Factoría de Ficciones

Taller de cuentos

Vivir para amar o amar para vivir

Las noches estrelladas de invierno llaman a la reflexión. Esa noche las estrellas parecían faros a punto de caer sobre su cabeza. En la cabaña sólo se escuchaba la profunda respiración de su amante. Se levantó y caminó sobre el frío suelo. Salió al fresco de la noche y se tumbó lentamente en el suelo, para poder observar las estrellas. A lo lejos alguien cantaba Time after time en un susurro…

Amarle fue como lluvia en un ardiente verano. Revitalizante. Fue un hallazgo tan casual que hasta parecería premeditado. Su mirada era intensa, como una red de terciopelo; era lo que más le gustaba, que la mirase, y poder beber de sus ojos todo. Beber su amor, su historia, sus sentimientos, bebérselo todo hasta dejar el recipiente vacío. Y finalmente pasó: su mirada se quedó vacía, sin contenido, sin amor, sin sentimientos, sin vida. Un día su alma murió, el alma conocida murió y la sustituyó una nueva, a la que nunca supo adaptarse. Y entre estertores y mentiras desnudas todo murió.

Se incorporó, con la espalda entumecida y la voz de Cassidy bajo la piel. Lo mejor sería despedirse ya de esa vida. A unos pocos metros había alguien esperando su regreso y su decisión. Se introdujo entre las sábanas y los brazos de su amante susurrándole con voz temblona: “Ámame”.

 Esther Fernández Guerra

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7 enero 2010 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

BARRERAS ARQUITECTÓNICAS

Llovía a cántaros cuando entró en una cafetería y pidió un descafeinado de máquina. Mientras esperaba a que se lo prepararan vio entrar a dos personas; una de ellas, una señora, andaba ayudándose con muletas. Se quedó mirándola y su mente retrocedió diez años, cuando ella también las necesitaba. Como en una película pasaron por su mente todo el proceso que  tuvo que seguir.

Desde hacía varios meses tenía dolores en la pierna derecha, partían desde la ingle y le costaba trabajo caminar, ya caminaba cojeando.

El médico le manda antirreumáticos y antinflamatorios, pero nada, no se mejora, sigue sin poder andar.

Deciden hacerle una resonancia y le dicen que hay que operar porque lo que tiene es  “Necrosis” o al menos eso entendió ella. Le tienen que taladrar el hueso y le advierten que tiene que estar 30 días sin apoyar la pierna en el suelo porque se le puede romper la cadera y entonces tendrían que ponerle una prótesis. Casi nada.

¿Cómo iba a estar 30 días sin caminar? Se lo tiene que pensar, pero así tampoco se puede quedar.

Que sea lo que Dios quiera –se dice.

La operan. Todo va bien mientras está en la clínica, pero como todo llega en esta vida, hay que irse a casa y ahí empieza el problema.

Cuando la llevan a casa lo primero que ve es el escalón que separa la acera de la puerta y piensa: “¡Dios mío, pero cómo ha crecido este escalón!”

La entran en casa y otra sorpresa: el pasillo para llegar al baño que siempre había sido de unos diez  o doce metros ahora, lo ve de cien o ciento veinte, -cómo va a llegar.

Le dice a su hija: “Para llegar allá lejos, mi niña, me “meo” por el camino”.

Nada, que le traen un taca-taca y ahí va con sus 65 años dando saltitos como una pulga, pero llega, pues tiene que hacer la comida para los suyos y entre el taca-taca y la silla de la cocina lo consigue.

Otra prueba que tiene que pasar: cuando la llevan al dormitorio y necesita a alguien –pues no van a estar siempre a su lado–, llama y llama y no la oyen.

Solución: una campanita que le habían traído de no sabía donde, y problema resuelto, todos oyenla campana.

Aún queda solucionar lo más peligroso de las barreras. Tiene que ir a rehabilitación y siente terror cada vez que tiene que bajar y subir para salir a la calle. Ya tiene muletas y se defiende mejor pero hay que reducir los 30 centímetros del escalón. Le dice a su marido que busque un trozo de madera y haga una especie de banquito con dos burras fuertes de forma que el escalón sea 15 y 15 centímetros, y así da dos saltitos para abajo y dos para arriba.

En fin, esta es la odisea que tuvo que vivir y que le sirvió para valorar muchas cosas,  incluida una campanita que, no sabía por qué, había conservado.

Dolores Martín Ferrera

 

23 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Vida nueva

Acabar con todo lo superfluo, lo que sobra, lo que estorba, lo que pesa, lo que crece perenne, como la ropa en el ropero. Eso lo haré mañana. Cris, cris, cris, cras. Cae una. A la una lo vi por primera vez, entró al local y se sentó en la barra, miró con deseo a todas las chicas y se decidió por la pelirroja, cuando esta llegó a su lado se giró para pedirme la bebida, y entonces me vio, y lo vi. Nos vimos. Cruzamos nuestras miradas. Sonrojado, pagó la consumición de la chica y se fue sin beber ni decir nada.

Sin pena, sin sentimentalismos absurdos, evitando la emoción del momento, y sobre todo evitando recrear las emociones que me produjeron cuando los leí, releí, y algunos re-releí. Quemar todos los libros en la chimenea, así servirán para algo. Eso lo haré mañana. Cris, cris. Van dos. A las dos vino por segunda vez, fue una sorpresa, pensé que le daría vergüenza volver, y volvió a marcharse sonrojado, dejando a la chica, y dejando sus ojos en mis ojos.

Sacar una a una todas las fotos de todos los álbumes y con unas tijeras pequeñitas cortarlas en pedacitos simétricos, pedacitos que empiezan en mi bautizo y acaban después de mi divorcio. Luego desordenarlos todos y tirarlos por la ventana. Eso lo haré mañana. Sin prisa pero sin pausa, como estoy haciendo ahora: Criiiiiis, ya son tres. A las tres llegó la tercera vez, yo llevaba mucho tiempo esperándolo, y esta vez me sonrojé yo también. Hasta el alma; pero no por nada, yo no tenía de que avergonzarme, yo solo era la camarera que le servía la copa a la pelirroja antes de que él, mirándome colorado, se fuera.

Con decisión, sin pensar en el tiempo y dinero invertidos, coger la colección de monedas, acercarse a la esquina, y dejarlas caer una a una por la rejilla de la alcantarilla; incluso las que tengo cuadradas, incluso las de plata, incluso la de oro. Eso lo haré mañana. Cris, cras. Cuatro. La cuarta vez llegó a las cuatro. Sabía que vendría, pero no sabía cuando, era imprevisible; lo mismo pensaba la pelirroja, aunque no lo decía; lo importante aquí no era la boca, sino los ojos, y cada vez que repetíamos el ritual, la pelirroja nos miraba mezclando extrañeza y embeleso.

Romperlos primero, eso es lo que tengo que hacer con los cedés y los vinilos antes de tirarlos a la basura; no quiero que cualquiera pueda escucharlos, ni mucho menos venderlos en un mercadillo sin que yo me entere, no me gusta que la gente se aproveche de mí, al fin y al cabo son míos. Romper y tirar cedés y vinilos. Eso lo haré mañana. Cris, cras, cris. Ya terminé una parte. La quinta vez que vino, vino a las cinco, con el local en plena ebullición; es increíble como podemos mirarnos dos personas en medio de una multitud y sentirnos a solas; ningún otro contacto físico logra la intimidad que se crea con la mirada, capaz de provocar incluso el sonrojo.

Como ya no lo beberé, no lo beberemos, lo mejor será derramar las botellas de vino por el fregadero; tantas de mis ilusiones han sido tragadas ya por los desagües que una más que más da. Eso lo haré mañana. Craaaaaas. Seis, ya queda menos. La sexta vez que lo vi eran las seis, y yo sabía que vendría, era la primera vez que alguien venía al local por mí, por la sensación que yo le provocaba, y ese pensamiento me hacía sonrojar de placer.

Hidratante, nutritiva, limpiadora, antiarrugas, … todas al váter, son mentira, mira que me las he puesto, pero desde la primera vez que lo vi hasta ahora solo he ganado en rictus y patas de gallo cada vez que lo he visto ha sido una marca mas en mi cara. Al váter. Eso lo haré mañana. Cris, cras. Que rápida voy, siete. La séptima vez que vino estaban dando las siete, hora de cerrar, pensé que me esperaría y me invitaría a desayunar, pero no, solo invitó a la pelirroja a la copa, y como siempre, tras hacerlo y mirarme le cambió la cara de color. Se marchó. Eso fue todo.

Tanta película para nada, ya no se hacen finales felices, dicen que el cine de ahora imita a la realidad, o sea, que cuando ves una película estás viendo tu puñetera vida, con lo cual sabes que la película es una mierda y acabará como tal. Acabar de una vez y para siempre con todos los deuvedés. Eso lo haré mañana. Cras, cras. Ocho, ya estoy terminando. La octava vez que vino solo eran las ocho, hora de abrir, era el único cliente, la pelirroja aún no había llegado, así que era un momento propicio para hablar, o sonreír, o algo…pero nada, la buscó con la mirada, y aunque no estaba pidió su copa, y al pedirla se sonrojó, como si yo lo hubiera visto con ella.

Llega una edad en la que es absurdo maquillarse, el paso de la vida por encima, como el de un tren, es indisimulable, no hay maquillaje que recomponga el cadáver, además, cada vez me da mas pereza fingir, por tanto, tirar todo el maquillaje que tengo, que es mucho y variado. Eso lo haré mañana. Cras. Nueve, ya solo me queda una. La novena vez que vino eran las nueve, pensé que no tendría familia, nadie con quien cenar, y sentí un retortijón de hambre en el estómago, ¿o era la emoción de volverlo a ver? La pelirroja no debería beber con el estómago vacío, pero no se puede rechazar la invitación de un cliente, por muy mono que sea, por mucho que se sonroje…

Escribir poemas, ¿habrá actividad más banal? Es realmente estúpido, los poemas hablan de sentimientos, de sensaciones, de cosas del corazón, y es un lastre tener corazón, a nivel emocional no sirve para nada, es un estorbo, los poemas, el corazón, si no tienes cuidado crecen, se multiplican como la ropa en el ropero. Quemar todos mis poemas, los que escribo desde niña, disolver las cenizas en un gran vaso de agua y bebérmelo. Eso lo haré mañana. Craaaas, cris. Diez, punto y final. La décima y última vez que lo vi eran las diez, desde la vez anterior yo había estado, noche tras noche, manteniendo la ilusión, la esperanza, y pensando: “Cuando vuelva le entro, le entro yo ya que él no se atreve; no se atreve a nada, es tán tímido…” E iba a hacerlo, iba a entrarle después de servir la copa, pero no me dio tiempo, cogió a la pelirroja del hombro y la llevó escaleras arriba del local, alas habitaciones, ¡Y no se puso colorado! Cris, cris, cris, cris, ahora cortar las pielecillas, loas pellejitos, que afean tanto, las cutículas y asunto concluido.

Unas tijeritas de punta afilada siempre son necesarias en una casa, tienen muchas utilidades, por ejemplo, se pueden clavar limpiamente en el corazón de un hombre, a la puerta de un local cualquiera, a cualquier hora, y si las manos que las clavan llevan guantes, el único indicio posible es una mancha colorada sobre el pecho del cadáver.

Ana Vanderwilde

23 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , | Deja un comentario

Concierto en Si b Mayor para piano y pitidos de cajeras

Maldita leche de soja. Desde que Eva tuvo la niña, comer en su casa es una pesadilla horrible. Y ahora ahí está ella, a las 19:00 de un martes cualquiera en el supermercado, aguantando las kilométricas colas, cansada del pegajoso día. Mira a su alrededor con la vana esperanza de encontrarse con alguien conocido para quizá conversar sobre cualquier chorrada y hacer la espera más llevadera. De todas formas, en su caja sólo están una pareja de ancianos y ella, así que esto no puede tardar mucho.

Ahora llega más gente. Un hombre joven de unos treinta años. Verdura y pasta de dientes. Ojos azules. Como los de Tytlack. De repente, un escalofrío en su mano, donde lleva la cesta con los pesados paquetes de leche. Decide apoyarla en el suelo.

“Tin ton tan tin. Señorita Araceli acuda por favor a información. Gracias. Tin ton tan tin”. Arpegio mayor ascendente. Quizá sol, quizá do. Y del aburrimiento le da por abrir los oídos. Abrirlos a esos sonidos cotidianos que también pueden ser música: el crujir de las bolsas de plástico, el taconeo de la típica pija, la voz nasal de la cajera de al lado, el murmullo del rodar de los carros por el suelo… y sobre todo el pitido de las cajas al leer el código de barras de los productos. ¡Qué maravilloso! Puede que fueran más de diez cajas, cada una emitiendo pitidos entrecortados a un ritmo distinto. Era como una orquesta de flautas desordenadas, locas, perturbadas quizás a causa de algún Tytlack inquisidor.

Piensa entonces cómo sería tocar con esos pitidos: Concierto en Si b Mayor para piano y pitidos de cajeras. ¿Por qué a nadie se le habría ocurrido antes? O tal vez sí, y eso existe. Ella qué sabe. Se imagina la luz de los focos derramada entre las teclas y lo siente otra vez todo ran real… Esa mirada en blanco y negro que la esperaba a ella, a nadie más. Esa llama azul que, desde lejos, le abrasaba y hacía temblar de frío a la vez,  mientras todo su cuerpo no era más que un bloque mudo.

Tytlack no comería verdura. Seguro que sólo comía carne. Cruda.

-Disculpe, ¿tiene hora?

Se puso nerviosa. No suele hablar con gente guapa. Y menos desconocida.

-No, lo siento. Ya no llevo reloj. Solía llevarlo en la izquierda.

Y claro, ahora se siente estúpida. Porque a él qué diantres le importa dónde solías llevarlo y por qué. Seguro que cree que lo has dicho para darle pena. Aunque… si lo piensas bien, hay un reloj enorme en la pared de enfrente. Una de dos: o no se ha dado cuenta o intentaba agarrarse a una excusa inútil para hablar contigo. La verdad es que desde lo del accidente no has vuelto a quedar con ningún chico. Pero esos ojos azules te hacen amargo el aire.

         Parece que la cajera es rápida. Ya le ha tocado el turno a la pareja de ancianos; la siguiente es ella. Supongo que están contentos porque se oye cómo silban un antiguo bolero. Qué lindas armonías las de los boleros. Nunca te hubieras atrevido a tocarle uno a Tytlack. Pensaría que era música vulgar. Haría lo que fuese para arrancarte cualquier atisbo de placer; el perfeccionamiento en la ejecución estaba por encima de todo. Ella debía estar por encima de todo… y no debajo de un camión. Aplastada en mitad de la carretera, tragando sangre, rabia, frustración, dolor. Podía oler cómo se derramaba su futuro sobre la gasolina, cómo se prendía fuego para evaporarse y dejar de existir. Dejar de existir era la solución.

         Nunca fue a verla al hospital. No envió flores, bombones u otros convencionalismos fríos. Creo que ni siquiera contempló tu regreso. Ya no estabas en condiciones, habías perdido toda oportunidad. No le quedaba ninguna razón por la que interesarse por ti.

         Estaba tan absorta que apenas se dio cuenta de que era la siguiente. Cogió la cesta del suelo con los paquetes de leche. Yo pienso que el tipo de las verduras debió darse cuenta en ese momento, porque sólo entonces ella se giró, descubriendo así el perfil izquierdo de su cuerpo. Sin embargo, reaccionó de la peor de las formas. La compasión, la pena, le manchaban la cara como un maquillaje desgastado. Sus ojos se volvieron de un azul como de sombra de sauce.

-¿Quiere que le ayude? Quizá es demasiado peso para usted sola.

-No se preocupe, de verdad –dijo en mitad de una sonrisa educada-. Gracias.

-Insisto, no me cuesta nada. Además, así puedo acompañarle hasta su coche.

Fue un comentario tan inesperadamente torpe que tuvo que reírse.

-No tengo coche, pero de todas formas prefiero la guagua. Muchas gracias.

Los ojos azules siguieron su contorno hasta la puerta de salida, observando aún sin dar crédito el baile del aire que jugaba con la manga izquierda… Vacía.

Tania Rodríguez Suárez

16 noviembre 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 5 comentarios

Ojos Verdes

Los acordes de “Ojos verdes” me transportaron a la casa azul y al olor a miedo. En ese momento vivíamos con el tercer marido de mamá, un tipo de fuertes músculos y piel aceitunada.

Los jueves regresaba a casa temprano, se servía un 100 Pipers acompañado de acordes de coplas. Mi madre y yo sabíamos que antes de “Ojos verdes” se desnudaría para luego llamarnos y comenzar el juego del “papi”. Ese día mi estómago se estremecía al abrir mis ojos y mi cuerpo temblaba a la espera de las cinco en punto. Sus manos tocaban todo mi cuerpo y cada día me quitaba una prenda más. Mi madre era reclamada al espectáculo en el papel de madame. Llegaba con el traje de piel de leopardo, medias de rejilla y tacones de aguja. Los labios carmín y el rimel no ocultaban el terror de su rostro.

Me acerqué al espejo, me lavé la cara y me repetí la frase que mi terapeuta me recuerda “tus hermosos ojos verdes”

El olor del aliento se mantenía semana tras semana, sin poder desprenderme jamás. Al terminar, me duchaba, con ayuda de un guante de crin, me restregaba hasta la sangre pero el olor permanecía en mi olfato físico y mental.

Ahora, cuando el olor se hace muy intenso, esparzo por la habitación la fragancia de lavanda que año tras año me regala mamá.

El primer jueves de la primavera de 2005, su cuerpo vibraba lleno de deseo y excitación. Su mirada lasciva y el rictus de su boca me avisaron que hoy era el día.

Fui yo quien llamó a la policía, su cuerpo desnudo y su miembro erecto cayeron al suelo, en ese instante la sonrisa se dibujó en la cara de mamá.

Mañana en la hora de terapia, en el módulo III, comunicaré que “Quiero, Acepto y Agradezco Mis Hermosos Ojos Verdes”.

Delia Martín Curbelo

18 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Retrospección

Deja, de manera capitalista, las monedas sobre la bandeja que siempre está situada sobre la barra. Se despide del camarero y, al dar la vuelta sobre sí mismo, siente un leve cosquilleo. Leve cosquilleo que por un momento se convierte en pinchazo. Lleva su mano derecha a su costado izquierdo, a la altura del apéndice. Anda uno, dos, tres pasos y nota el bulto que yace en dicha zona. Palpa, ahora con la mano directamente sobre la desnudez de su piel notando ese bulto de tacto incómodo. Al levantar la camiseta azul, tal como prevé, contempla ese algo que no le pertenece; inmóvil, adherido al blanco de su piel.

         De súbito le asalta el recuerdo del argumento de un relato que leyó hace años. No consigue acertar el nombre del autor. La plasticidad del texto es escalofriante, aún se estremece al recordarlo. Ahora mismo le acongoja. Lo recuerda como si visionara una película. Dos hermanos salen de caza. Al regresar uno de ellos descubre que lleva algo clavado en el brazo, algo extremadamente desagradable. El hermano le aconseja que no se lo quite, que se puede infectar, que se eche alcohol y no lo arranque de cuajo. Pero no le hace caso. En días sucesivos la herida se le infecta, hecho al que no dará importancia. No va al doctor y no hace nada por curarse. La herida toma el tamaño de una pelota de ping-pong. La infección crece y la pelota de ping- pong toma el tamaño de una bola de billar, que explotará en un mar de pus. El hermano insiste durante todo el relato en que asista a la consulta. Lo siguiente: la fiebre alta y las punzadas. Mientras, sigue sin querer recibir asistencia médica. Contra su voluntad, el hermano, llama al médico. Le receta antibióticos y le da hora para asistir a la consulta, con la intención de drenar la herida.

         En días sucesivos se las ingenia para fingir que toma los antibióticos. La herida toma un tono violeta y comienza a extenderse lentamente. El brazo se le gangrena, tienen que amputar, pero se niega. La infección se extiende por todo el tronco y resto de extremidades. Ahora todo su cuerpo es inservible, salvo la cabeza. Antes de morir, su hermano le pregunta la razón de tal decisión, él responde: “porque sí”. 

         Tras la lacerante avalancha de imágenes y el recuerdo de tan desagradable argumento, se quita con extremo cuidado el ser adherido a su piel. Trata de que sea una acción limpia, como el descorche de una botella de vino. Cree que no ha quedado nada dentro, ni cabeza, ni patas. Eso espera. El día es soleado, silba una canción, vuelve a casa.

Rayco Arbelo

17 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Burro

El reloj de la cocina señala las cinco menos cuarto, Pablo debe de estar  a punto de llegar. Todavía da tiempo a un cigarro y a un cafecito. No debería, ni lo uno ni lo otro, pero, qué leches, aún es joven para ser una abuela, al igual que lo fue, en su momento, para ser madre.

Es curioso, pero durante años Maite no había vuelto a pensar en Amparito, y sin embargo, desde hace unos días, piensa en ella de manera recurrente. Recuerda con extrema viveza una tarde en concreto. Estaba jugando junto a Rebeca, Guille, Simón, y Sandra, la “Cuatro ojos” en el enorme descampado que había entre su bloque de viviendas y la Cárcel de Carabanchel, una amplia explanada sembrada de arbustos bajos y malas hierbas, recorrida por irregulares senderitos de arena y piedra a cuya vera crecían amapolas silvestres. A lo lejos se divisaba la pequeña ermita que velaba el cementerio, junto a la cual los gitanos anclaban sus puestos de venta de flores. Pese a lo que pueda pensarse, no era un lugar sombrío, al menos para ellos, sino, muy al contrario, un vergel luminoso que en los días de sol rezumaba vida en cada brizna de hierba movida por la brisa, en cada abejorro danzando al son de su desidia, en cada neumático reseco dado por muerto años ha. Llevaban un rato jugando al dola cuando vieron aparecer por detrás de un promontorio a Amparito, sola. Eso era muy raro, porque Amparito jamás salía de casa si no era en compañía de su madre o de su abuela. En esa época no se utilizaba, por lo menos en el entorno de ellos, el término “Síndrome de Down”. Amparito simplemente era tonta, retrasada, o subnormal, dependiendo del interlocutor al que uno se dirigiese. Parecía confusa y desconcertada. Iba vestida como una muñeca pepona, con un vestido rosa estampado de flores verde arlequín que le llegaba a la altura de las rodillas y que ya en esa época parecía añejo y cursi, y sobre el cual su redondeada cabeza parecía haber sido implantada como un corcho a una botella. Calzaba unos zapatos negros de charol que a duras penas parecían poder comprimir sus pies, y unos largos calcetines blancos que debieran haber permanecido firmes pero que yacían desmayados cómicamente sobre sus zapatos, dejando adivinar un océano de arañazos y viejos moretones sobre la palidez de sus piernas. Tras una rápida consulta entre ellos, empezaron a llamarla, todos al mismo tiempo. La novedosa presencia allí de Amparito sin la compañía de su madre les hacía  augurar, de un modo vago que tan sólo intuían en parte, un tipo de diversión diferente para esa tarde. Amparito les miraba sin saber qué hacer, hasta que, ante su insistencia, se acercó a trompicones al grupo. La saludaron con fingida alegría y afecto, mientras Amparito, confusa, trataba de sonreír, aunque un leve atisbo de desconfianza opacaba sus ojillos rasgados. Le dijeron que estaban jugando a la dola y la invitaron a participar. Ella dijo que no sabía, y ellos dijeron que no importaba, que era muy fácil. Le explicaron las reglas, que eran, efectivamente, muy sencillas. Uno, el más rápido y avispado, decía:

 -¡China tengo!

El resto se numeraba en función de su rapidez y se establecía un orden. El primero, el que tenía la china, se la escondía en una de sus manos y luego le mostraba al segundo los dos puños cerrados. Este tenía, entonces, que elegir entre uno y otro. Si señalaba la mano vacía sería el primero en participar en el juego y si, por el contrario, indicaba la mano que contenía la china, el primero sería el otro. Entonces, por orden, todos iban teniendo su oportunidad de escoger.  El que acertaba la mano vacía se libraba del juego, y al que le tocaba la china seguía participando. El primero en librarse de la china elegía la modalidad del castigo que se infligía al perdedor, que era quien se quedase finalmente sólo con la china. Dicho castigo podía aplicarse de muchas formas distintas, pero las más usuales eran quedársela al escondite, ir a robar una barra de pan o unas magdalenas a la panadería, o ser saltado por encima en hilera –el popular burro -.

Maite recuerda, mientras remueve el café con la cucharilla y se enciende el cigarro, que ella fue la primera en llevar la china y que eligió el burro. Todos, anticipando sin necesidad de hablar el desenlace del juego, celebraron la ocurrencia, menos Amparito, que no entendía nada. La voluminosa anatomía de Amparito hacía de ella un sugestivo obstáculo que saltar. Así, comenzaron a jugar, y uno y otro fueron pasando por el trámite, con Amparito en último lugar. Unos elegían la china y otros se iban librando, mientras Amparito, en apariencia de manera casual, siempre elegía la mano errónea. Finalmente, tras una improvisada coreografía de guiños, risitas, sobreentendidos y gestos poco disimulados, Amparito se quedó sola con la china. Entonces Simón le explicó que había perdido y que ahora debía agacharse hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas, para que todos saltasen, uno a uno, por encima de ella. Amparito sonreía nerviosa y azorada, y decía:

-No sé.

Simón y Guille le hicieron una demostración práctica, pero ella seguía sin decidirse, mientras trataba de no olvidar sonreír. Poco a poco, a base de engañifas y zalamerías, la fueron convenciendo. Entonces Rebeca la colocó en el lugar apropiado y se dispusieron en fila detrás de ella para saltar. Guille iba el primero. Saltó con energía, pero Amparito, atenazada por los nervios, elevó un poco el tronco cuando sintió el contacto de Guille, y recibió un pequeño empellón en la cabeza con la entrepierna de este. Eso, probablemente, la puso aun más nerviosa, y cuando Maite, que iba en segundo lugar, trató de saltarla nuevamente, a Amparito le fallaron las piernas y cayeron las dos al suelo aparatosamente. Maite se incorporó con presteza sumando sus risas a las de sus compañeros, pero Amparito se quedó sentada en el suelo, mirando sus despellejadas rodillas, pálida, a punto de llorar. Rebeca y Sandra la ayudaron rápidamente a incorporarse; en parte, sí, por sincera compasión, pero más por intentar que la fiesta no se aguase antes de tiempo. La convencieron de que no pasaba nada, de que esta vez saldría mejor, la chantajearon planteando maliciosamente si no se trataría de que no quería jugar con ellos, y ella, confundida y amedrentada, accedió a agacharse otra vez, dirigiendo hacia atrás tímidas miradas de soslayo, como un cervatillo asustado.  Esta vez le tocaba saltar a Simón. Tomó carrerilla, echó a correr hacia Amparito y saltó, y justo cuando sus manos se apoyaban en el rotundo trasero para tomar impulso, se escuchó alto y claro un sonido parecido al que haría al abrirse un grifo que llevase cerrado mucho tiempo, como una especie de trompeteo acuoso, que salía de debajo de las faldas de Amparito. Todos, incluido Simón, que había efectuado su salto con éxito, permanecieron mirándose unos a otros durante unos instantes, incrédulos, estupefactos por lo que acababa de ocurrir, hasta que la primera carcajada contagió a otra, y esta a otra, y terminaron todos tronchándose literalmente por la risa, contorsionados y hasta por los suelos en algún caso, durante lo que parecieron unos eternos minutos de puro y limpio alborozo, mientras un olor nauseabundo y culpable, cuyo epicentro era Amparito, se deslizaba entre ellos al capricho del viento. Amparito permanecía callada, inmóvil, mirando a lo lejos con expresión neutra. Poco a poco se fueron serenando, y entonces Rebeca se acercó a Amparito y le preguntó si le había pasado algo, mientras dirigía a los otros, que trataban de disimular sin mucho empeño la risa, miradas de impostado reproche.

-¿Qué te ha pasado, Amparito? –le preguntó cariñosamente-. ¿Estás bien?

Y Amparito, evitándola con la mirada, no contestaba.

-¿Qué te ha pasado? –insistió Rebeca -¿Te has hecho caca?

-Caca –dijo Amparito con un hilillo casi inaudible de voz.

-¿Qué dices? ¿Caca? ¿Sí? ¿Te has hecho caca?

Mecho caca –respondió Amparito en un tono más alto.

-Bueno, no te preocupes –prosiguió Rebeca, asumiendo un momentáneo y deliberado papel maternal-. No pasa nada. Lo que tienes que hacer es quitarte las bragas, que las tendrás sucias.

Maite recuerda que en ese momento sintió sincera lástima por Amparito, pero una especie de sentido de pertenencia tribal y, sobre todo, la inconsciente aversión que le producía la idea de que, siquiera remotamente, se la pudiera asociar o vincular emocionalmente con Amparito -como si tomar partido significase equipararse a ella, abandonar su equipo para enrolarse en el de Amparito, en el de los tontos, los sucios, los retrasados-, e impidió que sopesase con seriedad la idea de actuar de una manera distinta.  Algo en su interior le advertía que aquello no estaba bien, pero ¿qué era “aquello”? Además, ¿quién quería ponerse a pensar en ese momento? Así que, como los demás, insistió con estudiada delicadeza para que Amparito se quitase las bragas. Amparito, rodeada y desorientada, empezó a bajárselas, entre las veladas exclamaciones de repugnancia de la concurrencia. Permaneció unos momentos con las bragas y su gran mancha delatora entre los pies, tratando de entender lo que sucedía, mientras los demás la instaban a continuar. Se agachó para quitarse la prenda, pero su precario equilibrio y la escasa flexibilidad y coordinación de su orondo corpachón le impedían hacerlo de ese modo, por lo que se sentó en medio del camino, sobre su falda, y se las sacó. Entonces, sentada sobre la tierra, con las piernas abiertas, estiró el brazo con el que sostenía las bragas, como ofreciéndoselas a los otros.

-¡Aaaagh! ¡Qué asco!

-¡Suelta eso, cochina!

-¡Cuidado, no la toquéis! –exclamaron, entre otras cosas.

Entonces, Guille cogió del suelo la rama desgajada de un almendro y, apuntando con ella en dirección a Amparito, le dijo que colgase las bragas de su punta. Una vez dispuso del desagradable trofeo en el extremo de la rama, empezó a amenazar y a perseguir, entre risas, a los demás con él. Amparito, mientras, permanecía en la misma posición sedente, catatónica.

Entonces se escuchó, en la distancia, una voz desgarrada llamando a Amparito, que giró la cabeza en esa dirección. Maite y los demás se miraron entre sí con súbita preocupación. De repente, en cuestión de un instante, un ilusorio espejo de juego y despreocupación eternos se había hecho añicos, y tras sus restos se adivinaban la sombría amenaza de la reprimenda y el castigo, y la amarga conciencia de haber obrado mal. Guille arrojó detrás de un matojo la rama de la que colgaban las desventuradas bragas de Amparito, pero luego se lo pensó mejor, las recogió con sumo cuidado y se las ofreció de nuevo a su propietaria, quien, tras dudar unos instantes, las cogió sin ningún tipo de remilgo. La voz, femenina, seguía llamando a Amparito con insistencia, cada vez más cerca. Por un momento Maite, como seguramente los demás, pensó en echar a correr, pero intuía inconscientemente que, de algún modo, eso conferiría una dimensión de superior vileza a sus actos, así que permaneció allí con los otros, en silencio, mientras la voz aumentaba su proximidad. Amparito, entonces, reaccionó al fin y respondió con voz queda a la llamada de su madre:

-¡Mami! ¡Mami!

No quedaba otra opción, en esa tesitura, que tratar de borrar como se pudiera las huellas del crimen e intentar aparentar normalidad. La “Cuatro ojos” se subió al promontorio por el que había aparecido Amparito y, moviendo los brazos, llamó la atención de la madre. Esta apareció, al cabo de unos instantes, sin resuello, con los ojos fuera de las órbitas. Durante unos instantes cargados de tensión su mirada recorrió la escena de una punta a otra, tratando de comprender y de asimilar lo que había ocurrido allí. Vio a su hija en el suelo, sonriente, con la cara tiznada y las rodillas en carne viva, sentada sobre sus propias heces en medio del camino, sosteniendo con dedos manchados unas bragas sucias, y a un grupo de niños que la miraban entre sorprendidos y asustados, con la culpabilidad reflejada sus rostros. Maite jamás olvidaría la mirada de pena y desprecio infinitos que les dirigió entonces. Cogió de la mano a su hija y la ayudó cariñosamente a incorporarse.

-¿Estás bien, tesoro? Tenemos que irnos a casa, despídete –dijo, remarcando cuidadosamente las palabras sin dejar de mirarles fijamente- de tus amiguitos.

Entonces cogió las bragas, que estaban a los pies de Amparito, y las lanzó con todo el desdén del que fue capaz en medio del círculo imaginario que formaban Maite y sus amigos, con los ojos enrojecidos centelleando de furia sorda.  Tras esto, dio media vuelta y se fue alejando con su hija, agarradas de la mano.

Con qué amargura, con qué deje de asco pronunció esas últimas palabras. El recuerdo de aquellas palabras, y sobre todo de esa mirada como de diosa colérica se clavó en el pecho de Maite y permaneció ardiendo en él durante mucho, mucho tiempo. En adelante, cada vez que se cruzó con Amparito y su madre, sentía cómo una especie de calor blando y embarazoso le subía por la boca del estómago directamente hasta las sienes, y era incapaz de mirarlas directamente a los ojos. Un tiempo después, Maite y su familia se mudaron de casa, y nunca más volvió a saber ni a pensar de Amparito. Por lo menos hasta hace unos pocos días. Es curioso.

Se da cuenta de que el cigarrillo ya está casi consumido, y, casi al mismo tiempo que lo apaga, como si ambos hechos se hubiesen sincronizado adrede, ve aparecer a través de la ventana el microbús del Centro. El vehículo se detiene y Pablo baja acompañado de la cuidadora. Parece que viene contento, está cantando. Saca la botella de coñac de un estante superior de la cocina y, mientras les ve acercarse por el camino de entrada, se sirve un culín de licor en la misma taza que ha usado para el café. El día aún no ha terminado.

Kepa Hernando

17 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 2 comentarios

Olores

Cuando siento el olor del césped recién cortado a mi memoria viene mis tiempos de estudiante en Irlanda. Nunca pienso en el césped, sino en mis salidas de la casa en la que me hospedaba. En los saludos de los vecinos, afanados en su jardín. Lo mismo me sucede con el olor del mar. Este me traslada a la orilla de la pequeña playa a la que íbamos mi padre y yo a coger cangrejos. Recuerdo cómo las olas lamían las rocas y luego se retiraban despacio, dejando espuma y ese olor a marisco y el afán de mi padre por atrapar los cangrejos.

En mis recuerdos quedan pocas cosas. Casi todo se ha borrado. He usado la goma del olvido. Siempre me digo: si no lo recuerdo, nunca me ha pasado. No creo que sea un pensamiento original, pero sí efectivo. No importa que se borren también los buenos recuerdos. Los malos siempre los ha anulado.

Sin embargo cuando más relajado estoy paseando por el parque, de pronto me paro, dejando sorprendidos a algunos paseantes. “Es que he vuelto a sentirlo”; he vuelto a sentir ese olor, ese perfume que no sé si me agrada o no, sólo sé que me trae recuerdos. Mi mente se pone a trabajar con vehemencia.

Veo a mi madre como si estuviera dentro de una película muda, todo sucede deprisa, todo es absurdo, se cae, se levanta, corre, se para, me mira, parpadea con pestañas como abanicos. Lleva en sus manos un reloj al que le da cuerda frenéticamente, el mismo que suena en mis sienes cada tres horas. Es el tiempo de cada despertar para ir al baño. Lo tira contra el suelo, éste rebota y se hace añicos, ella lo pisa como loca.

Luego todo se serena, la película va más despacio, pero no menos aterradora. Ahora es una película sonora. Retumban en el suelo los pasos de mi madre, estos me despiertan. No sé si ya estaba mojado o lo hice en ese momento. Oigo que dice con una horrible voz. “Levántate, meón, has vuelto a mojar la cama”. Me asusto. Tengo mucho frío, pero ella me deja allí de pie. Estoy descalzo y todo mojado, quiero ir al baño, pero me da mucho miedo moverme. De pronto dice “Pero ¿qué haces, papanatas? Vete al baño y lávate.”

Estoy en el baño. Ella entra, me tira un pijama en plena cara. Ponte esto –dice- y como te vuelvas a mear te rompo todos los huesos.

El tiempo debe de haber pasado, soy mayor. Hay una mujer muy vieja en mi cama, le estoy poniendo un pañal. No sé quién es. Me mira con ojos tristes y llorosos. Deduzco que es mi madre, huele igual, siempre le ha gustado usar su perfume predilecto. En realidad huele muy bien a pesar de su deterioro. Huele a como yo la recuerdo, cuando era más joven.

Vuelvo en mí, estoy parado en el parque. ¿De dónde procede ese olor? Creo que no viene de ninguna parte. Simplemente lo llevo conmigo.

Sara Godoy Santana.

10 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Silencio

Ay, el mando, que ya empieza el maldito anuncio.

Dónde está.

Aquí.

A ver…

“SILENCIO ON”.

Justo a tiempo.

Si oyera esa musiquita una vez más, enloquecería.

Ja, ja, qué gracia ver la tele así: cómo se mueven…, qué caras ponen…, cómo cambian las escenas…, ja, ja.  

Al verlos con sonido, no me había dado cuenta de lo rápidos que son los anuncios.

Al final, va a tener más gracia la vida en silencio.

Como lo de mi sordera, qué divertido fue tener los oídos taponados durante todo un día.

Vale, al principio, me agobié al saber que la medicina no haría efecto hasta que pasaran 24 horas. Me asusté por el aislamiento y me dirigí a casa con la intención de recluirme, sin mirar a nadie para que no me hablaran. Hasta que tropecé con aquella vecina tan pesada. Qué gracioso fue ver cómo gesticulaba con indignación y no oír absolutamente nada de sus ridículas batallas mientras me reía para mis adentros. Fue tan divertida esa situación, tan cómoda, tan tranquila… Ni el ruido del tráfico, ni los gritos de los niños en el parque, ni la música de la niñata del 4º. Nada. Nada podía molestarme ese día. Y era tan gracioso que me hablaran mientras yo fingía tener tanto interés en lo que me contaban, que decidí pasar el día entero forzando encuentros y “conversaciones”. No sé si mis interlocutores de ese día se sintieron aliviados al “hablar” conmigo, por aquello que dicen los especialistas de que necesitamos que alguien nos escuche para sentirnos mejor. No sé si ellos se sintieron mejor ese día pero yo sí, yo me reí mucho. Qué bien me lo pasé.

Ay, el mando, que ya se acabaron los anuncios, dónde lo dejé. Aquí. “SILENCIO OFF”. Qué buena es esta serie…

Mónica Graña

8 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

Gotas de vino agrio

Gota de vino

La primera vez, la afilada hoja de metal me acarició la cara. La segunda, y alguna de las sucesivas, me hicieron sangrar. De mi rostro ahora resbalan gotas de sangre que tiñen el inmaculado lavabo, confiriéndole un aspecto grotesco. Las heridas no  me producen dolor.  ¿Será que me estoy haciendo inmune a ellas?  Cada afeitado es el mismo ritual de cortes, y más cortes. Siempre me ha ocurrido así, a mi padre le sucedió igual y tal vez a su papá también.  Lo cierto es que cada vez que veo brotar sangre, me acuerdo de él.

En este momento me viene a la memoria aquella ocasión en la que me envió a vender sus cerdos a las afueras de la ciudad, pues yo le había convencido de que si los vendíamos allí, él vería más dinero; una de las pocas cosas por las que le estoy agradecido, es que este fue el comienzo de una exitosa carrera de negocios. Fue el primer acuerdo que cerré con éxito, y para celebrarlo acudí a un bar donde derroché casi todo el dinero. Desde ese momento, su trato fue diferente. Frecuentemente aludía  a  que era mejor hacer negocios aquí,  aunque con menos ganancias económicas, que uno cerrado con éxito por mí allá, donde  él no vería nada. Pero de esto hace ya mucho tiempo. Él  murió hace apenas un año; aunque para mí parecen haber pasado más de diez.

No quiero terminar como él, renuncio a ello. Pero cada gota de sangre que recorre mi semblante, me evoca su imagen. Cada día al mirarme en el espejo, contemplo aterrado cómo me asemejo más a él. Cuando deambulo por las calles de  nuestro antiguo barrio, todo  aquel que le conoció, ve en mí a su espectro. Esta es una lacra que deseo quitarme; del mismo modo que me deshice de él.

¿Serán los cortes un vaticinio de cómo va a terminar mi existencia? O ¿Serán un castigo por cómo actué con mi padre? Arrincono la idea de acabar como él, un cuerpo mutilado hediendo a vino agrio, recostado sobre una fría y silenciosa mesa en un depósito de cadáveres; una estampa que aún persiste en mi cabeza. Los férreos golpes que mi padre descargó sobre mí, ahogando sus borracheras, por fin obtuvieron su castigo cuando el camión de la basura no logró esquivarlo.

 César Socorro

8 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | Deja un comentario

CRISIS

Acaba de cerrarse la puerta y somos los siguientes. Mientras esperamos, leo un artículo más sobre la crisis. Crisis por aquí, crisis por allí, crisis, crisis y más crisis. La semana que viene nos vamos a Brujas. Disfrutaremos de un merecido descanso  de quince días.

Crisis. Esperamos nuestro turno y entramos en la consulta del Dr. Hernández. Desde el primer momento no me gustó su semblante. Lo conozco desde hace muchos años, siempre ha sido el médico de la familia y cuando mi padre enfermó y nos comunicó la gravedad de su dolencia, tenía el mismo semblante.

Nos sentamos y empezó a hablar. Lo sabía, no había olvidado aquella expresión. Sin embargo, no podía estar pasando de nuevo. No, otra vez no.

Volver a pasar por lo mismo, el mismo calvario, la misma angustia, la misma incertidumbre.

No, además no sería igual; ahora se trata de mi marido, de un hombre joven, de 35 años. ¿Cómo me voy a organizar ahora con los niños, la casa, el trabajo?

¿Y si se muere? Mi padre apenas se mantuvo tres meses más con nosotros.

¿Viuda? Viuda y con dos niños pequeños, una hipoteca…

Verlo deteriorarse poco a poco, verlo sufrir. Los niños no pueden verlo así, deben recordarlo sano y fuerte. Que injusto, tan pequeños y huérfanos.

No podrá estar con ellos en sus cumpleaños, no podrá ver cómo crecen. El Dr. Hernández sigue hablando pero yo no consigo entender una sola palabra, hace tiempo que dejé de escucharlo, mi cabeza va más rápido.

Soy una egoísta, sólo estoy pensando en mí. ¿Qué se le estará pasando por la cabeza? Debe tener mucho miedo; bueno, no, él siempre ha sido muy valiente y se enfrenta con firmeza a las situaciones. No recuerdo ningún momento complicado en el que se haya amedrentado. Siempre hacia delante. Claro que ahora es diferente.

Él va a luchar lo sé, siempre lo hace. Quiere volver a Brujas, donde nos conocimos en un viaje de trabajo. Lo estamos organizando para dentro de dos años.

Los niños serán más grandes y ya los podremos dejar con los abuelos.

Tenemos que volver, lo tenemos pendiente. Él tiene que luchar, yo estaré a su lado, no dejaré que decaiga. No me puede dejar sola. Ahora no, lo necesito más que nunca. Qué egoísta soy, él me necesitará más a mí.

Me toma de la mano y me mira con esperanzas renovadas. Está abierta la puerta, nos toca entrar en la consulta. Dejo la revista encima de la mesa con una amplia sonrisa. Crisis, mi crisis particular y familiar terminó hace unas semanas cuando nos comunicaron que había aceptado muy bien el tratamiento y que había dado mejores resultados de los esperados.

El Dr. Hernández nos espera con una amplia sonrisa, hoy no quiero perderme en mis pensamientos, quiero escuchar cada palabra. Quiero tener mis cinco sentidos preparados para escuchar la frase tan ansiada en estos dos últimos años.

Mariola Bautista

7 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 1 comentario

Las puntas de tus dedos

Esta canción siempre me recuerda a ti. A tus manos y a la tierna manera que tenías de tocarme.

Todavía quedan unas diez personas y estoy convencida de que pasaran los tres minutos cincuenta y tres segundos que dura la canción,  desesperaré y acabaré por no llevarme el bote de leche.

La última vez que la escuche íbamos en el coche y me acariciabas la mano con la punta de los dedos. Ahora todo resulta mucho más triste. Sobre todo cuando miro a la sección de ultramarinos.

 Ibas medio dormido y mirabas por la ventana, sorprendido de vez en cuando por algún animalillo campestre, como los solías llamar. Tenías una voz suave y aguda, y me preguntaba muchas veces qué pasaría cuando empezases a cambiar la voz. Esperaba de verdad que no se pareciese a la mía, tu madre siempre decía que era demasiado afeminada.

Esta parte de la canción te gustaba especialmente. Solías mirarme, con una gran sonrisa en los labios, y movías las manos y los pies tanto como te permitía el cinturón de tu silla.

Esa tarde volvíamos de casa de tu abuela. Estaba algo triste porque no te volvería a ver en otros quince días, que a la viejita siempre se le hacían eternos. Se pasaba las tardes preguntando por su nieto. No te superó. Nos dejó unas semanas después.

Esta maldita cola no avanza y parece que he vuelto a escoger a la cajera más inútil de todo el supermercado.

La canción sí que avanza y siento las puntas de tus dedos en mi cara. Le pido a Marta que conduzca un poco más despacio, porque nunca me ha gustado la bajada del puerto, y siempre me da la sensación de que vamos a salir disparados. Se lo digo con los ojos cerrados; quizás, si los hubiera abierto, estarías aquí, conmigo, intentando convencerme de que te comprase una chocolatina o graznando el estribillo con tu voz de adolescente reciente.

Ocho personas ahora y quedan dos minutos veinte de canción. ¿Y si dejo el bote de leche sobre la estantería? Tampoco me hace tanta falta. Marta me hubiera cogido de la mano y me hubiera besado en la mejilla, sonriendo. “Espera un poco”, hubiera dicho, “en seguida estaremos en casa”

Marta tampoco lo superó. La echo tantísimo de menos. Nunca se perdonó, y verme le recordaba continuamente su culpa.

Seis personas, última estrofa, estribillo y fin. Se hace cada vez más pesado. ¡Date prisa, imbécil!

Justo en el tercer minuto, con tres segundos, y a cincuenta del final, saliste despedido por el cristal y noté la punta de tus dedos aferrándose a los míos durante medio segundo… Luego te perdí de vista.

La punta de tus dedos es el último recuerdo real que tengo de ti. La punta de tus dedos y tu cara de sorpresa.

Creo que no voy a necesitar este bote de leche.

Cande Pons

7 mayo 2009 Posted by | Cuentos, General | , , | 3 comentarios