Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Microrrelatos

Incomprendidas

 Aliviadas porque al fin un barco había atendido a sus advertencias y se alejaba de las peligrosas costas de su isla, dejaron de chillar. Entretanto, aún atado al palo mayor de su nave, Ulises imploraba a su tripulación que pusieran rumbo hacia aquella isla desde la que lo llamaban los cantos de las sirenas.

Paradoja espaciotemporal

Estaba convencido de que le darían el Nóbel de Física por haber sido el primero en demostrar que se podía viajar en el tiempo. Por eso, le extrañó no encontrar su nombre en la Wikipedia, cien años después de su hazaña.

Descubrió el motivo demasiado tarde. Justo en el momento en el que, al visitar su pasado, la máquina del tiempo –casi dos toneladas de hierro, aluminio y acero– se materializaba en el lugar que ocupaba la cama en la que dormía plácidamente.

Puñaladas

El forense dictaminó que había muerto desangrado a causa de cinco puñaladas que le atravesaron el corazón. La investigación posterior logró identificar las últimas palabras de su amante –“Me voy. Nunca te quise”– como las armas homicidas.

Ruymán J. Jiménez

21 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Obituario

El señor Aníbal Malanoche, alcalde vitalicio de la aldea de Amaranto, murió ayer en la paz de su hogar, tras sufrir un repentino ataque cardíaco.

Nacido en el seno de una familia humilde, Aníbal Malasombra, fue un hombre que se hizo a sí mismo. A pesar de ser el menor de trece hermanos, ya desde niño apuntaba maneras de tirano y todos los que lo conocieron en esos años coinciden en definirlo como el mal hecho persona.

Hijo de un terrateniente alcohólico venido a menos y huérfano de madre desde el día de su nacimiento, Malanoche abandonó los estudios y el pueblo de Amaranto a la edad de doce años, si bien en los seis años anteriores apenas se le vio por la escuela, ya que prefería matar el tiempo arrojando gatos al río, disparando con su tirachinas a los nidos de los gorriones o bañando los rabos de los perros en petróleo y prendiéndoles fuego.

Poco se sabe de su vida entre los doce y los veinticinco años, momento de su regreso a la aldea, aunque se rumorea que tuvo mucho que ver con las sangrientas revueltas anarquistas que asolaron la capital del estado en esos años. A su regreso, dueño ya de un importante capital, de dudosa procedencia, consiguió que su padre lo nombrara único heredero de todas sus tierras, lo que le supuso la enemistad de todos sus hermanos.

Días después de haber firmado el testamento, encontró a su padre colgado de la higuera que presidía el patio trasero de la hacienda familiar. Horas más tarde, el cuerpo de su hermano Asdrúbal, que había amenazado con impugnar el testamento, fue encontrado flotando en el río. Sus once hermanos restantes fallecieron en extrañas circunstancias durante la no menos extraña epidemia de gripe que azotó la aldea un año después.

Lejos de dejarse impresionar por tan adversas circunstancias, Aníbal Malanoche fundó la sección local del Partido Liberal, con el que obtuvo la alcaldía de Amaranto, al amañar las elecciones del año siguiente. Su primera medida fue nombrarse alcalde vitalicio.

Aníbal Malanoche se caracterizó por gobernar Amaranto con férrea disciplina, apropiándose de las tierras, ganados y cosechas que le venían en gana y sofocando las protestas que sus acciones provocaban con mano dura y fusilamientos en la plaza de la iglesia.

Se calcula que, a lo largo de casi un siglo de vida, Malanoche se hizo con la propiedad de casi el 85 por ciento de las tierras de Amaranto y acumuló la segunda mayor fortuna del país. Para ello, no le importó robar, extorsionar o hacer asesinar a todo aquel que se interpusiera en su camino. Su mayor frustración era que, a pesar de haber reestablecido el derecho de pernada en los territorios bajo su jurisdicción, jamás consiguió tener un hijo.

Tras su muerte, el Ayuntamiento de Amaranto, que presidía desde los veintiséis años, decretó tres días de luto.

A lo largo de la jornada de ayer, la práctica totalidad de los habitantes de la aldea se acercaron hasta la capilla ardiente para comprobar con sus propios ojos que el tirano ha muerto. Convencidos del feliz acontecimiento, se lanzaron a las calles del pueblo para celebrar la mayor fiesta que se recuerda en toda la historia de la localidad.

El señor Aníbal Malanoche falleció, sin dejar descendencia, a los 99 años y 364 días de edad en el pueblo de Amaranto.

Ojalá se esté quemando en el infierno.

Ruymán J. Jiménez

9 junio 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

LA CHICA DEL 4ºC

–La consulta está en el 4ºC. Por favor, no tardes.

Eso era todo lo que le había dicho su mujer cuando le telefoneó para pedirle que fuera a recogerla porque se encontraba mareada por culpa de la anestesia –acababa de hacerse un empaste–  y no se sentía capaz de regresar a casa, sola, en el metro.

El dentista, uno de los pocos con consulta abierta en agosto, tenía el despacho en la esquina de la calle Campoamor con Génova, muy cerca de la plaza de Alonso Martínez. El edificio, de piedra gris con balcones de hierro forjado y altas ventanas acristaladas de madera blanca, le recordó a otro de la cercana calle Fuencarral, casi al lado de la glorieta de Bilbao. Aquel en el que había vivido sus únicos años felices.

Aunque ya llevaba más de seis meses en Madrid, el mismo tiempo que hacía que ocupaba un importante puesto ejecutivo en una consultora norteamericana, apenas había pasado por el barrio de su infancia. Ahora que trabajaba en una de las torres de Azca, la vida se le iba entre su despacho del paseo de la Castellana y un exclusivo ático en el barrio de Salamanca.

Regresar a Madrid, veinte años después, había supuesto el reencuentro con una vida suspendida desde aquel fatídico mediodía, recién cumplidos los quince años, en el que el mundo se derrumbó a su alrededor, arrastrando su inocencia entre los escombros.

Sin embargo, eso no lo supo hasta que entró en un edificio de la calle Campoamor, tan parecido a otro de la calle Fuencarral que, si no fuera porque el cuarto de la portería estaba a la derecha en lugar de a la izquierda, habría jurado que se trataba del mismo.

El asfixiante calor de la tarde cedió al frescor del vestíbulo, igual al de aquel en el que tantas veces se había refugiado para recobrar el aliento antes de subir a casa, tras haber corrido junto a sus amigos desde la Gran Vía bajo un sol de justicia. Cruzó el corto pasillo y llamó al ascensor. El familiar repiqueteo de los contrapesos en el hueco de la escalera le indicó que el aparato ya descendía, hasta que se detuvo con un ruido sordo. La puerta se abrió y se hizo a un lado para dejar salir a una señora y su nieta, una chica de largo pelo rubio recogido en una cola e intensos ojos azules que, por un instante, le hizo creer que había retrocedido dos décadas en el tiempo y se trataba de ella.

Su turbación fue tal que, una vez dentro del ascensor, en lugar de pulsar el botón del cuarto piso, estuvo a punto de apretar el del sexto, su planta en aquel otro viejo edificio de la calle Fuencarral.

Hacía mucho tiempo que no pensaba en ella, pero seguía recordando cada detalle de su corta e intensa relación. La primera vez que la vio, también salía del ascensor. Acababa de mudarse a casa de sus abuelos, el 4ºC, ya que sus padres habían conseguido trabajo en un hotel de la costa levantina. Debían de tener más o menos la misma edad, aunque su melena dorada –que solía llevar recogida en una larga cola–, la picardía de sus ojos, tan azules como el cielo de la sierra en un día sin nubes, y las formas de mujer a las que su cuerpo de niña empezaba a dar paso, hacían que pareciera un par de años mayor.

Desde que se conocieron, congeniaron muy bien. Llevada de su mano, muy pronto se integró en la pandilla. Poco importaba que fuera la única chica, porque, a pesar de su innegable condición femenina, era la primera en proponer y encabezar las mayores gamberradas que se les podían ocurrir a una docena de niños de catorce años.

Quizá fue precisamente esa mezcla de coquetería femenina y espontaneidad infantil, inconscientemente desplegada en íntimas conversaciones mientras volvían, los dos solos, al viejo edificio de la calle Fuencarral después de sus correrías en la plaza del Dos de Mayo o ver alguna película en la sesión de tarde de los Cines Callao, la que hizo que se enamorara, calladamente, por primera vez en su vida.

Ante ella se sentía igual que un pobre mortal al que hubiesen permitido contemplar de cerca a la diosa Afrodita sin merecer de ella más que una simple mirada condescendiente. Durante mucho tiempo se sintió satisfecho sólo con ser su amigo y estar a su lado. Probablemente, nunca habría logrado reunir el valor suficiente para confesarle sus verdaderos sentimientos si un asfixiante mediodía del mes de agosto, al volver de hacer unos recados, no se la hubiese encontrado en el frescor del vestíbulo, cargada con una bolsa de viaje, a punto de salir hacia Benidorm para pasar quince días de vacaciones junto a sus padres.

Vestida con aquel traje estampado de flores rojas y amarillas que apenas cubría la mitad de sus muslos, era un ser irresistible. En un arrebato, casi sin pensar y aunque le costó encontrar las palabras, consiguió soltar de un tirón todo lo que sentía por ella. Todo lo que había sentido desde el momento en que la conoció, apenas once meses atrás.

Mientras hablaba, notó cómo ella iba bajando la vista, mientras entrelazaba coquetamente sus dedos y un ligero rubor se asomaba a sus mejillas. Terminó de hablar. Ella seguía mirándose las manos. Cuando empezaba a arrepentirse de la estupidez que acababa de cometer y sus ojos comenzaban a brillar, cercanos a las lágrimas, la chica levantó la cabeza, lo miró a la cara y compuso una radiante sonrisa.

–Ya pensaba que jamás me lo pedirías –dijo mientras le dedicaba una mirada pícara y acercaba su cara a la de él.

En el momento en que sus labios se rozaron y sintió su tibia piel rodeando su espalda, notó cómo todo el vello de su cuerpo se erizaba y deseó quedarse a vivir para siempre en ese instante.

Sin embargo, el ruido del ascensor rompió la magia. Rápidamente separaron sus cuerpos y lograron recobrar la compostura instantes antes de que el abuelo de la chica apareciera por el hueco de la puerta recién abierta.

Los acompañó hasta el coche, donde se despidió de la que ya era su primera novia, esta vez con un casto beso en la mejilla.

–Te estaré esperando en la puerta –acertó a decir mientras el destartalado coche del abuelo se alejaba calle Fuencarral abajo, mientras pensaba en que esas iban a ser las dos semanas más largas de su vida.

Apenas perdió el coche de vista, subió corriendo los seis pisos por las escaleras, presa de la excitación y rebosante de felicidad. Deseaba con todas sus fuerzas que esa sensación nunca acabase. Al entrar en su casa, con el corazón desbocado, en parte por la emoción y en parte por el esfuerzo, se encontró a su abuela llorando desconsoladamente. Su abuelo se acercó a él y lo abrazó, mientras le decía algo de que sus padres habían sufrido un accidente de tráfico esa mañana y habían muerto.

Los siguientes días –el entierro, las condolencias, la despedida de los amigos, la mudanza…–  quedaron borrosos en su memoria. Cuando quiso darse cuenta, habían pasado casi dos semanas y estaba en Lugo, en casa de los abuelos, donde ya nada fue igual.

Al cumplir dieciocho años, vendieron el piso de la calle Fuencarral. Con el dinero se pagó la universidad y un máster en Estados Unidos. A ella, nunca la volvió a ver.

Una pequeña sacudida y el ruido sordo del ascensor al pararse, lo devolvieron a la realidad. Al acercarse al 4ºC, vio a su mujer esperándolo junto a la puerta y lamentó que no fuera ella.

Ruymán J. Jiménez.

7 junio 2009 Posted by | Sin categoría | , | 3 comentarios

Heaven Airlines

Lo cierto es que no sé cómo llegué hasta allí. Aún no logro acordarme de si estuve en el mostrador de facturación ni recuerdo haber pasado por el control de seguridad. La primera imagen clara que tengo es la mía en una terminal que no conozco. Estoy delante de las pantallas de información, bastante nervioso, intentando averiguar la puerta de embarque de mi vuelo, mientras pienso en que lo primero que tengo que hacer cuando regrese es advertir seriamente a mi secretaria de que jamás vuelva a comprarme un billete en una compañía de bajo coste.

Aunque tampoco puedo culparla del todo. Este viaje no estaba previsto. Mi socio y yo llevábamos varios meses negociando la entrada de un inversor alemán en el capital de nuestra empresa. Aunque trabajamos en un sector muy rentable, necesitamos una inyección económica para seguir expandiéndonos. El caso es que, por culpa de la crisis, el alemán no parecía muy dispuesto a entrar en el negocio. Por eso nos sorprendió muchísimo cuando nos dijo que firmaría nuestra última propuesta, siempre y cuando uno de nosotros se reuniera con él en Berlín al día siguiente.

Con tan poco tiempo disponible, el único vuelo en el que mi secretaria encontró plazas libres era de una compañía de bajo coste. A primera hora de la mañana, tal y como habíamos quedado el día anterior, mi socio debió de dejarme en la zona de facturación del aeropuerto, aunque, como le digo, eso no lo recuerdo. Queríamos llegar temprano, porque esas compañías salen de la nueva terminal, esa que inauguraron el mes pasado, y yo nunca había estado en ella, pero, como siempre, íbamos con el tiempo justo.

Creo que por eso estaba tan nervioso mientras buscaba mi vuelo en las pantallas. Temía perder el avión y no llegar a tiempo de cerrar el trato. Miré mi tarjeta de embarque. Era el vuelo HEA733 de Heaven Airlines, con salida a las diez y diez. Hasta ese momento no me había fijado en el nombre de la compañía y me llamó la atención, porque nunca había escuchado hablar de ella. Tampoco me extrañó, ya que hay tantas líneas aéreas de este tipo, que uno nunca llega a conocerlas todas.

La puerta de embarque era la C7, que estaba en la otra punta de la terminal. Mientras atravesaba el edificio, me llamó la atención lo silencioso que resultaba. A pesar de que había mucha gente esperando sus vuelos, parecían no hablar entre ellos. Es más, ni tan siquiera se escuchaba el ruido de los aviones al despegar y aterrizar. Y todos sabemos el gran volumen de tráfico aéreo que soporta este aeropuerto, que se colapsa día sí y día también.

Cuando, al fin, llegué a la puerta de embarque, el empleado estaba anunciando la última llamada por la megafonía. Casi sin aliento, me acerqué hasta él. Me llamó la atención porque era un hombre de aspecto bonachón, pero de una edad muy superior a la que suele ser habitual en quienes desempeñan ese trabajo. Vestía un uniforme tan blanco y resplandeciente como la extraña luz que bañaba todo el recinto. La chapa que llevaba en la chaqueta ponía que se llamaba Pedro Santos. Lo recuerdo porque me dije que en cuanto saliera de allí iba a ponerle una denuncia ante la dirección del aeropuerto por lo que me había hecho.

Decía que todo el pasaje había embarcado ya y que el tal Pedro repetía la última llamada en el momento en que llegué a la puerta. Le entregué la tarjeta de embarque y mi documentación y me dispuse a entrar en el finger. Imagínese cuál sería mi cara cuando me dijo que había un problema, algo así como que aún no había llegado mi momento y que no podía embarcar.

Como es lógico, empecé a discutir con él. Con buenos modales, intenté explicarle el motivo de mi viaje; lo importante que era que estuviese en Berlín esa misma tarde, pero no quería escucharme. Se limitaba a repetirme una y otra vez que en ese vuelo no había una plaza para mí.

Algo más enfadado, le grité que en mi tarjeta de embarque ponía que tenía el asiento 6C confirmado, así que sí que había una plaza para mí. Traté de que entrara en razón. Yo no había llegado tarde y las puertas del avión seguían abiertas. No había motivo para que no me dejara entrar, pero se mostró inflexible.

Le juro que llegué a implorarle que me permitiera pasar, pero no atendió a mis razones.

Pero lo que me puso más furioso fue que, cuando ya llevábamos más de cinco minutos discutiendo, llegó una pareja a la que dejó pasar casi sin mirar sus tarjetas de embarque. Si no fuera porque sabía que tenía que estar en el despacho, habría jurado que el hombre era mi socio. Apenas habían cruzado el umbral del luminoso pasillo, el tal Pedro dijo algo así como que el vuelo ya estaba completo y, a pesar de mis protestas, cerró la puerta.

Te voy a denunciar, le grité, pero en ese mismo instante, la luminosa terminal se sumió en la más completa oscuridad.

Lo siguiente que recuerdo es haber despertado en este hospital, donde aseguran que tuve un accidente de tráfico y que nunca llegué al aeropuerto. Dicen que mi socio y la conductora del otro coche implicado fallecieron en el acto y yo, al parecer, estuve clínicamente muerto durante un par de minutos, pero lograron reanimarme. Sin embargo, estoy convencido de que debe haber algún error, porque sé que estuve allí.

¡No me mire como si estuviera loco! ¡Estuve allí!

Si no, explíqueme cómo es posible que encontrara en el bolsillo interior de mi chaqueta esta tarjeta de embarque que me asigna el asiento 6C en el vuelo HEA733 de Heaven Airlines.

Ruymán J. Jiménez

4 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios

Extraños aparentes

Se cruzó con él la mañana de un caluroso domingo cuando, en busca de un poco de brisa fresca, deambulaba sin rumbo por la atestada avenida de la playa. Era un tipo de lo más corriente. Una de esas personas con las que puedes encontrarte todos los días sin que repares en ellas. Sin embargo, algo –si le preguntáramos no sabría respondernos qué– hizo que se fijara en él.

Al observarlo más detenidamente, amparado por la multitud, notó una especie de conexión entre ambos, como si el resto de su vida dependiera de lo que hiciera aquel desconocido. Por ello, pensó en seguir sus pasos, observar a dónde se dirigía y tratar de averiguar algo sobre él. Para hacerlo, no tuvo que desviarse de su itinerario habitual, ya que el extraño parecía seguir su mismo recorrido.

Asombrado, vio que aquel hombre giraba en la esquina de su calle y no sólo entraba en su edificio, sino que se dirigía hasta el apartamento en el que vivía, de alquiler, desde hacía casi dos años y abría la puerta con su propia llave.

Intrigado y bastante nervioso, tocó el timbre de su apartamento. Instantes después, el desconocido le abrió la puerta. Sin poderse contener, le dijo que llevaba toda la mañana siguiéndolo, hasta que lo había visto entrar en su apartamento y le preguntó quién era y qué clase de broma era aquélla.

Desconcertado, el desconocido le respondió que lo que le contaba era imposible. Le dijo que era un escritor que llevaba casi dos años viviendo en aquel apartamento y, además, aquella mañana no había salido de casa. Desde muy temprano había estado trabajando en una historia en la que dos tipos corrientes se cruzaban mientras paseaban por la playa y uno de ellos, presa de una extraña atracción, se veía obligado a seguir al otro hasta su casa.

Ruymán J. Jiménez.

13 abril 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 4 comentarios

Analista de Mercado v2.0

 

 Al día siguiente no me molesté en ir a trabajar: sabía que me habían despedido.

Todo comenzó una semana antes, cuando X, presidente ejecutivo del Banco de Inversiones XX (dada la naturaleza de los hechos que voy a relatar y la importancia de las personas involucradas, omitiré sus nombres), me invitó a comer por sorpresa. Supuse que iba a hacerme una oferta de empleo –hasta hace dos días yo era el analista de mercado junior más brillante de YY Inversiones, su mayor competidor–, pero me equivocaba. La traición que X me propuso era mucho más oscura que dejar a quien me lo había enseñado todo sin el preceptivo preaviso con dos semanas de antelación.

De todos es sabido que Y, mi jefe y mentor hasta antes de ayer, estaba obsesionado por crear un programa informático que fuese capaz de predecir la evolución de los mercados financieros sin margen de error. Dos meses atrás, en los círculos financieros se extendió el rumor de que lo había logrado. Cuando se lo pregunté, me dijo que era cierto, pero que jamás lo usaría, ya que acabaría con el negocio al que había dedicado toda su vida. Añadió que había tomado medidas para evitar que cayera en malas manos, como protegerlo con una contraseña indescifrable.

X ya tenía una copia del programa. Lo que me propuso fue robar la contraseña a cambio de diez millones de euros en una cuenta secreta, abierta a mi nombre, en las Islas Caimán. Debía a Y todo lo que era, pero ante tantos ceros juntos y bajo los efectos de las dos botellas de vino que casi me había bebido yo solo, no pude decir que no.

Encontrar la clave con la que Y había protegido el “Analista de Mercado v2.0” fue sencillo. La tenía escrita en su agenda personal, que siempre dejaba encima de su mesa. Hace dos noches, cuando Y se marchó de la oficina, no tuve más que entrar en su despacho, como si fuese a dejar un informe, y copiarla.

Media hora más tarde, estaba en las oficinas del Banco de Inversiones XX. X insistió en probar el programa antes de ordenar la transferencia. Aunque el programa comenzó a funcionar tan pronto X tecleó el último dígito de la contraseña, un mensaje en la pantalla nos advirtió de que estábamos haciendo un uso no autorizado de “Analista de Mercado v2.0”. A los pocos momentos algo empezó a ir mal. Todas las predicciones que hacía eran erróneas, por lo que realizaba operaciones ruinosas. Y, siempre tan desconfiado, lo había programado para efectuar las peores inversiones posibles.

Cuando X se dio cuenta, intentó cerrar el programa, pero ya era demasiado tarde. En menos de treinta segundos, todo el capital de sus clientes –varios miles de millones– se había visto reducido a unos pocos cientos de euros. Tan fuerte fue la impresión que sufrió X al verse en la ruina, que cayó fulminado de un infarto.

Con la sensación de que muy probablemente había iniciado una crisis financiera internacional sobre mi conciencia, huí a casa.

Ayer ya no fui a trabajar. No tenía sentido. Desde entonces me he dedicado a revisar las ofertas de empleo en los clasificados de los periódicos, mientras evito a toda costa los titulares de la sección de Economía y Finanzas.

Ruymán J. Jiménez

29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El libro del futuro

 

Hace muchos años, vivió en una pequeña y lejana aldea un anciano que aseguraba poseer un libro mágico en el que, como si de un diario se tratara, estaba escrito el futuro de todo aquel que lo leyera. Sin embargo, lejos de serle de alguna utilidad en sus negocios, el libro era una verdadera carga, ya que sobre él pesaba una maldición que castigaba a quien intentara utilizarlo en su provecho.

Así, el viejo y sus tres nietos, de quienes se había hecho cargo al fallecer sus padres en un trágico accidente, malvivían gracias a lo poco que obtenían por las cosechas de unas tierras de cultivo que, junto con el libro, constituían el escaso patrimonio de la familia.

La mayor parte de los habitantes del pueblo nunca creyó que la historia del libro fuese cierta y, simplemente, pensaba que el anciano estaba un poco loco. Se preguntaban cómo era posible que un libro tan viejo y estropeado –apenas medio centenar de hojas amarillentas, precariamente cosidas a una cubierta de piel cuarteada– pudiera contener el futuro de todo aquel que lo leyera. Ni siquiera sus propios nietos, a quienes nunca había permitido leer el libro, dado lo peligroso que podía llegar a ser, le creían. Para ellos era otra de las excentricidades del abuelo.

Pero no todo el mundo en el pueblo pensaba lo mismo. El alcalde, un verdadero cacique que se enriquecía a costa de la pobreza de sus vecinos, estaba convencido de que el libro tenía poderes mágicos y que gracias a él podría anticiparse a los hechos futuros para aumentar aún más su enorme fortuna. Muchas veces había intentado comprarlo, pero el anciano jamás accedió a sus deseos.

El alcalde sabía que los nietos del anciano deseaban con todas sus fuerzas marcharse de aquella aldea y vivir como señores en la gran ciudad y que nunca conseguirían ahorrar el dinero suficiente para poder llevar a cabo su sueño. Por ello, una noche en que los encontró emborrachándose en la taberna, mientras se quejaban de su mala suerte, decidió proponerles que robaran el libro, a cambio de noventa y nueve monedas de oro, cantidad más que suficiente para vivir una larga temporada sin preocuparse por trabajar.

-¡No podemos hacerle eso al abuelo!– exclamaron casi al unísono, cuando el alcalde acabó de formular su propuesta–. Además, el libro castigará a todo aquel que intente usarlo en su provecho –respondieron, más por costumbre que porque realmente creyeran en la maldición.

Un par de frases del alcalde restando valor a la maldición, unidas al efecto de otra jarra de vino y, sobre todo, al brillo de las monedas al caer sobre la mesa, acabaron de vencer los escasos prejuicios de los tres jóvenes. Dos días después, aprovechando que, como todos los domingos, el abuelo había ido a visitar la tumba de su esposa, rompieron el candado del baúl donde guardaba el libro y corrieron a casa del alcalde a cobrar sus noventa y nueve monedas de oro.

Tan pronto como los nietos del viejo se hubieron marchado, el alcalde se encerró en su despacho y se dispuso a leer cuánta riqueza y prosperidad le depararía el futuro. En su ansiedad, apenas prestó atención a la advertencia que figuraba en la primera página: “Quien pretenda utilizar lo que aquí lea en su propio beneficio recibirá un castigo similar al provecho que desee alcanzar”. Rápidamente buscó la fecha que hacía referencia al día en que se encontraban y lo que leyó lo dejó horrorizado. El libro contaba que un hombre importante, desalmado y avaro, caía fulminado mientras leía con ansiedad un viejo libro en su despacho.

Al regresar del cementerio, el anciano se desvió de su ruta habitual para ir a la casa del alcalde y recuperar su libro. Lo encontró sobre la mesa del despacho, justo donde debía estar. A su lado, en el suelo, donde su ama de llaves lo encontró a la mañana siguiente, yacía el cuerpo inerte del alcalde.

Entretanto, los nietos del anciano acababan de salir del pueblo. Comenzaba a caer la noche, pero si se daban prisa podrían desayunar en el mejor hotel de la ciudad. Apenas llevaban media hora andando cuando se encontraron con cinco bandidos encapuchados que habían sido contratados por el alcalde para propinarles una paliza y recuperar las noventa y nueve monedas de oro que les había pagado.

Al día siguiente, después de regresar a casa, cabizbajos y escarmentados, acordaron dedicarse a cultivar sus tierras y no intentar volver a obtener un beneficio del libro del abuelo. De esa forma, en unos años llegaron a convertirse en los granjeros más prósperos de la región.

Aunque le prometieron custodiar de forma cuidadosa el libro, nunca le preguntaron a su abuelo por qué nunca los regañó por haberlo robado, ni cómo pudo recuperarlo. Quizá no lo hicieron porque intuían que conocía el final de la historia antes de que ellos hubieran empezado a protagonizarla.

Ruymán J. Jiménez.

 

14 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario