Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Ángel o demonio

¡Oh, Dios! ¿Es que acaso este hijo mío es el Demonio? Bien sabes la ilusión con que lo acogí en mi casa y le di una familia. Siempre quise tener un hijo, por lo que cuando se me presentó la oportunidad de adoptar a este niño, huérfano tras un trágico accidente, no me lo pensé dos veces. Desde entonces he intentado darle todo mi cariño, que nada le falte. Pero, oh, Dios, tú sabes que él es muy esquivo, no hay forma de que pueda ganarme su confianza. Por eso ahora dudo, no sé si es el ángel que siempre he querido ver o se trata del mismísimo Satán.

Por salvarlo a él mis manos han cometido un sacrilegio. Yo, el alcalde, soy el autor de la destrucción del más bello símbolo de este pueblo. Yo hice pedazos la escultura de la Magdalena, aquella imagen venerable que tanto esplendor dio a nuestra villa, famosa en toda la comarca por su Semana Santa. Oh, Dios, dame una señal. ¿Debo seguir con este hijo bajo mi mismo techo?

Siempre, Señor, he aceptado con resignación el destino que me tenías guardado, pero ahora te ruego que me des esa señal. Necesito encontrar un significado a los trágicos sucesos de este Miércoles Santo.

Yo he de reconocer que nunca tuve muy en cuenta los supuestos milagros que según los testimonios de tantos devotos hacía la Magdalena. Sé que no es de buen creyente dudar; es más bien reflejo de falta de fe, pero, ¿es que acaso es fácil imaginar que una talla de yeso pueda llorar sangre?

Lo que mis ojos vieron este Miércoles Santo parece un hecho bíblico, uno de esos enigmas que nos hacen tener temor de Dios. Sí, de Dios he dicho, de Ti, mi Señor.

He de reconocer que te tengo temor. Soy un pecador, lo sé, pero más que las faltas que haya podido cometer lo que más me preocupa es la consideración que tengas de mí después de haberme visto actuar bajo aquel impulso de ira.

¿Cómo, si no, iba a actuar un padre? Temí por la vida de mi hijo.

Mis ojos vieron ahogarse en la sangre de la Magdalena a sus camareras, las mismas que la habían ataviado con tanto mimo minutos antes, y mis ojos vieron cómo la sangre que manaba a raudales por las mejillas de la Magdalena bañaba los cuerpos del cura y el sacristán  hasta dejarles sin aliento.

¿Cómo no iba yo a sacar mi ira al ver que la sangre se dirigía a los pies de mi hijo? ¿No era salvarlo la obligación de un buen padre?

Lo siento por la Magdalena, pero no pude evitar darle fuerte, hasta acabar con ella a golpes con mi bastón de mando. Era ella o mi hijo.

Ella o mi hijo… ¿Pero fue aquello un duelo? No acabo de entender el motivo de aquella sangre, de aquellas muertes… Sólo recuerdo la expectación que suscitó mi hijo al salir de la iglesia vestido de monaguillo junto al trono de plata de la Magdalena.

Todos los feligreses lo admiraban, exaltaban su belleza, su actitud serena y su cara angelical. Y en verdad, se le veía tan guapo, tan puro…

¡Oh, Dios! Ahora lo comprendo. No cabe duda. Me diste la señal ese día y no supe verla. ¿Cómo he podido dudar de mi hijo? Lo enviaré al seminario y haré que entregue su vida a ti. Él es un ángel. No puede ser el Demonio. La Magdalena se sacrificó una vez más por ti y por mi hijo, fruto, no de mi sangre, pero sí de tu voluntad, no es otro que el nuevo enviado.

¡Oh, Dios! Dime que tengo razón. No me hagas dudar más. Yo tengo fe en ti. Lo sé, mi hijo es un ángel. ¿O no?

Sergio Sánchez Rivero.

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29 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La Magdalena y el monaguillo

 

Nuestro pueblo siempre fue famoso por su Semana Santa. A la Magdalena que salía en procesión cada Miércoles Santo se le atribuía la capacidad de realizar milagros. Ella, por tanto, era el principal reclamo  de los cientos de devotos que acudían a acompañar los pasos por las calles de la villa.

Muchas personas aseguraban haber visto llorar a la Magdalena. Yo, hasta entonces, nunca había sido testigo de ello, aunque sí he de reconocer que siempre me había sentido atraído por aquella imagen. Tenía un poder hipnótico. Había algo en su mirada que te cautivaba. No sé como explicarlo, pero a uno lo embargaba una sensación tranquilizadora, de paz absoluta, cuando cruzaba su mirada con aquellos ojos vidriosos y chispeantes.

Esa escultura ya es sólo un recuerdo, como la Semana Santa en sí. Ya nadie viene a nuestro pueblo por Pascua, no se celebran procesiones, los santos permanecen en el interior de la iglesia y hasta los más devotos se resisten a permanecer mucho tiempo ante la presencia de las imágenes.

La voz del pueblo alude a un enfrentamiento entre la Magdalena y el mismísimo Demonio a la hora de explicar los acontecimientos de aquel Miércoles Santo que ya nadie quiere recordar.

Son muchos los que están convencidos de que Lucifer hizo acto de presencia en la procesión adoptando la figura de un niño de cara angelical, de tan solo ocho años, que no era otro que el hijo del alcalde. Cuatro años antes había sido adoptado por el primer edil y su esposa al quedar huérfano. Sus padres biológicos habían fallecido en un misterioso accidente de tráfico.

Aquel niño había crecido en el pueblo. Se le conocían pocos amigos, no le gustaba jugar. Dicen que pasaba horas y horas en la iglesia mirando los santos. Su madre, la alcaldesa, le auguraba una carrera eclesiástica. Decía que algún día se convertiría en obispo o, aún más, en cardenal. Pero no, su futuro ya estaba escrito.

Aquella Semana Santa el pequeño debutaba como monaguillo. El cura, seducido por la belleza de su rostro y su actitud serena, había decidido que era el candidato ideal para acompañar el paso de la solicitada Magdalena.

Así fue: cuando el trono de plata que la portaba atravesó el umbral de la iglesia, todas las miradas recayeron directamente sobre la carita, diríase que celestial, del pequeño monaguillo. Ataviado con aquellos finos ropajes de seda y encajes, el chiquillo de tez sonrosada y cabellos rubios, parecía un ángel.

Durante varios minutos un murmullo corrió por la plaza. La muchedumbre alababa la belleza de aquel niño sin reparar en la Magdalena, que estrenaba un elegante manto confeccionado con seda y tisú y bordados de oro.

El niño sonreía y saludaba con una ligera inclinación de cabeza a todos los feligreses que se agolpaban junto al trono de la Magdalena a la que seguían ignorando.

De pronto, sin que nadie advirtiera de dónde procedía, un río de sangre corrió a los pies del monaguillo. Las primeras en ahogarse fueron las camareras de la santa, las mismas que se habían encargado horas antes de vestir y adornar a la Magdalena con esmero, pero que ahora, en la procesión, exaltaban la belleza y finura de aquel niño que consideraban un ángel caído del cielo.

Luego, fueron el cura y el sacristán los que se vieron inmersos en un gran charco de sangre.

El alcalde fue el primero en reparar en el origen de aquel manantial fatal. No daba crédito, pero la sangre caía a borbotones por las mejillas de la Magdalena. ¿Eran acaso lágrimas de enojo?

El alcalde, al ver que la sangre fluía hacia su hijo, no dudó un instante y comenzó a golpear la escultura de la Magdalena hasta hacerla añicos.

Entonces, la muchedumbre se disolvió. La sangre desapareció, pero entre los trozos de la escultura rota permanecían los cuerpos de las víctimas mortales y, entre ellos, la imagen impasible del monaguillo, aun más sonrosado, más rubio, más hermoso… Un ángel deseado, un ángel triunfal.

Sergio Sánchez Rivero.

 

22 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Juego limpio

 

 Siempre me ha gustado jugar limpio, pero nunca pensé que un pedazo de jabón me llevara a la victoria.

Cuando llegué a Nepal y conocí a mi contrincante advertí que mis posibilidades de alcanzar el pico del Machapuchare antes que él eran escasas, por no decir imposibles. Él iba equipado con el material de trekking más moderno y, además, contaba con un equipo informático que le advertía de todas las variables climáticas que se iba encontrando por el camino. Desde luego, había tenido suerte al encontrar un patrocinador que lo mimara tanto.

En cambio, este modesto excursionista no iba con más equipo que sus gastadas botas, cansadas de andar por cordilleras de medio mundo.

Lo primero que mi contrincante hizo al verme, con mi ridícula apariencia, fue soltar una sonora carcajada.

No le di importancia. Al fin y al cabo, mi intención era pasarlo bien, disfrutar de mi escalada.

Intenté advertirle del consejo que un experimentado nepalí me hizo al llegar a Katmandú: “Llévate un pedazo de jabón, te sacará de apuros cuando te encuentres con las sanguinarias compañeras de camino tan habituales en esta época del año”.

“¿Tú me vas a dar consejos a mí? Mi sponsor ha puesto a mi disposición los mejores asesores y el mejor equipo técnico. Ahórrate la perorata y ocúpate de no hacer el ridículo”. Esa fue la respuesta que obtuve de mi orgulloso rival.

A los cien metros de ascenso, mi compañero ya sangraba; a los doscientos, la sangre encharcaba sus botas; y a los trescientos, las fuerzas le flaqueaban hasta el punto que le era imposible cargar con la mochila y el ordenador que portaba.

Yo, en cambio, conseguí ascender sin dificultad. Mis botas enjabonadas me llevaron a la victoria. No hubo bicho que me chupara la sangre. Y es que todavía no ha nacido la sanguijuela que consiga trepar por una superficie enjabonada.

 Sergio Sánchez Rivero

1 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario