueron disipando, y el mar bravo que era su rostro se convirtió en mar en calma. Luego las agarrotadas extremidades se relajaron, la espalda dolorida cobró fuerza y el cuerpo se irguió, estilizado y arrogante como en sus mejores días. La mujer corrió como una muchacha calle abajo, frente a las miradas incrédulas de la gente del pueblo. Por el camino, se topó con la niña que antes lloraba desconsoladamente, y con el mendigo que pedía en la esquina. Ahora ambos sonreían y silbaban la misma melodía familiar. También vio a un hombre malencarado, que miraba desde lejos al joven músico. Por el rabillo del ojo alcanzó a ver cómo se iba acercando poco a poco hacia él, pero ya nada le importaba: no recordaba haberse sentido nunca con tanta fuerza, con tanta pasión y alegría alborotándole el pelo y el alma. Corrió un poco más, hasta dejar atrás al músico, al mendigo y a la niña. Corrió hasta alejarse del pueblo y, ya en las afueras, cuando paró para tomar aire, miró al cielo y vio cómo las nubes comenzaban a agruparse, cómo el azul pasaba al gris; vio pájaros caer en barrena y escuchó gritos horribles que venían de atrás. Miró en dirección al pueblo y, de pronto, se sintió realmente cansada. Tambaleante, con los huesos terriblemente doloridos, siguió alejándose de allí, mientras unas arrugadas manos le tapaban los oídos.

Marisol Ramírez Galván

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

Tampoco te fíes de tus nietos

Pudimos haber adoptado cualquier otra forma. Total, estábamos aburridos… ¿Qué nos importaba andar jodiendo a este o a aquel? Era cosa de divertirse, de quitarse de encima este vacío inmenso que nos persigue día y noche. Y no nos mires con esa cara de mojigato, por favor; con esos ojos que parece estuvieran reprobando el hecho mismo de nuestra existencia. Ese rollo de total abnegación que se gastaba el viejito era como para habérselo cargado mucho antes; de una manera mucho menos peliculera, incluso. Y tú no tienes ni el más mínimo derecho a censurarnos, a decirnos que no debimos haberlo hecho por mucho que el viejito nos diera los buenos días de una manera tan dulzona que se nos almibaraba hasta el tedio éste que llevamos dentro y que tantas veces se nos convierte en ganas de matarte a ti o al que se nos ponga por delante con esos aires de autosuficiencia y elevada moral.

Pudimos habernos convertido, sin ir más lejos, en el asfalto por el que el viejito conduce su auto para llevar a sus nietecitos a la escuela. Un extraño socavón engulle a un jubilado y a sus cuatro nietos cuando iban camino del colegio. Se desconocen aún las circunstancias que propiciaron tan extraño fenómeno. Pero aquello no nos hubiera satisfecho en absoluto, pues es demasiado obvio. Todo el mundo estaría todavía condoliéndose y guardando minutos de silencio por la tragedia.

La opción por la que nos decantamos finalmente tiene mucho de desconcertante, de no saber si uno tiene que llorar o dar las gracias a quién sabe quién por habernos quitado de en medio al viejo aquel tan santurrón que se balanceaba colgado de la ducha con la lengua fuera y el pito tieso ante la mirada atónita de sus nietos.

Santiago Úbeda

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

La historia del abuelo John

El abuelo John, de origen irlandés, una noche más volvía a casa borracho. Sus  dos nietos, que lo veían llegar, ya sabían lo que iba a ocurrir; estaban hartos de él.

Sin pensarlo, salieron a su encuentro y, entre los dos, lo agarraron y comenzaron a golpearle.

El viejo, sin poder soportar los golpes que estaba recibiendo y temiendo que lo mataran, se hizo el muerto y sus nietos lo abandonaron allí.

Cuando llegó a su casa, se enfrentó a los chicos, pero estos le pidieron perdón y le contaron que algo maligno se había introducido en ellos y que no eran conscientes de lo que hacían.

El abuelo, se dejó convencer y los perdonó.

Unos días después, el abuelo John fingió que volvía a llegar borracho para ver qué hacían sus nietos. Estos, al verlo, se le acercaron con la intención de ayudarle, pero, en ese instante, él los agarró fuertemente y los inmovilizó. Les dio una paliza enorme y los encerró en su cuarto. Al llegar la mañana, no se encontraban en su cuarto; se habían escapado, y el abuelo se arrepintió de no haberlos matado.

Pasado un tiempo, el viejo volvió a salir de su casa, pero esta vez iba preparado con un enorme cuchillo que llevaba escondido por si se encontraba con ellos. Según él, recibirían su merecido.

Era muy avanzada la noche cuando el viejo regresaba a su casa.

Sus nietos salieron a buscarlo, pensando que si volvía borracho y con sus alucinaciones los volvería a maltratar.

En ese instante apareció el viejo y, en su delirio de borracho, pensó que eran unos ladrones que lo querían atacar, se abalanzó sobre ellos y los apuñaló.

 

Juana Teresa García Vizcaíno

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Una copa de vino

Hace tiempo que veo a mi padre preocupado. Pasea y pasea por los viñedos, ahí está. Segunda vuelta. Con Jacinto, su Sancho Panza. Me estoy dando cuenta que tiene más pelo blanco que negro; le vendría bien un tinte. Eso sí, su vasito de vino todos los días no falla, “de mi cosecha”. Sobre todo el de La Barrica. No hay quien toque ese vino sin su permiso. Es la joya de la corona. Adora lo que hace. Cuarenta años, sus vinos. Me sé de memoria la historia. Jacinto y él, al golpito. Mi viejo padre. Mira, pensando en él…

-Dime.

-Necesito que vayas a la bodega a la una y media, en punto, ¿eh?

-¿Para?

-Hijo mío, no preguntes. Sé que estás muy ocupado con los pedidos. Será un minuto.

-Vaaaaaaaale. A la una y media.

-Hasta luego.

-Hasta luego.

 

Qué raro. Cuánta solemnidad. Será una reunión con alguien. Voy a llamar a Francisco. Pues a él y a Ramón también los han citado. Muy raro, pero seguiré trabajando, que ya me enteraré.

Bueno, llegó la hora. Vamos a ver qué hay en este misterio. Seguro que está en el banco que está al lado de La Barrica.

 

-Hola, Jacinto, ¿cómo andas? No había hablado contigo en todo el día.

-Hemos estado liados.

-Sí, sí, liados… caminando por los viñedos.

-Ja, ja, ja… Sí. Pues lo que tú vendes está ahí, afuera, en la tierra. No te olvides. Estábamos discutiendo un asunto importante.

-¿Y mi padre?

-Ahora viene.

-¿Qué asunto tan importante es ese?

-Se trata de La Barrica. Vamos a comercializarlo. ¿Qué precio le pondrías?

-¿Precio? Ni en broma. Ese vino es más sagrado que el del cura, no tiene precio. ¿Mi padre quiere comercializarlo?

-Ni en broma, hijo.

-Papá, ¿qué haces escondido?

-Tu padre y yo hemos estando meditando jubilarnos. Y la decisión está tomada.

-Hijo mío, no has dudado ni un momento. Todo en esta vida no es el dinero. Tus hermanos te echarán una mano. Serás el nuevo director general.

 

Jose Suárez

 

 

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

El libro

 

Y realmente me estaba preocupando por mi hermano. Porque últimamente estaba sumido en la más completa pereza y, al mismo tiempo, en una constante actividad. Había dejado de talar árboles y ahora se estaba dedicando a leer un libro que había encontrado en el bosque cerca de una zona que linda con un suburbio.

Estuve hablando con sus compañeros cuando lo visité. Me dijeron que estaba muy extraño, que reía incongruentemente y se desvelaba con aquel libro, pese a que siempre había dormido mucho y muy profundamente. Yo, sin embargo, me daba la vuelta para mirarlo y lo veía sereno y como más lleno de luz, leyendo en una esquina.

Cada mes regresaba a visitarlo. Y solía preguntarle por qué leía, contestaba simplemente que disfrutaba. Yo le decía que debía trabajar, ya me estaba viendo presionado, dándole dinero, así que tuve la fatal idea de coaccionarlo diciéndole que no le iba a prestar más.

Volví un mes más tarde, con algo de retraso, ya que las carreteras habían estado cortadas. Allí todo estaba muy callado, demasiado callado: no se oían las sierras, no se oía nada; como si el bosque estuviese guardando luto. Llamé a la puerta de la cabaña, preocupado. Me abrieron. Todos tenían una expresión taciturna. Me contaron cómo habían presionado a mi hermano para que dejara el libro, porque no podían seguir prestándole dinero ni dándole comida, y cómo él, impulsivo e infantil, se había escondido en el bosque. Lo habían buscado pero no lo habían encontrado. También llamaron a la policía de la ciudad más cercana: llegaría aquella tarde a causa del mal tiempo.

Me invadió un ataque de pánico y de rabia. ¿Cómo podían seguir de ese modo estando él por ahí? Salí a buscarlo desesperado. Hacía muchísimo frío, como si aquel invierno buscara azotar a mi hermano intentando darle una lección.

Ahora estoy aquí.

No lo he encontrado. Desde hace dos días que salí a buscarlo me ha crecido una barba áspera y tan punzante como el hielo. Una patrulla de búsqueda ha ayudado algo pero ha desistido y volverá pasado mañana. Yo no he parado… Estoy intentando recordar cómo empezó todo pero solo me viene a la cabeza el momento en que empecé a preocuparme. Recuerdo que alguna vez lo vi y me imaginé que acabaría así. Debí de haberlo sacado de este sitio tan gélido.

Camino desesperanzado por este paraje de nieve y escarcha. Desde lejos veo el tronco derribado de un olmo y una alargada mancha roja en la nieve. Me acerco, el tronco está sobre él de la cintura para abajo. Tiene los ojos cerrados. Seguro que le cayó encima mientras dormía; está sonriendo y su rostro parece redundar luz. Ahora veo que así es como debía ser.

Le arranco el libro de sus manos inertes y me dispongo a leerlo junto a un árbol, que es en el páramo como una esquina en un cuarto.

 

 

Daniel Marmolejo

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

Sin miedo al demonio

Años después, el viajero buscó al demonio y le dijo:

-Si quieres mi alma, ya puedes encontrarla en estás páginas.

Le devolvió el diccionario robado y que ya, tras tanto desear y soñar, no necesitaba. Y antes de regresar de donde había venido, dijo:

-Ya sé que el alma no existe, pero hay que actuar como si existiera.

 Víctor Javier Moreno

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 1 comentario

Un recuerdo de juventud

Aún me acuerdo de mi primer día de clase. Eso fue hace ya mucho tiempo, desde luego, cuando yo era joven y el mundo ya viejo, como suele decirse. Fue en un colegio lejano, y viejo, la verdad. ¡Ah!, y multicultural, lleno de niños de diferentes etnias que jugaban felices; todos, menos una niña. La única.

Recuerdo que un día la vi llorando en un pequeño estanque que había en el colegio. Estaba muy triste. Entonces, me acerqué y le pregunté qué le ocurría. La niña me respondió que se sentía sola, porque sus compañeros no la aceptaban del todo. Ante una situación así, ¿qué podía recomendarle sino que se marchará de allí y se tomara un tiempo? Y que regresara cuando estuviera preparada, claro. Pues, al parecer, la niña me hizo caso, porque ese mismo día sus padres vinieron y hablaron con la directora del colegio.

Antes de irse, saqué mi espejo del bolso, y le dije: “Tu alma se reflejará en este espejo y tu alma te reflejará a ti. Refleja el ser”. Después, volví a mi despacho. Recuerdo que miré por la ventana y que la vi marchar entusiasmada.

Un día, después de algún tiempo, le pregunté a la directora por la niña. “Se la han llevado de viaje”, me respondió. Al parecer, pasó un tiempo en otro colegio en el que había encontrado a otra niña en su misma situación. Siempre jugaban con el espejo que le había regalado y, si mal no recuerdo, se habían hecho amigas del alma. Y era feliz.

Pasaron los años, pero en mi mente siempre estuvo el recuerdo de aquella niña triste. Por eso, siempre le preguntaba a la directora por ella. “Sé que ahora está en Irak, cubriendo un reportaje especial del novio de una amiga suya”, me comentó. Al parecer, se salvó de un ataque enemigo gracias al espejo que siempre lleva consigo. Si mal no recuerdo, pudo volver para presenciar la boda de su amiga del alma. Y era feliz.

Pasaron más años, pero en mi mente siempre estuvo el recuerdo de la niña. Antes de jubilarme, decidí preguntarle a la directora por ella una última vez. “Se ha ahogado tratando de rescatar a una anciana que había caído al mar”, me susurró. Al parecer, la niña había muerto feliz, ya que la anciana era una de sus amigas del alma.

Pero no todo acabó ahí. En mi último día, una anciana vino al colegio y preguntó por mí. Era la misma mujer a la que había rescatado la niña. Traía consigo el espejo que le había regalado. Al parecer, les había dicho a sus amigas del alma que, si algún día moría, trajeran el espejo al colegio. Como recuerdo, erigimos una estatua en honor de la niña con el espejo en el centro. Y justo debajo de él, una placa que ponía: “Por tu amabilidad, generosidad y compasión”. Desde entonces, el recuerdo de la tristeza y la soledad de aquella niña pasaron a mi olvido.

Alexis Espinosa Navarro

 

 

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

La llave

Ya ni recuerdo por qué tuvimos aquella discusión. El caso es que, a diferencia de otras veces, no se disiparon las ganas de perderlo de vista. Yo le tenía un aprecio sincero a este chico, a pesar de que ahora pueda parecer lo contrario. Pero que quede claro que el que se buscó la ruina fue él, desde el día en que conoció al buscavidas aquel en una marcha. Que si iban a hacer esto y aquello.  La otra noche llegó a casa excitado después de robar en una bodega: en mala hora le había dejado una copia de las llaves; lo que faltaba es que me acusaran de encubrimiento. Cuando llamó para pedirme disculpas tras discutir, me soltó que estaba nervioso por los preparativos del atraco al banco. Quién me iba a decir que me lo pondría tan fácil. Ese mismo día, ya entrada la noche, abrió la puerta de mi apartamento y entró silenciosamente. Vino directo a la cama y se acostó a mi lado. Luego se puso a contarme cómo había ido todo y yo hacía que le escuchaba mientras me regodeaba en su final.  Dicen que cuando abrió los ojos se quedó de piedra. Encontrarte rodeado de policías no es lo que uno espera al despertar en casa de su pareja.  Por supuesto, su acto reflejo fue buscar la copia de las llaves en el tocador pero ya no estaban ahí.

Carlos Martín Cabrera

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Monólogo de un iluso moribundo

Estoy tendido en el suelo del comedor. Roto y dolorido, como clavado en la cruz. El cura gordo me mira de vez en cuando. Suda. Tiene la calva brillante de gotas. La cuchara dorada brillaba igual esta mañana, cuando la encontré enterrada en el fango del camino, donde Él la había dejado para mí. Ahora la tiene el cura en la mano y la limpia con un pañuelo.

No se da cuenta de que lo estoy viendo. La cena me ha dejado paralizado y con fuego en las tripas, pero sigo aquí todavía.

Tengo sueño.

No me esperaba esto de un cura. Venga a mi casa esta noche y podrá comer por fin. Mi asistenta hace un asado para chuparse los dedos. Le ayudaré con su problema.

Parecía tan digno. Y tan generoso. Ahora se aferra a la cuchara que le mostré, la del diamante en el mango. ¿Es un diamante o una esmeralda? Una esmeralda: las esmeraldas son  verdes, como el ojo de la serpiente, que trae el pecado al mundo. Los diamantes no tienen color, como el agua.

Tengo mucha sed.

Estamos solos. Por lo menos yo no he visto criados, ni a nadie. Creo que lo de la asistenta era mentira. Otra más. Bien mirado, no creo que tenga tanto dinero como me pareció al principio. Me huelo que el estofado (qué bueno estaba el maldito) era precocinado.

Se me cierran los ojos.

El cura sigue frotando la cuchara. Se  para y se la acerca al rostro. Se pone debajo de la lámpara para examinarla con más luz. Me mira mal. Creo que le dejé una muesca, un bocado demasiado ansioso,  y no le hace gracia. Abre un libro y consulta algo.

Suena un timbre y el cura salta del susto. Se mueve rápido; ya no lo veo. Ay, me pisa la mano al pasar a mi lado. Se va por el pasillo, retumbando sobre la madera. Una cerradura. Varias personas entran en la casa. Hablan en voz baja, no entiendo lo que dicen. Se acercan por el pasillo. El cura les cuenta lo que ha pasado.

Loco.

Pedigüeño.

Vagabundo.

Joya.

Millones.

Cadáver.

Le contestan dos voces masculinas detrás de mí. Suenan cada vez más lejanas, aunque están a mi lado. No están seguros de qué hacer. El cura les cuenta su plan. Las dos voces masculinas aceptan a cambio de una parte. El cura les da indicaciones de lo que deben hacer y se ponen en marcha.

Una monja muy corpulenta y otra más pequeña, vieja y con bigote, se me ponen delante y me agarran por debajo de los brazos.

Mi última cena esta siendo sorprendente.

Entre los tres me levantan del suelo. No siento necesidad de defenderme (aunque tampoco podría). Me dejo hacer. La monja gigante se queja. Huelo a oveja y sudor de hombre, dice. Me llevan por el pasillo hacia la salida, casi me arrastran. Se me engancha un pie en una mesilla y tiro al suelo un retrato del cura con el Santo Padre. La papada del otro se hincha cuando el Papa da contra el suelo. La monja del bigote se ofrece a limpiar el estropicio cuando volvamos.

Cuando vuelvan.

Me sacan a la calle. Hace frío. ¿Es de noche?

Me cargan en una furgoneta y me cubren con sábanas como sudarios. Arrancamos.

Me quedo dormido.

Una presión en los tobillos me despierta. Me sacan del vehículo y me dejan sobre tierra húmeda. Un escarabajo pasa lentamente por delante de mis ojos. Huele a campo. Estamos en las afueras, en el bosque.

Me llevan por entre los árboles. Avanzamos un buen rato. Tres urracas negras y un trozo de carne muerta. El cura resopla y la monja del bigote ya jadea, desfondada, cuando llegamos a una granja.

Un corral con animales.

Cerdos.

Grandes y negros.

El cura y las monjas me desnudan. Preferiría que las monjas mirasen para otro lado. Parece que el pudor se quedó en el convento.

La monja gigante levanta mi cadáver y lo lanza sobre la valla. Los animales se asustan por el golpe.  Me hago daño en un costado.

Poco a poco se van acercando las bestias. El cura dice algo y se seca la frente con un pañuelo. La luna hace brillar la cuchara, que asoma en el bolsillo de su chaqueta.

Los tres se marchan, se dirigen  a la granja.

Alguien comenta que le ha entrado hambre.

Los cerdos están ya sobre mí. Me huelen y yo también puedo oler su aliento.

¿Seré digno o mejor se reservarán para otra ocasión?

Diego Doro

 

21 noviembre 2010 Posted by | Cuentos, General | , | 2 comentarios

La traición de Meceo

Pablo entró en su habitación y se quitó la camisa. Estaba sudado. Llevaba todo el día trabajando y sólo quería relajarse. Su mujer, al parecer, no había llegado y aprovechó para darse una ducha. Se metió debajo del chorro de agua caliente y dejó que recorriese todo su cuerpo. Eficaz, relajante. Sin embargo, su mente se empeñaba en pensar en su mujer y en la relación que habían estado teniendo estos últimos meses. Ya no tenían sexo con tanta frecuencia y las salidas por la noche a tomar unas copas se habían convertido en noches en casa viendo una película aburrida. Imaginó la de posibilidades que habría de que ella le estuviese poniendo los cuernos y, sorprendentemente, no la consideró tan loca. En realidad, era bastante probable. Jessi era guapa y a pesar de sus 34 años, aún era capaz de atraer la atención de cualquier hombre. Mientras los pensamientos corrían por su cabeza, rápidos, recordando momentos que pudiesen dar pruebas que confirmasen su hipótesis, oyó la puerta cerrarse.

-Ya estoy aquí -anunció una voz desde el salón-. ¿Dónde estás?

-En la ducha -respondió él. Cogió una toalla.
Cuando cerró el grifo oyó el ruido de sus tacones avanzando hacia la habitación. Ese sonido habría causado una impresión distinta unos días atrás pero ahora sólo pensaba en sacar el tema de su relación como fuera posible. Salió del baño y se reunió con ella en la habitación.

-Hola -le dijo ella, sin volverse-. ¿Qué tal?

-Bien, acabo de llegar -él empezó a ponerse los pantalones-. ¿Dónde has estado?

Ella evitó la pregunta besándolo. Él la apartó.

 -Jessica, ¿dónde has estado? -repitió. Ella hizo una mueca y se separó de él.

-¿Esto es nuevo? ¿Preguntarme a cada rato dónde he estado? -Jessi parecía haber estado conteniendo todo lo que estaba a punto de contarle-. Pues me parece genial, que me preguntes, que me acoses. ¡Gracias, Pablo! Eres muy amable, pero ya me sé cuidar yo solita. Y para tu información, he estado trabajando muy duro en mi oficina. Apenas salgo y apenas tengo tiempo para comer. Ya sé que últimamente no te he dedicado el tiempo suficiente pero he estado muy estresada, ¿vale? De este proyecto depende mi trabajo y lo último que quiero son más problemas al llegar a casa. Además, me preguntas dónde he estado cuando deberías preocuparte más por tu afición a la bebida y al juego. Esas mierdas de máquinas van a acabar contigo.

Pablo intentó hablar. Se sentía fatal.

-Oye, Pablo… Ahora necesito estar sola. Lo… lo siento, ¿podrías ir a dar una vuelta? De veras que necesito pensar… lo siento –le pidió ella.
Pablo la miró unos momentos antes de irse, y después cogió su chaqueta para salir al rellano. Lo entendía, necesitaba estar sola. Iría a dar una vuelta y luego volvería. Seguro que la encontraba mejor. Cogió el coche y fue hacia la avenida principal. Allí recorrió los bares hasta decidirse a entrar en el casino. El portero de hoy no era el habitual y lo miró extrañado.

-Ya lo sé, no me conoce -dijo el portero al ver su expresión-. Soy nuevo aquí. Nunca me ha gustado estar en los casinos, pero hoy en día uno no puede ser exigente con el trabajo, ¿eh? -el hombre adoptó una expresión un tanto oscura-. Así que, por favor, espero que tenga cuidado y no se eche a perder en este lugar. Las cosas se pueden poner feas de un momento a otro.

Pablo asintió, un tanto ausente y extrañado. Entró en la sala de juegos y se dirigió a las máquinas. Se sentó, como cada día, en el sillín, introdujo la moneda y apretó el botón.

Hacia las dos de la madrugada llevaba cinco cervezas y quinientos euros de gastos en juego. A las cuatro y media se había tomado cuatro cervezas más, llevaba ochocientos noventa euros de gastos y una chica se había interesado por él.

A las cinco salió del Casino con la chica cogida por la cintura, con diez cervezas de más y mil euros menos. Al salir se topó con aquel extraño portero, que lo miró como si hubiese confirmado alguna conjetura suya y le saludó con la mano.

-Oye, ¿cómo te llamabas? -le preguntó Pablo, tambaleándose.

-Laura -dijo ella, borracha, provocativa. Aunque no lo necesitaba, estaba medio desnuda cuando se montaron en el coche de él.

-Encantado, Laura -la besó y luego condujo hacia su casa.

Abrió la puerta con ella enroscada en su cintura. Cerró la puerta y la llevó al sillón. Pablo recorrió con su lengua el escote de ella. De pronto se encendió la luz. Él levantó la cabeza de entre los pechos de Laura y miró a su alrededor intentando descubrir qué había pasado. Se encontró a Jessi en el marco de la puerta, en pijama y con los ojos como platos. Describirla como furiosa era poco. Pablo se levantó como pudo, dejando a la chica en aquella posición y sin saber nada de lo que estaba pasando.

-No me lo digas, es una amiga -dijo Jessi. Su voz era serena-. Pablo, ¿qué te crees que soy? No, mejor aún, ¿qué te crees que haces?

-Yo bebí un poco más de… -intentó explicarse él como pudo.

-Me encanta que haya sido así. Has bebido y has ligado. ¿Dónde? No, no me lo digas. En el casino -su cara [¿La de quién?] lo confirmó-. Bien, y ahora dime, ¿te has gastado los ahorros que teníamos?

-¿Cuánto… cuánto teníamos? -balbuceó él. No se había acordado de que casi ni tenían dinero.

-Mil doscientos euros aquí. En el banco no lo sé. ¿Cuánto te has gastado? -exigió saber ella.

-Digamos que quedan doscientos… -respondió, avergonzado.

-¡Sal de mi casa ya! ¡No quiero verte más! -gritó ella. Él intentó calmarla y esto la enfureció más-. ¡Habla o tócame y llamo a la policía para que te saque de mi casa! ¡Y llévatela a ella también, que a lo mejor te apetece terminar lo que empezasteis!

Él cerró la boca y miró a la chica en el sofá. Ella lo entendió se levantó y avanzó hacia la puerta. Antes de irse, él la miró una vez más.

-Los mil euros los quiero de vuelta. Te llamaré para que recojas tus cosas. Y ahora, vete. Y no vuelvas -concluyó ella. Él cerró la puerta en silencio, para después oír los sollozos detrás de ésta.

-¿Quién era esa tía? ¿Y por qué te ha echado de tu propia casa? -preguntó la chica.

-Era mi mujer -la chica no lo dejó casi terminar para darle una bofetada. Y después lo dejó allí en el rellano.

Pablo sintió cómo un sentimiento de culpabilidad le inundaba. Culpa, miedo, soledad, vergüenza, y dolor en la mejilla. Pero sobre todo, un sentimiento de pérdida. Estaba sin un duro, no tenía dónde dormir y había perdido a la única mujer que había sido capaz de aguantarlo. Y entonces se acordó de las palabras del misterioso portero: “Las cosas se pueden poner feas de un momento a otro”. Se dirigió al coche y volvió al casino. El hombre aún estaba ahí y se dirigió a él furioso. Lo cogió del cuello.

-¿De qué me conoce usted? ¿Qué ha hecho para que me pasase esto? -gritaba Pablo.

-Lo siento, señor. Todo esto lo ha hecho usted solo -resolvió el portero.

-“Las cosas se pueden poner feas de un momento a otro” -repitió Pablo, con una mueca de impotencia. Su respiración era acelerada-. ¿Le suena?

-Escuche, usted se ha buscado su propia ruina. No culpe a la bebida, ni al juego, ni a mí. Usted ha querido que todo esto sucediera y espero que haya aprendido hasta dónde puede llegar el ansia de tener. Ahora ha perdido el amor, el dinero y el hogar. Usted es el único responsable de haber perdido a su amada Jessi -había dicho el nombre de su mujer. ¿Cómo era aquello posible? Pablo lo soltó, incrédulo. Sabía que tenía razón y eso lo devastaba. La culpa se estaba cebando con él, especialmente ahora que nada tenía sentido. ¿Cómo demonios había llegado hasta aquel punto? ¡Había engañado a su mujer en su propia casa!

Cuando el portero terminó de hablar, volvió por donde había venido. Se montó en el coche y pasó la noche dentro de él. Y mientras intentaba quedarse dormido, se preguntó cómo era posible que el portero supiese todo aquello y más aún, ¡el nombre de su mujer! Se preguntó quién podría ser aquel extraño hombre y cómo sabía esas cosas personales si nunca se habían visto.  También pensó en su Jessi y se atrevió a preguntarse que si algún día volverían a estar juntos. Intentaba quedarse dormido, pero la incertidumbre ya le había robado todo ápice de sueño.

Cristina Velázquez López

 

23 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

EL LIBRO DEL MAGO

Recién publicada mi segunda colección de cuentos, un entrevistador novato me preguntó por el sentido de la dedicatoria: A los maestros verdaderos. Mi respuesta fue perfectamente ambigua. Lo merecen, le corté.

Qué necedad dar largas explicaciones. No las veo oportunas. Cómo podría un escritor conocido contar la historia del hombre feliz que un día le impulsó a trabajar. Sobre todo si ese hombre vivía en un pueblo perdido, hoy en día desaparecido del mapa; un pueblo de esos que llaman “fantasma”. Mi pueblo fantasma, habitado por el espíritu grande y cercano de Don Roque, su maestro.

-Chavales, los secretos se cuentan al oído, son cosa de cada uno -nos decía. Y nosotros lo buscábamos en el patio para contarle nuestras historias. Eso sí, había que hablarle despacito y con claridad. Yo creo que lo hacía un poco por enseñarnos y otro tanto para darnos importancia. Entonces, se inclinaba amablemente, cerraba los ojos, y al fin nos escuchaba con sumo interés, disfrutando cada palabra. Decía que un mago le había enseñado a convertir en rica miel los secretos que las abejitas zumbonas depositaban en su oído.

-Quien no tiene un secreto no tiene nada, ¿eh, Daniel? Aunque los secretos… si son pequeños pesan menos y se vive mejor –así se quiso despedir de mí el verano que abandoné el pueblo para continuar estudiando en la capital. Luego viví en Estados Unidos. Lo cierto es que durante muchos años me olvidé del pueblo, que se alejó hasta quedar oculto entre las brumas, y nunca más volví a ver al maestro verdadero de mi segunda colección de Cuentos Secretos, escritos sin prisas y a corazón abierto, tal como él me enseñó.

El último cuento, “La Vida Oculta”, en el que aparece la anciana obsesiva que necesita escribir antes de acostarse para poder conciliar el sueño, porque primero escribe lo que quiere soñar y luego se duerme plácidamente para soñarlo; y en sus sueños habla y habla con su esposo o con una vecina o su loro fallecido cuatro años antes, lo mismo le da, a todos los ama por igual; esta historia no es mía, es de Don Roque.

Fue el día en que creí haber perdido a mi ardilla y él se puso de mi lado. Me defendió hasta el final. Logró convencer a todos los chicos de la escuela, grandes y pequeños, de que Piña existía y había que encontrarla. Pasamos la tarde entera buscándola en el bosque. Él era el que con más fuerza gritaba su nombre. Al anochecer, se dio por vencido y aceptó que Piña no volvería tan fácilmente. Don Roque, entristecido y cansado, me acompañó a casa y me abrió la puerta más grande y más hermosa que he cruzado: la escritura.

-Si escribes todo cuanto recuerdas de Piña ella volverá.

Esa fue la primera vez que me senté a escribir, para entenderme, para soportar la pena, para recuperar a una amiga, para seguir viviendo. Esa misma noche soñé con ella, la vi tal como era. ¿Qué más les puedo contar?

Miryam Gallo

16 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La reina valiente

Voy a contarte mi historia, y espero que Dios me dé oportunidad de demostrar mi inocencia.

Yo era la reina de un próspero y feliz reino, pero algo maligno ocurrió.

Mi primer hijo nació sordo, el segundo nació mudo y el tercero era tan feo que parecía un pequeño monstruo. Ninguno podría reinar.

Mi esposo me culpó de su desgracia y me acusó de infidelidad: aseguraba que le había sido infiel con alguno de sus súbditos. Ordenó que me desterraran.

Ahora vivo en esta cabaña en medio de este hermoso bosque. Cuando me miro en el lago me veo vieja y ajada, ya no sé cuánto tiempo ha pasado.

Oigo que alguien llora –por aquí nunca pasa nadie- miraré con cuidado. Es un muchacho. Me acerco. Mi corazón ha dado un vuelco: es mi hijo.

-¿Quién eres y por qué lloras? –le pregunto.

-Soy el hijo pequeño del Rey y lloro porque soy muy feo y todo el que me ve se asusta.

-Yo te puedo ayudar, pero tienes que hacer exactamente lo que yo te diga. Toma este trocito de cristal; con él tu padre, durante cinco noches, tiene que hacer un pequeño corte en tu cara y la sangre que mane la guardará en este frasquito. Pero sólo puede hacerlo él, nadie más.

-Él no querrá hacerlo.

-Tú insiste y ten confianza en mí.

Han pasado las cinco noches, confío en que haya ocurrido el milagro y pueda encontrarme con mi esposo, aunque no me reconozca.

-Mujer, te estoy muy agradecido por lo que has hecho con mi hijo. Pídeme lo que quieras: te lo concederé.

Decididamente, mi esposo no me ha reconocido.

-Sólo quiero que utilices el trocito de cristal que le di a tu hijo y te hagas un corte donde tú quieras, pongas la sangre en este frasquito y los dos se los des a tu médico y que él te diga lo que ve.

Con esta prueba quiero demostrar a mi esposo mi inocencia y a la vez castigar su injusticia.

Por fin soy feliz, estoy con mis hijos y he perdonado a mi esposo.

Y aquí termina mi historia…

Dolores Martín Ferrera

16 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La caja de los sueños

El sereno no podía dar crédito a lo que estaba oyendo mientras intentaba leer el periódico en la esquina de la barra. Se acercó un poco más hasta que pudo intervenir en la conversación de aquellos cuatro hombres que sigilosamente comentaban lo que estaba planeando Egolio, el gobernante del país. En el bar, además de los cuatro hombres escorados en la barra, una mujer sola, sentada en una mesa, miraba frecuentemente su móvil y la puerta. De cuando en cuando se acercaba la taza de café a la cara sintiendo su aroma con los ojos entrecerrados. Después de tomar un pequeño sorbo la dejaba de nuevo en la mesa para volver a centrar su atención en el móvil y la puerta. Al fondo, en la esquina de aquel acogedor local decorado con la mezcla de los más variados estilos, armonizado con música chill out,  desentonaba una familia celebrando el cumpleaños de un niño perretoso y que sólo pretendía aguar la fiesta.

-Buenas tardes -dijo el sereno, añadiendo una sonrisilla de déjameentrar-. ¿Cómo pueden hablar así de Egolio? No es justo. Puede que sólo se trate de un bulo.

Lo miraron; unos negando con la cabeza, otros con gesto de incredulidad.

-No. No es un bulo -se atrevió a decir el más alto-, es tan real como que la llave desapareció hace una hora de su sitio, no tardará mucho en hacerse con la caja. Si no, pregúntale a aquella mujer -desafió mientras señalaba a la joven, que parecía haberse percatado del gesto, levantándose sobre la marcha para dirigirse hacia la puerta.

El sereno quiso preguntar qué tenía que ver aquella mujer con Egolio, pero reaccionó y decidió caminar deprisa y simular un tropiezo con ella. La guapísima joven perdió el equilibrio y el bolso se le cayó desparramándose por el suelo. Todos los ojos del bar se quedaron abiertos como platos y clavados en la cajita.

Pepa Marrero

 

 

10 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La rosquilla

Pitusa es mi País, está rodeado de enormes montañas, en un hermoso valle.

Mi pueblo siempre ha tenido un carácter alegre y feliz. Todo esto es debido a que nuestro Rey siempre nos ha facilitado la convivencia entre los vecinos.

Nuestro Rey es un hombre, corpulento, de cara ancha y espesa barba rubia. Es lo más parecido al Rey Melchor: tiene dos enormes hoyuelos a ambos lados de la cara y cuando ríe se le acentúan. Todo él emana bondad. Sin embargo, nos hemos enterado de que escondía un secreto en su jardín y nos fue desvelado gracias a un trovador que venía de tierras lejanas.

Cuando esto ocurrió, yo era muy pequeñita y es la historia que contaban mis padres cuando nos íbamos a la cama a dormir, ahora se la cuento yo a mis hijos de la siguiente manera:

“Había una vez un Rey, que, para que su pueblo no sufriera los ataques de los terribles monstruos chapulis, utilizaba el polvo del interior de un fruto que crecía en su jardín, este fruto tenía el poder de dormir a las personas, de tal manera que cuando los chapulis –que se alimentaban de personas en movimiento- bajaban a Pitusa, se encontraban a todos durmiendo. Un día el Rey, alertado por su guardia de que los chapulis se acercaban, corrió a lo alto de la torre con la intención de soplar la fruta, con tan mala suerte que un cambio de viento le durmió a él también. Según cuenta el trovador cuando vio el árbol pensó en las rosquillas y dijo fuertemente: ‘Hum…, qué rico. ¡Rosquillas!’. Y, de repente, nos despertamos todos.”

Recuerdo que tardamos mucho tiempo en darle al pueblo su aspecto original pues, al estar tanto tiempo durmiendo, se había ido deteriorando todo.

El Rey compartió con nosotros su secreto del fruto de la rosquilla y ahora, aun sabiendo que existe la amenaza de los chapulis, no tenemos miedo porque sabemos que nuestro rey nos protegerá.

Alicia Rodríguez Verona

9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

La bella Judith

Siempre me llamaron la atención, casi hasta sentir envidia, esos jóvenes –en ocasiones incluso no tan jóvenes- que son capaces de perder la cabeza por una muchacha, de forma que un simple sentimiento es capaz de echar por tierra cualquier odio, prejuicio o convencionalismo, a veces todos ellos mamados desde la cuna.

Ahora que sostengo en mis manos la urna que contiene las cenizas de Karim, me veo en el deber de cumplir la promesa que le hice a este joven.

Hace muchos años entré a trabajar como jardinero al servicio de los Sherman, una familia que tiene una gran mansión al noroeste de la franja de Gaza.

Moisés Sherman es un rico comerciante de flores que, justo al lado de su gran casa, posee un enorme jardín que convive a su vez con multitud de invernaderos. En este lugar se pueden hallar los árboles y flores más exóticos de cualquier parte del mundo. Teniendo en cuenta el entorno desértico en el que se haya enclavado todo este vergel, no deja indiferente a quien otea desde las colinas más cercanas.

Judith, su hija, es una hermosa joven que siempre ha participado del gran amor que profesa su padre a las flores.

Suele trajinar durante gran parte del día por los jardines e invernaderos, e interviene con mano experta en las labores de transplante y poda, sobre todo en los arbustos de su predilección, los rosales, a los que se dedica con especial cariño y esmero. De ellos obtiene las rosas que usa como adorno tanto en su pelo como en sus aposentos.

Karim es un joven guerrillero palestino hijo de un rico comerciante, que abandona la comodidad de su familia por una lucha obsesiva, y que un buen día se acerca al jardín con propósitos aviesos, pues desde muy lejos la familia Sherman y su pequeño oasis se decantan como un claro objetivo; pero ocurre algo imprevisto: Karim ve a través de las rejas de seguridad a la hermosa Judith y, en ese momento, todas sus creencias y prioridades dejan de tener sentido.

Toma por costumbre acercarse a aquellas verjas, en ocasiones saltándoselas, sólo para poder observar de cerca a aquella hermosa mujer de la que únicamente sabe estar enamorado e impotente para declararle su amor.

Un buen día, sorprendo a Karim en el interior del jardín contemplando a la bella joven, y me doy cuenta al instante de lo que pasa con sólo mirar la cara del muchacho. Él va armado, y apenas en unos segundos puedo ver cómo la guardia lo apresa y reduce.

Antes de que los soldados se lo lleven, tengo la ocasión de hablar con él y conocer los motivos que le llevan a entrar en el jardín. Sabe perfectamente que le aguarda la muerte, pero sólo piensa en la forma de poder seguir estando cerca de la hermosa muchacha. Conmovido, le hago la promesa de hallarle un lugar en aquel jardín para que pueda estar cerca de la hermosa Judith.

Ahora llega el momento de esparcir las cenizas del joven Karim, y lo hago donde florecen los rosales.

Tengo el extraño presentimiento de que las futuras rosas que adornen el cabello de Judith serán diferentes, de un color distinto al de cualquier flor que jamás haya existido en este jardín.

JCarlosGonzález

3 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Con un poco de mala suerte

Creyeron que podrían simplemente evitarme, pero se equivocaron. Cada exclusión me hacía hervir la sangre, y aquella fue la última. Pero algo en mi maravillosa venganza no salió del todo bien. Lo que hacemos siempre vuelve a nosotros.

En un día normal, yo estaba en el bosque atormentando a un iluso cervatillo. Justo en ese momento, escuché un murmullo de voces estridentes comentando lo que regalarían a la princesa Aurora en su bautizo. ¡A eso se debía tanto alboroto! ¡Las hadas llevaban semanas como locas! Si no deseaban que yo diese mi bendición a la princesita, entonces lo haría, le regalaría algo inolvidable.

Todo iba saliendo maravillosamente hasta que la entrometida Hada de las Lilas metió la varita en el asunto. La princesa Aurora no moriría. Prohibiendo los husos, el Rey pensó que había tomado una decisión adecuada. Pero, claramente, no fue muy efectiva: la curiosa princesita hizo realidad mi maldición y desde entonces el reino duerme.

He de confesar que observarlos, regodeándome en mi éxito, se ha vuelto mi mejor pasatiempo. De hecho, en estos momentos estoy agradeciendo al Hada de las Lilas que no me dejara matarla. ¡Cuán aburrida estaría ahora si no! Se percibe el eco de una pisada, alguien está subiendo la escalera principal. Estoy segurísima de que el Hada le ha ido con el cuento a un príncipe para despertar al palacio de su sopor. Ahí llega, tal y como imaginaba, un príncipe repulsivamente adornado, como revestido de espejos. Avanza hasta los níveos pies de la princesita curiosa. Son tal para cual, ¡una pareja repugnante! Tal vez con un poco de mi ayuda estén juntos para siempre…

Concentrándome en mi magia y en el poder adquirido en los últimos cien años, extiendo mis brazos y de las puntas de mis dedos fluyen miles de rayos plateados que se encuentran con el cuerpo del caballero andante. Pero por alguna extraña razón sigue despierto. ¿Qué ocurre? Alzo la mirada y me topo con mis somníferas lágrimas de luna, que atraviesan mi cuerpo mientras el sueño embota mi cerebro.

Esther Fernández Guerra

2 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Nostalgia

-¿Qué te sucede? –preguntó el lirio a la hierba fresca, y añadió-: Hace algún tiempo estás muy triste, sobre todo al amanecer.

-Siento nostalgia del forastero. Nunca olvidaré el calor de su cuerpo apretado contra mí. ¡Cuánto me gustaría saber de él! –exclamó la hierba.

 -Tal vez regrese algún día -respondió el lirio.

Lourdes Rojas

2 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

CAMILA

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Camila había sido raptada. No sabía qué iba a pasarle, pero presagiaba que nada bueno. Era hija de una familia adinerada y seguramente pedirían un gran rescate por ella. Y, si no lo conseguían, ¿serían capaces de asesinarla? 

Era una persona inteligente. Le dolía la cabeza de tanto pensar y pensar en una solución. Al fin, se le ocurrió algo. Era buena oradora, de algo tenían que servirle los años que estudió arte dramático.

De pronto, escuchó una fuerte discusión entre los captores. No podía esperar más, había que actuar de inmediato.

Aguardó a que viniese el cabecilla para poner en marcha su plan. Una vez que éste estuvo frente a ella y antes de que iniciara conversación alguna le espetó:

—Todos estamos nerviosos, deberíamos calmarnos, exaltarnos no nos va a servir de nada, todo lo contrario. Creo conocer el sistema que nos puede venir bien a todos, si usted está conforme podríamos empezar esta misma noche.

El líder de la banda le echó una mirada de pocos amigos, se le notaba cansado. No obstante, vio en su mirada asombro y curiosidad a la vez.

Una vez  Camila le expuso su idea, con el resto de los secuestradores merodeando por los alrededores, comenzó su relato:

-Se cuenta, y Dios es el más sabio, que, en la época antigua y en los tiempos que ya han transcurrido, existió un rey, perteneciente a la dinastía de los monarcas sasánidas, que reinaba en las islas de la India y de la China, Tenía un ejército, auxiliares, sirvientes y criados, así como dos hijos, uno mayor y otro menor. Ambos eran valientes caballeros, pero el mayor era mejor que el menor a este respecto. Reinó en el país, gobernó con justicia a sus siervos y fue muy querido por la gente de su país y de su reino…

Ana María Martín González

4 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

La biblioteca trotante

Quiero contarte que han pasado muchos años desde que dejé de ser uno de esos niños de grandes ojos redondos y barriga panzuda. Pero sólo hace poco supe que aquel duende que nos sigue encantado con sus relatos se llama Luis Humberto Soriano, y es un sencillo maestro de primaría que siente una arrebatadora pasión por la literatura.
Cuando el llevar relatos de aldea en aldea le pareció poco, se propuso la tarea de formar una biblioteca con patas, grandes orejas y cola. Creó la Biblioburro.
Empezó su biblioteca trotante con dos resabidos asnos: Alfa y Beto, quienes, con sus alforjas rebosantes de volúmenes, cabalgan su sabiduría por estas calurosas tierras caribeñas.
Soriano, con su sombrero vueltiao y sus zapatos rotos, es el duende libro que cruza veredas y arroyos, y que ahora, con la ayuda de sus orejudos libreros, recorre los polvorientos caminos, desparramando textos por las ramas del Dividivi.
Con su biblioteca andante, alegra las penas de los adultos sin infancia, y llena de goce la vida de los niños de estos tiempos.

Patricia Rojas de Leunda

20 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El quinto mandamiento

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Con motivo de su llamada, regreso por última vez a su estudio, el lugar donde todo comenzó. Recostado en el que fue su sillón, espero lo inevitable. Qué ironías tiene el destino: el final que yo prepare para él, es ahora el mío.

El día que le conocí, tuve la certeza de que también yo estaba llamado, diría más bien predeterminado, a ser un gran artista. Vicente era el pintor revelación del momento y se encontraba en la cúspide de su éxito. Por aquel entonces, mi madre era su mecenas, aunque las malas lenguas en cambio decían que eran amantes. Lo cierto es que de un modo u otro termine siendo su alumno. El tenía puestas grandes expectativas en mí. No en vano, mi progenitora era una reconocida crítica de arte y tal vez, solo tal vez, por este hecho pensó que yo había heredado alguna de sus aptitudes para la pintura. Pero Vicente fue perdiendo el interés de forma gradual y sencillamente se limitaba a delegarme trabajos de ínfima importancia, encargos que él detestaba realizar, alegando que “rebajan a cualquiera que se digne llamarse artista”. Esto me enfureció enormemente. Se burlaba ante mi propia cara y, en cambio, yo permanecía allí de pie, con mi enorme sonrisa tratando de disimular, lo que en el fondo deseaba hacerle. Me sentí tremendamente defraudado, él, que era todo un ídolo para mí,  se transformó de repente en un ser aborrecible.

Planeé todo con sumo cuidado. Aunque, debo confesarlo, en el fondo fue el mismo Vicente, quien, sin percatarse de ello, me dio la idea. Cuando acudí por primera vez a su estudio y después de una larga charla, mencionó, creo recordar, cinco o tal vez seis normas que todo pintor debía respetar. Normas que bajo ningún concepto debían pasarse por alto, por las trágicas repercusiones que esto traería.

Nunca utilices un pincel que pertenezca a otro pintor. Pero sobre todo nunca uses el de un muerto. A todo gran artista, se le debe enterrar con su pincel.

No pude menos que soltar una carcajada y decirle:

-Bobadas, Vicente. Eso son misticismos y leyendas sin sentido.

Pero Vicente pasó a relatarme un hecho confirmado, y según él, registrado en no recuerdo qué libro, sobre lo ocurrido a un aprendiz que pasó por alto esta advertencia. Aquel acontecimiento causó muchas desgracias,  pues todo cuanto pintó terminaba por desaparecer. Edificio que pintaba, edificio que desaparecía. Lo mismo le pasó a todo ser vivo que retrató: nunca más se supo de ellos. Por último, él mismo fue victima de su arrogancia, pues antes de conocer las consecuencias se había autorretratado. Conociendo esto, y con la ayuda de un hábil marchante, obtuve el pincel de un famoso artista recientemente fallecido, de similares características al usado por Vicente. Una vez intercambiados los pinceles, todo lo demás sucedió con tremenda rapidez.

Mi intención era que Vicente sufriera y que pagara por el daño que me causó; pero, tristemente, siempre existen victimas colaterales. Aunque las primeras desapariciones pasaron inadvertidas, el resultado final fue devastador. Los siguientes en esfumarse fueron algunos de sus clientes más importantes, más tarde los pocos amigos que tenía y por último la pérdida más dolorosa para ambos, mi propia madre. Esto último nunca debió suceder. Pero al fin lo vi sufrir. Vicente cayó en una angustia tal que terminó recluyéndose en su estudio, y abandonó por completo lo que más amaba: la pintura.

Sólo me restaba contarle que yo era el causante de todas sus desgracias. Se encontraba recostado en su sillón, abstraído y taciturno, sosteniendo una copa en su mano. Le confesé cómo lo había fraguado todo. Él levantó vagamente la mirada, para, acto seguido, apartarla con un gesto de desprecio.

 Nada supe de él hasta hoy, cuando recibí su llamada telefónica y dijo que era urgente que me personase en su estudio, que no le quedaba nadie más a quien acudir. Una vez allí, observo cómo la oscuridad cubre el estudio, y solo un leve resplandor se abre paso a través de las abultadas cortinas. Vicente amaba la luz del sol. El efecto que ésta produce en los cuadros era algo que le fascinaba; por ello había desistido en instalar luz eléctrica en el estudio. Al apartar las cortinas, el resplandor del sol me ciega por unos instantes, tras lo cual lo veo junto a su sofá, desparramado por el suelo, frío e inerte. A su diestra, un cuadro que permanecía cubierto, con una nota dirigida a mí, que dice: “Te dejo esta última obra, que tan solo tú podrás apreciar.” Dejo caer la tela que lo cubre, y cuando por fin lo contemplo, siento como si se detuviese todo a mi alrededor. El silencio queda ahogado por el sonido acelerado de mis latidos y el temblor que producen mis manos. Me desplomo en el que fue su sillón y admiro aterrado la inmensidad de su obra. Es mi imagen, es mi retrato, el que plasmó en el cuadro. Y entonces lo comprendo todo. Cuánta razón tenía Vicente: solamente yo sabría apreciarlo, apreciar su venganza. Ahora sólo me resta esperar lo inevitable.

César Socorro.

31 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

La muerte y el militar

El retrovisor me decía que la cola de coches se perdía en la distancia y mi olfato que seguiríamos parados un rato largo. Un chico joven salió de entre los coches pidiendo ayuda.

-¡Un médico! –gritaba. 

 Salí del coche, con mi maletín de trabajo. No pude hacer nada por aquel hombre, más que intentar traerlo una y otra vez. La ambulancia llegó demasiado tarde. Cuando volvía a mi coche, bastante abatido, la verdad, vi a un tipo con un traje negro. Me miraba con cara extraña, le dije que no se inquietara, que estas cosas pasaban. Me respondió que no era inquietud lo que sentía, sino sorpresa, pues había venido a por aquel hombre y tenía el encargo de ir a por esta noche a la ciudad de Bagdad. Le miré confuso y volví a mi coche, el tipo de negro había desaparecido. Entonces caigo en la cuenta, abro mi equipaje. Ahí está, el billete de avión junto a la notificación oficial, órdenes de unirme al destacamento destinado en Irak.

Cesáreo Pérez Navarro

30 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 7 comentarios

ALAS DE DISTURBIOS

Octavio desconectó el móvil. Estaba estresado, no quería saber nada más del trabajo. El domingo sería distinto, retomaría el ritmo y a primera hora viajaría a Madrid para enlazar con los diferentes vuelos que le llevarían a Oriente Próximo.

Volvió a leer el correo enviado por el jefe con las instrucciones para su próximo trabajo. Eran precisas y definitivas, sin darle opción a rechistar, así que ahora  era la ocasión de desconectar y relajarse para ponerse las pilas en su momento.  

Miró el reloj de pared. Aún tenía tiempo de bajar a Las Canteras y darse un chapuzón. Levantó la persiana y miró a lo lejos. Frente a él, bajo un cielo de destellante color celeste, se erguía El Teide, el volcán que parecía descansar sobre un lecho de mar.

Se puso el bañador y se echó la toalla por los hombros, bajó las escaleras con las esclavas puestas y saludó al portero a la entrada.

Ya en la arena hizo unas cuantas flexiones antes de meterse en el agua. Esto era lo que realmente necesitaba cuando se encontraba en tensión. Nadar un rato y luego tomar unas cervezas y un par de tapas en el bar de la esquina. Era como si se tomara un tranquilizante.

Según lo previsto, el domingo a primera hora salió de Gran Canaria.  Llegó de noche al hotel y se instaló en la habitación reservada. Preparó todo el material para salir  temprano al día siguiente. Su cámara digital, provista de las últimas tecnologías, la grabadora que su padre le regaló por Reyes, el tomavistas, el bolígrafo y el  cuaderno para notas… Lo metió todo en la mochila junto con algo de ropa y sacó el portátil para mirar sus correos. Tenía dos. Uno del jefe de redacción: le recordaba pasar la información puntualmente y no correr riesgos innecesarios. El otro era de Gloria que le proponía un paseo por la playa aquella noche. Qué lejos estás de saber dónde me encuentro, querida Gloria –pensó.

Apagó el ordenador y decidió bajar al bar a tomar una copa antes de acostarse. Cuando salió del ascensor le llegó el sonido de música suave de piano. En un rincón del salón el pianista arrancaba melodías al instrumento cuyas notas  se perdían en el aire. Quién diría que en aquel momento, a varios kilómetros del hotel, las bombas interpretarían otra música en un escenario cargado de violencia y masacre –pensaba Octavio mientras se dirigía con paso decidido al bar-. Y el ruido de los proyectiles, ¿no parecerían campanas que doblaban a los muertos?

Sentado a una mesa reconoció a John Murray, corresponsal de un afamado periódico británico. Se acercó hasta él y le tendió la mano:

Hi, John, how are you?

-¡Hi, Octavio! I can’t complain. ¡Qué sorpresa! No esperaba verte por aquí. ¿Cuándo has llegado?

-Esta misma noche. Mi jefe ha tenido la deferencia de volver a enviarme aquí a preparar un reportaje para la televisión… Me alegro de verte, John. Te voy a aprovechar para que me pongas al día de los últimos acontecimientos de esta guerra estúpida.

 -Ok, pero no ahora. Quiero cambiar el chic. Hoy ha habido mucho movimiento, nuevos bombardeos, ¿comprendes? Necesito pensar en otra cosa para poder dormir esta noche.

Haciendo caso omiso de las advertencias de sus superiores, Octavio se acercó peligrosamente a la Franja de Gaza acompañado por su amigo John. Los aviones israelíes sobrevolaban la zona, aparentemente en tarea de inspección. Sin embargo, pronto se escuchó el ruido ensordecedor de una explosión, luego otra y varias más. Los aviones estaban bombardeando los alrededores de la ciudad. A lo lejos, las nubes de tierra y cenizas se elevaban rápidamente hacia el cielo convirtiéndolo en una gran bóveda teñida de negro.

El pánico se apoderó de ellos. Se encontraban en el lugar apropiado para su objetivo y además en el momento oportuno, pero demasiado cerca del escenario del conflicto. Sus vidas peligraban, debían buscar un refugio pronto. Utilizaban los prismáticos de largo alcance y observaban cómo, fuera de uno de los edificios alcanzados, se materializaban los cuerpos de unos niños que huían despavoridos hacia ningún lugar. Los menos afortunados quedaron dentro, sus cuerpos mutilados, sus vidas quebradas como capullos de rosas que no llegarían a florecer.

Los dos amigos cruzaron miradas de angustias. ¿Qué podían hacer?

Nada. Sin embargo, en sus mentes quedarían grabadas para siempre las imágenes de aquellos rostros ennegrecidos por las escorias del bombardeo en los que se reflejaban el horror y la muerte.

Había cumplido con creces su cometido. Pronto enviaría el material a Gran Canaria  para su preparación y divulgación.

Notó que el cielo se hinchaba de dolor como su alma. Continuaría trabajando con aquel sabor acre en la boca. Cuando regresara a la isla recibiría las felicitaciones de sus compañeros y el reconocimiento de sus jefes por un buen trabajo. Pero, ¿quién le daría el remedio para sus pesadillas, quién le daría el remedio para serenar su alma…?

Isabel Santervaz

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

Mensaje enviado

 

Había vendido su alma al Diablo.

Justo en el instante en que se había fijado en él (en Manuel, quiero decir, no en el Diablo), se había propuesto conquistarle y abrir su corazón. No se dio cuenta de la evidencia, hasta que ésta demostró lo equivocada que estaba.

Se conocieron en una discoteca en la primavera del 2005. Ella era, definitivamente, impresionable. Él creía estar a vuelta de todo.

Bailaron, bebieron y se tocaron el culo. Fue un acercamiento de lo más inocente, pero a ella se le encendieron las alarmas y todas las mariposas del Universo fueron a dar a su estómago, para reafirmar los tópicos más horteras. Él le dijo que era preciosa y ella se imaginó teniendo hijos con él, criándolos en un chalet en la sierra, que se habían podido permitir gracias a un trabajo muy bien remunerado que él consiguió en un golpe de suerte. Un grandioso golpe de suerte, no hubiese podido ser de otra manera. Él le dijo que ya se verían por ahí y ella convenció a sus amigas para acabar coincidiendo dondequiera que él estuviese.

Así estuvieron un mes, lo que según las reglas tácitas de la noche se tradujo en cuatro salidas de ridículas borracheras, erecciones estériles y amigos molestos. Aún así, persistía en la tarea de conquistarle. A pesar de los consejos, las advertencias, y las luces de neón que giraban sobre la cabeza de Manuel, que le pedían que salvara su vida. Llegados a este punto, ni quería escuchar ni quería leer las señales. Porque para ella la única verdad era que estaba en el camino de conseguir que aquel tipo se enamorara de ella. “Aquel gilipollas”, pensó.

Se convirtió en la callada sombra de Manuel, convencida de que ella tenía el papel dominante. En su cabeza, ella dirigía la orquesta. En el día a día, era como si un niño intentara hacer lo mismo con un palo. Eso lo supo luego. Demasiado tarde.

Follaba con Manuel en cualquier lugar, en cualquier momento, siempre que él quisiera, y ella le dejaba hacer, por si acaso perdiese el interés y no quisiera volver a verla. Alguna vez llegó a pensar que disfrutaban más si no se miraban a la cara.

Se entregaba con sincera pasión y estaba convencida de que cada paso que estaba dando era un paso más hacia la vida eterna a su lado. Manuel continuaba con sus escarceos y sus desplantes, pero éstos la alentaban aún más en la batalla.

Al cabo de otro mes, sólo sentía un terrible vacío y un continuo sabor a tabaco y alcohol en la garganta. Fue entonces cuando volvió a fumar.

Ahora evitaba verlo de marcha porque temía encontrárselo. El alcohol, o acaso las drogas, provocaban que la insultara y la humillara, largándole cualquier estupidez sobre fidelidad, condones y moralidad; en realidad, cualquier cosa que le recordara que era ella la que hacía que la relación –si la había- no funcionara y que, al final y al cabo, no le sorprendía, mujeres como ella conocía a millones.  Y ella se sentía cada vez más pequeña y cada vez más en sus redes. Así que esperaba a la mañana siguiente, no a que se disculpara, porque no lo hacía; pero Manuel siempre tenía una excusa: “No me acuerdo de nada. Bueno, algo de verdad hay, pero me gustas, a pesar de todo”.

A pesar de todo. ¿A pesar de qué?

Las cosas continuaron de la misma manera un mes más. Sin embargo, se veían en casa de Manuel y nunca durante el fin de semana. Fornicaban, hablaban poco, comían algo y se marchaba antes de que le pidiera que se fuera. Mil veces se repitió que era la última vez que iba.

A estas alturas de la historia ya sabía que había perdido, que Manuel nunca se enamoraría de ella y que sería ella, posiblemente, la que sufriría la ruptura, porque le faltaban cojones para decirle que se fuera a la mierda.

Una noche se quedó a dormir. Figuradamente. No pegó ojo, pensando en lo maravilloso que era estar a su lado. Compartiendo la cama para algo más que para joder. Por la mañana la situación fue tan desagradable, que prefirió no volver jamás a repetir la experiencia. Por otro lado, estaba agotada por la falta de sueño.

Un año después de que se conocieran aún seguían viéndose cada semana. Ella no veía a nadie más. Él tuvo alguna que otra historia que le pareció más que un capricho, pero siempre volvía a ella. Eso quizá era una victoria dentro de la vida miserable que había decidido vivir.

Esa mañana se había despertado con el sonido del móvil al recibir un mensaje de texto. Era Manuel. Quería verla esa tarde. Hacía diez días que no sabía nada de él y ella le había dicho a su mejor amiga la tarde anterior que era mejor así. Que ya podía seguir adelante.

“OK.A 19 DNDE SIEMPRE.BSO”

Mensaje enviado.

Cande Pons

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

El poder del baúl

 

Yusuf hablaba rápido. Tenía la facilidad de enlazar una historia tras otra. Lo conocí la primera noche. Al amanecer, me preguntó:

-¿Por qué haces el viaje?

Elevé mis hombros, no lo sabía. Mi hermano y mi primo al cumplir los quince años se marcharon.

Ese día, mi madre preparó cuscús con cordero y mi padre se vistió con la chilaba del ramadán. Me lo dijo mientras servía el té.

-¿Cuándo? -pregunté.

-El martes.

La primera noche es fría, nos recomiendan ponernos toda la ropa de abrigo. Me acerco a Yusuf y apoyo mi cabeza en su hombro. Amanece,  veo  por primera vez los ojos de Yusuf, tiene miedo. Nos entretenemos contando los delfines que nos acompañan. Me duelen las piernas, tenemos poco espacio para estirarlas. Cae la segunda noche, Yusuf llora. El patrón dice que mañana estaremos en Europa. Transcurre la mañana, la tarde y la noche, seguimos en el mar.

Yusf tiembla, tiene fiebre. Se recuesta en mis rodillas y balbucea palabras que reconozco porque pertenecen a sus historias. Se despierta y me sonríe:

-El baúl Peng nos viene a buscar para llevarnos a Europa.

Noticia

“Naufragio de una patera en la tarde de ayer frente a las costas de Lanzarote. Ya se han confirmad, al menos, 21 víctimas mortales. Los únicos supervivientes son dos adolescentes que consiguieron protegerse gracias a un baúl que les sirvió de balsa.”

Delia Martín Cubelo

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario