El recuerdo de Ale
Ale guardaba de su niñez pocos recuerdos dulces. Criado en un ambiente rígido y protocolario, los aires de la embajada enfriaban sus costumbres familiares convirtiéndolas en un montón de normas a seguir donde los besos y los abrazos no eran permitidos.
Conserva imborrable sin embargo, el recuerdo de Pedro, el taxista que su padre contrató para llevarlo todos los días al colegio. La primera vez que vio su taxi, le llamó la atención la luz verde sobre el mismo.
-¡Hola, chaval! Yo me llamo Pedro. A partir de hoy seré tu chófer todas las mañanas. ¿Listo para el colegio? ¿Cómo te llamas? -su voz ronca y su acento marcado canario permanecen indelebles en su mente.
-Alejandro -contestó con presteza.
-Yo me llamo Pedro, seguro que este es el comienzo de una gran amistad –sentenció con voz fuerte.
Todos los días le recibía con una sonrisa afable y un: “¡Buenos días, grumete!” que contrastaba con el adiós seco de su padre minutos antes al irse a la embajada. Al llegar al colegio le ayudaba a bajarse, y muchas veces le hacía cosquillas, llenando así sus mañanas de risas. Se sentía seguro en aquellas manos tan fuertes y morenas, tan diferentes a las de su papá, finas y de tez pálida.
Pasó el tiempo y cada día esperaba su llegada con emoción, puesto que cada día le contaba aventuras diferentes que le hacían viajar en su mente de niño a escenarios plagados de barcos, monstruos marinos, capitanes y grumetes con los que el taxista adornaba sus trayectos diarios. Día a día, Pedro desgranaba historias de su vida como marinero en un naviero mercantil que surcó las aguas del Pacífico.
Un día, Pedro llegó antes de la hora. Ale se alegró mucho, pero después supo el motivo. Volvía a embarcarse y dejaba el oficio del taxi. Quería despedirse de él, y hacerle un regalo. Juntos fueron a una tienda de juguetes y eligieron un globo terráqueo, para que así el niño supiera siempre por dónde viajaba su amigo el taxista.
Ese día no hubo risas, y las lágrimas brotaron de sus ojos a raudales cuando se despedía de él, atenazándolo en un abrazo nervioso.
Ahora, treinta años después, el juguete reposaba en la estantería del despacho de don Alejandro, mudo compañero de sus sueños de niño. Y todavía, cuando su vista se posa en él, le parece oír a su amigo, taxista y marino, decirle: “¡Buenos días, grumete!”.
Begoña Calavia
La caja de los sueños
El sereno no podía dar crédito a lo que estaba oyendo mientras intentaba leer el periódico en la esquina de la barra. Se acercó un poco más hasta que pudo intervenir en la conversación de aquellos cuatro hombres que sigilosamente comentaban lo que estaba planeando Egolio, el gobernante del país. En el bar, además de los cuatro hombres escorados en la barra, una mujer sola, sentada en una mesa, miraba frecuentemente su móvil y la puerta. De cuando en cuando se acercaba la taza de café a la cara sintiendo su aroma con los ojos entrecerrados. Después de tomar un pequeño sorbo la dejaba de nuevo en la mesa para volver a centrar su atención en el móvil y la puerta. Al fondo, en la esquina de aquel acogedor local decorado con la mezcla de los más variados estilos, armonizado con música chill out, desentonaba una familia celebrando el cumpleaños de un niño perretoso y que sólo pretendía aguar la fiesta.
-Buenas tardes -dijo el sereno, añadiendo una sonrisilla de déjameentrar-. ¿Cómo pueden hablar así de Egolio? No es justo. Puede que sólo se trate de un bulo.
Lo miraron; unos negando con la cabeza, otros con gesto de incredulidad.
-No. No es un bulo -se atrevió a decir el más alto-, es tan real como que la llave desapareció hace una hora de su sitio, no tardará mucho en hacerse con la caja. Si no, pregúntale a aquella mujer -desafió mientras señalaba a la joven, que parecía haberse percatado del gesto, levantándose sobre la marcha para dirigirse hacia la puerta.
El sereno quiso preguntar qué tenía que ver aquella mujer con Egolio, pero reaccionó y decidió caminar deprisa y simular un tropiezo con ella. La guapísima joven perdió el equilibrio y el bolso se le cayó desparramándose por el suelo. Todos los ojos del bar se quedaron abiertos como platos y clavados en la cajita.
Pepa Marrero
La quimera de un soñador
Los diez pies del destino habían hecho que Mario sirviera en la hacienda de don Severo Caraballo aunque no lo deseara.
Su padre le había dado un consejo después de haber trabajado cincuenta años bajo las órdenes de tal amo: “Hijo, no soy tonto, sé que me queda poco de vida. Así que tendrás que ayudar a tu madre y continuar con mi trabajo: el que te encarguen en la finca. No tienes que temerle a don Severo, aunque tiemblen ante su presencia. Puede ser un hombre generoso si le caes en gracia, pero tiene un punto débil, cuidado: odia la pereza en sus trabajadores”.
Su viejo siempre fue un hombre sabio. Era verdad; temblaba ante don Severo. Le parecía un anciano altivo, con la apariencia de cargar historias oscuras, guerras y terremotos sobre sus encorvadas espaldas, además de ser muy meticuloso: insistía en que todos en la finca le llamaran “señor” a su paso, y acataran sus mandatos con rapidez; pero para él era un simple jefe, más bien, un decrépito jefe lleno de manías.
No obstante, tomó buena cuenta del consejo: si don Severo le mandaba a limpiar su Cadillac gris de los sesenta por tercera vez, sin necesitarlo, él lo hacía sin pestañear, incluso le sacaba brillo al motor; y si le pedía hacer una trenza a la cola de su caballo árabe “Coraje”, además, lo sacaba de paseo por el valle para que fortaleciera las patas. Si le caía simpático al jefe, nunca estaría de más, aunque su verdadero sueño fuese, montar un coche de competición Fórmula Uno, como hizo su venerado Fitipaldi.
Una mañana, don Severo le dio una orden absurda, propia de un chiflado: que subiera a lo alto del valle con una pala hacia un descampado que le precisó. Allí cavaría un hoyo de quince centímetros de ancho por quince de profundidad, pero uno sólo, insistió. Al día siguiente le repitió la misma orden, pero con otro hoyo, y al lado del anterior. Así durante dos meses. Y Mario obedecía sin preguntar y sin comprender el sentido de su trabajo, aunque observara cómo aquel terreno iba tomando la estructura de una ciudad de conejos más que de un mirador rodeado de laureles de indias.
Al poco tiempo, y no se podía decir que inesperadamente, don Severo pasó “a mejor vida”. En su testamento había dejado sus dos hectáreas de tierra, los caballos, gallinas, cerdos, más su casa, a sus dos hijos Caraballo para que lo administraran con cabeza. A Mario y a su madre les dejaba la pequeña casa blanca de invitados, adosada en el ala este de su mansión, y el deseo, sine quo, de que sirvieran a la familia de por vida, en gratitud a la dedicación que habían mostrado durante tantos años.
Mario tuvo pesadillas aquella noche.
Aun así, después de cuatro meses del entierro de don Severo, antes de salir el sol, cuando los criados y los nuevos jefes dormían, Mario seguía subiendo a lo alto del valle con su pala al hombro para continuar el trabajo que le habían ordenado; pero ahora abría el hoyo y lo volvía a cerrar, con el ánimo de no recibir reproches si fuera descubierto, o peor, que lo tacharan de loco.
Una pregunta había ido tomando forma en su cabeza.
¿Qué buscaba don Severo con tanto deseo en aquel pedazo de tierra…? ¿Y si fuera una bolsa de diamantes que había enterrado, y no lograba recordar en dónde debido a su vejez? ¿Y si fuera un collar de oro…?
¡Ah, si se encontrara ese tesoro…!, soñaba cada mañana al salir el sol.
Entonces, su vida cambiaría. Viajaría desde aquellas malolientes tierras hasta la capital, y se compraría un Ferrari amarillo F430, que tanto gustaba a las mujeres, para darle caña a doscientos cincuenta kilómetros por hora sobre el asfalto. Y eso, como mínimo…
Araceli Cardero.
El accidente
Alicia llevaba ese día una prisa del diablo, se sentía estresada.
Había pedido a la Consejería salir un par de horas antes para ir al dentista, pero había mentido. En realidad, estaba citada en el Juzgado de Primera Instancia Número Seis para ultimar, no sabía con qué administrativo, el papeleo previo a la boda. Se casaba por lo civil, bajo el desconocimiento de su familia, sus amigos, y sus colegas del trabajo. Llevaba viviendo con Mario veinte largos años y por fin se habían decidido; por eso de “lo que pudiera pasar en el futuro”, no por otra cosa. Así que resolvieron prescindir de padres y banquetes, con el deseo de ventilar lo antes posible aquella cargante burocracia.
Solo esperaba que Mario llegara a la hora prevista; siempre lo retrasaban al final del trabajo con el dichoso informe de incidencias.
A lo lejos se acercaba un taxi con la luz verde encendida, y antes de que cualquier señora se le adelantara, levantó la mano y paró aquel Peugeot destartalado.
-¿Adónde vamos? -preguntó áspero el taxista, ladeando ligeramente la cabeza. Era un hombre con la calva sudada por el calor, que parecía no tener la intención de ser simpático, o más bien, de estar aburrido de sus clientes.
-Al sesenta de Rafael Cabrera, por favor -se acomodó, e intentó ponerse el cinturón del asiento trasero sin conseguirlo.
Desistió.
El taxista emprendió la marcha, pero a los pocos segundos se oyó una voz femenina que salía entrecortada de la emisora del coche.
-Rodríguez, aquí Carolina, ¿me oyes…?
-Sí, te oigo. Dime, Carolina… -dijo el taxista, mientras observaba por el espejo retrovisor cómo la clienta miraba el reloj y sacaba de su bolso un abanico para airearse.
-¡Que no se te ocurra pasar por los alrededores de la plaza América, hay un atasco del carajo…! Llevamos aquí más de diez minutos y apenas nos movemos. Esto tiene pinta de ir para largo, compañero.
-Perdón, ¿podrían repetir la calle en donde está interrumpido el tráfico…? -intervino una segunda voz, ronca, de fumador, que también salía de la emisora.
-Por la plaza América, en Fernando Guanarteme -insistió la mujer-. Parece que ha habido un accidente grave; solo se ve una moto escachada sobre el suelo. No me extraña, es que van como locos.
Inesperadamente la voz femenina se quedó en silencio, para continuar de nuevo con sus interlocutores, como si los clientes que llevaban en sus respectivos coches fueran invisibles.
-Un momento, compañeros, que esto avanza. Pero…, ¡qué carajo! ¡Es que no se lo van a creer…! El hombre que está tirado sobre la acera es un guardia civil.
-¿Cómo dices?
-¡Qué sí, Rodríguez, que sí, es un guardia civil! Y parece que está hecho polvo. Hay un sangrerío…
La clienta se sentó en la punta del asiento trasero, mientras escuchaba.
-¡Mira por dónde…! -volvió a intervenir la voz de fumador-. ¡Q-u-é p-e-n-a m-e d-a! Y yo que pensaba que esos cabrones no tenían sangre…
Los tres taxistas soltaron una carcajada al unísono ante la ocurrencia, pero el del Peugeot se calló de pronto al sentir una mano sobre su hombro.
-Perdone, caballero, ¿podría preguntarle a esa señorita si puede ver la matrícula de la moto desde donde está?
El taxista asintió, convencido de que “el cliente siempre tiene la razón”, aunque se extrañó de la pregunta.
-Carolina, aquí Rodríguez de nuevo. ¿Puedes ver la matrícula de la moto desde dónde estás…?
-Por supuesto, compañero. A ver… Sí, sí, es una BMW, GC AE 1820. ¿Por qué? ¿Pasa algo…? ¿Desde cuándo eres amigo de la poli, Rodríguez…?
-No, no, tranquila. Es simple curiosidad.
La mano de la clienta seguía aferrada a su hombro, parecía haber cambiado de planes.
-¿Le importaría dar la vuelta y llevarme a la zona de Urgencias del Hospital Negrín, por favor?
El taxista volvió a mirar por el espejo retrovisor, la clienta tenía los labios blancos y parecía muy pálida.
-¿Se encuentra usted bien, señora?
-Por supuesto… -respondió secamente.
Las palabras cayeron de sopetón al suelo del Peugeot, el taxista giró el volante hacia la izquierda con brusquedad, y se hizo un silencio espinoso como el de un cactus descomunal mientras llegaban al hospital. Al detenerse el coche, la mujer arrojó el importe de la carrera en el asiento trasero y se bajó sin decir una palabra, para perderse con rapidez tras las puertas automáticas de Urgencias.
Araceli Cardero
Senegalés
Juan sale apresuradamente de la boca del metro, todo lo apresuradamente que le permiten sus escasas fuerzas. Viene del hospital, donde le han dado malas noticias. El resultado de sus análisis no es bueno. Con suerte, le podrán operar si encuentran el donante adecuado. Difícil será, por la peculiaridad heredada de su abuela paterna, que en su juventud hizo migas con un africano y le dejó un grupo sanguíneo de características poco usuales por estas latitudes, además de una nariz no muy española. También heredó otras cosas, como esa daga que hoy quiere enseñarle a Pepe.
Años atrás le diagnosticaron enfisema pulmonar, pero así y todo no pudo dejar de atender a sus queridas palomas. Miró a su alrededor -este día hay mucha gente en la Plaza de Cataluña- y a las palomas de la zona apenas se las ve entre tanto gentío. Las pobres evitan a los transeúntes que con tanto trasiego no las dejan picotear tranquilamente. La plaza es un calidoscopio de razas.
Su intención es atravesarla en diagonal y acceder a la calle opuesta, donde su amigo Pepe lo está esperando. Va sorteando a la gente como puede, se ahoga a cada paso que da, con la respiración jadeante y ligeramente agónica.
Desde el otro lado, y casi en línea cruzada, viene un senegalés, algo mayor, según anuncian sus sienes blancas, recién llegado a España en patera y que, a pesar del modo en que llegó a la península, no presenta signos visibles de pobreza ni desesperación. Antes bien, camina bien erguido y trajeado. En su mente, Juan baraja varias posibilidades: “Primero, me acerco al hospital, allí mi primo (médico residente desde hace tiempo) me dirá si me ha puesto en lista de trasplante de riñón. Segundo, me tiro al tren y acabo ya. Estoy harto de diálisis. Tercero, me llevo por delante a alguien -no quiero irme sin compañía- me da igual quién”.
Vienen a converger Juan y el senegalés casi en mitad de la plaza; si los Hados hubieran sido propicios, cada uno hubiera rodeado la fuente por un lado diferente y seguido su camino con sus propios pensamientos. Pero hoy los Hados están especialmente revoltosos y, además, ligeramente belicosos…
Una paloma desciende rápidamente, con un aleteo que esparce piojos a su alrededor, y viene a posarse entre los dos hombres.
El senegalés, asqueado, le propina una patada a la paloma. Ésta revienta y, al verla, Pepe palidece primero y, sin poderlo evitar, le sube al rostro una ira roja -quizás también heredada-, desde lo más profundo de su ser. Hecha mano a su bolsa, saca la daga, y asesta una puñalada al pateador de la paloma. Le da de lleno, con fuerza.
Herido de consideración el senegalés, y aliviado por no tener que decidir entre las posibilidades que barajaba hacía nada -ya que la tercera se eligió sola-, aún y todo duda un instante.
Después, en la plaza antes bulliciosa, quedan tres cadáveres juntos en soledad.
Teresa García
Un mal día
Leía el periódico mientras esperaba, en el interior de su taxi que llevaba media hora en piquera, a que algún cliente solicitara su servicio. No había tenido una buena mañana, aunque el día bien podía ser de los mejores: principio de mes, soleado y las navidades saludando desde todos los escaparates. Abrió la puerta del coche y salió a coger aire y estirar las piernas, tenía la camisa mojada. Un compañero le dijo algo pero él contestó de mala gana y, evitando la conversación, se apoyó en la pared y volvió la cara hacia otro lado. Intentó abrir la puerta de su taxi cuando se le acercó aquel hombre trajeado, con aires de ejecutivo, que le saludó atentamente antes de preguntarle si estaba disponible. Una sonrisa se le dibujó en la cara, pero la puerta no se abrió. Forzó una y otra vez sin resultado. El taxi se había cerrado herméticamente aunque él no había usado el mando. Es más, mientras intentaba, sudando y nervioso, con objetos que sacaba de los bolsillos, romper la cerradura, recordó que la puerta se había cerrado sola, aunque en aquel momento no le prestó mayor atención pensando que había sido un golpe de viento. Empezó a desabrocharse el cuello de la camisa, tenía la cara congestionada, roja, con gotas de sudor que le corrían molestándole en los ojos. “Para un cliente que aparece”, pensó. “Podía haberme salvado el día, o tal vez la semana”, seguía rumiando en su interior. “Incluso pudiera ser que fuera la solución de toda mi vida”, se decía mientras la tensión y el sofoco llegaban a un punto en que le costaba razonar. Caminó hasta ponerse frente a su taxi como si quisiera preguntarle qué le ocurría, el taxi movió ligeramente las ópticas respondiéndole y fue entonces cuando la emprendió a patadas contra la carrocería mientras los compañeros lo miraban sorprendidos, murmurando entre ellos y sin atreverse a acercarse. El taxi respondió a las patadas y las maldiciones poniéndose en marcha. Arrancó con un gruñido y se movió hasta su chófer, le hizo caer al suelo destrozándole las piernas hasta que le quedaron inservibles. Retrocedió hasta su puesto en piquera, abrió las puertas y encendió las luces y los indicadores. Uno de los taxistas se atrevió a entrar, cogió el periódico y echó un vistazo a la página que había estado leyendo aquel hombre que ahora estaba tirado en el suelo, retorciéndose de dolor. La noticia decía que se había encontrado otra persona muerta de la misma forma que las cuatro que han ido apareciendo en los últimos meses, desprovistas de documentación, sin cartera y a todas se les vio por última vez subiendo a un taxi. Sonó el claxon pero esta vez se escuchó: “No volveré a ser tu cómplice”.
Pepa Marrero
Silencios piadosos
Ese día por la mañana Marie se levantó antes de que sonara el despertador. Al incorporarse, se frotó los ojos y observó con recelo que la luz inundaba la habitación. Ese día tenía una reunión importante y el lugar donde tendría lugar se encontraba a más de una hora de camino en coche. Decidió que la mejor opción sería tomar un taxi, ya que por ahí las guaguas pasaban una vez al día. Su padre siempre se había quejado de que vivía apartada del mundo, pero a ella y a su novio les gustaba. Se levantó, se dio una ducha, se vistió y fue hacia la cocina. David le había dejado una nota junto a una taza de té ya tibio: “Cariño, llámame cuando hayas salido de la reunión, probablemente haya salido del trabajo y pueda irte a recoger. Un beso. Te amo.” Después de sonreír por el agradable detalle matutino, descolgó el teléfono y llamó a un taxi. Los de la centralita le informaron de que un taxi iba en camino y que tardaría aproximadamente diez minutos en llegar. Después se puso los zapatos, se perfumó, cogió su bolso y salió a esperar a la puerta. Mientras esperaba, se percataba de las pocas casas que conformaban el arrabal. Podía hasta contarlas. Paseó su vista por las fachadas vacías. Tenía en total cinco vecinos en toda el área, una enorme explanada rodeada de árboles y a media hora del centro. Mientras su mente paseaba por las ventanas de sus desconocidos vecinos, el taxi llegó. Marina se metió en el coche y el hombre le preguntó la dirección después de darle los buenos días.
-A Markham, calle Rouge, número 2 -indicó ella mientras abría el bolso para meter el móvil.
-De acuerdo. Sus deseos son órdenes para mí -respondió resuelto el taxista.
Ella levantó la vista y le sonrió. Y vio sus ojos. Los vio. Entonces olvidó dónde estaba y qué iba a hacer. Olvidó por qué estaba en ese taxi. Sólo sabía que no podía dejar de mirar esos ojos y esos labios curvados que le dedicaban esa sonrisa tan entrañable. Demonios. Sacudió la cabeza y él lo notó.
-¿Se encuentra bien? -preguntó él. Sus ojos parecieron oscurecerse. Los vio moverse del espejo a la carretera y viceversa.
-Sí, sí… -susurró ella. Y apartó la mirada, no sin antes percibir una sonrisa contenida en sus labios.
-Como quiera…
El taxista continuó conduciendo. Puso música. Era un CD grabado y tenía canciones de lo más variado. Conocía algunas y eso la hizo recordar el modo en que había intentado ligar su prometido con ella, cantándole las canciones que a ella tanto le gustaban. Al ritmo de las canciones llegaron a un cruce con abundante tráfico. Bocinas y gritos de insultos se hacían notar entre la multitud. El taxi y otros coches más se unieron a la cola y se quedaron parados durante un tiempo. Avanzaban despacio y, mientras, el taxista aprovechó para conversar con ella. Ambos se atraían y él intentaba llamar su atención. Estaba prometida, pero eso poco importaba cuando no estaba la tercera persona. Poco a poco, entre la multitud del tráfico, entre sonrojos, entre el leve sonido de la música y las palabras, fueron conociéndose un poco más. Un taxista joven, una joven prometida. En un atasco y hablando. Y pasó más de una hora en el atasco porque, al parecer, había habido un accidente.
-Creo que ya llego tarde a la reunión… -observó ella-. Mira, podrías dejarme allí. Así espero hasta las tres para que me vengan a recoger.
Ya habían comenzado a tutearse, se conocían algo, habían descubierto que los dos congeniaban y eso confundía a Marie y divertía al taxista.
-Mejor te llevo a un lugar más entretenido. Si quieres… -él tomó su silencio como un sí y pasó de largo ante la parada que le había dicho su marido. Recorrió unas calles más y se paró detrás de una pequeña montaña entre los árboles. Él se apeó y le abrió la puerta a ella. Marie salió y se apoyó en el coche. No necesitaron palabras porque las habían gastado todas en el atasco, sólo necesitaban saber si también congeniaban físicamente. Entonces utilizaron sus manos, sus labios, sus ojos, sus piernas y se unieron de una forma extraordinaria.
Después, todavía cansados, se montaron en el coche. Ella, esta vez, en el asiento delantero. Se sentía profundamente bien, pero luego empezó a pensar en su prometido, que probablemente la estaría esperando en casa porque no le había avisado. El taxista la llevó de vuelta a casa y conversaron más bien poco durante el camino. Cuando llegaron, él aparcó un poco más atrás del coche de su prometido. Y la miró:
-Lo siento mucho… -se disculpó él como pudo-. No quiero que te sientas culpable por mí…
Ella le puso dos dedos en sus labios y chistó.
-Calla. Gracias.
Y se bajó del coche tras darle un beso rápido. Tal vez el último, quién sabe. Después entró en casa y se encontró a David en la cocina, comiendo.
-Hola cariño -saludó él. Entonces se fijó. Eso sólo ocurría cuando acababan de hacer el amor-. Estás sonrojada, como azorada… ¿Qué ha pasado?
Ella sonrió y le dio un beso en la mejilla:
-Gracias por el té -y se fue en silencio por las escaleras.
Cristina Velázquez López
La compañera
¿Por qué la noche?
Juan Luis era camionero desde adolescente. Heredó el oficio de su padre que también lo fue. A pesar de que no le gustaba mucho la soledad de la carretera durante la noche, eligió ese horario porque trabajaba más sosegado. Así se libraba de los atascos y el calor agobiante del día, según decía.
¿Tenía compañía?
Ya no se encontraba tan solo: desde hacía algún tiempo, Juana María, la hija de su compadre Juan Ramón, le acompañaba cada jueves por la noche. Apenas Juan Luis salía con su camión de la región habitada y se adentraba en la negrura de la carretera, una manita de cera le hacía señales para que se detuviera. Juana María se sentaba a su lado en la cabina del camión. Era de pocas palabras y contaba menos de lo que Juan Luis hubiera querido escuchar. Siempre, antes de entrar en el próximo pueblo, la chica le decía: “Aquí me quedo”, y descendía con su olor a azucenas.
¿De qué hablaron Juan Luis y su padre?
Una tarde, antes de partir, el camionero le comentó a su padre que ya no se sentía tan solo en la ruta, pues una vez por semana le acompañaba Juana María, la hija de su compadre.
-Hijo, ¿estás seguro de que es ella? -le preguntó su padre-. Esa chica murió hace tres años en un accidente, precisamente en esa carretera.
Lourdes Rojas
La rosquilla
Pitusa es mi País, está rodeado de enormes montañas, en un hermoso valle.
Mi pueblo siempre ha tenido un carácter alegre y feliz. Todo esto es debido a que nuestro Rey siempre nos ha facilitado la convivencia entre los vecinos.
Nuestro Rey es un hombre, corpulento, de cara ancha y espesa barba rubia. Es lo más parecido al Rey Melchor: tiene dos enormes hoyuelos a ambos lados de la cara y cuando ríe se le acentúan. Todo él emana bondad. Sin embargo, nos hemos enterado de que escondía un secreto en su jardín y nos fue desvelado gracias a un trovador que venía de tierras lejanas.
Cuando esto ocurrió, yo era muy pequeñita y es la historia que contaban mis padres cuando nos íbamos a la cama a dormir, ahora se la cuento yo a mis hijos de la siguiente manera:
“Había una vez un Rey, que, para que su pueblo no sufriera los ataques de los terribles monstruos chapulis, utilizaba el polvo del interior de un fruto que crecía en su jardín, este fruto tenía el poder de dormir a las personas, de tal manera que cuando los chapulis –que se alimentaban de personas en movimiento- bajaban a Pitusa, se encontraban a todos durmiendo. Un día el Rey, alertado por su guardia de que los chapulis se acercaban, corrió a lo alto de la torre con la intención de soplar la fruta, con tan mala suerte que un cambio de viento le durmió a él también. Según cuenta el trovador cuando vio el árbol pensó en las rosquillas y dijo fuertemente: ‘Hum…, qué rico. ¡Rosquillas!’. Y, de repente, nos despertamos todos.”
Recuerdo que tardamos mucho tiempo en darle al pueblo su aspecto original pues, al estar tanto tiempo durmiendo, se había ido deteriorando todo.
El Rey compartió con nosotros su secreto del fruto de la rosquilla y ahora, aun sabiendo que existe la amenaza de los chapulis, no tenemos miedo porque sabemos que nuestro rey nos protegerá.
Alicia Rodríguez Verona
El voto del abuelo
Familia, como muchas, de hijos, nietos y abuelo. Los hijos ya maduros apuraban el desayuno para dar lugar a los jóvenes a la mesa. Se respiraba domingo. El abuelo, madrugón, estaba en el jardín bajo el pino, resguardándose del sol, que se anunciaba fuerte; armaba un cigarrito que demoraba para acompañar la espera. Ya había desayunado. Se había vestido de traje y corbata, con zapatos relucientes. La etiqueta del abuelo, además, nos decía que era un día de fiesta. ¡Claro que lo era! Veintiocho de noviembre, día de Elecciones Nacionales: el abuelo iba a votar. A las once, le avisaron que el auto no arrancaba; buscarían un taxi para llevarlo hasta la ciudad.
-Bueno –dijo-, si hay que esperar, se espera.
Él siempre esperó. Llegó al país mozo, sólo a trabajar. A subsistir, más bien. Tardó muchos años en conseguir documentos y, cuando los logró, un golpe de Estado en el nuevo país truncó sus derechos. Cuarenta y seis kilómetros lo separaban del lugar esperado. ¿Quién se atrevería a decirle ahora al abuelo que no podía votar?
A mediodía apareció el taxi. Su hija lo acompañaría. Se acomodó en el asiento, tiró el chambergo hacia atrás y bajó la ventanilla del coche.
-¿Tiene calor, papá? –preguntó la hija.
-Algo –dijo.
Salieron a la ruta Interbalnearia despacio, metiéndose de lleno en la costa platense.
El abuelo miraba con sencilla expresión, como si ya conociera el camino. Al llegar al cruce de la ruta y el camino viejo, el taxista les avisó que tomaría por la zona rural, puesto que la ruta estaba cortada por el fuerte tránsito de vehículos y personas que llegaban del interior del país. Tomó una ruta pequeña, que desembocaba en el arroyo Pando. Al llegar, el abuelo dijo:
-Vaya despacio, el cruce es peligroso: hay animales sueltos.
-¿Conoce el lugar, abuelo? –preguntó el taxista.
-Conozco –dijo-, y no soy su abuelo.
Apareció un plantío grande y llano a los costados de la ruta. No se veían animales por ningún lado, y el abuelo lo sabía. Buscaba recrearse con esas tierras labradas, le recordaban sus orígenes. Empequeñecía los ojos para ver mejor y respiraba profundamente, como si quisiera llevarse consigo todos los aromas.
-En el peaje cambiamos a la ruta principal –afirmó el taxista.
-¿Conoce usted Canelones? –preguntó el abuelo.
-Sí, mucho. Nací y me crié allí.
-No parece –dijo el abuelo-. Para entrar en Montevideo, se hace bordeando las chacras de Camino Maldonado.
El taxista no respondió, tomó la ruta y se internó nuevamente en el campo.
Llegaron cuando el sol resquebrajaba el asfalto.
Sonreía el abuelo, cuando el taxista explicaba a su hija que habían hecho más kilómetros de los hablados.
-Dile que no espere por nosotros. Tomaremos otro taxi: éste no conoce el camino –dijo a su hija.
Raquel Tulic Sanabria
La bella Judith
Siempre me llamaron la atención, casi hasta sentir envidia, esos jóvenes –en ocasiones incluso no tan jóvenes- que son capaces de perder la cabeza por una muchacha, de forma que un simple sentimiento es capaz de echar por tierra cualquier odio, prejuicio o convencionalismo, a veces todos ellos mamados desde la cuna.
Ahora que sostengo en mis manos la urna que contiene las cenizas de Karim, me veo en el deber de cumplir la promesa que le hice a este joven.
Hace muchos años entré a trabajar como jardinero al servicio de los Sherman, una familia que tiene una gran mansión al noroeste de la franja de Gaza.
Moisés Sherman es un rico comerciante de flores que, justo al lado de su gran casa, posee un enorme jardín que convive a su vez con multitud de invernaderos. En este lugar se pueden hallar los árboles y flores más exóticos de cualquier parte del mundo. Teniendo en cuenta el entorno desértico en el que se haya enclavado todo este vergel, no deja indiferente a quien otea desde las colinas más cercanas.
Judith, su hija, es una hermosa joven que siempre ha participado del gran amor que profesa su padre a las flores.
Suele trajinar durante gran parte del día por los jardines e invernaderos, e interviene con mano experta en las labores de transplante y poda, sobre todo en los arbustos de su predilección, los rosales, a los que se dedica con especial cariño y esmero. De ellos obtiene las rosas que usa como adorno tanto en su pelo como en sus aposentos.
Karim es un joven guerrillero palestino hijo de un rico comerciante, que abandona la comodidad de su familia por una lucha obsesiva, y que un buen día se acerca al jardín con propósitos aviesos, pues desde muy lejos la familia Sherman y su pequeño oasis se decantan como un claro objetivo; pero ocurre algo imprevisto: Karim ve a través de las rejas de seguridad a la hermosa Judith y, en ese momento, todas sus creencias y prioridades dejan de tener sentido.
Toma por costumbre acercarse a aquellas verjas, en ocasiones saltándoselas, sólo para poder observar de cerca a aquella hermosa mujer de la que únicamente sabe estar enamorado e impotente para declararle su amor.
Un buen día, sorprendo a Karim en el interior del jardín contemplando a la bella joven, y me doy cuenta al instante de lo que pasa con sólo mirar la cara del muchacho. Él va armado, y apenas en unos segundos puedo ver cómo la guardia lo apresa y reduce.
Antes de que los soldados se lo lleven, tengo la ocasión de hablar con él y conocer los motivos que le llevan a entrar en el jardín. Sabe perfectamente que le aguarda la muerte, pero sólo piensa en la forma de poder seguir estando cerca de la hermosa muchacha. Conmovido, le hago la promesa de hallarle un lugar en aquel jardín para que pueda estar cerca de la hermosa Judith.
Ahora llega el momento de esparcir las cenizas del joven Karim, y lo hago donde florecen los rosales.
Tengo el extraño presentimiento de que las futuras rosas que adornen el cabello de Judith serán diferentes, de un color distinto al de cualquier flor que jamás haya existido en este jardín.
JCarlosGonzález
Con un poco de mala suerte
Creyeron que podrían simplemente evitarme, pero se equivocaron. Cada exclusión me hacía hervir la sangre, y aquella fue la última. Pero algo en mi maravillosa venganza no salió del todo bien. Lo que hacemos siempre vuelve a nosotros.
En un día normal, yo estaba en el bosque atormentando a un iluso cervatillo. Justo en ese momento, escuché un murmullo de voces estridentes comentando lo que regalarían a la princesa Aurora en su bautizo. ¡A eso se debía tanto alboroto! ¡Las hadas llevaban semanas como locas! Si no deseaban que yo diese mi bendición a la princesita, entonces lo haría, le regalaría algo inolvidable.
Todo iba saliendo maravillosamente hasta que la entrometida Hada de las Lilas metió la varita en el asunto. La princesa Aurora no moriría. Prohibiendo los husos, el Rey pensó que había tomado una decisión adecuada. Pero, claramente, no fue muy efectiva: la curiosa princesita hizo realidad mi maldición y desde entonces el reino duerme.
He de confesar que observarlos, regodeándome en mi éxito, se ha vuelto mi mejor pasatiempo. De hecho, en estos momentos estoy agradeciendo al Hada de las Lilas que no me dejara matarla. ¡Cuán aburrida estaría ahora si no! Se percibe el eco de una pisada, alguien está subiendo la escalera principal. Estoy segurísima de que el Hada le ha ido con el cuento a un príncipe para despertar al palacio de su sopor. Ahí llega, tal y como imaginaba, un príncipe repulsivamente adornado, como revestido de espejos. Avanza hasta los níveos pies de la princesita curiosa. Son tal para cual, ¡una pareja repugnante! Tal vez con un poco de mi ayuda estén juntos para siempre…
Concentrándome en mi magia y en el poder adquirido en los últimos cien años, extiendo mis brazos y de las puntas de mis dedos fluyen miles de rayos plateados que se encuentran con el cuerpo del caballero andante. Pero por alguna extraña razón sigue despierto. ¿Qué ocurre? Alzo la mirada y me topo con mis somníferas lágrimas de luna, que atraviesan mi cuerpo mientras el sueño embota mi cerebro.
Esther Fernández Guerra
Nostalgia
-¿Qué te sucede? –preguntó el lirio a la hierba fresca, y añadió-: Hace algún tiempo estás muy triste, sobre todo al amanecer.
-Siento nostalgia del forastero. Nunca olvidaré el calor de su cuerpo apretado contra mí. ¡Cuánto me gustaría saber de él! –exclamó la hierba.
-Tal vez regrese algún día -respondió el lirio.
Lourdes Rojas
El sapo
En las tardes de sábado, en verano, se iban con Teresa, la madre de Joaquín, y sus amigos a la Cascada de la Piedra a bañarse. En el bullicio del recorrido de la casa al agua, Teresa les recordaba lo que podían o no hacer dentro del agua. Lo principal eran las toallas: cuando desde la orilla les mostrara la toalla amarilla, era “Alerta”; y la toalla roja era “¡Salir ya!”. Teresa les había relatado una leyenda del lugar que contaba que detrás de la cascada había un sapo grande, de color atractivo y mirada enternecedora, que hibernaba debajo de la tierra, y salía al agua en época de calor. Este carnívoro no permitía a nadie entrar en su territorio. Al que lo conseguía, se lo comía. Aunque el relato les había impresionado y Teresa era persona de confiar, ellos ya tenían ocho y diez años y sólo les importaba la diversión.
El sábado anterior al regreso a la ciudad, se levantaron más temprano que de costumbre y, apurando el desayuno, se sentaron a la puerta de la casa de Teresa, a esperar. Hacía frío. Con el ruido habitual de los amigos juntos, partieron a la cascada. Teresa les recordó los mensajes de sus toallas. “¡¡¡Todos al agua!!!” No miraron hacia la orilla, era el último día. Se olvidaron de Teresa y las toallas, y dejaron que el agua les manejara a su antojo. Estaban todos. Al sentir que el sol les quemaba, miraron hacia la orilla y vieron a Teresa que agitadamente les mostraba la toalla roja.
Volvieron rápidamente. Al llegar, Teresa dijo que faltaba uno, contaba ocho y eran nueve. “¿Quién falta?”. Se miraron. “Falta Joaquín”.
Teresa nadó detrás de la cascada, en el hueco que formaba el agua, y sólo vio un sapo grande, de color atractivo y mirada enternecedora.
Raquel Tulic Sanabria
EL LIBRO DEL MAGO
En un lejano pueblo de montaña vivía un maestro feliz. A los chicos de su escuela les gustaba acercarse a él para contarle secretillos. El maestro escuchaba siempre con sumo interés: se inclinaba amablemente hacia el pequeño mensajero y cerraba los ojos, para oírle mejor.
Esta sencilla ceremonia -corazón a corazón- se repetía una y otra vez. Y no había niño en el pueblo que no sintiera ganas de hablar, de jugar y brincar.
-¿Cómo lo consigue, maestro? ¿Cuál es su secreto? -le preguntaban los padres agradecidos.
-Un mago me regaló su libro, sin duda es cosa de magia -les decía sonriendo.
Un día, Daniel llegó a la escuela muy alborotado:
-¡He perdido mi ardilla! -interrumpió sollozando.
-Pero, Daniel, si las ardillas no se pierden porque no son nuestras; viven libres en el bosque -intentó razonar el maestro.
-¡Ay, no, no! ¡Piña es mi amiga! Ella come los piñones que le dejo junto al arroyo. ¡Pero hace ya tres días que no viene, y tengo miedo de que el lobo se la haya comido! -explicó Daniel, descubriendo así su secreto a todos sin darse cuenta.
-En ese caso… ¡la lección ha terminado! ¡Nos vamos de excursión! -resolvió el maestro.
Los amigos de Daniel pasaron toda la tarde dando voces por el bosque. “¡Piii ña! ¡Piii Piii Piii ña!”, gritaban. Tan pronto creían ver a la ardilla sobre la rama pelada de un árbol, como escondida tras un ancho tronco. Por todas partes la veían y al momento desaparecía. La noche, al fin, oscureció toda esperanza de encontrar al animalito.
En el camino de vuelta, el maestro le pidió a Daniel que no se acostara sin antes haber escrito en un cuaderno todo cuanto recordaba de su mascota. Le aseguró que si lo hacía Piña no podría desaparecer. Volvería junto a él.
El niño estuvo escribiendo hasta muy tarde y agotado se metió en la cama. Aquella noche soñó que su ardilla entraba por la ventana y se sentaba encima de su cuaderno. Juguetona, le miraba y mordisqueaba el lápiz con el que la había dibujado. Sintió que subía a su almohada y le acariciaba con su cola. Nunca antes se había acercado tanto a él.
A la mañana siguiente Daniel se despertó feliz. El maestro tenía razón, Piña no se había perdido.
Miryam Gallo Martínez
La traición de Meceo
Hace muchísimos años, tal vez siglos, hubo una hermosa princesa que vivía felizmente con su príncipe. Rosmunda era su nombre y el valiente caballero con el que estaba prometida era Meceo. El pueblo en el que vivían había sido un sitio idílico para ellos, hasta que hacía unos años, una terrible maldición se cernió sobre ellos. Una maldición que los tenía condenados a una eterna podredumbre: los negocios ya no eran prósperos y los días ya no eran soleados, todos andaban tristes e infelices. Nadie sabía quién había sido el culpable pero todos sospecharon del mensajero del pueblo: él llevaba las misivas, él entregaba las cartas, él se enteraba de todo. Por ello, lo desterraron, llevándose únicamente la vieja bolsa donde metía las cartas. Y allí residía hasta el momento, solo en el bosque.
Un buen día, la princesa, que era muy bella y orgullosa, aunque más orgullosa que bella, mandó al príncipe a buscar al viejo cartero. Le creía culpable por todas aquellas penurias y sospechaba de la misteriosa bolsa.
-Allí debe de tener algo escondido -le había dicho la princesa a su amado príncipe-. Tal vez la solución a nuestros problemas… ¡un contrahechizo!
-Es demasiado listo como para tener un contrahechizo a su propio hechizo -respondió el príncipe.
La princesa enfureció de tal manera que tiró toda la comida al suelo.
-¡Déjate de fanfarronear y de llevarme la contraria! ¡Soy tu princesa y vas a ir al bosque para quitarle esa bolsa al viejo! Y bajo ningún concepto quiero verlo por aquí. ¡Sólo trae de vuelta ese maldito bolso!
El príncipe, ante la furia de la princesa, le respondió que sí. Por muy asustado que estuviera, temía más el enfado de su prometida que al viejo.
A la mañana siguiente, Meceo se adentró con su guardia personal en el bosque. El príncipe galopaba intentado disimular su miedo a medida que avanzaban. Después de largo rato, se oyó un ruido tras los arbustos y todos dieron un respingo. Los caballeros cubrieron de inmediato al príncipe y apuntaron todos con las armas hacia los arbustos, que se movían cada vez más.
-¿Viejo? -preguntó uno. Nadie respondió-. ¡Viejo! ¿Eres tú?
Lo primero que asomó fue una delgada pierna, seguida del resto del cuerpo del anciano.
-Soy yo, bajad las armas.
El príncipe ordenó que así lo hicieran y el viejo salió completamente de los arbustos. Llevaba aún la bolsa.
-¿Para qué habéis venido? -preguntó el viejo. El príncipe bajó de su caballo.
-He venido porque quiero confiscarte tu bolsa… -el príncipe carraspeó-. A petición de la princesa.
El viejo, que era inteligente y había aprendido a fijarse en todos los detalles, le hizo una proposición al príncipe:
-Nunca me ha caído bien esa princesa, pero vos siempre me habéis defendido, así que te diré lo que hay en esta bolsa, y será tuyo, si me llevas al reino y me permites vivir de nuevo allí.
El príncipe, repentinamente atraído hacia la bolsa, desesperado por saber lo que contenía, accedió a la proposición del viejo cartero. Así, haciendo caso omiso de las peticiones de su princesa, partió hacia el reino con él.
A su llegada, el príncipe se reunió con a solas el viejo, que le advirtió:
-Promete que sea lo que sea que encuentres en el bolso, me dejarás vivir aquí hasta que me muera.
El príncipe asintió desesperado.
-Tienes mi palabra.
El viejo le dio la bolsa. Pero, justo en ese momento, irrumpió en la salita la princesa, cómo no, enfurecida.
-¿Cómo te atreves a traicionar mi petición? ¡Estás loco! Te has buscado tu perdición.
Pero Meceo, absorto por su deseo de saber qué había allí, abrió el saco apresurado y miró dentro. Metió la mano y no encontró más que cenizas.
-Pero… ¿qué es esto?
La princesa se acercó, curiosa, y también metió la mano. Los dos miraron al viejo, que sonreía.
-¡A eso es a lo que verás reducido tu mundo si sigues siendo desleal a tus promesas! Esto es lo que le pasa a tu mundo cuando eres egoísta, que se convierte en cenizas. El saco no es más que eso, un saco, pero te enseña en lo que te puedes convertir o en lo que ya te has convertido. Te advierte… Te veo triste, Meceo. ¿No era eso lo que esperabas encontrar?
Pero Meceo ya no escuchaba, ya no hacía caso a nada. Siempre había sido fiel a su princesa, y por una vez que rompía su palabra y seguía a su deseo, éste le hacía la peor de las jugadas. Y así fue como la princesa y el príncipe abandonaron su lugar en la corte y marcharon hacia el bosque, sumidos en una profunda tristeza. Desde entonces, no hay ninguna maldición y el pueblo vive en paz. Porque, bien es sabido que las ansias de poder y la traición no han traído nunca nada bueno.
Cristina Velázquez López
La niña y la gaviota
Érase una vez una niña solitaria que todos los días iba a la playa a contar su tristeza a las gaviotas.
Una de ellas se apiadó de la niña y se le acercó hablándole así:
-Niña de ojos tristes, ¿qué te pasa?
La niña le contestó:
-No tengo amigos y me siento sola.
La gaviota se sonrió y dijo:
-Eso es muy fácil de solucionar. Toma esta piedra, guárdala, y cuando te acerques y hables con un niño, se hará tu amigo.
Así lo hizo la niña, y a partir de entonces comenzó a tener muchos amigos.
Pero un buen día perdió la piedra y temerosa fue a pedir ayuda a la gaviota.
Llorando se acercó y le dijo:
-¡He perdido la piedra mágica y ya no tendré amigos!
La gaviota, sonriendo, mientras desde la orilla de la playa se oían los gritos de los niños que la llamaban para jugar, le dijo:
-¿Y quién te dijo que esa piedra era mágica?
De repente, la niña comprendió y se sonrió, y dándole un beso le dijo:
-¡Muchas gracias, amiga gaviota!
Milagrosa Rodríguez Santiago
La princesa Rubí
Érase una vez un reino muy lejano donde vivía una princesa muy rubia y muy bella. Siempre iba vestida con hermosos trajes de color rojo, y por eso era conocida en todo el reino como la princesa Rubí.
Su padre, el rey, la consideraba una auténtica joya, y la hacía dormir en un cofre de cristal junto al resto de las joyas del palacio, por temor a que la raptasen durante la noche.
El príncipe de un reino enemigo, que estaba locamente enamorado de ella, iba a verla todas las noches, amparándose en la oscuridad. Su esperanza era poder declararle su amor, pero ella siempre estaba dormida y a buen recaudo en su cofre joyero.
Desde fuera se la veía hermosa y radiante. El príncipe le daba besitos en el cristal y se desconsolaba porque no podía ni besarla en los labios ni estar abrazado a ella.
Desesperado, pidió consejo a una hechicera, y esta le dijo que lo convertiría en una gargantilla con un gran diamante, que se las apañaría para que lo metieran en el cofre, y así, al menos, podría estar siempre junto a ella mientras dormía y, tal vez, en alguna ocasión, colgado de su cuello.
El príncipe nunca logró confesarle su amor ni ella supo nunca de su existencia; pero se cuenta que cuando la princesita llevaba puesta la gargantilla y el diamante le caía del lado del corazón, era la joya que más brillaba.
Juan Carlos González
La rana y el gallo
Érase una vez una granja. La vida allí era muy tranquila, hasta que un buen día llegó una rana. El que llevaba la voz cantante en la granja era el gallo Perico, a quien no le hizo mucha gracia que apareciese por allí un bicho tan pequeño y feo, que era fiel representante de embrujos y hechizos.
Todos los animales estaban descontentos. Lo que no sabían era que la rana tenía un secreto. Ella poseía una piedra que, al frotarla, convertía a cualquier persona o animal en estatua de piedra. Pero no dijo nada hasta ver si era aceptada por sus nuevos amigos. A la mañana siguiente el gallo Perico salió a dar un paseo y se encontró con la rana, que estaba muy a gustito dándose un baño en la charca. Perico le preguntó:
-¿Que haces, ranita?
-Me doy un chapuzón -respondió ella sin mirarlo.
Entonces el gallo pensó: “No me gusta nada este bicho. Tengo que deshacerme de ella, así no dará más lata”. El gallo ideó la manera de engañarla y llevarla a su terreno sin problemas. Ella, que no era nada tonta, se dio cuenta de que algo no iba bien. Perico la invitó a dar un paseo, a lo que la ranita dijo que sí. Cuando se habían alejado lo suficiente de la granja, Perico le dijo a la ranita que estaba algo cansado, que se tumbaría panza arriba a descansar un ratito.
Pasados unos minutos, el gallo le dijo a la pequeña ranita;
-Oye, ranita, hace días que tengo una púa clavada en la cresta. ¿Me ayudarías a quitármela? Yo no la veo desde aquí.
La rana asintió con la cabeza y de un salto se subió a la panza del gallo hasta llegar cerca de la cresta. En ese momento, Perico aprovechó para atraparla y meterla en una bolsa que había escondido bajo sus plumas. La rana, desde dentro de la bolsa le gritaba al gallo que porque la había metido allí, si ella no había hecho nada.
-¡Déjame salir por favor, gallo! Prometo irme lejos y no regresar jamás.
Pero el gallo no prestó atención a las súplicas de la pequeña rana, y prosiguió el camino.
Perico se dirigió al río que estaba más retirado de la granja. Una vez allí, ató una piedra grande a la bolsa y la dejó caer al agua. La bolsa se hundió en cuestión de segundos por el peso de la piedra.
La rana luchó con todas sus fuerzas tratando de escapar de su cruel destino, cuando ya había perdido toda esperanza de salir con vida de aquella pesadilla, notó cómo algo fuera de la bolsa tiraba con fuerza hacia arriba: era la caña de un pescador que casualmente ese día había salido a pescar al río. La rana respiró profundamente, sintiendo un gran alivio.
Cuando el pescador sacó la bolsa con la piedra enganchada en la caña, se sorprendió mucho. Era la primera vez que le sucedía algo así, estaba muy acostumbrado a tener suerte con la pesca… Abrió la bolsa y, se llevó una gran sorpresa al ver a la rana que lo miraba con gesto de agradecimiento. La pequeña rana dio un salto y se zambullo en el río.
La rana regresó a la granja donde estaba el gallo, esperó hasta que cayera la noche y, sin ser vista por el resto de los animales, se acercó al lugar donde dormía el gallo, sacó la piedra mágica y la frotó al mismo tiempo que repetía las palabras mágicas “Piedra, piedrita, te froto una vez y dos, y al gallo en fuente de piedra convierto yo”. Inmediatamente el gallo quedó petrificado y convertido en una bonita fuente de piedra, donde las ranas del lugar venían a darse un chapuzón de vez en cuando. Y, colorín colorado, este cuento se ha… petrificado.
Angelines López Álvarez
La rosquilla
Había una vez un rey que vivía en una comarca llamada Pitusa, situada en un valle entre montañas de difícil acceso, por eso no recibían a muchos foráneos.
En Pitusa vivían 61 personas, incluidos los reyes, su hijo y la guardia real.
Tenían un pequeño río, con abundante pesca, una plaza central donde se reunían los del pueblo, una iglesia, un castillo y, en torno al castillo, un conjunto de casitas de diversos colores para sus habitantes.
A los pitusianos nunca les faltaba de nada. Eran muy felices y no se sentían amenazados por nada ni por nadie. El motivo era que el rey tenía un pequeño secreto: en el jardín del castillo había un enorme árbol que daba unos frutos a los que llamaba “rosquillas”. Un día había descubierto que en el corazón de la fruta habían unos polvos que, al ser inhalados, producían sueño, y hasta que no se pronunciara la palabra “rosquilla” no volvías a despertar.
El Rey utilizaba este fruto para proteger a sus ciudadanos de los feroces chapulis. Estos terribles monstruos con feroz apariencia de animal deforme vivían en las montañas y se alimentaban de personas en movimiento. Cuando tenían hambre, bajaban a la comarca de Pitusa buscando a quien comerse. La guardia real los mantenía a raya: cuando los oía bajar ruidosamente de las montañas, avisaban al Rey y este cogía un fruto de la rosquilla y subía corriendo a la torre, lo abría con cuidado y soplaba. Inmediatamente, todos los habitantes se quedaban dormidos. Él se encerraba en su habitación y se hacía el dormido para que no se lo comieran. Cuando pasaba el peligro, volvía a lo alto de la torre y gritaba con fuerza “rosquillaaaaaaa”, y todos despertaban sin saber lo ocurrido.
Un buen día, los soldados avisaron al rey de que se acercaban los chapulis. El rey subió a la torre con la fruta y, cuando estaba soplando, vino un golpe de viento en contra y se quedó dormido también.
Pasaron los años y todos los habitantes de Pitusa, incluido el rey, seguían durmiendo, lo que produjo un importante deterioro en el pueblo, las casas se decoloraron y los huertos quedaron abandonados hasta que apareció en el pueblo un trovador que venía de tierras lejanas. Al llegar, le sorprendió el abandono del pueblo. Se acercó al castillo y no encontró a nadie. Al salir por el jardín vio un enorme árbol cargado de frutos y dijo en voz alta.
-¡Qué rico: un árbol lleno de rosquillas!
Al pronunciar esta palabra todos los habitantes se despertaron. El rey le explicó al trovador lo ocurrido y entre todos los pitusianos devolvieron al pueblo su belleza original y fueron muy felices.
Alicia Rodríguez Verona
La búsqueda
A José Manuel le sorprendió el amanecer cuando aún permanecía acostado sobre la hierba fresca. Mientras descansaba de su largo camino, recordó que, siendo adolescente, ponía cualquier excusa para no acompañar a sus padres a las excursiones al campo. El joven peregrino se dirigía hacia las lejanas tierras de Sibanicú en busca de un sabio, con la esperanza que le dijera dónde encontrar lo que buscaba. Se incorporó y continuó andando; quería llegar lo antes posible donde vivía el anciano. Finalmente llegó hasta aquel lugar remoto. El sabio le vio venir. Le esperaba en la puerta.
Luego del preámbulo del saludo, le preguntó:
-¿Qué buscas?
-Busco el sosiego –le respondió el forastero.
-No busques más fuera -sentenció el sabio-. Lo que buscas está dentro de ti.
Lourdes Rojas
La caja de los sueños
En un país lejano, muy lejano, en las afueras del mundo, cuentan que vivía Egolio, que además era el gobernante de aquel hermoso lugar. En cualquier rincón había una fuente preciosa, bordeada de un césped muy verde y aterciopelado. El agua que brotaba de su interior era la más transparente y cristalina que jamás se haya visto y al caer surgía de ella una melodía que se quedaba suspendida en el aire para el deleite de los habitantes. En los parques nacían las flores más bellas que jamás hayan existido, con colores que no se habían inventado aún. El aire olía a hierbabuena y a romero y a lavanda, entre otros aromas que iban emanando a medida que alguien los soñaba. El cielo vestía un azul diferente cada día, pero cada uno más vistoso y brillante que el anterior.
La razón de que todo fuera extraordinario en aquel lugar era que allí, en el mismo corazón del país, estaba la caja de los sueños, en lo alto de un pedestal de mármol, presidiendo la vida de todos sus habitantes. Y, colgando de una rama de oro, que le había brotado al árbol más cercano al pedestal, estaba la llave. Cuando las personas dejaban de soñar se iban hasta el centro del país, cogían la llave que colgaba de la ramita de oro, abrían la caja y, aspirando fuertemente, se llenaban de sueños. Otra vez volvían a plantar algo que no existía, a pintar con colores recién inventados, a escribir los cuentos que jamás se habían contado. Así fue hasta que un día Egolio, que se sentía muy orgulloso de ser el gobernante del país más bonito del mundo, pensó que si se quedaba con la cajita de los sueños no sólo sería el gobernante del país más bello del mundo, sino que sería el amo de todos los sueños. Aquello sonaba muy bien, sería más importante aún y más envidiado.
Una noche, cuando todos los habitantes dormían, se acercó al pedestal y cogió la cajita de los sueños. Pero, cuando intentó coger la llave, el sereno apareció silbando una melodía fresquita, recién estrenada. Egolio salió corriendo a esconderse detrás de un banco del parque y no pudo acercarse a la llave porque el sereno, al echar en falta la cajita, ya no se movió del lugar para cuidar de que, al menos, nadie pudiera llevarse la llave. Desde entonces, todos los habitantes se van turnando para custodiar la llave que abre la caja de los sueños y Egolio vive con su cajita, tristemente, en un país al que se le secaron las fuentes, se le apagaron los colores, y también los sonidos. La llave aún resplandece colgando de su rama, esperando que un día alguien le devuelva su caja para liberar los sueños.
Pepa Marrero
Las llaves del cielo
Juan llegó a su casa como cada día desde hacía más de veinte años. La última línea del metro marcaba su horario de llegada a casa. Las ocho cuarenta y cinco. Hacía diez años que vivía solo, desde el fallecimiento de Adela, su esposa, y había hecho de la soledad su compañera. Pero este día fue diferente. Cuando trató de abrir la puerta de su apartamento, la llave se atascó. Por alguna extraña razón no se movía hacia ningún lado. Finalmente, y tras varios intentos infructuosos, probó a girarla hacia el lado contrario. Entonces sucedió: la puerta se abrió. Entró cautelosamente, puesto que una música provenía del interior.
En ese momento, Adela apareció en la puerta de la cocina, saludándole con el mismo cariño que durante años le profesó. Por alguna mágica razón que él desconocía, había viajado al último día que vio con vida a su esposa. Sus pies le temblaban, un sudor frío le recorrió la espalda y, por un momento, pensó que se iba a desmayar.
-¡Cariño! ¿Qué te pasa? ¡Estás pálido!
-Nada…nada…. será que no comí mucho en el almuerzo -acertó a decir mientras trataba de recuperar el aliento-. ¿Huele a sopa de cebolla?
-¡Sí! ¡Claro! ¿No te acuerdas? Me lo pediste esta mañana, antes de irte a trabajar. ¡Te olvidaste! ¿Y el pan? ¡Ah! Ahí lo tienes, dame… -dijo a la vez que le quitaba la bolsa, que momentos antes no estaba entre sus manos.
-Ah… Claro, cómo olvidarme -dijo titubeante.
-Bueno, entonces, vete poniendo la mesa y cenamos juntos. Hoy decidí esperarte.
Él se aflojó la corbata, la tomó por la cintura y, atrayéndola hacia sí, la besó, contempló largamente sus ojos y respondió:
-Claro, cariño, el día ha sido tan largo como diez años sin ti. Esta es la cena que más he anhelado en toda mi vida.
-Anda, anda… exagerado…. ¡Qué sería de ti sin mí!
-Nada, amor, nada…
A la mañana siguiente hallaron la puerta abierta, y el cuerpo sin vida de Juan yacía dentro, en la puerta de la cocina.
Un ataque al corazón, certificó el forense. Una bolsa de pan y un manojo de llaves fueron los mudos testigos de su fallecimiento.
Begoña Calavia
Una buena noticia
Pues eso: para una vez que hay una buena nueva, no pienso perderme la oportunidad de difundirla. Antonio Vega, tallerista de la primera edición de Factoría de Ficciones, ha obtenido un premio en el Certámen de Cuento Corto (valga la redundancia) de Valladolid, con el cuento Café y cigarrillos. Aquí les dejo el enlace de la noticia: http://www.europapress.es/cultura/noticia-canarias-antonio-vega-gana-xxix-certamen-cuento-corto-valladolid-obra-cafe-cigarrillos-20091003182922.html.
Augusto Monterroso decía que todos los buenos escritores tienden a ser bajitos, con la sola excepción de Julio Cortázar (quizá no había leído a Orwell). En todo caso, los canarios estamos preparando nuestra propia excepción para los años venideros, porque Vega no es pequeño, ni en estatura ni en creatividad. Desde aquí le envío mi enhorabuena.
Segunda edición de Factoría de Ficciones
Tras el éxito de su primera edición, entre marzo y junio de este año (cuyos resultados serán publicados en breve en un volumen colectivo), el martes, 13 de octubre, a las 18:30, en la Biblioteca Pública del Estado de Las Palmas, dará comienzo la segunda edición de Factoría de Ficciones. Es una actividad destinada a adultos con inquietudes literarias e interés por el relato breve. Se propone como un acercamiento teórico-práctico al género, a través del análisis de las técnicas de algunos maestros eminentes y su aplicación a la propia producción de los participantes.
A lo largo de las trece semanas de duración del taller, se abordarán, entre otros asuntos, el paso del cuento tradicional al cuento literario, el punto de vista narrativo, el diálogo, el tratamiento temporal, las técnicas de asociación libre o la orientación hacia la minificción, mediante textos de autores consagrados, como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Juan José Arreola y Ambrose Bierce, y prestando especial atención al relato fantástico.
Por otra parte, se prevé el seguimiento digital de las creaciones elaboradas por los participantes, y su publicación en en este blog.
Las sesiones tendrán lugar los martes, en horario de 18:30 a 20:30 y la inscripción es de carácter gratuito, aunque el número de plazas es limitado. Los interesados podrán solicitar información y matrícula en la Biblioteca del Estado en Las Palmas, calle Muelle de Las Palmas s/n, así como en los teléfonos 928 432343 y 928 431019 y el correo electrónico bibliolp.cultura@gobiernodecanarias.org.
Extraña Inocencia
Les aseguro que no tuve nada que ver en aquel asunto. Me acusaron sin compasión. Pero en verdad no me importó. Cumplí mi condena con resignación y casi podría asegurar que con cierto agrado.
Cuando quedé libre me dediqué a deambular por las calles de mi ciudad. La encontré desconocida, mucho más poblada, por lo menos había más edificios y parques que no existían antes de mi condena.
Las personas de mi barrio no parecían ser las mismas. Las casas estaban pintadas de otros colores. Las tiendas vendían otros productos. Los coches aparcados eran más lujosos. Pregunté por mi casa. Nadie supo darme razón. “La habrán tirado para construir otra” me dijo alguien. Fui a casa de mis padres –yo sabía que habían muerto- por curiosidad, por ver quién vivía allí. No encontré la casa. Pensé en lo que había dicho aquel vecino. Seguramente la tirarían también.
Quise volver a la pensión donde me alojaba. No recordaba el nombre de la calle. Después de muchas vueltas vi la pensión. Me llamó la atención lo deteriorada que estaba. Aquella mañana, cuando salí, parecía un edificio con cierto empaque.
Cuando le pedí la llave a un individuo que estaba despatarrado en un desvencijado sillón de mimbre, me miró con desgana y me preguntó qué número. Yo no me acordaba, le di mi nombre, miró en una libreta aceitosa y dijo, molesto, “aquí no consta”.
Me puse tan nervioso que lo agarré por el cuello y si no llegan aquellos tipos con bata blanca seguro que me vuelven a encerrar.
Subimos a un coche, tuvieron que atarme y se disculparon por ello, pero yo los tranquilicé diciéndoles que no me importaba y como me miraban algo tristes pensé que les alegraría que les contara la historia de un compañero de encierro. Comencé mi historia advirtiéndoles de la buena fe de su protagonista.
Mi amigo me había contado que él vivía en un pequeño pueblo donde los jóvenes emigraban en busca de mejor vida. Yo me quedé –dijo-, trabajaba en las tierras de mi padre. Mi padre se puso viejo y siempre estaba diciendo que los viejos no servían para nada.
Por otro lado mi madre siempre decía que lo que no servía se tiraba a la basura, que había que deshacerse de lo inútil.
Yo empecé por mi padre, pero me fui dando cuenta de que en el pueblo todos eran basura y me fui deshaciendo de ella poco a poco. Eso fue lo que les expliqué a aquellos señores que llegaron al pueblo una mañana muy soleada y bonita. Empezaron a hablarme como si yo fuera tonto, yo no conseguía entenderlos, hablaban de gente desaparecida, yo les dije que si hablaban de los viejos, que yo los había tirado porque ya no servían. Parecieron muy de acuerdo, pero luego me encerraron.
La historia no pareció alegrar a aquellas dos buenas personas y les dije que si querían les podía contar otras, pero dijeron que no, que ya estábamos llegando. Al bajar del coche vi la entrada de mi anterior sitio de encierro. Me alegré mucho, volvería a ver a mis amigos. Además deseaba que me contaran más historias, claro que algunas eran terroríficas, no como la que conté, que era muy humana.
Sara Godoy Santana.
Microrrelatos
La muerte rubia
La muerte en forma de chica rubia con un escotado y ceñido traje rojo se sentó junto al hombre con sombrero que fumaba en la barra. Él pidió de beber para ambos y esbozó una cínica sonrisa cuando comenzó a hablar.
-Me comentó Sam Spade que le hiciste ayer una señal en la 42, pero esta vez has tenido mala suerte, muñeca.
-¿Sí? ¿Usted cree?
-Sí, preciosa -la lengua del hombre chasqueó bajo el bigote canoso-, ha dejado la ciudad, ni siquiera tú podrás encontrar su guarida.
-¿Y por qué huyó? Esto no tiene nada que ver con él. Oh, no. Sólo me sorprendió que usted malgastara sus últimos días de vida trabajando, Sr. Hammett.
Tras lo cual la rubia le besó con sus labios pintados del color de la sangre.
En un lugar de Asgard
Los últimos rayos de sol lamen las veletas en las torres del Valhalla. Dos walkirias se hablan a gritos intentando hacerse oír por encima de ruido de espadas y estertores de agonía:
-Nuestros valientes guerreros no cesan de luchar ni siquiera más allá de la muerte -comenta la más joven.
-Psss -responde la otra con gesto de hastío.
-Y dime, Astrid, ¿adónde van cuando mueren sus espíritus?
-Dicen que a un palacio más allá de los picos nevados de Asgard, llevados por unas hermosas mujeres que cabalgan en caballos alados. Que se encarguen ésas, porque lo que es yo…
La torre de Babel
A Babel acudían diariamente gentes de otros muchos lugares, desde desiertos a selvas, desde las antípodas a los polos, para aportar su ofrenda a la construcción de la torre. Blancos como la nieve o negros como el alabastro, en taparrabos o ataviados con gruesas pieles de foca, feroces salvajes o sofisticados y amanerados, a los pies de la edificación depositaban las palabras más bellas de la lengua de cada uno. Fértiles verbos, exóticos sustantivos, elegantes adjetivos eran dispuestos por diligentes arquitectos-lingüistas babilonios de hirsutas barbas. Así, formaban largas cadenas de complementos nominales, perífrasis verbales y hasta frases y oraciones e incluso libros enteros, fuertemente unidos con la argamasa de conjunciones y preposiciones, que eran los materiales de los que estaba hecha la torre. Trabajaban día y noche con la felicidad de quien se sabe hacedor de la gran obra del Hombre. Un día, cuando estaban a punto de poder acariciar la panza de las más bajas nubes, el cielo se tornó de una oscuridad amenazadora. Todos abandonaron su tarea alzando la cabeza con el ceño fruncido. De esta manera, pudieron ver cómo de entre las nubes de un hostil azul metálico brotó un enorme rugido animal que hizo tambalearse la torre y luego un segundo bramido, más furioso, la destrozó en añicos, dispersando un viento huracanado las piezas de sus sueños. Al contemplar la obra destruida, uno de los miles de albañiles, flaco y de rostro quemado por el sol, mientras trataba de recuperar sus útiles entre los escombros no paraba de mascullar. Volveremos a intentarlo, vaya que sí, decía. Más allá de él corría hacia las chozas de adobe un niño pequeño descalzo con un nuevo tesoro de palabras escondido en su pequeño pecho: meine liebe.
Antonio Vega
INTERROGATORIOS
Entre locuaces circunloquios y perífrasis grandilocuentes, el sospechoso se deslizaba por las ramas del álamo temblón como pez en el agua. Yo trataba inútilmente de seguir sus razonamientos, sus argumentaciones, sus cábalas, entre las que me debatía sin remedio, atento a no perder pie y caer al vacío. ¿La verdad, Inspector? ¿Qué es la verdad? Muchos y grandes hombres se han enfrentado en vano a esa entelequia y ¿ahora me lo pregunta usted a mí que soy un mero carterista? Como un gato, saltaba de las ramas más imponentes a las de menor tamaño sin perder el hilo de su discurso. En efecto, su voz aflautada nadaba con precisión de mariposista entre meandros lingüísticos y filosóficos desconocidos a tantos metros de piso firme. ¿El muerto? La muerte dista sobremanera de ser un concepto determinado, Inspector… Conforme íbamos ascendiendo de un nivel vegetal a otro, a mi traje cruzado manchado de resina se adherían hojas de un verde glauco. Llegado un momento me zafé de la corbata que me cortaba la respiración mientras la falta de oxígeno a aquellas alturas hacía divagar al sospechoso en laberintos cada vez más intrincados. ¿El móvil? ¿Conoce usted todos los motivos que se agazapan tras sus decisiones, sean grandes o pequeñas? ¿Y, aún así, pretende conocer los míos?… Ya no pude más. Sus continuas piruetas verbales comenzaban a nublar mi entendimiento, ya bastante perjudicado por la insoportable sensación de vértigo. Dejé de seguirle en su ascensión cuando vi desaparecer los mocasines marrones rumbo a la copa del árbol que rozaba las nubes más bajas. Me apoyé contra el tronco rugoso, saqué el revólver y apunté entre las hojas mecidas por la brisa encima de mí. Los fogonazos hicieron levantar el vuelo a la multitud de pájaros que descansaba en la cumbre del álamo, incluido al pajarraco objeto de aquel interrogatorio torturante, que, como si fuera un canario de ochenta kilos, pareció alzarse para luego caer como una piedra hasta el sólido suelo, donde su cabeza se abrió como un melón maduro. Creo que le he expuesto sin dobleces todos los acontecimientos dignos de reseñar acerca del interrogatorio donde se produjeron los hechos en cuestión. Quizás de mi relato sin subterfugios algunas lenguas maledicentes infieran una actuación heterodoxa por mi parte. Sin embargo, no me considero culpable en absoluto, soy una víctima más, una simple marioneta en el teatro absurdo de este procedimiento kafkiano. Además, como es bien sabido por todos, Sr. Juez, yo he sido siempre un simple poli acrofóbico sin demasiada paciencia con los que se andan por las ramas.
Antonio Vega
Acerca de este taller / Información para despistados
Si has aterrizado en este blog por azar y no entiendes exactamente a qué nos dedicamos, comienzo por aclararte que los autores de estos textos no hemos huido de ningún centro de salud mental ni abusamos de los psicotrópicos (al menos, no todos).
Factoría de Ficciones es un taller teórico-práctico en torno al cuento literario, que tiene lugar principalmente en la Biblioteca del Estado de Las Palmas de Gran Canaria, además de (en su versión intensiva y de forma puntual) otros ámbitos, como la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, el Centro Penitenciario de Salto del Negro y algunos IES.
La dinámica del taller remite sólo lejanamente a marcos teóricos. En Factoría de Ficciones preferimos analizar el fenómeno. Así, leemos y analizamos cuentos y, tras desmenuzarlos, extraemos de ellos las técnicas con las que, posteriormente, los participantes elaboran textos a partir de las propuestas que surgen a lo largo del taller. Así, al mismo tiempo que adquieren una bibliografía adecuada sobre la disciplina, reflexionan acerca de los engranajes de la maquinaria narrativa y la ponen en marcha.
Los textos que puedes leer en este blog son algunos de los elaborados a partir de esas propuestas.
El taller comienza con una mirada al cuento tradicional y sus recursos, como contraposición al cuento literario, y con la escritura de un cuento de aquel estilo, que luego es reescrito desde una perspectiva contemporánea, confiriendo mayor importancia a la fijación textual, cambiando puntos de vista, tiempos verbales, etc.
Una vez metidos de lleno en el género, las propuestas aluden a los aspectos que mayor dificultad pueden presentar a quienes desean aumentar su eficacia cuando se enfrentan a un terreno tan resbaladizo como el relato breve: los comienzos, los finales, las personas gramaticales, el ritmo narrativo, el manejo de la intensidad, la elaboración de argumentos verosímiles, el tiempo y modo verbales, la escritura de diálogos y monólogos.
Estos asuntos continúan estando presentes en los muchos ejercicios de estilo posteriores, a partir de juegos literarios como el binomio fantástico, el Logo-Rallye, la literatura definicional, el S+7, la escritura de cuentos fantásticos originados en la literalidad de frases hechas y proverbios, la elaboración de cuentos disfrazados de recetas de cocina, de manual de instrucciones, de prospectos médicos o de noticias…
Además, prestamos especial atención a las muñecas rusas o cajas chinas y a la evolución más reciente del género: el microrrelato, tan popular como incomprendido.
¿Por qué publicar estos textos en un blog? Pues, sencillamente, porque creo que los textos sólo son escritura hasta que la mirada del lector decide convertirlos en literatura y porque saltar a la arena es lo único que puede convertirte en un buen gladiador.
Posteriormente, aparecerá un volumen con una selección de textos escritos por los participantes en Factoría de Ficciones, pero un blog es una forma ideal de llegar al público, evitando talar arbolitos sin necesidad y sometiendo el propio trabajo a la crítica de los lectores, tan útil como necesaria.
Hasta aquí esta explicación. Si eres amante de la precisión o, simplemente, tienes el mal hábito de la minuciosidad, a la derecha de este texto, en el menú Páginas, hallarás sendas pestañitas desde las cuales podrás acceder, respectivamente, al programa general del taller y a la bibliografía.
Vale.
Taller Vidas Cruzadas

Internos del Centro Penitenciario de Salto del Negro y alumnos de Diversificación Curricular del IES Josefina de la Torre han participado en estos días en un taller conjunto que surgió a partir de la iniciativa y el trabajo voluntario de dos profesoras (Inma y Elia) y un funcionario de prisiones (Roberto).
La idea era tan sencilla como atractiva: reunir a los dos colectivos implicados, hacerles participar en una sesión intensiva sobre la escritura en primera persona a partir de recuerdos de la infancia, agruparlos por parejas mixtas para permitirles que se conocieran un poco a lo largo de una conversación y, finalmente, proponerles que elaboraran cada uno un texto poniéndose en el lugar del otro.
Internos e internas de diferentes edades y procedencias escribiendo como si se tratara de chicos y chicas de edades de espectro menos amplio pero igual diversidad geográfica y, sobre todo, biográfica. Alumnos y alumnas de secundaria viendo la vida a través de los ojos de aquellos adultos, compartiendo sus recuerdos, sus ilusiones, su memoria.
A lo largo de casi un mes, han trabajado en firme para que sus textos fueran cada vez mejores. Ahora ya puedes leerlos en el blog de Vidas Cruzadas. Además, si sientes curiosidad, podrás enterarte de cómo surgió y se desarrolló este proyecto, averiguar algo más sobre todos y cada uno de los participantes, leer algún otro texto que escribieron más allá de lo que se les proponía. Te aseguro que, como poco, te llevarás alguna sorpresa.
En Vidas Cruzadas, aparte de quienes tomamos las riendas en un principio, han colaborado muchas personas más, que han aportado su generosa ayuda, como Ismael González y Gonzalo Berzosa. A ellos y a quienes no nombro, aprovecho para expresarles mi agradecimiento en nombre de todo el grupo.
Por mi parte, puedo asegurar que nunca había aprendido tanto en tan poco tiempo.
-
Archivos
- Noviembre de 2009 (14)
- Octubre de 2009 (11)
- Junio de 2009 (58)
- Mayo de 2009 (59)
- Abril de 2009 (23)
- Marzo de 2009 (51)
- Febrero de 2009 (29)
- Enero de 2009 (1)
-
Categorías
-
RSS
Subscripciones RSS
RSS de los Comentarios

