Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Microrrelatos

Lo peligroso de los regalos navideños

Quería pegarse un tiro, pero la cola no aparecía por ningún sitio. Finalmente murió gracias a la cinta adhesiva.

Lucha contra el tiempo

La alarma suena dentro de su estómago. Algo entre los dientes le incomoda: una manecilla.

Nadie sabe

Alguien la despertó gritando Rose. Se miró al espejo y era rubia.

Peticiones

En Watazulu creen que los botones tienen el poder de conceder deseos. Una vez curé la herida de una anciana que me regaló uno azul. Me lo puso en la mano y me dijo: “Pide para otro, que ya pedirán por ti”.

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23 febrero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Se-cre-ter-minado

Algunos dicen que la vida está hecha de encuentros y desencuentros. Yo sólo sé que ese encuentro dio un vuelco feroz a su destino.

Ella lo vio de repente, apoyado en un semáforo lluvioso. Respiró entonces el olor a polvo del sótano y sintió otra vez aquellas frías y temblorosas manos que la acariciaban en la oscuridad. Pero él miraba al suelo, distraído. No sabía si esconderse o rajarse la garganta gritando su nombre. Al fin se puso en verde y ambos se cruzaron en mitad de la calle. Cuando pasó junto a ella, la miró como quien mira pasar los árboles desde el autobús. “No me ha visto”. Y entonces fue cuando se dio cuenta: “Nunca me vio”. Siguió su camino y se adentró en el parque. A cada paso pisaba su pasado con más desprecio.

Pero las cosas a veces suceden de este modo: justo cuando el semáforo se puso rojo por segunda vez, él giró la cabeza y lo entendió todo. Había vuelto a perderla. Alcanzó quizá a ver su pequeña silueta deslizarse entre  los primeros árboles del parque, y disfrutó lenta y silenciosamente de ese dibujo, dejándolo disolverse como un azucarillo en la boca.

Jamás volverían a encontrarse. Tampoco sabrían que, fruto de este mágico y desafortunado encuentro, nacería un hermoso secreter de madera tostada.

La primera vez que ella notó cómo los pequeños cajones empezaban a abrirse y cerrarse en su interior, rompió a llorar, quizás por miedo, quizás por pura emoción. Pasaba las tardes viendo catálogos de Ikea, pensando qué cortinas poner en el salón cuando naciera para que hicieran juego o qué alfombra para protegerlo del frío. Estaba tan obsesionada que prácticamente forró la nevera de ecografías en las que apenas podían distinguirse ciertas esquinas. A veces, saboreando un té de pensamientos, se decía: “Estoy sola. El secreter jamás tendrá un padre”. Pero eso no la asustaba. Se sentía capaz de todo, en la cima del mundo.

Final primero:

Por fin llegó el gran día. Todo salió como estaba previsto. A los pocos días pudo abandonar el hospital y descansar en casa. ¡Qué espectáculo el secreter bajo la luz dorada del salón! La madera, marrón tostado, ribeteaba en figuras surrealistas por todas partes. Tres cajones se disponían a cada lado, pintados de un verde aceituna. A cada uno de ellos le brotaba en su centro una antigua y ornamentada cerradura de cobre. Bajo el firme recorrido de su amplio y suave tablero se erguían cuatro patas del ébano más negro, dibujando pequeñas ondulaciones en sus extremos. Era el secreter más hermoso que había visto nunca.

A partir de ese momento, Alejandra Pizarnik no dejaría de escribir poemas en él ni una sola noche, pues así es como ella había entendido ese regalo del destino. Sobre él se quitaría la vida el 25 de septiembre de 1972, dejando que su sangre se filtrase entre las vetas de la madera como tantas otras veces lo había hecho la tinta de su pluma.

Final segundo:

Y así fue como el secreter nació inmerso en el amor y la ilusión materna. Ella lo limpiaba a diario y ordenaba siempre todos sus cajones. Llevaba la llave de éstos guardada en un bolsillo junto a su pecho. Los primeros años transcurrieron serenos y felices.

Hasta que ella volvió a quedar encinta. No se lo esperaba. Fue el médico quien, tras un examen rutinario, le dio la gran noticia: ¡Nada más y nada menos que un armario empotrado! ¡De cuatro puertas! Al principio le costó hacerse a la idea, pero luego todo eran risas con las vecinas y preparatorios. El secreter la miraba silencioso y cabizbajo desde un recodo del salón. A medida que avanzaban los meses, andaba cubierto de olvidos. Extrañaba tanto sus cuidados… Cada vez más triste, se consolaba releyendo antiguas cartas ya amarillentas.

Era de esperar. Las cosas no iban jamás a ser como antes. Y si bien el secreter era de madera tostada, cajones verde aceituna y patas de negro ébano, el recién llegado armario empotrado era de un naranja encendido. Como una sonrisa de fuego en mitad del salón. Tuvo que remodelarlo todo: las cortinas, los manteles, el forro de los sillones. También había que tirar las cosas viejas que ya no se usaban y no tenían sentido ocupando sitio sin más.

Así fue como el secreter acabó en el vertedero. Rodeado de lavadoras destripadas y televisores epilépticos. De vez en cuando pasaba por allí una rata. A veces, le roía una esquina.

Final tercero:

Por fin llegó el gran día. Pero hubo complicaciones. Algo salió mal, nunca se supo exactamente el qué, pero el secreter no era tal y como todos esperaban. Algunos de sus cajones eran demasiado pequeños como para que una mano humana pudiera abrirlos. Varias de sus esquinas estaban carcomidas y una de sus patas era más corta que las demás, así que tuvieron que ponerle un libro de Ken Follet debajo para mantenerlo erguido. Ella lloró amargamente durante semanas. ¡Aquel secreter no era normal! ¡Daba tanta grima sentarse a escribir en él cualquier cosa! Cuando por fin aceptó su discapacidad se dirigió a los organismos y asociaciones competentes. Así su secreter no se sentiría solo y discriminado.

Años más tarde le darían un trabajo adaptado a su enfermedad. Allí conocería una silla con el respaldo torcido pero con las patas del color de la lluvia.

Tania Rodríguez Suárez

 

23 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 11 comentarios

Concierto en Si b Mayor para piano y pitidos de cajeras

Maldita leche de soja. Desde que Eva tuvo la niña, comer en su casa es una pesadilla horrible. Y ahora ahí está ella, a las 19:00 de un martes cualquiera en el supermercado, aguantando las kilométricas colas, cansada del pegajoso día. Mira a su alrededor con la vana esperanza de encontrarse con alguien conocido para quizá conversar sobre cualquier chorrada y hacer la espera más llevadera. De todas formas, en su caja sólo están una pareja de ancianos y ella, así que esto no puede tardar mucho.

Ahora llega más gente. Un hombre joven de unos treinta años. Verdura y pasta de dientes. Ojos azules. Como los de Tytlack. De repente, un escalofrío en su mano, donde lleva la cesta con los pesados paquetes de leche. Decide apoyarla en el suelo.

“Tin ton tan tin. Señorita Araceli acuda por favor a información. Gracias. Tin ton tan tin”. Arpegio mayor ascendente. Quizá sol, quizá do. Y del aburrimiento le da por abrir los oídos. Abrirlos a esos sonidos cotidianos que también pueden ser música: el crujir de las bolsas de plástico, el taconeo de la típica pija, la voz nasal de la cajera de al lado, el murmullo del rodar de los carros por el suelo… y sobre todo el pitido de las cajas al leer el código de barras de los productos. ¡Qué maravilloso! Puede que fueran más de diez cajas, cada una emitiendo pitidos entrecortados a un ritmo distinto. Era como una orquesta de flautas desordenadas, locas, perturbadas quizás a causa de algún Tytlack inquisidor.

Piensa entonces cómo sería tocar con esos pitidos: Concierto en Si b Mayor para piano y pitidos de cajeras. ¿Por qué a nadie se le habría ocurrido antes? O tal vez sí, y eso existe. Ella qué sabe. Se imagina la luz de los focos derramada entre las teclas y lo siente otra vez todo ran real… Esa mirada en blanco y negro que la esperaba a ella, a nadie más. Esa llama azul que, desde lejos, le abrasaba y hacía temblar de frío a la vez,  mientras todo su cuerpo no era más que un bloque mudo.

Tytlack no comería verdura. Seguro que sólo comía carne. Cruda.

-Disculpe, ¿tiene hora?

Se puso nerviosa. No suele hablar con gente guapa. Y menos desconocida.

-No, lo siento. Ya no llevo reloj. Solía llevarlo en la izquierda.

Y claro, ahora se siente estúpida. Porque a él qué diantres le importa dónde solías llevarlo y por qué. Seguro que cree que lo has dicho para darle pena. Aunque… si lo piensas bien, hay un reloj enorme en la pared de enfrente. Una de dos: o no se ha dado cuenta o intentaba agarrarse a una excusa inútil para hablar contigo. La verdad es que desde lo del accidente no has vuelto a quedar con ningún chico. Pero esos ojos azules te hacen amargo el aire.

         Parece que la cajera es rápida. Ya le ha tocado el turno a la pareja de ancianos; la siguiente es ella. Supongo que están contentos porque se oye cómo silban un antiguo bolero. Qué lindas armonías las de los boleros. Nunca te hubieras atrevido a tocarle uno a Tytlack. Pensaría que era música vulgar. Haría lo que fuese para arrancarte cualquier atisbo de placer; el perfeccionamiento en la ejecución estaba por encima de todo. Ella debía estar por encima de todo… y no debajo de un camión. Aplastada en mitad de la carretera, tragando sangre, rabia, frustración, dolor. Podía oler cómo se derramaba su futuro sobre la gasolina, cómo se prendía fuego para evaporarse y dejar de existir. Dejar de existir era la solución.

         Nunca fue a verla al hospital. No envió flores, bombones u otros convencionalismos fríos. Creo que ni siquiera contempló tu regreso. Ya no estabas en condiciones, habías perdido toda oportunidad. No le quedaba ninguna razón por la que interesarse por ti.

         Estaba tan absorta que apenas se dio cuenta de que era la siguiente. Cogió la cesta del suelo con los paquetes de leche. Yo pienso que el tipo de las verduras debió darse cuenta en ese momento, porque sólo entonces ella se giró, descubriendo así el perfil izquierdo de su cuerpo. Sin embargo, reaccionó de la peor de las formas. La compasión, la pena, le manchaban la cara como un maquillaje desgastado. Sus ojos se volvieron de un azul como de sombra de sauce.

-¿Quiere que le ayude? Quizá es demasiado peso para usted sola.

-No se preocupe, de verdad –dijo en mitad de una sonrisa educada-. Gracias.

-Insisto, no me cuesta nada. Además, así puedo acompañarle hasta su coche.

Fue un comentario tan inesperadamente torpe que tuvo que reírse.

-No tengo coche, pero de todas formas prefiero la guagua. Muchas gracias.

Los ojos azules siguieron su contorno hasta la puerta de salida, observando aún sin dar crédito el baile del aire que jugaba con la manga izquierda… Vacía.

Tania Rodríguez Suárez

16 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios