Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

El zapatero

Ramón era zapatero desde hacía veinte años. Se pasaba los días en su pequeño taller con olor a cuero viejo, pegamento y sudor. Su oficio no le generaba muchos ingresos, por lo que tenía que trabajar  muchas horas.

Ya se disponía a cerrar, cuando un señor muy apuesto entró en el local y le entregó unos extraños zapatos blancos de punta fina en espiral hacia arriba que recordaban a los que usaban los bufones.

-Estos zapatos han caminado mucho y deben seguir haciéndolo. Por favor, póngamelos a punto -dijo con tono singular el cliente tardío.

-Descuide, caballero. Ese es mi oficio. Diciendo esto, los colocó en el estante de trabajos pendientes y salió en dirección a casa, no sin antes pararse en la taberna de la esquina, donde el trago diario lo ayudaba a combatir la dureza del invierno y de la vida. Su mujer lo esperaba sin brillo. El aguardiente  había dejado un sabor de rutina amarga en la garganta.

Al día siguiente, al llegar al taller, le llamó la atención ver los zapatos blancos junto a la puerta, con sus puntas hacia arriba como si lo estuvieran mirando. Por unos instantes, dudó si los habría dejado allí la noche anterior. Recordó que estaba casi cerrando cuando vino el cliente. Reconocía que su memoria ya no era la misma, y no le dio más vueltas al asunto.  Se dispuso a arreglarlos aunque tenía otros encargos pendientes.

Sus manos de artesano experimentado trabajaron con especial esmero y los dejó como nuevos. Les sacó brillo y una vez concluida la faena los  colocó en el estante de trabajos acabados. Los zapatos parecían sonreírle.

A la mañana siguiente volvió a encontrar los zapatos de bufón al lado de la puerta, como si quisieran salir. Se sorprendió, pues esta vez estaba casi seguro de haberlos dejado en su sitio. Esto empezó a repetirse cada día. De hecho, le extrañaba que su dueño no viniera a recogerlos. Aquellos zapatos blancos y brillantes junto a la puerta eran una invitación.

Un día no pudo contener el deseo de ponérselos: encajaron en sus pies como un guante. De súbito, empujado por una fuerza cuya procedencia desconocía,  se puso a caminar sin rumbo definido, como si aquellos zapatos lo guiasen. Cruzó toda la ciudad sintiéndose flotar. El bullicio de todos los días sonaba diferente en sus oídos.  Sin saber por qué fue a parar al parque del ala este.

Igual que un niño que llega por primera vez a un lugar, caminaba ensimismado por la belleza de aquel entorno cuando de repente su corazón dio un pálpito que le quemó el pecho. ¡No podía creerse lo que estaba viendo! En un banco del parque, su mujer conversaba de forma amorosa con un desconocido, se cogían las manos y se miraban con ternura. Tuvo deseos de cortarle el cuello allí mismo a los dos. Se sintió traicionado, engañado, humillado. Al acercarse un poco más pudo reconocer al hombre que la acompañaba: ¡era el cliente de los zapatos blancos!

Poco a poco se fue serenando. Él nunca había sido una persona violenta, más bien podría decirse que le faltaba sangre en las venas. Al contemplar la escena cayó en la cuenta que hacía mucho tiempo que no sostenía las manos de su mujer entre las suyas, ni la miraba con amor. Hasta le pareció más guapa que nunca, la dulzura de sus rasgos le evocó a la joven de trenzas negras y gruesas que lo había enamorado hacía más de veinte años. Y una vez más, arrastrado por un ímpetu que no reconocía en él, se acercó a ellos y como un héroe de los cuentos de hadas, la rescató por la fuerza del amor. Se quitó los zapatos y se los puso al hombre que, con un guiño, se alejó arrastrado por una fuerte y repentina ráfaga de viento, desapareciendo en el horizonte como un punto.

Ramón sintió las manos tibias de la mujer entre las suyas y la tierra que crujía bajo sus pies descalzos. Y dieron un largo paseo como la primera vez.

Teca  Barreiro

 

30 marzo 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 3 comentarios

Intimidades

 

Vomitaba sobre él mis dudas. Lo atiborraba de preguntas y largos y absurdos monólogos. En momentos tristes, lo mojé con lágrimas calientes. Alguna vez me enfadé y le hice el vacío: dejé de hablarle durante días. Pero él seguía allí, callado, esperando.

No sólo lo atosigaba con mis agonías; compartía con él también alegrías y sueños.

Igualmente fue cómplice de mis lascivias más morbosas. Cuando la sangre fluía ardorosa por mis entrañas, plasmaba en él tórridas fantasías de pasiones furtivas.

Cuando el insomnio me habitaba era la compañía perfecta. En la soledad de la alcoba, me desnudaba y le ofrecía mi intimidad.

Conocía como nadie mi belleza y mis sombras. Como un espejo reflejaba mi imagen sin tapujos ni máscaras.

Se tornó algo imprescindible en mi vida, como el aire que respiraba. En nuestra relación no cabía nadie: únicamente él y yo en simbiosis uterina.

Todo fue así de idílico hasta que un día se rebeló. Pasó de una actitud sumisa a cuestionarme cosas, a impacientarse ante mis oscilaciones emocionales. Dejó de ser esa compañía incondicional y empezó a juzgarme y a exigirme. Ya no era mi oreja neutral. Me hacía reproches y reclamaba atención.

Una madrugada, tras una discusión, lo arrojé por la ventana. Lo vi volar como pájaro nocturno y estamparse contra el oleaje, disolviéndose en la espuma.

Mis vivencias más íntimas flotaban en el agua oscura como peces muertos.

No he vuelto a tener otro diario.

Teca Barreiro

23 febrero 2009 Posted by | Cuentos, General | , | 7 comentarios