Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Iniciación

 

          Cuando salió de su casa y vio al cuervo sobre la acera, sintió  una opresión en el pecho, pero no le hizo caso, como tampoco le había  hecho caso cuando sintió el golpe del pájaro sobre la ventana. Su madre se habría puesto a rezarle a la virgencita de Guadalupe, para proteger a los suyos de la desgracia que se avecinaba. Pero, para ella, eso eran tonterías del llano: ella era una chica de ciudad.

     Al llegar al Oasis sintió las miradas de admiración de los tíos de la banda, y se sintió segura. A lo lejos vio a la Yure restregándose contra el Xavi y la rabia la corroyó por dentro, reafirmándola en su propósito. Les iba a demostrar a todos que ella podía ser tan buena como las otras.

     La prueba que le encomendaron le pareció sencilla; sólo había tenido que parar a un taxi y darle una dirección en las afueras. Se había vestido con la camiseta de lentejuelas plateadas y los tejanos de su hermana. Parecía una chica más de las que iban todas las noches al Oasis. El conductor no sospechó nada cuando le dijo que quería ir a esa urbanización. Todo parecía ir bien, demasiado bien.

     Miró  hacía atrás y, en un recodo de la carretera, distinguió las luces de una moto. Deseó que fuera la del Xavi, negra como un cuervo. Metió la mano en el bolso y notó la pistola fría. La noche era oscura, las luces de las casas únicamente iluminaban pequeños trozos de la calle. Por el espejo retrovisor distinguió unos ojos marrones algo enrojecidos que la miraban con vicio. Sintió miedo. Para darse ánimos se dijo: “Sarai, solo tienes que sacar la pistola y pedirle la pasta”.

     -¿Ve esa casa blanca al final de la calle? Esa es, -le dijo al taxista.

     Él paró el coche. Ella cogió el bolso y sacó el arma. La mano le temblaba. Para que no se notara, puso el cañón sobre el hombro del taxista. Pero no contaba con la reacción del hombre que se revolvió y de un manotazo le tiró la pistola.

       –¿Qué, putilla? ¿Me vas a robar? Mira, nena, tú no pegas nada en este barrio –le dijo él, retorciéndole el brazo y empujándola sobre el asiento.

     Estaba aplastada debajo de aquel tío que apestaba a alcohol y a tabaco negro. Empezó a sobarle las tetas. Quiso darle una patada pero sólo sirvió para excitarlo más. De repente, una ráfaga de aire entró en el coche, el hombre ni se enteró, pero algo tiró de él y ella aprovechó para arrastrarse hacia la puerta contraria, sus pies tocaron algo duro y lo cogió con la mano. A trompicones abrió la puerta y no vio cómo el hombre cogía la pistola del asiento.

     Cuando recuperó algo de valor y se atrevió a mirar, a través de las ventanas del coche, el taxista apuntaba al Xavi con el arma:

-¿Ahora qué, listillo? ¿Creías que ibas a poder con el Chino con una navaja de nenaza? Vamos, ponte de rodillas –le dijo el hombre.

     Sarai reconoció la mancha en la entrepierna de los pantalones del Xavi, el miedo le hizo tropezar y cayó sobre el asfalto. El taxista le puso un pie encima mientras le apuntaba a la cabeza. Sin saber cómo, se abalanzó sobre el Chino, él se giró buscándola, pero ya era tarde, el hierro le golpeó en la sien y cayó al suelo como un fardo.

     Carmen García  

7 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Amnesia

Cuando comencé mi trabajo de taxista, tenía la ilusión de convertirme en cualquier momento en Robert De Niro. Poco a poco mi esperanza se fue difuminando, las noches de mi ciudad no se parecen en nada a las de Nueva York y, por suerte, yo tampoco acababa de participar en la guerra de Vietnam. Me resigné pensando que lo mejor que me podía pasar era ser un taxista normal y corriente.

Hace dos años que transito con el taxi por las calles nocturnas. Su propietario me lo alquiló por horas. No era un negocio muy rentable para mí, pero era el único trabajo al que podía acceder por entonces. Además, llevaba más de seis meses en paro y aunque vivo solo, tengo mis necesidades como cualquier hombre.

Una mañana, cuando me disponía a pasar la aspiradora para entregar el coche limpio e impecable a su dueño, me encontré con una gran sorpresa. “Esto es más interesante que Taxi Driver”, pensé. Debajo del asiento de la parte trasera, había un zapato de mujer. Era un calzado sencillo, pero elegante, cerrado, de color marfil, parecía de novia, fruncido en su parte delantera y adornado con una discreta hebilla. Primero pensé que podría haber caído de alguna bolsa por descuido a cualquier señora un poco despistada.  Pero me di cuenta que estaba usado. “¿Quién podría perder un zapato? ¿Quién será esta delicada Cenicienta?” Decidí llevarlo a casa. Lo dejé en la entrada, junto a la puerta. En la cama traté de recordar a las personas que había llevado en el taxi durante la noche, pero pronto el cansancio me derrumbó, y debí quedarme dormido. Me dolía todo el cuerpo.

Cuando me levanté, era cerca del mediodía. Al bajar de la cama, el zapato estaba a mis pies y Pérfido, mi pequeño siamés, lo mordisqueaba y olía con cierta ansiedad. Me duché y bajé al bar a desayunar. Mientras el camarero me traía el café, eché un vistazo al periódico. Quedé impactado cuando leí el titular de una noticia: Hallado el cadáver semienterrado de una mujer ”. Continué leyendo: “La víctima, aún sin identificar, es una mujer joven con signos corporales de haber sufrido una violencia extrema. El único elemento de su vestimenta, un zapato, calzado en su pie izquierdo”.

Mi primer pensamiento fue acudir a casa, coger el zapato y llevarlo a la policía. Pero imaginé cómo sería el interrogatorio y abandoné la idea. Intenté de nuevo hacer memoria, y traté de recordar a las personas que habían subido al taxi durante la noche: “A ver…, al empezar la carrera subió aquella señora mayor que dejé en el hospital, la pobre me habló de su marido que estaba muy grave… A las cinco de la mañana, llevé a una pareja de jóvenes al aeropuerto. Mi último cliente fue un señor canoso, recuerdo que llevaba un maletín de trabajo, lo dejé en Hacienda. Pero…, ¿a quién llevaría yo entre las tres y las cinco?  Volví a casa, cogí el zapato y lo lancé al mar desde el muelle.

Mercedes Arocha

1 diciembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Sexo y taxis

Un bolso, y en él lo básico: dinero, documentación, llaves, teléfono móvil, barra de labios rojo oscuro, lista de la compra, pañuelos de papel, un abanico y preservativos. Provista de lo necesario, Escarlata comienza a caminar hacia el centro, que está lejos, pero hoy no tiene prisa.

Pasa ágilmente de una calle a otra sobre los tacones rojos, disfrutando en cada paso de su sonoridad perfecta, mientras sus cabellos, rebeldes, mecidos por el viento la asemejan a Medusa.  Suena el teléfono móvil, es su novio. Pero no le apetece hablar con él, así que pone el móvil en silencio y no contesta.

Al girar en la esquina de la calle de La fuente de plata, ve un taxi parado en la acera de enfrente. El taxista es muy atractivo y Escarlata no puede dejar de mirarle. Ante esa intensa mirada el taxista abre la puerta, y ella acepta su invitación.

-¿Hacia dónde la llevo, señorita? -le pregunta él.

-Al centro, caballero -contesta Escarlata con un poco de sorna.

Se acomoda en uno de los asientos traseros y acunada por la sensual voz del taxista cierra los ojos. Cuando los abre, el taxista se gira, la mira fijamente, y salta a los asientos traseros. Sus ojos son intensos, queman. Tras un pedazo de eternidad se acerca a Escarlata y la besa. El beso es profundo, ardiente; parece que buscase su alma. “¿Cómo se llama, señorita?”, susurra el taxista recuperando el aliento. “Escarlata, me llamo Escarlata”, le responde descubriéndose. Ambos se funden en el pequeño espacio; su abrazo de hierro la hace estremecer. Las manos del taxista recorren como arañas cada poro de su cuerpo, paso a paso, inspeccionando antes de morder, inyectándole la pasión. “Prefiere que entre por aquí, ¿o tomo la otra ruta?”, dice el taxista. Escarlata simplemente se entrega, arañándole la cara y mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar.

-Ya hemos llegado, señorita -informa el taxista sobresaltándola.

-Ha sido un buen viaje -responde Escarlata frustrada, mientras piensa: “Podría haber sido mejor”.

Al bajarse del taxi suena nuevamente el teléfono móvil, otra vez su novio. “No me queda más remedio que contestar”, piensa Escarlata limpiándose la sangre del labio.

Esther Fernández Guerra

 

16 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

La Taxista

Salí de casa temprano. Al poner ambos pies en la calle imaginé que descorría las cortinas del cielo nocturno y saludé a la mañana: “¡Buenos días, Sol! Adoro tus rayos: su luz blanca y fresca a estas horas tan claras del principio del día”. “Bienvenido seas, domingo. Te estaba esperando para pasear a solas contigo; para contemplar el reposo de las cosas”.

  Luego me despedí de las calles a mis anchas; de los árboles otoñales y de los pequeños músicos que aún los habitan: mis adorables vecinos cantores. “Si yo supiera trinar -les dije- sabríais cuánto os voy a echar de menos”.

  Había planeado trasladarme en autobús hasta el aeropuerto: plácidamente sentada en un asiento único, divagando durante el largo trayecto que cruza la ciudad de punta a punta. Sin embargo, el 74 empezó a retrasarse. Adiós al etéreo tour primorosamente anticipado. “Seguramente el conductor también celebra los días de fiesta -dije para mis adentros-, quizás haya empezado los festejos cantando bajo la ducha”.

  Al fin levanté la mano y avisé a un taxi. No contaba con compartir un espacio tan reducido. Entrar en una órbita ajena suponía arriesgarme a tener que renunciar a mis sueños. Últimamente me ha dado por hablar sola; he descubierto que oigo mi voz. Me gusta oírla. Es una voz propia que me permite viajar y no echar de menos un acompañante; hablar con las nubes, si se da el caso; estar viva.

  -Buenos días.

  -Buenas. Al aeropuerto, por favor. Preferiría no ir por los túneles, a estas horas se circula bien.

  -¿Es usted del barrio? No recuerdo haberla visto.

  -Los del barrio son mis hijos. Están en la universidad. Yo vivo un poco lejos, en una isla: Las Palmas. Pero usted sí que es de aquí…

  -Siempre he vivido en El Guinardó. Aquí viven mi madre y algunas amigas del colegio. En tiempos lejanos, ¿sabe?, El Guinardó fue un bosque, el de Roque Guinart, el Robin Hood amigo de Don Quijote que le llevó hasta la playa de Barcelona. Y al bosque le creció un pueblo, y al pueblo se lo tragó la ciudad.

  Además de llevar el taxi impecable y de ir bien arreglada, la taxista era simpática y sabía contar historias. Enseguida cambié de opinión y me alegré de haber subido al taxi.

  -Bonita historia: ¡de bosque a jungla de asfalto! Un final terrible.

  -Mi historia también es peliaguda. Yo no he leído el Quijote, lo del bandolero me lo contó mi ex marido. Me quería mucho, le gustaba contarnos historias al niño y a mí. Lo cierto es que nos casamos muy jóvenes, igual no  habíamos terminado de crecer. Al año nació el chaval. Por él soy taxista, quiero dejarle algo.

  -Es una idea excelente, a ver si lo cuida igual que tú, ¿qué ambientador le pones?

  -Es uno de limón. No pude con los celos. No podía soportar que cogiera al niño, peor era que le diera un biberón; verle empujar el carrito me enfermaba. Disculpe que esté llorando. Mi hijo se lleva muy bien con su padre; al separarnos no dificulté la relación. Ahora se ha echado novia y he vuelto a pasarlo mal, pero lo estoy superando.

-Nadie nace sabio.

En realidad lloro por mi padre. Hace poco que murió sin despedirse de mis dos hermanos. Los estuvo esperando hasta el último momento. Un día, mi primo pasó por el hospital, y creo que mi padre lo confundió con uno de sus hijos… porque al rato murió.

  Seguimos hablando hasta llegar al aeropuerto. Entonces le pregunté su nombre, Esther, y le pedí su teléfono. Le expliqué cuánto había disfrutado escuchándola, y me despedí asegurándole que yo también lloraba, le agradecía la confianza.

  En el avión me pareció que cada pasajero llevaba una historia escrita ¿Cuándo, de qué forma aprendimos a enmascararnos? Hay millones de palabras volando por los aires para comunicarnos dentro y fuera de un taxi; cada cual con su propia voz. Será que últimamente me ha dado por viajar, por hablar sola, con Esther, la taxista del Guinardó. 

Miryam Gallo   

16 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

No sin mis peep toe

Faltaban 45 minutos para las 2 de la tarde. A esa hora cerraba la ventanilla de registro de la Consejería de Vivienda y era el último día para entregar el Proyecto en el que tenía puestas todas sus expectativas de trabajo. Hacía más de un año que no entraban proyectos nuevos en su despacho. “Maldita crisis”, pensó. Ya solo quedaba la oportunidad de licitar en viviendas publicas.

Tenía los pies destrozados, toda la mañana de un lado a otro preparando la documentación para la entrega. Llevaba puestos unos magníficos peep toe de Jimmy Choo. Se los había comprado cuando consiguieron hace dos años un estupendo proyecto para una cadena hotelera suiza, pero hoy le estaban doliendo terriblemente los pies.

La Consejería estaba solo a cuatro manzanas de su despacho, pero no podía permitirse dar un paso más. Reunió  toda la documentación y bajó a la Avenida de Juan XXIII a parar un taxi. Avistó la luz verde de uno y alzó la mano, abrió la puerta trasera del vehículo y se sentó.

-Buenos días. A la Consejería de Vivienda, siga por Juan XXIII hasta la Avenida Marítima y a la altura del Hotel Iberia  me bajo. Gracias.

Aprovechó  que había un tráfico denso para ojear de nuevo los sobres. Sobre nº 1: Curriculum vitae, DNI, Memoria y, cuando más enfrascada estaba, oyó al taxista,

-Qué calor, parece que no termina el verano, ¿verdad?

-Si, sí –comentó ella mientras se quitaba los zapatos y descansaba los pies en la alfombrilla del coche. ¡Uf, que alivio! –pensó.

-Es que la ciudad está caótica; si hicieran más carriles para vehículos de servicio, otro gallo nos cantaría –continuó él.

-Sí, sí –repitió ella de mala gana, mientras comprobaba el contenido del sobre nº 2. Levantó la vista y se dio cuenta que aún no habían salido de la Avenida Juan XXIII y ya llevaba 10 minutos dentro del taxi.

-Fíjese Ud. con la cantidad de vehículos que hay y al gobierno se le ocurre dar facilidades para comprar más coches. ¿Adónde vamos a parar? –dijo el taxista.

-Sí, sí dijo ella, repitiendo, adónde vamos a parar.

Cuando se acercaban a la Fuente Luminosa, miró su reloj: faltaban solo diez minutos para que cerraran la ventanilla de Registro. “¡Dios, que día!”, pensó. Le dijo al taxista que se bajaba allí mismo y echó a correr parque a través y proyecto en mano hasta la Consejería.

Llegó justito, se puso en cola y entregó su proyecto emitiendo un sonoro suspiro de ¡Por fin!

Salió a la calle con la intención de tomar un té y relajarse antes de volver al despacho. Sintió que los pies le dolían más que nunca y, al mirárselos, vio que no llevaba zapatos. Avergonzada levantó la vista para ver si alguien más se había dado cuenta. Frente a ella, apoyado en la puerta de su coche estaba el taxista.

-¿Buscaba esto, señorita?

Alicia Rodríguez Verona

16 noviembre 2009 Posted by | 1 | , , | 3 comentarios

El accidente

Alicia llevaba ese día una prisa del diablo, se sentía estresada.

Había pedido a la Consejería salir un par de horas antes para ir al dentista, pero había mentido. En realidad, estaba citada en el Juzgado de Primera Instancia Número Seis para ultimar, no sabía con qué administrativo, el papeleo previo a la boda. Se casaba por lo civil, bajo el desconocimiento de su familia, sus amigos, y sus colegas del trabajo. Llevaba viviendo con Mario veinte largos años y por fin se habían decidido; por eso de “lo que pudiera pasar en el futuro”, no por otra cosa. Así que resolvieron prescindir de padres y banquetes, con el deseo de ventilar lo antes posible aquella cargante burocracia.

Solo esperaba que Mario llegara a la hora prevista; siempre lo retrasaban al final del trabajo con el dichoso informe de incidencias.

A lo lejos se acercaba un taxi con la luz verde encendida, y antes de que cualquier señora se le adelantara, levantó la mano y paró aquel Peugeot destartalado.

-¿Adónde vamos? -preguntó áspero el taxista, ladeando ligeramente la cabeza. Era un hombre con la calva sudada por el calor, que parecía no tener la intención de ser simpático, o más bien, de estar aburrido de sus clientes.

-Al sesenta de Rafael Cabrera, por favor -se acomodó, e intentó ponerse el cinturón  del asiento trasero sin conseguirlo.

Desistió.

El taxista emprendió la marcha, pero a los pocos segundos se oyó una voz femenina que salía entrecortada de la emisora del coche.

-Rodríguez, aquí Carolina, ¿me oyes…?

-Sí, te oigo. Dime, Carolina… -dijo el taxista, mientras observaba por el espejo retrovisor cómo la clienta miraba el reloj y sacaba de su bolso un abanico para airearse.

-¡Que no se te ocurra pasar por los alrededores de la plaza América, hay un atasco del carajo…! Llevamos aquí más de diez minutos y apenas nos movemos. Esto tiene pinta de ir para largo, compañero.

-Perdón, ¿podrían repetir la calle en donde está interrumpido el tráfico…? -intervino una segunda voz, ronca, de fumador, que también salía de la emisora.

-Por la plaza América, en Fernando Guanarteme -insistió la mujer-. Parece que ha habido un accidente grave; solo se ve una moto escachada sobre el suelo. No me extraña, es que van como locos.

Inesperadamente la voz femenina se quedó en silencio, para continuar de nuevo con sus interlocutores, como si los clientes que llevaban en sus respectivos coches fueran invisibles.

-Un momento, compañeros, que esto avanza. Pero…, ¡qué carajo! ¡Es que no se lo van a creer…! El hombre que está tirado sobre la acera es un guardia civil.

-¿Cómo dices?

-¡Qué sí, Rodríguez, que sí, es un guardia civil! Y parece que está hecho polvo. Hay un sangrerío…

 La clienta se sentó en la punta del asiento trasero, mientras escuchaba.

-¡Mira por dónde…! -volvió a intervenir la voz de fumador-. ¡Q-u-é  p-e-n-a  m-e  d-a!  Y yo que pensaba que esos cabrones no tenían sangre…

Los tres taxistas soltaron una carcajada al unísono ante la ocurrencia, pero el del Peugeot se calló de pronto al sentir una mano sobre su hombro.

-Perdone, caballero, ¿podría preguntarle a esa señorita si puede ver la matrícula de la moto desde donde está?

El taxista asintió, convencido de que “el cliente siempre tiene la razón”, aunque se extrañó de la pregunta.

-Carolina, aquí Rodríguez de nuevo. ¿Puedes ver la matrícula de la moto desde dónde estás…?

-Por supuesto, compañero. A ver… Sí, sí, es una BMW, GC AE 1820. ¿Por qué? ¿Pasa algo…? ¿Desde cuándo eres amigo de la poli, Rodríguez…?

-No, no, tranquila. Es simple curiosidad.

 La mano de la clienta seguía aferrada a su hombro, parecía haber cambiado de planes.

-¿Le importaría dar la vuelta y llevarme a la zona de Urgencias del Hospital Negrín, por favor?

El taxista volvió a mirar por el espejo retrovisor, la clienta tenía los labios blancos y parecía muy pálida.

-¿Se encuentra usted bien, señora?

-Por supuesto… -respondió secamente.

Las palabras cayeron de sopetón al suelo del Peugeot, el taxista giró el volante hacia la izquierda con brusquedad, y se hizo un silencio espinoso como el de un cactus descomunal mientras llegaban al hospital. Al detenerse el coche, la mujer arrojó el importe de la carrera en el asiento trasero y se bajó sin decir una palabra, para perderse con rapidez tras las puertas automáticas de Urgencias.

Araceli Cardero

9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Un mal día

Leía el periódico mientras esperaba, en el interior de su taxi que llevaba media hora en piquera, a que algún cliente solicitara su servicio. No había tenido una buena mañana, aunque el día bien podía ser de los mejores: principio de mes, soleado y las navidades saludando desde todos los escaparates. Abrió la puerta del coche y salió a coger aire y estirar las piernas, tenía la camisa mojada. Un compañero le dijo algo pero él contestó de mala gana y, evitando la conversación, se apoyó en la pared y volvió la cara hacia otro lado. Intentó abrir la puerta de su taxi cuando se le acercó aquel hombre trajeado, con aires de ejecutivo, que le saludó atentamente antes de preguntarle si estaba disponible. Una sonrisa se le dibujó en la cara, pero la puerta no se abrió. Forzó una y otra vez sin resultado. El taxi se había cerrado herméticamente aunque él no había usado el mando. Es más, mientras intentaba, sudando y nervioso, con objetos que sacaba de los bolsillos, romper la cerradura, recordó que la puerta se había cerrado sola, aunque en aquel momento no le prestó mayor atención pensando que había sido un golpe de viento. Empezó a desabrocharse el cuello de la camisa, tenía la cara congestionada, roja, con gotas de sudor que le corrían molestándole en los ojos. “Para un cliente que aparece”, pensó. “Podía haberme salvado el día, o tal vez la semana”, seguía rumiando en su interior. “Incluso pudiera ser que fuera la solución de toda mi vida”, se decía mientras la tensión y el sofoco llegaban a un punto en que le costaba razonar. Caminó hasta ponerse frente a su taxi como si quisiera preguntarle qué le ocurría, el taxi movió ligeramente las ópticas respondiéndole y fue entonces cuando la emprendió a patadas contra la carrocería mientras los compañeros lo miraban sorprendidos, murmurando entre ellos y sin atreverse a acercarse. El taxi respondió a las patadas y las maldiciones poniéndose en marcha. Arrancó con un gruñido y se movió hasta su chófer, le hizo caer al suelo destrozándole las piernas hasta que le quedaron inservibles. Retrocedió hasta su puesto en piquera, abrió las puertas y encendió las luces y los indicadores. Uno de los taxistas se atrevió a entrar, cogió el periódico y echó un vistazo a la página que había estado leyendo aquel hombre que ahora estaba tirado en el suelo, retorciéndose de dolor. La noticia decía que se había encontrado otra persona muerta de la misma forma que las cuatro que han ido apareciendo en los últimos meses, desprovistas de documentación, sin cartera y a todas se les vio por última vez subiendo a un taxi. Sonó el claxon pero esta vez se escuchó: “No volveré a ser tu cómplice”.

Pepa Marrero

9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Silencios piadosos

Ese día por la mañana Marie se levantó antes de que sonara el despertador. Al incorporarse, se frotó los ojos y observó con recelo que la luz inundaba la habitación. Ese día tenía una reunión importante y el lugar donde tendría lugar se encontraba a más de una hora de camino en coche. Decidió que la mejor opción sería tomar un taxi, ya que por ahí las guaguas pasaban una vez al día. Su padre siempre se había quejado de que vivía apartada del mundo, pero a ella y a su novio les gustaba. Se levantó, se dio una ducha, se vistió y fue hacia la cocina. David le había dejado una nota junto a una taza de té ya tibio: “Cariño, llámame cuando hayas salido de la reunión, probablemente haya salido del trabajo y pueda irte a recoger. Un beso. Te amo.” Después de sonreír por el agradable detalle matutino, descolgó el teléfono y llamó a un taxi. Los de la centralita le informaron de que un taxi iba en camino y que tardaría aproximadamente diez minutos en llegar. Después se puso los zapatos, se perfumó, cogió su bolso y salió a esperar a la puerta. Mientras esperaba, se percataba de las pocas casas que conformaban el arrabal. Podía hasta contarlas. Paseó su vista por las fachadas vacías. Tenía en total cinco vecinos en toda el área, una enorme explanada rodeada de árboles y a media hora del centro. Mientras su mente paseaba por las ventanas de sus desconocidos vecinos, el taxi llegó. Marina se metió en el coche y el hombre le preguntó la dirección después de darle los buenos días.

-A Markham, calle Rouge, número 2 -indicó ella mientras abría el bolso para meter el móvil.

-De acuerdo. Sus deseos son órdenes para mí -respondió resuelto el taxista.

 Ella levantó la vista y le sonrió. Y vio sus ojos. Los vio. Entonces olvidó dónde estaba y qué iba a hacer. Olvidó por qué estaba en ese taxi. Sólo sabía que no podía dejar de mirar esos ojos y esos labios curvados que le dedicaban esa sonrisa tan entrañable. Demonios. Sacudió la cabeza y él lo notó.

-¿Se encuentra bien? -preguntó él. Sus ojos parecieron oscurecerse. Los vio moverse del espejo a la carretera y viceversa.

-Sí, sí… -susurró ella. Y apartó la mirada, no sin antes percibir una sonrisa contenida en sus labios.

-Como quiera…

El taxista continuó conduciendo. Puso música. Era un CD grabado y tenía canciones de lo más variado. Conocía algunas y eso la hizo recordar el modo en que había intentado ligar su prometido con ella, cantándole las canciones que a ella tanto le gustaban. Al ritmo de las canciones llegaron a un cruce con abundante tráfico. Bocinas y gritos de insultos se hacían notar entre la multitud. El taxi y otros coches más se unieron a la cola y se quedaron parados durante un tiempo. Avanzaban despacio y, mientras, el taxista aprovechó para conversar con ella. Ambos se atraían y él intentaba llamar su atención. Estaba prometida, pero eso poco importaba cuando no estaba la tercera persona. Poco a poco, entre la multitud del tráfico, entre sonrojos, entre el leve sonido de la música y las palabras, fueron conociéndose un poco más. Un taxista joven, una joven prometida. En un atasco y hablando. Y pasó más de una hora en el atasco porque, al parecer, había habido un accidente.

-Creo que ya llego tarde a la reunión… -observó ella-. Mira, podrías dejarme allí. Así espero hasta las tres para que me vengan a recoger.

Ya habían comenzado a tutearse, se conocían algo, habían descubierto que los dos congeniaban y eso confundía a Marie y divertía al taxista.

-Mejor te llevo a un lugar más entretenido. Si quieres… -él tomó su silencio como un sí y pasó de largo ante la parada que le había dicho su marido. Recorrió unas calles más y se paró detrás de una pequeña montaña entre los árboles. Él se apeó y le abrió la puerta a ella. Marie salió y se apoyó en el coche. No necesitaron palabras porque las habían gastado todas en el atasco, sólo necesitaban saber si también congeniaban físicamente. Entonces utilizaron sus manos, sus labios, sus ojos, sus piernas y se unieron de una forma extraordinaria.

Después, todavía cansados, se montaron en el coche. Ella, esta vez, en el asiento delantero. Se sentía profundamente bien, pero luego empezó a pensar en su prometido, que probablemente la estaría esperando en casa porque no le había avisado. El taxista la llevó de vuelta a casa y conversaron más bien poco durante el camino. Cuando llegaron, él aparcó un poco más atrás del coche de su prometido. Y la miró:

-Lo siento mucho… -se disculpó él como pudo-. No quiero que te sientas culpable por mí…

Ella le puso dos dedos en sus labios y chistó.

-Calla. Gracias.

Y se bajó del coche tras darle un beso rápido. Tal vez el último, quién sabe. Después entró en casa y se encontró a David en la cocina, comiendo.

-Hola cariño -saludó él. Entonces se fijó. Eso sólo ocurría cuando acababan de hacer el amor-. Estás sonrojada, como azorada… ¿Qué ha pasado?

Ella sonrió y le dio un beso en la mejilla:

-Gracias por el té -y se fue en silencio por las escaleras.

Cristina Velázquez López

9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

El voto del abuelo

Familia, como muchas, de hijos, nietos y abuelo. Los hijos ya maduros apuraban el desayuno para dar lugar a los jóvenes a la mesa. Se respiraba domingo. El abuelo, madrugón, estaba en el jardín bajo el pino, resguardándose del sol, que se anunciaba fuerte; armaba un cigarrito que demoraba para acompañar la espera. Ya había desayunado. Se había vestido de traje y corbata, con zapatos relucientes. La etiqueta del abuelo, además, nos decía que era un día de fiesta. ¡Claro que lo era! Veintiocho de noviembre, día de Elecciones Nacionales: el abuelo iba a votar. A las once, le avisaron que el auto no arrancaba; buscarían un taxi para llevarlo hasta la ciudad.

-Bueno –dijo-, si hay que esperar, se espera.

Él siempre esperó. Llegó al país mozo, sólo a trabajar. A subsistir, más bien. Tardó muchos años en conseguir documentos y, cuando los logró, un golpe de Estado en el nuevo país truncó sus derechos. Cuarenta y seis kilómetros lo separaban del lugar esperado. ¿Quién se atrevería a decirle ahora al abuelo que no podía votar?

A mediodía apareció el taxi. Su hija lo acompañaría. Se acomodó en el asiento, tiró el chambergo hacia atrás y bajó la ventanilla del coche.

-¿Tiene calor, papá? –preguntó la hija.

-Algo –dijo.

Salieron a la ruta Interbalnearia despacio, metiéndose de lleno en la costa platense.

El abuelo miraba con sencilla expresión, como si ya conociera el camino. Al llegar al cruce de la ruta y el camino viejo, el taxista les avisó que tomaría por la zona rural, puesto que la ruta estaba cortada por el fuerte tránsito de vehículos y personas que llegaban del interior del país. Tomó una ruta pequeña, que desembocaba en el arroyo Pando. Al llegar, el abuelo dijo:

-Vaya despacio, el cruce es peligroso: hay animales sueltos.

-¿Conoce el lugar, abuelo? –preguntó el taxista.

-Conozco –dijo-, y no soy su abuelo.

Apareció un plantío grande y llano a los costados de la ruta. No se veían animales por ningún lado, y el abuelo lo sabía. Buscaba recrearse con esas tierras labradas, le recordaban sus orígenes. Empequeñecía los ojos para ver mejor y respiraba profundamente, como si quisiera llevarse consigo todos los aromas.

-En el peaje cambiamos a la ruta principal –afirmó el taxista.

-¿Conoce usted Canelones? –preguntó el abuelo.

-Sí, mucho. Nací y me crié allí.

-No parece –dijo el abuelo-. Para entrar en Montevideo, se hace bordeando las chacras de Camino Maldonado.

El taxista no respondió, tomó la ruta y se internó nuevamente en el campo.

Llegaron cuando el sol resquebrajaba el asfalto.

Sonreía el abuelo, cuando el taxista explicaba a su hija que habían hecho más kilómetros de los hablados.

-Dile que no espere por nosotros. Tomaremos otro taxi: éste no conoce el camino –dijo a su hija.

Raquel Tulic Sanabria

 

9 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario